La Cicatriz
Quinta parte: Tormentas » 31
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Durante el día Shekel estaba ocioso.
Como la mayoría de los jóvenes macarras que merodeaban por los alrededores de Puerto Basilio, se ganaba la vida del mismo modo en que lo había hecho en Nueva Crobuzón: haciendo recados, llevando y trayendo mensajes y mercancías, manteniendo los ojos y los oídos abiertos y gracias a las propinas ocasionales que le daban sus patrones. Su sal empezaba a ser inteligible, aunque aún no fluido.
Pasaba un poco más de la mitad de las noches con Angevine. Ella dormía en el Castor de Tintinnabulum, bajo el campanario. A menudo volvía a altas horas de la noche, pues las reuniones de Tintinnabulum con sus colegas, con Krüach Aum y Bellis y los Amantes se prolongaban hasta muy tarde y Angevine iba a buscar libros y otros materiales para él, a la biblioteca o a su laboratorio secreto del barco. Regresaba cansada y Shekel trataba de conseguir que se relajara con masajes inexpertos y una buena cena.
Ella no hablaba mucho sobre el proyecto del avanc, pero su tensión y su nerviosismo no se le pasaban por alto a Shekel.
Las demás noches las pasaba en la que todavía consideraba su propia casa, la que compartía con Tanner Sack.
Tanner no se encontraba allí siempre. Como le ocurría a Angevine, el proyecto lo obligaba a trabajar en un horario largo y difícil. Pero cuando estaba presente, hablaba más que ella de lo que estaba haciendo. Le describía a Shekel el extraordinario aspecto de la brida, sumergida en las aguas transparentes, los bancos de peces tropicales que circulaban entre sus eslabones, que ya empezaban a desarrollar una costra de plantas y moluscos tenaces y que de noche se recogían con luces frías. Todas aquellas horas de trabajo, horas de soldar y probar y sugerir, de actuar como diseñador, capataz y obrero, dejaban a Tanner exhausto y muy feliz.
Shekel mantenía las habitaciones limpias y calientes. Cuando no estaba cocinando para Angevine, cocinaba para Tanner.
Estaba preocupado.
Dos noches antes, el Diseñor, Shekel había despertado de repente, un poco después de la medianoche, en sus viejas habitaciones del barco factoría. Se había incorporado y había permanecido un rato en silencio y sin moverse.
Había mirado a su alrededor, bajo las pálidas sombras proyectadas por las luces y estrellas del exterior: la mesa y las sillas, el cubo, los platos y sartenes, la cama vacía de Tanner (de nuevo trabajando hasta tarde). Aunque la habitación estaba sumida en las sombras, no había lugar en ella para esconderse y Shekel podía ver que estaba solo.
Y, a pesar de ello, se sentía como si no lo estuviera.
Encendió una vela. No había ningún sonido o luz inusual pero seguía pensando que apenas un momento antes había visto u oído algo, lo pensaba una y otra vez, como si sus recuerdos anduviesen un paso por delante de él, mostrándole algo que aún no había ocurrido.
Al cabo de algún tiempo volvió a dormirse y a la mañana siguiente despertó con apenas un recuerdo vago de la sensación premonitoria que lo había asaltado. Pero la noche siguiente la misma sensación de intrusión vino con el anochecer, mucho antes de que se hubiera ido a la cama. Se quedó allí, en una concentrada y estúpida quietud, mirando a su alrededor de forma vaga. ¿Se habían movido aquellas prendas? ¿Esos libros? ¿Esos platos?
La atención de Shekel saltaba rápidamente de un objeto a otro, de una pila de cosas o un cajón o una prenda a la siguiente y sus ojos se movían entre ellas exactamente como si estuvieran siguiendo el movimiento de alguien por la habitación, alguien que estuviera toqueteando o registrando cuanto había allí. Sentía cólera y miedo a un tiempo.
Quería huir pero la lealtad a Tanner lo mantuvo en aquellas habitaciones. Le hizo encender las lámparas y empezar a cantar en voz alta y cocinar rápida y ruidosamente hasta que Tanner regresó; por fortuna, más temprano que la noche anterior, cuando los sonidos del exterior se apagaron.
Para alivio y sorpresa de Shekel, cuando abordó el tema de sus extrañas intuiciones, Tanner reaccionó con interés y seriedad.
Miró a su alrededor y musitó con cautela:
—Son tiempos extraños, muchacho —exhausto como estaba, se levantó y siguió la ruta que Shekel le describía a lo largo de la habitación. Levantaba los objetos junto a los que iba pasando y los examinaba cuidadosamente. Canturreaba para sus adentros y se frotaba la barbilla.
—No veo ni rastro de nada, Shekel —admitió. Sus ojos no se relajaron—. Son tiempos extraños. En este momento hay toda clase de gente intentando toda clase de cosas… corren mentiras y rumores y Jabber sabe qué más. Hasta ahora, los que tienen problemas con Anguilagua y el proyecto no han hablado demasiado alto… eso vendrá más tarde, no te quepa duda. Pero puede que haya alguien que esté tratando de torpedear las cosas de otra manera. No es que yo sea un pez gordo en este asunto, Shekel, pero se sabe que estuve en la isla y se sabe que estoy trabajando en la construcción del arnés. Puede que alguien se haya colado aquí para… no lo sé… torpedear las cosas. Para buscar algo que podría servir de algo a los suyos. Como si fuera tan tonto como para guardar los planos en casa. La gente está tensa. Las cosas están yendo demasiado deprisa. Parece como si nadie las tuviera bajo control. —Miró a su alrededor una vez más y entonces se percató de que Shekel lo estaba mirando fijamente—. Me siento tentado de decir que mejor que vengan. Si estás en lo cierto, mientras no nos roben y no nos hagan nada, por mí que los follen. No tengo miedo. —Esbozó una sonrisa de bravuconería y Shekel lo imitó.
—Lo mismo digo —dijo el muchacho en voz baja—. Lo mismo digo.
Cuando al día siguiente le contó la experiencia a Angevine, ella reaccionó casi de la misma manera que Tanner.
—Puede ser que haya entrado alguien —dijo con lentitud—. Éstos son tiempos extraños, ya lo sabes. La gente está nerviosa y algunos están asustados. Dudo que un intruso invisible sea lo más raro con lo que tengamos que lidiar durante las próximas semanas, amor mío. Desde que se han incrementado los horarios de funcionamiento de las fábricas, la gente ha empezado a murmurar. No hay ingenieros para hacerse cargo de las reparaciones habituales, no hay componentes de maquinaria ni fundiciones suficientes para atender a otros proyectos. «Con toda la potencia que tiene esa plataforma» empiezan a decir, «¿cuándo empezará a trabajar para nosotros? ¿Y, además, cuánta necesita el maldito avanc?». Bueno, pues necesita un montón, Shekel. Un verdadero montón, ahora y siempre —lo miró a los ojos y le tomó la mano—. Y las murmuraciones que oyes ahora, en Soleado y Raleas y Otoño Seco sobre todo, pero no sólo allí, van a aumentar. Cuando la gente empiece a entender que hay cosas más importantes a las que dedicar el petróleo y la leche de roca que sus propios planes.
Hablaba con aire ausente, como si estuviera recordando conversaciones escuchadas a Tintinnabulum y los demás y Shekel no podía más que asentir.
—Los agitadores ya están empezando a aparecer —musitó—. Vordakine en Raleas, Sallow en Soleado. El misterioso Simon Fench. Panfletos, pintadas, rumores… Y la buena gente empieza a tener sus dudas, también. He oído que Hedrigall, que es leal hasta sus huesos de madera, incluso conoce al tal Fench y bebe con él de vez en cuando. La gente se enardecerá cuando el avanc sea invocado… algo tan maravilloso los emocionará. Pero eso no será el fin, Shekel, créeme.
Bajo el calor sofocante del episódico verano ecuatorial de Armada, el Parque Crum floreció.
La última vez que Bellis lo había visitado, había estado todo verde: húmedo y exuberante, envuelto en un aroma a savia. Ahora el verde estaba cubierto por una manta de colores primaverales y estivales: un mantillo de flores precoces bajo sus pies y aquí y allá y alrededor de las yemas de los árboles; las primeras y brillantes plantas veraniegas pugnaban con la vívida maleza, los cornejos y los narcisos. El parque era un hervidero de pequeña vida.
Bellis había ido a visitarlo, pero no en compañía de Silas, sino de Johannes Lacrimosco, y experimentaba una leve y pícara alegría por sentirse como si de alguna manera estuviera siendo infiel.
Paseaba por su ruta favorita, siguiendo lo que antaño había sido un pasillo entre los camarotes de uno de los barcos y ahora era un cañón cubierto de hiedra. Las paredes estaban tapizadas de flores de la pasión y las ventanas rotas apenas resultaban visibles bajo una maraña de raíces. En el lugar en el que los viejos camarotes-colina se hundían en la superficie cubierta de verde y el pasillo emergía al sol, había un margen de madreselva agreste envuelto en un enjambre de abejas.
Éste es un buen momento, pensó Bellis cuidadosamente mientras caminaba, seguida por un Johannes tímido e inseguro. Pero tendrás que librarte de ello en cualquier momento, Johannes… tendrás que hablar.
Y después de varios minutos de césped y flores, cuando el único sonido era el vibrato de los insectos de verano, lo hizo.
Hablaron largo y tendido sobre los trabajos que estaban teniendo lugar bajo la ciudad.
—He bajado en submarino un par de veces —le dijo Johannes—. Es algo extraordinario, Bellis. La velocidad a la que lo están construyendo… es verdaderamente asombrosa.
—Bueno, ya he visto a qué ritmo han desguazado al Terpsícore, entre otros —dijo ella—. Así que me lo puedo imaginar.
Johannes no sabía si confiar en ella, pero estaba ansioso por volver a sentir el lazo que una vez habían compartido. Bellis podía sentir cómo trataba de acercársele, como se explicaba a sí mismo cualquier brusquedad que ella pudiera demostrar.
—No me has contado gran cosa sobre la isla —dijo.
Bellis suspiró.
—Fue duro —dijo—. No me gusta hablar de ello.
Pero le dio algo más que esto: le habló del insoportable calor, del constante miedo, de la mansa curiosidad de los anophelii y del hambre devoradora de sus hembras.
Él estaba tratando de evaluarla. Ella se preguntaba si creía que estaba siendo discreto y sutil.
—Ayer se llevaron a Aum —continuó y Johannes se volvió hacia ella, sorprendido—. Le he estado enseñando sal durante un par de semanas. Aprende a una velocidad que me asusta. Toma notas sobre todo lo que digo… ya ha reunido más que suficientes para un libro de texto. Pero, a pesar de todo, no creo que sea capaz de mantener una conversación sin mi ayuda… aún no. Pero ayer por la tarde, cuando había terminado con Tintinnabulum y el comité de ingenieros, se lo llevaron y me dijeron que no me necesitarían durante algún tiempo. Quizá ellos tengan mejor opinión que yo sobre su sal. O quizá uno de sus otros expertos en Kettai Alto haya practicado lo bastante como para sustituirme —esto último lo dijo con una sonrisa de superioridad y Johannes rió durante unos segundos—. Llevan mucho tiempo diciéndome que tenía que conseguir que se expresara en sal con fluidez lo antes posible; que necesitaban su ayuda para proyectos que no me concernían. Están tratando de librarse de mí.
Se volvió hacia Johannes y sostuvo su mirada. Estaban solos en un claro, rodeados por árboles y rosales silvestres hinchados de flores.
—Estoy dejando de ser útil y la verdad es que me encanta porque estoy terriblemente cansada. Pero, según parece, apenas han empezado a aprovechar a Aum. Y no fue ningún miembro del grupo habitual el que se lo llevó. Fue Uther Doul, junto con hombres y mujeres a los que no había visto nunca. No sé lo que está ocurriendo. Me da la impresión de que la invocación del avanc no será más que el principio.
Johannes apartó la mirada y acarició las flores.
—¿Ahora te das cuenta, Bellis? —dijo en voz baja—. Por supuesto que es así. Van a pasar más cosas. Dada la magnitud de lo que estamos intentando con el avanc, resulta difícil de imaginar, pero parece ser que no es más que un… preludio a lo que verdaderamente está ocurriendo. Y lo que esto pueda ser, lo ignoro. Han decidido que es mejor que yo no esté implicado. ¿Sabes? —dijo—, en realidad es cuestión de suerte el que yo llegara a participar en esto. —¿Suerte?, pensó Bellis, incrédula—. Entre quienes lo sabían, los que habían visto las viejas cadenas, hay quien lleva décadas diciendo que Armada debería tratar de convocar a un avanc. Pero los Amantes los ignoraban, no mostraron el menor interés durante años. Eso es lo que he oído. Todo cambió cuando Uther Doul llegó a la ciudad y empezó a trabajar para ellos. No sé lo que hizo o lo que les dijo pero de repente el proyecto del avanc fue reactivado. Algo que él les contó hizo que el viejo plan fuera desempolvado, por primera vez desde que esas cadenas fueron construidas… y nadie sabe cuándo fue eso o lo que pasó. Y después de todo esto, ha terminado para mí. Han pasado a otras cosas.
Está celoso, se dio cuenta Bellis. Despechado, abandonado y bien jodido. El trabajo de Johannes —y el propio Johannes— era de valor incalculable para la invocación del avanc, pero para lo que quiera que viniese después no lo necesitaban.
Cauta, sutilmente, Bellis sondeó la herida. Momento tras momento, intercalando minucias insignificantes con su investigación.
En su enfado, Johannes estaba dispuesto a hablar sobre las dudas que había levantado el proyecto de los Amantes.
Paseaban entre los boscosos barcos, entre las chimeneas y los mamparos reclamados tiempo atrás, mientras Bellis alimentaba el resentimiento de Johannes con un interrogatorio tímido y astuto y descubría cosas, fragmento a fragmento.
Una vez que empezó a prestar atención, Bellis escuchó los mismos nombres, los mismos rumores por todas partes. La pátina de lealtad que se había pintado sobre Armada era muy fina. Las ansiedades y las controversias podían seguirse ahora con la misma facilidad que las líneas de la madera por debajo del barniz.
Empezaba a darse cuenta de que no eran sólo los prohombres de Soleados y Raleas los que estaban ligados a las voces del disenso. Algunos de los más leales servidores de Anguilagua albergaban dudas y tenían lazos con los renegados.
El consenso de los Amantes, advirtió, no era estable. Y, como había esperado al menos en parte, el nombre que más a menudo se mencionaba, el que salía a la luz una vez tras otra como foco de este descontento, era el de Simon Fench.
Bellis empezó a buscarlo.
Preguntó a toda la gente que conocía por Simon Fench. Carrianne se encogió de hombros pero le dijo que mantendría los ojos y los oídos abiertos. Johannes la miró con recelo y no dijo nada. Shekel, en uno de sus infrecuentes encuentros asintió. «Ange lo mencionó», dijo. Fingiendo un tenue interés, Bellis le pidió que averiguara lo que pudiera.
Sus pesquisas la llevaron a las esquinas de los callejones, entre los jóvenes que pasaban el rato junto a las bordas de los barcos, disparando con catapultas a los monos de la ciudad, o sentados en los bares, jugando a las cartas y haciendo pulsos. Cada uno de ellos tenía sus propios amigos, sus propios contactos, hombres y mujeres que les ofrecían comida, dinero y favores a cambio de cualquier servicio trivial que aquellos muchachos y muchachas pudieran proporcionar. A través de ellos, las preguntas de Bellis recorrieron los garitos de Anguilagua y Sombras, de Libreros y Vos y los Vuestros.
En Nueva Crobuzón, lo que no estaba regulado era ilegal. En Armada las cosas eran diferentes. Después de todo, era una ciudad pirata. Lo que no amenazaba directamente a la ciudad no concernía a sus autoridades. El mensaje de Bellis, como tantos otros, no tenía que esforzarse por ser secreto, como ocurriría en su hogar si no quería atraer la atención de la milicia. En cambio, aquí podía recorrer el laberinto de calles con rapidez y facilidad, dejando tras de sí un tenue rastro para aquellos que supieran cómo mirar.
—Querías verme.
Silas estaba de pie junto a la cama de Bellis. Ella no se había desvestido aún. Estaba sentada con las rodillas en alto, leyendo un libro a la luz de un quinqué. Un momento antes, había estado sola.
¿Más taumaturgia, Silas?, se preguntó.
Era la noche del Dicostra 10 de Halconeras, el último día del Cuarto, una fiesta. Reinaba una algarabía en las calles, la gente estaba borracha, gritaba y reía. Las calles y los barcos estaban engalanados con banderines de colores. El aire estaba lleno de fuegos artificiales y confeti (y a pesar de todo, los trabajos proseguían bajo el agua).
—Así es —dijo.
—Deberías tener cuidado. No te conviene que se te relacione con disidentes.
Bellis rió.
—Por Jabber, Silas, joder. Deberías ver la lista de tus supuestos amigos… o los del señor Fench. Incluye peces bastante más gordos que yo, mucho más. ¿Es verdad que sales de copas con Hedrigall? —él no contestó—. De modo que no creo que nadie se preocupe por mí.
Se miraron en silencio. ¿Cuántas veces hemos hecho esto?, pensó Bellis, hastiada. Conversar en secreto, mientras tomamos una taza de té, en mi habitación, de noche, para decidir lo que debemos y no debemos hacer…
—Están planeando algo —dijo y el tono conspirador que había utilizado ella misma estuvo a punto de hacer que soltara una risotada amarga—. La cosa no acaba con el avanc. Aum está aprendiendo sal a marchas forzadas y se lo han llevado para que los ayude en algún nuevo proyecto secreto. Están todos los importantes, Tintinnabulum, los Amantes, Aum… y esta vez participa Uther Doul. Están planeando algo.
Silas asintió. Era obvio que ya lo sabía.
—¿Y? —inquirió—. ¿De qué se trata?
—No lo sé —dijo y ella no supo si lo creía.
—Si pudiéramos averiguar lo que planean —le dijo—, tal vez nos ayudara a… escapar de aquí.
—Sinceramente —dijo él con lentitud—, no puedo ni imaginar qué es lo que planean. Si lo descubro te lo diré, por supuesto.
Se estudiaron el uno al otro.
—Tengo entendido que Uther Doul te hace la corte —continuó Silas. No estaba tratando de ser desagradable pero su sonrisilla resultaba irritante.
—No sé qué es exactamente lo que está haciendo conmigo —dijo Bellis con brusquedad—. Algunas veces me parece que es eso, que me está cortejando, pero si es así, la verdad es que le falta mucha práctica. Algunas veces creo que tiene otros motivos pero no se me ocurre cuáles pueden ser.
De nuevo silencio. Fuera, un gato empezó a maullar.
—Dime, Silas —dijo Bellis—. Éste es tu mundo. ¿Existe alguna oposición seria a su proyecto? Seria, me refiero. Y si la hay, ¿podríamos utilizarla para salir de aquí? ¿Puede servirnos de ayuda?
¿En qué estoy pensando exactamente?, se preguntó. Hemos enviado un mensaje a casa. La hemos salvado, por el amor de Jabber. No hay nada más que hacer. No hay facciones a las que podamos derrotar. No hay nadie a quien podamos persuadir para que nos lleve a casa.
Por mucho que Silas dijera sobre regresar a casa, el modo en que se había sumergido en el escenario de Armada, el modo en que se había ocultado, se había convertido en Simon Fench, se había suspendido en una telaraña de rumores y tratos y favores y amenazas… aquéllas eran tácticas de supervivencia. Silas se estaba adaptando.
No había nada que Bellis pudiera hacer. Ninguna conjura en la que pudiese participar, ningún plan secreto.
Aún soñaba con aquel río entre Nueva Crobuzón y la Bahía de Hierro.
No, pensó con fiereza, negándose a dar su brazo a torcer. Sea cual sea la verdad, sea cual sea el caso, por muy desesperada que sea la causa… no pienso abandonar la idea de escapar.
Había necesitado bastante esfuerzo para alcanzar el fondo de aquella sima llena con el ardiente hielo de la cólera, del deseo de escapar y abandonarla ahora sería insoportable.
Así que mantuvo aquel No en el fondo de su mente, sin permitir que la duda lo diluyera.
Al día siguiente despertó y se asomó por la ventana. Soplaba un viento cálido sobre los exhaustos grupos de limpiadores que recogían los desperdicios de la fiesta de la pasada noche de las calles y cubiertas (formando enormes pilas de polvo y trapos de colores, trajes y disfraces de los bailes de máscaras, los desperdicios provocados por el consumo de drogas).
Las biliosas llamas habían dejado de brotar de la punta de la plataforma Sorghum. La grúa se había enfriado después de absorber y almacenar toda la cosecha de petróleo y leche de roca. Sobre los tejados de la ciudad, se veían los vapores de los remolcadores y los achaparrados navíos industriales que regresaban a la ciudad, como virutas de hierro atraídas por un imán. Bellis observaba mientras sus tripulaciones los amarraban a los extremos de Armada.
Una vez que todas las embarcaciones de servicio hubieron unido sus cadenas a la ciudad, empezaron a moverse en dirección sureste, una comitiva de naves que arrojaban bocanadas de humo negro mientras sus motores devoraban enormes cantidades de carbón robado y cualquier otra cosa que pudiera arder. Con pasmosa lentitud, Armada se puso en marcha.
Debajo de ella, en las aguas transparentes, los buceadores continuaban con su trabajo. Los desguaces de naves no habían parado, ni los envíos de su sustancia a las fundiciones ni el interminable tren de dirigibles que discurría entre los cadáveres de los barcos y las forjas.
El mar se movía en débiles corrientes alrededor del inmenso armazón que se escondía bajo las olas. El avance de Armada era casi imperceptible, apenas dos o tres kilómetros por hora.
Pero no disminuía. Era incesante. Bellis sabía que, cuando hubiesen llegado al lugar al que se dirigían, cuando se bajaran las cadenas, cuando la taumaturgia fuera empleada, todo cambiaría. Y se oyó decir de nuevo No, negándose a aceptarlo, negándose a hacer de aquel lugar su hogar.
A medida que pasaban los días, sus servicios iban siendo menos necesarios. Las sesiones de traducción con los ingenieros eran cada vez menos, conforme los grupos de trabajadores seguían adelante con sus trabajos y los problemas de diseño iban siendo abordados, uno detrás de otro, y resueltos. Bellis sentía cómo se iba alejando del centro de las cosas.
Salvo por Doul. Seguía hablando con ella, seguía ofreciéndole vino en su camarote. Aún había algo velado entre ambos pero Bellis no sabía bien lo que era. Y las conversaciones de Doul eran tan crípticas como de costumbre y no le proporcionaban el menor consuelo. Una, dos veces más, la llevó a aquella pequeña cámara, la caja de resonancia oculta bajo los aposentos de los Amantes. No sabía por qué lo acompañaba. Pasaba siempre de noche, siempre en secreto. Ella oía sus jadeos, sus declaraciones, sus gemidos de dolor y deseo. La emoción seguía asombrándola y asqueándola, como algo que se estuviera descomponiendo en su estómago.
La segunda vez oyó unos siseos de lo que quiera que ellos considerasen placer y al día siguiente, cuando entró en la sala de reuniones con Aum, los Amantes la miraban con heridas recientes, costras de sangre en las frentes, profundas e idénticas como imágenes de un espejo sobre sus rostros.
Y Bellis se había hundido. No podía soportar la idea de estar a merced de personas sometidas a las emociones que había oído.
No.
A pesar de que el tiempo se volvía aún más caluroso, día tras día hasta que una semana y luego dos hubieron pasado y el arnés estaba casi terminado y Silas no había aparecido y seguía sin entender a Doul y el alivio de no tener que ver a los Amantes a diario se diluía por la sensación que tenía de ser cada vez más inútil; a pesar de haber perdido el último jirón de poder que alguna vez había tenido; a pesar de que era evidente que estaba atrapada, la voz del interior de Bellis se endureció y se hizo absolutamente clara.
No.