La Cicatriz

La Cicatriz


Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 39

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Aquí estamos, cerca del extremo septentrional del Océano Hinchado y apenas a, no sé, mil quinientos, tres mil kilómetros al oeste, al noroeste, se encuentra el Mar de la Astucia. Y allí, resguardada entre los pliegues de la costa, en la orilla de un continente ignoto, está la colonia de Nova Esperium.

¿Es la pequeña, brillante, resplandeciente ciudad cuyas imágenes he visto? He visto heliotipos de sus torres, de sus silos de grano, de los bosques que la rodean y de los animales únicos que pueblan sus alrededores: enmarcados y retocados, dibujados a mano con colores sepia. Todos tienen una nueva oportunidad en Nova Esperium. Hasta los Rehechos, los mecanizados, los trabajadores, pueden ganarse su libertad.

(No es que sea cierto).

Me he imaginado en las laderas de las montañas que veo en esas imágenes (difuminada por la distancia, desenfocada), contemplando el asentamiento. Aprendiendo las lenguas de los nativos, recogiendo las osamentas de los viejos libros que podríamos encontrar en las ruinas.

Hay quince kilómetros desde Nueva Crobuzón hasta el estuario, hasta el extremo de la Bahía de Hierro.

En mis recuerdos no dejo de pensar en ese lugar más allá de la ciudad, encajonado entre la tierra y el mar.

He perdido las estaciones. Me marché cuando el otoño se convertía en invierno y ésa fue la última vez que tuve alguna noción del tiempo. Desde entonces el calor y el fresco y el frío se han vuelto caóticos, maleducados, fortuitos para mí.

Quizá en Nova Esperium sea de nuevo otoño.

En Nueva Crobuzón es primavera.

Tengo un conocimiento que no puedo utilizar, en un viaje que no puedo controlar, con metas que ni comparto ni comprendo y siento nostalgia por un hogar del que tuve que huir y por un lugar que jamás he visto.

Hay pájaros más allá de estos muros, pájaros que se hablan con cantos, violentos y estúpidos, peleando con el viento y cuando tengo los ojos cerrados puedo fingir que los observo, puedo fingir que me encuentro en cualquier otro barco, en cualquier otra parte del mundo.

Pero abro los ojos (debo hacerlo) y sigo aquí, de nuevo en esta cámara del senado, de pie junto a Tanner Sack, con la cabeza gacha y cargada de cadenas.

A pocos metros de Bellis y Tanner, Uther Doul estaba concluyendo su informe para los gobernantes de la ciudad: los Amantes, Dynich, el nuevo Concilio de Raleas y todos los demás. Había anochecido. El Brucolaco también se encontraba allí. Era el único de los gobernantes a quien la guerra no había marcado: todos los demás ostentaban cicatrices o señales de explosiones. Los gobernantes escuchaban a Uther Doul. De tanto en cuanto miraban de soslayo a los prisioneros.

Bellis observó cómo la observaban y vio cólera en sus ojos. Tanner Sack no podía levantar la mirada. Estaba maniatado del todo por la miseria y la vergüenza.

—Estamos de acuerdo —dijo Uther Doul—. Debemos actuar deprisa. Podemos asumir que lo que nos han dicho es cierto. Debemos detener a Silas Fennec, de inmediato. Y podemos asumir que si aún no ha averiguado que estamos tras él, lo hará muy pronto.

—Pero ¿cómo coño lo hizo? —gritó el rey Federico—. Quiero decir, entiendo lo de ese puto paquete, lo del puto mensaje… —fulminó con la mirada a Bellis y Tanner—. Pero ¿cómo consiguió ese Fennec una puta piedra imán? La fábrica de brújulas, joder… pero si está más vigilada que mi puta tesorería. ¿Cómo logró entrar?

—Eso no lo sabemos aún —dijo Uther Doul—. Y será una de las primeras cosas que le preguntemos. En la medida de lo posible, tenemos que mantener la discreción. Como Simon Fench, Fennec… no carece de seguidores… —prosiguió Doul. Los Amantes no se miraron—. No deberíamos arriesgarnos a… provocar la cólera de los ciudadanos. Ahora tenemos que actuar. ¿Alguien sabe cómo podríamos empezar?

Dynich carraspeó y alzó la mano.

—He oído rumores —empezó a decir con voz titubeante— sobre ciertos garitos que Fench frecuenta…

—Permitidme hablar, rey —le interrumpió el Brucolaco con su voz cascada. Todos lo miraron, sorprendidos. El vampiro parecía extrañamente reticente. Suspiró, sacó la lengua y continuó.

—No es ningún secreto que el paseo de Otoño Seco mantiene importantes diferencias con los gobernantes de Anguilagua por lo referente a la invocación del avanc y la trayectoria de la ciudad… diferencias que siguen sin resolverse —añadió con un breve destello de cólera—. Sin embargo —sus negros ojos recorrieron toda la habitación como un desafío—, confío en que nunca se sugiera que el Brucolaco, o cualquiera de sus lugartenientes, no es completamente leal a la ciudad. Para nosotros representa una gran vergüenza no haber podido luchar por Armada en la guerra que acabamos de sufrir. Sé —se apresuró a añadir— que mis ciudadanos sí lucharon. También nosotros tenemos nuestros muertos… pero ni yo ni los míos. Y lo sentimos. Estamos en deuda con todos. Yo sé dónde está Silas Fennec.

Hubo un rápido coro de jadeos.

—¿Cómo lo sabes? —dijo la Amante—. ¿Cuánto hace que lo sabes?

—No mucho —respondió el Brucolaco. No apartó los ojos de los de ella, pero no parecía orgulloso—. Descubrimos el lugar en el que Simon Fench dormía e imprimía sus obras. Pero todos sabéis… —añadió con repentino fervor—, todos sabéis que no conocíamos sus planes. Nunca hubiéramos permitido esto.

Las implicaciones eran evidentes. Había permitido que «Simon Fench» extendiera su influencia, imprimiese sus panfletos disidentes y difundiese rumores dañinos mientras había pensado que la víctima de esa actividad sería Anguilagua y no la ciudad entera. No había sabido nada de la flota de Nueva Crobuzón atraída por Fennec. Como Tanner y Bellis, se había visto involucrado a su pesar en lo ocurrido.

Bellis esbozó para sus adentros una sonrisa despectiva al ver el ostentoso estallido de furia de los Amantes. Como si vosotros no hubieseis hecho nunca cosas así o aún peores, pensó. Como si no fuese ése el modo en que todos los hijos de puta os enfrentáis entre vosotros.

—Soy consciente —siseó el Brucolaco— del estado de las cosas. Y quiero capturar a ese cabrón tanto como cualquiera de vosotros. Razón por la cual será un placer, así como un deber, capturarlo.

no vas a hacerlo —dijo Uther Doul—. Yo lo cogeré… mis hombres y yo.

El Brucolaco volvió sus ojos amarillentos hacia Doul.

—Yo cuento con determinadas ventajas —dijo lentamente—. Esta misión es importante para mí.

—No vas a conseguir la absolución de este modo Muertohombre —dijo Doul con voz fría—. Le has dejado actuar sin hacer nada para impedirlo y éste es el resultado. Dinos ahora dónde está y deja de interferir.

Hubo un silencio que se prolongó varios segundos.

—¿Dónde está? —gritó la Amante de pronto—. ¿Dónde se esconde?

—Ésa es otra razón por la que tiene sentido que seamos los míos y yo los que lo cacemos —contestó el Brucolaco—. Se encuentra en un lugar al que muchas de vuestras tropas podrían negarse a entrar. Silas Fennec está en el barrio maldito.

Doul no titubeó. Miró fijamente al vampiro.

—Tú no vas a hacerlo —volvió a decir—. No tengo miedo.

Bellis escuchaba con vergüenza y un odio hacia Fennec que ardía con lentitud. Cabrón, pensó con salvaje satisfacción, a ver cómo te sacan tus mentiras de ésta.

Aunque puede que él siguiera representando su única oportunidad de salir de allí, nunca permitiría que ese puto cerdo volviera a mentirle, volviera a utilizarla. Esta vez no se saldría con la suya sin castigo, costase lo que costase. Antes preferiría optar por Armada, o por la Cicatriz.

Deberías habérmelo dicho, Silas, pensó, mientras se le entrecortaba la respiración a causa de la rabia. Yo también quería salir, lo quería. Si me hubieses contado la verdad, si te hubieras abierto, si hubieras sido honesto, si no me hubieras utilizado, podría haberte ayudado, pensó. Podríamos haberlo hecho juntos.

Pero sabía que no era cierto.

A pesar de lo desesperada que estaba por salir de allí, nunca lo hubiera ayudado de haber conocido sus planes. Nunca hubiera tomado parte en aquello.

Con una aterradora repugnancia, Bellis se dio cuenta de que Silas la había juzgado con tino. Su trabajo consistía en saber qué le podía contar a cada uno, hasta dónde estarían dispuestos a llegar quienes lo rodeaban y las mentiras que debía contarles de acuerdo a ello. Tenía que juzgar lo que podía decir a cada uno de sus peones.

Había acertado con ella.

Bellis recordaba la furia de Uther Doul cuando Tanner y ella habían acudido a él.

Los había mirado sin pestañear mientras se explicaban y su rostro se había ido volviendo cada vez más duro y frío, sus ojos más sombríos, conforme iban hablando. Aturdidos, habían tratado de explicarle que no habían sabido nada, que ambos habían sido utilizados.

Tanner hablaba de forma atropellada y Doul, impasible, había esperado a que terminara para castigarlo con su silencio, para no decir nada en absoluto. Pero entonces se había vuelto hacia Bellis y había esperado a que le ofreciera sus explicaciones. La había perturbado, había permanecido por completo inmóvil mientras ella le contaba que conocía a Silas Fennec, Simon Fench. No había parecido sorprendido en absoluto. Había permanecido en silencio, esperando a que ella le diera toda la información. Pero cuando ella le había contado lo que había hecho, la labor que había desempeñado para Fennec, él había estallado de repente.

—No —había gritado—. ¿Qué dices que hizo?

Y cuando ella respondió con un murmullo, atropelladamente, con el rostro avergonzado, y le aseguró que no había tenido idea en ningún momento, que ni siquiera podía haberlo soñado, que no podría haberlo sabido, la había mirado con dureza, con una expresión de frío desagrado y crueldad que ella nunca le había visto hasta entonces y que se le había clavado en las entrañas.

—¿Estás segura? —le había preguntado, para su horror—. ¿Es así? ¿Ni la menor idea? ¿Nada de nada?

Había engendrado un gusano de duda en su cabeza y éste había empezado a escarbar sin misericordia entre sus remordimientos y su miseria.

¿De veras no lo supe nunca? ¿Ni siquiera lo sospeché?

Los gobernantes estaban discutiendo sobre la geografía del barrio maldito de Armada, sobre los necrófagos y los fantasmas de sebo, sobre cómo preparar su trampa.

Bellis habló lo bastante alto como para interrumpirlos a todos.

—Senado —dijo. Se hizo el silencio.

Doul la miró con ojos inmisericordes por completo. Ella no pestañeó.

—Hay otra cosa que debería tenerse en cuenta —dijo—. No creo que Nueva Crobuzón estuviese dispuesta a atravesar tantísimos kilómetros por amor. No arriesgarían todos esos barcos y todo ese esfuerzo, ni siquiera por la Sorghum y, desde luego, no para llevar a su agente a casa. Silas Fennec tiene algo que ellos quieren. No sé lo que es y juro… juro que se lo diría si lo supiera. Creo que… una de las cosas que me dijo sí es cierta. Creo que pasó algún tiempo en el Alto Cromlech y, más recientemente, en Las Gengris. Vi su cuaderno de notas y lo creo. Me dijo que los grindilú habían tratado de capturarlo. Y puede que eso también fuera cierto. Quizá por algo que les robó: algo por cuya posesión Nueva Crobuzón se arriesgaría a cruzar medio mundo una vez que hubieran descubierto que lo tenía. Quizá por eso vinieron. Todos están de acuerdo en que ha hecho cosas que no debería haber podido hacer, ha robado… ha entrado en lugares inexpugnables. Bueno, puede que, lo que quiera que tenga Silas Fennec, lo que quiera que robó, lo que quiera que vinieran a buscar los crobuzonianos, esté detrás de todo esto. De modo que, me parece que lo que estoy diciendo es… recuerden, cuando lo estén cazando, que podría estar utilizando algo… y tengan cuidado.

Hubo un largo y tenso silencio después de que ella hablara.

—Tiene razón —dijo alguien.

—¿Pero qué es esto? —dijo un agresivo y joven miembro del Consejo de Raleas—. ¿Acaso van a… vamos a creerla? ¿Vamos a creer que no sabían nada? ¿Que sólo estaban tratando de salvar su ciudad?

Ésta es mi ciudad —gritó Tanner Sack de súbito, y fue respondido por un silencio sorprendido.

Uther Doul lo miró y la cabeza del Rehecho volvió a bajar lentamente.

—Nos ocuparemos de ellos más tarde —dijo Doul—. Por ahora, permanecerán encarcelados hasta que cojamos a Silas Fennec. Entonces lo interrogaremos y podremos juzgar.

Fue el propio Uther Doul el que los llevó a sus celdas.

Los sacó de la sala de reuniones y los condujo por el laberinto de túneles que recorría el interior del Grande Oriente a través de los corredores forrados con paneles de madera de arboscuro, pasando junto a heliotipos de antiguos marineros de Nueva Crobuzón, por túneles iluminados por lámparas de gas. Cuando por fin se detuvieron, se oían extraños sonidos metálicos, como si algo se estuviera acomodando, junto al traqueteo de los motores.

Doul empujó (con suavidad) a Tanner al interior de una habitación que había tras una puerta y Bellis entrevió su interior: una litera, una mesa y una silla, una ventana. Doul le dio la espalda y continuó. Como había esperado, ella lo siguió incluso así, hacia su prisión.

En la celda, la oscuridad que se veía tras la ventana no era la de la noche nublada. Estaban por debajo del nivel del agua y la portilla del cuarto daba al negro mar. Ella se volvió y puso una mano en la puerta para impedir que Doul la cerrara.

—Doul —dijo y buscó cualquier señal de blandura o amistad o atracción o perdón y no vio ninguna.

Él esperaba.

—Una cosa —dijo mientras le miraba a los ojos de forma resuelta—. Tanner Sack… él es la mayor víctima de este asunto. No hizo nada que pudiera poner en peligro a Armada. Está viviendo un infierno, está destrozado. Si vas a castigar a alguien… —respiraba de forma temblorosa—. Lo que estoy tratando de decirte es que, si estás interesado en la justicia, no… no lo castigarás a él. Decidas lo que decidas. Es el hombre más leal a Armada y a Anguilagua que conozco.

Uther Doul se la quedó mirando durante largo rato. Ladeó ligeramente la cabeza, como si sintiera curiosidad.

—Bueno, señorita Gelvino —terminó al fin por decir, con la voz templada: más suave, más hermosa que nunca—. Por los dioses. Menuda demostración de valentía, de autosacrificio. Aceptar la mayor carga de culpa, suplicar clemencia para otro por altruismo. Si hubiera sospechado de sus motivaciones y manipulaciones, si la creyera capaz de llevar la guerra a mi ciudad de manera deliberada, cínica e implacable, si hubiera considerado la posibilidad de tratarla con severidad por sus actos, creo que tendría que reconsiderarlo ahora, a la luz de ésta, su evidente… y generosa… nobleza.

Bellis había levantado la mirada de repente cuando él empezó a hablar pero sus ojos se fueron abriendo a medida que continuaba. La voz calmada del hombre se fue haciendo amarga a medida que se iba mofando de ella.

Sintió que le ardía el rostro. Estaba consternada. Avergonzada, sola de nuevo.

—Oh —dijo con la voz entrecortada. No podía hablar.

Uther Doul giró la llave en la cerradura y dejó a Bellis con la única compañía de los peces que se agolpaban de forma estúpida junto a la ventana, atraídos por la luz que brillaba al otro lado.

En Armada no existía nada parecido al silencio. En el momento más silencioso de la noche más larga, cuando no había ni un alma a la vista, la ciudad estaba llena de ruidos.

El viento y el agua la sacudían constantemente. Viajaba sobre el oleaje y se compactaba y expandía su sustancia y volvía a apretarla. Los aparejos susurraban. Los mástiles y las chimeneas se agitaban, como si estuvieran incómodos. Los barcos entrechocaban constantemente, como huesos, como alguien de una estupidez y una paciencia infinitas llamando a la puerta de una casa abandonada.

La ciudad se aproximaba cuanto le era posible al verdadero silencio en el desierto barrio maldito. El golpeteo, el chapoteo y el balanceo de las aguas parecían más apagados allí. Pero en aquel lugar había otros sonidos más siniestros que aterraban a quienes los escuchaban y mantenían a los intrusos a distancia.

Un crujido lento, como el desplome de una torre de varillas; el traqueteo rítmico de algo mecánico al perforar la madera. Un canturreo tenue semejante al sonido de una flauta desafinada.

El barrio maldito aguardaba plácido entre sus extraños ruidos, se enmohecía e hinchaba ligeramente con años de agua y continuaba su lento y prolongado colapso. Nadie sabía lo que se escondía allí, entre sus barcos cubiertos de ampollas por el tiempo.

El Tesauro era la embarcación más grande del barrio maldito. Un barco antiquísimo de casi ciento cincuenta metros de eslora, hecho por completo de madera ocre que antaño debió de estar teñida de vivos colores pero a la que la edad y el aire salado habían arruinado. Su cubierta estaba llena con los restos de cinco mástiles y una profusión de torres de perforación y hospederías. Los maderos y postes yacían sobre la cubierta como sombreados de rayas. Estaban perdiendo la forma, reducidos a la nada por la podredumbre y los gusanos.

Era casi medianoche. Llegaban sonidos desde los paseos de Otoño Seco y Vos y los Vuestros: la jarana nocturna y todo lo que la acompañaba; los ruidos de la reconstrucción en los solares creados por la guerra. Seguía habiendo puentes, viejos y abandonados, que unían los paseos al Barrio Maldito. Tendidos hacía quién sabe cuántos años, se negaban con terquedad a pudrirse.

Desde una tosca barcaza situada en el linde de Vos y los Vuestros, un hombre cruzaba las aguas en dirección a los navíos abandonados que había al otro lado. Caminaba sin miedo por un marinero paisaje de decadencia: moho y herrumbre tan corrosiva como la congelación. No había más luz que la de las estrellas, pero él conocía el camino.

En la proa de un pesquero de hierro, los grandes cabrestantes estaban partidos y podían verse sus entrañas mecánicas desparramadas por cubierta, como si alguien las hubiese destripado. El hombre caminó entre los restos cubiertos de grasa y subió a bordo del Tesauro. Su larga cubierta se extendía frente a él, ligeramente inclinada.

(El barco había sido unido por debajo a la enorme cadena que se sumergía en las aguas y mantenía sujeto al avanc).

El hombre descendió a la oscuridad del corazón del navío encantado. No se esforzaba por ser silencioso. Sabía que si alguien lo oía, lo tomaría por un fantasma.

Se movía por pasillos medio iluminados, cuyos contornos estaban perfilados por taumaturgia o moho fosforescente.

El hombre frenó su marcha y miró a su alrededor, al tiempo que el rostro se le arrugaba de preocupación y los dedos se tensaban alrededor de la estatuilla que llevaba consigo. Al llegar a los escalones mugrientos que descendían se detuvo y apoyó la mano libre sobre el pasamanos. Contuvo la respiración, volvió la cabeza lentamente, escudriñó cada rincón oscuro y escuchó.

Algo estaba susurrando.

Aquél era un sonido que nunca había oído antes, ni siquiera en aquellas cubiertas infestadas de fantasmas.

Se volvió. Trató de perforar con la mirada la negrura del otro extremo del pasillo, como si fuera un duelo de voluntades, como si estuviese tratando de doblegar a la oscuridad; hasta que venció y ésta le mostró lo que había estado escondiendo.

—Silas.

Un hombre salió de las sombras.

Al instante, Silas Fennec levantó la estatua que llevaba en la mano y le introdujo la lengua en la grieta. La figura estaba corriendo hacia él, cruzando la distancia en la oscuridad, con una espada en la mano.

Y de repente hubo más. Figuras de rostros duros que emergían de los agujeros de la madera, por todas partes, y se precipitaban sobre él a pasmosa velocidad. Lo cercaron con pistolas y armas extendidas.

¡Lo quiero vivo! —gritó Doul mientras Silas Fennec sentía el temblor de la lengua lasciva de su icono de piedra y el poder empezaba a correr por sus venas.

Dio un paso hacia arriba y penetró en espacios que apenas un momento antes no hubiera sido capaz de ver o recorrer. Fennec se retorció mientras el primero de los hombres de Anguilagua pasaba estúpidamente por debajo de él. Abrió la boca y profirió un jadeo mientras su estómago se revolvía. Con un gruñido nauseabundo vomitó un chorro de bilis verde y negra, un borbotón de plasma cargado de taumaturgia que no era del todo ni líquido viscoso ni energía y que cayó directamente sobre la cara de su atacante.

Silas Fennec pasó rápidamente a través de varias formas de ver, abandonó el corredor, se alzó por el barco, mientras el hombre al que le había escupido chillaba débilmente y se arañaba la cara y moría.

Los alguaciles estaban por todas partes, emergiendo de detrás de las puertas y tratando de agarrarlo por la ropa. Irrumpían desde espacios cerrados, como ratas o perros o gusanos o dios sabe qué, extendían los brazos hacia él y lanzaban tajos con sus espadas. Eran rápidos, elegidos por su habilidad y su valor: una plaga, un enjambre; todo a su alrededor; una invasión que lo acosaba, lo cercaba, trataba de cazarlo.

Jabber joder están por todas partes, pensaba Fennec y volvió a apretar la boca con avidez contra la estatuilla. Los planos y los ángulos se plegaron a su alrededor, se reconfiguraron a su paso y tras su estela. Se revolvió y ascendió a la velocidad del rayo las escaleras, mientras se sentía como un ahogado tratando de llegar a la superficie. Estaba hambriento.

Los hombres de Anguilagua trataban de agarrarlo, lo asían por donde podían. No me jodáis, pensó y sintió una oleada de poder. Puedo hacer más cosas aparte de correr. Se volvió, gruñendo y escupió y vomitó sobre sus atacantes el letal coágulo que se concentraba en su interior con el beso de la estatua. Retorció la lengua y arrojó chorros de la untuosa sustancia a las caras que lo rodeaban.

Allí donde golpeaba, el esputo corroía el espacio convencional, como si fuera un ácido dimensional y los alguaciles gritaban, pasto de un terrible dolor alienígena, mientras sus ojos y huesos y carne se plegaban sobre sí mismos y abandonaban lo corpóreo; se disolvían, se disipaban; desgarrados en direcciones imposibles.

Caían malheridos y proferían chillidos húmedos y Silas los miraba sin misericordia al pasar a su lado, viendo cómo perdían sus caras la realidad en una hemorragia de una nada viscosa que supuraba y crepitaba, mientras los agujeros de sus cabezas y pechos iban ensanchándose hasta convertirse en un vacío. Se vertían sobre aquel no-espacio, una vacuidad lesiva que se extendía como gangrena desde los bordes de sus heridas haciendo que su carne se volviera difícil de advertir, vaga e irrelevante hasta que, de repente, dejaba de existir.

Sus atacantes rodaban por el suelo y gritaban mientras aún tenían bocas.

Fennec seguía huyendo con el corazón desbocado. Corría y besaba y doblaba el espacio con sus pasos intrincados y plegaba los planos a su alrededor.

Uther Doul lo seguía, sombrío, con tal tenacidad que, confinado al espacio convencional como estaba, lograba permanecer tras su rastro.

Era implacable.

Fennec emergió de los oscuros confines del Tesauro; irrumpió al aire abierto; aguardó allí un instante, con la lengua ensangrentada por los dientes de mármol de la estatua.

Jodeos todos, pensó con fiereza mientras su miedo escapaba a la carrera. Volvió a hundir la lengua en la estatua; sintió la inundación del poder, sintió su resplandor que lo convertía en una estrella oscura. Dando vueltas sobre sí mismo, se deslizó por entre una extensión de aparejos desgarrados, se elevó entre las sombras de los cables, dobló la realidad a su alrededor, la combó y la deslizó a lo largo del pliegue que había creado: hacia arriba siempre, sobre el barco decrépito.

Un grupo de sombríos alguaciles emergió por la escotilla y se dispersó por toda la cubierta con la velocidad de auténticos expertos. Uther Doul venía con ellos y miró a Fennec directamente a los ojos.

—Fennec —dijo y alzó la espada.

Silas Fennec bajó la vista hacia él, sonrió y respondió con una voz que reverberó de forma impía, casi a la altura de su oreja, como un susurro amenazante:

—Uther Doul.

Fennec estaba posado a cinco metros de altura, sobre una corona de éter cambiante. La realidad se arrollaba a su alrededor. Pendía indistinto; su perfil oscilaba entre diferentes estados. Se movía con una elegancia marina, lenta y predatoria, mientras su forma parpadeaba, aparecía y desaparecía. Manaba sangre de su boca y de su lengua desgarrada. Se volvió como un lucio en el aire, suspendido por el poder de la estatua y miró a los hombres que tenía debajo.

Alzaron sus armas. Fennec destelló y las balas pasaron por donde había estado, cruzaron el aire crepitante, y él escupió mientras desaparecía. Abrió la boca y los chorros de aquel vómito corrosivo brotaron de su interior como la metralla de una salva explosiva.

Cayeron por toda la cubierta y sobre los rostros de los atacantes y se produjo una percusión de gritos. Los hombres se dispersaron, presa del pánico.

Fennec siguió mirando a Doul.

Éste se había apartado con brutal economía del camino del esputo, con el rostro severo, sin apartar los ojos de Fennec. La figura de Silas parpadeó y de pronto estaba más abajo, se cernía amenazante sobre la cubierta mientras canturreaba con deleite y supuraba un rastro de limo cáustico. Cuando cualquier hombre se acercaba a él, escupía, y el hombre retrocedía o moría. Seguía mirando a Uther Doul.

Ven a cogerme, entonces —susurró con ebria bravuconería. Tenía la garganta en carne viva a causa del extraordinario esputo pero se sentía capaz de todo, hasta de abrir un agujero en el universo. Se sentía invencible. Doul retrocedía frente a la poderosa, erizada figura, saltando, moviéndose con tensa cólera, apretando los dientes mientras la voz de Fennec seguía susurrándole al oído—. Vamos

Entonces, a través de la luz y la oscuridad y de la gravidez de la madera, a través del chapoteo de las aguas que era como un coro de pequeños puños a su alrededor, las luces de Armada apenas a unos pocos metros de distancia, Fennec escuchó una voz a su espalda.

—Siiiiilassssss.

Como el ataque de una serpiente monstruosa.

Mientras el corazón le daba un vuelco, Fennec se volvió y vio al Brucolaco: bestial, resplandeciente, el odio encarnado. Emergiendo de la oscuridad, su larga lengua se desenrolló. Hacia él.

Fennec gritó y trató de besar de nuevo su grotesca estatuilla pero el Brucolaco alargó el brazo y le golpeó, con la mano abierta y los dedos tensos, en plena garganta.

El golpe arrojó a Fennec sobre la cubierta, de espaldas, sin aliento. El Brucolaco cayó con él, con los ojos ardiendo. El hombre siguió tratando de acercar la figurilla a su cara y con una especie de facilidad desdeñosa, el Brucolaco lo asió por la mano libre y lo levantó sin esfuerzo. Alzó el pie (con humillante velocidad) y pisó la muñeca derecha de Fennec con una violencia salvaje, hundiéndola en la cubierta y haciéndola pedazos.

Fennec lanzó un chillido agudo y ridículo mientras sus dedos destrozados se abrían con un espasmo. La estatua rodó por la madera.

Tendido entre las astillas, empezó a aullar, mientras la sangre manaba de su boca y su nariz y de la muñeca rota. Gritó de agonía y de terror y sacudió las piernas tratando de alejarse. Volvía a ser corpóreo del todo, estaba destrozado, patéticamente presente. Uther Doul apareció en su campo de visión y se inclinó sobre él.

Mientras lo hacía, la camisa de Fennec, desgarrada, se abrió y mostró su pecho desnudo.

Estaba moteado, húmedo, pegajoso y decolorado en grandes franjas teñidas de verde y blanco. Brillaban con el insalubre resplandor de la carne muerta. Aquí y allá se veían rebordes mellados, extrusiones parecidas a bigotes de gato o a aletas.

Doul y el Brucolaco contemplaron sus mutaciones.

—Pero mírate… —murmuró Uther Doul.

—¿Ésta es la causa de todo esto? —siseó el Brucolaco mientras miraba la estatua que Doul tenía entre las manos.

Fennec seguía chillando. La muñeca de piedra miraba inescrutable a Uther Doul, con un ojo guiñado y el otro límpido y frío. Se abrazaba el cuerpo con unos miembros indistintos tallados en piedra helada, verdes, grises o negros según el momento. Le sonreía con aquella horrible boca redonda que enseñaba los dientes. Doul pasó un dedo por el pliegue de piel que sobresalía de su espalda.

—Éste es un objeto de poder —dijo el Brucolaco a Fennec, que había empezado a temblar a causa del shock—. ¿A cuántos armadanos ha matado?

—Traedlo —dijo Doul a los hombres que no habían sido heridos. Avanzaron y se detuvieron con aire nervioso al ver que el Brucolaco no se movía.

Había interferido a despecho de las órdenes de Doul y puede que al hacerlo le hubiese salvado la vida, pero Doul le negaba una disculpa o una palabra de agradecimiento. Se limitó a mirar al Brucolaco fría y fijamente hasta que el vampiro, derrotado, retrocedió.

—Es nuestro —le susurró Doul al Brucolaco, mientras levantaba la estatuilla.

Había alguaciles muriendo en una agonía incomprensible por toda la cubierta. Sus camaradas levantaron a Fennec sin la menor sombra de compasión y lo arrastraron sin miramientos, ignorando sus gritos.

Los ciudadanos que se encontraban en los límites exteriores de Otoño Seco y Vos y los Vuestros se estremecieron al escuchar los sonidos que procedían el barrio maldito e hicieron con las manos signos de protección.

—No se parece a nada que haya oído antes —susurraron, u otras cosas parecidas, mientras los aullidos se elevaban para perforar la noche—. No es un aparecido ni un necrófago… Es algo nuevo, algo que no pertenece a ese lugar.

Casi hubieran podido asegurar que se trataba de un hombre.

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