La Cicatriz

La Cicatriz


Cuarta parte: Sangre » 22

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22

Treinta y seis horas después de que el aeróstato hubiera abandonado Armada en dirección suroeste, empezó a aparecer tierra por debajo de ellos.

Bellis había dormido poco. No estaba cansada, no obstante, y el segundo día se levantó antes de las cinco de la mañana para ver el amanecer desde la sala de gobierno.

Cuando entró, había otros ya despiertos y mirando por las ventanas: parte de la tripulación, Tintinnabulum y sus compañeros y Uther Doul. El corazón le dio un vuelco al verlo. Su comportamiento —más reservado y comedido que el de ella— le resultaba inquietante y no comprendía su interés por ella.

La vio y señaló las ventanas sin decir palabra.

Bajo la luz sin sol del amanecer temprano, se veían rocas emergiendo de las aguas allá abajo. Era difícil estimar el tamaño de las formaciones rocosas o la distancia a la que se encontraban. Una colección dispersa de rocas parecidas a lomos de ballena, ninguna de más de un kilómetro de ancho y unas pocas más grandes que la propia Armada. No se veían pájaros ni animales… nada aparte del austero pardo de la roca y el verde de los líquenes.

—Llegaremos a la isla en una hora —dijo alguien.

El aeróstato zumbaba con el sonido de una industria vaga, unos preparativos que Bellis no trataba siquiera de comprender. Regresó a su litera e hizo el equipaje con rapidez, y a continuación, vestida con su muda de repuesto, se sentó a esperar en la sala de gobierno con la bolsa de gruesa arpillera a los pies. En el fondo de ésta, escondida entre los pliegues de sus faldas, se encontraba la bolsita de cuero que Silas Fennec le había dado, junto con la carta que estaba escribiendo.

La tripulación iba de un lado a otro, a toda prisa, ladrando órdenes incomprensibles. Los que no estaban trabajando se congregaban junto a las ventanas.

El aeróstato había descendido considerablemente. Se encontraban tan sólo unos trescientos metros por encima del agua y la cara del mar se había vuelto más intrincada. Las arrugas que se veían desde lo alto se habían convertido en olas, espuma y corrientes y la oscuridad y los colores de los arrecifes de coral y los bosques de algas —¿aquello era el resto de un naufragio?— por debajo de ellas.

La isla se encontraba delante. Bellis se estremeció al verla, tan severa en medio del cálido mar. Debía de tener unos cuarenta y cinco kilómetros de longitud y casi treinta de anchura. Estaba erizada de picos de color tierra y pequeñas montañas.

—¡Mierda solar, no creí que tuviera que ver de nuevo este lugar! —dijo Hedrigall en un Sol con acento Sunglari. Señaló hacia la costa más alejada de la isla—. Hay casi doscientos cincuenta kilómetros entre aquel punto y Gnurr Kett —continuó—. Los anophelii no vuelan bien. No aguantan más de cien kilómetros. Por eso los Kettai los dejan vivir y comercian con ellos por medio de gente como mis antiguos camaradas y yo. Saben que nunca llegarán al continente. Eso… —agitó su grueso y verde pulgar— es un gueto.

El dirigible se estaba escorando para rodear el litoral. Bellis miraba fijamente la isla. No había nada que ver, ninguna forma de vida aparte de las plantas. Con un súbito escalofrío, se dio cuenta de que los cielos estaban vacíos. No había pájaros. Cada una de las demás islas por las que habían pasado había sido una masa de cambiantes cuerpos emplumados y las rocas que las rodeaban habían estado cubiertas de guano. Las gaviotas habían rodeado cada una de ellas formando una pequeña corona sacudida por los vientos, que se precipitaba sobre las cálidas aguas para pescar y se remontaba en brazos de las corrientes termales.

Sobre los volcánicos acantilados de la isla de los anophelii, el aire estaba tan muerto como el hueso.

El aeróstato sobrevoló unas silenciosas colinas color ocre. El interior de la isla estaba oculto tras una pared de roca, una espina dorsal que corría paralela a la costa. Hubo un largo silencio interrumpido tan sólo por los motores y el viento y cuando alguien se decidió finalmente a hablar —para gritar «¡Mirad!»— el sonido pareció ajeno, impropio y asustado.

Era Tanner Sack y señalaba hacia una pequeña pradera que se erguía entre las rocas, protegida por ellas de las olas. El verde estaba salpicado de pequeñas motas blancas que se movían.

—Ganado —dijo Hedrigall al cabo de un momento—. Nos estamos aproximando a la bahía. Debe de haber llegado un envío recientemente. Habrá algunos rebaños durante algún tiempo.

La forma y naturaleza de la ribera era cambiante. Las agujas y colmillos de piedra estaban dando paso a una geografía más baja y menos antagónica. Se veían cortas playas de esquisto negro, laderas de tierra dura y helechos, árboles enanos. En una o dos ocasiones, Bellis avistó animales de granja que vagaban en libertad: cerdos, cabras, vacas. Sólo unos pocos, aquí y allá.

Dos o tres kilómetros tierra adentro, había hebras de agua gris, ríos espesos que descendían lentamente desde las colinas y que intersecaban y dividían la isla. Las aguas se frenaban al atravesar mesetas de tierras llanas y se desbordaban, formando estanques y marismas que alimentaban mangos blancos, viñas, una vegetación tan espesa y untuosa como el vómito. En la distancia, al otro lado de la isla, Bellis avistó unas formas severas que supuso serían ruinas.

Por debajo de ella se movía algo.

Trató de verlo pero era demasiado rápido, demasiado errático. No le quedó más que una impresión fugaz que cruzaba sus ojos. Algo había emergido de algún oscuro agujero de las rocas y se había ocultado en otro tras un corto vuelo.

—¿Con qué comercian? —dijo Tanner Sack sin apartar los ojos de la isla—. Venís con cabras y cerdos y otras cosas que traéis de Dreer Samher para los Kettai. ¿Y qué os dan ellos? ¿Con qué comercian los anophelii?

Hedrigall se apartó de la ventana y soltó una brusca carcajada.

—Libros e inteligencia, Tanner, colega —dijo—. Y restos de naufragios y echazones, maderos que traen las corrientes, cosas que encuentran en la playa.

Había más movimiento en el aire bajo el dirigible pero, sencillamente, Bellis no podía fijar la vista en lo que quiera que se estuviese moviendo. Se mordió el labio, frustrada y nerviosa. Sabía que no se lo estaba imaginando. Sólo había una cosa que esas formas pudieran ser. Le perturbaba que nadie lo hubiera mencionado aún. ¿Es que no lo ven?, pensó ¿Por qué nadie dice nada? ¿Por qué no lo hago yo?

El dirigible frenó su avance al encontrarse con un viento tenue.

Tras remontar un risco rocoso se zarandeó de un lado a otro. Hubo una explosión de exhalaciones y susurros de incrédula excitación. Debajo de ellos, a la sombra de unas colinas pintadas de tierra y vegetación en patrones fortuitos, había una bahía rocosa. Y tres barcos anclados en ella.

—Allí estamos —susurró Hedrigall—. Son barcos de Dreer Samher. Eso es Playa Maquinaria.

Los barcos eran galeones, engalanados de oro, rodeados, encajonados en un corsé de rocas que sobresalía de las aguas y se enroscaba alrededor del puerto natural. Bellis se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

La arena y el esquisto de la cala eran de un profundo y sucio color rojo, como sangre vieja. Por todas partes se veían bloques de extrañas formas del tamaño de torsos y casas. Los ojos de Bellis se deslizaron sobre la oscura superficie y vio caminos, veredas labradas en la materia del litoral. Más allá de los límites del intricado follaje que jalonaba la playa, las sendas se volvían más definidas. Se internaban en las elevaciones rocosas que se alzaban lentamente desde la tierra y dominaban el mar. Las ondas de calor distorsionaban el aire allí donde el sol calentaba las rocas y las laderas estaban salpicadas de árboles parecidos a olivos y especies enanas propias de la jungla.

Bellis siguió los enrevesados caminos por las resecas laderas de las colinas hasta que (y de nuevo contuvo la respiración) sus ojos fueron a posarse sobre un conjunto de casas decoloradas, viviendas que brotaban de las rocas como floraciones orgánicas: el pueblo de los anophelii.

No soplaba viento en la bahía. Alrededor del sol había un grupo minúsculo de nubes parecidas a manchas de pintura, pero el calor las atravesaba sin dificultad y reverberaba en torno a las murallas de roca.

No se escuchaban los sonidos de la vida. La tediosa repetición del mar parecía subrayar el silencio más que interrumpirlo. El dirigible estaba allí suspendido, con los motores a mínima potencia. Los barcos Samheri crujían y se balanceaban a corta distancia. Estaban vacíos. Nadie había acudido a dar la bienvenida a la aeronave.

Los cactos y los costrados, con sus armaduras de sangre endurecida, montaron guardia mientras los pasajeros descendían. Bellis tocó tierra, se agachó junto a la escalerilla y hundió las manos en la arena. Escuchaba con toda claridad su respiración entrecortada.

Al principio no fue consciente más que de la novedad de encontrarse en un suelo que no se balanceaba. Paladeó con deleite la sensación de caminar por tierra firme pero al instante se dio cuenta de que se había olvidado de cómo hacerlo. Entonces volvió a cobrar conciencia de cuanto la rodeaba y sintió con claridad la playa y por vez primera reparó en su extrañeza.

Recordó las toscas piezas de madera que había visto en el libro de Aum. El estilizado dibujo monocromo del hombre de perfil en la playa, rodeado de mecanismos rotos.

Playa Maquinaria, pensó y contempló la tierra y gravilla rojas que la rodeaban.

A cierta distancia de ella se encontraban las formas que había tomado por bloques, cosas enormes del tamaño de habitaciones que interrumpían la línea del litoral. Eran motores. Gruesos, enormes y cubiertos de herrumbre y líquenes, aparatos de propósito desconocido, olvidados mucho tiempo atrás y cuyos pistones habían sido invadidos por la edad y la sal.

Había también rocas más pequeñas y Bellis vio que se trataba de fragmentos de las máquinas de mayor tamaño, pernos y junturas de tuberías; o piezas más delicadas y complejas, indicadores y piezas de cristal y compactos motores de vapor. Los guijarros eran engranajes, dientes, ruedas, clavos y tornillos.

Bellis bajó la mirada hacia sus manos. Estaban llenas de diminutos trinquetes y ruedas y muelles osificados, como las tripas de relojes inconcebiblemente minúsculos. Cada partícula, endurecida y calentada por el sol, tenía el tamaño de un grano de arena, era más pequeña que una miga de pan. Bellis dejó que se le escurrieran entre los dedos y vio que los dedos se le habían teñido del oscuro color sangre de la playa: el color de la herrumbre.

La playa era una falsificación, una escultura casual que imitaba a la naturaleza con los materiales de un depósito de chatarra. Cada átomo provenía de alguna máquina hecha pedazos.

¿De dónde proviene todo esto? ¿Qué edad tiene? ¿Qué ocurrió aquí?, pensó Bellis. Estaba demasiado estupefacta para sentir otra cosa que el asombro más exhausto que uno pueda imaginar. ¿Qué desastre, qué violencia? Se imaginó el lecho marino alrededor de la playa: un arrecife de industria en descomposición, los contenidos de las fábricas de una ciudad entera abandonados a su suerte, deshaciéndose poco a poco en sus partes y luego en fragmentos más pequeños, arrojados por la marea a este extremo de la isla y convirtiéndose en aquella costa inaudita.

Recogió otro puñado de arena de máquina, dejó que se escurriera. Podía oler el metal.

Éstos son los restos a los que Hedrigall se refería, comprendió. Es un cementerio de máquinas muertas. Debe de haber millones de secretos enmoheciéndose aquí, convirtiéndose en polvo oxidado. Deben de revolverlo, sacar lo que encuentran y ofrecer las piezas más prometedoras a los comerciantes, dos o tres de ellas obtenidas de un puzzle de mil piezas. Opacas e impenetrables, sí, pero si uno pudiera reunirlas, si alcanzara a comprenderlas, ¿qué es lo que tendría?

Se alejó con paso incierto de la escalerilla de cuerda, escuchando el crujido de sus pies sobre los ancestrales motores.

El último de los pasajeros descendió pero los guardias no dejaron de vigilar con toda atención el horizonte, musitando entre sí. A cierta distancia de Bellis, habían bajado a tierra el corral del ganado. Olía como una granja y sus habitantes olisqueaban ruidosa y estúpidamente el aire inmóvil.

—Acercaos y prestadme atención —dijo la Amante con severidad y al instante todos se reunieron a su alrededor. Los ingenieros y científicos habían estado paseando por la playa y pasando sus dedos por la arena metálica. Unos pocos, como Tanner Sack, se habían acercado al mar (él se había sumergido unos breves instante, con un suspiro de placer). Por un momento, no hubo más sonido que el de las pequeñas rompientes que levantaban una película de espuma al chocar contra la costa de óxido.

—Ahora escuchadme si queréis conservar vuestras vidas —prosiguió la Amante. La gente se agitaba, incómoda—. Hay entre dos y tres kilómetros hasta la aldea. Está sobre esas rocas que dominan la zona —todas las miradas se volvieron allí; las laderas de las colinas estaban desiertas—. No os separéis. Llevad las armas que se os han asignado pero no las utilicéis a menos que vuestra vida esté en peligro. Somos muchos y la mayoría de nosotros carece de instrucción militar y no queremos empezar a dispararnos unos a otros a causa del pánico. Avanzaremos flanqueados por guardias costrados y cactos y ellos saben cómo utilizar las armas que llevan, de modo que no disparéis a menos que sea necesario. Los anophelii son rápidos… —dijo—. Están hambrientos y son peligrosos. Confío en que todos recordaréis los informes, así que sabéis a lo que nos enfrentamos. Los machos viven en esa aldea, en alguna parte, y tenemos que encontrarlos. Un poco más allá están los pantanos y las aguas. Donde viven las hembras. Y si nos oyen o nos huelen, acudirán. Así que moveos deprisa. ¿Está todo el mundo preparado?

Hizo una señal con los brazos y los guardias cactos los rodearon. Soltaron el corral de los animales, que seguía unido por cadenas al Tridente, como si fuera un ancla. Bellis enarcó una ceja al ver que los cerdos y ovejas llevaban collarines y tiraban de sus correas. Los musculosos cactos los llevaban.

—Entonces vámonos.

El viaje entre Playa Maquinaria y la aldea de la colina fue una auténtica pesadilla. Cuando hubo terminado y Bellis pudo recordarlo, días o semanas más tarde, le resultaba imposible rememorar los acontecimientos en una sucesión coherente. No había sensación de tiempo en sus recuerdos, nada salvo retazos de imágenes unidas en algo parecido a un sueño.

Está el calor, que coagula el aire a su alrededor y le acogota los poros, los ojos y las orejas, y está el untuoso aroma de la podredumbre y la savia; una ingente profusión de insectos que la pican y la lamen. Le han dado un mosquete y (lo recordaba) lo mantiene apartado de ella como si apestara.

La llevan casi de la mano con el resto de los pasajeros (las espinas del solitario hotchi se erizan y se relajan en nerviosa sucesión, las escarapiernas de la khepri se agitan), como un rebaño, rodeados por aquéllos cuya fisiología los pone a salvo: los cactos y los costrados (arrastrando al ganado tras de sí), uno de los grupos sin sangre, el otro tan lleno de ella que hay que protegerlo. Están armados con mosquetes y arcos huecos. Uther Doul es el único guardia humano. Lleva un arma en cada mano y Bellis juraría que cada vez que lo mira son diferentes: cuchillo y cuchillo, pistola y cuchillo; pistola y pistola.

Mira por encima de las rocas cubiertas de enredaderas, ve los claros, tierra dentro, sobre las laderas de denso follaje y lagos que parecen tan espesos como mocos. Oye ruidos. Movimientos bruscos entre las hojas, al principio nada más ofensivo, pero entonces comienza un horrible chillido como si el mismo aire estuviese sufriendo una terrible agonía.

La proliferación de ese sonido a su alrededor, por todas partes.

Bellis y sus compañeros se agolpan unos contra otros, torpes a causa del terror, el cansancio y el húmedo calor, tratando de mirar en todas direcciones al mismo tiempo y entonces ven las primeras señales de movimiento, formas que zigzaguean entre los árboles como motas de polvo zarandeadas, cada vez más próximas, una mezcla inestable de movimiento sin objeto y maligno propósito.

Y entonces la primera de las hembras anophelii irrumpe entre los árboles, corriendo.

Como una mujer doblada sobre sí misma y vuelta a doblar en desafío a la línea de los huesos, una cosa nudosa y tortuosa que adopta una postura antinatural. El cuello demasiado largo y retorcido. Los largos y huesudos hombros echados hacia atrás, la carne pálida como la de un gusano y los enormes ojos muy muy abiertos, por completo demacrados, los senos sendos jirones de piel vacíos, los brazos alargados como alambres. Las piernas se convulsionan a una velocidad de locos cuando da un salto hacia ellos pero no cae al suelo sino que sigue adelante, a escasos centímetros del suelo, los brazos y piernas colgando de forma desgarbada y predatoria, cuando (Dioses y Jabber, joder) despliega sendas alas en la espalda, alas que la sostienen en el aire, alas gigantescas de mosquito, unas palas nacaradas que se ponen en movimiento con aquel zumbido vibrante y brusco, moviéndose tan deprisa que resultan imposibles de ver y la terrible hembra parece lanzarse sobre ellos a lomos de una bocanada de aire sucio.

Lo que ocurre entonces vuelve a presentarse una vez tras otra en los sueños y los recuerdos de Bellis.

Con una mirada famélica, la mujer mosquito abre mucho la boca, de la que rezuma saliva, y retrae los labios mostrando unas encías carentes de dientes. Su cuerpo se convulsiona con una arcada y, con una sacudida, un aguijón emerge de su boca. Una probóscide húmeda de saliva que sobresale treinta centímetros de sus labios.

Brota de su cuerpo con un movimiento orgánico, algo semejante a un vómito pero al mismo tiempo inconfundible y perturbadoramente sexual. No parece salir de ninguna parte: su garganta y su cabeza no parecen lo bastante grandes como para contenerla. Vira en dirección a ellos impulsada por sus alas cantarinas y de la espesura surgen otras como ella.

Los recuerdos se volvían confusos. Bellis estaba segura del calor y de lo que había visto pero la inmediatez de las imágenes la golpeaba como una bofetada cada vez que las recordaba. El grupo está a punto de salir en desbandada, presa de un repentino terror y hay disparos dispersos, en direcciones peligrosas, caóticas (mientras Doul aúlla, enfurecido, ¡Alto el fuego!). Bellis ve que las primeras mujeres mosquito esquivan a los cactos, no están interesadas en ellos. Se lanzan en cambio sobre los guardias costrados, caen sobre ellos (y los musculosos hombres apenas se mueven bajo el peso de las famélicas mujeres aladas) y empiezan de forma frenética a atacarlos con sus aguijones bucales, que no pueden atravesar sus armaduras de costra. Bellis escucha el chasquido de las correas cortadas y los aterrorizados cerdos y ovejas se dispersan levantando rastros de mierda y polvo.

Ahora hay diez o doce mujeres mosquito (tantas tan deprisa) y cuando ven huir al ganado se precipitan sobre estas presas nuevas y más fáciles. Se elevan impulsadas por sus finas alas, con las cabezas agachadas y las caderas y extremidades colgando debajo de ellas, como marionetas suspendidas de sus alargados omóplatos, las negras probóscides aún húmedas y extendidas y caen sobre los petrificados animales. Los atrapan con facilidad, descienden con aquellos movimientos que parecen caóticos a medias para bloquearles el paso y los interceptan con los brazos extendidos y las manos muy abiertas, entonces las agarran del pelo y la piel. Bellis observa (recuerda estar moviéndose hacia atrás con torpeza, constantemente, pisándoles los pies a los que la rodean, pero sin dejar de mirar a pesar de todo por la fuerza del horror puro), horrorizada e hipnotizada, mientras la primera de las hembras mosquito se adelanta para alimentarse.

La cosa se monta a horcajadas sobre un gran cerdo, cae sobre él desde el aire y lo abraza con brazos y piernas como si fuera un juguete muy querido. La cabeza retrocede un poco y el aguijón que brota de su boca se extiende unos centímetros más, tan resbaladizo como un virote de ballesta. Entonces, con una sacudida, la cabeza de la mujer mosquito se precipita hacia delante mientras la boca abierta se retuerce y el monstruo le clava la probóscide al animal en el cuerpo.

El cerdo chilla y chilla. Bellis sigue mirando (sus piernas quieren llevársela de allí pero sus ojos se aferran desesperadamente a la visión). Las piernas del animal ceden con una sacudida brusca mientras su piel es perforada, mientras diez, quince, veinte centímetros de quitina se hincan con facilidad venciendo la resistencia de la piel y el músculo y se infiltran en las partes más profundas de la corriente sanguínea. La mujer mosquito se aferra al animal caído y aprieta la boca contra la perforación y hunde aún más su probóscide y su cuerpo se tensa (cada músculo y cada tendón resultan visibles a través de la piel marchita) y empieza a beber.

El cerdo sigue chillando unos pocos segundos. Y entonces su voz se apaga.

Está menguando.

Bellis puede ver cómo se encoge.

Su piel se agita y empieza a marchitarse. Gotas diminutas de sangre se escurren por el imperfecto sello formado por la boca de la anophelius alrededor de la herida. Bellis observa con incredulidad pero no es cosa de su imaginación: el cerdo se está encogiendo. Las piernas le tiemblan con espasmos de terror y luego a causa del estremecimiento de los nervios agonizantes cuando también le es absorbida la sangre de los miembros. Sus gruesas patas se están comprimiendo mientras las entrañas se encogen y se secan. Ahora la piel está llena de arrugas que forman olas y cordilleras sobre un cuerpo cada vez más pequeño. Está perdiendo el color.

Y, conforme la sangre y la vida abandonan el cuerpo del cerdo, van entrando en el de la mujer mosquito.

Se le hincha el vientre. Cuando se lanzó sobre el cerdo era una cáscara, descarnada y desnutrida. Mientras el cerdo decrece, ella crece, volviéndose más gorda a un ritmo asombroso, y el color empieza a fluir desde su estómago distendido al resto del cuerpo. Se mueve perezosamente sobre el animal agonizante, cada vez más pesada y repleta.

Bellis observa con enfermiza fascinación cómo pasan los litros de sangre por aquella excrecencia ósea y abandonan un cuerpo para inundar otro.

El cerdo ya está muerto, la sangre fláccida se hunde en valles nuevos abiertos entre los músculos drenados y los huesos. El cuerpo de la anophelius se ha vuelto gordo y sonrosado. Sus brazos y piernas son casi el doble de gruesos y la piel está tensa a su alrededor. La hinchazón se concentra sobre todo en los pechos, el vientre y las nalgas, que ahora han adquirido un aspecto obeso, pero no suave como la grasa humana. Tienen un aspecto canceroso: excrecencias tensas, hinchadas de sangre y pendulares.

Por todo el claro los demás animales están sufriendo el mismo destino. Algunos de ellos tienen una sola mujer pegada, otros dos. Todos se están marchitando, como si el sol los estuviera desecando y las anophelii están engordando con su sangre.

La primera mujer mosquito ha tardado un minuto y medio en chuparle al cerdo hasta la última gota de sangre (Bellis nunca podría librarse del recuerdo de esa visión ni del de los pequeños sonidos de satisfacción proferidos por la mujer). Suelta el cadáver seco, con los ojos soñolientos, y un poco de sangre resbala por sus labios mientras su probóscide se retrae. Retrocede dejando tras de sí un saco de huesos y venas que antes era un cerdo.

En el aire que rodea a Bellis flota ahora el denso aroma de los vómitos. Sus compañeros han perdido el control al presenciar la alimentación de la anophelius. A ella no le ha ocurrido pero su boca se retuerce violentamente y siente que su brazo levanta la pistola impelido por algo que no es cólera ni miedo sino repugnancia.

Pero no dispara (Y qué hubiera ocurrido si alguien inexperto como ella hubiera apretado el gatillo, se preguntó Bellis mucho más tarde al recordar la escena). El peligro parece haber pasado. Los armadanos prosiguen su marcha colina arriba, dejan atrás el pequeño claro y el olor del estiércol y la sangre caliente, atraviesan más rocas y más aguas pestilentes, en dirección a la aldea que han visto desde el aire.

La secuencia de los acontecimientos se volvió menos confusa, menos apelotonada por el calor, el miedo y la incredulidad. Pero entonces, en ese punto, mientras Bellis se alejaba de aquella carnicería de sangre de cerdo y oveja y restos drenados, del repulsivo frenesí de las anophelii y (mucho peor) su hinchado sopor, una mujer mosquito levantó la mirada de la oveja seca que había llegado demasiado tarde para drenar y vio que se alejaban. Agachó los hombros y voló hacia ellos, la boca muy abierta y la probóscide húmeda, el estómago apenas hinchado un poco con las sobras dejadas por sus hermanas, ávida de carne fresca, esquivó a los guardias cactos y costrados y se precipitó sobre los aterrorizados humanos con las alas desplegadas, Bellis sintió que el miedo la arrastraba de nuevo hacia la mezcolanza confusa de imágenes deslavazadas y vio que Uther Doul se interponía con calma en el camino de la mujer mosquito, levantaba las manos (que ahora empuñaban sendas pistolas), esperó hasta que estuvo casi sobre él, hasta que la boca monstruosa estuvo casi frente a su rostro y disparó.

Calor, ruido y negro plomo explotaron desde el cañón de sus armas y reventaron el estómago y la cara de la mujer mosquito.

A pesar de que estaba medio vacía, el vientre de la mujer se abrió con un desgarrón audible en un gran borbotón de sangre. Se desplomó sobre la tierra, el rostro destrozado sobre el polvo, la probóscide todavía extendida, una protuberancia grasienta y roja que se empapó rápidamente de tierra. El cuerpo fue a detenerse frente a Doul.

Bellis regresó al tiempo lineal. Se sentía aturdida, pero al mismo tiempo alejada de lo que acababa de presenciar. A pocos metros de distancia, las anophelii atracadas no habían reparado en lo ocurrido a su hermana. Mientras el grupo reanudaba la marcha ladera arriba, las mujeres mosquito estaban empezando a arrastrar sus cuerpos ahora hinchados para alejarse de la carnicería desangrada que abandonaban a la podredumbre. Colgadas como uvas hinchadas de sus malévolas alas, regresaron volando con lentitud a la espesura de su jungla.

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