La Cicatriz

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Cuarta parte: Sangre » Sexto interludio: en otro lugar

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Sexto interludio: en otro lugar

Las ballenas han muerto. Sin aquellas vastas y estúpidas guías resulta más difícil seguir adelante.

Hermanos, ¿hemos perdido el rastro? Hay muchas posibilidades.

Una vez más no son sino un aquelarre de cuerpos oscuros sobre el lecho del mar. Se deslizan por aguas tan calientes como la sangre. A su alrededor, las salinas están ansiosas. A kilómetros de distancia, miles de metros bajo las olas, algo está agitando la corteza del mundo.

¿Lo sentís?

Entre los millones de partículas minerales que arrastran las aguas hay algunas de inusual fuerza: pedernal astillado (fragmentos y polvo), pequeñas gotas de petróleo y el intenso y sobrenatural residuo de la leche de roca.

¿Qué están haciendo?

¿Qué están haciendo?

El sabor del mar en aquel lugar no les es desconocido. Los cazadores conocen ese limo, es la saliva del mundo. Rezuma (lo recuerdan) por las bocas desgarradas abiertas por las plataformas que absorben lo que encuentran, donde los hombres visten ineficaces pieles de cuero y cristal junto a plintos de metal y miran a su alrededor y no es difícil secuestrarlos e interrogarlos y matarlos.

La ciudad flotante está perforando.

Las corrientes son un laberinto, un pantano de flujos en pugna que disipan las impurezas formando enrevesadas cadenas, rastros de aromas sin sentido, pequeñas bolsas de polvos diferentes.

Resultan difíciles de seguir.

Las ballenas han muerto.

¿Y qué hay de otros? Los delfines (testarudos) o los manatíes (lentos y demasiado estúpidos) o…

No hay nadie. Estamos solos.

Hay otros, por supuesto, a quienes podrían convocar desde las profundidades, pero no son rastreadores. Su trabajo es muy diferente.

Están solos, pero siguen pudiendo cazar. Con una paciencia implacable (que no casa bien con aquel lugar caluroso y apresurado) continúan buscando, internándose entre la maraña de sabor, polución y rumor, encontrando un camino y siguiéndolo.

Están mucho más cerca de su presa de lo que estaban antes.

Pero a pesar de ello, aquellas aguas cálidas son difíciles, pegajosas y molestas y los desorientan. Los cazadores avanzan en círculos, en pos de rastros fantasmales, mentiras e ilusiones. No terminan, no terminan de encontrar el rastro.

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