La Cicatriz
Séptima parte: El Vigía » 41
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Mientras Armada se movía en dirección norte atravesando unos frentes templados tan apacibles que parecía como si el clima estuviera esperando a que ocurriera algo y mientras esta expectación se comunicaba a la ciudadanía, Bellis yacía en cama, presa de una fiebre pegajosa.
Pasó dos días sin pensar nada. Se consumía en temperaturas tan altas como para preocupar a sus enfermeras, mientras sufría delirios aterradores que le hacían gritar y que luego nunca recordaba. El avanc continuaba arrastrando la ciudad a paso firme, no rápido pero sí mucho más rápido de lo que la ciudad hubiera viajado jamás. Las formas de las olas cambiaban con las corrientes.
(Tanner Sack es más fuerte que Bellis. Se lo han entregado a Shekel para que lo cuide y el muchacho llora de preocupación por él, lo abraza y lo aprieta y solloza un ataque de aliviada miseria al ver los andares penosos de Tanner. Este lanza un chillido cuando las manos de Shekel aprietan su espalda lacerada y sus dos voces se mezclan antes de que Shekel lleve a Tanner a donde Angevine lo espera.
—¿Pero qué te han hecho? —solloza Shekel repetidamente—. ¿Por qué? —y Tanner lo consuela y dice con la voz quebrada que había buenas razones y que no quiere hablar de ello, que ya ha terminado.
Éstos son días trascendentales, se toman grandes decisiones. Hay asambleas en las que se habla de la guerra y de la historia de la ciudad, y del avanc y del clima y del futuro.
Bellis no sabe nada de ello).
Días más tarde, casi ya sin fiebre, Bellis Gelvino se incorporó. Comió y bebió sin ayuda, aunque el violento temblor de sus dedos hizo que derramara buena parte de la comida y el agua. Al moverse, tuvo que morderse el labio para contener el dolor. No sabía que todos los centinelas del pasillo estaban acostumbrados ya a sus gritos.
Dos días más tarde despertó y se desperezó con los movimientos lentos e inseguros de una anciana. Se arregló a medias el cabello y se cubrió con una camisa larga y sin forma.
La puerta no estaba cerrada. Ya no era una prisionera. Llevaba una semana sin serlo.
Había centinelas en el pasillo, en aquella profunda cubierta-prisión del Grande Oriente y llamó a uno de ellos y trató de mirarle a los ojos.
—Me marcho a casa —le dijo y estuvo a punto de echarse a llorar al oír su propia voz.
Para consternación de Bellis, fue Uther Doul el que la ayudó a llegar a su casa. El Cromolito se encontraba sólo dos barcos a proa del Grande Oriente pero Doul la llevó en aerotaxi. Ella se sentó tan lejos de él como pudo, horrorizada por sentir que el miedo —que había desaparecido a lo largo de los meses, reemplazado por otras emociones— estaba regresando. Él la estudiaba sin dar señales de remordimiento.
No era él quien la había sentenciado, por supuesto. Pero cada vez que su mente regresaba a aquella prolongada, sangrienta, cruenta y dolorosa hora que había vivido una semana antes, llena con imágenes segmentadas de dolor y sus propios gritos, veía a Doul como lo que era, un agente de Armada, el poder que le había hecho aquello. Lo menos importante era la identidad del hombre que había empuñado el látigo.
Cuando entró en su habitación, Doul la siguió, llevando sus cosas. Lo ignoró. Moviéndose cuidadosamente, encontró un espejo.
Era como si la violencia se hubiera extendido y le hubiera destrozado la cara. Parecía desangrada. Las arrugas y patas de gallo que se habían ido marcando poco a poco a lo largo de más de diez años, se habían convertido de pronto en grietas como las heridas de las caras de los Amantes. Bellis se pasó una mano por las mejillas y los ojos con horror.
Un diente se le había partido y al tirar de él salieron algunos pedazos. Le había pasado al morder el pedazo de madera que le habían dado.
Se movió y la venda le rozó las costras de la espalda desollada y siseó de dolor.
Doul estaba detrás de ella, su presencia como una imperfección en el cristal. Quería que se marchase pero no era capaz de dirigirse a él. Paseó por toda la habitación con las piernas temblando. Sentía la gasa pegada a la espalda por culpa de las heridas abiertas.
Después de eso, el dolor de la espalda fue desagradable y constante pero no varió demasiado. Bellis lo trató como si fuera un ruido de fondo, lo ignoró hasta que se convirtió en una especie de molestia ajena a ella. Se detuvo en el umbral de la puerta y miró a su alrededor, a los aeróstatos y los pájaros, a las puertas de toda la ciudad que el viento azotaba con insistencia imbécil. Había hombres y mujeres trabajando furiosamente, igual que el primer día, cuando había abierto las cortinas del Cromolito y había contemplado su nueva ciudad.
Pero había algo nuevo, se percató poco a poco. El aire era diferente, el modo en que la ciudad se movía con las corrientes… el mismo mar. Los barcos que rodeaban Armada ya no marchaban siguiendo sus propias rutas en todas direcciones: la masa de embarcaciones (que aún mostraba las señales de la guerra) seguía a la ciudad en formación cerrada, como si tuviera miedo de perderla.
Había algo diferente en el mar.
Se volvió y miró a Doul.
—Eres libre —dijo éste, no sin dulzura—, y superflua. Hace tiempo que Krüach Aum no te necesita. Tendrás que curarte. Por el bien de la ciudad se ha suprimido toda la información referente al papel que has desempeñado en la reciente guerra. Estoy seguro de que en la biblioteca te readmitirán…
—¿Qué ha ocurrido? —dijo Bellis con la quejumbrosa ronquera que los latigazos y la enfermedad le habían dejado por voz—. Hay algo diferente… por todas partes.
—Hace dos días —dijo Doul— por lo que sabemos, atravesamos algo. Todo el mundo puede sentirlo. La flota… —señaló los navíos que seguían a la ciudad—. Están teniendo dificultades. Hay corrientes extrañas. Sus motores no son de fiar. Hemos salido del Océano Hinchado —dijo, y la miró, impasible—. Éste —el rápido ademán de su brazo abarcó toda el agua, de horizonte a horizonte— es el Océano Oculto.
Tan lejos de casa…, pensó Bellis, sorprendida por aquella furia que sentía. Cada vez me llevan más y más lejos, más y más lejos. Se salen con la suya. Escuchó un zumbido en su interior. Todo lo que hemos hecho, para bien o para mal, no ha servido de nada. Les ha sido tan fácil llevarnos aquí, hasta este puto fin de los mares que ningún barco puede cruzar. Allá vamos y mi hogar ha desaparecido.
Hasta el pensar en los Amantes la asustaba: sus gimoteos de pasión, sus enfermizas, constantes e intensas profesiones de fidelidad. Estaba en su poder. Era allí donde ellos querían ir. Bellis había tratado de impedírselo y había fracasado.
—Así que nos han traído hasta aquí, ¿eh? —le dijo a Uther, fría. De repente volvía a no tenerle miedo. Levantó la barbilla—. Y yo sé lo que viene a continuación: la Cicatriz.
Si aquello lo había sorprendido, lo ocultó muy bien. Soportó su mirada sin que apareciera expresión alguna en su rostro.
De modo que Fennec fue demasiado lento con sus panfletos y rumores, pensó. Eso no significa que todo haya terminado, no significa que lo aceptemos.
Cuando Shekel le abrió la puerta a Bellis, se la quedó mirando durante un largo y silencioso momento, presa de una confusión salvaje.
La había reconocido pero de repente tuvo la impresión de que se había equivocado. Era imposible que aquella señora pálida con un pelo negro seco y desparramado sobre la cara como césped viejo y cuya expresión sugería años de agonía, fuera Bellis Gelvino; debía de haber alguna mendiga derrengada con una cara parecida.
—Shekel —dijo ella con una voz que no podía creer que fuera la suya—, tienes que dejarme pasar. He de hablar con Tanner Sack.
Mudo y estupefacto, se apartó para dejarla pasar y ella estornudó y penetró en la sombra.
Tanner Sack se revolvió en su cama, musitó algo con la lengua espesa y la mirada soñolienta y entonces se incorporó como impulsado por un resorte y la sábana cayó al suelo. Señaló a Bellis.
—Saca a esa puta de aquí, Shekel —gritó—. Saca a esa puta de aquí…
—¡Escúchame! —dijo Bellis con una voz gutural y llena de urgencia—. Por favor…
—¡Me han jodido entero por escucharte, zorra! —Tanner estaba temblando de furia. Tras Bellis se escuchó el traqueteo de un motor que señalaba la llegada de Angevine.
—Tienes que escucharme —gruñó Bellis tratando de gritar—. Tú tienes amigos, colega; puedes hacer correr la voz… —se interrumpió y se retorció de dolor al ponerle Angevine una mano en la espalda—. ¿Sabes adónde vamos? —logró decir—. ¿Sabes por qué estamos en este mar donde nada se mueve como debería?
Vio que Tanner miraba a Shekel y luego a Angevine y que todos ellos intercambiaban una mirada de desconcierto.
—¡Escucha! —gritó mientras Angevine la echaba en medio del coro final de las maldiciones de Tanner.
Cuando llegó a la biblioteca tras haber cruzado lentamente los puentes de la ciudad, la sangre le había empapado los vendajes y tenía la camisa manchada. Encontró la parte bombardeada del Pincherman, donde las bibliotecarias estaban recuperando los volúmenes que podían entre los escombros.
—¡Bellis! —Carrianne estaba estupefacta. Bellis volvía a sentir un leve delirio.
—Tienes que escucharme ahora —murmuró.
Y de pronto volvían a estar fuera y el brazo de Carrianne estaba a su alrededor, protector. Bellis sentía un dolor espantoso y se encogía mientras le decía a su amiga:
—Johannes. Lacrimosco. Carrianne, tienes que ayudarme a encontrar a Johannes Lacrimosco…
Carrianne asintió.
—Lo sé, Bellis —dijo—. Acabas de decírmelo.
Se encontraban en una habitación que Bellis no reconocía y de pronto en otra. Bellis estaba tan cansada que creía estar a punto de desvanecerse. Y Carrianne y ella pendían sobre la ciudad en el aire oscuro, mientras las luces de Armada se apagaban siguiendo un ritmo complejo. Bellis escuchó su propia voz varias veces aunque le sonó muy rara.
Sentía un dolor frío y extático y levantaba la mirada y se encontraba en su propia cama, en sus habitaciones de la chimenea y se le ocurrió (más como un salto de la imaginación que como un recuerdo) que Carrianne le había levantado las vendas de la espalda y le estaba aplicando ungüento. Bellis cerró los ojos. Oía algo, un sonido suave y repetitivo.
—Dioses. Dioses. Dioses. Dioses.
Era la voz de Carrianne. Bellis volvió la cabeza y vio con los ojos borrosos el rostro de su amiga sobre ella, mirándola, encogida, mordiéndose el labio mientras le ponía la crema.
¿Qué ocurre?, trató de decir, mientras por un segundo se le ocurría que quizá su amiga hubiera sido herida, pero entonces se dio cuenta, por supuesto, de lo que ocurría y no pudo sofocar un pequeño sollozo que se le despertó dentro.
La siguiente vez que abrió los ojos, Carrianne y Johannes se encontraban allí, bebiendo té y hablando con aire incómodo junto a su cama.
Era de noche. A Bellis se le había aclarado la cabeza.
Johannes se sobresaltó al ver que se movía.
—Bellis, Bellis —le dijo Carrianne con dulzura—. Por el amor de los dioses, chica… ¿qué te han hecho?
Estaba horrorizada. Bellis le estaba muy agradecida por sus cuidados pero no iba a explicarle lo de sus heridas.
—No quiere hablar de ello —dijo Johannes con nerviosismo. Parecía genuinamente preocupado pero también incómodo—. Quiero decir, ya ves que… estaba en el lado equivocado de… Lo más probable es que tenga suerte de seguir con vida.
—Por los dioses, Bellis —dijo Carrianne, furiosa—. ¿A quién coño le importan ellos? —el ademán de su brazo estaba lleno de autoridad—. Dinos, ¿por qué te han hecho esto?
Bellis no pudo evitar esbozar una sonrisa. Él tiene razón, pensó, mientras levantaba la mirada ojerosa hacia Johannes. Por muy pusilánime y cobarde que sea y por muy magnífica y valiente y leal hacia mí (los dioses saben por qué) que seas tú, Carrianne, él tiene razón en esto. Deberíais salir de aquí. Os guste o no, os ayudaré a hacerlo. Os lo debo.
—¿Conseguiste encontrarlo, entonces? —logró decir.
—Carrianne ha demostrado una insistencia asombrosa —dijo Johannes—. Me hizo llegar un mensaje.
Bellis se incorporó levemente en su cama y mantuvo el semblante sereno a pesar de los movimientos de su piel hecha jirones.
—Tengo que hablar con vosotros —dijo, con voz cada vez más fuerte. Negó con la cabeza con lentitud—. He estado… la pasada semana… he estado sola. Y… y todo ha cambiado a nuestro alrededor. Debéis de haberlo notado. Pero yo sé lo que es, yo sé lo que está pasando.
Cerró los ojos y guardó silencio durante varios segundos.
—¿Sabéis dónde estamos? —dijo por fin—. ¿Sabéis en qué aguas hemos entrado?
Carrianne y Johannes se miraron y luego se volvieron hacia ella.
—En el Océano Oculto —dijo Carrianne con voz cauta. Bellis logró esbozar una leve sonrisa.
—Exacto —dijo. Malditos seáis todos, pensó. No necesito a ese cabrón traidor de Fennec. Lo conseguiré yo sola—. ¿Y sabéis adónde nos dirigimos? —volvió a hacer una pausa y en el silencio que siguió, habló Johannes.
—A la Cicatriz —dijo, y a Bellis se le secaron las palabras en la garganta. Se le quedó mirando, vio que él la observaba con preocupación y confusión, miró a Carrianne, quien asintió.
—La… Cicatriz —se oyó decir Bellis, toda titubeos y estupidez. No era una revelación sino un absurdo eco.
Habían acabado con ella. Habían ganado. No le quedaba nada, nada en absoluto.
Después de que Johannes se marchara, Bellis y Carrianne permanecieron despiertas hasta tarde, hablando. Carrianne se lo contó todo.
Qué semana, no dejaba de pensar Bellis, con una absurda simpleza, qué semana he ido a perderme.
Los Amantes lo habían anunciado.
No podía ocultarse a los pilotos y capitanes y nauscopistas de Armada que el agua y el aire estaban cambiando. No había manera de disfrazar las corrientes entrelazadas, las fuerzas ocultas que discurrían bajo la superficie, contrarias a las olas. Las brújulas se habían vuelto locas y perdían el norte durante minutos enteros. Los vientos eran completamente impredecibles.
Al avanc, por supuesto, estas fuerzas le traían sin cuidado. Seguía su curso mucho más abajo, arrastrando la ciudad tras de sí.
Se habían sucedido rumores de toda laya, pero había demasiados marinos experimentados en la ciudad como para que la verdad pudiera ocultarse. El avanc, dirigido por los pilotos de Anguilagua, estaba llevando Armada en dirección al Océano Oculto. Sobre el cual, según parecía, todo cuanto se contaba era cierto.
Y entonces, el Dikhan 6 del Cuarto de Carne, los Amantes habían celebrado una serie de asambleas por toda Anguilagua y los paseos aliados.
—El Amante es un orador cojonudo —dijo Carrianne—. Yo lo escuché en Libreros. «Cuando llegué aquí no era nada», dijo. «Y empecé a hacerme a mí mismo y esa obra fue coronada por mi Amante, quien me hizo a mí, se hizo a sí misma e hizo esta ciudad», todo esto con la voz temblorosa. «¿Y acaso no le hemos dado poder a Armada?». A la gente le encantó. Porque era cierto, ¿sabes? Han sido grandes años, de buena cosechas y mucho botín. Y la Sorghum… No estabas aquí cuando eso ocurrió, ¿verdad? No estabas aquí cuando se la llevaron. —Carrianne sonrió y movió la cabeza en un gesto de aprecio—. Él nos ha convertido en una potencia, para qué negarlo. Y luego el puto avanc…
—Pensé que eras leal a Otoño Seco —dijo Bellis y Carrianne asintió con fuerza.
—Y lo soy, pero lo que digo es que… creo que el Brucolaco podría estar… equivocado con respecto a sus planes. Quiero decir… todo encaja.
Hay una fuente de energía, le había dicho el Amante a las multitudes, en el extremo del mundo. Un lugar asombroso: una grieta por la que grandes oleadas de poder penetran en nuestra realidad. Un hombre de Armada tiene la prueba, dijo el Amante, y sabe cómo absorber ese poder. Pero durante muchos años fue imposible alcanzarlo.
Hay una bestia, les había dicho el Amante: un ser de una naturaleza asombrosa, un animal que de tanto en cuanto penetra en Bas-Lag. Y Armada había acogido a cierto hombre famoso que podía saber cómo atrapara a tal animal.
La mujer que me hizo a mí, había bramado el Amante mientras señalaba a la Amante, se dio cuenta de que el segundo hecho significaba que el primero era factible.
Al otro extremo del Océano Oculto (había dicho el Amante) se encuentra la fuente de ese poder. Pero ningún barco ha cruzado el Océano Oculto, dicen. Amigos… (había extendido los brazos en gesto triunfante, tal como Carrianne hacía ahora frente a Bellis), el avanc no es ningún barco.
Y así, se dio cuenta Bellis, el Amante había admitido la verdad que le habían ocultado a la ciudad durante años, los planes que ya estaban trazados cuando habían contratado a Tintinnabulum, robado la Sorghum, viajado hasta la isla de los anophelii, llamado al avanc. Había admitido la verdad sobre esos planes y lo había hecho de tal manera que, no sólo no lo habían lapidado por sus manipulaciones y sus mentiras, sino que lo habían cubierto de aplausos.
Podemos atravesar el Océano Oculto, había gritado en medio del fervor de las multitudes. Podemos saquear la Cicatriz.
—Fue en ese momento cuando supimos el nombre.
—Pero hay tantas incertidumbres… —dijo Bellis y Carrianne asintió.
—Por supuesto.
—Los barcos, la flota… —y Carrianne volvió a asentir.
—Algunos de ellos ya están amarrados a la ciudad. Y si los demás no son capaces de seguirnos, no pasa nada. Nuestros barcos siempre han navegado solos durante meses enteros y siempre encuentran el camino de regreso. Los que nos siguen ahora mismo ya saben lo que ocurre y los que no, vaya, no es nada nuevo. La ciudad siempre se ha movido por sí sola. No vamos a desaparecer en el Océano Oculto, Bellis, no venimos para quedarnos… Venimos a buscar la Cicatriz y luego marcharnos.
—¿Pero qué clase de lugar es ése? —dijo Bellis con un hilo de voz—. No tenemos ni idea de lo que hay allí, qué clase de poderes, qué criaturas, qué enemigos…
Carrianne frunció el ceño e hizo un gesto con la cabeza.
—Todo eso es cierto —dijo—. Ya entiendo —se encogió de hombros—. Estás en contra del plan. Muy bien, no eres la única. Hay un barco que sale dentro de dos días, creo y que regresa al Océano Hinchado, tripulado por todos los disidentes, para esperar allí al regreso de la ciudad. Pero… —se le apagó la voz. Las dos se dieron cuenta de que Bellis era una de esas personas a las que nunca se permitiría salir de la ciudad— la mayoría de nosotros piensa que merece la pena intentarlo.
Un poco más tarde, Carrianne habló en voz baja:
—En absoluto. Confío en el Brucolaco y estoy segura de que tiene buenas razones para oponerse al plan. Pero pienso que se equivoca. Estoy entusiasmada, Bellis —dijo—. ¿Por qué no deberíamos probar? Podría ser… podría ser el momento más asombroso, la hora más importante de nuestra historia. Tenemos que intentarlo.
Bellis sentía algo que no reconoció al principio. No depresión, ni miseria, ni cinismo sino desesperación. La sensación de que todas las ideas, todas las posibilidades estaban muriendo.
He perdido, pensó sin la menor sombra de melodrama o incluso rabia.
Carrianne no era ninguna idiota con el cerebro lavado, ni una persona irreflexiva y que se dejase manejar por la retórica. Había oído los argumentos —por muy parciales y partidistas que sin duda hubieran sido—. Debía de haberse dado cuenta de que aquellos planes llevaban mucho tiempo en marcha y de que por consiguiente ella y todos cuantos la rodeaban habían estado engañados.
Y sin embargo, a pesar de todo ello, había decidido que el plan de los Amantes era bueno. Merecía la pena.
Eso ha sido un truco rastrero, se dijo Bellis pensando en los Amantes. Un golpe bajo. No lo había previsto.
Mentiras, ardides, manipulaciones, sobornos, violencia, corrupción, todo esto lo había esperado. Pero nunca esperé que lo sometierais a discusión y que ganaseis.
Pensó por un momento fugaz en el proyecto de panfleto de Fennec y movió los hombros en una especie de pantomima de risa. ¡La Verdad!, imaginó. ¡Anguilagua arrastra a Armada hacia LA CICATRIZ!
La Verdad.
Vosotros ganáis, se dijo y abandonó toda esperanza. Estaré aquí hasta el día de mi muerte. Me haré vieja aquí, una anciana gruñona presa en un barco y me rascaré las cicatrices de la espalda (dioses, deben de ser horribles) y farfullaré y me quejaré. O quizá muera, con el resto de vosotros y vuestros gobernantes en algún estúpido y terrible accidente en el Océano Oculto.
Sea como sea, soy vuestra, os guste o no. Habéis ganado.
Me estáis llevando con vosotros. Me estáis llevando a la Cicatriz.