La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 34

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Después de ser robada, la Sorghum pasó semanas perforando y ahora había grandes reservas de petróleo y leche de roca en los almacenes de Anguilagua. Pero Armada era voraz, casi tanto como Nueva Crobuzón.

Antes de que Anguilagua tuviera la Sorghum, los barcos de Armada habían tenido que vivir de la cuidadosa administración de los recursos que robaban. Ahora sus demandas se incrementaron en la misma medida en que lo hacía el suministro disponible. Incluso los barcos aliados a Otoño Seco y el paseo Soleado aceptaban el petróleo que Anguilagua les proporcionaba.

La leche de roca era mucho más preciosa y rara. El denso líquido descansaba en jarras dispuestas en filas en almacenes custodiados del interior del Grande Oriente. Estas salas estaban selladas con cuidadosos procedimientos geo-taumatúrgicos para impedir que se produjeran fugas de emanaciones peligrosas. El motor que enviaba los impulsos calmantes al cerebro del avanc funcionaba con aquel combustible y los taumaturgos y técnicos que lo supervisaban mantenían muy controladas las reservas. Sabían con exactitud cuánto necesitaban.

Tanner, Shekel y Angevine estudiaban el aire situado sobre la grúa apagada de la Sorghum y veían que no había emanaciones.

Estaban sentados en una cervecería del Dover, en una tienda sostenida por un bosque de postes cubiertos de alquitrán. El Dover no podía albergar construcciones más sólidas. Era el cuerpo de una ballena azul, al que se le habían limpiado las vísceras y se le había quitado la parte superior y que había sido sometido a un proceso de preservación olvidado hace ya mucho tiempo. Era duro e inflexible aunque el suelo seguía siendo perturbadoramente orgánico: restos de vasos sanguíneos y vísceras barnizados y tan sólidos como el cristal.

Tanner y Shekel visitaban el lugar con cierta frecuencia. La cerveza de la tienda era buena. Estaban sentados frente a las inmóviles aletas de la ballena, que sobresalían del agua como si estuvieran a punto de zambullirse en ella y escapar nadando. La Sorghum se encontraba justo delante de su campo de visión, enmarcada por los extremos puntiagudos de la cola de la ballena. La enorme y fea presencia se mecía de un lado a otro, en silencio.

Angevine estaba callada. Shekel se mostraba solícito, se aseguraba de que tuviera el vaso lleno y le susurraba en voz baja. Ella seguía un poco descolocada. Todo había cambiado desde la marcha de Tintinnabulum y aún no se había adaptado del todo.

Tanner estaba seguro de que acabaría por hacerlo. Los dioses sabían que precisamente él jamás le echaría en cara unos días de confusión. Sólo esperaba que Shekel estuviera bien. Estaba contento de poder pasar un rato con el muchacho.

¿Qué voy a hacer?, pensaba Angevine. Seguía pensando en lo próximo que Tinnabol iba a enseñarle… y entonces, por supuesto, recordaba que se había marchado. No es que lo echase de menos. Había sido cortés y amable con ella pero no próximo. Había sido su jefe y le había dado órdenes, que ella había obedecido.

Pero hasta esto no era del todo exacto. En realidad su jefe no había sido Tintinnabulum. Su jefe era Anguilagua… los Amantes. Era el dinero de Anguilagua el que le había pagado el sueldo, el que la había contratado a los pocos días de su llegada para que trabajara con el extraño y musculoso cazador de cabello blanco. Y, tras haber desembarcado de un barco que la conducía a la esclavitud, de una ciudad en la que ser Rehecho lo privaba a uno de sus derechos y convertía el trabajo en un deber, el que le dijeran que iban a pagarle como a cualquier otro ciudadano había sido una auténtica conmoción para ella. Con eso habían comprado su lealtad.

Y ahora Tintinnabulum se había marchado y ella no estaba muy segura de lo que iba a hacer.

Resultaba duro, tras haber llegado a sentirse orgullosa de lo que hacía, que le recordaran de pronto que no importaba lo que hacía siempre que trabajara. Ocho años de su vida se habían marchado con Tintinnabulum y sus cazadores.

Era sólo un trabajo, se decía a sí misma. Los trabajos cambian. Es hora de seguir adelante.

—¿Adónde vamos? —le preguntó Bellis a Uther Doul.

Finalmente se había decidido y se lo preguntó.

Como había esperado, él no respondió. Levantó la vista al escuchar su pregunta y volvió a bajarla sin decir palabra.

Estaban en el parque Crum, envueltos en la oscuridad de una noche teñida con los colores y los fuertes aromas de las flores. Cerca de ellos, en alguna parte, un ruiseñor silbaba su atenuada canción.

Quiero saberlo, Doul, sintió Bellis que decía. Hay fantasmas que se pegan a mí y quiero saber si los vientos de dondequiera que vayamos se los llevarán. Quiero saber en qué dirección va a virar mi vida. ¿Adónde vamos?

No dijo nada de eso. Caminaron en vez de hablar.

Se veía una vereda a la luz de la luna. Era tosca, formada por incontables pasos y no por un designio consciente. Ascendía serpenteando hasta coronar la empinada ladera de matas y árboles que se elevaba a su lado, interrumpida aquí y allá por los restos de la arquitectura: las barandillas y las escaleras, cuyas formas resultaban visibles como ilusiones ópticas bajo la superficie del jardín.

Subieron por ella hasta la plataforma elevada y situada ahora bajo la sombra de los árboles que antaño había sido el castillo de popa. Desde allí se divisaban los barcos de Raleas, iluminados con sus tradicionales linternas verdes y blancas. Bellis y Uther Doul se detuvieron bajo la sombra de los árboles. El parque se movía con sedada parsimonia debajo de ellos.

—¿Adónde vamos? —volvió a decir Bellis y de nuevo siguió un momento muy prolongado en el que sólo pudieron oír el sonido de los barcos de la ciudad—. Una vez me hablaste —continuó con voz titubeante— de tu vida en el Alto Cromlech. Me contaste que te fuiste de allí. ¿Qué pasó entonces? ¿Adónde fuiste? ¿Qué hiciste?

Doul negó con la cabeza, casi impotente. Al cabo de un momento, Bellis señaló la vaina de su arma con un ademán.

—¿Dónde conseguiste esa espada? ¿Qué es lo que significa su nombre? —dijo.

El hombre desenvainó el arma color hueso. La levantó y la observó. Entonces se volvió hacia Bellis y volvió a asentir. Parecía complacido.

—Es parte de lo que hace que me admiren y me teman como lo hacen: la Posible Espada. —La movió con lentitud en una curva precisa—. ¿Que cómo la conseguí? Al cabo de una larga búsqueda y… después de mucho mucho estudio. Todo está allí, en el Canon Imperial, ¿sabes? Toda la información que uno podría necesitar, si sabe cómo leerla. —Observaba a Bellis con calma—. El trabajo que he hecho. Las técnicas que he aprendido. Los Espectrocéfalos rasgaron el tejido del mundo con su llegada. Crearon la Tierra Fracturada con la fuerza de su aterrizaje y lo que provocaron fue algo más que daño físico. Utilizaron la fractura. Habrás oído ese refrán que dice que los Espectrocéfalos siempre estaban «cavando en busca de una oportunidad». Normalmente quiere decir que tenían una suerte extraordinaria, que se aferraban con todas sus fuerzas a la mínima oportunidad que tuvieran, por tenue que fuera. —Esbozó una sonrisa poco a poco—. ¿De veras crees que eso bastaría para controlar un continente entero? —dijo—. ¿O un mundo? ¿Para conservar un poder absoluto durante quinientos años? ¿Crees que podrían haberlo logrado con un buen olfato para las oportunidades? Era mucho más que eso. «Cavar en busca de una oportunidad» es una tosca simplificación de lo que los Espectrocéfalos hacían en realidad. Era una ciencia exacta: la minería de posibilidades.

Empezó a repetir una cita, como un cantante.

—«Hemos mellado este blando mundo con posibilidades, le hemos infligido una terrible herida, lo hemos quebrado, hemos puesto nuestra marca en la más remota de sus tierras y ahora se extiende a lo largo de miles de leguas por su mar. Y lo que hemos hecho podemos reformarlo, de modo que aquello que fracase pueda tener éxito. Hemos encontrado grandes depósitos de posibilidad y excavaremos para extraerla». Hablaban literalmente —dijo—. No era un canto de triunfo abstracto. Habían roto el mundo, le habían dejado una cicatriz. Y, al hacerlo, desencadenaron unas fuerzas que podían controlar y aprovechar. Fuerzas que les permitían cambiar la forma de las cosas, fallar y tener éxito simultáneamente… porque lo que extraían eran posibilidades. Semejante cataclismo, la quiebra de un mundo, la devastación que supuso… abrió una rica veta de potencialidades. Y ellos sabían cómo excavar entre aquellos hechos que podrían haber ocurrido y escoger los mejores y utilizarlos para darle forma al mundo. Para cada acción existe una infinidad de desenlaces posibles. Incontables trillones son posibles, muchos billones no serían insólitos, unos pocos millones podrían considerarse probables, varios se nos ocurren a los espectadores como posibilidades… y uno de ellos es el que sucede. Pero los Espectrocéfalos sabían cómo aprovechar algunos de los que podrían haber sido. Los imbuían con una especie de vida. Para utilizarlos, para introducirlos a la fuerza en una realidad que en su misma existencia negaba las de ellos, que se define por lo que ocurrió y la negación de lo que no. Absorbidos por las máquinas de posibilidad, sucesos que no llegaron a producirse eran dotados de vida y convertidos en reales. Si yo arrojara una moneda al suelo, lo más seguro es que aterrizara sobre una de sus dos caras; es posible, pero nada más, que cayera de canto. Pero si la hiciese parte de un circuito de posibilidad, la convertiría en lo que los Espectrocéfalos hubieran llamado una moneda de caídas posibles: una Posible Moneda. Y si arrojo una moneda de este tipo, las cosas son diferentes. Su cara o su cruz o puede que su canto quedará boca arriba, como antes, tan fuerte como siempre. Ésa es la moneda-hecho. Y, a su alrededor, en diferentes grados de solidez y permanencia, dependiendo de lo posibles que fueran, habrá una colección de casis… posibilidades razonables convertidas en realidad. Como fantasmas. Algunas de ellas poco más débiles que la factual, otras tan tenues que apenas están allí. Posibilidades extraídas y sacadas a la luz. Que se apagan a medida que cambia el campo de posibilidad. Ésta… —volvió a señalar su espada— es una espada de golpes posibles. Una Posible Espada. Es un conductor para una forma muy rara de energía. Es un nodo en un circuito, una máquina de posibilidad. Esto… —le dio unas palmaditas al fino cinturón que llevaba alrededor de la cintura— es el dispositivo de potencia: un motor de relojería. Éstos —los cables unidos a su armadura— conducen la potencia. Y la espada completa el circuito. Cuando la empuño, el motor está entero. Si el mecanismo de potencia está conectado, mi brazo y la espada empiezan a extraer las posibilidades. Por cada ataque que llevo a cabo existen miles de posibles desenlaces, fantasmas de la misma espada, y todos ellos golpean al mismo tiempo.

Doul envainó la espada y alzó la mirada hacia el negro dosel de las copas de los árboles.

—Algunos de los más probables son casi, casi reales. Otros son poco más que milagros y su poder de cortar es… débil. Existen incontables casi-espadas, de todas las posibilidades y todas ellas golpean a la vez. No existe forma de lucha que yo no haya estudiado. Sé manejar la mayoría de las armas que he visto en mi vida y puedo luchar también sin ellas. Pero lo que la mayoría de la gente no sabe es que con esta espada he aprendido a luchar dos veces. He dominado dos clases de técnicas. Este motor… no es muy sólido. Y además no se le puede volver a dar cuerda. La cosa no es tan sencilla. De modo que tengo que administrar con mucho cuidado los pocos segundos con que cuento. Cuando lucho, raramente recurro a la Posible Espada. En general, la utilizo como si fuera un arma normal, puramente factual: una hoja dura como el diamante y con los bordes más afilados que el metal mejor forjado. Y la utilizo con precisión. Cada golpe que realizo es exacto y golpea allí donde yo deseo que golpee. Para ello me he entrenado durante tantos años.

Bellis no oía orgullo en su voz.

—Pero cuando la situación es desesperada, cuando las probabilidades están en mi contra, cuando es necesario hacer una demostración o estoy en peligro… en ese momento enciendo el motor durante unos pocos segundos. Y en esta situación, la precisión es lo único que no puedo permitirme.

Guardó silencio mientras una ráfaga de viento sacudía al árbol y éste sonaba como si sus palabras le hubieran hecho estremecer.

—Un guerrero experto sabe dónde debe golpear su espada. Con toda la precisión que le permite su destreza, apunta al cuello. Restringe las posibilidades. Si estuviese utilizando una Posible Espada, la vasta mayoría de los casis existirían apenas a un centímetro del golpe factual. El hecho es éste: cuanto mejor es el espadachín, más preciso es su golpe, más constreñidas están las posibilidades, más se desperdicia la Posible Espada. Pero, obviamente, si pones un arma como ésta en manos de un aficionado, será tan letal para él como para su enemigo: las posibilidades que manifestará incluirán dañarse a sí mismo, perder el equilibrio, dejar caer el arma y cosas así. Es necesario un punto intermedio. Cuando ataco con un arma convencional, soy un ejecutor. La hoja golpea donde yo quiero y no a un lado o a otro. Así es cómo aprendí a luchar; utilizar la Posible Espada de este modo sería un desperdicio de energía estúpido. De modo que, cuando la encontré, tras un largo período de búsqueda, tuve que volver a aprender esgrima. De una especie muy diferente: habilidad sin precisión. Cuando luchas con una Posible Espada, nunca debes restringir las posibilidades. Debo ser un oportunista, no un planificador… debo pelear desde el corazón, no desde la mente. Con movimientos inesperados, que me sorprendan tanto a mí como a mi oponente. Repentinos, lábiles y carentes de forma. De manera que cada golpe podría ser otros mil diferentes y cada una de las casi-espadas sea fuerte. Así es como se lucha con una Posible Espada. De modo que hay en mí dos luchadores.

Cuando su hermosa voz terminó de apagarse, Bellis volvió a ser consciente del parque que los rodeaba, de la cálida oscuridad y del arrullo de las aves.

—Todo cuanto se sabe sobre la minería de posibilidades —prosiguió él— lo conozco. Así fue como supe de la espada.

Las palabras de Uther Doul estaban sacudiendo cosas en la mente de Bellis. En Nueva Crobuzón, durante el tiempo en que Isaac y ella habían sido amantes, Bellis había observado sus obsesiones y había aprendido algunas cosas.

Había sido un hombre de inclinaciones caóticas y heréticas. Muchos de sus proyectos no habían desembocado en nada. Ella había estado allí mientras él perseguía aquellas ideas. Y, durante los meses que habían pasado juntos, la que con más tenacidad lo había acosado era la investigación de lo que él llamaba energía de crisis. Era una teoría física y taumatúrgica de una complejidad pasmosa. Pero lo que ella había entrevisto en las frenéticas explicaciones de Isaac era la convicción de que, por debajo del carácter fáctico del mundo, con toda su aparente solidez, había una inestabilidad, una crisis que impulsaba las cosas a cambiar a partir de las tensiones que contenían.

Siempre le había parecido una idea que concordaba con sus propios instintos. Extraía un vago consuelo de la noción de que las cosas, aunque parecieran completas, acabadas, estaban siempre en crisis, siempre avanzando en la dirección de su opuesto.

En la minería de posibilidades que Uther Doul acababa de describir, Bellis vio una negación radical de la teoría de crisis. La crisis, le había dicho Isaac una vez, era la manifestación de la tendencia de lo real a convertirse en lo que no era. Si se permitía que coexistiera lo que era con lo que no era, la misma tensión —la crisis situada en el centro de la existencia— debía disiparse. ¿Dónde quedaba la energía de crisis provocada por la tendencia de lo real a convertirse en su contrario si lo que no era real estaba ya allí, al lado de lo que sí lo era?

No quedaba nada, salvo una realidad vaga y pluralista. A Bellis le desagradaba aquella idea, le desagradaba profundamente. Sintió incluso, de una manera muy extraña, una especie de insólita lealtad residual hacia Isaac, como si éste le estuviera pidiendo que la desaprobara.

—La primera vez que vine aquí —continuó Doul— estaba muy cansado. Cansado de tomar decisiones. Quería ser leal. Quería un salario. Había aprendido, buscado y encontrado lo que quería. Tenía mi espada, tenía conocimientos, había visto lugares… quería descansar. Ser un mercenario, un soldado a sueldo. Pero los Amantes… cuando vieron mi espada y los libros que había traído conmigo, quedaron… fascinados. En especial ella, la Amante. Lo que les conté los dejó fascinados. Lo que sabía. En algunos lugares de Bas-Lag —dijo— existen todavía máquinas de posibilidad. Hay varios tipos diferentes, que hacen cosas diferentes. Yo las he estudiado todas. Ya has visto una de ellas: el quizasadiano, el instrumento de mi habitación. Se usa para tocar posibilidades. En un éter rico en potencialidad, un virtuoso podría tocar hechos y casi-hechos y otorgarles existencia… elegir determinados sucesos. Por supuesto, hoy en día es bastante inútil. Es antiguo y está roto… y, además, no nos encontramos en una fractura de posibilidades. En cuanto a la espada, no ves más que un aspecto de ella. El guerrero que la empuñó antaño y las personas a las que mató, hace milenios, no reconocerían el arma que llevo. Cuando los Espectrocéfalos gobernaban, utilizaban las posibilidades en la arquitectura, la medicina, la política y la interpretación y todas las demás esferas. Posibles Sonatas en las que las notas fantasmas aparecerían y desaparecerían en ecos por encima y alrededor de la melodía factual, cambiantes en cada interpretación. Yo he estado dentro de las ruinas de una Posible Torre… —negó con la cabeza lentamente—. Ésa es una visión que uno no olvida. Utilizaron su ciencia en la lucha, en el deporte y la guerra. Hay un pasaje en la Secretiana que describe un enfrentamiento entre Posibles Luchadores, una cambiante multitud de miembros que entran y salen de la existencia a cada momento que pasa, que casi se agarran casi se agarran casi se agarran una vez tras otra. Pero todo ello, la técnica de la minería, era producto de la llegada de los Espectrocéfalos… la detonación provocada por su aterrizaje. El desgarro que provocaron permitió que las vetas de posibilidad fueran aprovechadas. Esa herida —dijo. Sus ojos destellaban, se posaban en Bellis y se alejaban y volvían a hacerlo—, esa cicatriz, dejada por los Espectrocéfalos… allí es donde están las vetas. Si las historias son ciertas, se encuentra al otro lado del mundo, al fin del Océano Vacío. Ningún barco ha cruzado jamás ese mar. Allí las aguas… militan contra los barcos. ¿Y quién querría ir allí? Si existe, se encuentra a miles de kilómetros de distancia. Y hay historias sobre lo que vive en la Tierra Fracturada: cosas terribles, una ecología aterradora. Luzhongos, Sabuesos de Terror. Mariposas de impíos apetitos. Aunque pudiéramos hacerlo —dijo con poderosa sinceridad— yo no intentaría llegar a la Tierra Fracturada.

Estaba mirando a Bellis y ella, bajo las magníficas modulaciones de su voz sentía emociones trémulas. Tragó saliva, tratando de concentrarse. Esto es importante, se dijo, escucha, trata de entender. No sé por qué pero me está diciendo algo, me está dejando saber

Y entonces…

Oh dioses misericordiosos ¿puede ser lo que…?, ¿es posible que…? seguramente… ¿le habré…?, ¿le habré… entendido mal?

¿Está diciendo lo que creo?

El rostro de Doul estaba inmóvil y ella se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente y él a ella, los dos mudos, contemplándose entre las tinieblas.

Desde luego, pensó ella, mareada, ¿qué barco podría navegar hasta la Tierra Fracturada? ¿Quién querría ir a la Tierra Fracturada? La Tierra no merece la pena. Está demasiado lejos, es demasiado peligrosa, incluso para éste. Incluso para éste. Pero ¿qué era eso que me ha dicho, lo que decían, cómo era…?

«Hemos herido este mundo, le hemos dejado una cicatriz, hemos dejado nuestra marca en una tierra remota… y a lo largo de miles de leguas de su océano»…

No hay nada en el mar. Nada que pueda atacarnos. No hay monstruos allí, no hay luzhongos ni mariposas que amenacen al minero… al minero de las posibilidades. Y lo que está en el mar se encuentra mucho más próximo. La Tierra Fracturada debería de estar al otro lado del mundo pero los expertos en la ciencia de los Espectrocéfalos dicen que la cicatriz del mar se extiende durante incontables kilómetros. En dirección al centro del mundo. En dirección a nosotros. Cada vez más próxima.

Ningún barco ha logrado cruzar jamás el Océano Vacío… eso puedo creerlo. Conozco las historias, cuentan que las corrientes y los vientos expulsan a los viajeros. Ningún barco podría cruzar ese océano.

Pero ¿qué podría detener a un avanc?

¿Es eso lo que estamos haciendo, Uther? ¿Cruzar el mar? ¿Atravesar el Océano Oculto, hacia los restos de aquella herida, aquella fisura? No sólo la tierra se abrió… también el mar. ¿Es allí adónde vamos? ¿Para extraer las posibilidades en lo que quede de la gran… laceración cósmica, Uther?

A eso se refería el Brucolaco, ¿verdad, Uther? De eso estaba hablando.

¿Por qué me lo cuentas a mí? ¿Qué he hecho? ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué quieres que lo sepa?

El avanc puede llevarnos hasta la herida del mar. Por eso fue convocado. Por eso se contrató a Tintinnabulum y por eso fue robada la Sorghum y por eso fuimos a la isla y trajimos a Aum y por eso tú, Doul, has estado trabajando en un proyecto secreto, a causa de tu espada y a causa de tu conocimiento en esta ciencia. A eso conduce todo. Por eso fue convocado el avanc. Puede cruzar el mar que a Armada le estaría vedado sin él.

Puede cruzar ese océano.

Puede llevarnos hasta la Cicatriz.

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