La Cicatriz
Cuarta parte: Sangre » 24
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Tanner Sack echaba de menos el mar.
Le estaban saliendo ampollas por el calor y tenía los tentáculos irritados.
Había esperado durante casi un día mientras la Amante, Tintinnabulum y Bellis Gelvino conversaban con el mudo macho anophelii. Sus compañeros y él habían cuchicheado y habían masticado su cecina y habían tratado en vano de conseguir algo de comida fresca de sus curiosos y reservados anfitriones.
—Estúpidos caraculo —escuchó que decían algunos hombres hambrientos.
Los armadanos estaban traumatizados por la famélica voracidad de las hembras anophelii. Eran conscientes de que las compañeras de sus anfitriones acechaban en el aire, más allá de aquellas paredes, de que el plácido silencio que reinaba en la aldea era engañoso… de que estaban atrapados.
Algunos de los compañeros de Tanner hacían chistes nerviosos sobre las hembras anophelii. Mujeres, decían, y reían estrepitosamente mientras comentaban que las hembras de todas las especies eran chupadoras de sangre y cosas semejantes. Tanner trató de imitarlos por el bien de la convivencia pero no logró que sus idioteces le hicieran reír.
Había dos bandos en el interior de la grande y austera cámara. A un lado se encontraban los armadanos y al otro los cactos de Dreer Samher. Cada uno de los grupos observaba al otro con cautela. El capitán Sengka estaba manteniendo una violenta discusión en Sunglari con Hedrigall y otros dos cactos armadanos y su tripulación observaba y escuchada con aire incierto. Cuando, finalmente, Sengka y sus hombres abandonaron la sala hechos una furia, los armadanos se relajaron. Hedrigall caminó lentamente hasta la pared y se sentó junto a Tanner.
—Bueno, no le gusto demasiado —dijo y esbozó una sonrisa fatigada—. No deja de llamarme traidor —puso los ojos en blanco—. Pero no hará nada estúpido. Le tiene miedo a Armada. Le dije que nos marcharíamos enseguida y que ni habíamos traído nada ni nos llevaríamos nada pero también insinué que si se ponía tonto, sería como una declaración de guerra. No habrá problemas.
Al cabo de un rato, Hedrigall reparó en que Tanner se rascaba sin parar la piel y en que se lamía los dedos y los pasaba sobre ella. Abandonó la gran cámara y Tanner se sintió muy conmovido cuando, quince minutos más tarde, el hombre-cacto regresó con tres grandes pellejos llenos de agua salada, que Tanner se echó por encima y vertió sobre sus agallas.
Vinieron unos anophelii y observaron a los armadanos. Asintieron para sí y ulularon y silbaron. Tanner observó cómo comían aquellos herbívoros, introduciendo puñados de flores en sus tensos orificios-boca y succionándolas con la misma fuerza, supuso, que aplicaban sus hembras cuando succionaban carne viva.
A continuación expulsaban los pétalos consumidos con una pequeña bocanada de aire, aplastados y desecados, desprovistos de néctar y jugos, descoloridos.
La tripulación armadana tuvo que soportar la sed y el calor durante horas mientras la Amante y Tintinnabulum hacían planes. Al cabo de algún tiempo, Hedrigall y varios cactos más dejaron la cámara, guiados por un anophelius.
La luz que se colaba por las grietas de la roca empezó a extinguirse. El anochecer llegaba deprisa. A través de las pequeñas aberturas y por medio de espejos en los que se reflejaba la luz, Tanner pudo ver que el cielo era de color violeta.
Tuvieron que ponerse cómodos lo mejor que pudieron donde estaban tendidos o sentados. Los anophelii llenaron de juncos el suelo de la sala. La noche era calurosa. Tanner se quitó la camisa empapada de sudor y la plegó para hacer de ella una almohada. Se lavó con un poco de agua salada y vio que, por toda la habitación, los demás armadanos estaban tratando de realizar sus abluciones lo mejor que podían.
Nunca había estado tan cansado. Se sentía como si le hubiesen absorbido hasta la última chispa de energía y la hubiesen reemplazado con el calor de la noche. Apoyó la cabeza sobre la improvisada almohada, empapada con su propio sudor y a pesar del duro suelo, esa delgada e ineficaz capa de vegetación (el olor del polen y las plantas era muy intenso), se quedó dormido enseguida.
Cuando despertó pensó que sólo habían pasado unos pocos minutos pero vio la luz del sol y gruñó miserablemente. Le dolía la cabeza y bebió algo del agua que le quedaba en los pellejos.
Mientras los armadanos despertaban, la Amante y Doul entraron desde la pequeña sala lateral, acompañados por los cactos que habían salido la pasada noche. Parecían cansados y estaban cubiertos de polvo pero sonreían. Un anophelius muy viejo, vestido con las mismas túnicas que sus congéneres y con la misma expresión de interés calmado en el rostro, los acompañaba.
La Amante se dirigió a los armadanos.
—Éste —les dijo— es Krüach Aum.
Krüach Aum estaba a su lado, haciendo reverencias y contemplando a la multitud allí congregada.
—Sé que este viaje os inspiraba gran desconfianza a muchos de vosotros —dijo la Amante—. Os dijimos que en esta isla había algo que necesitábamos, algo vital para llamar al avanc. Pues bien, esto… —señaló a Aum— es lo que necesitábamos. Krüach Aum sabe cómo convocar a un avanc —esperó a que sus palabras hicieran efecto—. Hemos venido hasta aquí para aprender de él. Hay muchos procesos implicados. Los problemas de contención y control requieren que utilicemos una ingeniería tan sofisticada como nuestra taumaturgia y nuestra oceanología. La señorita Gelvino traducirá para nosotros. Será un proceso largo, así que tendréis que ser pacientes. Confiamos en haber acabado dentro de una semana o dos. Pero eso significa que tendremos que trabajar muy duro y muy deprisa. —Guardó silencio un momento y entonces su voz severa volvió a alzarse mientras les ofrecía una sonrisa inesperada—. Enhorabuena a todos vosotros. A todos nosotros. Éste es un grandísimo día para Armada.
Y aunque la mayoría de los que se encontraban allí no tenía una idea real de lo que estaba ocurriendo, sus palabras tuvieron el efecto previsto y Tanner se unió a algarabía.
Los cactos montaron un campamento en la aldea. Encontraron casas vacías y a salvo de las hembras anophelii para poder albergar a los armadanos en grupos pequeños y que estuvieran más cómodos.
Los anophelii seguían mostrándose tan desapasionadamente curiosos como siempre, encantados de hablar, encantados de implicarse. No tardó en hacerse evidente que Aum tenía una reputación dudosa: vivía y trabajaba solo. Pero, con los recién llegados en la isla, las mejores mentes de la aldea querían ayudar. Las armas que habían traído ocultas en el Tridente no podían haber sido menos necesarias. Y, por una cuestión de diplomacia, la Amante permitió que todos ellos participaran en las deliberaciones, aunque sólo escuchaba a Aum y le dijo a Bellis que prescindiera de todas las demás contribuciones.
Durante las cinco primeras horas del día, Aum se sentaba a discutir con los científicos de Armada. Sacaron su libro y le mostraron el apéndice perdido y aunque, para asombro de todos, no tenía ninguna copia, recordaba las matemáticas y con la ayuda de un ábaco y de algunos de los crípticos motores que había por allí, empezó a completar la información que les faltaba.
Después de comer —los cactos habían recogido vegetales y pescado lo suficiente para completar las raciones secas de sus camaradas— eran los ingenieros y constructores los que estudiaban con Krüach Aum. Por la mañana, Tanner y sus colegas discutían sobre umbrales de tensión y capacidades de los motores, dibujaban toscos bocetos y elaboraban listas de preguntas a las que sometían a Aum, con cierta timidez, por la tarde.
La Amante y Tintinnabulum estaban presentes durante todas las sesiones, sentados junto a Bellis Gelvino. Ella debía de estar exhausta, pensaba Tanner con pena. La mano con la que escribía temblaba y estaba manchada de tinta, pero nunca se quejaba ni pedía un descanso. Se limitaba a transmitir las preguntas y respuestas sin parar, escribiendo resma tras resma de papel, traduciendo al sal las respuestas de Aum.
Al cabo de cada día venía un pequeño momento de miedo, cuando los humanos, hotchi y khepri corrían en pequeños grupos a los alojamientos que les habían sido asignados. Ninguno de ellos debía de pasar más de treinta segundos a campo abierto pero a pesar de todo eran vigilados constantemente por cactos armados con arcos huecos y anophelii macho que protegían a sus invitados de sus letales hembras con palos, piedras y cláxones.
Había una ingeniera alojada en la casa de Tanner, dormía en la habitación contigua. Tanner permaneció despierto algún tiempo.
—Va a venir alguien más —dijo desde el exterior una voz de cacto que lo sobresaltó—. No cerréis con llave.
Tanner apagó la vela y se durmió. Pero cuando, mucho más tarde, un guardia cacto escoltó a Bellis Gelvino hasta el vestíbulo y ésta entró y cerró la puerta por dentro y pasó arrastrando los pies, más cansada de lo que había estado en toda su vida, por la habitación a oscuras de Tanner hasta la que había más allá, él se despertó y la vio.
Incluso en un lugar tan caluroso y extraño como aquél, en medio de toda la sangre y la amenaza de violencia, incluso tan lejos del hogar, la rutina era poderosa.
Pasó un día, nada más, antes de que los armadanos tuvieran su rutina. Los guardias cactos recogían vegetales, pescaban y escoltaban a sus camaradas de tripulación y se llevaban los desechos de los armadanos, al igual que hacían los anophelii, hasta la grieta situada en la parte trasera de la aldea, desde donde los arrojaban al mar.
Cada mañana, Aum y la cambiante cuadrilla de anophelii que siempre lo acompañaba debatían con los científicos armadanos y cada tarde hacían lo mismo con los ingenieros. Era agotador: trabajo incesante en medio de un calor sofocante. Bellis estaba aletargada. Se convirtió en una máquina de escribir sintáctica, que existía sólo para transmitir y traducir y garabatear preguntas y leer respuestas.
En su mayor parte, el significado de cuanto leía y decía le resultaba incomprensible. En raras ocasiones consultaba el glosario de su propia monografía sobre el Kettai Alto. Se lo ocultaba a los anophelii: no quería ser responsable de que aprendieran otro idioma que los ayudase a escapar de su prisión.
La biblioteca de la isla no era sistemática ni coherente. La mayoría de las obras disponibles versaba sobre la más abstracta teoría. Las autoridades de Kohnid y Dreer Samher le negaban a sus súbditos cualquier obra que considerasen peligrosa. No había prácticamente nada que relacionase a los anophelii con el mundo exterior. Lo poco que tenían lo habían encontrado registrando las ruinas de la morada de sus ancestros al otro lado de la isla.
Y algunas veces encontraban fábulas, como la historia del hombre que había llamado a un avanc.
Las historias se generaban a sí mismas. Pequeñas referencias en abstrusas obras de filosofía. Los anophelii sólo parecían sentir interés por las cuestiones más abstractas. Pero en el propio Krüach Aum parecía entreverse el atisbo de un interés más fiero y terrenal.
Hay corrientes en el agua, escribía, que podemos medir y que no pueden nacer en nuestros mares.
Aum había comenzado en el más elevado nivel conceptual y había logrado demostrar la existencia del avanc. Los científicos de Armada se sentaban frente a él, embelesados, mientras Bellis traducía su historia. A partir de tres o cuatro ecuaciones que pasaron a ser una página de proposiciones lógicas, extrayendo cuanto podía extraerse de las pocas obras de biología, oceanología y filosofía dimensional que pudo encontrar. Una hipótesis. Poniendo a prueba sus resultados, verificando los detalles de la historia de la primera invocación.
Los científicos quedaron boquiabiertos y asintieron con excitación al ver las ecuaciones y notaciones que ella copiaba al sal.
Y después de comer, Bellis reunió de nuevo sus escasas fuerzas y se sentó con los ingenieros.
Tanner Sack fue el primero en hablar.
—¿Qué clase de bestia es? —dijo—. ¿Qué necesitaremos para atraparla?
Muchos de los ingenieros habían sido apresados y varios eran Rehechos. Estaba rodeada de criminales, se percató Bellis, muchos de ellos de Nueva Crobuzón. Hablaban el sal con acento de la Perrera y Malado, salpimentado con una jerga que llevaba meses sin escuchar, lo que le hizo parpadear de sorpresa. Sus conocimientos le resultaban tan ajenos como los de los científicos. Preguntaban sobre la fuerza del hierro, el acero y otras aleaciones y la estructura en panal de cadenas que había por debajo de Armada y la fuerza del avanc. Enseguida empezaron a hablar sobre motores de vapor y turbinas de gas y leche de roca y sobre los engranajes de un arnés y sobre unos arreos del tamaño de barcos.
Sabía que le hubiera convenido entender lo que se estaba diciendo allí, pero no era capaz de hacerlo y dejó de intentarlo.
Aquella noche, mientras uno de los hombres era llevado a sus aposentos, una hembra anophelii se le aproximó, chillando y farfullando, con las manos extendidas, y un guardia cacto la mató con su arco hueco.
Bellis escuchó el chasquido del arma y se asomó por una ventana. Los machos anophelii profirieron ululantes gemidos por sus bocas-esfínter y se arrodillaron junto a ella y la tocaron. Tenía la boca abierta y la probóscide sobresalía de ella como una enorme lengua rígida. Se había alimentado recientemente. El cuerpo todavía palpitante había sido partido casi en dos por la enorme chakri giratoria disparada por el arco y la sangre manaba a borbotones y empapaba la tierra y formaba charcos polvorientos.
Los machos negaban con las cabezas. Uno de los que se encontraba junto a ella le dio un tirón en el brazo y escribió algo en su tablilla.
No era necesario. No quería alimentarse.
Y entonces se lo explicó y Bellis sintió que la cabeza le daba vueltas ante aquella monstruosidad.
Bellis estaba hambrienta de soledad. Pasaba cada minuto del día con alguien y eso la dejaba exhausta. De modo que, cuando terminó de trabajar y los científicos estaban hablando entre sí, tratando de ponerse de acuerdo sobre la dirección de las investigaciones del día siguiente, se introdujo discretamente en la pequeña cámara lateral, creyendo que estaría vacía. No lo estaba.
Emitió un sonido de disculpa y se volvió pero Uther Doul se apresuró a hablar.
—No te marches, por favor —dijo.
Ella se volvió de nuevo, con su bolso entre las manos, dolorosamente consciente del peso de la caja que Silas le había dado y que ahora se encontraba en el fondo. Se quedó junto a la puerta, esperando, con el rostro inmóvil.
Doul había estado practicando. Se encontraba en el centro de la habitación relajado, con la espada en la mano. Era una hoja recta, fina, con filo en los dos lados, de unos setenta centímetros de longitud. No era grande ni hermosa ni impresionante, ni mostraba símbolos de poder.
La hoja era blanca. Se movió de improviso, fluyendo como el agua, sin hacer sonido alguno e imposible de seguir con la vista. Y de repente, volvía a envainarla.
—Yo ya he terminado aquí, señorita Gelvino —dijo—. La habitación es tuya. —Pero no se marchó.
Bellis asintió para darle las gracias, se sentó y esperó.
—Esperemos que esa desgraciada muerte no estropee nuestras buenas relaciones con los hombres mosquito —dijo él.
—No lo hará —contestó ella—. No consideran una ofensa la muerte de sus hembras. Recuerdan lo bastante para saber que es necesario —ya lo sabe, pensó de repente, incrédula. Está dándome conversación otra vez.
Pero, por muchas sospechas que albergara, los detalles de lo que le acababan de contar eran tan horripilantes y fascinantes que deseaba compartirlos, deseaba que alguien más los conociera.
—Los anophelii no saben mucho de historia pero saben que los cactos… los hombres de savia como ellos los llaman, no son los únicos que navegan por los mares. Nos conocen a nosotros, los hombres de sangre y saben también por qué los de nuestra especie no los visitan nunca. Han olvidado los detalles de las Guerras Malariales, pero parecen conservar la idea de que sus hembras… hicieron algo malo… hace siglos —se detuvo para dejar que el otro asimilara sus palabras—. Las tratan sin… afecto o desagrado.
Era un pragmatismo melancólico. No le deseaban mal alguno a sus hembras, se apareaban con ellas una vez al año pero las ignoraban siempre que era posible y las mataban cuando era necesario.
—Ésa no estaba tratando de alimentarse, ¿sabe? —continuó Bellis. Mantuvo una voz neutra—. Estaba saciada. Son… son inteligentes. No es que carezcan de mente. Es el hambre, según me contó el macho. Tardan mucho en morir de inanición. Pueden pasar un año entero sin alimentarse y no dejan de lanzar chillidos voraces durante todo ese tiempo: es lo único en lo que pueden pensar. Pero cuando se han alimentado, cuando están saciadas… realmente saciadas… hay un día o dos, puede que una semana, en la que su hambre se apaga. Y es entonces cuando intentan comunicarse. Las describe saliendo de los pantanos, bajando a la plaza y aullando a los machos, tratando de formar palabras. Pero nunca han podido aprender a hablar, ¿sabe? Siempre estuvieron demasiado hambrientas. Saben lo que son.
Lo miró a los ojos. Se daba cuenta, de repente, de que él la respetaba.
—Lo saben. Cada cierto tiempo pueden detenerse por algún tiempo, cuando tienen el vientre lleno y su mente se aclara durante unos pocos días u horas, y entonces saben lo que son, saben cómo viven. Son tan inteligentes como usted o como yo pero crecen demasiado pendientes del hambre como para aprender a hablar. Sin embargo, una vez cada pocos meses, durante un puñado de días, pueden concentrarse y entonces tratan de aprender. Pero carecen de las bocas de los machos, evidentemente, así que no pueden hacer los mismos sonidos. Sólo las más inexpertas, las más jóvenes, tratan de imitar a los machos anophelii. Cuando retraen las probóscides, sus bocas son muy semejantes a las nuestras. —Vio que él comprendía.
—Sus voces suenan como las nuestras —continuó con suavidad—. Nunca han oído una lengua que pudieran imitar hasta ahora. Saciada como estaba, sin saber hablar pero consciente de que no sabía hacerlo, debe de haber perdido la cabeza al escucharnos conversando con unos sonidos que ella misma sería capaz de proferir. Por eso se acercó a aquel hombre. Estaba intentando hablar con él.
—Es una espada muy extraña —dijo un rato después.
Él titubeó un instante muy breve (era la primera vez, se dio cuenta Bellis, de que lo veía inseguro) y a continuación la desenvainó con la mano derecha y la sostuvo frente a ella para que la viera.
Tres pequeñas yemas de metal parecían clavadas al final de su mano derecha, conectadas a la masa de alambres semejantes a venas que corrían bajo su manga hasta un pequeño compartimiento de su cinturón. La empuñadura de la espada estaba envuelta en cuero o piel pero una parte de ella era metal desnudo, que los nodos de su carne tocaban cuando la blandía.
La hoja no estaba hecha de metal pintado, como Bellis había supuesto.
—¿Puedo tocarla?
Doul asintió. Ella le dio un golpecito a la hoja con una uña. Sonó apagada y poco vibrante.
—Es cerámica —dijo él—. Se parece más a la porcelana que al hierro.
Los filos de la espada no tenían el brillo mate de un arma de metal. Eran del mismo blanco indefinido que el cuerpo plano (un blanco con un leve toque de amarillo, como el diente o el marfil).
—Corta más que el hueso —dijo Doul con su voz melodiosa—. No es como las demás cerámicas que has visto o usado antes. No se dobla ni cede. No es flexible pero tampoco frágil. Y es fuerte.
—¿Mucho?
Uther la miró y ella volvió a sentir su respeto. Algo en su interior respondió.
—Como el diamante —dijo. Volvió a envainar la hoja (con otro movimiento exquisito, instantáneo).
—¿De dónde procede? —preguntó Bellis pero él no contestó—. ¿Es del mismo lugar que usted? —estaba sorprendida por su propia persistencia y… ¿el qué? ¿Valentía?
No se sentía valiente. En realidad, se sentía como si Doul y ella se entendieran mutuamente. Él se volvió desde la puerta e inclinó la cabeza a modo de despedida.
—No —dijo—. Sería… difícil ser menos preciso. —Por primera vez, ella lo vio sonreír, muy deprisa.
—Buenas noches —dijo Doul.
Bellis se sumergió en los momentos de soledad que había anhelado, se empapó en su propia compañía. Inhaló profundamente. Y finalmente, se permitió hacerse preguntas sobre Uther Doul. Se preguntó por qué hablaba con ella, por qué toleraba su compañía y hasta la respetaba, se hubiera dicho.
No podía entenderlo pero se dio cuenta de que sentía una tenue conexión con él; algo tejido de cinismo, desapego, fuerza y entendimiento compartidos y… atracción. No sabía cuándo o por qué había dejado de temerlo. No tenía la menor idea de lo que aquel hombre estaba haciendo.