La Cicatriz
Quinta parte: Tormentas » 30
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Armada se mecía bajo el sol. Estaba empezando a hacer más calor.
Los frenéticos trabajos proseguían y, bajo el agua, la forma del arnés para el avanc iba adquiriendo solidez poco a poco. Era como un espectro, un contorno hecho de vigas y puntales de madera, como la estructura de un edificio imposible. Conforme pasaban los días, se iba volviendo más sustancial y sus intrincadas espinas y engranajes, más parecidos a algo real. Crecía gracias a los extraordinarios esfuerzos de las cuadrillas de trabajadores. La ciudad parecía en pie de guerra, cada rama de la industria y cada esfuerzo estaban al servicio de aquel proyecto. La gente comprendía que estaban carenando a velocidad pasmosa para entrar en una nueva era.
La escala del arnés nunca dejaba de asombrar a Tanner Sack. Se cernía bajo la ecología de peces carroñeros que nunca abandonaba el vientre sumergido de la ciudad, mucho mucho más grande que cualquier barco. Empequeñecía incluso al Grande Oriente, que se balanceaba sobre él como un juguete de baño. Y la brida estaría completada en cuestión de semanas.
El trabajo era constante. Durante las horas de oscuridad, la iluminación burbujeante de las bengalas químicas y las antorchas atraía a los peces nocturnos. Se agolpaban alrededor de las cadenas y los grupos de nadadores, bancos enteros de ellos que contemplaban las luces con los ojos muy abiertos, pasmados.
Había partes móviles y junturas y globos de gas envueltos en cubiertas de goma que habían sido arrebatados a viejos dirigibles. Había motores sellados. Pero esencialmente era un enorme cabestro cuyas partes y secciones se extendían a lo largo de más de medio kilómetro de longitud.
Un barco tras otro fue despedazado, denudado desde dentro, barrenado y fundido. La flota de barcos de guerra y mercantes que rodeaba la ciudad y sus puertos menguó en beneficio del proyecto. Una frontera de columnas de humo envolvía a los navíos sacrificados mientras los sopletes los iban despedazando.
Una tarde, mientras Shekel paseaba por la popa de Anguilagua, volvió la vista al horizonte y vio un barco medio desmontado en un extremo de la ciudad. Era el Terpsícore, con el perfil deshecho, roto. El puente y gran parte de la superestructura y la cubierta habían desaparecido ya y las vísceras de metal habían sido llevadas a las factorías. La visión hizo que se detuviera en seco. No sentía el menor afecto por el barco. No estaba consternado, sino asombrado, por razones que no podía comprender.
Bajó la mirada hacia el agua, que se arremolinaba debajo de él. Costaba creer que aquello estuviera ocurriendo, que esfuerzos tan colosales estuvieran teniendo lugar, que una pieza tras otra estuvieran siendo encajadas en una vasta maquinaria bajo el tejido mismo de la ciudad.
Había varias lenguas activas en la vida de Bellis. Sentía un gran entusiasmo por estar volviendo a aprender sus disciplinas: las técnicas sin nombre que había perfeccionado para segmentar su mente, para mantener diferenciados sus diccionarios internos; el trance idiomático que había utilizado por última vez en Bocalquitrán.
Aum hacía grandes progresos con el sal. Era un pupilo de talento.
Durante las discusiones de las tardes con Tintinnabulum y los demás científicos, de tanto en cuanto —para gran satisfacción de Bellis—, Aum interceptaba alguna pregunta antes de que ella hubiera tenido tiempo de traducirla y escribía la respuesta. Incluso escribía algunas de éstas en un sal elemental.
Debía de ser algo extraordinario para él, pensaba Bellis. El sal era la primera lengua que conocía que tuviera al mismo tiempo dimensiones habladas y escritas. Le resultaba inimaginable oír el Kettai Alto, era un concepto carente de significado. Oír preguntas en sal y escribir las respuestas en la misma lengua debía de ser un asombroso salto mental, pero lo estaba superando con aplomo.
No es que sintiera cariño por Krüach Aum. Su constante curiosidad boquiabierta le resultaba muy fatigosa y no detectaba ninguna fuerza de personalidad por debajo de ella. Era un hombre brillante y aburrido cuya cultura lo había convertido en una especie de niño precoz. Simplemente sentía júbilo por la rapidez a la que estaba aprendiendo la lengua de Armada; suponía que muy pronto su presencia dejaría de ser necesaria.
El Kettai Alto y el sal la rodeaban a diario.
Su propia cabeza era la reserva del ragamol. Nunca había sido uno de esos lingüistas que piensan en el idioma que están usando en ese momento. Silas era la única persona con la que hablaba en su lengua materna, en los raros momentos en los que se veían.
Hubo un día en que una cuarta lengua entró en su vida por breve tiempo. El quiesy… más popularmente conocido como fenecto. El idioma del Cromlech Alto.
Aún no entendía del todo las razones por las que Uther Doul le había hablado de su lengua materna. Después de una de sus sesiones de trabajo con Aum, le había preguntado si aún disfrutaba aprendiendo nuevas lenguas y ella le había contestado, con toda sinceridad, que sí.
—¿Estarías interesada en oír un poco de quiesy? —le dijo—. No suelo hablar en mi propio idioma muy a menudo.
Pasmada, Bellis había accedido. Aquella tarde lo había acompañado a sus aposentos en el Grande Oriente.
Los sonidos del quiesy se formaban en el fondo de la garganta, se emitían con suave firmeza, guturales y salpicados de silencios ubicados con precisión y tan importantes como aquéllos. Era, le advirtió Doul, una lengua de extrañas sutilezas. Muchos de los aristócratas thanati se hacían coser los labios mientras que otros tenían las cuerdas vocales demasiado descompuestas. El quiesy tenía formas que se hablaban con las manos y los ojos, así como formas escritas.
Bellis estaba fascinada por su elegancia y la manera en que Uther la utilizaba. A su apacible y controlado modo, mostró su entusiasmo mientras recitaba varios pasajes de algo que parecía poesía. Bellis comprendió que no estaba allí para aprender el idioma sino para apreciarlo como audiencia.
Aún sentía una especie de presentimiento cuando estaba en compañía de Doul, además de otras emociones. Además de excitación.
Él le acercó un vaso de vino sin mediar palabra. Ella reconoció el gesto como una invitación a que se quedara. Se sentó y tomó un sorbito y esperó, mientras examinaba la habitación con la mirada. Había esperado una especie de fortaleza escondida, pero él vivía en un camarote como centenares de otros. Era espartano: una mesa y dos sillas, una ventana con los postigos cerrados, un baúl, un grabado blanco y negro en la pared. Bajo la ventana había un armero lleno de armas, algunas de ellas conocidas, otras arcanas, y en una esquina de la sala, un complicado instrumento musical con cuerdas y teclas, como una especie de híbrido entre arpa y acordeón.
Cuando hubo pasado más o menos un minuto sin que Uther Doul hubiera dicho nada, Bellis habló.
—Resultó… resultó muy interesante oír la historia de tu juventud —dijo—. Admito que hasta entonces no había estado segura de la existencia del Alto Cromlech… hasta que te conocí. Sin embargo, aparte de las murmuraciones sobre la tierra de los muertos y la derrota del Imperio de los Espectrocéfalos, he perdido el rastro de los rumores que hablan sobre ti. —No estaba acostumbrada a la clase de humor negro que estaba intentando utilizar pero él arqueó las cejas en un gesto que parecía significar que se estaba divirtiendo—. Me encantaría que me contaras más cosas sobre lo que ocurrió después de que te marcharas del Alto Cromlech. Dudo que haya conocido nunca a alguien que haya viajado tanto. ¿Alguna vez has estado…? —se detuvo, súbitamente ansiosa, y él contestó.
—No. Nunca he visitado Nueva Crobuzón —dijo. Parecía inquieto, a su serena y silenciosa manera—. No terminas de creer lo que te conté sobre mi espada, ¿verdad? —dijo de repente—. No te culpo. Seguro que pensabas que no es lo bastante antigua ni de lejos. ¿Qué sabes del Imperio de los Espectrocéfalos, señorita Gelvino?
—Poco —admitió ella.
—No obstante, sí que sabrás que no era en modo alguno humano… ni khepri, vodyanoi, trancos ni cosas así. No eran xenos en el sentido que nosotros le damos a esa palabra. La pregunta «¿Qué aspecto tenían?» carece de respuesta directa. Esta arma —señaló su cinturón— está concebida con tal claridad para unas manos humanas que bien puedes haber pensado que mi afirmación sobre su procedencia era una falacia.
Bellis no había tenido el menor pensamiento sobre la Posible Espada, como Uther Doul debía de saber.
—Lo que estás viendo no es una espada —continuó con voz suave—, sólo el aspecto de una. Es contextual… como podría decirse en cierta medida de los Espectrocéfalos. ¿Has leído el Canon Imperial? Incluso las traducciones de traducciones de traducciones de traducciones, incluso con todas las adiciones y omisiones y comentarios, contienen algunas cosas extraordinarias. En especial la Secretiana. —Tomó un sorbito de vino—. Algunos pasajes aparentan ser de los primeros días de la llegada de los Espectrocéfalos a Bas-Lag, antes de la fundación del Imperio. —Pestañeó sin apartar la mirada de Bellis—. En efecto —dijo como si ella hubiera objetado algo—, llegada. Los Espectrocéfalos no eran nativos de este mundo.
Bellis conocía el mito.
—Hay un pasaje —musitó Doul (y Bellis se percató con consternación de que su hermosa voz la estaba arrullando)—, los «Versos del Día». ¿Los conoce? «Temible, la cola destellando, nadando sobre una planicie de mundos, dejando tras de sí los orbes, luces en la ceguera de la noche». Describe el viaje de los Espectrocéfalos desde… su tierra natal a Bas-Lag. En el vientre de un pez de metal que atravesaba un oscuro mar de estrellas. Pero lo más interesante es la descripción de su hogar, del lugar del que provenían. Se ha confundido en ocasiones con el Infierno.
Uther Doul se sentó en su jergón y no pronunció palabra durante algún rato.
¿Por esto estoy aquí?, pensó Bellis de repente. ¿Es esto lo que quiere contarme? Era como un niño, quería que ella estuviera allí pero no estaba muy seguro de lo que debía hacer.
—Describe la llegada del amanecer con «cataratas ferrosas y una muralla de fuego» —dijo él al fin—. Todo el cielo de levante estaba ardiendo con luz y calor suficiente para cegar a cualquiera que lo mirase incluso desde el fondo del mar, para incendiar el aire, hacer estallar las montañas, fundir el metal. Muchísimo más caliente que el corazón de cualquier forja. Amanecía y el mundo se incendiaba. Al cabo de unos minutos la muralla de calor se había elevado y curvado sobre sus cabezas, tapaba el cielo y consumía cada átomo de gas presente en el aire. Y entonces, conforme pasaban los minutos, el fuego se empequeñecía, hasta que sus bordes resultaban visibles y era un disco. Y el calor empezaba a menguar un poco, aunque los océanos seguían siendo hierro fundido. El fuego del cielo remitía y se movía hacia el oeste a medida que pasaba el día. A media mañana, el disco había decrecido más y era un sol, situado casi en el horizonte. A mediodía era mucho más pequeño y la tierra estaba muy fría. El sol se encogía y viajaba hacia el oeste durante un prolongado crepúsculo y el hogar de los Espectrocéfalos se volvía más gélido que el Océano Anular. Al llegar la noche, el cielo estaba ya a oscuras y el sol no era más que una estrella en movimiento. Y hacía frío…, más frío del que podemos imaginar. El mundo estaba envuelto en capas de hielo y escarcha… hasta los gases, el mismo éter se acumulaba formando montículos y muros, más sólido que la roca.
Obsequió a Bellis con una sonrisa tenue.
—Así era el hogar de los Espectrocéfalos. Imagine que clase de criaturas podrían vivir, podrían sobrevivir en un lugar semejante; lo hambrientos que podrían estar de descanso. Por eso se marcharon.
Ella no dijo nada.
—¿Sabe a qué me refiero —prosiguió Doul— si menciono la creencia en el País Roto?
Bellis frunció el ceño y a continuación asintió de repente.
—En Nueva Crobuzón lo llamamos… —pensó un momento la traducción—, la Hipótesis de la Tierra Fracturada. Una vez tuve un amigo científico. Siempre estaba hablando de cosas parecidas.
—El País Roto, más allá de una mar imposible de atravesar —dijo Doul—. Cuando era joven pasé mucho tiempo estudiando mitos y cosmogonía. La Tierra Fracturada, el País de los Espectrocéfalos, los «Versos del Día». Los Espectrocéfalos llegaron desde el extremo oriental del universo. Pasaron junto a las esferas de roca que circulan por los cielos (otra clase de mundo, más evanescente que el nuestro, en la llanura infinita) y arribaron aquí, a una tierra tan apacible que debió de parecerles el paraíso: una interminable y apacible media mañana. Y cuyas leyes físicas no eran las que ellos conocían. Su naturaleza era debatible. Hay quien dice que cuando aterrizaron, la fuerza de su llegada fue tal que bastó para desencadenar el caos de la Torsión. Eso es una fábula. Pero su llegada sí que fue lo bastante violenta como para abrir en canal el mundo… la propia realidad. La Tierra Fracturada es una realidad y fue obra de ellos. Cuando rompes algo… lo que hay dentro sale al exterior. Cuando me marché de mi primer hogar, pasé años estudiando aquella fractura. Buscando las técnicas e instrumentos necesarios para encontrarle sentido, para controlarla. Y, cuando llegué aquí, los Amantes vieron cosas en lo que había aprendido que yo ni siquiera había imaginado. Piensa en el poder de los Espectrocéfalos, en su ciencia, su taumaturgia. Trata de imaginar lo que podrían hacerle, lo que le hicieron, a nuestro mundo. Ya ves la escala del cataclismo provocado por su llegada. No sólo desde el punto de vista físico… también ontológico. Cuando aterrizaron, fracturaron las leyes del mundo así como su superficie. ¿Acaso te sorprende que cuando se pronuncia su nombre sea entre cuchicheos atemorizados?
Y a pesar de todo, pensó Bellis, confundida por aquella exhibición de filosofía herética, y a pesar de todo fuimos nosotros los que acabamos con los Espectrocéfalos. Por medio de la Contumancia y luego de la Muda. Por muy débiles que fuéramos.
—Dicen que tú dirigiste la Contumancia —dijo.
—Yo no dirijo nada —replicó Doul con una brusquedad que la sorprendió—. Yo soy un soldado, no un líder. El Alto Cromlech… es un mundo de castas. Usted se crió en una ciudad mercantil, así que da ciertas cosas por sentadas. No puede hacerse una idea de la liberación que supone vender tus servicios, hacer lo que te ordena quien te emplea. Yo no soy un líder.
Uther caminaba con ella por los pasillos del Grande Oriente.
Cuando se detuvo en una de las numerosas intersecciones, ella pensó por un segundo fugaz que iba a besarla y se le abrieron mucho los ojos. Pero aquélla no era su intención.
El hombre se llevó un dedo a los labios.
—Quiero que conozcas algo —susurró— sobre los Amantes.
—¿Cómo se llaman? —dijo Bellis, presa de una cólera exhausta—. Este misterio… me pone enferma. Y no me digas que no te acuerdas.
—Claro que sí —dijo Uther Doul—. Claro que me acuerdo. Pero no importa cómo se llamaron antaño. Ahora son los Amantes. Será mejor que te des cuenta de ello.
Doul la llevó a las cubiertas inferiores. Lejos de los ruidos de las patrullas. ¿Qué es esto?, pensaba Bellis, excitada e inquieta. Ahora estaban en zonas muy oscuras y silenciosas del barco. No había ventanas; estaban por debajo del nivel del mar, en un lugar que llevaba mucho tiempo abandonado.
Finalmente, Doul se agachó por debajo de una maraña de tuberías y la condujo a una diminuta cámara. No era una estancia, sólo un pequeño espacio hallado por casualidad. Todas las superficies estaban cubiertas de polvo y la pintura de las paredes estaba descascarillada.
Doul le puso un dedo con delicadeza sobre los labios.
Bellis era consciente de que seguirlo con esa mansedumbre, confraternizar con él, no era un comportamiento razonable para alguien que había estado implicada en actividades subversivas contra Anguilagua. ¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó.
Uther Doul estaba señalando al techo, situado apenas un par de centímetros por encima de la cabeza de ella. Se dio un tirón expresivo a la oreja. Bellis tardó varios segundos en oír algo y cuando lo hizo, al principio no estuvo segura de lo que era.
Voces. Amortiguadas por capas de aire y metal. Casi familiares. Bellis volvió la cabeza hacia el techo. Ahora casi podía distinguir voces. Aquel lugar era un puesto de espionaje accidental. Por un azar de la arquitectura y los materiales, los sonidos se filtraban (¿a través de las tuberías, de paredes huecas?) por el techo.
Voces de la habitación que había encima.
La habitación de los Amantes.
Dio un respingo de sorpresa. Era a los Amantes a quienes estaba oyendo.
Cautelosa y lenta, como si pudiesen verla de alguna manera, Bellis estiró el cuello y escuchó.
Palabras que aleteaban por todos los registros, articuladas con jadeos rápidos. Gimientes, suplicantes, jubilosas. Jadeos de proximidad sexual y dolor y otras emociones no menos intensas. Y palabras que atravesaban el metal.
… amor… pronto… joder… sí y… corta… ahora… amor… corta… sí, sí…
Sí.
Las palabras eran densas. Bellis se apartó de ellas… física, literalmente, retrocedió un paso para alejarse del punto flaco en el metal. Las palabras, los sonidos, se emitían con rapidez, tan llenas de pasión y necesidad que tenían que ser contenidas o se convertirían en un chillido sin palabras.
corta sí amor corta
Dos chorros de palabras, masculina y femenina, solapadas, entrelazadas e inextricables… inextricables en sus ritmos.
¡Jabber misericordioso!, pensó Bellis. Uther Doul la observaba, impasible.
¡Corta y corta y amor y corta!, pensó Bellis y se dirigió hacia la puerta, horrorizada. Pensaba en lo que estaban haciendo, en sus habitaciones, apenas a unos metros de distancia.
Doul la sacó de aquel terrible cuchitril. Ascendieron atravesando capas de metal hacia el aire de la noche. Doul no dijo nada.
¿Qué estás haciendo?, pensaba ella mientras miraba su espalda. ¿Por qué me muestras esto?
No había visto nada salaz en su comportamiento. No lo entendía. Rígido, elocuente y formal en sus propios aposentos, hablando sin parar de teorías e historias extraordinarias para no quedarse en silencio, se había convertido, en aquellos corredores, en un niño truculento con un escondite secreto. Y con algo parecido al orgullo mudo y sin articular que ella hubiera esperado de un niño así, la había llevado hasta su guarida privada y le había mostrado su secreto. Y ella no podía ni imaginar por qué.
Se estremeció al recordar las exclamaciones jadeantes, las retorcidas declaraciones de pasión de los Amantes. De amor, suponía. Recordó sus cortes, sus cicatrices. La sangre y la piel abierta, el fervor. Se sentía como si fuese a vomitar. Pero no era la violencia, ni los cuchillos que utilizaban, ni lo que hacían lo que la horrorizaba. No era nada de eso. Los pecadillos no la perturbaban en absoluto, podía entenderlos.
Se había convertido en algo más. Era la emoción en sí misma, el intenso, vertiginoso, enfermizo y vomitivo ardor que había oído en aquellas voces lo que la aterraba. Estaban tratando de atravesar a cortes la membrana que los separaba y verterse en una hemorragia el uno sobre el otro. Deshacer su integridad por algo que estaba mucho más allá del sexo.
Aquella cosa violenta y gimiente que ellos tomaban por amor, se le antojaba a ella más parecida a la masturbación, y la repugnaba.
Bellis se sentía horrorizada por ella. Horrorizada, amenazada y asqueada.