La Cicatriz
Cuarta parte: Sangre » 26
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Aquella noche, Bellis despertó muchas horas después de que todo el mundo se hubiera acostado.
Se quitó la sábana manchada de sudor con la que se tapaba y se levantó. El aire seguía siendo cálido, incluso a tales horas de la noche. Sacó el paquete de Silas de debajo de la almohada, apartó la cortina y cruzó lenta y silenciosamente la habitación en la que Tanner Sack yacía sobre su jergón envuelto en sombras. Al llegar a la puerta de madera apoyó la cabeza sobre ella y sintió su aspereza sobre la piel.
Tenía miedo.
Se asomó con mucho cuidado por la ventana y vio un guardia cacto que paseaba por la desierta plaza. Iba de puerta en puerta, comprobaba sin demasiado esmero que siguieran cerradas antes de seguir su camino. Se encontraba a cierta distancia de ella y Bellis pensó que podría abrir la puerta y salir corriendo sin que la viera o la oyese.
¿Y luego?
No se veía nada en el cielo. No se oía el amenazante zumbido ni se veía ninguna voraz mujer insecto con garras en vez de manos y un pico por boca, ansiosa por beberse su sangre. Posó la mano sobre la manija y esperó, esperó a ver u oír a una de las hembras anophelii, para estar segura de poder evitarla (es más fácil esquivar algo cuando sabes dónde está) y pensó en el saco de cuero y huesos que había visto aquella mañana, el saco que había sido un hombre. Se quedó paralizada, con las manos como alambres alrededor del picaporte de la puerta.
—¿Qué haces?
Las palabras se alzaron en un susurro severo tras ella. Bellis giró sobre sus talones mientras sus manos soltaban la puerta. Tanner Sack se había incorporado y la estaba mirando fijamente desde las sombras de su alcoba.
Avanzó un paso y él se puso en pie. Pudo ver las extrañas excrecencias de los tentáculos que colgaban de su torso. La estaba mirando con el rostro tenso y suspicaz. Parecía estar a punto de atacarla. Y a pesar de ello había hablado con un susurro y algo en eso bastó para tranquilizarla.
—Lo siento —dijo en voz baja. Él se acercó hasta la puerta de su cuarto para poder oírla y su rostro parecía más duro y desconfiado que nunca—. No pretendía despertarte —susurró—. Yo sólo… tenía que… —y su inventiva la abandonó y no supo qué decir para justificarse. Las palabras se le secaron en la boca.
—¿Qué haces? —repitió él. Lentamente, enfurecido pero curioso, la habló en ragamol.
—Lo siento —dijo ella de nuevo y negó con la cabeza—. He sentido… —contuvo la respiración y volvió a mirarlo sin bajar los ojos.
—Esa puerta no puede abrirse.
Ahora estaba mirando el paquete que ella llevaba en las manos y, haciendo un esfuerzo, Bellis logró contener las ganas de esconderlo y no mover los dedos nerviosamente. Lo mantuvo allí, a la vista, como si no fuera nada importante.
—¿Qué era, la llamada de la naturaleza? ¿Era eso? Tiene usted que usar el orinal, señora. En este lugar no puede andarse con melindres. Ya ha visto lo que le pasó a William.
Ella se irguió entonces y asintió, con el rostro inmóvil y caminó de regreso a cama.
—Dormirá mejor si lo hace, de veras —dijo Tanner Sack a su espalda, antes de sentarse poco a poco. Al llegar a la cortina que separaba las habitaciones, Bellis se volvió un instante para mirarlo. Seguía sentado y era evidente que estaba observando y escuchando. Apretó los dientes y cerró la cortina.
Durante unos pocos segundos hubo silencio. Entonces Tanner escuchó el sonido de un chorrito, unas pocas gotas renuentes y sonrió sin humor antes de volver a introducirse bajo las sábanas. A escasos metros de él, al otro lado de la cortina, Bellis se levantó con el rostro helado y furioso.
En medio de su rabia y su humillación, había encontrado algo. Empezó a darle forma a una esperanza, una idea.
El día siguiente era el último que pasaban los armadanos en la isla.
Los científicos recogieron sus resmas de papel y sus esbozos, charlando y riendo como niños. Incluso el taciturno Tintinnabulum y sus camaradas parecían animados. Por todas partes, en torno a Bellis, planes diversos estaban tomando forma y parecía que el avanc ya estaba atrapado en la mente de todos.
La Amante intervenía en las discusiones y las abandonaba, una amplia sonrisa en el rostro, el reciente corte rojo y brillante. Sólo Uther Doul seguía impasible; Uther y la propia Bellis. Sus ojos se encontraron desde lados diferentes de la habitación. Inmóviles, los únicos en el bullicioso salón, compartieron un momento de superioridad, algo parecido al desprecio.
Durante todo el día, los anophelii estuvieron yendo y viniendo. Sus modales sedados y monacales parecían conmocionados. Sentían mucho la marcha de sus visitantes, conscientes de que era demasiado pronto para que la inesperada afluencia de teorías e impresiones que habían traído consigo calaran entre ellos.
Bellis observaba a Krüach Aum y se daba cuenta de lo parecido a un niño que era el anciano anophelius. Veía cómo guardaban sus nuevos camaradas los libros y la ropa que habían traído y trataba de imitarlos, a pesar de que no poseía nada. Salió del salón y regresó un poco más tarde con un puñado de trapos y varias hojas de papel que había encontrado y guardado en algo que se parecía de forma tosca a un petate. Bellis se estremeció al verlo.
En el fondo de su propia bolsa, sentía la presencia del paquete de Silas: las cartas, el collar, la caja, el lacre, el anillo. Esta noche, se dijo y sintió pánico. Esta noche, pase lo que pase.
Pasó el resto del día siguiendo con la mirada los progresos del sol. A última hora de la tarde, cuando la luz se había tornado tupida y lenta y cada forma derramaba una hemorragia de sombras, el pánico se apoderó de ella. Porque sabía que no había modo de cruzar los pantanos y los territorios de las voraces mujeres mosquito.
Bellis levantó la mirada, alarmada, cuando alguien abrió la puerta por la fuerza.
El capitán Sengka irrumpió en el cuarto, flanqueado por dos de sus tripulantes.
Los tres cactos se quedaron junto a la entrada, con los brazos cruzados. Eran hombres grandes, hasta para su raza. Sus músculos vegetales asomaban alrededor de sus cinturones y sus taparrabos. La luz se reflejaba sobre sus joyas y sus armas.
Sengka señaló a Krüach Aum con uno de sus enormes dedos.
—Ese anophelius —anunció— no se va a ninguna parte.
Nadie se movió. Al cabo de varios segundos, la Amante dio un paso al frente.
Sengka habló antes de que ella pudiera hacerlo.
—¿Qué pensabas hacer, capitana? —dijo, asqueado—. ¿Capitana? ¿Es así como debería llamarte, mujer? ¿Qué pensabas hacer? He cerrado los ojos a vuestra presencia en este lugar, cosa que no tenía que hacer. He tolerado vuestra comunicación con los nativos, lo que supone una brecha en la seguridad y el riesgo de sufrir otra puta Era Malarial… —la Amante negó con la cabeza con impaciencia al escuchar aquella hipérbole pero Sengka continuó—. He esperado pacientemente a que os largarais de una puta vez de esta isla. ¿Y qué he conseguido? ¿Pensabais que podríais llevaros a una de estas criaturas sin que me enterara? ¿Creíais que os dejaría marcharos? Registraremos vuestra aeronave —dijo con voz decidida—. Cualquier contrabando procedente de Playa Maquinaria, cualquier libro o tratado de los anophelii, cualquier heliotipo de la isla será confiscado. —Volvió a señalar a Aum y negó con la cabeza con incredulidad—. ¿Sabes algo de historia, mujer? ¿De verdad quieres sacar de aquí a un anophelius?
Krüach Aum asistía al altercado con los ojos muy abiertos.
—Capitán Sengka —dijo la Amante. Bellis nunca la había visto tan viva, tan resplandeciente, tan magnífica—. Nadie podría criticar su preocupación por la seguridad o su dedicación a su deber. Pero usted sabe tan bien como yo que los anophelii machos son herbívoros inofensivos. No tenemos intención de llevarnos a ninguno más.
—¡No lo toleraré! —gritó Sengka—. Mierda solar, este sistema no admite excepciones y no las admite porque hemos aprendido las lecciones de la historia. Ningún anophelius saldrá de esta isla. Ésa es una de las condiciones para que se les permita seguir con vida. No hay excepciones.
—Empiezo a cansarme de esto, capitán. —Bellis no podía por menos que admirar la calma de la Amante, fría y dura como el hierro—. Krüach Aum se viene con nosotros. No tenemos la menor intención de enfrentarnos con Dreer Samher, pero nos llevamos a este anophelius —le dio la espalda y empezó a alejarse.
—Mis hombres están en Playa Maquinaria —dijo el cacto y ella se detuvo y se volvió hacia él. Empuñaba una enorme pistola que apuntaba al suelo. Los armadanos estaban completamente inmóviles—. Guerreros cactos entrenados —dijo—. Atrévase a desafiarme y nunca saldrá de esta isla —con tal lentitud que el movimiento no pareció amenazador, levantó el arma y apuntó con ella a la Amante—. Este anophelius… Aum, como lo ha llamado… se viene conmigo.
Por toda la habitación, los guardias parecían a punto de actuar. Sus manos revoloteaban sobre las espadas, arcos y pistolas. Costrosos con sus armaduras agrietadas y enormes cactos, cuyos ojos se movían de Sengka a la Amante y de nuevo a aquél.
La Amante no miraba a ninguno de ellos. En su lugar, Bellis vio que se volvía hacia Uther Doul.
Éste se adelantó y se colocó entre ella y el arma.
—Capitán Sengka —dijo con aquella voz preciosa. Se quedó quieto, con la pistola apoyada ahora contra su cabeza, mirando al hombre cacto, casi medio metro más alto y mucho más grande que él. Sus ojos estaban fijos en el cañón del arma mientras hablaba, como si éste fuera el ojo de Sengka—. Me corresponde a mi despedirlo.
El capitán bajó la mirada hacia él y por un momento pareció inseguro. Entonces echó atrás su mano libre, mientras los bíceps enormes se hinchaban por debajo de la piel y el puño carnoso y erizado de espinas se tensaba, preparado para golpear. Se estaba moviendo muy despacio. Evidentemente confiaba en no tener que golpear a Doul sino intimidarlo para que se sometiera.
Doul extendió las dos manos, como si fuera a suplicar. Se detuvo y entonces se produjo un movimiento súbito de tal velocidad que Bellis (que lo había estado esperando, que había sabido que algo así iba a ocurrir) no pudo seguirlo con la mirada y de repente Sengka estaba retrocediendo y tambaleándose, con una mano en la garganta, allí donde Doul lo había golpeado con los dedos tensos (encontrando el espacio entre las crueles espinas para dejarlo sin respiración). Ahora era Doul el que empuñaba el arma, que seguía apuntándole al cráneo, atrapada entre las palmas abiertas como algo que le hubiera sido concedido por sus plegarias. Miraba a Sengka y le susurraba, con palabras que Bellis no alcanzaba a oír.
(El corazón de Bellis late furiosamente. Las acciones de Doul la hacen añicos. Sea el ataque brutal o sigiloso, el movimiento en sí mismo, su velocidad y perfección sobrenaturales hacen que parezca un asalto dirigido contra el orden de las cosas, como si el tiempo y la gravedad no pudiesen contener a Uther Doul).
Los dos cactos situados tras Sengka avanzaron, lentos y enfurecidos. Se llevaron las manos a los cintos, hicieron ademán de sacar sus armas y la pistola que Doul sostenía en un aplauso congelado se movió con un parpadeo y los apuntó, volvió a parpadear y estuvo de pronto en su mano derecha, apuntándolos directamente, primero a uno y luego (instantáneamente) al otro.
(No hay movimiento. Los tres cactos están pasmados por aquella velocidad y aquel control rayanos en la taumaturgia).
Doul volvió a moverse, el arma abandonó su mano dando vueltas y se perdió más allá de su alcance. Ahora empuñaba la espada. Hubo dos estallidos y los hombres de Sengka gritaron de dolor, en rápida sucesión, mientras sus manos, las muñecas rotas y temblorosas frente a ellos, soltaban las armas.
La punta de la espada estaba ahora apoyada contra la garganta de Sengka y el hombre-cacto contemplaba a Doul con miedo y odio.
—He golpeado a sus hombres con la parte plana de la espada, capitán. No me haga mostrarle su filo.
Sengka y sus hombres retrocedieron, cruzaron la puerta y se perdieron de vista bajo la última luz del día. Doul esperó junto a la espada, con la espada extendida.
A su alrededor se estaba formando un murmullo rítmico, un ladrido triunfante y asombrado. Bellis lo recordaba. Lo había oído antes.
—¡Doul! —gritaban los hombres y mujeres de Armada—. ¡Doul! ¡Doul! ¡Doul!
Como habían hecho en el circo, como si fuese una deidad, como si pudiese concederles deseos, como si estuviesen cantando en la iglesia. Su adoración no era ruidosa, pero era ferviente y de un gozo sombrío, e incesante y perfecta en su ritmo. Enfureció a Sengka, que oyó en ella un insulto.
Se volvió y miró con ferocidad a Doul, recortado en el umbral de la puerta.
—¡Mírate! —gritó, furiosamente—. ¡Cobarde, hombre-cerdo, puto farsante! ¿A qué demonio le dejaste que te follara a cambio de esas habilidades, hombre-cerdo? No escaparás de este puto lugar.
Entonces se quedó callado y la voz le falló, pues Uther Doul había abandonado la habitación y salido a lo que los cactos habían creído la seguridad del exterior. Los armadanos reprimieron jadeos entrecortados pero la mayoría de ellos siguió cantando.
Bellis corrió hasta la puerta, preparada para cerrarla al instante si aparecía alguna hembra anophelii. Vio que Doul caminaba sin vacilación hacia Nurjhitt Sengka con la espada extendida. Podía escuchar sus palabras.
—Sé que está usted enfurecido, capitán —dijo el hombre con voz suave—. Pero debe controlarse. No hay peligro en dejar que Aum nos acompañe y usted lo sabe. Éste será su último contacto con esta isla. Nos lo ha prohibido porque sentía que su autoridad estaba siendo desafiada. Ha sido un error de cálculo, pero sólo dos de sus hombres lo han presenciado.
Los tres cactos se encontraban todavía a cierta distancia de él. Sus miradas se encontraban y volvía a separarse, al mismo tiempo que se preguntaban si podrían arrollarlo. Alguien apartó a Bellis bruscamente, mientras Hedrigall y algunos costrosos y otros cactos de Armada salían al exterior. No se acercaron.
—No impedirá usted que nos marchemos, capitán —continuó Doul—. No quiere arriesgarse a una guerra con Armada. Y además, sabe usted tan bien como yo que no es a mi tripulación o siquiera a mi superior a quien quiere usted castigar, sino a mí. Y eso —concluyó con voz suave— no va a pasar.
Bellis escuchó el sonido, entonces: el agudo zumbido de las mujeres anophelii que se aproximaban. Jadeó y oyó que otros lo hacían también. Sengka y sus hombres empezaron a mirar arriba furtivamente, como si quisieran evitar ser vistos.
Los ojos de Uther Doul no se apartaron de la cara del capitán Sengka. Una sombra pálida atravesó el cielo y Bellis apretó los labios. El cántico, «¡Doul!», había menguado pero continuaba de una manera casi subliminal. Nadie le gritó que estaba en peligro. Todos estaban seguros de que si ellos habían oído a las anophelii, él lo habría hecho también.
Mientras el sonido de las alas se aproximaba, Doul se acercó al capitán, de repente, hasta que estuvo mirándole directamente a los ojos.
—¿Nos entendemos, capitán? —dijo, y Sengka profirió un rugido y trató de agarrarlo y aplastarlo en un abrazo de oso erizado de espinas. Pero las manos de Doul se movieron como una exhalación frente a la cara del cacto y luego bajaron para bloquear sus brazos, y entonces, de repente, se encontraba unos pocos pasos atrás mientras el capitán se doblaba sobre sí mismo y maldecía tratando de cortar la hemorragia de savia que brotaba de su nariz destrozada. Sus hombres observaban con una especie de consternada indecisión.
Doul les dio la espalda entonces y alzó la espada para recibir a la primera de mujeres mosquito que se precipitaba sobre él. La hembra anophelii apareció de repente, una forma famélica que caía en picado envuelta en un chillido. La probóscide emergió de su boca. Sobrevoló el suelo, irregular y rápida, con ambos brazos extendidos, babeante, hambrienta.
Durante un prolongado momento, fue la única cosa que se movió.
Uther Doul estaba inmóvil, esperándola, sosteniendo la espada en vertical a su derecha. Y entonces, de repente, cuando la anophelius se encontraba tan próxima que Bellis creyó que podía olerla, tan próxima que su probóscide parecía estar tocando la carne de Doul, su brazo cruzó bruscamente de un lado a otro del cuerpo, la espada en vertical e inmóvil pero ahora al otro costado, y la cabeza y el hombro izquierdo de la mujer mosquito cayeron dando tumbos sobre la tierra seca mientras el resto del cuerpo se precipitaba a tierra tras él. La sangre resbalaba espesa y lenta por la hoja de Doul y manchaba el cadáver y el polvo.
Doul se había movido de nuevo y estaba revolviéndose, saltando, alzando las manos como si fuera a recoger una fruta, interceptando a la segunda hembra anophelii (a la que Bellis ni siquiera había visto) mientras volaba sobre su cabeza y entonces giró sobre sí mismo, la atravesó con la punta de la espada y la arrojó al suelo, donde se quedó, chillando y babeando pero tratando a pesar de todo de alcanzarlo.
La despachó con rapidez, con gran alivio de Bellis.
Y entonces el cielo volvió a estar en calma y Doul se había vuelto de nuevo hacia el capitán Sengka mientras limpiaba la hoja.
—Esto será lo último que sepa usted de mí o de cualquiera de nosotros, capitán Sengka —le aseguró al hombre cacto, quien ahora lo miraba con más miedo que odio y cuyos ojos contemplaban los cadáveres sanguinolentos de las dos mujeres mosquito, cada una de ellas más fuerte que un hombre—. Váyase. Esto puede terminar aquí.
De nuevo se escuchó el odioso sonido de las hembras anophelii y Bellis estuvo a punto de gritar ante la mera idea de que la carnicería continuase. El zumbido se aproximó y los ojos de Sengka se abrieron un poco más. Se quedó allí un instante, buscando con la mirada a las voraces mujeres mosquito, deseando aún que pudieran matar a Doul, pero sabiendo también que no lo lograrían.
Doul no se movía, por mucho que el sonido se fuera acercando.
—¡Mierda solar! —gritó Sengka y se volvió, derrotado y con un ademán ordenó a sus hombres que lo siguieran. Se marcharon deprisa.
Bellis sabía que querían irse antes de que cayeran más hembras anophelii. No porque sintieran la menor preocupación por aquellos monstruos sino porque la visión de la destreza de Doul los asombraba y asustaba.
Uther Doul esperó hasta que los tres cactos hubieron desaparecido. Sólo entonces se volvió, con calma, envainó la espada y regresó a la casa.
El sonido de las alas estaba muy próximo para entonces pero, por fortuna, las anophelii fueron un poco lentas y no lograron alcanzarlo. Bellis escuchó cómo se iba disipando el zumbido de las alas a medida que las mujeres mosquito se alejaban.
Doul volvió a entrar en la habitación y la celebración de su nombre volvió a alzarse, orgullosa e insistente como un grito de guerra. Y esta vez sí respondió, inclinó la cabeza y alzó el brazo con la palma de la mano abierta. Permaneció inmóvil, con la mirada baja, como si el sonido lo llevase a la deriva.
Y de nuevo se hizo de noche, la última noche y Bellis se encontraba en su habitación, metida en el camastro de paja sucia, con el paquete de Silas entre las manos.
Tanner Sack no dormía. Estaba demasiado nervioso a causa del alboroto vivido durante el día, las peleas. Estaba asombrado por lo que ahora sabía, lo que había aprendido de Krüach Aum. Sólo fragmentos diminutos de una teoría mucho más grande, pero a pesar de ello, este nuevo conocimiento, la magnitud de lo que se le había encomendado, daba vértigo. Demasiado hasta para dormir.
Y además, estaba esperando algo.
Ocurrió entre la una y las dos de la mañana. Alguien apartó la cortina de la habitación de las mujeres, con mucha suavidad y Bellis Gelvino entró de puntillas en la habitación.
Tanner Sack frunció la boca en una sonrisa dura. Ignoraba lo que ella estaba haciendo la pasada noche, pero era evidente que no tenía que ver con hacer pis. Sintió vergüenza y placer al pensar en la pequeña crueldad de la pasada noche, cuando la había obligado a llevar a cabo aquella pequeña representación. Después se había sentido un poco culpable, pero la idea de la remilgada y severa señorita Gelvino obligada a esforzarse para soltar unas pocas gotas para él le había tenido todo el día sonriendo.
Ya entonces se había dado cuenta de que, fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, no había acabado y tendría que volver a hacerlo.
Tanner la observó. No sabía que estaba despierto. Podía verla junto a la puerta, vestida con su camisón blanco, mientras se asomaba por la ventana. Lleva algo en las manos. Debía de ser aquella bolsa de cuero en la que había intentado que no se fijase la pasada noche.
Sentía curiosidad y también una chispa de crueldad, como un deseo de venganza por la forma en que había sido tratado a bordo del Terpsícore pero dirigido a ella. Aquellos sentimientos eran los que le habían impedido informar a Doul o a la Amante de sus acciones.
Bellis se irguió y miró y a continuación se agachó de nuevo y revolvió silenciosamente en su bolsa y se irguió de nuevo y volvió a mirar y se inclinó y así sucesivamente. Sus manos temblaban cerca del picaporte pero no hacían nada.
Tanner Sack se puso en pie y caminó sin hacer ruido hacia ella; estaba demasiado absorta en su indecisión para reparar en él. Se quedó unos pocos pasos detrás, observándola, irritado y divertido a un tiempo por su irresolución, hasta que se cansó y habló.
—¿Otra vez a la calle? —susurró con tono sardónico y Bellis giró sobre sus talones y él vio con asombro y vergüenza que estaba llorando.
Su sonrisa cínica desapareció al instante.
Los ojos de Bellis Gelvino estaban llenos de lágrimas pero no profirió un solo sollozo. Estaba respirando con fuerza y cada profunda inhalación la sacudía y parecía que fuera a romperla, pero seguía en silencio. Su expresión era fiera y controlada, sus ojos inyectados en sangre miraban con resolución e intensidad. Parecía un animal acorralado.
Furiosamente, se limpió los ojos y la nariz.
Tanner trató de hablar pero aquella mirada feroz resultaba casi insoportable Tuvo que hacer un gran esfuerzo para articular palabra.
—Calma, calma —susurró—. No pretendía más que…
—¿Qué… quiere? —dijo ella en voz baja.
Escarmentado pero no acobardado, Tanner miró el paquete que llevaba entre las manos.
—¿Qué pasa con usted? —dijo—. ¿Qué es eso? Está tratando de escapar, ¿no es eso? ¿Espera que los Samheri la lleven a casa? —Mientras hablaba, sentía que su furia volvía a crecer y tuvo que esforzarse por controlarla—.
Quiere contarle al alcalde Rudgutter lo mal que la han tratado en el barco pirata, ¿no es así, señorita? ¿Contarle todo lo que ahora sabe sobre Armada para que puedan cazarnos y volver a meterme a mí y a los que son como yo en la puta bodega bajo cubierta? ¿Convertirnos en esclavos para las colonias?
Bellis lo estaba observando, poseída por una furia llena de lágrimas y dignidad. Siguió una larga pausa y Tanner vio que, bajo la piel de su rostro pétreo, la mujer tomaba una resolución.
—Léala —siseó Bellis de repente. Casi con violencia colocó una carta en sus manos y se dejó caer sobre la puerta.
—¿«Estatus Siete»? —murmuró—. ¿Qué coño es un Código Punta de Flecha? —Bellis no contestó. Había dejado de llorar. Lo miraba, enfurruñada como una niña (pero ahora hay algo en el fondo de sus ojos, un poco de esperanza).
Tanner siguió leyendo, abriéndose camino por la espesura de los códigos y encontrando veredas de sentido, lugares en los que el significado de todo ello se volvía, inesperada y aterradoramente claro.
—¿«Ataque de magos beso»? —susurró, incrédulo—. ¿«El Cancro será inundado de soldados gusano»? ¿«Bombas-alga»? ¿Qué coño es todo esto? ¡Habla de una puta invasión! ¿Qué coño es esto? —Bellis lo miraba.
—Esto —repitió implacable sus palabras, como un eco— habla de una puta invasión.
Guardó un silencio cruel durante varios segundos y entonces se lo contó todo.
Él apoyó la espalda contra la pared, mientras aferraba el papel entre las manos y miraba el sello sin verlo y pasaba los dedos por la cadena que llevaba la identificación de Silas.
—Estaba usted en lo cierto sobre mí, ¿sabe? —dijo Bellis. Cuchicheaban para que la otra mujer que dormía en la casa no despertara. La voz de Bellis sonaba a muerte—. Estaba en lo cierto —repitió—. Armada no es lugar para mí. Sé lo que está pensando. Piensa «no debería confiar en esta zorra rica».
Tanner negó con la cabeza, trató de negarlo pero ella no estaba dispuesta a permitírselo.
—Tiene usted razón. No soy de fiar. Quiero regresar a mi casa, Tanner Sack. Y si pudiera abrir una puerta y aparecer en la Ciénaga Brock o los Campos Salacus o Mafaton o Prado del Señor o cualquier otro lugar de Nueva Crobuzón, entonces, le juro por Jabber que la cruzaría.
Su intensidad casi hizo encogerse a Tanner.
—Pero no puedo —continuó—. Y sí, hubo un tiempo en que me imaginaba que venían a rescatarme. Me imaginaba que la marina acudía para llevarme a casa. Pero hay dos cosas que lo impiden. Quiero ir a casa, Sack. Pero… —titubeó y pareció hundirse un poco— había otros en el Terpsícore que no desean lo mismo. Y sé lo que significaría… para usted y para los demás… para todos los Rehechos de Nueva Crobuzón… el ser… rescatados. —Volvió los ojos hacia él y su mirada no titubeó un ápice—. Puede creerme usted o no, según le plazca, pero eso no es algo que yo quiera. No me hago ilusiones sobre Nueva Crobuzón, ni sobre el transporte. No sabe usted nada sobre mí, Tanner Sack. No sabe nada sobre lo que me obligó a embarcar en aquel puto barco asqueroso. Por mucho que quiera regresar a casa —dijo—, sé que lo que es bueno para mí no tiene por qué serlo para ustedes y no tomaría parte en ello voluntariamente. Y esto es cierto —dijo de repente, como si estuviera sorprendida, como si se lo estuviera diciendo a sí misma—. Esa discusión ya la perdí. Lo reconozco. Eso es cierto.
Titubeó un instante y entonces lo miró.
—Y aunque usted pensase que todo esto no es más que un montón de mentiras, señor Sack, siempre está el segundo factor: No hay nada que yo pueda hacer. No puedo marcharme con los Samheri, no puedo darle su emplazamiento a la marina de Nueva Crobuzón. Estoy atrapada en Armada. Estoy atrapada del todo.
—¿Y quién es Silas Fennec? —dijo él—. ¿Y qué es esto? —agitó la carta.
—Fennec es un agente de Nueva Crobuzón, tan atrapado como yo. Atrapado con información —dijo con frialdad—. Información sobre una puta invasión.
»¿Quiere que caiga? —demandó—. Esputo divino, entiendo que no sienta ningún amor por el lugar. ¿Por qué iba a sentirlo, por Jabber? ¿Pero de verdad quiere que Nueva Crobuzón caiga? —su voz se volvió dura de repente—. ¿No tiene amigos allí? ¿Familia? ¿No hay nada en la puta ciudad que le gustaría preservar? ¿De veras no le importa que caiga a manos de Las Gengris?
Al sur de la calle Wynion, no muy lejos, en los Campos Pelorus, había un pequeño mercadillo. Lo montaban en unas cocheras situadas tras un almacén los días de la huida y los días del polvo. Era demasiado pequeño para tener nombre.
Era un mercado de zapatos. Usados y nuevos, imperfectos y perfectos. Zuecos, zapatillas, botas, etc.
Durante muchos años fue el lugar favorito de Tanner en Nueva Crobuzón. No es que comprase más zapatos que los demás, pero le encantaba recorrer aquel pequeño espacio junto a las mesas de cuero y lona, escuchando los gritos de los vendedores.
Había algunos pequeños cafés en la callejuela y había acabado por conocer bastante a los propietarios y a los clientes habituales. Cuando no tenía trabajo y sí un poco de dinero en el bolsillo, solía pasar las horas muertas en el Café de Boland, cubierto de hiedra, y charlaba y discutía con Boland e Yvan Curlough y Sluchnedsher el vodyanoi y se apiadaban del loco Jacobs Espiral y le pagaban un trago.
Tanner había pasado muchos días allí, en una neblina de humo, té y café, observando los zapatos a través de las ventanas imperfectas de Boland mientras las horas pasaban y pasaban. Podía vivir sin aquellos días, por el amor de Jabber. No es que fueran una droga para él. No es que se pasase las noches en vela recordándolos.
Pero fue en eso en lo que pensó, instantáneamente, cuando Bellis le pregunto si no le importaba que la ciudad cayera.
Por supuesto que la idea de que Nueva Crobuzón y toda esa gente a la que conocía (y en la que no había pensado desde hacía mucho tiempo) y todos esos lugares en los que había estado, destruidos y anegados por los grindilú (figuras que existían en forma de pesadilla en su cabeza), por supuesto que lo aterraba. Por supuesto que no les deseaba tal cosa.
Pero la inmediatez de su propia reacción lo había asombrado. No había implicado nada intelectual, ningún pensamiento. Contempló por la ventana aquella noche sofocante de la isla y se recordó a sí mismo, mirando por otras ventanas, de cristal grueso y multicolor, que daban al mercadillo de zapatos.
—¿Por qué no se lo has contado a los Amantes? ¿Por qué pensaste que no te ayudarían a hacer llegar un mensaje a la ciudad?
Bellis movió los hombros en una risa falsa y silenciosa.
—¿De veras crees —respondió ella con lentitud— que les importaría? ¿Crees que lo enviarían ellos mismos? ¿O en barco? ¿O pagarían a un mensajero? ¿Crees que se arriesgarían a descubrirse? ¿Crees que harían todos esos esfuerzos sólo para salvar a una ciudad que los destruiría si se le diera la menor oportunidad?
—Te equivocas —dijo él, inseguro—. Hay muchos nativos de Nueva Crobuzón a los que sí les importaría.
—Nadie lo sabe —siseó ella—. Sólo Fennec y yo lo sabemos y si difundimos la noticia, nos desacreditarán, nos harán pasar por alborotadores, nos arrojarán al mar, quemarán el mensaje. Por el amor de los dioses, ¿y si te equivocas? —Se le quedó mirando hasta que él se agitó, incómodo—. ¿Crees que les importaría? ¿Crees que no dejarían que Nueva Crobuzón se hundiera? Si se lo contáramos y estuvieras equivocado, sería el fin… perderíamos nuestra única posibilidad. ¿No ves lo que está en juego? ¿De veras quieres arriesgarte? ¿De veras?
Con un vacío en la garganta, Tanner se dio cuenta de que lo que decía tenía sentido.
—Y por eso estoy aquí sentada, llorando como una cretina —escupió—. Porque llevar este mensaje, esta prueba y este soborno a los Samheri es la única posibilidad que tenemos de salvar Nueva Crobuzón. ¿No lo ves? Salvarla. Y estoy aquí, paralizada, porque no se me ocurre un modo de llegar hasta la playa. Porque me aterrorizan esas mujeres. No quiero morir y se acerca el amanecer y no puedo salir ahí fuera pero tengo que hacerlo. Y hay casi dos kilómetros hasta la playa —lo miró, intensamente, y entonces miró en otra dirección—. No sé qué hacer.
Podían oír los ruidos de los guardias cactos que paseaban por la aldea iluminada por la luna, de casa en casa. Tanner y Bellis se sentaron cara a cara, con las espaldas apoyadas contra la pared, mirándose a los ojos.
Tanner volvió a mirar la carta que tenía. Estaba el sello. Extendió las manos y Bellis le entregó el resto del pequeño paquete. Tenía el rostro compuesto. Leyó la carta para los piratas Samheri. La recompensa era generosa pero ni mucho menos excesiva si lograban salvar a Nueva Crobuzón.
Salvarla, impedir que sufriera daño.
Volvió a leer las dos cartas, línea por línea. No se mencionaba a Armada.
Miró el collar con la pequeña chapa, su nombre y su símbolo. No había nada que relacionara todo aquello con Armada. Nada que le dijera al gobierno de Nueva Crobuzón dónde encontrarlo. Bellis lo observaba en silencio. Ella sabía lo que era. Podía sentir sus esperanzas. Sacó el gran anillo, examinó el intrincado sello invertido, hendiduras por picos y viceversa. Era hipnótico. Significaba más de una cosa para él, como Nueva Crobuzón.
El silencio continuó mientras le daba vueltas y vueltas al paquete entre sus manos, pasaba sus dedos sobre el pedazo de lacre, el anillo y la larga carta con su aterradora advertencia.
Recordaba cuando lo habían Rehecho, pero eso no era todo. Había lugares y personas. Nueva Crobuzón tenía más de una cara.
Tanner Sack era leal a Anguilagua y sentía la pasión de esa lealtad en su interior, junto a un afecto triste hacia Nueva Crobuzón… una especie de cariño melancólico y pesaroso. Por el mercadillo de zapatos y otras cosas. Las dos emociones se agitaban y giraban la una alrededor de la otra como peces.
Pensó en su antigua ciudad, toda arrasada, destrozada.
—Es cierto —susurró lentamente—. Hay casi dos kilómetros hasta Playa Maquinaria y hay que atravesar los pantanos y todo eso, donde viven las mujeres.
Señaló con la cabeza de repente en dirección al otro lado de la aldea, la grieta en la roca con aquellas olas como aceite al fondo.
—Pero desde allí sólo hay unos metros hasta el mar.