La Cicatriz

La Cicatriz


Cuarta parte: Sangre » Quinto interludio: Tanner Sack

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Quinto interludio: Tanner Sack

No tarda mucho.

Mantengo los ojos en la ventana (Bellis Gelvino acurrucada, esperando detrás de mí. Nerviosa por la posibilidad de que esté jugando con ella pero a pesar de todo iluminada de esperanza). Espero hasta que el guardia doble una esquina y desaparezca de la plaza y de mi vista.

—No te muevas —le digo y niega con la cabeza casi con fervor—. No te muevas ni un centímetro —estoy aterrado pero me hago el duro—. No muevas ni un músculo hasta que oigas mi llamada.

Ella va a abrir la cerradura. Va a vigilar para asegurarse de que ninguna anophelii se cuela mientras la puerta está abierta. Va a esperar lo que haga falta hasta que yo regrese.

Y entonces asiento, con la bolsa de cuero atada con fuerza y envuelta en cera para evitar que le entre agua, la aferró contra mis tripas como si fuera una herida y ella abre la puerta de un tirón y salgo, a la luz de las estrellas, al aire caluroso de la noche, con las mujeres mosquito, rodeado por todas partes por las mujeres mosquito.

Tanner Sack no vacila. Corre hacia la grieta que se abre al fondo de la aldea como un ano, desde la que arrojan los desperdicios al mar.

Corre con la cabeza baja, ciego y aterrado, hacia la hendidura en la roca. Sus nervios aúllan y su cuerpo se dobla y cada parte de sí lucha con todas sus fuerzas para alcanzar el agua.

Está seguro de que oye el sonido de alas de mosquito.

Sólo pasan cinco segundos desde que sale al exterior, escuchando el viento y los insectos nocturnos, hasta que sus pies tocan la roca desnuda que se asoma como una balconada sobre el mar. El aire está inmóvil y la oscuridad lo envuelve aún con más fuerza mientras se inclina sobre la abertura inundada de sombras de la montaña. Y por un momento titubea, considera la posibilidad de un descenso más laborioso y cuidadoso por la estrecha vereda que desciende sinuosa por la pared de roca pero ya es demasiado tarde, sus piernas se lo han llevado hacia arriba y hacia delante, como si escuchara el zumbido de una hembra anophelii y ha abandonado la roca y está cayendo.

No hay nada salvo aire debajo de él, más de quince metros de aire y luego el mar en movimiento que resplandece como el hierro. Y ahora él es una criatura del mar y sabe leer las formas de las corrientes. Sabe que son aguas profundas y, en efecto, lo son.

Su cuerpo se tensa y el oleaje se abre para recibirlo con un chapoteo y el aire sale a borbotones de sus pulmones y abre la boca por el golpe y la sorpresa y empieza a respirar agua por sus pobres y desecadas branquias mientras el mar se sella sobre su cabeza y se lo traga por entero. Le hace sentir bienvenido, aunque no sea más que un pequeño microbio.

Hay un momento de dicha, cuando flota inmóvil en la oscuridad de las aguas. El espacio a su alrededor resulta vertiginoso, tan seguro es para él. Las mujeres mosquito no van allí (piensa en otros depredadores y por un momento se siente un poco menos a salvo).

Tanner siente el peso del paquete engrasado que lleva encima. Lo aprieta contra su vientre y empieza a nadar impulsándose con sus pies palmeados. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez… Se siente como si su piel estuviese floreciendo en el agua y los poros se le estuviesen abriendo como yemas tiernas.

La negrura no es absoluta. Conforme sus pupilas se dilatan, empieza a distinguir formas de oscuridades diferentes: peñascos sumergidos, los detritos de la aldea, el paso a mar abierto y la tiniebla inmisericorde de las profundidades. Sobre él, las olas lamen la costa como un ser senil y desdentado.

No está desorientado. Pequeñas formas pasan presurosas a su lado, diminutos peces nocturnos. Tanner está tanteando a su alrededor con los tentáculos, nada despacio hasta que siente los bordes de la roca y empieza a circunnavegar el brazo de costa. Sus tentáculos son más valientes que él. Se introducen, inquisitivos como pulpos, en el interior de grietas en las que nunca se atrevería a meter las manos. Aquellos apéndices son la parte más acuática de su cuerpo y acepta su dirección.

Tanner nada alrededor de la isla de los anophelii. Siente a las anémonas y a los erizos de mar y se da cuenta con repentina tristeza de que es la primera vez en su vida en que nada tan cerca del lecho marino como para notar la vida que mora en él y que casi con toda seguridad es la última vez que podrá hacerlo y está demasiado oscuro para poder ver. No puede más que imaginarse las protuberancias de piedra y arena sobre las que nada, las espuelas de roca y madera muerta que deben de parecer velludas por las algas, los ricos colores que la luz podría revelar.

Pasan los minutos mientras él nada con urgencia. Aquel litoral sabe diferente al mar abierto que rodea a Armada. Aquellas aguas parecen un estofado espeso. El aroma de la vida diminuta y la muerte casi lo sofoca.

Y entonces, de repente, siente el sabor a herrumbre.

Playa Maquinaria, piensa Tanner. Ha rodeado a nado un saliente de la isla hasta llegar a la bahía. Sus ventosas acarician nuevas cosas: hierro en descomposición, motores cubiertos de costra por la acción del mar. El agua sobre aquel lecho de hierro está llena de sales metálicas y le sabe a sangre.

En la superficie estrellada de fragmentos de luna que hay encima de él se ven tres grandes formas, los barcos Samheri, que tapan la poca luz que hay. Sus cadenas se hunden en el agua y las anclas reposan entre los huesos de artefactos metálicos mucho más viejos.

Tanner se yergue, se eleva, siente cómo se expande el agua. Alza las manos, que todavía aferran el paquete. La sombra del barco más grande está en su camino.

Los cactos de Dreer Samher lo amenazan nada más verlo, fingiendo cólera, con sus puños cerrados y los antebrazos erizados de espinas, pero no se atreven a acercarse. Los intriga aquel Rehecho andrajoso que ha trepado por la cadena de su ancla y ahora está allí, de pie y empapado, en la cubierta de su barco, mirando al cielo con aspecto nervioso y esperando a que los marineros lo lleven abajo.

—Dejadme hablar con el capitán, muchachos —les dice una vez tras otra en sal, asustado pero resuelto. Y al ver que sus amenazas no lo desalientan, lo llevan al interior de la oscuridad iluminada con velas del barco.

Pasan junto a la bodega, donde guardan el botín de sus tratos y sus batallas. La cocina, que huele a guisado y vegetación descompuesta. Lo llevan junto a pasillos jalonados por celdas, donde chimpancés enfurecidos chillan y golpean los barrotes. Los cactos son demasiado pesados y sus dedos demasiado torpes para escalar por los aparejos. Los primates son entrenados desde cachorros para obedecer ciertos silbidos y gritos y son capaces de hacer y deshacer nudos y largar velas como auténticos expertos, a pesar de no saber lo que están haciendo.

Los hastiados monos son escondidos aquí a la voracidad de las mujeres mosquito.

Sengka está sentado en silencio en su camarote mientras Tanner Sack, de pie, se seca nerviosamente la cara y las manos con un trapo. Con los enormes brazos verdes apoyados sobre la mesa y las manos entrelazadas, Sengka resulta tan parecido a un burócrata humano que inquieta. La misma paciencia suspicaz.

Es un político. En cuanto ve la insólita figura de Tanner sabe que algo ilícito está pasando, algo que escapa a los propósitos de las autoridades de Armada y, por si ocurre que pueda beneficiarse de ello él solo, despide a los guardias (se marchan con miradas malhumoradas, su curiosidad sin satisfacer).

Hay algunos segundos de silencio.

—Cuénteme —dijo Sengka por fin. No se anda con preámbulos y Tanner Sack (la piel empapada aún de agua salada que resbala sobre la moqueta, aferrando con las dos manos el paquete, asustado y culpable, lleno de una traición que no quiere cometer) lo respeta por ello.

En el interior del cuero tratado con cera y de la caja, el contenido sigue seco.

Le entrega la carta con la promesa de recompensa, sin decir una sola palabra.

Sengka la lee lenta, muy cuidadosamente, una vez y luego otra. Tanner espera.

Cuando por fin levanta la mirada, el rostro del capitán no revela nada (pero deja la carta a un lado con mucho cuidado).

—¿Qué —dice— es lo que querría que llevase?

De nuevo sin decir palabra, Tanner saca la pesada caja y se la enseña. Extrae de su interior el anillo y el lacre y la abre del todo para mostrarle su interior, la otra carta y el collar que contienen.

El capitán examina el tosco collar, con los labios fruncidos, como si no estuviera impresionado. Sus manos penden sobre la carta más larga.

—No llevaré nada que no haya leído —dice—. Podría decir «Olviden la otra carta». Estoy seguro de que lo entiende. Sólo le dejaré lacrarla una vez que haya visto lo que contiene.

Tanner asiente.

El capitán Sengka tarda mucho rato en examinar aquella larga y críptica carta de Silas a la ciudad. No la lee: no puede. No conoce el ragamol lo bastante bien. Está buscando palabras que lo preocupan: cacto; Dreer Samher; pirata. No hay ninguna. No parece haber ningún engaño en este asunto. Una vez que ha terminado, levanta la mirada, intrigado.

—¿Qué significa todo esto? —dice. Tanner se encoge de hombros al instante.

—No lo sé, capitán —dice—. De veras. Tiene aún menos sentido para mí que para usted. Lo único que sé es que es información que Nueva Crobuzón necesita.

Sengka asiente de forma ausente, mientras reflexiona y considera sus opciones.

Echar al hombre de allí y no hacer nada. Matarlo allí mismo (sería muy fácil) y quitarle el sello. Llevar el mensaje, no llevarlo. Entregarlo a la mujer de Armada, su líder, a la que tan evidentemente está traicionando (aunque por qué y para qué, Sengka lo ignora). Pero la situación intriga a Nurjhitt Sengka, y también aquel valeroso intruso. No le desea mal alguno. Y tampoco sabe para quién trabaja, qué poder lo respalda.

El capitán Sengka no quiere arriesgarse a provocar una guerra con Armada y menos aún con Nueva Crobuzón. No hay nada en esta carta que nos comprometa, piensa, y por mucho que lo intenta no logra encontrar una razón que le impida actuar como correo.

En el peor de los casos le negarán la recompensa prometida después de que haya tenido que desviarse mucho de su ruta habitual. Pero ¿sería eso una catástrofe? Estaría en la ciudad más rica del mundo y, además de pirata, él es un mercader. No sería un buen desenlace, piensa, y el viaje no es fácil ni corto pero ¿no vale la pena arriesgarse? ¿Por una posibilidad?

La posibilidad de que la carta (con el sello de la ciudad, con la autoridad de su procurador) valga la recompensa.

Firman en pie aquel acuerdo secreto. Tanner lacra la carta larga con el sello. Introduce el collar de Silas Fennec (¿Y quién es?, vuelve a surgir la pregunta) en la caja y la cubre con las dos cartas plegadas. Cierra la tapa y a continuación vierte más lacre sobre la cerradura. Aprieta el sello de su antigua ciudad contra él mientras se seca y cuando lo aparta está mirando un lustroso bajorrelieve con el sello heráldico de Nueva Crobuzón en miniatura.

Guarda la caja dentro de la bolsa de cuero y Sengka la coge y la guarda en su cofre.

Se miran un momento.

—No me extenderé sobre lo que le espera si me traiciona —dice Sengka. Es una amenaza absurda: los dos saben que nunca volverán a verse.

Tanner ladea la cabeza.

—Mi capitán —dice con lentitud—. Ella no puede enterarse —le duele decirlo y debe recordarse con fervor el contenido de la carta, las razones para aquel secreto. Mantiene la mirada fija en la del capitán, no revela nada de cuanto hay en su interior. El capitán no lo atormenta con sonrisas o guiños de complicidad, se limita a asentir.

—¿Está seguro? —dice Sengka.

Tanner Sack asiente. Se encuentra en cubierta, a proa, mirando a su alrededor con aspecto nervioso, temiendo la aparición del ruido de las alas. El capitán está completamente fascinado por la negativa de Tanner a aceptar comida, vino o dinero. La misteriosa misión de aquel hombre lo intriga.

—Gracias, capitán —dice Tanner y le estrecha la mano desnuda de espinas.

El capitán Sengka se inclina hacia delante para observar cómo salta Tanner por la borda. Esboza una media sonrisa, siente una intensa calidez hacia el valiente y pequeño humano que lo ha visitado. Se queda algún tiempo en la cubierta, contemplando las ondas que Tanner ha dejado tras de sí. Y cuando las olas se las han tragado, levanta la mirada hacia la oscuridad, sin sentir la menor preocupación por el ruido de las hembras anophelii, que no harán más que dar vueltas a su alrededor, olisqueando con ansiedad, sin encontrar sangre.

Piensa en lo que va a decirle a los oficiales, las nuevas órdenes que les dará por la mañana, cuando los armadanos se hayan ido. Se pregunta cómo van a reaccionar. Estarán horrorizados. Intrigados.

Tanner Sack está nadando despacio hacia la hendidura de los acantilados. Piensa en la terrible escalada que lo espera y practica en su mente el movimiento de saltar desde la roca por si aparecen las mujeres mosquito.

No está contento. No sirve de nada pensar que era necesario.

De repente desearía que el mar hiciera lo que los poetas y pintores prometen, limpiarlo todo para que uno pueda volver a empezar. El agua lo atraviesa como si estuviera vacío y cierra los ojos mientras se mueve e imagina que lo está limpiando por dentro.

El puño de Tanner se cierra con fuerza alrededor del feo sello de la ciudad. Ojalá las olas pudiesen llevarse el recuerdo, pero se aferra a él tanto como sus entrañas.

Se detiene de repente en mitad del mar, quince metros bajo la superficie y flota como un condenado en las negras aguas. Éste es mi hogar, se dice, pero eso no lo consuela. Siente una cólera en su interior, una cólera que controla, que es tanto tristeza como cólera, y también soledad. Piensa en Shekel y en Angevine (como ha hecho docenas de veces).

Extiende los brazos deliberadamente y abre la mano y el pesado anillo de Nueva Crobuzón se hunde inmediatamente.

Es tal la oscuridad que la palidez de su tez es más recuerdo que visión. Sólo puede imaginarse al anillo cayendo de su mano. Sumergiéndose. Hundiéndose durante mucho tiempo. Yendo a posarse al fin sobre una protuberancia de roca o algún resto de motor perdido. Enhebrándose acaso por azar en una hebra de alga, un dedo de coral… un maridaje inconsciente, contingente.

Y luego, luego. Arrastrado hasta las profundidades por el incesante movimiento de las aguas. No tragado como a él le gustaría imaginárselo, no perdido para siempre. Reconstituido. Hasta que un día, años o siglos más tarde, vuelva a emerger a la superficie, arrastrado por algún trastorno submarino. Disminuido acaso por las implacables corrientes. E incluso si la acción de la sal y el agua ha sido absoluta, si el anillo ha sido disuelto, sus átomos se alzarán hacia la luz y se fundirán con Playa Maquinaria.

El mar no olvida nada, no perdona nada, digan lo que digan, piensa Tanner.

Debería seguir nadando y pronto lo hará, regresará y trepará y volverá a entrar empapado en la aldea mosquito, se arrastrará (moviendo los tentáculos como si fueran matamoscas) hasta la puerta y Bellis lo dejará pasar (sabe que lo estará esperando) y el trabajo estará hecho y la ciudad (la antigua ciudad, su primera ciudad), quizá, estará a salvo. Pero ahora mismo no puede moverse.

Está pensando en todas las cosas que todavía le quedan por hacer. Todas las demás cosas que, según le han contado, están ahí, en el agua. Los barcos fantasma, los barcos hundidos, las islas de basalto. Las llanuras con los esqueletos de ballena, donde el agua es gris y sólida y donde el mar ha muerto. Lugares donde el mar hierve. El país de los gessin. Las tormentas de vapor. La Cicatriz. Está pensando en el anillo, debajo de él, oculto entre las algas.

Está todo allí, piensa.

No hay redención en el mar.

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