La Cicatriz
Quinta parte: Tormentas » Octavo interludio: en otro lugar
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Octavo interludio: en otro lugar
Se ha producido una asombrosa irrupción en el mundo. El mar sabe a algo nuevo.
¿Qué es?
Ninguno de los cazadores lo sabe.
¿Qué ha sido esa ruptura, esa repentina trepidación, la abertura, la intrusión, la aparición, la llegada? ¿Qué es lo que ha venido?
Ninguno de los cazadores lo sabe. Sólo saben que el mar ha cambiado.
Los signos están por todas partes. Las corrientes parecen indecisas, cambian constante y levemente de dirección, como si hubiese aparecido un nuevo obstáculo en su camino que no supieran cómo evitar. Las salinas chillan y gimen, desesperadas por comunicar lo que saben.
Incluso una presencia tan colosal como aquella representa un cambio diminuto a escala mundial. Casi infinitamente pequeña. Pero los cazadores son sensibles al agua en un nivel más pequeño que el de los átomos y saben que algo ha ocurrido.
La nueva cosa tiene su propio aroma, pero es un rastro de partículas y desechos y sabor que no opera de acuerdo a la física de Bas-Lag. La existencia física no funciona del todo como debiera en las inmediaciones del intruso. Los cazadores perciben su sabor pero no pueden encontrar su rastro.
Sin embargo no dejan de intentarlo. Porque resulta evidente que aquello es obra de la ciudad flotante y si consiguen encontrar a la lenta y enorme cosa, encontrarán a su presa.
El tiempo se mueve deprisa.
Hay burbujas de agua, nuevas y saladas. Son expulsadas por sus hermanos a muchos kilómetros de distancia, no se disuelven aun en medio de su propia sustancia, se deslizan a través de los canales taumatúrgicos y son desplazadas, y continúan su movimiento ascendente sin interrupción, muy lejos de su punto de partida. Estallan junto a los oídos de los cazadores, llevando mensajes de su hogar. Rumores e historias, pronunciadas por el agua. De los groac’h y los magos en Las Gengris y los espías en la Bahía de Hierro.
Oímos cosas, dice una de las voces.
Los cazadores se reúnen y conversan y vierten sus energías, trémulas y densas de poder y esfuerzo, utilizando los focos, las reliquias de sus muertos, y sus líderes susurran sus respuestas y sus propias burbujas cruzan los mares hasta su hogar llevando su voz.
Algo nuevo ha entrado en el mar, dicen.
Y cuando la conversación ha terminado, los magos, silenciosos en la oscuridad que se extiende muy por debajo de la superficie del Océano Hinchado, a seis mil kilómetros de su hogar, parpadean y niegan con la cabeza y el sonido que les ha llegado desde el otro lado del mundo se disipa con el agua que lo ha traído.
Se acercan barcos, le dicen a los cazadores. Muchos. Deprisa. Desde la Bahía de Hierro. Buscando, como nosotros. Cruzando los mares. Nuestros hermanos y hermanas están con ellos, se aferran a ellos como rémoras, nos cantan. Podemos encontrarlos con facilidad.
Los barcos. Los barcos buscan lo mismo que nosotros. Saben adónde vamos. Tienen máquinas para encontrarlo.
Seguiremos su rastro y ellos seguirán para nosotros el de aquello que buscamos.
Los cazadores sonríen con sus muy largos dientes y emiten los ladridos borboteantes de agua que son sus risas, mientras pliegan sus extremidades en formas aerodinámicas y parten en dirección norte, en la dirección que se les ha dado, hacia la flotilla de Nueva Crobuzón. Para poder interceptarla, unirse al resto de sus tropas y encontrar al fin su presa.