La Cicatriz
Cuarta parte: Sangre » 23
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Esperaron, en silencio: la Amante, Doul, Tintinnabulum, Hedrigall y Bellis. Y de pie frente a sus visitantes, los rostros envueltos en lo que parecía una confusión educada, dos anophelii.
Bellis estaba estupefacta por los dos hombres mosquito. Había esperado algo dramático, piel decolorada por la quitina, pequeñas alas rígidas como las de sus hembras.
Pero no parecían ni más ni menos que hombres pequeños, un poco encorvados por la edad. Las camisas ocres que vestían estaban descoloridas por el polvo y las manchas de las plantas. El de mayor edad estaba calvo y los brazos que asomaban de sus mangas eran extraordinariamente flacos. No tenían labios, ni mandíbulas ni dientes. Sus bocas eran esfínteres, pequeños anillos de músculos tensos que tenían exactamente el aspecto de anos. La piel de todos los lados de sus caras se retraía hacia aquellos agujeros.
—Bellis —dijo la Amante con voz dura—, vuelve a probar.
Habían entrado en la aldea entre las miradas y el asombro de los hombres mosquito.
Despeinados, sudorosos y medio ciegos a causa del polvo, los armadanos habían recorrido penosamente los últimos metros hasta llegar a la repentina sombra de las casas talladas y construidas en los costados de aquella grieta que hendía la roca. Aparentemente, no había demasiada planificación tras la disposición de la aldea: pequeñas casas cuadradas desparramadas sobre las laderas, en la solana, y sobre los bordes empinados de la fisura, como si hubiesen sido derramadas, unidas por escalones y senderos cortados a pico.
La aldea estaba llena de motores. Algunos se movían, otros estaban parados. Traídos desde Playa Maquinaria, cada pieza limpia de herrumbre. Con centenares de formas extrañas. Los que se encontraban bajo la luz del sol brillaban. Ninguno de ellos utilizaba los ruidosos pistones a vapor de Nueva Crobuzón y Armada; no había humo grasiento en el aire. Eran motores heliotrópicos, supuso Bellis, cuyas palas y hojas zumbaban bajo la severa luz del sol mientras los cascados revestimientos de cristal la absorbían y enviaban energías arcanas por los cables que unían algunas de las casas. Los cables más largos estaban formados por la unión de trozos cortos rescatados de entre los desechos.
Desde lo alto de sus tejados planos, desde las laderas de las colinas, desde la sombra de la estrecha grieta y desde el dosel de los nudosos árboles que rodeaban la aldea, desde las puertas y las ventanas, los hombres mosquito se volvieron hacia ellos. Nadie hizo el menor ruido, no hubo vítores ni gritos ni jadeos de asombro. Nada salvo la mirada perpleja de aquellos ojos.
En una ocasión, Bellis (con un horrible espasmo de miedo) creyó haber visto la forma deslizante y vagabunda de una mujer anophelii en vuelo sobre algunos de los edificios más altos. Pero los machos más próximos se volvieron y empezaron a arrojarle piedras a la figura y la espantaron antes de que hubiera visto a los armadanos o hubiera entrado en alguna de las casas.
Llegaron a una especie de plaza, rodeada por las mismas casas de color tierra y los mismos y esqueléticos motores solares, donde la fisura se ensanchaba y dejaba pasar algo de la luz que descendía desde el plomizo cielo azul. Al otro extremo de la misma, Bellis vio una abertura en las rocas y un precipicio que caía hasta el mismo mar. Y allí, por fin, apareció alguien para darles la bienvenida. Una pequeña delegación de nerviosos machos anophelii, que se deshacían en reverencias mientras los invitaban a pasar a un gran salón construido con la piedra de las colinas.
En una sala interior, iluminada por columnas agujereadas de increíble longitud que recogían con espejos interiores la luz del día y la reciclaban en la montaña, dos anophelii se habían presentado frente a ellos, se habían inclinado respetuosamente y Bellis (que recordaba aquel día en Ciudad Salkrikaltor, un idioma diferente pero el mismo trabajo) se había adelantado y los había saludado en su mejor Alto Kettai.
Los anophelii se habían quedado quietos, con expresión de perplejidad, como si no hubieran entendido una sola palabra.
Bellis trató una vez tras otra de hacerse entender en la afectada elocuencia del Alto Kettai. Los anophelii se habían mirado entre sí y habían emitido unos sonidos siseantes semejantes a ventosidades.
Por fin, al ver cómo se fruncían y dilataban sus bocas-esfínter, Bellis se había dado cuenta de lo que pasaba y había empezado a escribir en Alto Kettai, en vez de hablar.
Me llamo Bellis, escribió. Venimos desde muy muy lejos para hablar con vuestro pueblo. ¿Me entendéis?
Cuando les tendió el papel a los anophelii, éstos abrieron mucho los ojos y se miraron y emitieron zumbidos de entusiasmo. El de mayor edad tomó el lápiz de Bellis.
Yo soy Mauril Crahn, escribió. Han pasado docenas de años desde la última vez que tuvimos visitantes como vosotros. Levantó la mirada hacia ella, con los ojos arrugados. Bienvenidos a nuestro hogar.
La ululante lengua de los anophelii carecía de forma escrita. Para ellos, el Alto Kettai era la escritura pero nunca lo habían oído. Podían expresarse a las mil maravillas con una elegante letra pero no tenían la menor idea de cómo debía de sonar. El mismo concepto de un Alto Kettai «hablado» les resultaba ajeno. Para ellos sólo existía como escritura.
A lo largo de centenares de años, se había producido una simbiosis entre los marineros Samheri y las autoridades de Gnurr Kett en Kohnid. Los cactos Samheri visitaban la isla con ganado y unas pocas mercancías y se llevaban un porcentaje de las ganancias por hacer de intermediarios. Kohnid les compraba lo que les vendían los anophelii. Entre ellos controlaban el flujo de información que recibían los hombres mosquito.
Los terribles recuerdos del Reino Malarial permanecían. Kohnid estaba jugando a un juego: mantenía controladas a las brillantes mentes de los anophelii sin darles nada que pudiera convertirlos en poderosos ni les permitiera escapar —no se arriesgaría a permitir que el azote de las hembras anophelii se abatiera de nuevo sobre el mundo— pero si lo suficiente para mantener en funcionamiento sus intelectos. Los Kettai no permitían que accedieran a información alguna que no estuviera sometida a su estricto control: el mantenimiento a lo largo de los siglos del Alto Kettai como lengua escrita de la isla aseguraba que esto siguiera siendo así. Y, de este modo, la filosofía y la ciencia de los anophelii quedaba en manos de la élite de Kohnid, cuyos miembros eran casi los únicos seres del mundo capacitados para leerla.
Los restos de antiquísima tecnología que poseían los anophelii y los escritos de sus filósofos debían de ser asombrosos, pensó Bellis, para permitir que aquella farsa de sistema se perpetuara. Cada viaje de los marineros Samheri desde Kohnid a la isla debía de llevar algunos libros cuidadosamente elegidos y en algunas ocasiones, algún encargo. En estas condiciones, podría solicitar por ejemplo algún científico teórico de Kohnid, y teniendo en cuenta la paradoja puesta de manifiesto en el ensayo anterior, ¿cuál es la respuesta al siguiente problema? Y los trabajos redactados por la mano de algún anophelius, bajo el nombre Kettai que hubieran elegido, hacían el viaje de vuelta con la respuesta a tales problemas o a otros propuestos por los propios anophelii para ser publicados por los editores de Kohnid… sin tener que pagarles. Sin duda, en ocasiones eran reclamados como propios por algún erudito Kettai, para mayor gloria de la tradición del saber de Kohnid.
Los hombres mosquito habían sido reducidos a sabios esclavos.
Las ruinas de la isla albergaban antiguos textos escritos en el Alto Kettai que los anophelii sabían leer o en los códigos olvidados tiempo atrás y que habían de descifrar poco a poco. Y así, con la lenta acumulación de libros procedentes de Kohnid y los registros escritos de sus ancestros, los anophelii continuaban adelante con sus propias investigaciones. Algunas veces, una de las obras que escribían era enviada por mar a los señores de la isla en Kohnid. Y puede que hasta fuese publicada.
Eso era lo que le había ocurrido al libro de Krüach Aum.
Dos mil años antes, los hombres mosquito habían gobernado las tierras del sur en una corta pesadilla de sangre y plaga y una sed monstruosa. Bellis no sabía cuánto conocían los machos anophelii sobre su propia historia pero era evidente que no se hacían ilusiones sobre la naturaleza de las hembras de su especie.
¿Cuántas habéis matado?, escribió Crahn, ¿Cuántas mujeres?
Y cuando Bellis, tras un momento de vacilación, escribió Una, él asintió y respondió No son muchas.
En la aldea no existía jerarquía. Crahn no era un gobernante. Pero estaba deseoso de ayudar y de contarles a sus invitados todo cuanto quisieran saber. Los anophelii respondían a los armadanos con una fascinación cortés y comedida, una reacción contemplativa, casi abstracta. En su flemático comportamiento, Bellis detectó una psicología que le era por completo ajena.
Escribía las preguntas de la Amante y de Tintinnabulum tan deprisa como le era posible. Todavía no habían abordado la cuestión más importante, la razón misma que los había llevado a la isla, cuando se escuchó un tumulto en la habitación contigua, donde esperaban sus compañeros. Voces imperiosas en Sunglari y respuestas a gritos en sal.
Los mercaderes piratas de Dreer Samher estacionados en la isla habían regresado a sus barcos y habían descubierto la presencia de los recién llegados. Un hombre-cacto ataviado con ropas chillonas entró a grandes zancadas en la pequeña sala, seguido por dos de sus antiguos compatriotas, ahora cactos de Armada, y discutiendo con ellos en Sunglari.
—¡Mierda solar! —gritó en un sal con mucho acento—. ¿Quién coño sois? —empuñaba un enorme machete en una mano y lo blandía con aire enfurecido—. Esta isla es territorio de Kohnid y está prohibido desembarcar aquí. Nosotros somos sus agentes y estamos autorizados a proteger sus putas posesiones. Decidme por qué no debería mataros aquí mismo y ahora.
—Señora —dijo uno de los cactos armadanos mientras hacía con la mano un gesto de presentación—. Éste es Nurjhitt Sengka, capitán del Corazón Polvoriento de Tetneghi.
—Capitán —dijo la Amante dando un paso al frente. Uther Doul la siguió como si fuera su sombra—. Me alegro de conoceros. Debemos hablar.
Sengka no era un filibustero sino un oficial corsario de Dreer Samher. Los cometidos de los Samheri estacionados en aquella isla eran monótonos, sencillos y aburridos: nada ocurría, nadie venía y nadie se iba. Cada mes, o dos o seis, llegaba una nueva misión de Kohnid o Dreer Samher con un cargamento entero de ganado para las hembras anophelii y puede que algunas mercancías para los machos. Los recién llegados sustituían a sus aburridos camaradas y éstos se hacían a la mar llevándose los brillantes trabajos y los restos científicos que hubiesen logrado intercambiar.
Los que se quedaban en la isla pasaban su tiempo peleando entre sí y apostando, ignorando a las mujeres mosquito y visitando a los hombres cuando necesitaban comida o maquinaria. Y, oficialmente, estaban allí para controlar el flujo de información en la isla, la pureza lingüística que le proporcionaba a Kohnid su primacía… y para impedir cualquier intento de fuga de los anophelii.
La idea era ridícula; nadie visitaba nunca aquella isla. Muy pocos marineros sabían de su existencia. En raras ocasiones, algún barco perdido arribaba a sus costas pero, por lo general, sus ignorantes tripulaciones solían sufrir rápidas muertes a manos de las mujeres de la isla.
Y nadie salía jamás de ella.
Por consiguiente, desde un punto de vista formal, el acuerdo entre Dreer Samher y Kohnid no prohibía la presencia de los armadanos en la isla. Después de todo, sólo estaban utilizando el Alto Kettai y no habían traído consigo nada para comerciar. Pero la presencia de extraños que pudiesen comunicarse con los nativos era un hecho sin precedentes.
Sengka miraba salvajemente en derredor. Cuando comprendió que aquellos intrusos de aspecto extraño provenían de la misteriosa ciudad flotante de Armada, se le abrieron mucho los ojos. Pero eran corteses y parecían ansiosos por explicarse. Y, aunque lanzó miradas furiosas a los cactos que una vez habían sido sus compatriotas, los insultó entre siseos, los llamó traidores y fingió desdén hacia la Amante, los escuchó y se dejó conducir de regreso a la sala principal en la que esperaba el grupo de los armadanos.
Mientras la Amante y los guardias cactos y Uther Doul se marchaban, Tintinnabulum se colocó junto a Bellis. Se había recogido el largo cabello blanco en una cola de caballo y sus poderosos brazos y hombros los ocultaban a la vista de los demás.
—No te detengas ahora —murmuró—. Al grano.
Crahn, escribió ella.
Por un momento fugaz, lo absurdo de la situación hizo que se sintiera ligeramente histérica. Si ponía un pie en el exterior, lo sabía, se arriesgaba a sufrir una muerte desagradable. Aquellas voraces mujeres mosquito no tardarían en encontrarla. A un saco de sangre como ella lo olerían desde lejos y le chuparían hasta la última gota en menos que canta un gallo.
Y sin embargo, protegida tras aquellos muros, apenas una hora después de haber presenciado la carnicería en la ladera y haber dejado una anophelius reventada sobre la piel y los huesos de los animales secos, le estaba formulando educadas preguntas a un anfitrión muy atento utilizando una lengua muerta. Negó con la cabeza.
Estamos buscando a uno de los vuestros, escribió. Tenemos que hablar con él. Es muy importante. ¿Conoces a alguien llamado Krüach Aum?
Aum, respondió él, ni más deprisa ni más despacio que antes, sin una brizna más o menos de interés, el que busca libros viejos en las ruinas. Todos conocemos a Aum.
Puedo llevaros con él.