La Cicatriz
Quinta parte: Tormentas » 27
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Muelles 9 de Solero de 1780/ Dimarkin 9 del Cuarto de Halconeras 6/317. Tridente.
Vuelve a hablar conmigo.
Uther Doul ha decidido que vamos a ser… ¿el qué? ¿Amigos? ¿Compañeros? ¿Compañeros de tertulia?
Desde que nos marchamos de la isla, ha reinado un gran bullicio entre la tripulación, mientras que el resto de nosotros ha estado sentado y ha observado y esperado. Estoy como entumecida. Desde que Tanner Sack regresó anoche —mojado y manchado de sal y aterrado por los pocos momentos que tuvo que pasar a cielo abierto— he sido incapaz de calmarme. Me siento en mi silla y pienso en la preciosa carta, el tosco y feo collar de latón —una prueba de un valor incalculable— y el largo viaje que los espera. Tanner Sack me ha dicho que Sengka ha accedido a llevarlo. Es una travesía ardua y larga. Confío en que no cambie de idea. Espero que la recompensa ofrecida por Silas sea suficiente.
Tanner Sack y yo nos evitamos. Pasamos el uno al lado del otro mientras caminamos por la lujosa góndola del Tridente y estamos tensos de culpa. No lo conozco y él no me conoce a mí: es lo que hemos acordado.
Paso las horas observando a Krüach Aum.
Resulta asombroso verlo. Es conmovedor.
Está temblando de fascinación y entusiasmo. Tiene los ojos muy abiertos y su arrugada boca-esfínter se dilata y se contrae con su respiración. Se mueve —no es que corra, pero si ésa es su forma de caminar, resulta bastante poco digna y un poco frenética— de ventana a ventana, observa los motores de la nave, se pasea por la cabina de control del piloto, a proa, por los baños, los camastros y sube hasta la gran catedral de los globos.
No puede comunicarse con nadie más que conmigo y yo esperaba que solicitase mis servicios. Pero no, no tengo nada que hacer. Le basta con mirar. No tengo más que sentarme y observarlo mientras pasa trotando a mi lado como un niño.
Ha pasado toda su vida en esa roca. Está extasiado con lo que está ocurriendo a su alrededor.
Doul se me acercó. Como antes (la primera vez) se sentó frente a mí, con los brazos cruzados y los ojos impasibles. Habló con su preciosa voz.
En esta ocasión me sentía paralizada por el terror —como si él pudiera ver lo que Tanner Sack y yo habíamos hecho— pero fui capaz de mirarlo con la calma que esperaría de mí.
Sigo convencida de que nos entendemos el uno al otro, Doul y yo. Esto es lo que se esconde bajo la conexión que siento y me he acostumbrado a esa idea. Él se da cuenta (estoy segura) de que tengo que esforzarme por controlar el miedo que me inspira y me respeta por no demostrar nerviosismo frente al legendario Uther Doul…
Por supuesto, lo que me pone nerviosa es la posibilidad de que descubra que soy una traidora. Pero eso no se le ocurre.
Observamos a Aum sin decir nada durante un buen rato. Finalmente, Doul terminó por hablar (nunca soy yo la que rompe el silencio).
—Ahora que lo tenemos —dijo— no se me ocurre nada que pudiera detener la invocación. Armada entrará muy pronto en una nueva era.
—¿Y qué hay de los paseos a los que no les gusta la idea? —dije.
—Desde luego, hay algunos que están preocupados —dijo—. Pero imagíneselo. En la actualidad la ciudad se arrastra. Con el avanc a nuestra disposición, si logramos enjaezar a una bestia como ésa, no hay nada que no pudiéramos hacer. Podríamos cruzar el mundo en una fracción del tiempo que nos lleva ahora —hizo una pausa y sus ojos se movieron un instante—. Podríamos ir a lugares que ahora mismo nos están vedados —dijo, en voz cada vez más baja.
Allí estaba de nuevo, una insinuación sobre algún motivo desconocido.
Silas y yo sólo hemos descubierto la mitad de la historia. El proyecto no termina con la invocación del avanc. Después de haber llegado a creer que había desvelado los secretos de Armada, no me gusta esta sensación de ignorancia. No me gusta nada.
—¿Las tierras de los muertos, por un casual? —dije lentamente—. ¿Querrían ir al mundo de las sombras y regresar?
Lo dije con tono frívolo, citando los rumores que corrían sobre él. Para obligarlo a corregirme. Quiero conocer la verdad sobre el proyecto y quiero conocer la verdad sobre él.
Doul me ha asombrado entonces. Había esperado alguna insinuación elíptica, alguna pista vaga sobre su origen. Me ha dado mucho más que eso.
Debe de ser parte de su propio proyecto. La creación de un lazo de alguna clase entre nosotros (todavía no sé de qué clase) pero, por alguna razón, me ha dado mucho más.
—Es una cadena de rumores —se inclinó hacia delante y habló en voz baja para asegurarse de que nuestra conversación era privada—. Cuando le dicen que provengo del mundo de los muertos, se encuentra usted al extremo de una cadena de rumores. Cada eslabón tiene una conexión imperfecta con los que lo rodean y hay fugas de significado entre ellos.
Si éstas no fueron sus palabras exactas, se parecen mucho. Él habla así, con monólogos que parecen preparados. Mi silencio no era afectado: era el de una audiencia.
—En mi extremo de la cadena se encuentra la verdad —continuó. De repente, y para mi asombro, me cogió la mano y colocó dos de mis dedos sobre el lento pulso de su muñeca—. Yo nací después que usted. Más de tres milenios después de la Contumancia. ¿Me cree? No se vuelve del mundo de los muertos. —Tic, tic, tic latía su pulso, lánguido como el de una criatura de sangre fría.
Sé que son cuentos para niños, pensé. Sé que no eres ningún espectro. Y tú sabes que lo sé. ¿Es que quieres que te toque?
—No del mundo de los muertos —continuó—. Pero es cierto que vengo de un lugar en el que los muertos caminan. Nací y me crié en el Cromlech Alto.
Estuve a punto de proferir un grito. En todo caso, estoy segura de que mis ojos debieron de abrirse con un espasmo.
Si me hubieran preguntado hace seis meses, ni siquiera hubiera estado segura de que el Alto Cromlech existiera. Sólo lo conocía como un lugar medio imaginado en el que había fábricas de zombis y gobernaba una casta de aristócratas muertos. Un lugar en el que los necrófagos están hambrientos.
Entonces Silas me cuenta que ha estado allí, que ha vivido allí… y yo lo creo. Pero, sin embargo, sus visiones son más oníricas que precisas. Las visiones más nebulosas y austeras que uno pueda imaginar.
¿Y ahora conozco a una segunda persona que está familiarizada con el lugar? ¿Y no es un viajero esta vez, sino un nativo?
Me di cuenta de que estaba apretando con fuerza la arteria de la mano de Doul. Con delicadeza me separó los dedos de la muñeca.
—Es un error muy extendido —dijo— el pensar que en el Cromlech Alto todos son thanati. Los fugaces también vivimos allí (ahora lo estoy escuchando con mucha atención, tratando de detectar su acento). Somos una minoría, es cierto. Y de los que nacen cada año, muchos son criados en las granjas, donde se los mantiene en jaulas hasta que han madurado lo bastante, cuando se les ejecuta y hace renacer como zombis. Otros son educados por la aristocracia hasta que alcanzan la mayoría de edad y entonces son asesinados y se les da la bienvenida a la sociedad de los muertos pero…
Su voz se apagó y por un momento se volvió introspectivo.
—Pero también existe el Barrio Vivo. El gueto. Allí es donde viven los verdaderos fugaces. Mi madre tenía dinero. Vivíamos en la mejor zona. Hay trabajos que sólo los vivos pueden hacer. Algunos de ellos son manuales. Demasiado peligrosos para arriesgar a los zombis… es muy caro animarlos, mientras que los vivos pueden criarse con facilidad. —Hablaba sin la menor emoción—. Y para los más afortunados, para la flor y nata de la sociedad, los Vivohombres y las Vivahembras, la aristocracia de los fugaces, están los trabajos tabú, los que un tanathus nunca aceptaría, con los que algunos pueden llegar a ganarse bien la vida. Mi madre ganó lo suficiente para poder ponerse en manos de un necrojano para que la embalsamara y reviviera. Aunque no de casta muy alta, se convirtió en thanati. Todo el mundo se enteró cuando la Vivahembra Doul se convirtió en la Muertahembra Doul. Pero yo no estaba allí. Me había marchado.
No sé por qué me ha contado todo esto.
—Crecí —dijo— rodeado por muertos. No es cierto que todos ellos sean mudos, pero muchos sí lo son y ninguno de ellos es ruidoso. Cuando era pequeño los niños y niñas de Barrio Vivo solíamos correr por las calles, arrogantes, entre los estúpidos zombis y algún que otro vampiro desesperado y los thanati propiamente dichos, la aristocracia, los liches con los labios cosidos, los trajes hermosos y la piel preservada como el cuero. Lo que más recuerdo es el silencio. No me trataban mal. Mi madre era respetada y yo era un buen chico. Lo más desagradable que sufríamos por parte de ellos era una especie de desdén compasivo. Me mezclé con sectas, criminales y herejías. Pero no demasiado y no durante demasiado tiempo. Hay dos cosas en las que los fugaces son decididamente mejores que los thanati. Una es el ruido. La otra la velocidad. Le di la espalda a la primera. Pero no a la segunda.
Una vez que quedó claro que su pausa era en realidad un silencio, me aventuré a hablar.
—¿Dónde aprendió a luchar?
—Era un muchacho cuando me marché del Cromlech Alto —dijo—. En aquel momento yo no lo creía, pero lo era. Me escondí en el funicular… y escapé, lejos.
No iba a contarme más. Entre aquel episodio y el momento de su llegada a Armada debía de haber pasado más de una década. No quería decirme lo que había pasado entonces. Pero era obvio que era en aquella época cuando había adquirido sus insondables habilidades.
Doul se había sumido en un silencio y sentí que sus deseos de hablar se desvanecían. No quería que callase. Tras semanas de aislamiento, quería que siguiera hablando. Hice un torpe intento, algo parecido a una humorada. Debo de haber parecido muy poco seria.
—Y cuando se marchó, combatió contra el Imperio de los Espectrocéfalos y ganó la… ¿cómo la llama? ¿La Hoja Poderosa? —señalé su sencilla espada de cerámica.
Su rostro estuvo impasible un momento y entonces una inesperada sonrisa lo iluminó durante un segundo. Parece un niño cuando sonríe.
—Ésa es otra cadena de significados —dijo— de la que se ha perdido más de la mitad. El Imperio cayó hace mucho tiempo, pero hay restos suyos por todo Bas-Lag. Y es cierto que mi espada es una reliquia del Imperio de los Espectrocéfalos.
Repasé con el pensamiento los posibles significados que podían implicar aquellas palabras. Mi espada fue forjada utilizando técnicas del Imperio, pensé; y luego: Mi espada se basa en diseños del Imperio, pero me di cuenta al mirarlo de que querían decir exactamente lo que había dicho.
Debo de haber parecido asombrada. Asintió de forma enérgica.
—Mi espada tiene casi tres mil años —dijo.
Es imposible. Yo la he visto. Es un pedazo de cerámica sencillo, levemente desgastado y manchado por el paso del tiempo. Si tuviera cincuenta años ya sería una sorpresa.
—Y en cuanto al nombre… —me ofreció otra de aquellas sonrisas—. Otro malentendido. La encontré después de una búsqueda muy larga, tras haber dominado una ciencia muerta. Los hombres la llaman Hoja Poderosa. Por poder —hablaba lentamente—. Podría o podría no ser. No se refiere al poder sino a la potencialidad. Es una degradación de su verdadero nombre. Hubo un tiempo en que existieron muchas armas parecidas —dijo—. Ahora, según creo, sólo queda ésta.
«Es una Posible Espada».
Aun durante el viaje de regreso a la ciudad, los científicos estaban haciendo planes. No subestimaban lo que aún les faltaba por hacer. Los esperaba un trabajo muy duro.
El Tridente no estaba viajando en el sentido opuesto al que había seguido durante el viaje de ida: Armada se había movido y, por aquellos medios arcanos que Bellis no comprendía, se dirigían inexorablemente hacia ella.
El dirigible empezó a ganar velocidad, impelido por nubes grises y balas de lluvia. Bellis se asomó por las ventanas de la sala común y contempló un mar en desorden y un negro cielo en la lejanía. Se acercaba una tormenta.
Dejaron atrás lo peor del temporal. En su interior, la tormenta era violenta pero no se movía deprisa. Se estaba desgarrando desde dentro. El Tridente volaba en su extremo, sacudido por una periferia de lluvia, corriendo contra la sombra de la tormenta.
Cuando vio la masa irregular de Armada aparecer en el horizonte y extenderse a sus pies, Bellis se maravilló por su tamaño. Parecía un vertido, una mancha de barcos dañados y reparados que se extendía sin orden sobre las olas, carente de forma, con extremos irregulares pero inmóviles. La corona de remolcadores y vapores que la habían arrastrado durante miles de millas habían soltado amarras mientras la ciudad estaba inmóvil y ahora los barcos navegaban a su alrededor en grandes números, transportando mercancías de todas clases. Bellis volvió a pensar en la inmensa cantidad de combustible que debían de consumir. No era de extrañar que los piratas de Armada fueran voraces.
Al verla, sintió una oleada de emociones que no pudo identificar.
En uno de los extremos de la ciudad, avistó al Terpsícore. Y, con su boca llameante y sus efluvios que rizaban el aire, pudo ver también la compleja silueta de la plataforma Sorghum. Reinaba una gran actividad alrededor de sus patas. Estaba perforando de nuevo, absorbiendo el petróleo y la leche de roca de las venas por las que habían fluido durante siglos. Armada había venido a buscar un yacimiento. La Sorghum estaba acumulando combustible para la taumaturgia que se avecinaba.
Entraron en Anguilagua por el extremo de popa y avanzaron con cuidado por entre los mástiles. Por debajo de ellos, una masa de formas seguía al Tridente con curiosidad: aerotaxis y globos de un solo pasajero y aeronaves de aspecto torpe y extraño.
El Tridente atracó en el Grande Oriente a la misma altura que el Arrogancia. Bellis podía ver la gente que los observaba desde los barcos y las embarcaciones circundantes, pero no se permitía a nadie subir a bordo del Grande Oriente. Su cubierta estaba casi desierta. Un pequeño contingente de alguaciles los estaba esperando y a su cabeza se encontraba el Amante.
Bellis vio un nuevo corte en su rostro, una costra que ya empezaba a curar. Comenzaba en la comisura izquierda de sus labios y pasaba por debajo de su barbilla. Era la réplica idéntica de la que la Amante se había infligido a sí misma mientras Bellis escuchaba.
Cuando los Amantes se vieron, hubo un largo momento de silencio y entonces cruzaron la distancia que los separaba y se abrazaron. Se rodearon con los brazos y se apretaron el uno al otro. Sus movimientos eran apasionados e intensos y se prolongaron durante un minuto o más. No parecían caricias: era como si estuvieran luchando a cámara lenta. La visión perturbó profundamente a Bellis.
Al cabo de un momento se separaron. Bellis estaba lo bastante cerca para oír que estaban cuchicheando. La Amante le daba bofetadas a su hombre, le arañaba el cuello y la cara, cada vez con más fuerza. Pero cuando tocó su nuevo corte, sus manos se volvieron de repente tan delicadas como las de un bebé.
—Justo cuando dijimos —susurró la Amante mientras tocaba su propia herida—, en el momento en que habíamos acordado. ¿Me sentiste? ¿Lo hiciste? Te juro que yo te sentí, te sentí, joder, cada centímetro, cada gota de sangre.
La habitación estaba llena de retratos viejos de ingenieros y políticos a los que Bellis no reconocía: habitantes de Nueva Crobuzón abandonados sobre los paneles de aquella pared para criar polvo. El Senado de Armada se sentaba a una mesa con forma de herradura: frente a la asamblea se encontraban Tintinnabulum, los jefes de los grupos de científicos e ingenieros del Tridente y Krüach Aum. Frente al anophelius de aspecto perplejo se sentaba Bellis.
El Senado de Armada llevaba ocho años sin reunirse. Pero los gobernantes de los paseos habían estado esperando el regreso del Tridente para someter a votación aquel momento decisivo en la historia de Armada. Las cosas se harían conforme disponía la ley.
Cada paseo de Armada contaba con un voto en el Senado. Algunos paseos estaban representados por una sola persona, otros por un pequeño grupo. Bellis pasó la mirada lentamente sobre la mesa y observó a todos los gobernantes. No resultaba difícil identificarlos.
Braginod, la reina cacto de Jhour, acompañada por sus consejeros.
Libreros estaba representado por un triunvirato de khepri, que se inclinaba en conciliábulo y se comunicaba con movimientos y emisiones químicas que eran traducidos por un sirviente humano. Sus nombres no eran conocidos: sólo eran las representantes de la cambiante camarilla que gobernaba el paseo.
Casi al otro extremo de la mesa se encontraba un hombre ataviado con una túnica de monje: el enviado del paseo Soleado. Junto a él se sentaba un hombre de aspecto desaliñado que debía de rondar los sesenta. Bellis recordaba haber visto su rostro en algunos carteles: era el rey Federico de Vos y los Vuestros. A su lado había otro hombre con el rostro gris y lleno de cicatrices: el general de Sombras.
El grupo más nutrido con mucha diferencia era el de Raleas. Parecía que hubiera asistido un porcentaje considerable del Consejo Democrático, hombres y mujeres de varias razas diferentes que se agolpaban formando un pequeño y estrecho círculo que sobresalía de la mesa como el diente de un engranaje. Cuchicheaban constantemente entre sí y miraban a los representantes de Anguilagua con visible hostilidad.
Éstos se encontraban en el extremo derecho de la mesa: los Amantes. Observando, sin hablar. Sentados juntos y en silencio, los rostros sendas e idénticas máscaras de violencia.
Y frente a ellos, con los ojos sobre ellos, con una mirada mucho más cautelosa y mucho más inteligente que la defensiva animosidad de los consejeros de Raleas, se encontraba un hombre pálido al que Bellis nunca había visto, vestido con ropas sencillas y oscuras. Tenía la nariz ancha y los labios muy gruesos. Su ensortijado cabello negro era lo único indisciplinado en su persona. Sus ojos eran extraordinarios. Oscuros e intensamente brillantes. Hipnóticos.
Con un ligero escalofrío, Bellis se dio cuenta de que aquél era el señor del paseo de Otoño Seco, el mayor rival de los Amantes. Él era la razón de que aquella reunión se celebrase después de la caída del sol. Él era el vampiro: el Brucolaco.
Nadie ignoraba que la reunión era una formalidad y que las posturas de los asistentes estaban decididas desde hacía tiempo. Las discusiones y argumentaciones eran mera retórica, las alianzas tácitas y las enemistades estaban casi a la vista. Bellis hablaba cuando se dirigían a ella y ofrecía con brevedad su opinión sobre alguna cuestión de lenguaje.
Cinco paseos estaban a favor del plan de los Amantes. Libreros parecía genuinamente entusiasmado por el proyecto de Anguilagua; Jhour y Sombras estaban a sueldo y harían lo que se les dijese. Federico de Vos y los Vuestros había vendido su voto a los Amantes sin el menor sonrojo, sabiendo que serían los mejores postores.
Sólo el paseo Soleado y Raleas, que actuaban juntos, y el Brucolaco de Otoño Seco, que estaba solo, se oponían a los Amantes. Eran cinco contra tres. El plan se llevaría a cabo de inmediato.
—No fuimos informados —dijo Vordakine, del Consejo de Raleas, una mujer de semblante duro que vilipendiaba a los Amantes por su deshonestidad. Estaba intentando por todos los medios conseguir que Federico o las khepri de Libreros cambiasen de bando—. Nadie nos informó de las intenciones de Anguilagua cuando sus saqueadores regresaron con la plataforma crobuzoniana Sorghum. En aquel momento sólo se habló de un incremento de energía y potencia, generación de electricidad y petróleo baratos. La leche de roca no fue mencionada. Y ahora parece ser que toda esa potencia barata ya ha sido asignada al proyecto del avanc. ¿Quién sabe lo que pretenderán hacer cuando el avanc esté en sus manos?
Por vez primera, el Brucolaco se puso en pie. Mantuvo la mirada fija sobre el grupo de los Amantes… en concreto, advirtió Bellis, sobre Doul.
—Bueno, ese es el asunto —su voz era áspera y sonaba desde el fondo de su garganta—. Ésa es precisamente la cuestión —su larga lengua asomó un instante. Los ojos de Bellis se abrieron mucho—. ¿Qué tienen planeado? ¿Qué podría alguien hacer con un avanc? ¿Adónde podría ir?
El rey mercader Federico se agitó y escupió. Vordakine apeló a él, recordándole compromisos y favores pasados de los que Bellis no sabía nada. Él apartó la mirada. No iba a cambiar de idea. Miró de soslayo a los Amantes y éstos sonrieron y asintieron al unísono.
Te compraremos, decían con aquel movimiento, y si Raleas o Soleado o cualquier otro lugar trata de oponerse a nosotros, simplemente ofreceremos más que ellos. Di tu precio.
Por toda la sala, quienes se oponían a la invocación del avanc parecían viejos y cansados.
La plataforma, el libro, el propio Krüach Aum… era como si, comprendió Bellis, los planes de los Amantes estuvieran destinados a salir adelante.
En la noche que se extendía al otro lado de las ventanas, la tormenta, visible a kilómetros de distancia, florecía durante breves segundos con el estallido de algún relámpago ocasional. Rodeada por los representantes de poderes que apenas estaba empezando a comprender, haciendo de intérprete para un ser de una raza que hasta hacía muy poco había creído extinta, Bellis se sentía triste y sola.
Fue una de las últimas en abandonar la sala. Al llegar junto a la puerta, volvió la vista hacia Uther Doul y se dio cuenta de que no le estaba prestando atención. Su mirada estaba fija en el otro lado de la sala, los ojos y la boca inmóviles como el cristal, sobre el Brucolaco.
Los Amantes se habían marchado. Todos los demás representantes se habían marchado. Sólo quedaban Uther Doul y el vampiro. Y Bellis entre ellos.
Sentía unos deseos desesperados de marcharse pero Uther Doul se interponía en su camino. Sus pies estaban plantados en el suelo como si estuviera a punto de enzarzarse en una pelea. Ella no podía apartarlo y tenía miedo de hablar. El Brucolaco se erguía con el cabello desarreglado y los húmedos labios apenas abiertos mientras tanteaba el aire con aquella lengua horripilante. Bellis estaba atrapada, paralizada, entre ambos. Ellos la ignoraban por completo.
—¿Sigues contento, Uther? —dijo el Brucolaco. Jamás alzaba la voz por encima de un susurro desagradable.
Uther Doul no respondió. El Brucolaco profirió una risa contenida y fría.
—No pienses que esto ha terminado, Uther —dijo—. Ambos conocíamos ya el desenlace de esta charada. No es aquí donde se deciden las cosas.
—Muertohombre Brucolaco —dijo Uther—.
Tus objeciones al proyecto han sido debidamente consideradas. Consideradas y denegadas. Y ahora, si me excusas, tengo que escoltar a Krüach Aum y a esta mujer a sus aposentos. —No apartó un instante los ojos del pálido rostro del vampiro.
—¿Te has dado cuenta, Uther —dijo el Brucolaco con tono cortés—, de que las demás ratas han comprendido que algo está ocurriendo? —Caminó lentamente hacia Uther Doul. Bellis estaba paralizada. Deseaba con todas sus fuerzas salir de la habitación en aquel mismo momento. Durante años se había envuelto en capas de concentración y frío control. Había pocas emociones que no pudiese controlar.
El Brucolaco la estaba aterrorizando. Era como si su voz se modulase exactamente con sus miedos.
La habitación era oscura, las lámparas de gas se habían apagado y las pocas velas que quedaban brillaban con un parpadeo. No podía ver más que aquella figura, moviéndose con la destreza de un bailarín (tan diestro como Doul), acercándose.
Doul estaba en silencio. No se movía.
—Ya has oído a Vordakine preguntando qué será lo próximo. Te dije que era la mejor de todos ellos. Por fin lo están comprendiendo, Uther —susurró el Brucolaco—. ¿Cuándo se lo contaréis, Uther? ¿Cuándo les dejaréis conocer el plan? ¿De veras crees —continuó con repentina ferocidad— que puedes enfrentarte a mí? ¿Crees que puedes derrotarme? ¿Crees que vuestro proyecto puede seguir adelante sin mi consentimiento? ¿Sabes… lo que soy?
Habló entonces en una lengua de siseos ahogados, como si el mismo dialecto se resintiera de cada sonido que permitía escapar.
La lengua del Cromlech Alto.
Fuera lo que fuese lo que dijo, logró que los ojos de Uther Doul se abrieran mucho durante unos momentos. Entonces, también él se adelantó.
—Oh, sí, Brucolaco —dijo. Su voz era tan dura y afilada como el pedernal. Miraba por encima de Bellis como si no estuviera allí, directamente al vampiro—. Sé exactamente lo que eres. Yo, entre todos, sé exactamente lo que eres.
Los dos hombres se encontraban ahora a pocos pasos de distancia, inmóviles, y Bellis entre los dos como una refugiada asustada.
—Te concedo por cortesía el título nobiliario, Muertohombre —siseó Doul—. Pero no eres más noble que yo. Eres un a-muerto, no un thanati. Eres tú el que ha olvidado, Brucolaco. Olvidas que existe otro lugar en el que los de tu raza pueden vivir libremente. Donde se refugian los tuyos. Olvidas que allí donde los muertos gobiernan y protegen a los fugaces, no hay nada que temer de los que son como tú. Olvidas que hay vampiros en el Cromlech Alto —señaló al Brucolaco—. Viven más allá del gueto de los fugaces. En chabolas —sonrió—. Y cada noche, después de la salida del sol, pueden salir arrastrándose de sus cabañas y entrar subrepticiamente en la ciudad. Figuras famélicas cubiertas de harapos, que se apoyan contra las paredes. Exhaustas y hambrientas, con las manos extendidas. Mendigos —su voz era suave y cruel—. Mendigos de la piedad de los fugaces. Y, de tanto en cuanto, uno de nosotros se aviene y, con una mezcla de misericordia y desprecio, avergonzado por su blanda filantropía, se para a la sombra de algún edificio y os ofrece su muñeca. Y entonces vosotros la abrís, frenéticos de hambre y poseídos por un agradecimiento rastrero, y tomáis algunos sorbos ansiosos, hasta que él decide que ya es bastante y os la quita mientras suplicáis un poco más y puede que vomitéis porque hace tanto tiempo que no la probáis que vuestro estómago no puede soportarlo y os dejamos tirados sobre el polvo, felices en vuestra miseria. En el Cromlech Alto sabemos exactamente lo que sois, Brucolaco —volvió a sonreír—. Basura. Que algunos de nosotros toleramos y que otros odiamos y todos, muertos y fugaces por igual, despreciamos. Así que —le espetó con repentino desdén— no trates de intimidarme. Porque, sí, Brucolaco, yo sé exactamente lo que eres.
Nadie dijo más. Los dos se quedaron mirándose, inmóviles. Sólo la lengua del Brucolaco sondeaba el aire.
Y entonces desapareció.
Bellis parpadeó y miró a su alrededor, al rastro de aire desplazado en el que las motas de polvo giraban en el aire y seguían con paso lánguido la repentina marcha del Brucolaco. La cabeza le daba vueltas. ¿Qué me ha hecho?, pensó. ¿Cómo hace eso? ¿Hipnosis? Maldita sea, es aún más rápido que Doul…
Uther Doul la estaba mirando, advirtió de repente, como ausente, mientras su corazón se calmaba y su respiración recobraba la normalidad.
—Ven conmigo —le dijo con tono tan neutro y desapasionado como si nada hubiera ocurrido, como si ella no hubiera presenciado nada—. Debes ayudar a Krüach Aum.
Mientras salía de la habitación, tratando de no tropezar, temblando como estaba, Bellis pensó en lo que el Brucolaco había dicho.
¿Adónde vamos?, se preguntó mientras seguía a Uther Doul.
¿Cuál es el plan?