La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 36

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Las tripulaciones de los barcos de Nueva Crobuzón asisten al hundimiento de su posibilidad de regresar a casa. Los armadanos vuelven a gritar de júbilo mientras la enorme forma se dobla sobre las aguas, pesada y pesarosa, como si se arrepintiese de sus movimientos, y se hunde vomitando llamas.

El buque insignia de la flota crobuzoniana ha desaparecido.

Frenéticos, los demás acorazados empiezan a disparar salvas a la propia Armada, pero es demasiado pronto y sólo consiguen agitar las aguas y que la ciudad se balancee como si estuviera en medio de una tormenta. Sin embargo, algunos de los barcos de menor tamaño están ya a distancia de tiro y sus pesados cañonazos destrozan mástiles y atraviesan el tejido de la ciudad.

Una bomba cae en el Mercado de Invercaña y destroza un círculo de puestos montados sobre barcas. Dos salvas vuelan y abren un agujero en un costado del Pincherman por el que salen despedidos centenares de libros ardiendo que van a caer al mar. Algunos barcos son hundidos mientras los puentes de madera que los unen por los cuatro costados se hacen astillas.

Angevine y Shekel, escondidos del resto de los invasores crobuzonianos, se consuelan mutuamente. El rostro de Shekel está sangrando de forma copiosa.

Pero por muy terribles que puedan ser estos ataques, sólo los grandes acorazados podrían destruir la ciudad y éstos no están todavía a distancia de tiro. Están siendo hostigados, frenados, hundidos, por la masacre de remolcadores cargados de pólvora. Los navíos armadanos no dejan de llegar. Después de que la quinta explosión le quiebre la quilla, el Daño de Suroc empieza a escorarse, a agrietarse, a zozobrar, a desplomarse en las aguas.

Los acorazados de bolsillo y los exploradores se arremolinan, solícitos e inútiles, a su alrededor, como los zánganos de una reina moribunda. Bajo el renovado ataque de la flota de Armada pero sobre todo a causa de los inesperados y suicidas ataques de los remolcadores remozados, los colosos de la flota de Nueva Crobuzón van siendo, uno detrás de otro, destruidos.

Desde la elevada cubierta del Grande Oriente, el hombre profiere un grito de horror que nadie escucha.

Se pone tenso y besa su estatua con un frenesí ferviente y se prepara para plegar el espacio un poco y subir de un salto a bordo de la fragata que ve debajo de él y cuyos motores están empezando encenderse para llevársela de allí. Pero se detiene al darse cuenta de algo terrible.

Mientras él asiste a la escena, los dos últimos colosos se estremecen bajo los ataques enemigos y disparan sus cañones. Y a pesar de que su respuesta se cobra varios barcos armadanos, las crueles explosiones que sacuden sus flancos continúan hasta que los dos naves crobuzonianas se van a pique.

El carbón de los invasores se ha hundido. El hombre contempla lo sucedido, casi mudo. Ahora no tiene ningún sentido saltar a bordo de la fragata o nadar hacia las naves de su país natal. Aunque los armadanos no los destruyan todos, aunque uno o dos de los cruceros rápidos logren escapar, están en mitad del Océano Hinchado, en aguas que nadie ha cartografiado, a más de tres mil kilómetros de la tierra más próxima y al doble de esa distancia de su hogar. Dentro de unos pocos cientos de millas, sus calderas se apagarán y los barcos de Nueva Crobuzón se detendrán.

No tienen velas. Se pudrirán y morirán.

No hay esperanza para ellos.

El rescate ha fracasado. El hombre sigue atrapado.

Baja la mirada y se percata con sorda sorpresa de que sin darse cuenta ha vuelto a entrar en fase con el espacio de Bellis. Si ella se volviera ahora, lo vería. Vuelve a besar la estatua, medio entumecido, y desaparece.

Cayó la noche y finalmente despegaron los dirigibles de Otoño Seco, cada uno de ellos con una tripulación de asesinos a bordo. Sobrevolaron lo que quedaba de la batalla, mientras los vampiros que venían en ellos, saboreando con las largas lenguas el aire de la noche, se preparaban para entrar en acción.

Era demasiado tarde. La lucha había terminado.

Los aeróstatos vagaban sin propósito concreto sobre las aguas manchadas de hollín y metal retorcido y ácido y petróleo y aquí y allá algún residuo resplandeciente de leche de roca, y savia, y muchos litros de sangre.

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