La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 38

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—Puta asesina de mierda.

Bellis asió el respaldo de su silla, mientras boqueaba de dolor y parpadeaba para aclararse la vista. Tanner Sack la había golpeado una vez, un bofetón con el revés de la mano que la había arrojado contra la pared. El golpe parecía haberse llevado su cólera y haberle dejado tan sólo fuerzas para hablar con odio. Seguía apuntándole a la cabeza con su arma.

—No lo sabía —dijo Bellis—. Juro por Jabber que no lo sabía —no sentía casi miedo. Más bien era una densa vergüenza y una confusión que emborronaba sus palabras.

—Mala puta —dijo Tanner sin alzar la voz—. Puta chupasangre, zorra, zorra, que te jodan…

—No lo sabía —repitió ella. El arma no titubeó.

Volvió a insultarla, una sucesión de improperios lenta y cansina que ella no interrumpió. Le dejó hablar hasta que se cansó. La maldijo durante un buen rato y entonces, de improviso, cambió de tercio y empezó a hablar con un tono de voz normal.

—Todos muertos. Toda esa sangre. Yo estaba bajo las olas, ¿sabías? Estaba nadando en ella —susurraba las palabras—. Nadaba en la puta sangre. Matando hombres como yo. Estúpidos niños de Nueva Crobuzón que podrían haber sido mis camaradas. Y si se me hubieran llevado, si se hubieran salido con la suya, si hubieran conseguido lo que querían, si hubieran conquistado esta maldita ciudad, entonces la matanza no habría terminado. Ahora estaría de camino a las colonias. Un esclavo Rehecho. Mi chico —dijo de repente, bajando la voz—. Shekel. Conoces a Shekel, ¿verdad? —La miró fijamente—. Te ha ayudado unas cuantas veces. Su novia, Angevine, y él se vieron atrapados en la lucha. Ange sabe cuidarse sola pero él… El muy estúpido se consiguió un rifle. Una bala acertó en la borda, justo debajo de él y las astillas se le han clavado por toda la cara. Algo horrible. Estará marcado… toda su vida. Y aquí estoy yo, pensando que si ese crobuzoniano hubiera levantado su arma un par de centímetros, un par de putos centímetros, Shekel estaría muerto. Muerto.

Bellis no podía aislarse frente a la desolación de su voz.

—Como todos los otros que han sucumbido —la voz de Tanner sonaba apagada—. ¿Y quién las ha matado, a todas esas tripulaciones muertas? ¿Quién las ha matado? Tenías que pedir ayuda, ¿no? ¿Acaso pensaste en lo que podría ocurrir? ¿Lo hiciste? ¿Te importó? ¿Te importa ahora? —Sus palabras la golpeaban como martillazos y al mismo tiempo que negaba con la cabeza, no fue así como ocurrió, sentía una profunda vergüenza—. Tú la mataste, puta traidora. Tú… y yo.

Su pistola se mantuvo firme pero su rostro se distorsionó.

—Yo —dijo—. ¿Por qué tuviste que meterme a mí? —tenía los ojos inyectados en sangre—. Casi matas a mi chico.

Bellis parpadeó para reprimir sus propias lágrimas.

—Tanner —dijo con voz ronca—. Tanner —dijo con lentitud mientras alzaba las manos en un gesto de impotencia—. Te lo juro, te lo juro, te lo juro… no lo sabía.

Él debía de albergar algún vestigio de duda, se dijo, alguna incertidumbre, porque de otro modo le habría volado la cabeza sin más. Le habló durante largo rato, tropezando con sus propias palabras, tratando de encontrar la manera de expresar lo que, incluso a ella, le sonaba como algo imposible, una auténtica mentira.

Durante todo el rato que pasó hablando, la pistola no abandonó su rostro un solo instante. Mientras le contaba a Tanner lo que había comprendido, Bellis dejaba de hablar de tanto en cuanto, a medida que la verdad iba calando en su interior.

La ventana se veía sobre el hombro de Tanner Sack y su mirada estaba perdida a través de ella mientras hablaba. Así le resultaba mucho más fácil que mirándolo a los ojos. Cada vez que se volvía hacia él, algo en su interior ardía. La ira por la traición, pero por encima de todo la vergüenza, la desgarraban por dentro.

—Yo creía lo que te conté —le dijo y al recordar el baño de sangre se encogió con tal fuerza que le dolió—. También me mintió a mí.

—No sé cómo coño han conseguido encontrar Armada —dijo, un poco más tarde, aún frente a la desdeñosa y pálida incredulidad de Tanner—. No sé cómo funciona, no sé lo que hicieron, no sé qué clase de información o máquina robó para hacer que ocurriera. Debe de haber algo… debe de tener algo escondido, debe de haberles entregado algo que necesitaban, algo que les permitiera seguirnos la pista, en aquel mensaje…

—El que me diste —dijo Tanner y Bellis titubeó y entonces asintió.

—El que me dio a mí y yo te di.

»Estaba convencida —le dijo—. Por Jabber, Tanner, ¿por qué crees que estaba yo a bordo del Terpsícore? Era una puta exiliada, Tanner —él no respondió ante esto—. Estaba escapando —continuó—. Estaba escapando. Y, maldita sea, no me gusta este lugar, no es mi hogar… pero estaba escapando. No hubiera llamado a esos hijos de puta, no confío en ellos. Estaba huyendo de allí porque temía por mi puto pellejo —él la miró con curiosidad—. Y, además… —vaciló, temiendo que pareciera que pretendía ganarse su simpatía, a pesar de que deseaba decirle la verdad—. Además… —continuó con voz calmada— además, yo no hubiera hecho eso. No te lo haría… a ti, a ninguno de vosotros. No soy una jodida magistrada, Tanner. No quiero llevaros a ninguno de vosotros ante la justicia.

Él le devolvió la mirada con el rostro duro como la piedra.

Lo que le decidió, se dio cuenta más tarde, lo que le llevó a creerla, no fue su vergüenza ni su pena. No confiaba en ellas y nadie hubiera podido culparlo. Lo que le convenció de que estaba diciéndole la verdad y de que había sido una víctima tanto como él, fue su rabia.

Durante un momento largo, silencioso y miserable, Bellis sintió que temblaba todo su cuerpo y los nudillos se le pusieron blancos como el hueso a causa de la fuerza con la que apretaba los puños.

—Cabrón —se oyó decir a sí misma y negó con la cabeza.

Tanner sabía que no le hablaba a él. Estaba pensando en Silas Fennec.

—Me mintió… —le espetó de repente, para su propia sorpresa—, una mentira tras otra… para poder utilizarme.

Me utilizó, pensó, lo mismo que ha utilizado a todos los demás. Yo le he visto en acción, sabía lo que hacía, el modo en que usa a la gente, pero

Pero no pensé que lo estuviera haciendo conmigo.

—Te ha humillado —dijo Tanner—. A pesar de que eras especial, ¿no es así? —esbozó una sonrisa despectiva—. A pesar de que tú le entendías, ¿no? A pesar de que estabais juntos en eso, ¿no?

Ella lo miró a los ojos, blanca de rabia y llena de repugnancia hacia sí misma por haberse dejado engañar por Silas como una estúpida ingenua, como cualquiera de sus marionetas, como todos los demás. Yo, más que todos los pobres idiotas que leían los panfletos de Simon Fench; más que cualquier estúpido desgraciado, actuando como su contacto. Se sentía enferma por el desprecio, la facilidad con la que le había mentido.

—Pedazo de mierda —murmuró—. Te voy a destruir, cabrón.

Tanner volvió a esbozar la misma sonrisa y ella se dio cuenta de lo patética que parecía.

—¿Crees que algo de lo que te dijo era verdad? —le preguntó Tanner.

Estaban sentados, rígidos e inseguros. Tanner seguía empuñando el arma pero ahora no la apuntaba. No se habían convertido en compañeros de conspiración. La miraba con desagrado y rabia. Aunque creyera que lo que había hecho no había tenido por objeto causar daño a Armada, seguían sin ser camaradas. Ella seguía siendo la persona que lo había convencido para actuar como mensajero. Ella era quien lo había implicado en la carnicería.

Bellis negó con la cabeza con furia parsimoniosa.

—¿Que si creo que Nueva Crobuzón está siendo atacada? —dijo asqueada—. ¿Que si creo que la ciudad-estado más poderosa del mundo está siendo amenazada por unos malvados peces? ¿Que si creo que sus casi dos mil años de historia están a punto de terminar y yo soy la única que puede salvarlos? No, Tanner Sack, no lo creo. Creo que quería hacer llegar un mensaje a casa y eso fue todo. Creo que ese cabrón manipulador ha jugado conmigo como si fuera una imbécil. Como hace con todo el mundo. —Es un asesino, un espía, un agente, pensaba, es precisamente aquello de lo que estaba huyendo. Y a pesar de eso, sola y crédula como una puta idiota descarriada, lo creí.

¿Por qué iban a venir a buscarlo?, pensó entonces, de repente. ¿Por qué iban a atravesar casi siete mil kilómetros para buscar a un hombre? No ha sido por él y tampoco creo que fuera por la Sorghum.

—Algo más está ocurriendo… —dijo con lentitud mientras trataba de darle forma a sus pensamientos—. Algo más que no vemos.

No hubieran venido hasta tan lejos, no hubieran arriesgado tanto por él. Por muy buen agente que sea. Tiene algo, comprendió. Tiene algo que ellos quieren.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer?

Estaba amaneciendo. Los pájaros de la ciudad cantaban. A Bellis le dolía la cabeza; estaba terriblemente cansada.

Ignoró un momento la pregunta de Tanner. Miró por la ventana y pudo ver el cielo pálido y las siluetas de los aparejos y velámenes y la arquitectura perfiladas en negro. Aún reinaba la quietud. Podía ver cómo rompían las olas contra los costados de la ciudad, podía sentir la lenta marcha de Armada hacia el norte. El aire era fresco.

Bellis quería un momento más, otro segundo suspendido para poder respirar antes de hablar y responder a Tanner y poner en marcha un torpe y claustrofóbico juego.

Conocía la respuesta a su pregunta pero no quería dársela. No lo miró. Sabía que volvería a formularla. Silas seguía libre en la ciudad tras haber asistido al fracaso de su rescate y no había más que una cosa que pudieran hacer. Sabía que Tanner lo sabía también, que la estaba poniendo a prueba, que no había más que una respuesta posible a su pregunta y que si no se la daba, todavía era posible que la matara.

—¿Qué vamos a hacer? —volvió a decir y ella levantó la mirada, cansada.

—Ya lo sabes —profirió una risa desagradable—. Tenemos que decir la verdad. Tenemos que decírsela a Uther Doul.

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