La Cicatriz

La Cicatriz


Coda: Tanner Sack

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CODA

Tanner Sack

Las cosas han estado muy liadas por aquí. Nunca podrías creer lo que he estado haciendo.

Ya no vamos a la Cicatriz. Estamos regresando por donde vinimos. Volvemos a como eran las cosas antes.

Es extraño. Suena raro, pero no he conocido este lugar de verdad hasta que nos dirigimos al Océano Oculto. Ni tú. Todo lo que ocurrió terminó por conducirnos allí. No había vivido aquí cuando sólo era una ciudad pirata.

Ni tú.

He pasado algún tiempo con Angevine. Mentiría si dijera que somos grandes amigos. Supongo que podrías decir que los dos somos demasiado tímidos. Pero nos vemos y hablamos de ti, sobre todo.

Nos mintieron y nos hartamos y estaban arriesgando nuestros cuellos, maldita sea, así que los obligamos a dar la vuelta.

No se me pasa, lo de tu falta.

Ya no vivo aquí. No vivo en ninguna parte. Este lugar te mató.

No sé lo que eran las cosas esas del agua. Sé que lo que nos atacó aquella noche en el agua no era ningún vampiro. Nadie habla de ellas. Nadie sabe lo que eran. Sólo saben que nos ayudaron a dar la vuelta.

Juan el Bastardo las vio. Lo veo en sus ojillos de cerdo. Pero no cuenta nada.

Fui yo el que le dio la vuelta a la ciudad. Esas cosas, las cosas que se te llevaron, los hombres vampiros que lucharon a su lado, todos ellos fallaron.

Yo hice el trabajo. Para que diéramos la vuelta.

No sé si es divertido. Sólo sé que ya no quiero vivir aquí y no puedo irme.

Ahora soy un ser del mar. Es un mal chiste. Los dos sabemos cómo son los seres del mar, cómo se mueven, qué deprisa. No como yo, con estas pesadas y torpes aletas robadas, cubierto de sudor resbaladizo. Rehecho.

Me ha dejado marca, una cicatriz. Cuando me meto en este mar que sudo por los poros, hasta los peces más pequeños me parecen una de las cosas que se te llevaron.

Pero ya no puedo vivir en el aire. Ya no tengo esa opción.

¿Qué voy a hacer? No puedo regresar a Nueva Crobuzón y aunque pudiera, me pudriría sin el agua del mar.

Me obligaré a nadar. Volveré a hacerlo. Lo conseguiré.

No pueden retenerme. Puedo marcharme. Puede que un día pasemos cerca de alguna costa y allí me escaparé. Viviré en los bajíos para que pueda ver las rocas debajo de mí, donde los árboles y la grava se encuentran en el agua. Puedo vivir solo en un sitio así. Ya he tenido bastante, te lo aseguro.

No tengo nada. No tengo nada.

Con el tiempo, con el tiempo, me dicen, no me sentiré tan mal. No quiero que el tiempo me cure. Tengo una buena razón para estar así.

Quiero que el tiempo me vuelva amargo y retorcido por tu falta, que me marque. No quiero alivio.

No puedo decir adiós.

Polvo 2 de Tathis de 1780. Armada.

El avanc esta frenando, de nuevo, por última vez.

Las heridas infligidas por los grindilú no se han curado. Fuera lo que fuese lo que le hicieron, no se ha cerrado, no ha cicatrizado, sino que permanece abierto y supurante. De tanto en cuando pasamos sobre capas de pus.

Su corazón, creo, está fallando.

Todos sabemos que está muriendo.

Puede que esté buscando su hogar. Puede que esté tratando de encontrar el camino de regreso al acuoso universo sin luz del que lo sacamos. Y mientras pasa el tiempo, él no deja de enfermar y se debilita, se le espesa la sangre, se pudre y se coagula y sus grandes aletas se mueven cada vez más despacio.

No importa. Ya estamos muy cerca del fin del Océano Oculto. Muy pronto saldremos —cualquier día, puede que en cuestión de horas— y allí estará la flota de Armada, esperándonos. El avanc vivirá hasta entonces.

Se acerca el día, no obstante, en que la ciudad se detendrá por completo.

Quedaremos varados, encadenados a un ancla orgánica, millones de toneladas de cadáver pudriéndose en el lecho del abismo.

Cinco cadenas, cinco eslabones que cortar. Por cada eslabón, dos cortes. Cada eslabón, varios metros de grosor de metal templado con taumaturgia. Tardaremos algún tiempo pero al fin, uno tras otro, los kilómetros de metal se hundirán libres.

Menuda catástrofe será para los habitantes del fondo: semejante a la cólera divina. Toneladas de metal cayendo, acelerando, a través de seis, siete kilómetros hasta que al fin lleguen hasta el fondo y se hundan en el lecho de roca. Quizá caigan sobre el cadáver del pobre avanc, lo revienten y sus kilómetros de intestino inunden el oscuro lodo.

Quizá con el tiempo evolucionen ecosistemas completos a partir de tamaña riqueza orgánica.

Nosotros nos habremos marchado.

Habremos alcanzado la flota y los barcos se habrán amarrado de nuevo a nosotros y Armada volverá a ser como era. Habrá menos barcos para remolcarla, por supuesto, después de la carnicería de la guerra contra Nueva Crobuzón, pero la ciudad se habrá librado de incontables miles de toneladas de cadenas. Eso lo compensará.

Armada volverá a ser como antes.

De vuelta al Océano Oculto, a las ricas rutas comerciales, a los puertos y los barcos mercantes. Los piratas armadanos que han esperado durante meses, siguiendo la ciudad con extrañas máquinas, volverán a encontrarla. Regresaremos al Mar del Caballero, al Hebdomad, a Gnurr Kett, al Canal Basilisco.

A Nueva Crobuzón.

Ha pasado ya un mes desde que se marchó la mujer cuyo nombre desconocía. Las cosas han cambiado.

Los amotinados no tardaron en renunciar al control. No tenían programa ni partido. No eran más que un grupo dispar que había descubierto que les habían mentido y que no querían morir. Se hicieron con el poder en un golpe anárquico y momentáneo y lo cedieron con facilidad.

Al cabo de algunos días, el Amante volvió a aparecer. Cuando salió del Grande Oriente y empezó a dar órdenes, la gente las obedeció encantada. Nadie discutió con él.

Pero ha perdido algo. Todos lo saben. No enfoca la mirada y sus órdenes son vagas. Uther Doul le susurra al oído y él asiente y entonces da alguna orden con sentido. Doul habla a través de la boca del Amante.

No permitirá que eso continúe. Es un mercenario, trabaja por dinero, vende su lealtad. Si debe tener el control, no creo que quiera un arreglo tan poco sutil. Si gobierna, lo oculta, tras la libertad de la subordinación pagada. Esto, al menos, lo he aprendido.

No sé lo que le ocurrió para temer tanto el ejercicio abierto del poder.

Nunca he conocido un hombre más complicado o, sospecho, más trágico. Ha hecho que su propia historia plantara las ideas que nos han traído a todos hasta aquí, tan lejos de lo que él mismo buscaba en Armada. No es fácil saber cuáles de sus acciones han sido premeditadas y cuales una reacción. No puedo creer que esto sea satisfactorio para él: que mire su posición y la del Amante y asienta y diga, «esto es lo que yo quería».

O bien vive controlándolo todo o bien lo hace sumido en el pánico. O lo ha planeado todo con un detalle que produce vértigo o nos ha movido a todos de crisis en crisis sin saber lo que quiere y sin que nada le asomara al rostro.

El Amante mantiene la vista fija en el horizonte. Aunque al final la mujer era despreciada y temida por sus mentiras, nunca resultó patética y su antiguo Amante ha terminado por serlo. Sospecho que no sobrevivirá. Quizá un día descubra que Uther Doul ya no está a su lado.

En especial ahora que el Brucolaco vuelve a controlar Otoño Seco.

Pocos llegaron a ver a los grindilú y menos aún hablan de ellos. Parece que soy la única que no puede olvidarlos.

He visto al Brucolaco de noche. Camina abiertamente.

El sol le ha dejado cicatrices que nunca desaparecerán. Parece sumiso. Carrianne habla de él con una especie de afecto austero. Sus ciudadanos lo han apoyado y la mayoría de los demás no ha tardado en perdonarlo —incluso aquellos que perdieron algún ser querido la noche de la rebelión—. Después de todo, volvió sus tropas en contra de Anguilagua porque decía que la ciudad debía dar la vuelta y eso es lo que ha ocurrido.

No hay guerra entre Anguilagua y Otoño Seco. Doul visita al Brucolaco de noche, en el Uroc, según me ha contado Carrianne.

Paso muchos días con ella. No dice nada sobre su antiguo apoyo al proyecto de los Amantes. Estuvo casi dos semanas sin apenas hablar. Quizá estuviera avergonzada por haberse encontrado en el mismo bando que la mujer que estaba tan dispuesta a mentirnos, a arrastrarnos a la muerte.

Ésta es la versión oficial, según parece. Aceptamos lo que dijo el Hedrigall que regresó. Eso es lo que la gente cree, por eso la ciudad dio la vuelta.

Tanner Sack y yo… nos vemos, de tanto en cuanto. Ha empezado a trabajar de nuevo, bajo la ciudad. Nunca menciona la vez en que lo llevé hasta aquella pequeña habitación para azuzar una rebelión.

¿Lo hice?

¿Fue obra mía aquel motín? ¿El hecho de que la ciudad se dirija de nuevo hacia el sur, hacia aguas por las que ya hemos navegado, hacia lugares que significan algo para mí, es obra mía?

¿Y significa eso que he ganado?

Puede que lo lograra, la mujer, puede que echara el ancla al borde del agua y bajara sus máquinas en la grieta y extrajera todas las energías que necesitaba y ahora sea tan poderosa como un dios.

Puede que cayera.

Puede que no hubiera ningún sitio al que caer.

Hedrigall está enfermo, enfermo de delirios por lo que ha tenido que soportar. En algún lugar del interior del Grande Oriente, nos dicen. Cuando oigo esto, pienso: no nos están contando la verdad.

La mujer tenía razón. Qué clase de estúpida y necia coincidencia nos hicieron creer, qué cadena de improbabilidades, pensar que nuestro Hedrigall se marcha mientras otro, en un casi-mundo, se queda y se pierde… y es encontrado de nuevo, en medio del mar, por nosotros. No nos han contado la verdad.

Recuerdo la mirada de Doul.

Me buscó y me encontró, en la cubierta del Grande Oriente y me dijo con los ojos que viniera, que escuchara, que le pusiera fin a todo. Me dijo todo eso con la mirada y dejó mucho más sin explicar. Eso está claro, lo que ha hecho. Sus juegos, sus manipulaciones.

Me lo imagino, reuniéndose con Hedrigall, el leal cacto, aterrorizado y pasmado por el plan de los Amantes. Doul, haciendo sugerencias. Escondiendo a Hedrigall en algún lugar secreto y silencioso. Saliendo de noche, tan sigilosamente como sólo él sabe moverse, soltando el Arrogancia; y trayendo más tarde a Hedrigall para que aterrorizara al populacho con sus cuentos de cañones en medio del mar. Para que Doul no tuviera que decir nada. A salvo en su lealtad.

O puede que fuera Fennec el que sugirió que Hedrigall se escondiera: un plan por si la marina de Nueva Crobuzón no lograba devolvernos a aguas seguras.

Pero yo vi la mirada de Doul. Si el plan fue obra de Fennec, entonces Doul estaba al corriente y contribuyó a que funcionara.

Pienso en todas las ocasiones en las que Doul me contó cosas y me insinuó otras para hacerme saber adónde nos dirigíamos, lo que íbamos a hacer. Sabiendo que yo conocía a Silas Fennec, Simon Fench, sabiendo que yo haría correr la voz por él. Enfurecido tan sólo cuando provoqué la sedición equivocada.

Pasando tiempo conmigo, atrayéndome. Me atrajo. Utilizándome como conducto.

Me asombra lo mucho que sabía y averiguaba observando. Me gustaría saber cuándo empezó: si he sido utilizada durante muchos meses o sólo en los últimos días. No sé cuánto de lo que hace Doul forma parte de una estrategia y cuánto es una reacción. Desde luego, ha sabido siempre más, mucho más de lo que yo pensaba.

Sigo sin saber si me ha utilizado mucho.

Existe otra posibilidad. Me perturba.

He oído una vez tras otra, en boca de mucha gente diferente, que este Hedrigall no es exactamente igual al nuestro. Su forma de comportarse es diferente, su voz es más titubeante. Su rostro, dicen, tiene más —o quizá menos— cicatrices. Es un refugiado de otro mundo. La gente lo cree.

Es posible. Es posible que nos haya contado la verdad.

Pero aun así, no podría ser sólo cosa de suerte. Yo vi a Doul: estaba esperando a Hedrigall y me estaba esperando a mí. Así que no puede ser mera casualidad que Hedrigall apareciera. Hay otra explicación.

Puede que fuera obra de Doul. Oí una música. Puede que fuera Doul, tocando las posibilidades, interpretando un concierto de probabilidad e improbabilidad.

¿Es posible que empezara a tocar su quizasadiano de noche, a medida que nos acercábamos a la Cicatriz, a medida que los mundos posibles se iban insinuando más y más a nuestro alrededor? Hasta encontrar uno en el que Hedrigall había sobrevivido para arrancárselo y traerlo aquí de modo que pudiéramos encontrarlo.

Sería una cadena de posibilidades muy tenue: que yo estuviera con alguien a quien todos pudieran creer, que Doul me encontrara con la mirada. Tanto riesgo: Doul tendría que ser el hombre con más suerte de todo Bas-Lag. O haber predicho lo imposible de predecir. Preparándome para ese momento.

¿Es posible que interpretara las posibilidades como un virtuoso, asegurándose de que ocurría la que me tendría allí, al lado de Tanner, observando y escuchando en el momento en que aparecía Hedrigall, preparada?

¿Y si la Bellis de facto no fuera a estar allí en aquel momento? ¿Trajo a otra? ¿Me trajo a mí? ¿La que estaría en el sitio justo en el momento adecuado para sus planes?

¿Soy una casi-Bellis?

Y si es así, ¿qué le ha ocurrido a la otra, a la factual?

¿La mató? ¿Está su cuerpo flotando en alguna parte, podrido y a medio devorar? ¿Soy un reemplazo? ¿Introducido a la fuerza en la existencia para reemplazar a una mujer muerta… para estar donde Doul necesitaba que estuviera?

Para conseguir que la ciudad diera la vuelta y jamás regresara. ¿Era éste el único modo? Haría todo aquello para salirse con la suya sin que pareciera que había tenido nada que ver.

Nunca sabré con seguridad lo que ocurrió, nunca sabré cuánto y cuándo, en medio de todo el caos y la sangre y la lucha, me utilizaron.

De que me utilizaron, no me cabe duda.

Doul ya no tiene ningún interés por mí.

Todo el tiempo que pasamos juntos estaba jugando conmigo, convirtiéndome en su agente para conseguir que la ciudad diera la vuelta sin que fuera cosa suya. Un mercenario leal que convertía la ciudad de nuevo en una mera ciudad pirata.

Ahora que he hecho lo que tenía que hacer, soy menos que nada para él.

Es extraño verse reducido a una pieza en un juego. Resulta humillante pero ya soy demasiado vieja como para sentirme dolida por la traición.

Sin embargo, he tratado de verlo dos veces para saber por qué hizo lo que hizo. Dos veces he llamado a su puerta y él ha abierto y me ha mirado sin decir nada, como si fuera una extraña. Y en las dos ocasiones las palabras se me han secado en la garganta.

No hay nada que aclarar, recuerdo las palabras burlonas de Fennec.

Es posible que sea el mejor consejo.

Ahora mismo hay un pequeño puñado de posibilidades que podrían explicar lo ocurrido. Cualquiera de ellas podría ser cierta. Y si Doul las negara todas, las cosas tendrían aún menos sentido para mí, menos que ahora. Tendría que considerar la posibilidad de que no hubiera ningún plan… de que no hay nada que explicar.

¿Por qué iba a correr ese riesgo? ¿Por qué iba a renunciar a lo que he averiguado?

Tanner Sack vino a mis habitaciones. Angevine se quedó abajo, en la cubierta del Cromolito. Sus orugas no pueden subir escaleras.

Estoy seguro de que son un consuelo el uno para el otro. Pero lo que oigo cuando hablan es inseguro y cuidadoso y creo que terminarán por separarse. Supongo que no basta con compartir una pérdida.

Tanner me trajo un heliotipo que había encontrado: de Shekel, con dos libros en las manos, sonriendo fuera de la biblioteca. Tanner ha decidido que todo cuanto tiene que ver con Shekel y los libros me pertenece. Me siento avergonzada. No sé cómo decirle que pare.

Después de que se marchara, me quedé mirando la imagen color sepia que me había dejado. No era buena. Arquitecturas y biologías sugeridas de forma vaga sobre un papel, una herida en él, una cicatriz. Lastimándolo y curándolo en una configuración nueva. Las cicatrices son recuerdos.

Yo llevo mis recuerdos de Armada en la espalda.

Hace algunas semanas me quité las vendas y vi en un espejo lo que Anguilagua me ha escrito encima. Es un mensaje feo que corta la respiración, escrito con una letra brutal.

Mi espalda es una orografía de contornos, líneas trazadas en horizontal sobre ella, casi paralelas, las marcas de los latigazos. Parecen emerger de un lado de mi espalda, quebrarme la piel y descender sobre la otra.

Como puntos de sutura. Me han cosido el pasado.

Las miro con maravilla. Es como si no tuvieran nada que ver conmigo. Armada se ha aferrado a mi espalda y sé que la llevaré allá donde vaya.

Muchas verdades me han sido ocultadas. Esta violenta e inútil travesía ha rezumado sangre. Me siento espesa y asqueada por ella. Y eso es todo: contingente y brutal, carente de significado. No hay nada que aprender. Ningún olvido extático. Ninguna redención en el mar.

Cargada sobre mi espalda, me llevaré a Armada a mi hogar.

Mi hogar.

La segunda vez que Doul me vio en su puerta, debió de leer algo en mi rostro. Asintió y entonces habló.

Dijo:

—Ya es suficiente. Te llevaremos de regreso.

De regreso.

Estaba aturdida. Incliné la cabeza y le di las gracias.

Me hizo ese regalo. Y no por un residuo de lo que una vez fingió que había entre ambos.

Me está recompensando. Me está pagando.

Por servicios prestados. Puesto que me ha utilizado.

Doul le transmitía mensajes a Fennec a través de mí para que Fennec se los transmitiera a la ciudad. Pero Fennec hizo lo que no debía y los Amantes se nos adelantaron a todos al decir la verdad. Así que Doul encontró utilidad para mí.

Y ahora me llevará a casa. No por amistad ni por justicia. Me está ofreciendo un pago.

Voy a aceptar.

No es ningún estúpido. Sabe que nada de cuanto yo pudiera hacer en Nueva Crobuzón podría amenazar o estorbar a Armada en modo alguno. Si tratase de contárselo al Parlamento nadie me escucharía. ¿Y por qué iba a hacer tal cosa, renegada como soy?

Dentro de algún tiempo partirá un barco para saquear el Canal Basilisco. Y yo iré a bordo. Puede que me monten en un bote diminuto y me dejen en ese feo puerto de Qé Banssa que vi desde la cubierta del Terpsícore. Y allí esperaré hasta que arribe un barco de Nueva Crobuzón y regrese a casa por la Bahía de Hierro, el Gran Alquitrán y la ciudad.

Uther Doul no me negará eso. No le cuesta nada.

Han pasado muchos meses desde que partimos de la Bahía de Hierro. Para cuando me devuelvan allí, habrá transcurrido mucho más de un año. Adoptaré un nombre nuevo.

El Terpsícore ha desaparecido. La ciudad no tiene razones para seguir persiguiendo a Bellis Gelvino. Y aunque algún cabrón entrometido allí en Nueva Crobuzón recordara, aunque me reconociera y le pasara la información a algún cerdo de uniforme, ya he corrido demasiado. Y además no creo que lo hagan. Esta parte de mi vida ha terminado. Ésta es una nueva.

Después de todo lo que ha pasado, después de todas mis frenéticas e infructuosas intentonas de fuga, descubro que casi sin darme cuenta he hecho lo que tenía que hacer para regresar a casa, llevando los recuerdos de Armada cosidos a la espalda.

Me sorprende encontrarme de nuevo escribiéndote esta carta. Cuando le conté a Uther Doul la verdad sobre ella creí que era un capítulo cerrado para mí.

Al oírla de mis labios, me sentí como una chiquilla solitaria. ¿Podía haber algo más patético que estas hojas de papel que estaba ansiosa por enviar, sin siquiera haber decidido a quién?

En aquel momento las guardé.

Pero éste es un nuevo capítulo, la ciudad está retrocediendo en el tiempo, se prepara para reiniciar su sencilla vida de piratería en las costas próximas a mi hogar. Todo ha cambiado y descubro que estoy temblando, emocionada, contando las horas, impaciente por terminar esta carta.

No me avergüenza. Me abre.

Ésta es una Posible Carta. Hasta el último momento, cuando escriba tu nombre junto a la palabra «Querido» o «Querida», tras todas estas hojas y meses, será una Posible Carta, preñada de potencialidad. Ahora mismo soy muy poderosa. Estoy preparada para empezar a extraer las posibilidades, para convertir una de ellas en un hecho.

No he sido la mejor de las amigas y necesito que me perdones por ello. Pienso en mis amigos de Nueva Crobuzón y me pregunto cuál de ellos vas a ser.

Y si quiero que esta carta sea una remembranza, algo con lo que decir adiós, en vez de hola de nuevo, entonces serás Carrianne. Eres mi querida amiga, en ese caso, y el hecho de que no te conociera cuando empecé a escribirte no significa nada. Después de todo, ésta es una Posible Carta.

Seas quien seas, no he sido la mejor amiga del mundo y lo siento mucho.

Ahora nos aproximamos a la flota que aguarda justo al otro lado de las aguas del Océano Oculto, como una falange de guardias ansiosos y te escribo esta carta, para contarte todo lo que me ha ocurrido. Y mientras lo hago, termino al fin por entender que he sido manipulada, utilizada a cada paso del camino, que incluso cuando no hacía de intérprete, estaba transmitiendo los mensajes de otros. Y descubro que este hecho me es ajeno.

No es que no me importe. No es que no me enfurezca el haber sido utilizada o que no odie, que Jabber y los dioses me ayuden, los momentos repugnantes y brutales en los que me usaron para conseguir que ocurrieran cosas.

Pero aun cuando estaba hablando para otros (sabiéndolo o no), estaba haciendo cosas por mí misma. He estado presente, yo, mi propio hecho, en todo esto, desde el principio. Y además, mientras me siento aquí, a quince mil kilómetros de Nueva Crobuzón, al otro lado de mares extranjeros, sé que poco a poco nos estamos acercando a casa. Y a pesar de que la tristeza y la culpa están cosidas de forma indeleble a mis cicatrices, sé dos cosas.

La primera es que todo ha cambiado. Ya no pueden utilizarme. Esos días son cosa del pasado. Sé demasiado. Lo que hago ahora, lo hago por mí. Y me siento, con todo lo que ha ocurrido, como si fuera ahora, sólo en estos días, cuando está empezando mi viaje. Me siento como si esto —incluso todo esto— sólo hubiera sido un prólogo.

La otra es que mi ansiedad por mandar esta carta, por hacérsela llegar a alguien —a ti—, por poner una pequeña marca sobre Nueva Crobuzón, toda esa impaciencia neurótica, se ha desvanecido. La desesperación que sentía en Bocalquitrán por enviarla, por decidir en el último minuto quién eras para poder enviártela, para que alguien reparase en mí, ha desaparecido.

Se ha convertido en nada. Ya no es necesaria.

Regreso a casa. Reuniré muchas más cosas que contarte durante el viaje de vuelta, que será largo, pero tendrá fin. No necesito enviar esta carta. Decida quien decida que eres, mi querido amigo, te la daré yo misma.

La entregaré en persona.

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