La Cicatriz
Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 37
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Al principio la ciudad parecía henchida de deleite exhausto; una especie de euforia desgarrada, herida.
Pero eso no duró mucho. Durante los siguientes días, Bellis fue cobrando aguda conciencia del silencio; reinaba una quietud constante en Armada. Había empezado tras la batalla, cuando los gritos de triunfo se apagaron y se hizo evidente la escala de la devastación.
Bellis no había dormido la noche después de la carnicería. Se levantó al amanecer, como miles de ciudadanos más y, medio aturdida, salió a pasear por la ciudad. El horizonte al que se había acostumbrado se había modificado de muchas y extrañas maneras. Barcos en los que había comprado papel, o bebido té o sencillamente paseado sin pensar, un millar de veces, habían desaparecido.
El Parque Crum estaba casi intacto. El Cromolito, el Tolpandy, el propio Grande Oriente, estaban enteros.
En muchas ocasiones, durante los días que siguieron, Bellis doblaría un recodo en algún callejón laberíntico o cruzaría un puente de madera, o entraría en una plaza bien iluminada y vería a gente llorando a sus muertos. Algunos estaban mirando fijamente una zona dañada de la ciudad, un agujero en el que el barco que les servía de hogar había estado, un montón de añicos que había sido un mercado, una iglesia destrozada por la caída de unos mástiles…
Era injusto, pensó Bellis, que muy pocos de los lugares que ella frecuentaba hubieran sido dañados. ¿A qué derecho obedecía eso? Después de todo, a ella ni siquiera le hubiera importado.
Un número enorme de armadanos había muerto. Entre ellos se encontraban varios miembros del Consejo de Raleas y la Reina Braginod de Jhour. El Consejo eligió a sus sustitutos y el bastón de mando de Jhour pasó sin mayores aspavientos al hermano de Braginod, Dynich. A nadie pareció importarle especialmente. Armada había dejado miles de cuerpos en el mar.
La gente contemplaba la Sorghum y murmuraba que no merecía la pena.
Bellis paseaba por el paisaje derruido y violentado de la ciudad como si estuviera soñando. Hasta en aquellos lugares que no habían sido castigados por la artillería enemiga, la tensión provocada por las sacudidas del mar habían provocado daños a la arquitectura. Los arcos se habían quebrado y sus piedras clave descansaban ahora en el fondo del mar. Se habían producido incendios; calles estrechas se habían hecho pedazos al moverse, tocarse y chocar entre sí las filas de casas que parecen apoyarse las unas en las otras. La ciudad había sufrido daños que hubieran sido imposibles en tierra firme.
En sus vagabundeos, Bellis escuchó miles de historias: cuentos exagerados de heroísmo y descripciones morbosas de heridas y lesiones. Poco a poco, empezó a excavar en busca de información. Movida por una curiosidad que no entendía (durante aquellas horas se sentía como una autómata, como si estuviera moviéndose sin su consentimiento), investigó lo que les había ocurrido a los demás pasajeros del Terpsícore.
Circulaban historias conflictivas sobre las Cardomium. Bellis oyó hablar de los tripulantes que seguían encarcelados porque su lealtad hacia Armada seguía estando en cuestión. Le contaron que al comienzo del bombardeo había estallado un gran tumulto en los barcos prisión situados en la proa de Anguilagua y que los prisioneros habían empezado a gritar a sus compatriotas que acudieran a rescatarlos.
Los invasores, por supuesto, no habían acudido y sus gritos no habían recibido respuesta.
La hermana Meriope estaba muerta. Bellis quedó conmocionada al enterarse, de una horrible manera abstracta, como si estuviera viendo un color inesperado. En medio del caos reinante, le contaron, varios prisioneros del manicomio habían escapado, entre ellos la hermana Meriope. La monja, en un estado de gestación ya muy avanzado, había llegado al extremo de proa de la ciudad y había empezado a correr hacia la fuerza de abordaje de Nueva Crobuzón, saludándolos a gritos, extasiada. La habían abatido de un tiro. Era imposible saber cuál de los bandos era el responsable.
Aquélla era la clase de historia que oía una vez tras otra: el crobuzoniano que, enfrentado de repente con lo que parecía una oportunidad inesperada para regresar a su hogar, había tratado desesperadamente de cambiar de bando en medio de la batalla y había muerto. Varios de los pasajeros del Terpsícore habían caído de aquella manera. Y aunque su número se exagerase, aunque los detalles hubiesen sido retorcidos para hacer de ellos una historia moral sobre la lealtad, Bellis estaba segura de que muchos debían de haber muerto de aquella manera.
Se daba cuenta —no hacía falta ser muy listo para comprenderlo— de que su seguridad hubiese estado desde luego en entredicho de haber buscado refugio entre las tropas crobuzonianas. Había decidido hacía tiempo que su regreso a casa debía ser responsabilidad suya. Sabía que su supervivencia le importaría bien poco a la ciudad. Después de todo, había huido de ella y con buenas razones.
Durante la batalla, había estado paralizada, incapaz de sentir el deseo de que uno u otro bando se alzara con la victoria. Había asistido a lo que ocurría como el espectador fortuito de un combate sangriento. Ahora que Armada había triunfado, no sentía alivio, felicidad, ni tampoco desesperación.
Después de la destrucción de los grandes acorazados, los demás barcos de Nueva Crobuzón habían huido con rumbo noroeste. Escaparon presa del pánico, demasiado aterrorizados para rendirse o para pedir cuartel a los armadanos. Escaparon fingiendo que les quedaba alguna esperanza, que podían llegar a algún puerto. Todo el mundo sabía que sus tripulantes estaban condenados.
Tres acorazados de bolsillo y una fragata fueron capturados. Al instante se convirtieron en los barcos más avanzados de Armada, pero a pesar de ello era una magra recompensa a cambio de las docenas de embarcaciones que la ciudad había perdido. Una buena parte de su flota, dos sumergibles y la mitad de los vapores reconstruidos a toda prisa, habían sido sacrificados para hundir los acorazados. El Tridente y diez aeróstatos de menor tamaño se habían perdido. La enorme aeronave, sobrecargada por los golems que la atacaban como una jauría de ratas, había descendido hasta la furia del fuego, que había prendido el cuero y reventado su estructura.
Los armadanos habían tardado muchas horas en regresar a la ciudad, remando en sus lanchas salvavidas, nadando o aferrados al resto de algún naufragio. Los taumaturgos e ingenieros que trabajaban en la base del Grande Oriente frenaron la marcha del avanc durante más de un día. La enorme criatura, ajena al caos homicida que tenía lugar sobre ella, había seguido adelante sin interrupción.
Como era de esperar, algunos de los que llegaban a la ciudad eran soldados de Nueva Crobuzón. Puede que algunos, los más emprendedores, robaran la ropa a los cadáveres armadanos y llegaran hasta Armada para empezar una nueva vida a bordo —como marineros que eran, todos ellos hablaban un sal cuanto menos pasable—. Pero la mayoría estaba demasiado traumatizada para comportarse de manera tan calculadora y así, en las horas que siguieron a la batalla, en las cubiertas de Armada empezaron a aparecer marineros crobuzonianos vestidos con uniformes empapados y destrozados, dominados por un terror miserable. Tenían más miedo de ahogarse que de la venganza de los armadanos.
En aquellos días ruinosos que siguieron a la guerra, bajo un cielo rojo y negro a causa del humo, los aterrados marineros de Nueva Crobuzón provocaron una crisis política. Por supuesto, enfurecidos por sus pérdidas, los armadanos castigaron a sus harapientos prisioneros. Los recién llegados fueron golpeados y azotados —algunos de ellos hasta la muerte— mientras sus torturadores aullaban los nombres de amigos caídos. Pero al cabo, el cansancio, la repugnancia y un cierto entumecimiento acabaron por aposentarse y los crobuzonianos fueron conducidos al Grande Oriente y allí confinados. Al fin y al cabo, la historia de Armada se había erigido sobre la asimilación de extraños y enemigos después de cualquier batalla, cuando cualquier embarcación era hecha prisionera.
Ésta era una circunstancia más violenta y más terrible que cualquier otra que la ciudad hubiera vivido en el pasado, pero a pesar de ello no se cuestionaba el destino de los enemigos capturados. Como había ocurrido con el Terpsícore, aquellos que pudieran ser asimilados se convertirían en armadanos.
Sólo que, esta vez, los Amantes no estaban de acuerdo.
Habían emergido de la batalla enfurecidos y electrizados, extasiados, con cicatrices nuevas que no se correspondían con las del otro (algo que corregirían durante las noches siguientes). Todo el paseo, toda la ciudad, quedó conmocionada cuando se supo que los Amantes pretendían expulsar a los crobuzonianos.
En una asamblea apresuradamente reunida a bordo del Grande Oriente, la Amante expuso su caso. En una violenta diatriba contra los prisioneros, les recordó a los ciudadanos que por su causa sus familias habían sido destruidas, la ciudad había sido arrasada y más de la mitad de sus barcos se había perdido. Ahora mismo había a bordo muchos más prisioneros de los que Anguilagua o cualquier otro paseo hubiera tenido nunca que hacerse cargo. Con la escasez de recursos, con la ciudad vulnerable, ahora que Nueva Crobuzón les había declarado la guerra, ¿cómo iban a absorber a tantos enemigos?
Pero muchos de los que ahora eran armadanos habían sido antaño enemigos. Desde que la ciudad existía, los armadanos habían aceptado la norma de que una vez que la batalla terminaba, no había ningún agravio con los soldados del enemigo. Se les daba la bienvenida y, con suerte, se les convertía en ciudadanos. Aquello, al fin y al cabo, era Armada: una colonia formada por los perdidos, los renegados, los ausentes, los derrotados.
Los prisioneros de Nueva Crobuzón tiritaban en sus celdas sin saber la controversia que habían provocado.
No sería un asesinato, arguyó la Amante. Podrían obligarlos a subir a bordo de un barco, darles provisiones e indicarles la dirección de Bered Kai Nev. No era imposible que lo lograran.
Era un argumento poco convincente.
Ella cambió de tercio y, enfurecida, empezó a decir que, con el avanc, la ciudad debía seguir su camino, que tenía el poder de llegar a lugares con los que Armada ni siquiera había soñado, de hacer cosas inimaginables y que malgastar sus recursos para sonarle los mocos a un millar de recién llegados —asesinos— llorones era una estupidez.
Pero a pesar de que las heridas seguían abiertas y frescas, a pesar de que el recuerdo de la batalla seguía dolorosamente presente, el parecer de la multitud se estaba volviendo contra ella. No lograba convencerlos. Los demás gobernantes aguardaban y observaban.
Bellis lo comprendió. No es que los allí reunidos albergaran amor, misericordia o compasión por los prisioneros. Aquello no tenía que ver con los soldados sanguinolentos y heridos que se apiñaban, agónicos y miserables, debajo de ellos. Los armadanos no estaban preocupados por ellos sino por la propia ciudad. Esto es Armada, estaban diciendo. Así es como es, esto es lo que es. Si lo cambiamos, ¿cómo sabremos lo que somos? ¿Cómo sabremos lo que debemos ser?
La Amante no podía cambiar con un discurso los siglos de tradición… una tradición erigida para la supervivencia de la ciudad. Estaba sola en el escenario y estaba perdiendo la discusión. Con un acceso de duda súbito y chocante, Bellis se preguntó dónde estaría el Amante y si estaría de acuerdo con ella.
Al sentir el descontento reinante, aquellos que estaban de acuerdo con la argumentación de la Amante empezaron a gritar espontáneamente para ofrecerle su apoyo y pedir venganza contra los cautivos. Pero un número mayor de voces se alzó para oponerse a ellos y los acallaron.
Algo cambió, algo decisivo. De repente resultaba evidente que aquella multitud no permitiría que los crobuzonianos fueran asesinados, ni siquiera por medio de aquella farsa de misericordia que la Amante había sugerido. Era evidente que el largo, a veces sencillo, a veces cruel proceso de asimilación tendría que dar comienzo y que se invertirían muchos meses de esfuerzo en los hombres y mujeres que habían hecho prisioneros; que con el tiempo algunos de ellos terminarían por reconciliarse con sus nuevas vidas mientras que otros no lo harían y permanecerían encarcelados; y sólo entonces, después de mucho tiempo, después de largos esfuerzos de persuasión, se permitiría, tal vez, que fueran ejecutados.
—¿A qué coño viene tanta prisa? —gritó alguien—. Y, además, ¿adónde cojones nos estáis llevando?
La Amante cedió entonces, súbitamente, con carisma; se encogió de hombros en un exagerado gesto de humildad, se plegó y anunció que la orden quedaba rescindida. Así se ganó la ovación desigual de una audiencia que, a pesar de todo, estaba ansiosa por olvidar una mala sugerencia nacida de la cólera. No respondió a la pregunta del hombre que la había interrumpido.
Bellis recordó aquel momento más tarde y comprendió su posición clave en el curso de los acontecimientos. Aquél fue el momento, se diría durante las siguientes semanas, en el que todo cambió.
Las embarcaciones que habían quedado demasiado dañadas para navegar se amarraron a la ciudad y empezaron a ser arrastradas por el incansable avanc. Nadaba a un ritmo constante, sin capricho o tirones inesperados, a casi diez kilómetros por hora.
Hacia el norte.
Los días estaban llenos de servicios funerarios, homenajes, homilías y rezos. Empezó la reconstrucción. Las grúas trabajaban sin descanso. Por todas partes se veían las cuadrillas de obreros que trabajaban en los edificios dañados; reconstruían lo que podía ser reconstruido y cambiaban lo que no. Durante las noches, los pubs y garitos estaban llenos pero silenciosos. Durante aquellos días funestos, Armada no estaba de muy buen humor. La herida seguía sangrando, no había cicatrizado aún.
La gente empezó a hacer preguntas. Delicada, muy cuidadosamente, empezaron a sondear las heridas de sus mentes, aquellas zonas tiernas que había dejado la guerra y, al hacerlo, empezaron a surgir terribles incertidumbres.
¿Por qué han venido?, se preguntaban los armadanos a sí y entre sí (mientras negaban con la cabeza y bajaban la mirada). ¿Y cómo es posible que nos hayan encontrado desde el otro lado del mundo?
¿Podrían volver?
Este lento y creciente espíritu de ira e inquietud planteó cuestiones de más calado que la propia guerra. Y cada cuestión planteó a su vez otras.
¿Qué es lo que hemos hecho para atraer su atención?
¿Qué estamos haciendo?
¿A dónde vamos?
El entumecimiento de Bellis empezó a desvanecerse. No había visto a nadie desde la batalla. Uther Doul no la había buscado; no había dado con Carrianne o Johannes. Salvo para escarbar en los rumores que proliferaban como malas hierbas, apenas había pronunciado palabra desde hacía días.
Al segundo día tras la batalla empezó a pensar. Algo en ella despertó y contempló la ciudad dañada con la primera emoción que sentía desde hacía algún tiempo: un horror frío. Se dio cuenta, para su sorpresa, de que estaba horrorizada.
Mientras alzaba la mirada hacia el sol sintió el despertar de las emociones e incertidumbres y terribles certezas que había estado guardando.
—¡Oh!, dioses —se dijo en silencio—. ¡Oh!, dioses.
Sabía tantas cosas, pensó. Tantas cosas que ahora le resultaban evidentes, tantas y tan terribles… No podía mirarlas de frente; ahora mismo no podía pensar en ellas. Había entendimiento y conocimiento en su interior pero se apartó de ellos como lo hubiera hecho de un monstruo.
Aquel día, Bellis comió y bebió y paseó como si nada hubiera cambiado; con movimientos tan torpes y convulsos como los de todas las demás personas traumatizadas que la rodeaban. Pero de tanto en cuanto, en raras ocasiones, se encogía, parpadeaba, siseaba y rechinaba los dientes, mientras aquello que sabía se removía en su interior. Estaba embarazada de ello, un feto gordo y maligno que estaba tratando por todos los medios de ignorar.
Parte de ella sabía que no había modo de acallarlo del todo, pero no quería más que ganar algo de tiempo, sin decirlo, sin ponerlo jamás en palabras, sin atreverse a aproximarse a esa comprensión que llevaba a rastras con aquella sensación enfurecida y aterrada de aún no, aún no…
Vio la puesta de sol desde el tosco rectángulo recortado que era su ventana y leyó y volvió a leer su carta mientras trataba de reunir fuerzas y resolución para escribir algo sobre la batalla, sin saber lo que hacer. A las diez en punto alguien llamó a su puerta de forma perentoria y al abrir se encontró con Tanner Sack.
Estaba de pie en la pequeña plataforma que sobresalía de la chimenea al otro lado de la puerta, en lo alto de las escaleras. Lo habían herido en la batalla. Le habían curado y cosido el rostro y tenía el ojo izquierdo completamente cerrado a causa de la hinchazón. Llevaba un vendaje en el pecho y los feos tentáculos que sobresalían de él estaban entrelazados. Empuñaba una pistola y estaba apuntándole a la cara. Su mano no temblaba.
Bellis la miró fijamente, escudriñó el agujero situado en su extremo. La gruesa y odiosa comprensión que había estado nutriendo brotó de ella, imparable. Supo la verdad y supo por qué estaba a punto de matarla Tanner Sack y, agotada por completo, supo que si él apretaba el gatillo, si ella oía la detonación, en la fracción de segundo que transcurriría antes de que la bala le atravesase el cerebro, no lo culparía por hacerlo.