La Cicatriz
Sexta parte: El Caminante de la Mañana » Noveno interludio: el Brucolaco
Página 59 de 71
Noveno interludio: el Brucolaco
Ahora, en este pozo de negra noche donde los momentos yacen inmóviles como cosas aterrorizadas y nosotros los que vagamos somos libres del tiempo, camino por las calles.
Mi ciudad se mueve. Sus contornos cambian.
Los chapiteles convergen y vuelven separarse y los cabos se fruncen como músculos y soportan la tensión mientras la línea del horizonte de Armada se parte, se cierra, se parte.
Los animales salvajes que viven en las sombras acallan sus lloriqueos, olisquean mi olor a muerte y se marchan (cuadrúpedos o bípedos) rápidos y acobardados a través del marinero paisaje serrado al azar, por las trincheras de madera y ladrillo que recorren las cubiertas transformadas. Los cadáveres de navíos asimilados. Escalerillas de castilletes, ojos de buey, trinquetes, pescantes y anclas encajados en una arquitectura ajada por la sal.
Tras cada muro, una anatomía marítima, una momia, un sacrificio, como un sirviente asesinado en los cimientos del templo. Ésta es una ciudad de fantasmas. Todos los barrios están malditos. Vivimos como gusanos de osario en nuestros barcos muertos.
Flores y raíces marchitas luchan por la escasa luz de las lámparas en las grietas de los muros, en surcos de hormigón y madera. La vida es tenaz, como bien sabemos los que hemos muerto.
Regueros de polvo, trozos de hueso y ladrillo junto a las heridas de bordes mellados abiertas por la cirugía de las bombas: carbón y escombros, baldíos salpicados por el aburrido monólogo de la ciudad. Pintura, vejez, toda la basura de las deslavazadas y rechonchas torres de pisos (en las cubiertas de proa) y las casuchas (a la sombra de los baupreses). Tiestos y ruedas como tatuajes pobres, desfiguraciones deliberadas. Infinitas marcas, esculturas fortuitas y fabricadas (la monotonía salpicada de señales de vida y preferencia, marquesinas abandonadas, cintas en el ganado dormido).
Donde queda cristal está quemado y cuarteado… intrincado de sombras. Las ventanas iluminadas están manchadas de sombra. Brillan austeras, frías.
Las polillas y las aves nocturnas, las cosas que se mueven bajo la luna, emiten sus pequeños sonidos. Los pasos que se escuchan se desvanecen; rápidamente pierden toda pretensión de forma. Es como si hubiese niebla, aunque no la hay. Quienes hemos salido a caminar esta noche salimos de ninguna parte y regresamos deprisa al mismo sitio.
Junto a fábricas, cabarés, iglesias; sobre puentes que traquetean como vértebras. Armada navega sobre las olas, adormecida y feliz como un cadáver moteado de podredumbre.
Entre las tablas de este cadalso se ve el mar. Me veo allí (entre las sombras, incierto) y, más allá de mí, el agua negra. Una oscuridad tan profunda (fortuitas luces químicas como luciérnagas extraviadas) que es una forma de comunicación alienígena. Tiene su propia gramática. Con la mirada perdida, contemplo los peces de las piscifactorías, dando vueltas y vueltas como autómatas en sus jaulas, los tritones, las tuberías agrietadas y llenas de quelpos que se sumergen, las cadenas cubiertas de moluscos y resbaladizas algas y la gran forma oculta que nos arrastra a todos, idiota y fútil.
A mi alrededor la historia es opresiva y carece de sentido, una pesadilla a la que he de darle forma.
Un ritmo se vuelve sensible (dimana de un lugar oculto), le da forma a esta noche, vuelve a encender la marcha del tiempo y los relojes dejan de contener la respiración.
Regreso a mi navío lunar por los tejados. Pasando sobre pizarra destrozada, tablones y toda clase de híbridos; cruzando un bajo bosque, iluminado por la luna, de chimeneas, agujas y depósitos de agua, en paseos que no son el mío. No gobierno aquí, no hay hemotasa, ha pasado un día desde la última vez que me alimenté y me costaría bien poco deslizarme por este tubo de desagüe como una cualquiera de las gotas de calcio que lo recorren. Bien poco encontrar un paseante nocturno lleno de sangre y disponer luego de su cadáver; pero esos tiempos han quedado atrás: ahora soy un burócrata, no un depredador, y así es mucho mejor.
Falta mucho tiempo hasta el amanecer, pero ha ocurrido algo. Nos movemos hacia la mañana. Mi tiempo ha pasado.
Estoy sobre los pesqueros de arrastre y las casas flotantes y de nuevo (con fugaces ruidos de pasos, como inciertos) a través de Sombras y sus casuchas y su industria (hacia mi grueso barco). Otoño Seco, donde las calles son más silenciosas y están cubiertas de polvo.
¿De dónde viene? Sacudido constantemente por la brisa marina, ¿cuándo tiene tiempo el polvo de posarse?
En algunas luces (ensueños no menos ciertos por ello) lo veo denso como la nieve y las telas de araña se interponen en mi camino a casa. A solas me ahogo en el polvo y lo exhalo en convulsiones; polvo, el desecho seco del tiempo.
Yo sé cuando algo está ocurriendo. Conozco los ritmos de la ciudad, hay algo nuevo aquí.
Hay huellas en la cubierta color luna del Uroc. Una mano que me es desconocida ha asido este aparejo.
Busco al recién llegado.
Veamos.
¿Qué sois?
En mis pasillos, de camino a mis aposentos, habéis dejado vuestros desechos. Una, dos gotas de agua salada. Rayas en el barniz y el hierro. ¿Qué sois?
No podéis esconderos de mí. Me dais la bienvenida a mi hogar.
Y ¡oh!, ya veo, allí en el umbral me habéis dejado sangre.
Como azúcar espolvoreado.
Puedo oíros detrás de mi puerta.
Mi habitación huele como un estuario. Coágulo de río y sangre de pez. Traqueteáis por mí, extraños, sacudís los huesos que lleváis encima, como una invocación. No he abierto ninguna de las hendiduras que iluminan con los rayos de la luna mis aposentos, pero la luz es para los vivos. Estos que os miran son ojos de vampiro.
Y os dan la bienvenida.
Tres de vosotros me esperáis formando un cuadro siniestro: reclinados junto a mi cama, enfrente de mi ventana y ahora junto a mí, cerrando mi puerta, recibiéndome respetuosamente en casa.
Miraos.
Miraos brillantes como grandes colas de salamandra plegadas en capas, sobre el suelo de mi camarote, los cráneos severos y aerodinámicos como los de peces víbora, los dientes protuberantes como hileras de clavos, los ojos negros y grandes como pozos de brea, la piel húmeda tensa sobre huesos envueltos en músculo como la savia en la madera nudosa. Mirad cómo os erguís en mi cuarto.
Y tú, yaciente sobre mi cama como el desnudo de un pintor, sonriéndome sin pretenderlo tu rostro de pez, el cuello retorcido con encantamientos y huesos mientras me llamas educadamente con señas, ¿de quién es la cara que traes en la mano?
¿De quién es la cabeza que habéis conseguido para traerme sangre? ¿Qué mujer era ésta? ¿Una centinela que os descubrió? Extraviada en la guerra con Nueva Crobuzón, ahogada o hecha pedazos, ¿fuiste tú el que le cortó el cuello para traerme este repugnante trofeo? El corte es una sanguinolenta y fibrosa laceración.
La mujer morena me mira fijamente desde tu puño.
¡Mírate!
Dejas caer la carne muerta y te yergues como algo que nunca he visto.
—Seigneur Brucolaco —me dices con una voz aún más fría que la mía—. Tenemos que hablar.
No me importa. Hablaré contigo. Sé quiénes sois. Creo que os estaba esperando.
Y mientras las horas se van desgranando en dirección al alba ¡oh! a qué conspiraciones ¡oh! a qué secretos damos luz.
Has llegado tarde, cosa del río. Hombre del agua. Has llegado tarde desde el Mar de la Garra Fría, registrando estas corrientes salinas en busca de lo que os robaron. Nada de cuanto me dice tu boca llena de sangre está claro. Como la cosa de río que eres, serpenteas en dirección a lo que pretendes decir y diseminas un cieno de palabras como efluvios para camuflar tu propósito. Pero yo he tratado con videntes, poetas y Tejedoras y puedo seguirle el rastro a tus insinuaciones.
Habéis cazado en las corrientes. Como parásitos aferrados a los vientres de nuestros atacantes habéis llegado y luego os habéis soltado en el fragor de la batalla y habéis recogido cuerpos entre los muertos y los moribundos.
Y entonces, ¿qué debería suponer? A escondidas, los habéis utilizado. Los habéis mantenido con vida, los habéis alimentado, les habéis proporcionado aire y los habéis interrogado (después de muertos, ¿no…?, ¿estoy en lo cierto?). Habéis descubierto mucho (aterrorizados a las puertas de la muerte con voces atropelladas os lo han contado todo, inmóviles en el agua, atrapados bajo sus casas).
Sólo lleváis unos pocos días aquí y como los más sutiles de los espías lo habéis averiguado casi todo sobre este lugar.
Por esa razón (¿es eso lo que dices?) por esa razón habéis venido a mí.
A un mundo de distancia alguien robó algo de una de vuestras torres, algo precioso y único que querríais recuperar. Os ha eludido durante cientos de kilómetros, a lo largo de continentes enteros hasta llegar a este lugar, hasta mi ciudad. Y habéis tardado mucho pero ese alguien era un necio optimista si creía que lo dejaríais escapar.
Lo seguisteis. Habéis encontrado su casa.
Pero se han producido conmociones entre los suelos que hay sobre vosotros mientras yacéis y esperáis y os preparáis y hacéis preguntas a quienes podéis raptar en las cubiertas de Armada. Y, por muy astutos y feroces que seáis y por mucho que no conozcáis el miedo, hay demasiados, nunca podríais acabar con toda la ciudad. Si salís del agua dejaréis de ser invisibles y os cazarán.
No podéis encontrar a vuestra presa. Ha desaparecido. Y no devolverá lo que ha robado, no voluntariamente, no sin terror. Y si os dirigierais a los amos de la ciudad y ellos decidieran no ayudaros, habríais jugado vuestra mano y no podríais hacer nada contra ellos si se volvieran contra vosotros. No sois tantos. No podéis librar una guerra. No podéis buscar a ese que ha huido de vosotros.
No sin ayuda.
¿Por qué has venido a mí?
Vástago de las profundidades, ¿por qué has venido a mí?
Vienes aquí, matas a mis ciudadanos y te presentas ante mí, el Brucolaco, con el descaro de un chantajista. ¿Cómo sabes que no os destruiré?
Entiendo.
Oh, eres magnífico, eres un espía prodigioso. Me asombras y me asombra lo que has logrado descubrir en estos pocos días y noches. Déjame que incline la cabeza ante ti.
¿Hay algo que no hayas descubierto? ¿Algo que no sepas?
Has venido a mí porque sabes que estoy furioso.
Sabes lo que los Amantes han traído. Hasta puede que sepas a dónde vamos.
Sabes que yo no lo acepto. Que soy el único poder que se opone a ellos.
Quizá sepas que estoy considerando la posibilidad de amotinarme.
¿Es que habéis oído mi nombre, repetido una vez tras otra? Estoy seguro de que eso es lo que ha ocurrido. Sabéis que soy el ser más poderoso de este lugar que se resiste, que está enfurecido, que desearía que las cosas fueran diferentes.
Sabéis que se me puede comprar.
¿Qué es lo que propones, hakenmann[5]?
Hay cosas que nadie más que vosotros podría hacer. Cosas que podrían inclinar la balanza. Que podrían crear nuevas circunstancias. Cambiar fuerzas, forzar cambios. Crear hechos.
Quizás este viaje, esta estúpida peregrinación, podría ser detenido.
Oh, sí, si lo hicierais. Si pudierais detener nuestro progreso.
Sólo vosotros podéis ayudarme, me dices con tus intrincadas maneras. Sólo vosotros podéis detener este loco viaje. ¿Qué podría hacer yo?
Incluso a mí, tal vez, me sería imposible abrirme paso a través de los grupos y grupos de guardias que vigilan sus motores, sus espuelas de leche de roca. No sé lo que debe hacerse. Pero hay otra forma —algo más, alguna fuerza— para ralentizar nuestra marcha y finalmente detenernos. Podríais detener a la bestia.
Si podéis hacerlo.
¿Y a cambio? (¿Ves? Me dices, con un extraño orgullo que destella como escamas, que conoces todo sobre este trueque por el que vivimos).
¿A cambio? Os ayudaré a encontrar a aquel que se esconde y que escapó de vosotros.
Tal vez no sepáis lo que es reir. Sin duda no sabes por qué me río tanto.
No podéis saberlo.
A quién he sostenido y malherido. Lo que le he visto manejar. No podéis saber que, leal a Armada y sin otra alternativa, he dejado de lado mi odio a los Amantes y he permitido, avergonzado, que lo atraparan, envuelto en la matanza que nos trajo. No es un vulgar ladrón este criminal de guerra, y lo mantendrán en un limbo hasta que puedan condenarlo adecuadamente. Cuando nuestro lunático viaje termine.
Habéis llegado un poquito tarde.
Aunque no demasiado tarde. No es demasiado tarde para deshacer lo que está hecho.
Sé dónde lo tienen.
No podéis saber que lo que me ofrecéis, en cualquier otra ocasión, habría hecho que os matara. No podéis saber que esta noche es diferente, que estoy cansado de esta peligrosa necedad a la que han conducido a mi ciudad. Que si el amotinamiento es necesario para que demos la vuelta, haré lo que deba para llevarlo a cabo.
No es una ocasión normal, vástago de las profundidades. Venís a mí en tiempo de guerra.
¿Necesitáis una distracción? ¿Un señuelo mientras buscáis? ¿Algo que llame la atención?
Tengo lo que queréis.
Chitón. Dejad que os diga cómo será. Lo que vais a hacer, lo que yo voy a hacer. Os ayudaré a encontrarlo y esto es lo que haréis por mí. Y os diré dónde está vuestra presa. Ahora, ¿podemos empezar a trazar planes?
Sin descanso.
Debemos terminar. ¿Veis allí? Tenemos unos minutos para terminarlo.
El cielo no está aún iluminado.