La Cicatriz

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Quinta parte: Tormentas » Séptimo interludio: el Canal Basilisco

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Séptimo interludio: el Canal Basilisco

Durante cuatro semanas, el Corazón Polvoriento de Tetneghi ha estado en alta mar.

El galeón ha arrostrado terribles tormentas de verano. Entre Gnurr Kett y Perrick las cosas han estado en calma. En los peligrosos canales de las Islas Mandrágora ha navegado demasiado cerca de algunos escollos sin nombre y ha sido atacado por violentas bestias voladoras que desgarraron las velas y arrojaron a la muerte a varios de los monos de los aparejos. En las frías aguas de la costa oriental Rohagi, el barco ha sido atacado —por una maldita casualidad— por un navío de la marina de Nueva Crobuzón. Gracias a unos vientos afortunados pudo dejar atrás al acorazado tras sufrir daños que lo frenaron pero no lo echaron a pique.

La tripulación de cactos le silba las instrucciones a los exhaustos simios que se ocupan del velamen y el chillón navío se aproxima a la paz portuaria, serpentea por el canal en dirección a la Bahía de Hierro.

El día después de su encuentro con Tanner Sack, cuando el capitán Sengka anunció sus nuevas órdenes a la tripulación, ésta reaccionó con el asombro y la hostilidad que él había esperado. La relajada disciplina que reina en los navíos de Dreer Samher les permitía expresarse más o menos libremente y le dijeron a Sengka que no estaban de acuerdo, que estaban enfurecidos, que no lo entendían, que estaban desertando, que los anophelii necesitaban más guardias que el escaso contingente que dejarían allí.

Él fue implacable.

Con cada contratiempo de la travesía, cada retraso, cada maldito minuto del mes, las murmuraciones de la tripulación se fueron haciendo más ruidosas. Pero Sengka, tras haber decidido arriesgar su carrera por las promesas escritas que Tanner Sack le había entregado, no estaba dispuesto a desviarse de sus planes. Y su relación con la tripulación es tan buena que ha logrado contener su furia y hacer que sigan en sus puestos con indirectas e insinuaciones.

Y ahora el Corazón Polvoriento de Tetneghi repta en dirección al Gran Alquitrán. Las ostentosas, doradas y elegantes curvas del galeón parecen apagadas bajo aquella primavera brutal que asombra a los cactos, cuya chillona estética sureña resulta absurda al lado de los oscuros colores pardos, negros y verdes de las islas junto a las que navegan.

Llegan azotados por el clima, desesperados. La tripulación está impaciente. Sengka acaricia la bolsa sellada.

Ya no queda mucho. Están cerca de la bahía y el río, los ladrillos y los puentes. Cada vez se ven más rocas a su alrededor. La profundidad del canal está menguando. La costa está muy próxima.

El capitán Sengka mira fijamente el sello de Nueva Crobuzón que va a entregar como parte del cargamento recibido. Lo tiene todo entre las enormes manos: el cuero, la bolsa sellada con cera; la oferta de una recompensa que Nueva Crobuzón honrará; la carta de advertencia, con su melodramática advertencia de guerra en un código absurdo, oscuro, bastante extraño; el tosco colgante sin valor que justifica el joyero; y bajo el acolchado de seda de la caja, oculto en un doble fondo y envuelto en serrín, un pesado disco del tamaño de un reloj grande y un largo despacho escrito en una caligrafía diminuta.

El regalo secreto del procurador Fennec a Nueva Crobuzón y su auténtico mensaje.

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