La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 36

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Hacia el norte, lenta e inexorablemente arrastrados, mientras los días se convertían en semanas. La ciudad esperaba. Nadie sabía lo que iba a ocurrir, pero aquel avance ininterrumpido no podía continuar sin incidentes. La tensión se apoderó de Armada.

Bellis esperaba oír noticias sobre el panfleto de Fench en cualquier momento. Lo imaginaba en las entrañas de la ciudad, en las profundidades de algún barco, paciente, reuniendo información, controlando a sus informadores.

Algunas noches, impelida por una fascinación morbosa que la asombraba, se dirigía a las cubiertas inferiores del Grande Oriente y se acurrucaba bajo las habitaciones de los Amantes. En su jadeante amor sin resuello escuchaba una tensión nueva. «Pronto», oyó decir en un siseo a uno de ellos y «Joder, sí, pronto», respondió el otro con un gemido.

Había diferencias entre sus pequeños gritos que ahora Bellis podía discernir. La Amante parecía más intensa, más resuelta. Era ella la que parecía impaciente, hambrienta de desenlace, era ella la que susurraba pronto más a menudo, la que estaba más entregada al proyecto. Su amante estaba entregado a ella. Ronroneaba y murmuraba tras la estela de las palabras de ella.

El tiempo se estiró. Bellis se sentía cada vez más frustrada por Uther Doul.

Con el avance de la ciudad hacia el norte, habían abandonado rápidamente la zona de las tormentas y del calor y habían penetrado en una más templada, cálida y ventosa, que recordaba al verano de Nueva Crobuzón.

Cinco días después de que Bellis y Silas se hubieran encontrado en el Pashakan, se produjo una conmoción en el cielo de Armada, a bordo del dirigible Arrogancia.

Mientras Bellis se encontraba con Uther Doul en la cubierta del Grande Oriente, contemplando el Parque Crum, Hedrigall estaba de servicio, trabajando con otros cerca de los grandes cabos que mantenían al Arrogancia amarrado a la popa del barco.

—¡Correo! —gritó y los tripulantes abandonaron rápidamente la zona que rodeaba al nudo. Un pesado saco aterrizó con estrépito sobre los sacos que hacían de amortiguador.

Los movimientos de Hedrigall mientras abría la saca eran rutinarios y Bellis empezó a apartar la mirada. Pero cuando el hombre cacto abrió el mensaje que contenía, su comportamiento cambió de forma tan violenta que los ojos de la mujer volvieron a él como impulsados por un resorte. Hedrigall corrió hacia Uther y ella tan deprisa que por un instante Bellis pensó que se disponía a atacarlos. Se puso tensa mientras el cuerpo grande y musculoso del cacto hacía resonar con sus zancadas los tablones de cubierta.

Hedrigall les tendió el mensaje con el brazo rígido.

—Barcos de guerra —le dijo a Doul—. Acorazados. Una flotilla de Nueva Crobuzón. A treinta y cinco millas marítimas y acercándose. Estarán aquí dentro de dos horas. —Se detuvo y sus verdes labios se movieron sin pronunciar sonido alguno hasta que finalmente habló con un tono de completa incredulidad—. Nos atacan.

Al principio, la gente parecía perpleja, incrédula. Grandes masas de hombres y mujeres se reunieron en cada paseo, en cada buque insignia, armados y ataviados con sus armaduras, con aire hosco y confuso.

—Pero no tiene ningún sentido, Doul, señor —arguyó una mujer en el Grande Oriente—. Estamos a casi seis mil kilómetros de Nueva Crobuzón. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Y cómo es que los nauscopistas no han visto nada? Deberían de haberlos avistado ayer. Y, además, ¿cómo iban a encontrarnos los crobuzonianos…?

Doul la interrumpió con una voz lo bastante alta como para hacer que todos cuantos pudieran oírlo guardaran silencio.

No nos importa el cómo —rugió—. No nos importa el porqué. Habrá tiempo de sobra para eso después de la matanza. Por ahora sólo tenemos tiempo para luchar, como putos perros, como tiburones enfebrecidos. O luchamos o la ciudad morirá.

Sus palabras acallaron toda discusión. La gente apretó los dientes y en todas las mentes, la pregunta ¿Cómo lo han hecho? quedó registrada y apartada para más tarde.

Los cinco grandes barcos de guerra con que contaba la ciudad viraron en dirección oeste y se alejaron algunos kilómetros para interponerse como un muro curvado entre Armada y la flota que se aproximaba.

A su alrededor y entre ellos navegaban los pequeños acorazados de Armada, navíos pequeños y robustos pintados de gris metálico, sin ventanas y erizados de cañones. A ellos se unieron todos los barcos piratas que se encontraban en los muelles. Sus tripulantes parecían resueltos mientras trataban de no pensar en su valentía suicida: estaban armados y preparados para enfrentarse a barcos mercantes, no a buques de guerra. Pocos de ellos regresarían a sus casas y lo sabían.

No había divisiones entre los paseos. Tripulaciones leales a todos los gobernantes se preparaban y se armaban codo con codo.

Los vigías del Arrogancia seguían enviando más mensajes, a medida que los barcos de Nueva Crobuzón se divisaban con mayor claridad. Uther Doul se lo transmitía a los Amantes.

—Deben de estar aquí por su maldita plataforma —dijo en voz baja para que sólo ellos dos pudieran oírlo—. Sea como sea, nos superan en potencia de fuego. Tenemos más barcos pero la mitad de ellos son de madera. Ellos cuentan con siete grandes barcos de guerra y muchos más exploradores que nosotros. Deben de haber enviado casi la mitad de su flota.

Tanner Sack y los tritones de Soleado; Juan el Bastardo; jaibas; los sumergibles apenas visibles. Las tropas submarinas de Armada esperaban, suspendidas, mientras las grandes cadenas se apartaban lentamente de ellos. Armada continuaba su avance pero la marcha del avanc había sido frenada para que las tropas pudieran regresar a ella una vez la lucha hubiera terminado.

Cerca, un pequeño grupo de jaibas se acurrucaba en una especie de comunión a bordo de una de sus balsas submarinas. Brujas que convocaban sus bestias.

Cuando Tanner se había enfrentado al dinichtys, se había arrojado al agua sin pensarlo dos veces. No había tenido tiempo de contemplar su propio miedo, pero ahora pasaría casi una hora antes de que los barcos de guerra de su antiguo hogar llegaran para destruir al nuevo. El propósito y la inteligencia que dirigían sus hélices resultaban mucho más aterradoras que la malicia imbécil de los ojos del ictihueso.

Los minutos pasaban muy despacio. Tanner pensó en Shekel, en casa, donde él le había ordenado que se quedara. Esperando con Angevine: los dos armados, sin duda, por los alguaciles que habían quedado en la ciudad. Pero si no tiene ni dieciséis años, pensó Tanner con desesperación. Deseaba estar con ellos, con Shekel y su mujer. Apretó con fuerza su enorme arpón y pensó en la lucha que se avecinaba y el miedo hizo que se meara sin darse cuenta. La orina le calentó el cuerpo un instante y luego se disipó con la corriente.

Por todas partes, por toda Armada y a bordo de los barcos móviles que se aprestaban a su defensa, había armas.

Se abrieron las armerías y arsenales de la ciudad y una tecnología militar fruto de miles de años y centenares de culturas se sacó a las cubiertas y se limpió. Cañones, arpones y mosquetes; espadas y ballestas y arcos largos y arcos huecos; y armas más esotéricas: cajas-aguja, baan, yarricornos.

Por toda la ciudad, dirigibles de todas dimensiones se remontaban lentamente por encima de los tejados y aparejos, como secciones de la arquitectura liberadas de repente. Sobre el horizonte, al oeste, empezaba a verse el humo de los motores crobuzonianos.

Una enorme multitud de oficiales y capitanes se había reunido en la cubierta del Grande Oriente junto con los gobernantes de todos los paseos para recibir órdenes de un soldado, Uther Doul. Bellis se encontraba cerca, inmóvil, ignorada por todos, y escuchaba.

—Sus cañoneros nos superan en número —dijo Doul con voz seca—, pero mirad a vuestro alrededor —señaló el enjambre de vapores y remolcadores que hasta hacía muy poco habían sido el motor de Armada y ahora la rodeaban, libres pero carentes de propósito—. Decidle a sus tripulaciones que, por los dioses, los conviertan en cañoneros. Hemos enviado un mensaje al Brucolaco y sus hombres: serán informados en cuanto despierten. Mandad algunos barcos o aeróstatos rápidos a Otoño Seco para esperarlos. No conocemos la fuerza con que cuentan los crobuzonianos bajo el agua —continuó—. Submarinistas, tendréis que decidir cuándo atacar. Pero carecen de aeronaves. Ésta es nuestra única ventaja. —Señaló al Tridente, que se balanceaba sobre la popa del Grande Oriente. Lo estaban cargando de pólvora y bombas—. Enviadlos primero y deprisa. No los reservéis. Y, escuchadme: concentraos en los barcos de guerra grandes. Los acorazados de bolsillo y los exploradores nos causarán daño pero podemos soportar su potencia de fuego. Esos grandes… podrían hundir la ciudad. —Una oleada de horror recorrió la cubierta—. Llevan la reserva de combustible: la flota de Nueva Crobuzón depende de ellos para regresar a casa.

Con un estremecimiento súbito, Bellis se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Su mente resbaló como un engranaje roto, dejó de oír el resto de las instrucciones de Doul y regresó una vez tras otra al mismo patrón de pensamiento. Un barco de casa, un barco de casa…

Con súbita y desesperada ansiedad, se volvió hacia la distante sombra de humo que se divisaba al oeste. ¿Cómo llego hasta ellos?, pensó, incrédula, exultante y mareada.

Los barcos de Nueva Crobuzón llegaron por fin lo bastante cerca como para ser vistos. Una línea de metal negro seguida por un rastro de humo.

—Están izando banderas —dijo Hedrigall desde lo alto de la superestructura situada a popa del Grande Oriente. Estaba mirando por el enorme telescopio fijo del buque—. Nos envían un mensaje mientras se acercan. Mirad: el nombre de su buque insignia y… —titubeó—, ¿quieren parlamentar?

Doul se había vestido para la guerra. Su armadura gris estaba tachonada de cinchas y pistolas de chispa: en los muslos, los hombros, sobre el pecho. Por todo su cuerpo, sobresalían las empuñaduras de largos cuchillos de sus vainas. Tenía el mismo aspecto, se percató Bellis, que la primera vez que lo había visto, a bordo del Terpsícore.

No le preocupaba, ya no sentía ningún interés por él. Apartó la vista y volvió los ojos, en una agonía de excitación, hacia los barcos de Nueva Crobuzón.

Doul cogió el telescopio.

—«Capitán Princip Cecasan del BNC Caminante de la Mañana» —leyó lentamente y negó con la cabeza mientras observaba las banderas—. «Solicitando parlamentar sobre rehén de Nueva Crobuzón».

Durante un instante de perplejidad, Bellis pensó que se referían a ella. Pero, al mismo tiempo que su rostro se contraía en un espasmo de júbilo y asombro, comprendió lo absurdo que sería aquello (y en el interior de su mente algo esperaba para informarla de otra explicación). Se volvió y contempló los rostros de Uther Doul, Hedrigall, los Amantes y todos los capitanes allí reunidos.

Se estremeció al verlos. Ni uno solo de ellos había reaccionado frente a la oferta de tregua del Caminante de la Mañana con otra cosa que no fuera un duro desdén.

Enfrentado a aquella emoción colectiva, aquel antagonismo absoluto, a la certeza de quienes se encontraban a su lado de que Nueva Crobuzón era una potencia de la que había que desconfiar, a la que había que combatir y destruir, su alegría se desvaneció. Recordó todo lo que había leído sobre las Guerras Pirata y el ataque de Nueva Crobuzón contra Suroc. Recordó, de repente, sus conversaciones con Johannes y con Tanner Sack. Recordó el enfado de éste ante la idea de ser encontrado por barcos crobuzonianos.

Bellis recordó su propia huida de Nueva Crobuzón. Crucé el mar porque temía por mi vida, pensó. Porque veía a la milicia allí donde miraba. Porque temía a los agentes del gobierno. Agentes como los marineros de esos barcos.

No sólo los piratas, los rivales marítimos de Nueva Crobuzón, o los Rehechos que tenían buenas razones para temer a los barcos que se aproximaban. Bellis lo comprendió mientras toda su certeza la abandonada. También ella debía estar asustada.

—¿Vienen lo bastante armados como para reducir una ciudad a cenizas —dijo Doul a los capitanes reunidos— y nos dicen que quieren hacer un trato?

Nadie en aquella cubierta necesitaba ser convencido. Todos escucharon en silencio.

—Nos destruirán si les damos la menor oportunidad. Y han podido dar con nosotros, los dioses saben cómo, desde la otra punta del mundo. Si no acabamos con ellos ahora, podrán regresar una vez tras otra —negó con la cabeza y pronunció una última frase, a la que respondió la muchedumbre con más tensión que entusiasmo—. Enviadlos al fondo del mar.

Los comandantes se habían ido, conducidos a sus barcos por aerotaxis. Los gobernantes que combatirían habían sido llevados a sus barcos o dirigibles. Los que eran demasiado débiles o cobardes habían regresado a los buques insignias de sus respectivos paseos. Sólo Doul, Bellis y los Amantes permanecían en la plataforma elevada… y a Bellis la ignoraron.

Los Amantes lucharían desde lugares diferentes: él desde el acorazado Puerto Cho, ella desde la aeronave Nanter. Se estaban despidiendo. Se besaron profundamente y murmuraron los sonidos extáticos que Bellis había espiado en tantas ocasiones. Cuchicheaban, se decían que pronto volverían a estar juntos y Bellis se dio cuenta de que no había nada conmovedor, nada trágico en su separación. No se besaban como si aquélla fuera a ser la última vez, sino vorazmente, con lascivia, deseosos de más. No sentían miedo ni parecían sentir pesar: parecían ansiosos por separarse para poder volver a reunirse de nuevo.

Los observó con la repugnada fascinación que siempre le inspiraban. Sus cicatrices se retorcían como pequeñas serpientes mientras sus rostros se movían el uno junto al otro.

Los barcos de Nueva Crobuzón se encontraban a menos de quince kilómetros de distancia.

—Algunos de ellos lograrán pasar, Uther —dijo la Amante mientras se volvía hacia Doul—. Podemos permitirnos la pérdida de barcos, aeronaves, sumergibles, ciudadanos… Lo que no podemos permitirnos perder es la ciudad y te necesitamos aquí para protegerla. Como nuestra… última línea de defensa. Y, Doul —dijo por último—, tampoco podemos permitirnos perderte a ti. Te necesitamos, Doul. Tú sabes lo que debe hacerse. Cuando lleguemos a la Cicatriz.

Bellis no sabía si la Amante había hablado tan abiertamente porque había olvidado que se encontraba presente o porque ya no le importaba.

El último dirigible había partido para llevar a los Amantes a sus puestos. Habían tirado de las riendas del avanc y la ciudad había frenado. Doul y Bellis se habían quedado solos. Por debajo de ellos, en la amplia cubierta del Grande Oriente, los hombres y las mujeres se armaban.

Doul no miró a Bellis ni le habló. Su vista estaba fija más allá de la Sorghum. Menos de ocho kilómetros separaban ahora a la marina armadana de la punta de flecha de acorazados de morro chato enviados por Nueva Crobuzón. La distancia se estaba reduciendo.

Por fin, Doul se volvió hacia ella. Tenía las mandíbulas muy tensas y los ojos un poco más abiertos de lo normal. Le tendió una pistola. Ella esperaba que le dijera que se marchara abajo o se quitara de en medio pero no lo hizo. Permanecieron juntos, observando cómo se iban aproximando los acorazados.

El hombre besa su estatua y pasea invisible tras Bellis y Uther Doul.

Su corazón está latiendo muy deprisa. Está preparado, lleva todo cuanto posee en los bolsillos y las manos. Siente cierta decepción pero ninguna sorpresa por la negativa de Armada a parlamentar. De este modo será más lento… aunque quizá, supone, al final no menos sangriento.

Tan cerca, tan cerca. Casi puede llegar de una zancada a la cubierta del Caminante de la Mañana. Pero aún no. Aún debe acercarse unos pocos kilómetros más. Enviarán un bote a buscarme piensa, y se prepara para recibirlos. Les dije dónde estaría.

Uther Doul está hablando ahora con Bellis y señala la frenética muchedumbre que se apiña allá abajo. Se está despidiendo de ella, abandona el tejadillo y baja para reunirse con sus tropas y ella lo observa mientras sopesa el arma, no aparta los ojos de Doul mientras este desciende.

El hombre sabe que los que están llegando, sus compatriotas, no tendrán dificultades para encontrarlo. Sus descripciones fueron muy claras. El Grande Oriente es inconfundible.

Separadas por cinco kilómetros de mar, las dos flotas se encontraban cara a cara. Los armadanos en una masa mestiza de embarcaciones de todos los diseños y colores imaginables; velas y humo que se ensortijaban sobre incontables cubiertas. Frente a ellos, el Caminante de la Mañana y sus colosales hermanos, en formación, grises y de madera oscura, erizados de cañones de gran calibre.

Un enjambre de dirigibles se aproximaba a los navíos crobuzonianos: guerreros y exploradores y aerotaxis cargados hasta los topes con rifles y barriles de pólvora negra. El aire estaba en calma y avanzaban deprisa. Al frente de la variopinta fuerza aérea venía el Tridente, rodeado por naves más pequeñas y aeronautas en arneses individuales que se mecían bajo sus pequeños globos.

Los capitanes armadanos sabían que su artillería era inferior. Sus navíos estaban a más de tres kilómetros del enemigo cuando los barcos de Nueva Crobuzón abrieron fuego.

Hubo un estallido de calor y ruido sobre el mar. Una sucesión de explosiones seguida por oleadas de aire hirviente que avanzaban frente al Caminante de la Mañana como una escolta de motociclistas. Los barcos armadanos estaban preparados para abrir fuego pero permanecieron mudos. Sus tripulaciones no podían hacer otra cosa que tratar de avanzar lo más deprisa en medio de la carnicería, esperar a que sus enemigos estuvieran al alcance de sus cañones. Tenían que atravesar más de mil metros de fuego antes de poder responder y se precipitaron con sombrío valor a la desequilibrada batalla, y el tiempo cambió.

El metal se encuentra con el metal y la pólvora negra se enciende y el combustible arde y la carne estalla y se quema.

Bajo el agua, Tanner se balancea violentamente, aturdido por las ondas de presión. Sufre una hemorragia, está sangrando por las agallas.

Sobre él, los barcos armadanos son sombras en el agua iluminada. Sus formaciones se están deshaciendo en el caos. Algunos de ellos se arremolinan en confusión y (Jabber) se están partiendo (Jabber nos ayude), se parten en dos o tres pedazos y empiezan a acercarse, más grandes conforme descienden hacia él con la lentitud de una nevada, tan lentos que lo está imaginando pero entonces a su alrededor los tritones se dispersan y (esputo divino) caen pedazos de metal como cometas con una estela de grasa, aceite, mugre, metralla y sangre.

La lluvia de barcos despedazados pasa aullando a su lado escupiendo burbujas y cuerpos y desaparece en la oscuridad.

Desde las aeronaves, la carnicería parece distante y muda: pequeñas ráfagas y detonaciones y los resplandores envueltos en negro de los incendios de petróleo y los barcos que están allí y de pronto no lo están. La flota armadana continúa su avance como una jauría de perros ciegos y estúpidos en medio de aquella matanza inmisericorde, cada vez más menguada, hasta que al fin los barcos de Nueva Crobuzón están al alcance de sus cañones.

Contemplada desde decenas de metros de altura, la guerra es como una maqueta. Se diría una representación. No parece real.

Los gritos no pueden oírse sobre las explosiones.

La sangre se derrama a mares por los costados de las naves armadanas. El metal estalla y se desgarra y los barcos son serrados de repente y arrastran a la muerte a sus propios tripulantes. Los artilleros de Armada abren fuego y sus salvas trazan ardientes y letales parábolas sobre sus enemigos. Pero aquel millar de metros ha sido implacable y la flota armadana está ya medio quebrantada.

El mar se ha convertido en un matadero. El agua está inundada de cadáveres. Se mueven con el oleaje y las corrientes en una danza macabra. Emiten nubecillas de sangre parecidas a la tinta de los calamares. El mar los transforma: las entrañas se despliegan como el coral; los jirones de piel desgarrada se tornan aletas. Dientes de hueso los atraviesan.

Tanner es muy lento y siente frío. Mientras se eleva pasa junto a una mujer que aún se mueve, demasiado débil para nadar, pero viva todavía. Se vuelve hacia ella con horror mudo y la arrastra hacia la superficie pero antes de que alcancen el aire sus movimientos se convierten en las convulsiones de los nervios muertos, y mientras Tanner la suelta y la deja ir ve que hay movimiento a su alrededor, por todas partes, que hasta donde alcanza su vista hay hombres y mujeres ahogándose, que no puede ayudarlos, que están demasiado débiles para seguir viviendo. Allá donde mira ve sus movimientos horripilantes y desesperados y de repente se siente extrañamente ajeno a todos ellos, consciente no de los hombres y mujeres, khepri y cactos y costrados y hotchi, sino de los incontables y ciegos movimientos repetitivos que se sumergen lentamente en las profundidades, como si estuviera contemplando la lenta agonía de un grupo de insectos metidos en una tinaja llena de agua de lluvia.

Sale a la superficie en un momento de calma, una quietud fortuita acontecida en plena matanza entre las filas de los navíos armadanos. A su alrededor los barcos se están partiendo con ruidos desagradables. Se estremecen, vomitan fuego y humo, se hunden con un siseo en las frías aguas, arrastrando consigo sus agonizantes tripulaciones.

Tanner lucha. Es incapaz de pensar con palabras. Las salvas comienzan de nuevo a sacudir el agua a su alrededor, a convertirla en un sanguinolento caldo de metal y muerte.

El aire crepita. Los navíos crobuzonianos disparan salvas elictro-taumatúrgicas; las balistas arrojan tinas de potentes ácidos. Pero ahora, aun destrozada como está, el resto de la flota de Armada contesta al fuego enemigo.

Disparan proyectiles del tamaño de hombres que impactan en los colosos crobuzonianos y los abren formando flores de metal de labios dentados. Barcos de guerra hechos de madera parecen montar en cólera y navegan furiosamente entre sus enemigos y suenan sus cañones para mellar las placas de armadura, romper las chimeneas y destrozar las amarras de su artillería.

El Tridente y su flotilla de aeronaves han llegado sobre los barcos de Nueva Crobuzón. Empiezan a vomitar un diluvio esporádico de proyectiles: bombas de pólvora; pellejos llenos de combustible que se abren mientras caen y derraman un fuego pegajoso: dardos y cuchillos con pesas. Los aeronautas buscan a los capitanes y artilleros.

El calor de las explosiones sacude a los dirigibles y les hace perder el rumbo.

Y los barcos armadanos siguen acercándose. Disparan y se acercan cada vez más y estallan y se hunden y arden y a pesar de ello siguen acercándose, impulsados de forma implacable por sus tripulaciones hacia los colosos.

Se alza una masa de cuerpos oscuros.

Los taumaturgos crobuzonianos, utilizando el poder de las baterías y de sus propios cuerpos, han dado vida a una multitud de golems: torpes construcciones de alambre, cuero y arcilla, feas y de tosca hechura, con garras que se parecen a los esqueletos de los paraguas y ojos de cristal transparente. Mueven las feas alas en un frenesí con el que remontan el vuelo. Son fuertes como monos, sin propósito ni mente, tenaces.

Sujetan a los aeronautas armadanos por los tobillos y empiezan a trepar por sus cuerpos, desgarrándoles la carne y reventando sus globos hasta que caen sangrando sobre las cubiertas de los barcos.

Los golems se alzan como el humo desde la flota crobuzoniana y se arrojan contra las cabinas de mando y las ventanas de las aeronaves enemigas, las ciegan, destrozan sus cristales, rasgan la tela de sus globos, revierten a sus componentes inanimados mientras caen pero docenas de ellos permanecen en el aire para seguir hostigando a la flota aérea armadana.

Sobre la batalla el aire parece tan denso como el mar. Es viscoso y untuoso con las descargas de los cañones y las catapultas y los lanzallamas, con los dirigibles que se precipitan hacia abajo expulsando una hemorragia de gas, con los golems cazadores y la niebla empapada de sangre y las bocanadas de hollín.

Hay una terrible lentitud, un cuidado solemne detrás de cada movimiento. Cada corte, cada golpe aplastante, cada bala que atraviesa un ojo y perfora el hueso, cada explosión de fuego, cada navío que estalla parece parte de algo planificado.

Es un sórdido engaño.

A través de la oscuridad, Tanner distingue los vientres de los barcos enemigos y el centenar de formas que los rodean: navíos que avanzan a toda velocidad describiendo espirales, submarinos individuales fabricados a partir de la concha de nautili gigantes. Los submarinos armadanos dispersan a las pequeñas embarcaciones, se lanzan sobre los costados de hierro de los acorazados, emergen como ballenas.

Tanner está de pronto lejos, en mar abierto, entre los veloces tritones de Soleado que lo han aceptado entre sus filas. Ha extendido sus largos tentáculos y se ha aferrado a la concha quitinosa de uno de los pequeños submarinos nautilus. Se asoma por la pequeña portilla de cristal y puede ver cómo lo mira horrorizado el hombre de su interior que cree que ha debido de enloquecer al ver aquel rostro que le grita salvajemente, aquel rostro crobuzoniano, en el agua, que profiere una descarga de maldiciones en su propia lengua mientras levanta una voluminosa arma a la altura de su rostro y dispara.

El proyectil revienta el cristal y se hunde en la cara del marinero de Nueva Crobuzón, le destroza el pómulo y la base del cráneo y lo clava al fondo de su diminuto submarino. Tanner Sack mira fijamente al hombre al que acaba de matar… no, al hombre que aún no está muerto, cuya boca tiembla con espasmos de agonía y terror mientras el mar irrumpe como un vómito en su vehículo y lo ahoga.

Tanner se aparta y tiembla violentamente mientras contempla cómo muere el hombre, cómo se llena de agua el nautilus y cómo empieza a dar vueltas y a descender.

Los muertos y los pedazos están por todas partes, en los barcos y en el agua, como pedazos de papel dispersados por un incendio.

Tanner Sack caza hombres.

Aquí y allá zozobran las embarcaciones. Está rodeado por hombres agonizantes venidos de lo que un día fue su hogar. Sangran y expulsan el aire a borbotones. Están demasiado lejos de la superficie. Ninguno de ellos volverá a respirar.

Tanner vomita de repente, la repugnancia le abre la garganta por la fuerza y brota de él. Se siente asqueado, ajeno al paso mismo del tiempo, como si estuviera borracho o soñando, como si todo aquello no fuera algo real sino un recuerdo, incluso mientras ocurre.

(Por debajo de él pasan cosas oscuras y llenas de curiosidad y piensa que son sus aliados los tritones y sabe de inmediato que no es así.

Desaparecen y Tanner no tiene el tiempo, ni puede permitirse el lujo, de preguntarse lo que eran).

La batalla progresa a sacudidas convulsas. Un barco de relojería de Libreros se abre con un sonido desgarrador y vomita engranajes y enormes muelles y los cuerpos destrozados de las khepri. Las aguas que rodean las embarcaciones de Jhour se han espesado con la savia de los cactos masacrados. Cuando las bombas destrozan a los costrados, las nubes de su sangre se solidifican mientras estallan y forman una metralla de costras. Unos hotchi son aplastados entre los cascos.

Las bestias invocadas por las brujas jaiba de Armada golpean con sus colas empenachadas los barcos crobuzonianos y arrojan sus tripulantes al agua, donde los engullen con súbitas sacudidas de mandíbulas como cuchillas. Pero hay demasiadas como para controlarlas y terminan por convertirse en un peligro para las brujas.

En la niebla de la batalla, barcos de Armada chocan entre sí y las balas y jabalinas de Nueva Crobuzón atraviesan la carne de sus camaradas.

En momentos diferentes, por toda la batalla, hay hombres y mujeres que levantan la vista hacia el cielo, hacia el sol, a través de las nubes enrojecidas, a través del agua, a través de la película formada por su propia sangre y la de otros. Algunos yacen en el mismo lugar en el que han caído, agonizantes, sabiendo que la de ese sol es la última luz que verán.

El sol está bajo. El crepúsculo no estará a más de una hora.

Dos de los grandes vapores de Armada han sido destruidos. Otro, con los cañones de popa retorcidos como miembros paralizados, está muy dañado. Han desaparecido docenas de barcos pirata y acorazados de bolsillo.

Entre los colosos de la flota crobuzoniana, sólo el Beso de Darioch está perdido. Hay otros dañados, pero siguen luchando.

Los crobuzonianos están ganando. Una punta de flecha formada por algunos exploradores, acorazados de bolsillo y sumergibles ha logrado atravesar las líneas de los armadanos y se precipita sobre la propia ciudad, apenas a unos kilómetros de distancia. Bellis presencia su avance a través del enorme telescopio del Grande Oriente.

El Grande Oriente es el reducto, el corazón de la ciudad.

—Resistiremos —está gritando Uther Doul a los que lo rodean, a los francotiradores emplazados en lo alto de los mástiles.

Nadie ha sugerido lo contrario. Nadie ha sugerido que la ciudad azuce al avanc y escape.

Los barcos crobuzonianos soportan el fuego de los cañones emplazados en la Sorghum (y no lo devuelven, advierte Bellis, no se arriesgan a causar daño a la plataforma). Están ya tan cerca que sus estructuras pueden verse: los puentes, las torretas y barandillas y cañones; y las tripulaciones que preparan las armas y comprueban su estado, que gesticulan y se organizan en formaciones. La cordita humea sobre la cubierta y a Bellis le lloran los ojos. Ha empezado el tiroteo.

Es una incursión organizada. Los invasores no desembarcan al llegar al extremo de popa de la ciudad: mantienen su formación en punta de flecha y se introducen directamente en la bahía de embarcaciones que rodean a la Sorghum. Resulta evidente que se encaminan al Grande Oriente.

Bellis se aparta de la barandilla. Debajo de ella, la cubierta hierve de armadanos ansiosos por combatir. Se da cuenta de que ha quedado atrapada en la plataforma por una muchedumbre de cuerpos armados; de que es demasiado tarde para escapar.

Parte de ella quiere lanzar un grito de bienvenida —una bienvenida desesperada— al ver llegar a los crobuzonianos. Pero sabe que no tienen el menor interés en llevarla a casa, que para ellos es irrelevante que viva o muera. Siente una incertidumbre desesperada al darse cuenta de que no sabe que bando quiere que salga victorioso en esta batalla.

Mientras retrocede, se siente de pronto como si hubiera entrado en otra persona, se da cuenta de que ha sentido una perturbación en el aire y ha oído que alguien retrocedía de ella dando un rápido paso. Se revuelve al instante para ver, mientras el pánico hace presa de ella, pero no hay nadie allí. Está sola sobre la batalla.

Baja la vista hacia la hirviente muchedumbre de hombres y mujeres armados y sin que ella se dé cuenta sus ojos se posan sobre Uther Doul. Está completamente inmóvil.

Con una descarga de fuego de mosquete, la marina crobuzoniana aborda Armada. En el punto en que las dos fuerzas se encuentran, se desencadena un baño de sangre. Los cactos de Armada se encuentran en primera fila y los crobuzonianos se enfrentan a una línea formada por sus enormes cuerpos llenos de espinas. Los cactos parten a los hombres por la mitad con grandes golpes de sus tajadores de guerra.

Pero también hay hombres-cacto entre los crobuzonianos; y hombres con arcos huecos que disparan giratorias chakris reforzadas que impactan con la fuerza de hachas contra los músculos y huesos vegetales de los cactos, cortan miembros y destrozan fibrosos cráneos; y hay taumaturgos a bordo de los navíos invasores, que juntan sus manos y envían rayos de no-luz de oscuro resplandor sobre la masa de los armadanos.

Los invasores los están obligando a retroceder.

Alrededor de la estrecha plataforma de Bellis se encuentra ahora la marinería de Nueva Crobuzón. La mujer está paralizada. Parte de ella quiere salir corriendo hacia los invasores, pero aguarda. No sabe lo que va a ocurrir. No sabe lo que ella va a hacer.

De nuevo, vuelve a haber alguien en la plataforma, a su lado. Esa sensación va y viene.

Con una monótona y sangrienta inexorabilidad, las tropas de Nueva Crobuzón avanzan por la cubierta del Grande Oriente.

Hombres de uniforme se acercan a Uther Doul desde popa, babor y estribor. Está esperando. Los armadanos caen a su alrededor, son repelidos, abatidos por las balas de las pistolas de chispa y una cascada de espadas.

Bellis está mirando a Doul cuando por fin, de improviso, rodeado ahora por una hueste que se le acerca cada vez a más velocidad, por pistolas y mosquetes y sables curvos, se mueve.

Profiere un grito, un aullido prolongado que es salvaje pero musical, que cobra forma y se convierte en su propio nombre.

Doul —grita, y repite, como si fuera la llamada de un cazador—. ¡Dooooooouuuuuul!

Y es respondido. Los armadanos que luchan en la cubierta recogen la llamada y su nombre resuena como un eco por toda la nave. Y, mientras los soldados de Nueva Crobuzón tratan de rodearlo, tratan de mantenerlo a raya con sus armas, Uther Doul ataca al fin.

De repente empuña una pistola en cada mano, desenvainadas de las cartucheras del cinturón, y las levanta y dispara en direcciones diferentes y cada una de ellas revienta la cara de un hombre. Inservibles ahora que las ha utilizado, las arroja lejos de sí mientras gira sobre sus talones (el hombre que hay a su lado sigue inmóvil) y vuelan dando vueltas a gran velocidad y golpean a un hombre en el pecho y a otro en la garganta y entonces Doul tiene otras dos pistolas en las manos y vuelve a disparar simultáneamente (y ahora, sólo ahora, terminan las dos primera víctimas de caer al suelo) y otros dos hombres caen dando feas volteretas, muerto uno moribundo el otro y él se vuelve y vuelven a ser proyectiles sus armas que derriban y dejan inconscientes a sendos enemigos.

Cada movimiento que hace Doul es perfecto, pulcro y directo. No hay excesos, no hay curvas.

Los hombres que lo rodean empiezan a chillar pero el impulso de los que vienen tras ellos los obligan a seguir avanzando. Se mueven con torpeza hacia Doul, que está en el aire, con las piernas dobladas, girando en medio del apagado traqueteo de las balas. Dispara con nuevas armas y las arroja contra los rostros de más enemigos y entonces deja al fin que sus pies vuelvan a tocar el suelo. Tiene su última pistola en la mano y salta de un rostro encogido al siguiente, dispara, da un brinco, la arroja a un lado, golpea con las rodillas dobladas, un movimiento de lucha callejera que le parte la nariz a un cacto y lo arroja contra los cuerpos de sus camaradas crobuzonianos.

Bellis observa, con la respiración entrecortada, sin moverse. Por todas partes la lucha es fea, contingente y caótica y estúpida. La asombra que Doul sea capaz de hacerla hermosa.

Queda inmóvil un momento, mientras las tropas de Nueva Crobuzón se reagrupan y lo cercan. Está rodeado. Entonces la hoja cerámica de Doul aparece con un destello de piedra pulimentada.

Su primer golpe es preciso, una estocada tan rápida que resulta imposible de ver, que se hunde en una garganta y sale en un parpadeo, seguida por un haz de savia que ahoga al cacto en su propia vida. Y entonces Uther Doul está rodeado por completo y vuelve a gritar su nombre, sin ningún miedo y cambia de postura y su mano se mueve a lo largo de su cuerpo, enciende el motor dormido de su cinturón y libera la Posible Espada.

Hay un crujido en el aire, como de estática, seguido de un zumbido. Bellis no puede ver el brazo derecho de Doul con claridad. Parece parpadear, vibrar. No está atrapado en el tiempo.

Doul se mueve (baila) y se vuelve para encarar a la masa de atacantes. Su brazo izquierdo sale despedido hacia atrás con gracia simiesca y desenvuelta y entonces, con pasmosa velocidad, levanta el brazo del arma.

Su espada alcanza su plenitud.

Es fecunda, rebosante, derrama ecos en todas direcciones. Doul tiene un millar de brazos derechos que sajan en un millar de direcciones. Su cuerpo se mueve y, como un árbol de una complejidad asombrosa, sus brazos derechos se desperdigan por el aire, sólidos y aterradores.

Algunos de ellos apenas son visibles, otros son casi opacos. Todos se mueven con la velocidad de Doul, todos empuñan su espada. Se entrelazan y solapan y se mueven los unos alrededor de los otros y muerden al golpear. Ataca a izquierda y derecha e izquierda, y arriba y abajo, y empala y para y corta de forma salvaje, todo ello al mismo tiempo. Un centenar de espadas bloquean cada ataque que le lanzan sus enemigos e incontables más contestan de forma brutal.

Los hombres que lo rodean están marcados y lacerados con un palimpsesto de heridas monstruosas. Doul golpea y la sangre y los gritos manan a su alrededor a borbotones increíbles. Los marineros de Nueva Crobuzón están paralizados. Por un segundo, observan cómo caen sus camaradas segados por una muerte sanguinolenta. Y Uther Doul vuelve a moverse.

Grita su nombre, se vuelve y gira en el aire sobre ellos, mientras lanza patadas y rueda, siempre en movimiento y allí donde mira, en todas direcciones, ataca la Posible Espada. Está rodeado, envuelto, oculto tras un velo de casi-espadas y su armadura gris apenas resulta visible tras el muro traslúcido de sus propios ataques. Es como un espíritu, un dios de la venganza, un viento asesino que empuña una miríada de espadas. Se mueve entre los hombres que han abordado su barco y levanta una neblina de su sangre y los deja allí, muriendo, los miembros y las partes de sus cuerpos retorciéndose sobre la cubierta. Su armadura está roja.

Bellis ve su rostro un instante. Es una ruinosa máscara encogida por un gruñido salvaje.

Los hombres de Nueva Crobuzón mueren en gran número y disparan sus armas como niños.

Con una estocada e incontable heridas, Doul abre en canal a una taumaturga que está tratando de frenarlo y el poder de la mujer hace que la sangre le hierva mientras se disipa; y abate a un enorme cacto que levanta un escudo que para muchos cientos de los ataques de Doul pero no puede protegerlo de todos; y asesina a un marinero armado con un lanzallamas cuyo tanque de gas pirético se raja y estalla y lo prende al mismo tiempo que recibe un tajo en la cara. Incontables golpes con cada ataque.

—Dioses —susurra Bellis para sí, perpleja—. Que Jabber nos proteja… —está aterrada.

Uther Doul mantiene encendida la Posible Espada durante menos de medio minuto.

Cuando la apaga con un movimiento del pulgar y queda de pronto inmóvil, por completo, y se vuelve hacia los marineros crobuzonianos supervivientes, su rostro está en calma. La fría, muda solidez de su brazo derecho resulta chocante. Parece una especie de monstruo, un fantasma cubierto de sangre. Respira profundamente, húmedo, empapado con sangre de hombre que le resbala por todo su cuerpo.

Uther Doul vuelve a gritar su propio nombre, sin aliento, salvajemente triunfante.

Invisible tras la sombra de Bellis, el hombre aparta la estatua de sus labios.

Está horrorizado. Está completamente aterrorizado. No lo sabía, piensa, frenético, no sabía que pudiera hacer eso…

El hombre ha visto subir a bordo a sus liberadores y ha visto cómo iban abriéndose paso entre las filas de sus enemigos, cómo se apoderaban del Grande Oriente, cómo se hacían con el barco, el corazón de Armada… y ahora ha visto cómo eran abatidos y masacrados y destruidos en cuestión de segundos por Uther Doul.

Vuelve la mirada frenética hacia la escuadra de fragatas que se ha situado entre la Sorghum y la ciudad y vuelve a introducir la lengua en la estatua y siente que ésta le entrega de nuevo su poder y considera la posibilidad de saltar sobre la estructura en la que se encuentra, sobre los cadáveres que hay abajo, hasta los barcos de Nueva Crobuzón.

—¡Soy yo! —podría decir—. ¡Estoy aquí! ¡Yo soy la razón de que estéis aquí! ¡Vámonos, huyamos, huyamos de aquí!

No puede matarlos a todos, piensa el hombre mientras va recuperando el valor y mira fijamente la figura teñida de rojo de Uther Doul, allá abajo. Aun con esa maldita espada, son demasiados, y los barcos de Armada están siendo barridos, y las tropas de Nueva Crobuzón acabarán por llegar hasta aquí y entonces podremos marcharnos. El hombre se vuelve y mira hacia el lugar en el que los acorazados están haciendo trizas los restos de la flota de Armada.

Pero, mientras se incorpora de nuevo para marcharse, ve algo.

La legión de remolcadores y vapores que han rodeado a Armada como una corona y han tirado de ella durante décadas y que ha quedado ociosa desde la llegada del avanc, está empezando a abandonar la órbita de la ciudad y se dirige hacia la flota de Nueva Crobuzón.

Los barcos han sido reacondicionados por tripulaciones frenéticas que los han cargado de cañones, de pólvora negra y explosivos, de arpones y células y baterías de flogisto y dentaduras, clavados, soldados, atornillados de forma improvisada. Ninguno de ellos es un barco de guerra: ninguno sería rival para un acorazado. Pero son muchísimos.

Invisible, el hombre se encoge, paralizado. No pensé… balbucea para sus adentros, mudo. No pensé en ellos.

Le ha contado todo al gobierno: les ha advertido sobre los nauscopistas, para que los meteoromantes de Nueva Crobuzón pudieran ocultar la llegada de su flota; de las aeronaves, para que los golems estuvieran preparados; les ha informado del número de barcos a los que tendrían que enfrentarse. Las fuerzas de Nueva Crobuzón han sido calculadas para derrotar a la flota armadana cuya cuantía y fuerza ha investigado este hombre antes de informarlos. Pero no se le ocurrió contar los inútiles y viejos remolcadores y vapores, pesqueros de arrastre y barcazas. No se los imaginó liberados y cargados de explosivos. No los imaginó navegando como están haciendo ahora, en dirección a un acorazado o un barco de guerra, disparando sus patéticos cañones como niños rebeldes: no imaginó a sus tripulaciones, abandonándolos cuando se encuentran apenas a unos pocos metros de distancia, escapando de las humeantes embarcaciones en botes y esquifes y observando cómo se precipitan contra los flancos de los barcos de Nueva Crobuzón y abren vías de agua en sus costados de hierro y se incendian y explotan.

Al oeste hay una mancha de sucios colores y el sol está muy bajo. Las tripulaciones de los dos dirigibles que esperan junto al Uroc están impacientes.

El Brucolaco y sus vampiros estarán muy pronto despiertos y dispuestos para la lucha.

Pero algo está cambiando en el mar, a popa de la ciudad. Los marineros crobuzonianos que la han abordado están presenciando con asombro aterrorizado lo que los armadanos contemplan con furiosa esperanza.

Los remolcadores continúan su penoso avance hacia la flota de Nueva Crobuzón hasta que, en grupos de uno o de dos, empiezan a chocar contra ella. Se precipitan hacia los acorazados, con los motores recalentados, los timones encajados para que no se desvíen y a toda máquina. Varios de ellos vuelan por los aires, convertidos en fuentes de metal y carne, antes de llegar. Pero hay muchísimos.

Cuando alcanzan los costados colosales de los acorazados, las proas de los pesqueros y remolcadores se arrugan y se doblan hacia atrás. Y, al ser comprimidos, los motores al rojo vivo estallan y el petróleo o la pólvora o la dinamita amontonadas junto a ellos se encienden. Y, con llamas feas y untuosas, con grandes bocanadas de humo y estallidos secundarios que disipan parte de la energía en sonido, con una, dos o tres detonaciones menores en vez de una grande y sólida, los barcos explotan.

Incluso unos torpedos tan imperfectos como aquellos empiezan a hacer mella en los acorazados de Nueva Crobuzón.

Tras ellos, la quebrantada flota de Armada empieza a reagruparse. Las naves se han frenado y están siendo abatidas poco a poco por la masacre de las embarcaciones sacrificadas. Los acorazados de Armada reagrupan a su flota y empiezan a disparar a sus enemigos, ahora detenidos.

El mar está lleno de botes salvavidas, las tripulaciones de los navíos abandonados que ahora se precipitan lentamente hacia los barcos de Nueva Crobuzón; reman de forma frenética para tratar de evitar a los demás barcos armadanos que se aproximan. Algunas de ellas fallan: son atropelladas y hundidas; algunas son volcadas por las enormes olas sanguinolentas o atrapadas por la bocanada de calor de las cargas de profundidad o hechas pedazos por salvas de los cañones. Pero muchas logran escapar a mar abierto y regresan a Armada mientras sus pequeños y feos remolcadores se arrojan sobre los invasores y explotan.

Aquellos atacantes inesperados han detenido a los crobuzonianos. Una ridícula y costosa línea de defensa, un barco detrás de otro en un holocausto colectivo arrojado sobre los costados de hierro de sus enemigos.

Obligan a los acorazados a detenerse.

El Caminante de la Mañana se está yendo a pique.

Se alza un grito de triunfante asombro en el extremo de popa de Armada, desde donde los ciudadanos pueden ver lo que está ocurriendo apenas a unos kilómetros de distancia.

El bramido es recogido por quienes oyen el grito de triunfo y lo imitan; y luego por quienes están detrás de ellos, y detrás de éstos. Se extiende por toda la ciudad. Al cabo de un minuto, hasta en el último rincón de Otoño Seco y Sombras y la Espuela del Reloj, al otro lado de Armada, los hombres y las mujeres gritan de éxtasis, aunque no están muy seguros del por qué.

Los soldados de Nueva Crobuzón asisten a la escena con un horror total. Una enorme grieta se extiende por el costado del Caminante de la Mañana. Más barcos diminutos chocan contra él y estallan mientras empieza a combarse, mientras su silueta magistral empieza a retorcerse; y se escora en toda su longitud, como si lo estuviera haciendo a propósito; y unas pequeñas y frenéticas figuras empiezan a arrojarse por sus costados; y las explosiones continúan, hasta que la proa se eleva de repente sobre la superficie del mar y, con una terrible y estremecedora explosión, se parte en dos y arroja hombres y metal y carbón —toneladas y toneladas— al mar.

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