La Cicatriz

La Cicatriz


Quinta parte: Tormentas » 28

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Tras largas evasivas, la tormenta se desató.

La densa masa de aire apelmazado se desplegó. La noche era calurosa. La lluvia azotaba Armada. Los cabos y aparejos se doblaban y chocaban contra los flancos de las naves y los edificios. Había truenos y relámpagos.

Aquélla era la primera borrasca de verdad que la ciudad soportaba desde hacía mucho tiempo pero los habitantes respondieron a ella con la destreza de auténticos expertos. Las aeronaves se bajaron a tierra con rapidez y se guardaron para esperar a que pasase la tormenta en patios y bajo lonas de alquitranado. El Tridente y el Arrogancia, amarrados los dos al Grande Oriente eran demasiado grandes para ser cubiertos así que no se pudo hacer más que dejar que se balancearan y fueran sacudidos por el viento mientras sus sombras inmensas daban vueltas sobre los barcos y las casas.

Por toda la ciudad, todos los puentes y amarras salvo los más robustos se soltaron de un extremo, por si la fuerza del mar separaba los barcos demasiado deprisa y no podía hacerse en el momento. Moverse por Armada durante una tormenta era imposible.

Atrapadas entre los canales que separaban las embarcaciones, las aguas de Armada daban sacudidas y se alzaban violentamente, pero no podían formar olas. No había tales límites en el mar que azotaba los navíos exteriores de la ciudad. Los barcos que formaban las bocas de Puerto Basilio y del Puerto de la Espina del Erizo fueron unidos entre sí para rodear y proteger a los barcos piratas o mercantes —armadanos o invitados— que había en su interior. Más allá de los límites de Armada, la flota de naves de guerra, remolcadores y piratas se apartó lo bastante como para evitar que las corrientes los arrastrasen contra las paredes de su ciudad.

Sólo los sumergibles que patrullaban por debajo de la ciudad, los tritones, las sierpes de mar y Juan el Bastardo estaban más o menos tranquilos. Descansaban bajo la superficie, lejos de la tormenta, y sólo el delfín tenía que salir de tanto en cuanto a la superficie para respirar.

Tras asomarse por una ventana del pasillo del Grande Oriente, Uther Doul se volvió hacia Bellis.

—Aún ha de venir una peor que ésta —dijo. En un primer momento, Bellis no lo comprendió. Entonces recordó la historia del libro de Krüach Aum: la invocación del avanc, alimentada por elementales de relámpago.

Vamos a provocar una tormenta de mil demonios, ¿no es así?, pensó.

Bellis estaba sentada, enseñándole a Aum unas nociones de sal, como se le había ordenado. Estaba preocupada. Era consciente de que aquello suponía una ruptura de las reglas fundamentales del aislamiento de los anophelii establecidas por Kohnid y Dreer Samher. Y por muy venales que pareciesen sus razones para controlarlos, aquellas reglas eran una respuesta de protección frente a uno de los más notorios imperios de toda la historia de Bas-Lag. Tenía que recordarse constantemente que Aum era un macho de avanzada edad y no podía suponer amenaza para nadie.

Aum acometía la tarea con el rigor y la lógica de un matemático. Bellis descubrió incómoda, que había aprendido una cantidad sorprendente de vocabulario en el transcurso de la corta visita de los armadanos (y empezó a preguntarse si habrían infectado la isla con su lengua).

Para los habitantes de Nueva Crobuzón o Jhesshul o las Islas Mandrágora o Shankell o Perrick, el sal era una lengua fácil de aprender. Krüach Aum, por el contrario, no conocía ninguno de sus componentes. Ni su vocabulario ni su gramática tenían la menor afinidad con el Kettai Alto. Aun así, lo desmontó cuidadosamente, elaboró listas de declinaciones, conjugaciones y sumarios de gramática. Su método era muy diferente al de Bellis, carente de intuición, de experiencia con el trance que se utilizaba para volver receptiva la mente; pero a pesar de ello, sus progresos fueron rápidos.

Bellis esperaba con impaciencia el día en que su presencia no fuera necesaria; el día en que no tuviera que pasarse las horas muertas sentada allí, escribiendo notas en un registro científico que no comprendía. La habían apartado de su trabajo en la biblioteca. Ahora pasaba las mañanas dando clases a Aum y las tardes haciendo de intérprete entre el anophelius y el comité científico de Anguilagua. No le gustaba ninguna de las dos tareas.

Durante el día comía con Aum y por las noches, algunas veces, daban paseos juntos por la ciudad, acompañados por un contingente de alguaciles. ¿Qué otra cosa, se decía ella, puedo hacer? Lo acompañó al Parque Crum, a las coloridas calles y mercados de Anguilagua, Jhour y Raleas. Lo llevó a la Biblioteca Gran Ingenio.

Mientras esperaba allí de pie, hablando en voz baja con Carrianne, que parecía sinceramente encantada de volver a verla, Krüach Aum paseaba entre las estanterías. Cuando fue a decirle que tenían que irse, se había vuelto hacía ella y la expresión que había en su cara la había alarmado en extremo: una reverencia, un júbilo y una agonía que se parecían al éxtasis religioso. Ella le enseñó la sección de libros en Kettai Alto y él pareció quedarse anonadado, como si la visión de todo aquel conocimiento a su alcance resultara embriagadora.

Sentía una inquietud persistente y tenue por tener que pasar gran parte de su tiempo en presencia de las autoridades de Anguilagua: los Amantes, Tintinnabulum y sus hombres, Uther Doul.

¿Cómo he llegado a esto?, se preguntaba.

Bellis se había aislado de la ciudad desde el primer momento y se había asegurado con toda dedicación de que la herida permaneciera abierta y sangrante. Se definía a sí misma por ella.

Éste no es mi hogar, se había dicho a sí misma una vez tras otra, en repeticiones interminables. Y cuando se le había presentado la oportunidad de hacer una conexión con su verdadero hogar, la había aceptado con todas las consecuencias. No había renunciado a Nueva Crobuzón. Había descubierto aquella amenaza terrible que se cernía sobre su ciudad y (corriendo grandes riesgos y con una intensa planificación), se las había arreglado para salvarla.

Y de alguna manera, en esa misma acción, en el mismo acto de tender la mano a Nueva Crobuzón a través de los mares, se había atado estrechamente a Armada y a sus gobernantes. ¿Cómo he llegado a esto?

El pensamiento le hizo reír sin alegría. Había hecho todo lo que había podido por su verdadero hogar y como consecuencia de ello pasaba todo su tiempo trabajando para los gobernadores de su prisión, ayudándolos a obtener el poder para llevarla dondequiera que quisieran.

¿Cómo he llegado a esto?

¿Y dónde está Silas?

Cada día, Tanner pensaba en lo que había hecho en la isla de los anophelii.

No era algo que le hiciera sentir bien. No estaba seguro de entender sus emociones. Sondeaba el recuerdo de lo ocurrido como si fuera una herida y descubría una reserva de orgullo en su interior. He salvado Nueva Crobuzón, se decía, sin terminar de creerlo del todo.

Pensaba con detenimiento en las pocas personas a las que había dejado allí. Sus camaradas de parranda, los amigos y las novias: Zara y Pietr, Fezhenecs y Dolly-Ann… pensaba en ellos con una especie de aprecio abstracto, como si fueran personajes de un libro a los que hubiera terminado por coger cariño.

¿Pensarán en mí?, se preguntaba. ¿Me echarán de menos?

Los había dejado atrás. Había pasado tanto tiempo en la apestosa prisión de la Bahía de Hierro y en aquel agujero gris a bordo del Terpsícore y luego su vida había sido tan repentina y asombrosamente renovada, que Nueva Crobuzón se había atenuado en sus recuerdos.

Pero a pesar de ello seguía conservando en su interior un retazo de sentimiento hacia ella, el reconocimiento de que la ciudad le había dado forma. No le hubiera gustado que fuera destruida. No soportaba pensar en los hombres y mujeres que había conocido allí, asesinados. Así que —le dejaba perplejo el pensar de este modo— les había hecho un regalo de despedida que nunca sabrían que habían recibido. Nueva Crobuzón había sido salvada. Él la había salvado.

Aquella idea lo reconcomía. Lo inquietaba al mismo tiempo que le hacía sentir una especie de tímido orgullo. Lo que había hecho era algo muy importante, algo que había cambiado el curso de la historia. Imaginaba a la ciudad preparándose para la guerra, sin saber quién la había salvado. Era una cosa inmensa, y aquí estaba él, recordándola con las cejas ligeramente enarcadas, sin saber con seguridad cuánto debía pensar sobre ello, como si fuera una minucia.

No era una traición a Armada, en realidad no; nadie sufriría, sólo era una cosa insignificante para ella, una fugaz ausencia durante una sola noche. Le había hurtado unas pocas horas y había salvado a Nueva Crobuzón. Estaba contento por ello. Cuando lo pensaba se sentía feliz. A pesar de los magistrados y de las factorías de castigo.

La había salvado. Ahora le diría adiós.

El avanc era un raro visitante en los mares de Bas-Lag. Los entresijos de la vida trasplanar era abstrusos e inciertos. Ni Tanner Sack ni sus colegas sabían con certeza si la criatura que irrumpía en Bas-Lag era una manifestación parcial o total, otra clase de ser (un protozoo, una especie de plancton de alguna inmensa dimensión marina), un seudoorganismo generado espontáneamente en los canales que unían los mundos. Nadie lo sabía.

Lo único que sabían era lo que Bellis Gelvino les contaba mientras leía los intrincados garabatos de Krüach Aum.

Era evidente que el anophelii estaba totalmente asombrado por todo cuanto lo rodeaba, pero eso no afectaba su capacidad de concentración, de proporcionar respuestas a sus preguntas. Cada día, Aum le daba a sus nuevos camaradas información suficiente para sus propósitos.

Dibujaba diseños para ellos, diseños para el arnés (más grande que un acorazado), el bocado y las riendas. A pesar de que los ingenieros no entendían con exactitud qué parte del avanc iría dónde, qué carne seria atrapada por qué broche, aceptaban la palabra de Aum de que el mecanismo funcionaría.

La parte científica, los planes, estaban avanzando a un ritmo asombroso. Los ingenieros e investigadores tenían que recordarse constantemente lo lejos que habían llegado, lo deprisa que lo habían hecho y el modo en que seguían haciéndolo. Ahora resultaba evidente para todos ellos que sin Aum no lo hubieran logrado, a pesar de lo que habían pensado antes. Sólo al trabajar con él habían llegado a darse cuenta de lo mucho que lo necesitaban.

Incorporaron motores encendidos dentro de contenedores sellados en las junturas de la yunta, calderas con triple intercambiador y complejos sistemas de poleas para regular el movimiento, suspendidos todos ellos en la negrura gélida de las profundidades del mar, al otro extremo de los kilómetros de colosales cadenas suspendidas debajo de la ciudad.

¿Y si algo iba mal? Tendrían que reparar los batiscafos de Anguilagua.

Había muchísimo que hacer.

Tanner Sack casi se frotaba las manos de alegría.

Armada sólo había tardado una mañana en recuperarse de la tormenta: limpiar las tablas rotas y la madera de las cubiertas; volver a colocar los puentes; contar y llorar a los pocos ahogados o desaparecidos, los que se habían visto atrapados en el exterior durante el diluvio.

Y cuando todo aquello estuvo hecho, Anguilagua se preparó, con asombrosa velocidad, para emprender la fabricación de cuanto hacía falta para su histórico proyecto.

Había cinco de las antiquísimas cadenas ocultas debajo de Armada. Tanner Sack y los equipos de buceadores las encontraron y elaboraron un mapa con el emplazamiento de sus extremos. Toda la capacidad industrial de Anguilagua y la poca que poseían Libreros, Sombras y Vos y los Vuestros fue puesta bajo el control directo de Tintinnabulum y del comité del proyecto. Los trabajos de construcción empezaron.

Utilizarían como materia prima el metal de varios barcos recientemente capturados. Pieza a pieza, los desmontaron. Miles de hombres y mujeres trabajaban como un enjambre sobre ellos: el trabajo regular de los muelles quedó en manos de plantillas muy reducidas y se empezaron a pagar enormes salarios a los trabajadores eventuales de la ciudad. Los exoesqueletos de hierro de los barcos de guerra, las vigas y las entrañas de los vapores, los enormes mástiles de metal templado, fueron denudados. Los navíos fueron despellejados y destripados y todas las toneladas de metal fueron enviadas por barcazas y convoyes de dirigibles a las fábricas.

El arnés del avanc utilizaría vigas y remaches que lucían todavía las cicatrices de un servicio reciente. En las fundiciones se disponía de las piezas cuyo estado impedía volver a utilizarlas. Armada no era una ciudad con gran tradición de taumaturgia, pero había metalotaumaturgos competentes entre los piratas y todos ellos entraron a trabajar en las fábricas. Trabajaban hombro con hombro con los ingenieros, fundiendo componentes arcanos en grandes tinas para reforzar, aligerar y unir el metal. Por fin, empezaron a utilizarse las reservas de leche de roca de Anguilagua. El líquido, de una densidad y peso vastos, era traído en grandes frascos. Cuando éstos se destapaban, despedía vapores insólitos que semejaban una mezcla de petróleo y especias. Tras el cristal se veía como una mezcla turbia, dotada de vida propia, de un frío color madreperla.

Los metalotaumaturgos añadían gotas contadas al metal hirviente mientras susurraban encantamientos y pasaban las manos por encima, formando corrientes de poder que lo cargaban y sellaban.

Y, tras enfriar el metal, y templarlo a martillazos y someterlo a procedimientos más arcanos, los componentes de la brida del avanc empezaron a ser llevados por sumergibles a los lugares que les correspondían bajo la ciudad. Un ejército de buceadores trabajaba con ellos utilizando soldadores químicos que chisporroteaban con burbujas de colores al entrar en contacto con el agua y manejaban martillos y llaves inglesas a cámara lenta.

Era una industria imprevista e increíble.

Las cadenas estaban ancladas a la base de cinco barcos. El Psire de Libreros; el Saskital de Jhour; el gran vapor Gemido del Sastre, que era el buque insignia de Soleado; un enorme clíper sin nombre situado en el extremo exterior del paseo maldito; y el Grande Oriente de Anguilagua. Desde las quillas y los flancos de estos antiguos y grandes colosos se curvaba un arco de hierro del tamaño de la entrada de una catedral, fundido y oculto por medio de la taumaturgia. Y a cada uno de ellos se unía una serie de eslabones del tamaño de barcos.

Se soltó a los tiburones centinela. Parecía imposible que aquellas cadenas hubieran estado escondidas hasta entonces. Empezaron a correr rumores: sobre lo que se había hecho antes y lo que podría ocurrir ahora. Se decía que el paseo Soleado había tratado de cortar la cadena que había bajo su barco para arruinar los planes de Anguilagua pero había resultado ser demasiado fuerte, demasiado grande y los encantamientos de poder que la protegían, demasiado intensos.

En una enorme cámara sin ventanas situada en la última cubierta del Grande Oriente, se estaba construyendo un nuevo motor. Las calderas redundantes y la maraña de tuberías del tamaño de una cabeza humana que las acompañaban fueron eliminados, como si se estuviera desbrozando un bosque demasiado tupido. Una vez que hubieron desaparecido los fantasmas de los motores, quedaron dos grandes discos planos y grabados, que sobresalían del suelo. Eran la mitad de altos que un hombre, tenían varios metros de diámetro y estaban recubiertos por una costra de vejez y grasa. Eran los extremos de la cadena unida al barco, soldados y aplanados tras haber atravesado la cubierta, siglos atrás. La primera vez que aquello se había intentado.

Alguien ya lo intentó una vez, pensó Tanner Sack. Estaba asombrado por las horas de trabajo, la taumaturgia invertida, la industria, la planificación, el esfuerzo llevado a cabo, generaciones atrás para ser olvidado a continuación.

Entre los dos remaches de la cadena, Tanner Sack y sus colegas empezaron a construir un motor extraordinario. Trabajaban con las especificaciones calculadas tras largas horas de debate con Krüach Aum.

Tanner examinaba los planos con sumo detenimiento. El motor que estaban construyendo no funcionaba siguiendo ninguna de las leyes que él conocía. Sería colosal: llenaría la sala entera con pistones y trinquetes en constante martilleo, impulsados por una fuente de energía que no comprendía.

Trabajó desde la base de lo que serían las calderas de los pistones y a partir de allí hacia arriba. Empezó con los remaches de la cadena. Los taladró y vertió en su interior aleaciones fundidas, en las que introdujo cables del grosor de muñecas humanas con un revestimiento de goma y alquitrán. Pasaban por transformadores del tamaño de su pierna, columnas de arcilla blanca, hasta llegar a una maraña de cables, aislantes y motores diferenciales.

Aquél era el motor activo, que impulsaría las complejas energías a través de la cadena del Grande Oriente, hasta el gran arnés y lo que quiera que éste contuviese, a kilómetros de profundidad. Una carnada. Un cebo y una caña.

El mar era transparente. Los nadadores se arremolinaban alrededor de la colosal construcción submarina. Los componentes se descargaban con las grúas de los barcos factoría. El masivo arnés empezaba a tomar forma al otro extremo de las enormes cadenas, aún amarrado a escasos metros bajo la superficie, con una escala que asustaba al ojo y una forma exótica, de propósito insondable, rodeado por una mar de peces de vivos colores y por submarinos y trabajadores jaiba y buceadores y por un Tanner Sack que se movía con la morosa fluidez de los seres submarinos.

Algunas veces, una vibración recorría el agua. Las patas de la plataforma Sorghum desaparecían entre los flotadores cilíndricos de hierro que la sostenían bajo la superficie, como barcos suspendidos. La punta de su taladro se hundía sin miramientos, a través de toneladas y toneladas de agua, desaparecía, atravesaba el lecho marino como un mosquito y se alimentaba.

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