La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 35

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—¿Cómo coño has dado conmigo? —saltaba a la vista que Silas Fennec estaba preocupado.

—Hablas como si fuera una ingenua —susurró Bellis—. ¿Acaso crees que eres invisible? ¿O me tomas por idiota?

Estaba presumiendo. Encontrar a Fennec había sido más que nada una cuestión de suerte. Llevaba días prestando atención a los rumores por si escuchaba algo sobre él. Desde la conversación con Doul había redoblado los esfuerzos.

Al final, no había sido ella la que lo había encontrado, sino Carrianne. En respuesta a las continuas peticiones de ayuda de Bellis, su amiga le había contado, con su habitual optimismo malicioso, que había oído que habían visto al misterioso señor Fench en el Pashakan. Era un pub construido en el interior del Yevgeny, un balandro de treinta metros de Vos y los Vuestros.

Bellis apenas había visitado el paseo del rey Federico desde que fuera al circo. Se encaminó a sus bulliciosas callejuelas con oculta trepidación.

Había pasado por las calles del Entendimiento Repentino, el clíper de varios mástiles que formaba parte de un extremo del Muelle de la Espina del Erizo y unía los paseos de Otoño Seco y Vos y los Vuestros. El enorme navío era uno de los pocos barcos de Armada que no pertenecía claramente a uno u otro de sus gobernantes. La mayor parte de su cubierta pertenecía a Otoño Seco pero hacia el castillo de proa las responsabilidades y el control eran disputados de forma difusa por Vos y los Vuestros. Las calles se volvían más bulliciosas y descuidadas.

Bellis se había abierto camino entre los desperdicios, donde los monos salvajes se peleaban con gatos y perros, y las calles empinadas, hasta llegar a lo que sin disputa era ya Vos y los Vuestros.

Aquél era el más descuidado de los paseos de Armada. La mayoría de sus edificios eran de madera y muchos de ellos estaban manchados de moho o sal y agua. No es que fuera una zona pobre: había muchos ricos, podía verse en la plata, el oro y el azabache que relucían al otro lado de las ventanas de algunas casas, en las vívidas sedas y satenes que vestían algunos de sus habitantes, en la calidad de las mercancías disponibles. Pero en un lugar en el que todo estaba en venta, algunos bienes —como por ejemplo el derecho a mantener la arquitectura y las calles— no eran muy demandados.

Basura, fábricas y una opulencia desarrapada convivían en una apacibilidad sedada. Por último, Bellis había atravesado el Diosecillo de la Sal, el buque insignia de Federico, y entrado en las entrañas apestosas y crujientes del Yevgeny, iluminadas por la luz de las antorchas, que albergaban el Pashakan.

En su tercera visita, Silas se encontraba allí. La amarga sorpresa que demostró al verla molestó a Bellis.

—¿Quieres escucharme? —le dijo con un siseo—. Sé adónde vamos.

Él levantó la vista, de repente, y la miró a los ojos. Bellis soltó una carcajada brusca y desagradable.

—¿Te suena de algo, Silas? —dijo—. Jabber sabe que a mí sí. Quiero que sepas que no me entusiasma esta relación. Me veo haciendo esto mismo con perturbadora regularidad. Diciéndote que conozco un secreto, contándotelo, para que hagas planes con él, para que hagas algo con él. No me gusta. Ésta es la última vez, ¿lo entiendes? —Lo decía en serio, absolutamente. Pasase lo que pasase, no volvería a tratar con Silas Fennec de aquella manera. Ya no había nada, menos que nada, entre ellos.

—Pero, me guste o no —continuó— no tengo elección en este caso. Necesito tu ayuda. El único modo de impedir que esto ocurra es… que corra la voz, que más gente lo sepa. Y aunque nadie escucha a Bellis Gelvino, parece que una minoría cada vez más numerosa está preparada para prestar atención a lo que dice el agitador Simon Fench.

—¿Dónde vamos, Bellis? —preguntó Fennec.

Bellis se lo dijo.

—Empezaba a preguntarme por qué demonios estabas confraternizando con ese puto lunático de Doul. ¿Sabe él que lo sabes? —Fennec parecía aturdido.

—Creo que sí —dijo ella—. Es difícil asegurarlo. Es como si… Evidentemente, se supone que no debería habérmelo contado. Pero puede que estuviese tan… emocionado que no pudiera resistirse. Así que, en vez de soltarlo sin más, lo que hubiera sido una deslealtad, me contó lo bastante. Todo este tiempo yo pensaba que acompañaba a los Amantes, Aum y los científicos en esas reuniones secretas porque es su guardaespaldas. Pero no era por eso… es un experto en esta ciencia, en la minería de posibilidades. Lo sabe todo sobre ella a causa de la investigación que tuvo que realizar para encontrar su espada. En eso es en lo que han estado trabajando. Los Amantes quieren llegar a la Cicatriz, quieren extraer las posibilidades, Silas. —Su voz seguía estando tranquila, aunque ella no se sentía así—. Como en el Imperio de los Espectrocéfalos, ¿sabes?

—Para eso necesitaban el avanc —dijo él con un hilo de voz y Bellis asintió.

—Para eso. Sólo es un medio para conseguir un fin. Los Amantes debieron de quedar… hipnotizados cuando vieron la espada, cuando él llegó a la ciudad. Escuchan sus historias sobre la Tierra Fracturada y la Cicatriz… todos los secretos que conoce… por entonces no es más que un sueño. Pero entonces piensan en Tintinnabulum y su tripulación, a quienes se podría convencer. Después de todo, no hay caza mayor que ésta. —Al otro lado de la ventana, el mar se mecía lentamente mientras el avanc seguía adelante. Y ellos ya sabían lo de las cadenas. Armada ya había intentado capturar un avanc en otra ocasión. Hace mucho tiempo de eso y a ellos la tradición les trae sin cuidado. Pero la llegada de Doul lo cambia todo. Antes de que viniera, la invocación del avanc hubiera sido un… gesto estúpido, grandioso, inútil. Pero ¿y ahora? Todo el mundo sabe que ningún barco puede atravesar el Océano Oculto. Pero ¿qué fuerza en todo el puto Bas-Lag podría parar a un avanc? De repente hay un modo de llegar a esa Cicatriz de la que Doul les ha hablado, esa cosa dejada atrás por los Espectrocéfalos.

La escala del proyecto daba vértigo. Resultaba increíble la cantidad de miseria, dinero y terrible esfuerzo que los Amantes habían estado dispuestos a invertir para conseguirlo. Y no era más que la primera parte de su proyecto.

—Todo esto —dijo Silas casi sin aliento y Bellis asintió.

—Todo esto —dijo ella—. La plataforma, el Terpsícore, Johannes, la isla de los anophelii, las cadenas, los fulminis, el puto avanc… todo ello. Es por eso.

—Poder en bruto. —Silas las pronunció como si fueran palabras sucias—. Asumí que querían el avanc por la piratería. Eso es lo que sugerían, que les convertiría en ladrones más eficientes. ¡Por el amor de Jabber! Al menos eso tendría algún sentido. Pero esto… —parecía incrédulo—. Está claro que no son de aquí. Ningún pirata que se precie de serlo se tomaría en serio esta estupidez.

—Son peligrosos —dijo Bellis sencillamente—. Son fanáticos. No sé si pueden atravesar realmente el Océano Vacío pero… ¡esputo divino! No quiero averiguarlo. Los… los he oído, Silas, cuando están solos —él la atravesó con la mirada pero no preguntó cómo—. Sé cómo son. No pienso permitir que gente como esa… visionarios, que los dioses nos ayuden… nos lleve a todos al otro lado del mundo, a un lugar que podría ni existir y que si existe es el sitio más peligroso de todo Bas-Lag. Cada vez nos estamos alejando más de Nueva Crobuzón. Y todavía no he abandonado la esperanza de regresar allí.

Bellis se dio cuenta de que estaba temblando. Ante la idea de alejarse tanto de su hogar. ¿Y si Uther y los demás estaban en lo cierto? ¿Y si sobrevivían a la travesía?

Una multitud de posibilidades. El pensamiento la aterraba. Lo encontraba amenazante por completo, socavaba su ser a un nivel existencial. Hacía que se sintiera tan completamente contingente que la ofendía y la aterrorizaba al mismo tiempo.

Como un abrevadero en la sabana, pensó de forma confusa, donde los fuertes, los depredadores y los débiles aceptan una tregua para poder beber, la gacela, el ñu, el elefante y el león. Todas las posibilidades reunidas en puñetera armonía y la vencedora, la más fuerte, el hecho, la real, dejando que las que han fallado vivan, dejando que todas ellas vivan. Pacifista y patética.

—Por eso no lo cuentan —dijo—. Saben que la gente no querrá.

—Tienen miedo —murmuró Silas.

—Los Amantes son fuertes —dijo Bellis—. Pero no podrían hacer frente a todos los demás paseos. Y, lo que es más importante, no podrían hacer frente a su propio pueblo.

—Una revuelta —dijo Silas con voz entrecortada y Bellis sonrió sin alegría.

—Un motín —respondió—. Temen un motín. Y para eso necesitamos a Simon Fench.

Silas asintió lentamente y entonces siguió un largo silencio.

—Tiene que hacer correr la voz —dijo al cabo de un rato—. Panfletos, rumores y todo lo demás. Es lo que mejor sabe hacer; yo puedo asegurarme de que lo hace.

—Lo siento, Bellis —dijo Silas cuando ella se levantaba para marcharse—. No he sido un gran amigo. He sido tan… He tenido mucho que hacer… cosas difíciles. Antes me he portado como un grosero y lo siento.

Al mirarlo, Bellis sintió desagrado… junto a, paradójicamente, las últimas y apagadas brasas de lo que una vez había sido afecto. Como un jirón de memoria.

—Silas —dijo mientras esbozaba una sonrisa fría—. No nos debemos nada el uno al otro. Y no somos amigos. Pero a ambos nos conviene que caigan los Amantes. Yo no puedo hacer nada pero es posible que tú sí. Espero que lo intentes y que me cuentes lo que pasa. Eso es todo. Ésa es toda la comunicación que espero de ti. No quiero que contactes conmigo como un amigo.

Silas Fennec se quedó en el Pashakan un buen rato después de que Bellis se hubiera marchado. Leyó algunos de los panfletos y periódicos mal impresos mientras el cielo se iba oscureciendo. Ahora los días eran sensiblemente más largos y él recordaba los veranos de Nueva Crobuzón.

Esperó allí mucho rato; aquél era el lugar al que se dirigía la gente lo bastante resuelta para encontrarlo. Pero bebió y leyó a solas. Una mujer cubierta de andrajos levantó la vista hacia él y lo miró con curiosidad cuando salió de la sala… ésa fue toda la atención que recibió.

Regresó a su casa, al grasiento navío de hierro Droguería, por las enrevesadas rutas y pasarelas de Vos y los Vuestros. Se encontraba en una parte tranquila de la ciudad. A su lado se erguía un viejo barco factoría de aspecto amenazante: el manicomio de Armada.

Esperó en casa, situada en uno de los indistintos edificios de hormigón construidos junto a la chimenea del Droguería, a la sombra del manicomio. A las once en punto llamaron a su puerta: su contacto había llegado. Por vez primera desde hacía varios días, tenían algo importante de que hablar. Fennec caminó con lentitud hasta la puerta y mientras lo hacía sus andares, su expresión y su porte cambiaron ligeramente.

Cuando abrió la puerta se había convertido en Simon Fench.

Al otro lado se encontraba un gran hombre cacto entrado en años que miraba nerviosamente en derredor.

—Hedrigall —dijo Fennec en voz baja con una voz que no era del todo la suya—. Te esperaba. Tenemos que hablar.

En la aguzada y oscura arquitectura del navío lunar Uroc, los vampiros se estaban reuniendo.

El Brucolaco había convocado un cónclave de sus lugartenientes a-muertos, sus hombres. Mientras la luz del crepúsculo iba cediendo paso a la noche, se fueron posando, silenciosos y livianos como hojas, en el navío lunar.

Todos los ciudadanos de Otoño Seco sabían que sus vampiros estaban siempre vigilando. No llevaban uniforme y sus identidades no eran conocidas.

El bacilo que inducía la hemofagia fotofóbica —la maldición del vampirismo— era caprichoso y débil, se transmitía sólo por la saliva y no tardaba en degenerar y perecer. Sólo si la víctima no moría y si el mordisco había sido directo, de boca a piel de manera que parte de la saliva del a-muerto penetrase en lo que quedaba de la corriente sanguínea de la presa, existía una pequeña posibilidad de que ésta fuera infectada. Y, si sobrevivía a las fiebres y los delirios, despertaría una noche, tras haber muerto y haber nacido renovada, como un a-muerto, presa de un hambre voraz. Su cuerpo reconfigurado, muchas veces más rápido y fuerte. Inmune al envejecimiento, capaz de sobrevivir a las peores heridas. E incapaz de soportar la luz del sol.

Todos los que formaban el ejército de Otoño Seco habían sido escogidos con sumo cuidado por el Brucolaco. La hemotasa se decantaba antes de consumirse, para evitar infecciones involuntarias. Aquellos de los que el Brucolaco bebía directamente eran sus servidores de más confianza, los más leales, a los que ofrecía el honor de poder sufrir la a-muerte (no habían faltado, por supuesto, las traiciones en el pasado. Sus elegidos, ebrios de poder, se habían vuelto contra él. Se habían producido infecciones no autorizadas e intentos de acabar con su a-vida. El Brucolaco los había aplastado a todos, con tristeza pero sin esfuerzo).

Todos sus lugartenientes lo rodeaban ahora, en el gran salón del Uroc. Docenas de ellos, libres de la necesidad de ocultarse, cuyas lenguas serpentinas podían liberarse casi con lujuria y saboreaban el aire con auténtico deleite. Hombres y mujeres y jóvenes andróginos.

Delante de todos, casi al lado del Brucolaco, se encontraba la andrajosa mujer que había espiado a Fennec en el Pashakan. Cada uno de los vampiros miraba fijamente a su amo y señor con los ojos sobrenaturales muy abiertos.

Después de un silencio muy prolongado, el Brucolaco habló. Su voz era silenciosa. Si quienes se encontraban en la habitación hubieran sido humanos, no habrían podido oírlo.

—Hermanos —dijo—, todos sabéis por qué estamos aquí. Os he revelado a todos hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde pretenden llevarnos los Amantes. Nuestra oposición a sus planes es bien conocida. Pero somos una minoría, nadie confía en nosotros, no podríamos movilizar a la ciudad. No nos escucharán y tenemos las manos atadas. Sin embargo, puede que las cosas estén cambiando. Los Amantes confían en la inercia y el tiempo para que cuando su propósito se haga evidente, sea demasiado tarde para oponerse. Para entonces, esperan, los habitantes de la ciudad se convertirán en rehenes voluntarios —esbozó una sonrisa lasciva y lamió el aire con su gran lengua—. Ahora bien, según parece, van a empezar a correr rumores. Uno de los nuestros presenció anoche una fascinante conversación. Simon Fench sabe adónde nos dirigimos. —Asintió en dirección a la mujer de los andrajos—. La muñeca crobuzoniana de Doul, precisamente ella, ha descubierto lo que está ocurriendo y se lo ha contado al señor Fench… o Fennec, o como quiera que se haga llamar. Sabemos dónde vive, ¿no es así? —La mujer asintió—. Fennec está pensando en distribuir uno de sus inflamatorios panfletos. Trataríamos de intervenir si pudiéramos, de ayudarlo, pero es un operador solitario y si descubriera que lo hemos descubierto nos evitaría y desaparecería. No queremos arriesgarnos a interferir en sus esfuerzos. Podemos confiar —subrayó el Brucolaco— en que pronto sea capaz de hacerlo por sí solo y que eso provoque una crisis en Anguilagua. Después de todo, aún no hemos llegado al Océano Oculto. Pero… —pronunció la palabra con frialdad y dureza y sus lugartenientes lo miraron con toda atención—. Pero debemos hacer algunos preparativos, por si Fench fallara. Hermanos… —levantó los brazos mientras proseguía con sus guturales susurros—. Hermanos, ésta es una lucha que no podemos perder. Confiamos en que Fench tenga éxito. Pero si no lo hace, debemos estar preparados para poner en marcha otro plan. Tomaré esta maldita ciudad por la fuerza si debo hacerlo.

Y su ejército de a-muertos siseó y musitó para mostrar su conformidad.

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