La Cicatriz
Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 33
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El avanc, y Armada tras él, mantenían una velocidad constante, siempre en dirección norte. No tanta como la que podría desarrollar un barco, pero muy superior a la que la ciudad hubiera alcanzado hasta entonces.
Los barcos armadanos regresaban cada día. Sus mecanismos secretos les habían mostrado el avance sin precedentes de su ciudad nativa y navegaban de regreso a ella a toda velocidad, presa del pánico o del júbilo, con las bodegas llenas de joyas y comida y libros y tierra.
Al volver, los marineros se encontraban con una visión asombrosa. Rodeada por la flota de remolcadores y vapores que siempre habían tirado de ella pero que ahora la seguían formando una masa dispar y enorme semejante a una segunda ciudad en plena desintegración, leal pero inútil, Armada avanzaba lentamente por sí misma.
Algunos de los barcos que ya no eran necesarios estaban siendo integrados en la sustancia de la ciudad, amarrados y acoplados en el lugar que se les había buscado, desguazados en parte y reformados al mismo tiempo que empezaba a construirse sobre ellos. Otros eran convertidos en barcos pirata, dotados de blindaje y armados con cañones de cien tipos diferentes. Eran criaturas mestizas, erizadas de artillería fortuita.
La ciudad navegaba con rumbo norte-noreste, pero de tanto en cuanto se desviaba para evitar una isla o tormenta o alguna irregularidad del lecho oceánico que sus habitantes no podían ver.
Los pilotos del Grande Oriente estaban equipados con un juego de bengalas pirotécnicas de variados colores. Cuando el curso del avanc necesitaba una corrección, disparaban una serie predeterminada de ellas. Los ingenieros de los paseos respondían accionando las inmensas grúas que tensarían una u otra de las cadenas sumergidas.
El avanc respondía, apacible y manso como una vaca. Alteraba su curso (con un movimiento de sus aletas o filamentos o garras o los dioses sabían qué) en respuesta al leve tirón. Se dejaba gobernar.
En la última cubierta del Grande Oriente, el trabajo no tardó en convertirse en una rutina. Cada día se alimentaban las calderas con una pequeña cantidad de la leche de roca que había recolectado la Sorghum y éstas enviaban un impulso constante de energía apaciguadora por las cadenas y las espinas hasta lo que debía de ser el córtex del avanc.
La enorme criatura estaba drogada, dormitaba un sopor deleitado, imbécil como un renacuajo.
Al principio, después de la invocación del avanc, cuando se hizo evidente que la taumaturgia y la caza habían tenido éxito, que la bestia de leyenda había entrado en Bas-Lag, la ciudadanía de Armada estaba histérica de entusiasmo.
La primera noche se había celebrado una fiesta espontánea. Volvieron a sacarse los adornos usados en la del fin de Cuarto y por toda la ciudad los bulevares y plazas se llenaron de gente que bailaba, hombres y mujeres, khepri y cactos y costrosos y otros, que llevaban una inmensa variedad de modelos en papel maché del avanc, tan absurdos como inconsistentes.
Bellis pasó la noche en un pub con Carrianne, animada por el entusiasmo reinante a pesar de sí misma. Al día siguiente estaba cansada y abatida. Era Dimarkin 3 del Cuarto de Carne y Bellis consultó el calendario de Nueva Crobuzón que había elaborado por sí misma y descubrió que era 15 de Swiven: la Noche de la Mala Botavara. Esto la deprimió. No es que pensara que la funesta influencia de la fiesta fuera a extenderse hasta allí pero la coincidencia casi exacta de la llegada del avanc con aquella noche señalada resultaba inquietante.
Conforme los días iban pasando, incluso con la excitación todavía fresca, incluso con el asombro que suponía levantarse cada día y encontrarse rodeada por un mar que rompía contra una ciudad en movimiento, Bellis se percató de que una sensación de ansiedad iba apoderándose de Armada. La razón principal era que la gente empezaba a darse cuenta de que los Amantes de Anguilagua, que controlaban al avanc, se estaban dirigiendo hacia el norte y no decían por qué.
Las discusiones sobre lo que supondría para la ciudad la llegada del avanc se habían producido hasta el momento en términos generales y nebulosos. Los representantes de Anguilagua no habían dejado de recalcar la potencia y velocidad de la criatura, su facilidad para escapar de las tormentas y mares en calma, para seguir al buen tiempo, donde las cosechas florecerían. Muchos ciudadanos habían asumido que la ciudad se dirigiría a aguas más cálidas, donde había menos potencias navales, donde podían saquearse bienes y libros y tierra de las costas con facilidad. El Kudrik meridional o quizá el Mar del Códice. Algo por el estilo.
Pero a medida que pasaban los días la ciudad no cambió de rumbo ni frenó su marcha. Armada se dirigía a algún punto decidido por los Amantes y nadie estaba dando explicaciones.
—No tardaremos en averiguarlo —era lo que decían los leales en los pubs de los muelles—. No nos esconden nada.
Pero cuando al fin las hojas de noticias y los periódicos, los charlatanes callejeros y los polemistas recuperaron la compostura lo bastante como para formular las preguntas que estaban en la mente de todos, siguió sin haber respuesta. Después de una semana, la portada de La Bandera consistía en tres enormes palabras: ¿ADÓNDE NOS DIRIGIMOS?
Siguió sin haber respuesta.
Había algunos a quienes este silencio no les importaba. Lo que importaba era que Armada era una gran potencia que controlaba algo más asombroso de lo que jamás hubieran podido imaginar. Los detalles de su travesía no les importaban más de lo que lo habían hecho hasta entonces.
—Siempre hemos dejado que ellos tomaran las decisiones —decían.
Pero hasta entonces nunca habían tenido que tomarse decisiones realmente importantes, sólo el acuerdo tácito de que los vapores tendrían que tirar en esta o aquella dirección con la esperanza de que, en uno o dos años —si las corrientes, las mareas y la Torsión lo permitían— la ciudad podría llegar a aguas más apacibles. Ahora, con el avanc había llegado una clase nueva de potencia y algunos se daban cuenta de que todo había cambiado. De que había decisiones importantes que tomar y de que eran los Amantes los que las estaban tomando.
A falta de información, empezaron a circular los rumores. Armada se dirigía al Mar Muerto de Gironella, donde el agua se osificaba y atrapaba a toda la vida marina. Se dirigía al Maelstrom, en el fin del mundo. Se dirigía a una mancha cacotópica. Se dirigía a una tierra de espectros, de lobos parlantes, o de hombres y mujeres con joyas por ojos, o con dientes como el carbón pulido o una tierra de coral inteligente, o un imperio de hongos o hacia cualquier otro lugar, quizá.
El Dilibro 3 del cuarto, Tintinnabulum y su tripulación abandonaron Armada.
Durante la mayor parte de la década, el Castor había estado encajado cerca del extremo de proa de Anguilagua, donde el paseo se unía a Sombras. Amarrado junto al Tolpandy, había descansado durante largo tiempo junto a un acorazado convertido en un barrio de tiendas, cuyo gris militar estaba cubierto por los colores de los comercios y entre cuyos cañones, mudos desde hacía años, discurrían callejuelas llenas de puestecillos.
La gente había olvidado que el Castor no era parte permanente de la ciudad. Habían tendido puentes para unirlo a los barcos circundantes y lo habían amarrado con cadenas, cabos y cojinetes. Todos esos lazos fueron cortados, uno por uno.
Bajo un sol ardiente, los cazadores empuñaron machetes y se sajaron a sí mismos de la carne de Armada hasta que volvieron a flotar libremente, convertidos en un cuerpo extraño. Se abrió un canal entre el Castor y el mar abierto. Se separaron los puentes, se cortaron las amarras, en una ruta que pasaba junto a la barcaza Malamarca antes de entrar en Sombras, luego junto al Preocupación de Darioch, con sus casas baratas y su escandalosa industria; más allá del Queridísimo, un submarino confinado a la superficie desde hacía muchísimo tiempo; que serpenteaba a estribor entre una antigua cárnica mercante y un gran barco-carroza cuyas riendas habían sido remozadas para sostener luces de colores; y por último, tras una franja de mar abierta, alcanzaba el jardín de las esculturas de Sombras, a bordo del Thaladin, el extremo de Armada.
Más allá, el mar.
Las embarcaciones situadas a ambos lados del canal estaban abarrotadas de gente que despedía al Castor a gritos. Alguaciles y guardias de Sombras mantenían el canal libre de tráfico. El mar estaba en calma y la marcha del avanc seguía siendo regular.
Cuando el primero de los relojes de la ciudad empezó a señalar la llegada del mediodía, el Castor encendió sus motores, para entusiasmo de la multitud. Estallaron en gritos de júbilo mientras el barco, con sus poco más de treinta metros de eslora y la absurdamente alta torre que lo coronaba, empezaba a avanzar.
Los puentes, pasos y cadenas volvían a ser tendidos entre los barcos tras su paso. El Castor salía como una espina de la carne de la ciudad, que volvía a cerrarse tras él.
En muchos puntos, la ruta era sólo un poco más ancha que el propio barco y éste chocaba contra sus vecinos. El revestimiento de cuerda y goma absorbía los impactos. Progresaba con lentitud y con el sordo retumbar de sus motores en dirección al mar. Tras él, las multitudes gritaban y agitaban los brazos, triunfantes como si hubiesen liberado a los cazadores tras años de cautiverio.
Finalmente, el barco dejó atrás al Thaladin y salió a mar abierto, en la misma dirección que el avanc pero a mayor velocidad para dejar atrás la ciudad. Una vez fuera de ella, el Castor mantuvo una velocidad respetable. Ladeó la cabecera de Armada, viró hacia el sur y dejó que la ciudad pasara a su lado impelida por el avanc. Armada siguió adelante, hasta que el Castor se encontró junto a las afueras de la Espuela del Reloj; y luego junto a la entrada abierta de Puesto Basilio, abarrotada de pequeñas embarcaciones; y entonces estuvo más allá de Jhour y su motor volvió a encenderse y se alejó, entre los barcos que rodeaban y seguían a la ciudad. El barco de Tintinnabulum pasó entre ellos, soltando los amortiguadores de protección al hacerlo y arrojando por la borda goma y tela empapada de alquitrán antes de desaparecer en dirección al horizonte meridional.
Mucha gente estuvo observando al Castor desde el jardín de las esculturas hasta que desapareció tras la curva de la ciudad. Entre ellos se encontraban Angevine y Shekel, con las manos unidas.
—Ya han hecho su trabajo —dijo Angevine. Todavía estaba preocupada por haberse quedado sin empleo pero su voz sólo sonaba un poco arrepentida—. Han hecho lo que vinieron a hacer. ¿Por qué iban a quedarse? ¿Sabes lo que me dijo? —continuó diciéndole a Shekel con tono impaciente y éste se dio cuenta de que estaba pensando en eso—. Me dijo que se habían sentido tentados de quedarse más tiempo pero no querían ir adonde los Amantes nos están llevando.
Tanner observaba el paso del Castor desde debajo.
No lo inquietaba que la ciudad se estuviera dirigiendo hacia el norte o no conocer su destino. Le proporcionaba gran placer la idea de que la invocación del avanc no era el fin del proyecto de Anguilagua. Le costaba entender a quienes lo consideraban una traición. Estaban enfurecidos e intimidados por su propia ignorancia.
¿Pero no os dais cuenta de que es maravilloso?, sentía ganas de decirles. ¡No ha terminado! ¡Todavía hay mucho que hacer! ¡Los Amantes aún guardan algunas sorpresas en la manga, aún podemos hacer más, hay cosas todavía más grandes esperándonos y podemos participar en ellas!
Pasaba cada vez más horas bajo la superficie. Subir para pasar el tiempo solo, o de vez en cuando con Shekel, le estaba resultando más aburrido a medida que pasaban los días.
Tanner se sentía cada vez más próximo a Hedrigall. Irónicamente, el cacto era una de las voces de oposición a la trayectoria norte impuesta a la ciudad y al silencio de los Amantes. Pero Tanner sabía que su lealtad hacia Anguilagua era tan fuerte como la suya y que no había ninguna doblez en su inquietud. Hedrigall era un crítico inteligente y cauteloso que se mofaba de la lealtad de Tanner tachándola de ciega o necia, que comprendía el grado de la confianza y el compromiso que sentía hacia los Amantes y que se tomaba con seriedad la defensa que hacía de ellos.
—Tú sabes que son mis jefes, Tanner —le había dicho— y también sabes que no albergo ningún buen sentimiento sobre eso que llaman mi hogar. La puta Dreer Samher no significa nada para mí. Pero… esto es demasiado. Tanner, colega… este silencio. No tendríamos que hacer todo esto. Deberían decirnos lo que está pasando. Sin eso, pierden nuestra confianza, pierden su legitimidad y, joder, hermano, dependen de eso. Sólo son dos. Y Crum sabe cuántos miles somos nosotros. Esto no es bueno para Anguilagua.
Aquellos sentimientos hacían que Tanner se sintiera inquieto.
Estaba más feliz bajo el agua. La vida submarina del paseo continuaba como antes: los bancos de peces, Juan el Bastardo, los buceadores vestidos de cuero y metal, los fugaces tritones del paseo Soleado, las jaibas, las sombras de los submarinos como ballenas panzudas que se deslizaban más allá de la ciudad. Los soportes hundidos de la Sorghum, de los que sobresalían las patas hechas de vigas. El propio Tanner Sack, nadando de un trabajo a otro, dando instrucciones o consejos a sus colegas con gestos, recibiendo órdenes o dándolas.
Pero nada era lo mismo, todo era completamente diferente. Porque, en los márgenes de toda aquella actividad banal, enmarcando las masas de quillas y el vientre de la ciudad como las puntas de un pentáculo, las cinco grandes cadenas se zambullían en la negrura de las profundidades para mantener preso al avanc varios kilómetros más abajo.
Los días de Tanner eran más duros que antes. Seguía nadando a todas horas, simplemente para seguir a Armada. A menudo tenía que agarrarse a los pilares sobresalientes o a los maderos cubiertos de mejillones para dejarse arrastrar. Al final del día, cuando salía penosamente del agua y regresaba a sus habitaciones, estaba completamente exhausto.
Los recuerdos y pensamientos sobre Nueva Crobuzón le nublaban la mente cada vez más. Se preguntaba si el mensaje que había entregado habría conseguido llegar a su destino. No toleraba la idea de su antiguo hogar arrasado por la guerra.
Las temperaturas no bajaban. Cada día era sudoroso, de una luminosidad austera. Cuando aparecían nubes, eran tormentosas, cargadas de lluvia y electricidad.
Los Amantes, el anophelius Aum, Doul y un conciliábulo de otros cuantos se retiraron al interior del Grande Oriente para trabajar en su nuevo proyecto secreto. El círculo amplio de científicos fue restringido y dejó tras de sí una estela de descartes agraviados y desconsolados.
El trabajo de Bellis había terminado. Durante el día, por un deseo de hablar con algún amigo, reanudó de forma titubeante su relación con Johannes. También habían prescindido de él, al igual que de ella. El avanc había sido capturado: ya no era necesario.
Johannes seguía desconfiando de Bellis. Vagaban entre las inestables calles de Armada y se detenían en cafés y pequeños parques mientras los niños de los piratas jugaban a su alrededor. Ambos recibían un estipendio y podían vivir sin agobios, pero sus horas eran interminables y carecían de propósito. Nada los esperaba, salvo más días como aquéllos y Johannes estaba enfurecido. Se sentía como si hubiera sido abandonado.
Por vez primera, que Bellis pudiera recordar, empezó a mencionar regularmente Nueva Crobuzón.
—¿Qué mes será en casa? —preguntó.
—Swiven —respondió ella y al instante se reprendió en silencio por no haber fingido que tenía que calcularlo.
—El invierno ya ha terminado —dijo él—. Allí, en Nueva Crobuzón —asintió en dirección al poniente—. Ahora es primavera —dijo con voz apagada.
Primavera. Y aquí estoy yo, pensó Bellis, sin invierno porque me lo han robado. Recordó la travesía por el río hasta la Bahía de Hierro.
—¿Crees que a estas alturas sabrán ya que no llegamos? —dijo él en voz baja.
—Nova Esperium debe de saberlo —dijo Bellis—. O al menos que hemos sufrido un grave retraso. Tendrán que esperar al próximo barco, que probablemente no llegue antes de seis meses, para enviar un mensaje. Así que en casa no sabrán con seguridad que hemos desaparecido hasta dentro de mucho tiempo.
Se sentaron y bebieron el café aguado que se cultivaba en la propia ciudad.
—Me pregunto que habrá pasado por allí —terminó por decir Johannes al cabo de un tiempo.
No se dijeron mucho el uno al otro pero el aire estaba preñado de su silencio.
Las cosas se están acelerando, se dijo Bellis sin terminar de entender su propio pensamiento. Ella no pensaba en Nueva Crobuzón como Johannes parecía hacerlo: cuando se la imaginaba era como si estuviera preservada en cristal, casi inmóvil. No pensaba en ella en aquel momento. Quizá tuviese miedo de hacerlo.
Era casi la única persona que sabía lo que podía haber ocurrido, que conocía la guerra que podía estarse librando en las orillas del Alquitrán y el Cancro. Daba vértigo pensar que si la ciudad había sido salvada era gracias a ella. O que podía, de hecho, no haber sido salvada.
La incertidumbre, pensó, el silencio, la idea de lo que podía haber ocurrido, lo que podía estar ocurriendo… debería aplastarme. Pero no lo hacía. En realidad, Bellis se sentía como si estuviera esperando.
Pasó aquella tarde con Uther Doul.
Solían tomar una copa juntos una noche de cada tres, más o menos. O paseaban por la ciudad, sin dirección concreta, o regresaban a las habitaciones de él, o a veces a las de ella.
Jamás la tocaba. Su reticencia había dejado exhausta a Bellis. Podía pasarse minutos sin decir palabra para embarcarse de pronto en una u otra historia de aspecto mítico en respuesta a alguna afirmación o pregunta vaga. Su maravillosa voz la dominaba entonces y ella olvidaba sus frustraciones hasta que la historia terminaba.
Era evidente que Uther Doul sacaba algo del tiempo que pasaba con ella pero Bellis seguía sin saber lo que era. Ya no se sentía intimidada por él, a pesar de sus secretos. Por muy letales que fuesen sus habilidades, por muy erudito que fuera su conocimiento en ramas de oscuras teologías o ciencias, lo veía aún más perdido y confuso que ella misma, alguien completamente segregado de la sociedad, ajeno a sus normas y sus interacciones, oculto tras un frío control. Todo ello hacía que se sintiera segura en su presencia.
Se sentía atraída por él, de una manera intensa. Lo deseaba: su poder, su sombrío autocontrol, su hermosa voz. Su fría inteligencia, el hecho evidente de que ella le gustaba. La sensación de que el control le pertenecería más a ella si algo llegaba a pasar entre ambos, y no sólo porque fuera mayor. No coqueteaba con él pero sí que se embarcaba lo justo en una dinámica que él había por fuerza de comprender.
Pero él jamás la tocaba. Eso perturbaba a Bellis.
No tenía demasiado sentido. Su comportamiento exudaba claramente un deseo a duras penas contenido, pero había también algo más. Su comportamiento era como un compuesto químico cuyos ingredientes reconocía en su mayor parte. Había, sin embargo, algún componente misterioso que no lograba entender en el todo modificado que era él. Y cuando Bellis se ruborizaba de deseo o soledad en compañía de Doul, se contenía, intimidada por aquel secreto, a pesar de que en cualquier otra circunstancia hubiera puesto las cosas en marcha. No estaba segura de que sus actos fueran a ser correspondidos. Y no quería arriesgarse a sufrir ese rechazo.
El deseo sexual de Bellis se convirtió en algo casi petulante: además de la atracción física sentía el deseo de clarificar las cosas. ¿Qué está haciendo?, pensaba una vez tras otra.
No había sabido nada de Silas Fennec desde hacía varios días.
Los pies sobre el cañón de casi medio metro de ancho que sobresale de una antigua cañonera, la cabeza mirando al suelo desde más allá del punto más alto del mástil del Grande Oriente, el hombre permanece inmóvil y observa y el azote de las olas bajo el barco le hace sentir casi como si estuviera cayendo.
Se hace más fuerte cada día que pasa. Su poder es mayor, mayor su control y su capacidad de control, más exactas sus maquinaciones.
Sus besos son cada vez más lúbricos.
El hombre sostiene la estatua en la mano y acaricia la aleta de tejido vivo con las yemas de los dedos. La lengua sigue sabiéndole a sangre y sal a causa del último beso.
Se mueve por la ciudad de las maneras imposibles que la estatua le ha concedido. El espacio y las fuerzas de la física pierden su soberanía sobre él cuando la boca y la lengua le hormiguean a causa de la salada presión de la piedra. El hombre da un paso adelante y se monta a horcajadas en el agua que discurre entre los barcos, invisible, y vuelve a dar otro paso adelante y se esconde en las sombras del zapato de un alguacil.
Adelante, a un lado y luego atrás de nuevo. Recorre la ciudad, sigue la pista a los rumores e informaciones que ha puesto en movimiento. Observa cómo se extiende su propia influencia como un antibiótico por la carne enferma.
Todo ello es cierto. Todo lo que dicen es cierto. La discordia que deja tras de sí en un reguero de susurros y panfletos y papel es una reacción correcta.
El hombre se zambulle en el agua. El agua se abre para él y se sumerge bajo los enormes eslabones de las cadenas hacia la inimaginable bestia de carga que extiende sus miembros en las profundidades más distantes. Cuando necesita respirar abraza la estatua, aquella figurilla grotesca y jorobada que resplandece en la oscuridad con una tenue luz biótica, el ósculo dentado un agujero de negrura, su único ojo abierto y burlón, negra como la brea y le da un beso profundo y siente de nuevo el aleteo de su lengua-cosa con la repugnancia que nunca logra apaciguar por completo.
Y la estatua respira para él.
O vuelve a plegar el espacio para él y le deja alzar la barbilla —a metros de profundidad como está— y sacar la cabeza e inspirar profundamente.
El hombre se mueve por el agua sin que sus extremidades cambien de posición. Es aquella filigrana de aleta antaño viva la que se mueve, como si lo estuviera impulsando. Revolotean alrededor de las cinco grandes cadenas, sumergiéndose más y más hasta que el temor por la oscuridad y el frío y el silencio lo abruman (a pesar de su poder y de la fuerza de sus encantamientos) y vuelve a salir a la superficie para caminar por los compartimientos secretos de la ciudad.
Todos los paseos están abiertos para él. Penetra en todos los buques insignia con facilidad y sin vacilación, salvo en uno. Visita el Grande Oriente y el Theriantropus de Sombras y el Diosecillo de la Sal de Vos y los Vuestros y todos los demás salvo el Uroc.
Teme al Brucolaco. A pesar de todo lo que le ha dado el beso de la estatua, no se arriesgará a acercarse al vampiro. El navío lunar es tierra prohibida para él: es una promesa que se ha hecho a sí mismo y que mantiene.
El hombre practica las demás cosas que la estatua le ha enseñado mientras le lame la boca. No sólo le ha otorgado los poderes del desplazamiento y la infiltración.
Es cierto lo que dicen del Paseo Maldito: está habitado. Pero las presencias que moran en los viejos barcos ven lo que está haciendo y no interfieren.
La estatua lo protege. Se siente como su amante. Lo mantiene a salvo.