La Cicatriz

La Cicatriz


Quinta parte: Tormentas » 32

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Armada encontró el lugar que estaba buscando.

La ciudad se hallaba cerca de la frontera meridional entre el Océano Hinchado y el Mar de la Arena Negra. Cuando Bellis se enteró se quedó boquiabierta. ¿Cómo coño hemos llegado tan lejos?, se preguntó.

Estaban completamente inmóviles en el agua. Utilizando técnicas arcanas como la resonancia de eco y la proyección sensorial, la ciudad había encontrado el centro mismo de una zona muerta. Las había por todos los mares: franjas de mar de apenas unos kilómetros de anchura en las que no había vientos ni corrientes. Si carecían de potencia locomotora, las cosas flotaban en la superficie de las zonas muertas mecidas por el oleaje pero no se movían ni un ápice en dirección alguna de la brújula.

Había signos de fosas abisales.

En aquella región, la profundidad del océano variaba entre cinco y siete kilómetros de profundidad. Pero bajo la zona muerta, el lecho marino descendía formando un escarpado cono hasta un agujero cilíndrico que se extendía más allá del alcance de cualquier geo-émpata.

La fosa tenía dos kilómetros de ancho y carecía de fondo.

Se extendía hasta tal profundidad que parecía imposible que la dimensión de Bas-Lag pudiera contener la gravedad y densidad del agua y en sus profundidades la realidad era inestable. La fosa era un conducto entre reinos. El lugar por el que entraban los avancs.

No hubo un momento en que Krüach Aum y sus nuevos subordinados declarasen el fin de sus investigaciones, no hubo ningún anuncio repentino, ningún festejo por la resolución del último de los problemas. Bellis no podía decir cuándo supo con exactitud que Armada estaba preparada.

Doul no se lo dijo. El conocimiento la fue empapando, a ella tanto como a otros ciudadanos. Por rumores y sospechas, por las especulaciones triunfantes y luego por el propio triunfo, la noticia se extendió. Lo han conseguido. Saben cómo hacerlo. Están esperando.

Bellis no quería creerlo. La consciencia de que los científicos habían refinado las técnicas que necesitaban se abatió sobre ella con tal delicadeza que no hubo ningún choque brusco, sólo una sensación premonitoria que fue lentamente menguando. Consideró la magnitud de lo que estaban intentando y la pregunta la abrumó: ¿Cómo pueden hacerlo?

Pensó en todo lo que había de hacerse, el conocimiento que habían tenido que amasar, las máquinas que debían construirse, el poder que habría que canalizar. Parecía imposible. ¿Se debe todo a mí?, se preguntaba con incredulidad. Sin Aum, sin su libro, ¿hubiera podido hacerse?

A cada hora que pasaba, Bellis podía sentir la tensión, la ansiedad y el entusiasmo, que se iban incrementando por todas partes a su alrededor.

Días después de que hubieran llegado a la zona muerta, llegó por fin el anuncio que todo el mundo había estado esperando. Carteles y pregoneros anunciaron a la gente que debía estar preparada, que la investigación había concluido y que se haría un intento.

Y por súbito, por extraordinario que fuera, no sorprendió a nadie. Después de un silencio oficial tan prolongado, hasta para Bellis aquella confirmación supuso casi un alivio.

Para Tanner Sack, el arnés y las cadenas ahora visibles resultaban un gran placer para la vista. Había nacido y se había criado en Nueva Crobuzón, donde las montañas ocultaban el cielo de poniente y la arquitectura era compleja y omnipresente. Había veces, tenía que admitirlo, en que los interminables cielos abiertos de Armada, las aguas sin límites debajo de ella, llegaban a inquietarlo.

Encontraba confort en el arnés sumergido. Le daba algo grande y real que contemplar, algo que interrumpía las monótonas profundidades.

Tanner flotaba en las aguas plácidas de la zona muerta.

Había unas pocas figuras en el agua: Tanner, Juan el Bastardo, los tritones contemplando desde abajo.

Todo estaba preparado.

Era casi mediodía. La ciudad seguía tan inmóvil como lo estaba antes del amanecer.

En los barcos vecinos, Bellis podía ver a la gente observando desde los tejados, o desde detrás de las barandillas o desde los parques de la ciudad. Pero no eran muchos. Casi no se oía nada. No había dirigibles en el cielo.

—La mitad de la ciudad está dentro de sus casas —le susurró a Uther Doul. Le había encontrado en la cubierta del Grande Oriente, reunida junto con los pocos armadanos que, como ella, se sentían compelidos a asistir al intento desde el propio buque insignia.

Están aterrados, pensó, mientras observaba las vacías calles de las embarcaciones que se desplegaban debajo de ellos. Han comprendido lo que nos estamos jugando. Como náufragos en una balsa tratando de capturar una ballena. Estuvo a punto de reír. Y le tienen miedo a la tormenta.

Los ciudadanos de Armada le temían a las tormentas violentas. La ciudad no podía escapar de ellas ni evitarlas y las peores podían separar los barcos o arrojar unos contra otros, por muy fuertes que fueran las amarras. La historia de Armada era rica en episodios dramáticos provocados por tormentas terribles y mortales.

Nadie hasta aquel día había provocado una tormenta deliberadamente.

Para atravesar la membrana que separaba las realidades, siquiera en un punto débil, para atraer la criatura a este mundo, era necesaria una descarga colosal de energía. Algo así no requería una tormenta eléctrica normal, sino una viviente. Una orgía, un frenesí de elementales eléctricos.

Y dado que las tormentas vivientes eran —por ventura— casi tan raras como las Torsiones, Anguilagua tendría que crear una.

Los seis mástiles del Grande Oriente, en especial el colosal mástil principal, fueron envueltos en cable de cobre. Estos cables desaparecían en el interior del propio barco, aislados con un revestimiento de goma, atravesaban pasillos y escaleras, custodiados celosamente por los alguaciles, serpenteaban por el interior del barco hasta llegar al esotérico motor nuevo que acababa de construirse en la base del Grande Oriente, alimentado con leche de roca y preparado para enviar descargas extraordinarias a los extremos inferiores de la colosal cadena, a través del metal hasta el arnés y luego a las profundidades del océano.

En otro lugar, los eruditos y taumaturgos de Libreros y Sombras y Anguilagua se habían reunido. Meteoromantes y elementalistas. Con motores de irrealidad, hornos, ungüentos y ofrendas. Puede que celebraran un sacrificio. Bellis podía imaginarlos, frenéticos, tratando de evaluar las corrientes etéreas, atizando los hornos mientras conjuraban.

Durante largo rato no se oyeron más que susurros y el sonido tenue de las gaviotas y las olas. Todos los que se encontraban allí, al calor sofocante, se estiraron para tratar de escuchar cualquier cosa que no hubieran oído antes: pero no tenían la menor idea de lo que debían esperar. Cuando finalmente apareció, fue un sonido tan monolítico que lo sintieron debajo de ellos, a gran profundidad, resonando por entre los barcos.

Bellis oyó que Uther Doul exhalaba, la voz densa de emociones que ella no reconocía y susurraba, «Ahora».

La cubierta del Grande Oriente se movió de repente bajo sus pies con una percusión crujiente.

Armada empezó a vibrar con violencia.

—El arnés, las cadenas —dijo Doul en voz baja—. Las están bajando. A la fosa.

Bellis se sujetó a la barandilla.

Bajo el agua, Tanner jadeó de sorpresa y, mientras el agua pasaba a borbotones por sus agallas, las vastas poleas giraron y los pernos de soporte del arnés fueron volados con cargas explosivas en una secuencia cuidadosamente cartografiada y, desplazando grandes mareas de agua marina, el anillo de metal de casi medio kilómetro de anchura, tachonado de afilados garfios y collares, empezó a descender.

Fue deslizándose por partes hacia las profundidades: cuando se alcanzaba el límite de cada sección de eslabones del tamaño de barcos, otra carga era detonada y unos enormes engranajes giraban y unas cuantas decenas más de metros de metal se hundían.

Y cuando cada una de estas secciones de cadena alcanzaba su límite de descenso, sobre ellas la ciudad se movía, reconfiguraba ligeramente su posición al tiempo que sus dimensiones cambiaban a causa de la tensión. Las cadenas eran tan gigantescas, operaban a una escala tan geográfica, que cada poderoso tirón era como un trauma sísmico. Pero Armada se mantenía a flote por obra y gracia de un cuidadoso diseño, del gas y de la taumaturgia, y aunque las bruscas sacudidas la zarandeaban como si estuviera en medio de una terrible tormenta y tironeaban de las pocas plataformas y puentes de cuerda que no se habían desenganchado y los partían, no podían doblegar la ciudad.

—Por Jabber, coño —exclamo Bellis—. ¡Tenemos que refugiarnos abajo!

Doul la sujetó del brazo con fuerza y la obligó a permanecer allí.

—No me perdería esto por nada del mundo —dijo—. Y no creo que tú debas hacerlo.

La ciudad se combó entonces, de forma preocupante y repentina.

El descenso del arnés empezó a ganar velocidad. Tanner Sack se dio cuenta de que estaba gritando sin voz, sin aire, de que sus mandíbulas estaban escupiéndole obscenidades a la visión, hipnotizado por la escala de lo que veía, la rápida desaparición del inmenso arnés en la oscuridad absoluta del mar, mientras pasaban los segundos y los minutos. La ciudad se estabilizó un poco y sólo quedó el despliegue imparable de las grandes cadenas, cinco líneas de eslabones que descendían hacia las profundidades ocultas.

Colonias enteras de mejillones y lapas se habían formado sobre ellas con el paso de las generaciones y ahora, mientras los eslabones se soltaban del vientre de la ciudad, arrojaron nubes de moluscos agonizantes al abismo.

Al cabo de varios minutos. Armada volvía a estar casi inmóvil, ondulando levemente con las últimas reverberaciones de las cadenas. En lo alto, ajenos a todo lo ocurrido, los pájaros iban de un lado a otro. El enorme peso del metal se acomodó. Se extendió una tensa expectación.

Y todo el mundo contuvo la respiración, pero nada ocurrió.

El arnés se balanceaba ahora al otro extremo de kilómetros de cadena. Sobre ellos, la ciudad se movía con el oleaje, apacible.

Los armadanos estaban esperando. Pero el agua de la zona muerta permaneció en calma y el cielo, despejado. Poco a poco, más y más gente empezó a emerger a las cubiertas. Al principio parecían nerviosos e inseguros, como si todavía esperasen algún suceso cuyos parámetros no podían siquiera imaginar. Pero no ocurrió nada.

Bellis no sabía con exactitud qué clase de crisis habían sufrido los científicos y taumaturgos. La prometida tormenta no apareció. Los motores de leche de roca no arrancaron.

No era ninguna sorpresa, pensó. Las técnicas eran nuevas y experimentales, no habían sido puestas a prueba. No era ninguna sorpresa que no funcionasen desde el principio.

Sin embargo, la decepción era abrumadora. Al cabo de apenas dos horas, la ciudad volvía a estar como antes. El silencio antinatural se esfumó.

Los decepcionados piratas discutían y hacían bromas sobre el fracaso. Ningún representante de Anguilagua, ningún científico o burócrata hizo anuncio alguno sobre lo ocurrido. Armada reposaba en las aguas apacibles y el calor, y las horas de silencio oficial se convirtieron en medio día y siguieron aumentando.

Bellis no podía encontrar a Doul, quien se había ido para averiguar lo que había ocurrido. Pasó la tarde sola. Debería sentirse encantada con el fracaso de Armada, pero la sensación reinante de decepción la había infectado hasta a ella. La curiosidad.

Pasaron dos días.

En las aguas inmóviles de la zona muerta, parte de los desperdicios de la ciudad se acumuló alrededor de la ciudad, al sol. Armada empezó a oler. En una ocasión, Bellis y Carrianne habían ido a pasear al Parque Crum pero el escándalo de los animales, tanto los salvajes como los de los barcos granja, volvía desagradable la atmósfera. No se estaba mejor al aire libre. Bellis se confinó en sus habitaciones, en compañía de su humo.

Aparte de aquel breve encuentro con Carrianne, pasaba todo el tiempo sola. Doul no reapareció. Se inquietaba en el calor, fumaba y esperaba, mientras la ciudad reemprendía su tumultuosa rutina con testaruda rapidez. Eso la enfurecía. ¿Cómo podéis fingir que no está ocurriendo nada?, pensó mientras observaba a los vendedores del Mercado de Invercaña. ¿Como si éste fuera un lugar como cualquier otro, como si éste fuera un momento normal?

Siguió sin haber noticias mientras los grupos de ingenieros y cazadores, Krüach Aum y sus ayudantes volvían a realizar sus cálculos, tomaban medidas, trajinaban con sus motores, sin que nadie los viera, tal como Bellis sospechaba que debían estar haciendo.

Pasaron dos días.

Tanner yacía bajo la ciudad, flotando inmóvil, mirando hacia abajo. Era como si se encontrase en la entrada de un oscuro túnel pentagonal formado por cadenas. Alineadas con su cabeza, sus dos brazos y sus dos piernas, las cinco grandes estructuras de metal se sumergían, convergían en perspectiva y desaparecían.

Estaba exhausto. Las frenéticas reparaciones que habían llevado a cabo desde el primer intento le habían robado muchas horas de sueño.

El enorme corredor formado por cadenas que se extendía debajo de él tenía más de seis kilómetros de longitud. Al fondo, completamente inmóvil en la oscuridad, se encontraba el arnés, mayor que cualquier barco. Investigado quizá por los peces abisales y las anguilas de enormes bocas que frecuentaban esas profundidades, suspendido sobre la fosa.

Mientras leía sentada bajo la ventana, Bellis se dio cuenta lentamente de que reinaba una extraña quietud, un silencio, un cambio en la calidad de la luz. Una pausa neurótica, como si el aire y el sol ardiente estuvieran esperando. Supo con un sobresalto de miedo y asombro lo que estaba ocurriendo.

Al fin, pensó. Que los Dioses me ayuden, lo han hecho.

Desde la entrada de sus habitaciones, en lo alto de la chimenea del Cromolito, su mirada buscó, por encima de los suavemente mecidos navíos de Armada los mástiles del Grande Oriente. Contempló la ciudad bulliciosa. No habían anunciado que se llevaría a cabo otro intento, había gente por todas partes. Seguían en los mercados y las calles, mirando hacia el cielo mientras trataban de averiguar qué era eso que habían sentido.

El cielo empezó a cambiar.

—Jabber misericordioso —susurró Bellis—. Oh, dioses míos.

En medio del azul iluminado por el sol que cubría Armada se estaba desplegando una mota de oscuridad. A miles de metros de altura, el cielo despejado sufrió un brusco espasmo y escupió de la nada un diminuto jirón de nube, una mota, un átomo de impureza que se abrió como una flor, como el resorte de una caja de broma, el aparato de un prestidigitador que se abrió y se abrió, multiplicándose con su propia sustancia.

Se extendió a toda velocidad, como tinta de calamar, se desenrolló, manchó el firmamento, se desplegó formando un círculo, un disco de sombra en expansión. Emitía sonidos ominosos.

Se alzó un viento, de repente, que empezó a azotar las torres y chimeneas de Armada y a zarandear los aparejos de la ciudad. Algo estaba descendiendo lentamente alrededor de Bellis, partículas minúsculas de una cosa que parecía niebla, un tufo arcano que caía desde las chimeneas de los barcos y se extendía, el efluvio de las fuerzas que estaban desgarrando el cielo para sacar nubes de la nada. Bellis reconoció el olor: leche de roca. Un motor aeromórfico había empezado a funcionar.

El sol se ocultó por completo. Bellis se estremecía en el frío y la oscuridad repentinos. Más allá de los límites de la ciudad, el mar había empezado a picarse y parecía cubierto por una puntilla de espuma. El ruido proveniente del cielo iba en aumento: la sorda vibración se convirtió en un ronroneo y luego en una exclamación apagada y por último en un estallido de trueno, y con ese sonido de percusión, las nubes vomitaron la tormenta.

El viento se volvió loco. El mar parecía enfurecido. Un nuevo trueno, y con él la oleosa oscuridad que recubría la ciudad se hizo un millón de añicos y a través de cada grieta estalló un relámpago incandescente. La lluvia caía a oleadas enfebrecidas. Bellis estuvo calada en cuestión de segundos.

Por todos los paseos de la ciudad, los armadanos corrían a refugiarse en sus casas. Las cubiertas se vaciaron a toda prisa. Hombres y mujeres se esforzaban por desenganchar los puentes mientras los barcos que conectaban empezaban a corcovear. Aquí y allá podían verse personas como Bellis, transfiguradas por el miedo o la fascinación, contemplando la tormenta con los ojos muy abiertos.

—¡Esputo divino! —gritó Bellis—. ¡Que el buen Jabber nos proteja! —no podía oír su propia voz.

A salvo como estaba bajo el agua de la zona muerta, para Tanner la tormenta era un suceso amortiguado. Sobre su cabeza, la superficie del mar perdía su integridad a causa de la lluvia. La ciudad subía y bajaba como si el océano estuviera tratando de quitársela de encima. Las enormes cadenas se movían debajo de ella.

A pesar de las toneladas de agua que se interponían, Tanner se dio cuenta de que el ruido de los truenos y los movimientos del mar estaban aumentando. Nadó agitado, esperando a que la tormenta alcanzara su cenit, cada vez más nervioso al ver que la violencia, no sólo no se disipaba, sino que continuaba incrementándose.

Joder, pensó, asombrado y asustado. Esta vez sí que lo han conseguido, ¿no? ¿Qué clase de puta tormenta es ésta? ¿Qué coño han hecho?

Bellis se aferraba a la barandilla, temiendo que el viento se la llevase y la aplastase entre los barcos.

El aire estaba lleno de sombras, una oscuridad desgarrada por relámpagos como fogonazos del flash de una cámara.

A pesar de que la tormenta renovaba constantemente la atmósfera, el extraño hedor del vapor de leche de roca seguía siendo intenso e iba en aumento. Bellis veía ondas que distorsionaban el aire. Los rayos caían una vez tras otra sobre los mástiles de la ciudad y eran atrapados por las enormes columnas envueltas en cobre del Grande Oriente.

Armada bailaba bajo un cielo hirviente. A medida que el motor aeromórfico iba aumentando su potencia, los patrones de los rayos empezaron a cambiar. Bellis contemplaba las nubes, hipnotizada.

Al principio eran fortuitos, zarcillos luminosos que aparecían con un chasquido brusco y trepidaban como serpientes brillantes en la oscuridad. Pero entonces empezaron a sincronizarse. El tiempo entre ellos fue disminuyendo, de manera que la luz de uno ardía todavía en los ojos de Bellis cuando el siguiente estallaba, y sus movimientos se fueron dotando de propósito. Los rayos se arqueaban hacia el centro de la nube y se desvanecían al llegar a su eje.

Los truenos se hicieron más intensos. El olor de la leche de roca resultaba nauseabundo. Bellis estaba hipnotizada por lo que estaba presenciando en medio de aquel diluvio y sólo era capaz de pensar ¡Vamos, vamos!, sin tener una idea muy clara de qué era lo que estaba esperando.

Y entonces, finalmente, con un único y pasmoso estallido de trueno, los relámpagos se pusieron en fase.

Brotaron de la nada y al mismo tiempo por todo el extremo de la tormenta, desgarraron el aire oscuro en dirección a su corazón y se encontraron allí, en el centro mismo de la tormenta, en un único y agónico punto de luz que crepitó y no se disipó.

Brotó energía, invisible, amplificada por las válvulas y los transformadores de motores ocultos, emergió de las chimeneas del Grande Oriente y voló hacia los cielos, hacia la tormenta.

La invocación estalló en el corazón de las nubes.

La crepitante estrella de rayos resplandecía fría e intensa, entre blanca y azul, temblando, cada vez más brillante, tensa como si estuviera preñada, como si estuviera llena y preparada para explotar y entonces…

¡explotó!

y un enjambre de presencias chirriantes se coaguló a partir de sus fragmentos y envolvió al barco, apariciones crepitantes perfiladas con energía, con electricidad, que dejaban rastros de aire quemado mientras volaban con sentido por el cielo, inteligentes, caprichosas y conscientes.

Fulminis. Elementales de electricidad.

Gritaban y reían mientras avanzaban en zigzag, con voces que no eran ni sonido ni corriente. Se desplazaban con pasmosa velocidad por el cielo, se metamorfoseaban en arcos voltaicos, dejando tras de sí un rastro de formas fantasmales creadas por sus descargas a imitación de los perfiles de los edificios de la ciudad, de peces y pájaros, de rostros.

Un puñado de ellos se lanzó sobre la cubierta del Cromolito, pasó chillando junto a Bellis y a esta casi se le paró el corazón. Volaron en espiral alrededor de la chimenea.

Desde algún lugar de las profundidades del Grande Oriente llegó un impulso de potencia, y por toda la ciudad los elementales abandonaron sus juegos y se arremolinaron, agitados. Las máquinas escondidas volvieron a despedir un pálpito de energía a través de los cables hasta las puntas del mástil. Los fulminis aullaron y empezaron a bailar alrededor de las cadenas y las barandillas de metal. Se reunieron. Bellis volvió la cabeza y vio cómo se marchaban pasando sobre de su barco, atravesando los canales de agua que separaban las naves, por encima de las cubiertas reformadas en dirección al mástil principal del enorme vapor.

Bellis ya no era consciente de la lluvia o los truenos. Lo único que podía ver eran los relámpagos vivientes que perfilaban Armada con sus fríos destellos, que reñían, aparecían y desaparecían entre espasmos junto a los tejados más altos de la ciudad. Su mirada atravesó la tormenta, voló por encima de los barcos que se interponían. Como un cebo, un flujo de energía se estremecía al extremo del gigantesco mástil del Grande Oriente.

Estamos pescando una tormenta para pescar elementales para pescar el avanc, pensó Bellis. Se sentía como embriagada.

Los fulminis daban vueltas alrededor del mástil, una película de chispeantes presencias que giraban formando un vórtice. Le escupieron a la oscuridad de la tormenta mientras iluminaban la ciudad en negativo, como si el sol se hubiese vuelto negro, hasta que de pronto un último y gran borbotón de energía brotó de los cables y los fulminis chillaron y farfullaron y fueron succionados por el metal.

Utilizando sus hechizos y sus máquinas, los elementalistas se apoderaron de ellos.

Los elementales aullaron mientras los capturaban, mientras sus formas eran conducidas por el grueso cableado y sus luces se iban extinguiendo en rápida sucesión.

En apenas segundo y medio el cielo volvió a estar a oscuras.

Los elementales de electricidad atravesaron en forma de partículas sobrecargadas la red de cobre, fundiéndose unos con otros hasta convertirse en un chorro de potencia viviente que se derramó sobre las entrañas del Grande Oriente, sobre el motor de leche de roca y desde allí hasta los extremos superiores de las cadenas que se extendían en dirección a la sima marina.

Bajo millones de toneladas de agua de mar, la sustancia condensada de una tribu de elementales de electricidad emergió por los eslabones de las cadenas, por unos dientes del tamaño de mástiles, en un rayo de una potencia masiva que despedía una luz blanca y que se hundió con un espasmo instantáneo en la fosa, quemando y destruyendo cuanta vida se interponía en su camino hasta perforar la membrana que separaba las dimensiones, muchos kilómetros más abajo.

En el fondo del Grande Oriente, el motor de leche de roca zumbó y envió poderosos impulsos a lo largo de la cadena.

Sólo que ahora había un desgarrón bajo el agua y ahora las tentadoras señales que enviaba, inaudibles para cualquier criatura nativa de los mares de Bas-Lag, podían ser oídas.

Tanner Sack se sumerge en la oscuridad crepuscular de las aguas. La tormenta se ha disipado, casi instantáneamente y por encima de él el mar brilla. Se está poniendo a prueba, internándose lo más posible en la zona a la que no llega la luz.

Hay otros con él: jaibas, hombres pez y Juan el Bastardo, supone, curiosos por sumergirse tanto como sea posible, pero no puede verlos. El agua es fría, silenciosa y densa.

Sintió la descarga de energía mientras pasaba a su lado por los enormes eslabones de la cadena. Sabe que justo debajo de él están teniendo lugar acontecimientos asombrosos y como un niño decide darse un gusto y se zambulle en dirección a la oscuridad. Nunca se había sumergido tanto hasta hoy pero sigue la enorme cadena tanto como le es posible, aguantando, aclimatándose, mientras la presión lo va acogotando. Sus tentáculos se extienden hacia delante y parecen aferrarse a algo, como si pudieran arrastrarlo más aún asiendo la sustancia del agua.

Le duele la cabeza, su sangre está constreñida. Se queda inmóvil en el agua cuando no puede avanzar más. No sabe cuánto ha bajado. Ya no puede ver la gran cadena a su lado. No ve nada. Está suspendido en el frío y el gris y está solo.

Pasa mucho tiempo mientras las señales del motor de leche de roca siguen reverberando tentadoras en las aguas profundas. Todo está en calma.

Hasta que los ojos de Tanner se abren de repente (ni siquiera sabía que los había cerrado).

Ha habido un sonido, una brusca sensación crujiente, como si una cerradura se hubiera abierto con un crujido, como si las cosas estuvieran alojándose en sus ranuras y nichos. Una larga y trepidante nota que viaja por el agua como el canto de las ballenas, que siente en el estómago más que escucha.

Tanner esta inmóvil. Escucha.

Sabe lo que ha oído.

Eran los cierres del arnés de casi medio kilómetro —los dientes y las clavijas y pernos y remaches, los cerrojos del tamaño de barcas— que se deslizan por las aberturas correspondientes. Algo ha llegado atravesando las capas de agua y realidad, piensa, para investigar los deliciosos latidos de leche de roca y ha metido el cuello u otra parte de sí mismo en el collar hasta que el arnés ha estado a su alrededor y las espinas y corchetes como troncos se han cerrado, le han atravesado la carne y las cinchas se han puesto tensas y la cosa ha quedado atrapada.

Vuelve a haber silencio y quietud. Tanner sabe que, sobre él, los taumaturgos e ingenieros están enviando señales cuidadosamente medidas a donde suponen que debe de encontrarse el córtex de la criatura para tratar de calmarla, someterla, engañarla.

Siente cambios minúsculos de las mareas y las temperaturas: oleadas de taumaturgia que pasan a través de él.

Tanner siente vibraciones contra su piel y luego, con más fuerza, en su interior.

La cosa se está moviendo, mucho más allá de los márgenes moribundos de la luz del sol, en la medianoche que reina a kilómetros de profundidad, más allá de los peces linterna y los cangrejos araña, eclipsando su débil fosforescencia. Siente que repta hacia él, desplazando enormes masas de agua fría y expulsándolas del abismo en extrañas mareas.

Está hipnotizado.

Hay una trepidación sorda y perezosa que hace que el agua se estremezca. Tanner imagina un apéndice monstruoso que golpea casualmente la plataforma continental, un Apocalipsis inconsciente que barre a docenas a los toscos habitantes de las profundidades.

A su alrededor, el agua se arremolina. Ascienden disonantes ondas de taumaturgia desde la fosa. Hay un repentino espasmo de presión de agua y luego un martilleo casi inaudible llega hasta los oídos de Tanner. Inseguro, se esfuerza por oír.

Es un ritmo tenue y regular que siente en las entrañas. Un golpeteo sordo, poderoso y aplastante. Se le hace un nudo en el estómago.

Lo oye sólo un instante, por algún capricho del espacio y la taumaturgia, pero sabe lo que es y ese conocimiento lo deja boquiabierto.

Es un corazón del tamaño de una catedral, latiendo muy por debajo de él, en la oscuridad.

En los escalones empapados de lluvia, bajo un sol furioso y un cielo completamente despejado, Bellis esperaba.

Armada parecía una ciudad fantasma. Todos sus habitantes, salvo los más curiosos, se escondían, todavía aterrados.

Algo había ocurrido. Bellis había sentido la sacudida del Cromolito y el choque de las cadenas. Habían pasado varios minutos de silencio.

Volvió a escuchar el roce del metal contra el metal y se estremeció. Una percusión lenta y amenazante, mientras por debajo de la ciudad, las cadenas se movían, se alzaban y se tensaban, emergían de la sima que atravesaba el fondo del mundo, regresaban a su dimensión natal y se zambullían por completo en las aguas del Océano Hinchado.

Se fueron separando poco a poco de la vertical, se extendieron hasta estar muy tirantes delante de la ciudad. A kilómetros de profundidad, el arnés se encontraba justo sobre el lecho del océano.

Se alzó un súbito sonido vibrante y Armada se movió con violencia contra sí misma mientras sus barcos variaban ligeramente de posición, eran obligados desde abajo a adoptar nuevas posiciones y sus perfiles se alteraban.

La ciudad empezó a moverse.

El espasmo estuvo a punto de tirar a Bellis al suelo.

Estaba horrorizada.

La ciudad se estaba moviendo.

En dirección sur, a una velocidad que eclipsaba con mucho la máxima que hubiesen conseguido jamás las docenas de remolcadores.

Bellis podía ver cómo rompían las olas contra los flancos de los navíos exteriores. Podía ver el remolino que la ciudad formaba tras de sí. Estaban viajando lo bastante deprisa como para dejar una estela.

Desde el extremo de Armada hasta el horizonte, la flota de embarcaciones que no estaban amarradas a la ciudad se estaban moviendo a un ritmo frenético. Estaban virando hacia Armada mientras encendían sus motores.

Oh, dioses misericordiosos, pensaba Bellis, aturdida. No deben de poder creer lo que están viendo. Oyó cómo se levantaban coros de júbilo en los más próximos. Los marineros estaban en cubierta, lanzando vítores.

El sonido se apoderó de Armada, lentamente, conforme sus habitantes empezaban a aparecer, abrían puertas y ventanas, emergían de sus agujeros y se asomaban sobre las bordas tras las que se habían ocultado. Allí donde Bellis se volviese a mirar, los ciudadanos estaban gritando. Vitoreaban a los Amantes. Estaban borrachos de deleite.

Bellis se volvió hacia el mar, observó el paso de las olas a su lado mientras la ciudad se movía. Como si la estuvieran arrastrando.

Al otro extremo de unas riendas de seis kilómetros, apaciguado por el motor de leche de roca, apresado por garfios del tamaño de campanarios curvados, el avanc avanzaba sin descanso y lleno de curiosidad por lo que era, para él, una mar alienígena.

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