La Cicatriz
Sexta parte: El Caminante de la Mañana » 40
Página 58 de 71
40
Uther Doul se sentó en la cama de la celda de Bellis. La habitación seguía estando casi vacía aunque ahora había algunas cosas más que él le había traído de su cuarto: sus libros, un poco de ropa.
La estaba observando mientras ella daba vueltas a la estatuilla grindilú entre las manos. Pasaba sus dedos cuidadosamente sobre la piedra, sentía los intrincados detalles de su grabado. Examinó con cuidado su rostro y luego miró dentro de la boca.
—Ten cuidado —le advirtió Doul mientras ella tocaba uno de los dientes con una uña—. Es peligrosa.
—¿Esto es… la causa de todo? —dijo Bellis.
Doul asintió.
—La llevaba consigo. La utilizó para matar a varios hombres. Plegaba el espacio, usaba una taumaturgia que jamás he visto. Así debe de ser como entró en la fábrica de brújulas.
Bellis asintió. Comprendía que Doul estaba hablando del medio que Fennec había utilizado para conseguir que Nueva Crobuzón encontrase a Armada. Algún ingenio secreto, algún mecanismo.
—Ahora debemos de estar a salvo —continuó Doul—. La piedra imán debía de estar a bordo del Caminante de la Mañana.
Probablemente, pensó Bellis. Un mecanismo capaz de encontrar a Armada. Mejor será que no esté dentro de uno de esos acorazados de bolsillo, navegando a la deriva y pudriéndose junto con toda su tripulación a estas alturas. Donde quizá puedan encontrarlo algún día… Volvió a darle la vuelta a la estatua y la estudió con detenimiento.
—Por lo que sabemos… —continuó Doul con lentitud—. Por lo que le hemos sacado a Fennec, la estatua no es lo principal. Al igual que el cañón de una pistola no es la verdadera arma, sino la bala. Lo mismo le pasa a esto: no es la estatua la que tiene el poder. Sólo es un conductor. Esto —dijo— es la fuente del poder.
Acarició la fina y áspera lonja de carne que sobresalía de la espalda de la estatua.
—Es la aleta de un ancestro, un sacerdote-asesino, un taumaturgo, un mago. Alojada en una piedra que imita la forma original de su propietario. Es una reliquia grindilú —dijo—, el resto de una especie de… santo. De ahí dimana el poder. Es lo que nos ha contado Fennec —dijo y Bellis pudo imaginar los medios que habían utilizado para sonsacarle las respuestas.
—Esto es lo que estaba detrás de todo —dijo Bellis y Doul asintió.
—Hacía cosas asombrosas. Le permitía a Fennec hacer cosas asombrosas. Pero a pesar de todo, creo que apenas había empezado a comprenderlo. Pienso que Nueva Crobuzón debe de tener razones para creer que esta… esta reliquia mágica tiene mucho más poder del que Fennec había aprendido a utilizar —miró a Bellis a los ojos—. Dudo que Nueva Crobuzón llegara tan lejos, hiciera tales esfuerzos, por algo que no fuera un poder de enorme magnitud. —Bellis miró el objeto que tenía entre las manos con reverencia.
—Nos hemos topado —dijo Doul en voz baja— con algo extraordinario. Hemos encontrado una cosa muy importante. Sólo los dioses saben lo que nos permitiría hacer.
Ésta es la causa de todo, pensó ella. Esto es lo que Fennec robó. Incluso llegó a decirme que había robado algo en las Gengris. Esto es lo que le dijo a Nueva Crobuzón que tenía… No trató de entregarlo, por supuesto. Nunca hubieran venido a buscarlo si se lo hubiera dado. Esto es lo que agitó delante de sus narices desde el otro lado del mundo, dijo «Salvadme y es vuestro» y consiguió que vinieran.
Ésta es la razón de que Nueva Crobuzón atravesara el mundo e hiciera la guerra. Esto es lo que lo puso todo en marcha. Por esto (sin saberlo) conduje a Armada a la isla de los mosquitos. Para enviar un mensaje falso a Nueva Crobuzón le entregué a Armada el avanc en vez de arrojar el libro de Aum al mar.
Esto es lo que todos han estado buscando.
Esta aleta de mago.
Bellis no sabía lo que había cambiado. Doul parecía haberla perdonado. Su cruel comportamiento había cambiado. Había aparecido allí para mostrarle lo que habían encontrado, para hablar con ella como lo había hecho antes del incidente. Estaba nerviosa: no sabía qué esperar de él.
—¿Qué vas a hacer con ella? —dijo.
Uther Doul estaba envolviendo la figurilla en un trapo húmedo. Negó con la cabeza.
—Tenemos que examinarla con detenimiento, pero aún no. Ahora no. Hay demasiadas cosas que hacer, demasiados acontecimientos en movimiento. Esto es una… distracción. Ha llegado en mal momento —hablaba sin inflexión en la voz pero ella sintió que había algo más al ver que titubeaba—. Y, además, le ha hecho algo a Fennec. Lo ha cambiado. Ni siquiera él sabe lo que ocurre, o si lo sabe no nos lo ha dicho. Nadie sabe qué fuerzas utilizan los grindilú. No podemos revertir lo que le ha ocurrido a Fennec ni entendemos cuáles son todas sus consecuencias. Nadie quiere convertirse en el nuevo amante de la estatua. De modo que la guardaremos en lugar seguro hasta que nuestro proyecto haya concluido, hasta que hayamos alcanzado nuestro objetivo y tengamos tiempo y eruditos para estudiar esta cosa. Guardaremos silencio sobre todo lo ocurrido pero, por si alguien llegara a descubrir lo que Fennec ha traído a bordo, creo que lo guardaremos en un lugar en el que a nadie se le ocurriría buscarlo o no se atrevería a hacerlo. Un lugar en el que todo el mundo sepa que se guardan ya uno o dos objetos mágicos y en el que los riesgos de intentar penetrar por la fuerza sean… demasiado grandes.
Mientras lo decía, acarició inadvertidamente la empuñadura de la Posible Espada un instante. Bellis lo vio y supo dónde se guardaría la aleta del mago.
—¿Y dónde —dijo con lentitud— está Fennec?
Doul la miró.
—A buen recaudo —dijo antes de asentir con un gesto breve en dirección al corredor exterior—. Preso.
Se hizo un silencio, extendido durante varios segundos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Bellis al fin, en voz baja—. ¿Desde cuándo me crees? —Lo estudió, presa de una confusión que la dejaba exhausta. Desde que puse el pie en esta puta ciudad, pensó, he estado al borde de un ataque de nervios constantemente. Estoy cansada.
—Siempre te he creído —dijo él con voz carente de toda inflexión—. Nunca pensé que hubieras llamado deliberadamente a las fuerzas de Nueva Crobuzón. A pesar de que sé… siempre lo he sabido… que no albergas ningún amor por este lugar. Cuando antes vinisteis a verme, esperaba oír otra cosa. Al escuchar a Fennec, al oírlo hablar, tratando de permanecer en silencio, tratando de implicarte, admitiendo la verdad… dice una cosa diferente a cada minuto. Pero la verdad es obvia: fuiste una estúpida —dijo Doul sin emoción—. Lo creíste. Pensabas que estabas… no sé ¿qué te dijo? Salvando tu ciudad. No pretendías destruirnos, estabas tratando de salvar tu antiguo hogar… para poder regresar algún día y encontrarlo sano y salvo. No estabas tratando de destruirnos, sólo fuiste una estúpida.
La expresión de Bellis estaba muda. Le ardía la cara.
Doul la observaba.
—Te dejaste enredar, ¿verdad? —dijo—. Por la idea de… conectar con tu hogar. Por el hecho de estar haciendo algo. Eso fue suficiente, ¿no? Tú… salvarías tu ciudad.
Doul hablaba con voz suave y monótona y Bellis bajó la mirada hacia sus manos.
—Creo —continuó— que si alguna vez pensaste en lo que te había contado… creo que te sentiste incómoda.
Lo dijo casi con simpatía. El gusano de la duda volvía a estar vivo, escarbando por el cerebro de Bellis.
—No encontramos nada suyo —dijo Doul— en el Tesauro. Dormía abajo, en un camarote limpio y seco. Las paredes estaban cubiertas de notas, notas clavadas por todas partes. Diagramas en los que se decía a quién es leal cada persona y quién regenta cada sitio y quién es el propietario de qué. Era algo asombroso. Había descubierto todo lo que podía hacerle falta. Se había… introducido en la política de la ciudad. Siempre escondido. Diferentes lugares de encuentro para cada informante diferente y diferentes nombres… Simon Fench y Silas Fennec eran sólo dos de ellos. Pero no había nada sobre él. Es como una muñeca vacía. Esas notas por todas partes, como carteles y una pequeña prensa manual y tinta y grasa. La ropa en un baúl, el cuaderno de notas en la bolsa… eso era todo. Es patético. —Doul la miró a los ojos—. Uno podría examinar esa habitación durante horas y seguiría sin saber cómo era Silas Fennec. No es más que un pellejo lleno de maquinaciones.
Pero ahora lo han acallado, pensó Bellis, y continuamos rumbo al norte. Los Amantes ganan. Sus problemas se han acabado, ¿no es así, Uther? Lo miró y trató de restablecer lo que se había perdido entre ellos.
—¿Qué estabas escribiendo —dijo Doul, sobresaltándola— cuando entré? —señaló el bolsillo en el que había guardado la carta.
Siempre la llevaba consigo, cada vez más voluminosa. No se la habían quitado. No le servía para fugarse.
Había pasado algún tiempo desde la última vez que le había añadido algo. Había ocasiones en las que escribía regularmente, como si fuera un diario, y semanas en las que no añadía una línea. En aquella pequeña y monótona celda cuya ventana no daba más que a una acuosa oscuridad, se había vuelto de nuevo hacia ella, como si pudiese aclararle las ideas. Pero le había resultado casi imposible escribir.
—Desde la primera vez que te vi —dijo Doul— siempre la has llevado contigo. Incluso en el dirigible —los ojos de Bellis se abrieron un poco más—. ¿Qué es? ¿Qué estás escribiendo?
Lo que ahora dijera o hiciera ahora, se dio cuenta Bellis con una especie de pánico frío, tendría consecuencias durante mucho tiempo. Las cosas esperaban para encajar en su lugar. Se sintió como si estuviera conteniendo la respiración.
Sacó el papel de su bolsillo y leyó lo que había escrito.
Polvo 9 de Chet de 1780/ Sexto Dijuego de Carne.
Hola de nuevo.
—Es una carta —le dijo.
—¿Para quién? —dijo Doul. No se inclinó para examinar el papel. En su lugar, la miró a los ojos.
Ella suspiró y hojeó sus muchas páginas hasta encontrar la primera y entonces la sostuvo frente a él para que pudiera leer la primera palabra.
Querido, rezaba la carta y luego había un espacio en blanco. El espacio para una palabra.
—No lo sé —dijo.
»No es que no sea para nadie —continuó—. Eso sería triste, patético, escribir una carta para nadie. Y tampoco es para alguien muerto o algo tan… triste. Es lo contrario a todo eso, lo contrario. No es algo cerrado como eso: se abre, es una puerta, podría ser para cualquiera.
Oyó sus palabras, fue consciente de lo que debía de parecer y sintió horror.
—Cuando me marché —dijo, más calmada—, llevaba muchas semanas, muchos meses, asustada. Gente a la que conocía estaba desapareciendo. Sabía que me estaban siguiendo la pista. Tú nunca has estado en Nueva Crobuzón, ¿verdad, Uther? —lo miró—. Con todas tus exploraciones y tus habilidades, nunca has estado allí. No te imaginas… ¿puedes hacerte una idea? Hay una clase especial de miedo, un miedo único, cuando sabes que la milicia se te está acercando. ¿A quien han cogido? ¿A quién se han llevado, a quién han torturado, corrompido, atemorizado, amenazado, comprado? ¿En quién puedes confiar? Es muy duro estar sola. Cuando empecé —dijo tras un titubeo—, pensaba que le estaba escribiendo a mi hermana. No es que estemos muy unidas pero hay ocasiones en las que me muero por hablar con ella. Sin embargo, hay cosas que nunca le diría. Y necesitaba decirlas, así que pensé que quizá fuera una carta a una de mis amigas.
Bellis pensaba en Mariel, en Ignus, en Tea. Pensaba en Brote en los Muslos, el violonchelista cacto, el único de los amigos de Isaac con el que había permanecido en contacto. Pensaba en otros. La carta podría ser para cualquiera de vosotros, se dijo y supo que no era verdad. Había apartado de su lado a la mayoría de ellos durante los meses terribles que habían precedido a su huida. E incluso antes de eso, no había estado demasiado unida a muchos. ¿Podría haberos escrito a alguno?, se preguntó de repente.
—Hables con quien hables —dijo—, escribas a quien escribas, siempre hay cosas que no dices, cosas que censuras. Y cuanto más escribía… cuanto más escribo, más hay que decir, más necesario se vuelve que sea muy muy sincera en la carta. Así que lo escribiré todo y no tendré que cerrarla. Puedo dejar eso para el final. Puedo esperar y decidir para quién es una vez que haya dicho todo lo que tengo que decir.
No mencionó el hecho que de nunca podría enviar esa carta, de que seguiría escribiéndola en Armada hasta su muerte.
No hay nada extraño en ello, quiso decir. Tiene sentido. Sentía un feroz impulso de autodefensa. No pienses en ello como si hubiera un vacío al otro extremo, pensó con fiereza mientras lo miraba. No es así en absoluto.
—Debes de estar escribiendo con cuidado —dijo Doul—. Sobre ti y nada más. Nada de chistes privados. Tiene que ser una carta fría.
Sí, pensó Bellis sin apartar la mirada. Supongo que lo es.
—Vosotros los exiliados —dijo Doul—. Vosotros y vuestros escritos. Silas Fennec es igual. Si lo miras ahora mismo lo verás tratando de escribir algo en su cuaderno de notas con la mano izquierda.
—¿Habéis dejado que se lo quede? —dijo Bellis mientras se preguntaba qué le habría ocurrido a su mano derecha y sospechaba que lo sabía. Uther Doul pasó la mirada de manera ostentosa por toda la habitación: sobre su ropa, los cuadernos, la carta.
—Ya ves cómo tratamos a nuestros prisioneros —dijo con lentitud y Bellis recordó que también ella era una prisionera, igual que Tanner Sack, igual que Fennec—. ¿Por qué no acudiste a los Amantes —dijo de repente— cuando Fennec te dijo que Nueva Crobuzón estaba en peligro? ¿Por qué no trataste de enviar un mensaje de ese modo?
—A ellos no les hubiera importado —respondió—. Hasta puede que se hubiesen alegrado: un rival menos en el mar. Y piensa en los restos que podrían saquear. No hubieran hecho nada.
Tenía razón y podía sentir que él lo sabía. Sin embargo, el gusano volvió a agitarse.
—Lee la carta —dijo de repente—. Demuestra que yo no sabía nada.
Él no respondió durante mucho tiempo.
—Has sido juzgada —dijo al fin.
Sintió que se le helaba la sangre en las venas. Sus manos empezaron a temblar; tragó saliva varias veces y apretó los labios.
—El Senado se reunió —continuó Doul— después de que interrogáramos a Fennec. En general se acepta que Sack y tú no tomasteis parte deliberadamente en el aviso a las fuerzas de Nueva Crobuzón. Se ha aceptado tu historia. No hace falta que me enseñes tu carta.
Bellis asintió y sintió que se le aceleraba el corazón.
—Colaborasteis —dijo él con la voz apagada, como muerta—. Contasteis todo lo que sabíais. Os conozco, os he estudiado, a los dos. Os he estudiado con mucho cuidado.
Ella volvió a asentir.
—Así que se os ha creído. Y eso es todo. Podéis salir libres si queréis —hizo una pausa, entonces, apenas un segundo diminuto. Y, más tarde, Bellis recordaría esa pausa y no podría perdonársela—. Podéis elegir vuestra sentencia.
Bellis apartó la mirada, alisó su carta y respiró profundamente durante unos instantes y entonces volvió a mirarlo.
—¿Sentencia? —dijo—. Dijiste que me creías…
—Sí —respondió él—. Yo fui la razón principal de que te creyeran —no lo dijo como si esperara gratitud por ello—. Y por eso vuestras perspectivas son las que son. Por eso no estáis muertos, como lo estará Silas Fennec en cuanto hayamos conseguido de él lo que necesitamos. Pero ya sabías que no podrías salir impune de esto. ¿Desde cuando determina la intención el juicio? Sea lo que fuese lo que pensaseis o lo que os convencieseis para pensar, sois responsables de haber desencadenado una guerra que le ha costado la vida a miles de los míos. —Su voz se endureció—. Deberíais consideraros afortunados de que queramos mantener los detalles de este asunto en secreto. Si los ciudadanos llegaran a enterarse de lo que habéis hecho, sería vuestra sentencia de muerte. La discreción nos permite mostrar un cierto grado de indulgencia. Deberías estar contenta por mi testimonio respecto a tu carácter. He tenido que luchar mucho para conseguir que os liberen a los dos. —Su hermosa voz la estaba aterrorizando.
—Dime —se oyó pedir, y Doul la miró a los ojos mientras respondía.
—Estoy aquí en representación del Senado, para ver a Tanner Sack y Bellis Gelvino —dijo con claridad—. Para sentenciaros a los dos. A diez años de confinamiento aquí. O al tiempo que ya habéis cumplido más latigazos. La elección es vuestra.
Se marchó poco después, dejando a Bellis completamente sola.
Fennec la había traicionado. No habría panfletos de Simon Fench. Nadie la escucharía. La ciudad no daría la vuelta.
Doul ni siquiera le había pedido que le mostrara la carta. No se la había quitado, no se había asomado por encima de su hombro mientras ella la tenía entre las manos, no había mostrado el menor interés en ella.
¿Es que no entiendes lo que te he contado?, pensó Bellis. Tú sabes las revelaciones que hay aquí. Ésta no es una carta normal, toda secretos y detalles personales y gestos de asentimiento y referencias carentes de significado para todos salvo para dos personas. Es algo único: mi expresión más clara, mi propia voz, todo cuanto he hecho y visto aquí.
¿No quieres leerla, Doul?
Se había marchado después de que ella eligiera su castigo, sin una sola mirada al grueso fajo de papeles que seguía en sus manos. Todas aquellas pruebas que nadie leería, que seguirían languideciendo dentro de ella. Incomunicadas.
Bellis pasó las páginas, una tras otra, al tiempo que recordaba todo cuando le había ocurrido en Armada. Trató de calmarse. Había algo muy importante que tenía que abordar. Sus planes se estaban desplomando. Ahora que Fennec había sido capturado, no había nadie que pudiera difundir la información que poseía, nadie que pudiera detener el loco plan de los Amantes de cruzar el Océano Oculto. Y ella tenía que volver su atención a esto, tenía que tratar de dar con alguna manera de revelar la verdad.
Pero no podía concentrarse en ello, no podía concentrarse en nada que no fuera lo que Doul acababa de decirle.
Sus manos estaban temblando. Apretó los dientes furiosa; se pasó las dos manos por el cabello peinado hacia atrás y exhaló, pero no pudo dejar de temblar. Tuvo que apretar la pluma con mucha fuerza contra el papel para que el temblor no volviera las palabras ilegibles. Garabateó una sola y rápida frase y entonces se detuvo de súbito y la miró fijamente y no pudo escribir más. Leyó lo que había escrito, una vez tras otra.
Mañana me van a azotar.