La Cicatriz
Séptima parte: El Vigía » 42
Página 62 de 71
42
Donde había habido una sombra durante muchísimo tiempo, se veía ahora el cielo.
El Arrogancia había desaparecido.
El muñón de un cabo yacía en la cubierta, allí donde la aeronave había estado amarrada al Grande Oriente. Lo habían cortado y el aeróstato había volado libre.
—Hedrigall —escuchó decir Bellis a su alrededor. Se encontraba entre la multitud que se había reunido allí y miraba boquiabierta el agujero abierto en el paisaje. Los alguaciles habían hecho vanos intentos por mantener a raya a los mirones pero habían desistido al comprobar su número.
Bellis podía moverse ahora con más libertad. Todavía se encogía cuando la tocaban en la espalda pero había dejado de sangrar. Algunas de las costras más pequeñas estaban empezando a pelarse por los bordes. Se situó en un extremo de la multitud.
—Hedrigall… y estaba solo —todo el mundo lo estaba diciendo.
Conforme Armada se iba adentrando en el Océano Oculto, sus navíos tenían cada vez mayores dificultades para seguirla. Iban en pos de su estela como patitos ansiosos y algunos de los que estaban amarrados a sus extremos apagaron los motores y se dejaron llevar por el avanc.
El segundo día después de la dolorosa y reveladora conversación con Carrianne, los barcos y sumergibles que seguían en la órbita de Armada habían dado la vuelta. Ya no podían seguir combatiendo al Océano Oculto. Formaron lo mejor que pudieron bajo aquellos vientos desconcertantes un convoy nervioso y pusieron rumbo al sur. Permanecerían juntos por protección y para llevarse unos a otros de regreso al Océano Hinchado, con sus aguas más seguras y comprensibles, donde esperarían.
La ciudad volvería a buscarlos dentro de un mes, o dos a lo sumo.
¿Y después de eso? ¿Y si Armada no había regresado? Bien, en ese caso tendrían que considerarse libres. Aquella dispensa se concedió después de un momento de reflexión y sus implicaciones no fueron discutidas.
Desde su ventana, Bellis había asistido a la retirada de los barcos de Armada. Quedaban otros, encadenados ahora como lapas a los flancos de la ciudad o resguardados en los muelles de Basilio y de la Espina del Erizo. Se agolpaban con aire aprensivo, rodeados por las embarcaciones que formaban los muelles y dársenas, pero estaban atrapados. Habían demorado demasiado su marcha y ahora no podían más que mecerse de un lado a otro, amarrados como si estuvieran cargando o descargando, y esperar.
Los armadanos nunca habían visto su ciudad sin su nimbo de barcos. Se habían reunido en los márgenes de la urbe para contemplar el mar vacío. Aquella vaciedad los había doblegado. Pero ni siquiera los muchos acres de agua vacante resultaban tan perturbadores como la aeronave desaparecida.
Nadie había visto nada, nadie había oído nada. El Arrogancia se había escabullido en secreto. Para Anguilagua era una perdida apabullante.
¿Cómo es posible?, se preguntaba la gente. El dirigible era inservible y se sabía que Hedrigall era absolutamente leal.
—Tenía dudas —le dijo Tanner a Shekel y Angevine—. Me lo dijo. Era leal, de eso no hay duda, pero nunca creyó que el asunto del avanc fuera bueno para la ciudad. Supongo que lo de la Cicatriz fue aún peor pero nadie lo escuchaba.
La huida de Hedrigall le había horrorizado. Lo hería. Pero ponía sus pensamientos en palabras, tratando de ver las cosas tal como las veía su enigmático amigo. Debe de haberse sentido atrapado, pensaba. Después de haber vivido tantos años aquí, de pronto ve que las cosas empezaban a hacerse de otra manera. Ya no pertenece a Dreer Samher y si pensó que tampoco pertenecía aquí… ¿Qué iba a hacer?
Imaginó a Hedrigall arreglando los motores estropeados del Arrogancia en las horas libres que pasaba allí. Todo el mundo sabía que Hedrigall era un solitario que pasaba a bordo del dirigible más tiempo del que le debía a sus obligaciones. ¿Habría desatornillado las vigas de las aletas del Arrogancia? ¿Probado los pistones que llevaban décadas sin moverse?
¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto, Hedrigall?, pensaba Tanner Sack.
¿No podía haberlo discutido? ¿Tan seguro estaba? ¿De verdad sentía que ya no valía la pena pelea por su hogar? ¿Dudaba acaso que lo siguiera siendo?
¿Dónde estarás ahora, colega?
Tanner se imaginó el enorme y torpe aeróstato, dirigiéndose al sur, con Hedrigall al timón, solo.
Apuesto a que está llorando.
Era casi un suicidio. Era imposible que Hedrigall hubiera almacenado el combustible necesario como para llegar a tierra firme o a ninguna parte. Si alcanzaba la flota de Armada, querrían saber lo que había ocurrido y por qué había abandonado la ciudad, de modo que tenía que evitarlos.
Los vientos lo llevarían a mar abierto. Los globos de gas eran muy fuertes. Podrían mantenerse en el aire durante años. ¿Cuánta comida has acumulado, colega?, se preguntaba Tanner.
Una imagen acudió a su mente: la del Arrogancia vagando a la deriva durante años, a ciento cincuenta o doscientos metros sobre el agua, con el cuerpo de Hedrigall en el camarote del capitán, pudriéndose poco a poco. Un sepulcro a merced de los vientos.
O puede que lograse permanecer con vida. Puede que lograse tender una caña de pescar de una longitud absurda desde las compuertas de carga del Arrogancia. Tanner se la imaginó, cayendo por el aire, desenrollándose como un enorme muelle, hasta que el extremo del anzuelo llegaba al agua. Los cactos eran vegetarianos por elección pero si era necesario podían sobrevivir alimentándose de pescado o carne.
Allí se sentaría Hedrigall, al borde de la escotilla, con las piernas colgando como las de un niño, tratando de coger algún pez. Cuerpos elásticos que aletearían en su camino hacia arriba, ahogados y muertos mucho antes de llegar. Podría vivir muchos años, recorriendo el mundo a rastras de los vientos. Deslizándose por el remolino que circundaba el Océano Hinchado, haciéndose viejo, harto de su dieta constante, la piel arrugada y las espinas grises. Solo, loco. Hablándole a los retratos heliotipos de las paredes del Arrogancia.
Hasta que un día el azar se lo arrancase al gran cinturón de vientos y su nave vagase a la deriva y fuera arrastrada al sur o al norte o los dioses saben dónde y un día, quizá, llegase a ver tierra firme de nuevo.
Sobrevolando montañas, echando el ancla, pescando un árbol antes de descender. Tocando de nuevo el suelo.
¿Tan mal plan era, Hedrigall, ir en busca de la Cicatriz?
Hedrigall era un traidor, supuso Tanner. Le había robado a Anguilagua la cofa del vigía, le había mentido a sus gobernantes y amigos. Había sido demasiado cobarde como para tener esa discusión. Era un renegado y Tanner sabía que, como hombre leal a Anguilagua, debía condenarlo, pero no era capaz.
Buena suerte, amigo, pensó tras unos momentos de vacilación. Alzó la mano y asintió, no puedo no desearte buena suerte.
Los campeones de Anguilagua se tomaron la marcha de Hedrigall como una reprimenda.
Todos sabían que era leal y su desaparición dejó más discusiones, más incertidumbre y más condenas a los proyectos de los Amantes de las que habían existido hasta entonces.
A kilómetros de profundidad, el avanc continuaba su travesía. Sólo había frenado ligeramente al penetrar en las nuevas aguas.
Tanner Sack nadaba y se bañaba la espalda herida en el mar. Últimamente había pocos buceadores bajo la superficie y pocos nadadores sobre ella. Temían a lo que pudiera llegar hasta allí arrastrado por una inefable corriente, nativo de las aguas muertas del Océano Oculto.
Tanner no sentía nada raro. Los tritones, Juan el Bastardo y él nadaban de un lado a otro, alrededor y entre las enormes cadenas que se perdían en las profundidades. Nadaban con rapidez y cuidado para que la ciudad no los dejara atrás pero no parecía haber nuevos peligros en el agua. El caos parecía manifestarse a mayor escala: frente a los grandes intrusos inorgánicos como los barcos y los submarinos. Ni siquiera las sierpes de mar habían sido capaces de seguir tirando de sus barcos-carroza y habían tenido que regresar con la flota, más allá del Océano Oculto.
Ahora todo era más apacible, con menos gente y menos cosas que distrajeran a Tanner. Gran parte de la actividad de Armada había cesado.
Por supuesto, los cultivadores seguían ocupándose de las cosechas y rebaños, dentro y fuera del agua, y seguían recogiéndolas cuando podían. Seguía habiendo un millar de trabajos de reparación y mantenimiento. Las tareas internas de la ciudad no habían cesado, como no podía ser de otra manera: panaderos, prestamistas, cocineros, farmacéuticos, todos ellos seguían haciendo su trabajo cobrando por ello. Pero Armada había sido siempre una ciudad vuelta hacia fuera por medio de la piratería y el comercio. Las industrias relacionadas con los puestos, la carga y descarga, los recuentos y reparaciones y ampliaciones habían quedado paralizadas.
De modo que Tanner no se sumergía a diario para reparar grietas o fracturas o averías o cosas así. Nadaba para él mismo, y para su espalda, y sentía que la sal le iba devolviendo la vida a su piel.
—Métete, Shekel —dijo.
Era consciente de la tensión que se estaba apoderando de Armada, la incertidumbre, como si Hedrigall hubiese vertido un veneno sobre la ciudad al marcharse. Tanner quería ofrecerle a Shekel un lugar en el que este pudiera disiparse.
Había buenas razones para el temor creciente de los ciudadanos. Tanner había oído extraños rumores. Tres veces le habían contado ya la historia de un hombre o mujer, un alguacil o ingeniero de Anguilagua que había desaparecido, dejando intactas su casa y sus pertenencias (y la comida a medias, en una de las versiones). Algunos decían que también ellos habían huido y otros que la causa eran las depredaciones de los espíritus que moraban en el Océano Oculto.
Cuando se zambullía en el agua, Tanner sentía que las cosas extraviadas, peligrosas o inciertas se disipaban con las corrientes. Quería ofrecerle a Shekel el mismo respiro. Persuadió al muchacho para que nadara con él. Los canales que discurrían entre los barcos de Armada estaban ahora casi vacíos. Shekel estaba entusiasmado por ser uno de los pocos valientes que se atrevía a hacerlo. Los barcos se movían sobre ellos y a su alrededor con aire de modorra. Shekel tuvo problemas con su estilo agresivo y feo, y Tanner trató de enseñarle brazadas más limpias y se dio cuenta de que no conocía ninguna apropiada para un ser que respiraba aire.
El muchacho se puso unas gafas y se zambulló todo lo lejos que le permitió aquel sello imperfecto. Tanner y él contemplaban los bancos de peces, especies que nunca habían visto hasta entonces. Con colores y aletas intrincadas, tan intensos y extraños como peces tropicales, allí, en aquellas aguas templadas. Como escorpiones y peces rata, sus formas interrumpidas por apéndices tortuosos y ojos que brillaban con colores improbables.
Cuando volvían a emerger, Angevine los esperaba, puede que con una botella de cerveza o licor. Y aunque Tanner y ella seguían hablándose con cierta cautela y eran conscientes de que siempre sería así, lo que compartían en Shekel y el modo en que habían aprendido a compartirlo formaba una conexión que ambos respetaban.
Es una especie de familia, pensaba Tanner.
A Bellis no le costó volver a dar con Uther Doul. Sólo tuvo que esperar en la cubierta del Grande Oriente, sabiendo que acabaría por aparecer. Estaba rígida de resentimiento y encolerizada por su propio dolor. No podía creer el modo en que la había dejado caer.
Mientras se acercaba, él la observaba, pero no con la repugnancia que había temido. No con hostilidad, ni con interés o cualquier otra señal de conexión o reconocimiento. Simplemente la observaba.
Se irguió cuanto pudo. Había vuelto a arreglarse el pelo y sabía que la mirada de dolor estupefacto estaba borrándose de forma gradual de su cara. Aún se movía con rigidez pero las casi dos semanas transcurridas desde que fuera azotada le habían permitido recobrar gran parte de sí misma.
No saludó a Doul.
—Quiero ver a Fennec —fue todo lo que dijo.
Doul reflexionó un segundo y a continuación inclinó la cabeza.
—Muy bien —dijo.
Y aunque era lo que Bellis quería, lo odió por ello, porque sabía que si se lo permitía era porque no había nada que ella pudiera hacer o decir a Fennec que pudiera interferir en los planes de Armada. No ahora que había dejado de ser una amenaza, no ahora que había jugado todas sus cartas.
Bellis ya no valía nada, de modo que podían permitirse el lujo de ser indulgentes con ella.
Le habían quitado la aleta del mago pero saltaba a la vista que Anguilagua seguía teniéndole bastante miedo a Silas Fennec. El pasillo que daba a su celda estaba lleno de centinelas. Todas las puertas podían sellarse: se encontraba por debajo del nivel del agua.
Había un hombre y una mujer sentados en el exterior de su puerta, operando una máquina arcana. Bellis sintió la carga seca de la taumaturgia en la piel.
En el interior había una gran sala con las paredes estaban interrumpidas por unas pocas portillas que permitían ver remolinos oscuros. La habitación estaba dividida por barrotes de hierro y, al otro lado de ellos, en una pequeña alcoba, acurrucado lejos de las ventanas y la entrada, se sentaba Silas Fennec, observándola.
Bellis lo miró. Se vio atrapada por un rápido calidoscopio de imágenes de él (el tiempo que habían pasado juntos, amigables, frías, sexuales, subrepticias). Su gesto se torció al verlo y sintió algo muy amargo en la boca.
Estaba flaco y tenía la ropa muy sucia. La miró a los ojos. Se percató, con brusca sorpresa, de que llevaba un vendaje alrededor de la muñeca derecha y de que había perdido la mano. Él vio que su mirada se posaba sobre su mutilación y antes de que pudiera controlarse, se le torció el rostro.
Fennec suspiró y la miró a los ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó. Hablaba con franca hostilidad.
Bellis no respondió. Examinó su celda. Vio un montón de ropa sucia, papel, carboncillo, su grueso cuaderno de notas. Estudió los barrotes que los separaban. Estaban envueltos en cables que se alejaban en dirección a la puerta y desaparecían por debajo de ella. Fennec vio cómo los seguía con la mirada.
—Se unen a las máquinas de ahí afuera —le dijo. Parecía cansado—. Es un humidificador. Huele el aire. Puedes hasta oírlo. Mata a los taumaturgones. Ahora mismo nadie podría hacer ni el menor encantamiento en este lugar —olisqueó y sonrió sin alegría—. Es por si tengo algún plan secreto. Les he contado que no conozco más que tres pequeños encantamientos y ninguno de ellos podría sacarme de aquí, pero… Me parece que no me creen, ¿sabes?
Bellis entrevió algo extraño debajo de su camisa. Parecía carne necrosada, moteada con manchas anfibias. Parecía estar latiendo y Fennec se cerró la camisa.
Con los ojos muy abiertos, Bellis le dio la espalda y empezó a pasear por la habitación.
—No lo hagas —le dijo Fennec de repente. Parecía casi amable.
—¿A qué coño te refieres? —dijo ella y advirtió complacida que su voz era fría.
Él le dedicó una mirada de complicidad que la enfureció.
—No hagas esto —dijo—. No vengas aquí, no me hagas preguntas, no hagas esto. ¿Para qué has venido, Bellis? No estás aquí para mortificarme… ése no es tu estilo. No estás aquí para burlarte. Me han cogido, sí, ¿y qué? A ti también te cogieron. ¿Cómo tienes la espalda?
Esto la dejó tan aturdida que por un momento no pudo ni siquiera respirar. Pestañeó varias veces, rápidamente, antes de volver a fijar la mirada en él. La estaba observando sin especial malicia o crueldad en el rostro y su voz no había cambiado.
—No vas a aprender nada de mí, Bellis —dijo—. No vas a sacar nada de esto. No será ninguna catarsis ni te sentirás mejor cuando te marches. Sí, ¿lo entiendes? Sí, te mentí, te utilicé. Y a mucha gente más. Lo hice sin pensarlo dos veces. Lo haría de nuevo. Quería volver a casa. Si hubieras estado allí y hubiera sido fácil, te habría llevado conmigo pero si no lo hubiera sido, te habría dejado allí, Bellis… —se inclinó hacia delante y se frotó el muñón—. Bellis, no tienes nada que echarme a la cara —negó con la cabeza con lentitud. No estaba ni remotamente intimidado por ella.
Bellis estaba temblando de odio. Él había hecho bien en no decirle la verdad sobre lo que estaba haciendo. De haberlo hecho nunca lo habría ayudado, a pesar de lo desesperada que estaba por regresar a casa.
—No hay nada especial en ti, Bellis: fuiste una de muchos. No te traté de forma diferente a los demás. No pensé en ti más ni menos. La única diferencia entre los demás y tú es que tú estás aquí ahora. Y que piensas que tiene algún sentido que estés aquí. Que tenías que… no sé. ¿Aclarar las cosas? —Silas Fennec, Procurador de Nueva Crobuzón, negó con la cabeza, lleno de lástima—. No hay nada que aclarar, Bellis —dijo—. Lárgate —se tendió y miró el techo—. Lárgate. Quería regresar a casa y tú me fuiste útil. Sabes lo que hice y sabes por qué lo hice. No hay ningún misterio, ninguna resolución. Lárgate.
Bellis se quedó unos segundos más pero logró marcharse antes de volver a hablar. Sólo había dicho cinco palabras. Sintió que se le encogía el estómago con una sensación a la que no pudo poner nombre.
No lo matarán, pensó desolada, ni siquiera lo castigarán. Ni siquiera lo azotarán. Es demasiado valioso, les da demasiado miedo. Creen que puede enseñarles cosas, que pueden sacarle información. Quizá sea cierto.
Mientras salía, se dio cuenta de que Fennec estaba en lo cierto al menos en una cosa.
No se sentía mejor.
Descubrió con sorpresa que Johannes permanecía en su vida. Durante algún tiempo había parecido disgustado con ella, como si no quisiera ni volver a verla.
Aún lo consideraba débil. Aunque su propia lealtad hacia Nueva Crobuzón era una cosa extraña, nada sistemática, no podía impedir pensar en Johannes como en una especie de chaquetero. La velocidad a la que había encontrado acomodo en el regazo de Armada la asqueaba.
Pero ahora había algo en él que daba lástima. Aquella ansiedad por renovar su amistad resultaba un poco patética. Y, aunque Bellis pasaba el tiempo que podía con Carrianne, cuya irreverencia y cuyo afecto suponían placeres genuinos, y a pesar de que a Carrianne no le gustaba demasiado Johannes, había veces en que Bellis dejaba que se quedara un poco. Sentía lástima por él.
Después de todo lo que había trabajado, ahora que el avanc había sido atrapado, capturado y enjaezado, ahora que los hombres de Tintinnabulum se habían marchado, ahora que Krüach Aum estaba trabajando con los taumaturgos de los Amantes y Uther Doul para descubrir los secretos de la minería de posibilidades, el trabajo de Johannes había terminado. Por fin había comprendido, suponía Bellis, que lo esperaban muchos años de cautiverio en la ciudad.
Aún seguía trabajando con un grupo que supervisaba al avanc: calculando su velocidad, estimando la biomasa del área y los flujos taumatúrgicos. Pero la mayor parte del tiempo se trataba de trabajo de rutina. Cuando se emborrachaba solía quejarse del modo en que lo habían tratado después de utilizarlo. Bellis y Carrianne sonreían tras su espalda encorvada por la embriaguez.
Johannes mencionaba con cautela ciertas incertidumbres referentes a su trayectoria y su presencia en el Océano Oculto. Al encontrar en él una señal de disonancia, de oposición a los planes de los Amantes, Bellis se vio agradablemente sorprendida. Aquélla fue otra de las razones para que lo dejara quedarse.
Era demasiado cobarde para admitirlo pero deseaba que diesen la vuelta, al igual que ella, y conforme pasaban los días y Armada se iba adentrando más y más en aguas ignotas, Bellis descubrió (con una punzada de esperanza inesperada) que Johannes y ella no estaban solos.
La deserción de Hedrigall era un trauma que no se curaba.
Armada estaba navegando por mares que no obedecían a leyes que ningún oceanógrafo pudiera comprender. Puede que aquello le hubiese parecido una gran aventura o un destino escrito por los dioses a una ciudadanía embriagada todavía por el triunfo en la guerra y la retórica de los mayores líderes de la historia de Anguilagua. Pero entonces el leal y fiable Hedrigall había huido y aquello le había conferido una coloración terrible a la travesía de la ciudad.
El Arrogancia no había tardado en ser reemplazado. Ahora había una nueva aeronave sobre el Grande Oriente, contemplando el horizonte. Pero no era tan grande ni tan alta. No tenía el alcance de visión del Arrogancia y las metáforas que este hecho sugería preocupaban a hombres y mujeres por lo demás leales.
¿Qué fue lo que vio? Murmuraban. Hedrigall, ¿qué fue lo que vio?
El movimiento de la ciudad era su propia dinámica. No había voces fuertes que pidieran que se diera la vuelta. Incluso aquellos gobernantes que desaprobaban el plan de los Amantes habían cejado en su oposición o sólo expresaban sus críticas en secreto. Pero el fantasma de la deserción de Hedrigall acechaba por los paseos, y la sensación de triunfo y la excitación con los que el viaje había dado comienzo habían desaparecido.
Tanner y Shekel les daban nuevos nombres a las criaturas que veían bajo el agua, correcorres, moscas volantes y cabezámbares.
Observaban mientras los naturalistas de Armada se reunían sobre los curiosos animales nuevos, capturaban algunos con redes, guardando las distancias con los grandes cabezámbares de morro chato, y los heliotipaban con voluminosas cámaras a prueba de agua y bengalas de fósforo.
Los bancos de animales se escurrían por entre las tuberías y cascos que sobresalían bajo la superficie como raíces. Se mezclaban con peces más reconocibles —había pescadillas y sardinas incluso en el Océano Oculto— y los devoraban o eran devorados por ellos.
Tanner Sack se sumergió y acarició con los tentáculos un par de especímenes del tamaño de su puño. Desde la superficie, Shekel bajó la mirada y contempló sus cicatrices.
Más y más hacia el interior de aquel mar.
De noche había sonidos extraños, las llamadas de invisibles animales en celo con voces parecidas a las de los toros.
Había días en los que nadie se atrevía a nadar, ni siquiera los buceadores más curiosos y hasta los propios tritones se escondían en sus pequeñas cavernas del vientre de la ciudad. Aquéllas eran aguas peligrosas. Armada atravesaba las fronteras impredecibles de las mareas hirvientes, junto a los territorios de caza de las piasas, remolinos vivientes que rodeaban la ciudad, hambrientos, pero guardaban las distancias.
En las noches sin luna podían verse luces latiendo bajo la superficie del agua, como la bioluminiscencia de cosas abisales magnificada varios cientos de veces. Había ocasiones en las que las nubes se movían en el cielo mucho más deprisa que los vientos. Un día, cuando el aire estaba tan seco como la electricidad, aparecieron unas formas a lo lejos, a estribor de la ciudad, como islas diminutas. Eran bancos de algas de una especie desconocida, grandes coágulos mutantes que se apartaron rápidamente de la ciudad impulsadas por alguna potencia propia.
Por toda Armada, en todos los paseos, en las chabolas más inmundas y las mansiones más elegantes, reinaba una tensión, una expectación. La gente no dormía bien. Bellis empalideció cuando aquello dio comienzo, recordando la miseria de las pesadillas que se había abatido sobre Nueva Crobuzón y que, en último caso, la había llevado hasta allí. De una serie de noches arruinadas a otra, pensó después de varias horas miserables de insomnio.
En algunas de estas ocasiones siniestras, se llegaba hasta el Grande Oriente, para contemplar desde allí la travesía de la ciudad por aquellos mares misteriosos y de movimiento tenue. Observaba los implacables kilómetros de agua hasta que, acobardada por su escala e impelida por una compulsión que no comprendía, se escondía en los pasillos del gran barco.
Se perdía entonces por el laberinto de sus pasillos vacíos, hasta llegar al lugar secreto del vapor, hasta el pequeño agujero que Doul le había mostrado. Y allí se quedaba, incómoda, turbada, espiando a los Amantes mientras follaban y susurraban.
Era un hábito que la repugnaba pero no podía quitarse de encima la perversa sensación de poder que le proporcionaba. Mi pequeña rebelión, mi pequeño escape… alguien os está escuchando y vosotros no lo sabéis, solía pensar y escuchaba los murmullos húmedos de los Amantes y cómo copulaban con un abandono que aún la aterraba.
Nunca escuchaba ninguna revelación. Nunca hablaban de cosas importantes. Sólo yacían juntos y murmuraban sus consignas fetichistas. Cada noche que pasaba sus voces sonaban más febriles, la voz de ella se hacía más dura y el Amante se degradaba un poco más, ansioso por disolverse en ella.
No quiero estar aquí, pensaba Bellis, ferviente y repetidamente. Por fin se lo dijo a Carrianne, una noche, consciente de que a su amiga no le gustaría.
—No quiero estar aquí —apuró su copa de vino—. Ahora son las pesadillas y luego vendrán las fugas. Ya lo he visto antes. No podemos estar acercándonos a nada bueno… ¿y qué podría ocurrir entonces? O morimos… o los Amantes se hacen con el control del más terrible poder que uno pueda imaginar. ¿De veras confiarías en ellos si eso ocurre, Carrianne? —preguntó, medio embriagada—. ¿En ese cabrón acuchillado y la psicópata de su mujer? Yo no quiero estar aquí.
—Lo sé —dijo Carrianne, tratando de encontrar palabras—. Pero yo quiero ver lo que hay allí. Creo que es algo asombroso, ¿no lo entiendes? Se hagan los Amantes con ello o no… sea lo que sea. Y no, la verdad es que no confío en ellos. Soy de Otoño Seco, ¿recuerdas? Pero te diré una cosa… desde que Hedrigall salió por piernas, creo que hay un montón de gente que empieza a pensar como tú.
Y Bellis asintió, sorprendida de repente y alzó la copa en un brindis. Carrianne respondió, sardónica.
Tiene razón, pensó Bellis de repente. Por los dioses, tiene razón, joder. Algo está cambiando.
El avanc empezó a frenar su marcha.
Puede que unos diez días después de que Armada hubiera penetrado en el Océano Oculto, la gente empezó a percatarse de ello.
Los primeros en hacerlo fueron Juan el Bastardo, los tritones y las jaibas, Tanner Sack y los demás habitantes de la superficie que aún se atrevían a nadar. Cada vez les resultaba más fácil seguir a la ciudad. Al cabo de unas cuantas horas de inmersión bajo el vientre erizado de mejillones de la ciudad, los músculos les molestaban menos de lo que hubieran esperado. Ya no avanzaban tan deprisa.
No pasó mucho tiempo antes de que los ciudadanos que respiraban aire se dieran cuenta. Sin tierras, en aguas desconocidas, no era tan fácil estimar las distancias que la ciudad estaba recorriendo. Pero había métodos.
Algo le estaba ocurriendo a la criatura de kilómetros de longitud que se escondía en las profundidades. Algo había cambiado. El avanc estaba frenando.
Al principio supusieron que sería un cambio temporal, que el paso del avanc volvería a incrementarse. Pero los días pasaban y la bestia avanzaba cada vez más despacio.
Con deleite y triunfo, Johannes se encontró de nuevo encaramado al carro del favor. Los Amantes estaban volviendo a reunir a su antiguo equipo para que tratara de descubrir lo que estaba ocurriendo.
Bellis se vio sorprendida al descubrir que seguía hablando con Carrianne y ella de su trabajo aun después de haber sido readmitido en el círculo interno.
—No puede haber nadie en la ciudad que no se haya percatado —les dijo una noche, exhausto y desconcertado—. Los Amantes esperan que lo resolvamos —negó con la cabeza—. Ni siquiera Aum lo entiende. El motor de leche de roca sigue controlándolo, el avanc sigue avanzando… sólo que se está frenando.
—¿Algo en el Océano Oculto? —sugirió Bellis.
Johannes se mordió el labio.
—No tiene sentido —dijo—. ¿Qué hay en Bas-Lag que pueda oponerse a un avanc?
—Debe de estar enfermando —dijo Carrianne y Johannes asintió.
—Lo creo posible —asintió lentamente—. Krüach confía en que podamos solucionar el problema. Pero yo no estoy seguro de que sepamos lo suficiente como para poder curarlo.
El aire del Océano Oculto se secó y se calentó de repente. Las cosechas de la ciudad se volvieron frágiles.
Todos los paseos se encerraron en sí mismos y la ridícula semblanza de normalidad que se había posado recientemente sobre Armada empezó a desplomarse. Apenas se trabajaba. Los piratas ciudadanos esperaban, inmóviles en sus casas bajo un cielo punitivo. La ciudad estaba blanqueada y parecía indecisa. Como a la deriva. Mecida por las olas como un bote salvavidas, casi inmóvil.
Su estela iba haciéndose más tenue día a día a medida que el avanc frenaba su marcha.
Un pánico de combustión lenta empezó a extenderse por todas partes. Se celebraron asambleas. Por primera vez, no estaban organizadas por los gobernantes sino por comités populares que operaban en los paseos. Y si al principio estaban compuestas casi por completo por hombres y mujeres de Raleas y Otoño Seco, las minorías de Jhour y Libreros y Anguilagua crecían cada día que pasaba. Discutían lo que estaba ocurriendo, con urgencia, en busca de unas respuestas que nadie parecía capaz de darles.
Una imagen de pesadilla estaba aposentándose en todas las mentes, Armada, a la deriva, desprovista de potencia motora, en las aguas desoladas del Océano Oculto. O amarrada al avanc inmóvil, un ancla de peso inimaginable.
La velocidad de la ciudad seguía decreciendo.
(Mucho más tarde, cuando la matanza hubo terminado, Bellis se dio cuenta de que el día en que la enfermedad del avanc se hizo terriblemente evidente, el día en que murió tanta gente, fue según el calendario crobuzoniano el 1 de Melero: un día del Pescado. El hecho hizo que rompiera a reír con la desolada pantomima de una carcajada).
A media mañana empezaron a aparecer las impurezas en el mar.
Al principio, quienes las avistaban creían que eran más colonias de las algas semiconscientes que ya habían visto, pero rápidamente se hizo evidente que no era así. Eran más livianas y se extendían hasta mayor profundidad: desparramados manchones de color, evanescentes en sus bordes.
Las manchas aparecieron a kilómetros de distancia, delante de la ciudad. A medida que se iban acercando corrió la voz y se reunió una multitud en el Jardín de las Esculturas, de Sombras, a proa, para ver qué era aquello.
Era una masa de líquido viscoso, densa como el barro espeso. Allí donde las olas alcanzaban sus extremos exteriores, quedaban reducidas a feas ondas que se arrastraban débilmente a lo largo de la superficie y eran engullidas por ella.
Aquella cosa tenía el color amarillo pálido de un gusano de las cavernas.
Bellis tragó saliva, asqueada por la ansiedad y entonces, repentinamente, se dio cuenta al cambiar el viento que no era la ansiedad, en absoluto. Era el hedor.
Una enorme masa de aire apestoso rezumó sobre ellos. Los ciudadanos palidecieron y vomitaron. Bellis y Carrianne se encogieron y se miraron, pálidas y lograron no vomitar en medio de un coro de arcadas. La lechosa masa blanca apestaba a la peor podredumbre séptica imaginable, un aire estancado y cargado del aroma de la carne descompuesta.
—¡Que Jabber nos ayude! —dijo Bellis con la voz entrecortada. Sobre su cabeza daban vueltas las aves carroñeras de Armada, se arremolinaban con excitación como una nube viviente, se precipitaban hacia la materia pútrida y entonces, repentinamente, se remontaban trazando un arco, como si su grado de corrupción fuese demasiado hasta para ellas.
La ciudad alcanzó los extremos exteriores de la hedionda sustancia: había grandes manchones más adelante, una masa plácida y purulenta.
La mayoría de quienes se habían reunido para mirar había tenido que regresar a su casa a quemar incienso. Bellis y Carrianne se quedaron observando a Johannes y sus colegas en el extremo del parque. Con las caras tapadas con trapos empapados en perfume, los investigadores de Anguilagua se inclinaron sobre la borda y bajaron un cubo con una cuerda para introducirlo en la sustancia. Lo subieron y la examinaron.
Al instante se apartaron de ella, violentamente.
Al ver a Carrianne y Bellis, Johannes corrió hacia ellas y se arrancó el trapo de la cara. Estaba blanco y temblaba y tenía la piel perlada de sudor.
—Es pus —dijo, y señaló el mar con un dedo tembloroso—. Es una capa de pus.