La Cicatriz
Quinta parte: Tormentas » 29
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Silas fue a ver a Bellis tres días después de su regreso.
Bellis había estado esperando su visita —la había esperado con un ojo en la puerta cada anochecer—, pero a pesar de ello logró sorprenderla.
Había cenado con Carrianne. Su excompañera le gustaba de veras, la encontraba perspicaz y divertida. Pero a pesar de todo, mientras hacía un esfuerzo por sonreír, la sensación de soledad que la embargaba no menguaba. ¿Te sorprende?, se preguntaba con rudeza. Tú te lo guisas, tú te lo comes.
Recordaba cómo habían sido las cosas en Nueva Crobuzón y tenía que admitir que no eran demasiado diferentes. Al menos aquí su aislamiento tenía una razón; era un combustible que ella consumía.
Carrianne le había pedido descripciones detalladas de la isla de los anophelii y del tiempo y del comportamiento de los propios hombres mosquito. Había algo de melancolía en su comportamiento… por muy reconciliada que hubiera llegado a estar con su vida a bordo de la ciudad, hacía años que no ponía el pie en tierra firme y las historias de Bellis no podían sino hacerle sentir nostalgia.
Bellis había descubierto que le resultaba difícil hablar de su reciente viaje. Lo recordaba como desde gran distancia, con una monotonía de hastío aterrado intercalada con emociones mayores. Había algunas cosas, por supuesto, de las que no podía hablar. Se mostró deliberadamente vaga con respecto a los anophelii, los piratas Samheri y, por encima de todo, con respecto a Krüach Aum.
Después del altercado que había presenciado ente el Brucolaco y Uther Doul, había empezado a sentir una extraña fascinación por el señor de Otoño Seco. Carrianne le contó lo que quería saber: la estructura política del paseo, el cuadro de lugartenientes vampíricos a las órdenes del Brucolaco y la hemotasa del paseo.
—Así es como se le conoce normalmente —dijo Carrianne. Trataba de no darle demasiada importancia pero Bellis podía oír el temor y la reverencia en su voz—. No siempre… a veces es alguno de sus lugartenientes el que lo recauda… pero algunas sí. Te hacen un pequeño corte, aquí, aquí o aquí —señaló su muslo, su pecho y su muñeca—. Lo pintan con anticoagulante, succionan un poco y lo meten en un jarro.
—¿Cuánto te quitan? —preguntó Bellis, horrorizada.
—Un poco más de un litro. El Brucolaco es el único que puede bebérsela tal cual. Los demás tienen restricciones… la diluyen. Cuanta más beben, más fuertes se vuelven… eso dicen. Y a pesar de que el Brucolaco elige con mucho cuidado a sus lugartenientes, siempre es posible que uno u otro se vuelva demasiado ambicioso. Si la tomaran al modo tradicional, directamente de la vena, podrían no ser capaces de controlarse… y no quieren matar. Y aunque eso no les importase, siempre está el contagio. En la saliva. Cuando beben directamente de alguien y lo dejan con vida, se arriesgan a crear un competidor.
Bellis la dejó a la entrada de Otoño Seco.
—No podría estar más segura en ningún otro lugar —dijo Carrianne, sonriendo y se marchó a su casa.
Podría haber tomado un taxi; los vientos no eran fuertes y oía las voces de los aeronautas sobre su cabeza, enzarzados en sus discusiones. Dos días antes, cuando había terminado su trabajo con Aum, le habían entregado sin una sola palabra un fajo de tasales y banderas que representaba mucho más que su sueldo semanal como bibliotecaria.
Me han concedido un aumento, pensó secamente, ahora que trabajo para Anguilagua.
La consciencia del papel central que había desempeñado en todo lo ocurrido, la idea de que, de no ser por ella, Armada no estaría donde estaba, haciendo lo que estaba haciendo, le oprimía el pecho. A pesar de que sus razones habían sido irreprochables en todo momento.
Se fue a casa caminando, no para ahorrarse el dinero sino para volver a experimentar la ciudad. Encerrada en una sala llena de conversaciones incomprensibles durante todo el día, había sentido que perdía el contacto con la ciudad que la rodeaba. Y cualquier ciudad, se dijo, es mejor que nada.
El paseo la llevó por las tranquilas y frescas calles de Sombras y luego hasta Anguilagua a través del Tolpandy. Bajo la apagada algarabía de los monos que anidaban en los solares y tejados y los camarotes y el dosel de aparejos; junto a los gatos de la ciudad (que la miraban, predatorios) y los escasos perros y las hordas de ratas y otras alimañas nocturnas; alrededor de los gallineros; los salvavidas y las lanchas a vapor cubiertos de herrumbre y reutilizados como jardineras; las casas construidas en los costados de las baterías artilleras, las palomas que ululaban desde el cañón de una pieza de doce pulgadas; bajo las cabañas de madera construidas en los castillos de proa, cuyos patios se unían con los mástiles, como si fuesen casas construidas en los árboles; y a través de una oscuridad teñida de varios colores y que se estiraba a lo largo de los corredores de húmedo ladrillo que cubrían los navíos de Armada como un pelaje de moho. De regreso a sus habitaciones de la chimenea del Cromolito, donde Silas Fennec estaba sentado, esperándola.
Se sobresaltó al ver su figura incierta, sentada en la oscuridad. Profirió un siseo y le dio la espalda hasta que su corazón se hubo calmado.
Él la estudió. Sus ojos eran grandes y tranquilos.
—¿Cómo has entrado? —le preguntó. Él despachó la pregunta con un gesto, como hubiera hecho con un insecto.
—Ya sabes que tu apartamento sigue vigilado. No podía llamar a la puerta sin más.
Bellis caminó hasta él. Estaba completamente inmóvil a excepción de la cara y los ojos, que seguían sus movimientos. Se le aproximó, penetró en su espacio, se inclinó sobre él con lentitud y lo examinó como si fuera un espécimen científico. Hizo de sus actos toda una ostentación: lo inspeccionó fría e indiscretamente. Podría haber sido una actuación preparada para intimidarlo, para ponerle nervioso.
Mientras se inclinaba sobre él, como si estuviese catalogando sus características, la miró a los ojos y, por vez primera desde hacía semanas, la sonrió ansiosa y abiertamente. Ella recordó las razones que había tenido para besarlo y para acostarse con él. No sólo la soledad y el aislamiento, aunque éstas eran las más importantes. Pero había también otros factores, más centrados en él. Y aunque allí de pie como estaba no sintiera el menor deseo de tocarlo, aunque no sentía más que una sombra del afecto que una vez la había motivado, no se arrepintió de lo que había ocurrido.
Ambos lo necesitábamos, pensó. Y fue de gran ayuda, vaya que sí.
La dio unas palmaditas en la nuca mientras se apartaba. Él aceptó el gesto con elegancia.
—Así que… —dijo.
—Ya está —respondió ella. Él enarcó las cejas.
—¿Así de sencillo?
—Por supuesto que no, ¿qué coño te creías? Pero está hecho.
Él asintió, poco a poco. Cuando habló, lo hizo con tono neutro, como si estuvieran discutiendo algún proyecto académico.
—¿Cómo lo conseguiste?
¿Cómo lo hicimos?, pensó Bellis, en medio del silencio. ¿Lo hicimos? No tengo pruebas, no tengo ninguna prueba.
—No podría haberlo hecho sola —empezó a decir con lentitud y entonces se sentó, sorprendida por la mirada de cólera herida de Silas.
—¿Que tú qué…? —gritó—. ¿Qué coño has hecho? —se había puesto en pie—. ¿Qué has hecho, estúpida y puta…?
—Siéntate… —ahora era ella la que se había puesto de pie y lo señalaba con dedos temblorosos de rabia—. ¿Cómo te atreves?
—Bellis… ¿qué has hecho?
Ella lo fulminó con la mirada.
—No sé —dijo con voz fría— cómo podrías tú haber atravesado un pantano atestado de mosquitos de dos metros de altura, Silas. No sé cómo podrías haberlo hecho. Estábamos casi a dos kilómetros de los barcos Samheri… Oh, sí, estaban allí, no empieces a ponerte nervioso. Puede que tú seas un cacto o un puto costroso o algo así pero yo tengo sangre en las venas y me hubiesen matado.
Silas guardó silencio.
—Así que… —la voz de Bellis estaba calmada ahora— encontré a un hombre que podía llegar hasta los barcos, sin peligro, sin ser detectado. Un hombre de Nueva Crobuzón, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para impedir que su hogar fuera arrasado.
—¿Le mostraste las cosas? —dijo Silas.
—Por supuesto que sí. ¿Crees que iba a marcharse nadando despreocupadamente a medianoche con sólo mi palabra de que lo que llevaba encima era lo que yo le había dicho?
—¿Nadando? Era el Tanner Sack de los cojones, ¿verdad? ¿Crees que si te hubieras esforzado de veras —hablaba con voz muy tensa— hubieras podido encontrar a alguien más leal a Anguilagua?
—Pero lo hizo —dijo Bellis—. No iba a hacer nada sin pruebas. Le mostré las cartas y sí, Silas, es leal a Anguilagua. No tiene la menor intención de regresar. Pero, maldita sea, ¿no crees que habrá dejado algún amigo allí? ¿De veras crees que le gusta la idea de que Nueva Crobuzón caiga en manos de los grindilú? ¡Esputo divino! Por la gente que dejó allí. Por los recuerdos. Por lo que fuera. El caso es que cogió el sello y las cartas y yo le dije lo que tenía que hacer. Fue una última despedida a su puñetera ciudad. De su parte tanto como de la tuya y la mía.
Silas estaba asintiendo lentamente, reconocía que quizá ella no hubiera tenido elección.
—Todo salió bien, sin problemas. Silas… se lo debemos a Tanner Sack.
—Pero ¿sabe… —dijo Silas con un titubeo— quién soy yo?
—Por supuesto que no —se relajó a ojos vista al oírlo—. ¿Crees que soy idiota? Recuerdo muy bien lo que le pasó al capitán. No permitiría que te mataran, Silas —dijo. Su voz era suave pero no cálida. Era la afirmación de un hecho, no de un sentimiento.
Después de un momento de reflexión, Silas pareció dar por finalizadas sus deliberaciones.
—Supongo que no tenías elección —dijo y Bellis asintió con un gesto brusco.
Ingrato de mierda, pensó, enfurecida. Tú no estabas allí…
—¿Y dices que los Samheri tienen el paquete? ¿Sellado y preparado para entregar? —ahora estaba sonriendo furiosamente—. Lo hemos conseguido —dijo—. Lo hemos conseguido.
—Eso se parece más a la reacción que estaba esperando —dijo Bellis con voz desagradable—. Sí, lo hemos hecho —se miraron el uno al otro durante largo rato—. ¿Cuándo piensas que llegarán a Nueva Crobuzón?
—No lo sé —dijo Silas—. Puede que no funcione. Puede que sí y nunca lo sepamos. Habremos salvado la ciudad y nunca lo sabremos, nunca jamás. Puede que acabe mi vida en esta puta chalupa, maquinando desesperadamente para tratar de escapar. Pero, por el amor de los dioses, ¿no es ya algo saber que lo hemos conseguido? —hablaba con auténtico fervor—. Aunque nunca lo sepamos, aunque nunca nos den las gracias, ¿no es algo el saber que los hemos salvado?
Y sí, pensó Bellis Gelvino, sí que era algo. Desde luego que lo era. Sintió que una ola de soledad rompía sobre ella. ¿Era peor?, se preguntó. ¿Podía ser peor? ¿El no saberlo nunca? ¿El enviar ese mensaje al otro lado del mundo, arrostrando tantísimos peligros, soportando tales penurias, para que desapareciera sin dejar ni rastro? ¿El no saberlo nunca?
Dioses, pensó afligida y aturdida. ¿Se ha acabado? ¿Es esto el fin?
—¿Y ahora que ocurre —dijo él— con nosotros dos?
Bellis se encogió de hombros.
—¿Qué querías? —su voz parecía más cansada que desdeñosa.
—Sé que es duro —dijo él con delicadeza—. Sé que es más complicado de lo que habíamos pensado. No espero nada de ti. Pero, Bellis… hay cosas que compartimos, cosas entre tú y yo… y no creo que éste sea el único motivo por el que estábamos juntos. Me gustaría que fuéramos amigos. ¿De verdad puedes permitirte el no tener ni uno? ¿El que no haya nadie que lo sepa? ¿Nadie que sepa cómo te sientes en realidad? ¿Nadie que sepa dónde te gustaría estar?
No estaba totalmente segura de él, pero las cosas eran como decía. Compartían cosas que nadie más sabía. ¿Podía permitirse el lujo de perderlo? Podían esperarla años enteros en aquella ciudad (se estremece al pensarlo). ¿Podía permitirse el lujo de no tener a nadie con quien compartir la verdad?
Silas se puso en pie para marcharse y le tendió la mano, con la palma abierta y hacia arriba, expectante.
—¿Dónde está el sello de Nueva Crobuzón? —dijo.
Bellis había estado temiendo aquel momento.
—No lo tengo —dijo.
Esta vez él no se enfureció, sólo cerró la mano con un gesto brusco y alzó los ojos hacia ella para preguntarle qué había pasado.
—Fue Tanner —le dijo, preparada para que montara en cólera—. Lo dejó caer en el mar.
—Es un anillo, Bellis —dijo Silas con tranquilidad—. Está a salvo en el dedo. No se pierde. No lo ha perdido. Se lo ha quedado, los dioses saben para qué. ¿Un recuerdo de casa? ¿Algo con lo que hacerte chantaje? Sólo los dioses lo saben. —Negó con la cabeza y suspiró y sus ademanes, que decían Estoy decepcionado contigo, la enfurecieron.
—Será mejor que me vaya, Bellis —dijo—. Ten cuidado… te vigilan, recuerda. Así que no te sorprendas si voy y vengo utilizando… medios poco convencionales. ¿Puedes excusarme un momento?
Bajó la escalera en espiral. Bellis escuchó cómo se disipaba el sonido de sus pies en el metal, un sonido hueco como el producido por el entrechocar del latón. Se volvió hacia allí, pero él había desaparecido. Aún se oía el eco tenue de sus pisadas en la escalera, descendiendo, llegando al último de los peldaños, pero él ya no estaba a la vista. Se había vuelto invisible o se había marchado.
Los ojos de Bellis se abrieron ligeramente pero, incluso sin estar él presente, se resistía a demostrar asombro.
Ahora viene y va como una rata o un murciélago, pensó. Sin dejarse ver. Has estado aprendiendo un poco de taumaturgia, ¿no es así? ¿Has obtenido algún conocimiento, un poco de poder?
Pero se sentía inquieta, un poco intimidada. Su desaparición sugería un encantamiento de excepcional sutileza y potencia. No sabía que poseyeras esto, Silas, pensó. De pronto se dio cuenta de lo poco que sabía en realidad sobre él. Sus conversaciones eran como un juego elaborado. A pesar de sus palabras, a pesar del hecho de que sabía que compartían secretos, ella se sentía sola.
Y no creía que Tanner Sack se hubiera quedado el sello de Nueva Crobuzón, aunque no podía decir por qué.
Bellis se sentía como si estuviera esperando.
El hombre aguarda, azotado por el viento, en la escalera que recorre su absurdo apartamento chimenea de arriba abajo y sabe que los ojos que podrían estar vigilando la puerta ya no pueden verlo.
Lleva en la mano la estatua, la filigrana que es su aleta plegada como varias capas de masa de bizcocho, la boca dentada y redonda de rémora abierta y sobresaliente, y aún siente el frío de su beso en la lengua. Ahora es mucho más rápido, le resulta mucho más sencillo aceptar el frío aleteo de la pequeña lengua de piedra y puede dirigir con mucha mayor habilidad las energías que su cópula desapasionada desencadena.
Se esconde en un lugar, en un ángulo de la noche que la estatua conoce y al que su beso le permite acceder, un lugar en el que los rayos de luz se entrecruzan y nadie advierte su presencia, como las ventanas y los muros y las puertas tampoco la advertirán mientras siga siendo el amante de la estatua de olor salado.
El beso nunca resulta placentero. Pero el poder que posee, el poder que penetra en su interior con la saliva de la cosa de piedra, es una maravilla.
Sale a la noche, invisible y embozado, envuelto en arcanas energías, para buscar su anillo.