Juramentada
QUINTA PARTE » 120. La lanza que no se rompe
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¿Puñalada en la cara?, sugirió Syl.
Merecía la pena intentarlo. Estaba combatiendo contra Amaram en el campo de batalla, cerca de la bruma roja, en la costa occidental pero entre el grueso de las tropas y los parshmenios que esperaban.
La zona era bastante llana, salvo por algunas cimentaciones rotas. Kaladin se lanzó hacia arriba unos centímetros, para no hundirse en el suelo si Amaram volvía a intentar… lo que quiera que hubiera hecho. Entonces retrocedió con cautela hasta situarse de forma que a Amaram le conviniera saltar por unos cimientos derruidos si quería llegar hasta él.
Amaram emprendió el paso con una suave risita. Kaladin alzó a Syl como hoja esquirlada, pero cambió de agarre, preparándose para el momento en que se transformaría en una fina lanza que pudiera meter por esa celada y…
¡Kaladin!, gritó Syl.
Algo impactó contra Kaladin con la fuerza de un peñasco cayendo y lo arrojó a un lado. Su cuerpo se rompió y el mundo empezó a dar vueltas.
Por instinto, Kaladin se lanzó hacia arriba y adelante, contrario a la dirección en que lo habían tirado. Redujo su velocidad y liberó los lanzamientos justo cuando terminaba su impulso, tocó suelo y resbaló hasta detenerse sobre la piedra, con el dolor remitiendo al sanar su hombro y su costado.
Un Fusionado corpulento, más alto incluso que Amaram con su armadura, soltó el garrote hecho astillas con el que había atizado a Kaladin. Tenía el caparazón del color de la piedra; debía de haber estado agachado cerca de aquellos cimientos y Kaladin lo había tomado por una piedra más de la explanada.
Bajo la mirada de Kaladin, el caparazón marrón de la criatura le recubrió los brazos, bajó por su cara como un yelmo y creció hasta convertirse en una gruesa armadura en cuestión de segundos. Alzó los brazos y le crecieron pinchos de caparazón por encima y debajo de las manos.
Estupendo.
Adolin se izó desde el borde de un tejado rojo a una callejuela entre dos edificios. Había llegado a los distritos altos de la ciudad, los inmediatamente superiores al distrito antiguo. Allí los edificios estaban construidos casi unos sobre otros en hileras.
El que tenía a su izquierda estaba aplanado del todo. Adolin avanzó despacio entre cascotes. A su derecha, una avenida principal llevaba hacia arriba, al distrito real y la Puerta Jurada, pero estaba repleto de gente que huía de las tropas enemigas desplegadas abajo. Completaban la estampa los guardias de los mercaderes locales y los pelotones de militares thayleños que intentaban avanzar contra la marea.
Moverse por las calles era lentísimo, pero Adolin había encontrado un camino despejado. El tronador había cruzado el distrito antiguo, derribando edificios a patadas, y había subido a techos para escalar hasta los distritos altos. Esa huella de destrucción era casi un camino. Adolin se las había ingeniado para seguirlo, usando los escombros de escalera.
Estaba ya en la sombra de la criatura. El cadáver de un soldado thayleño cayó desde un tejado cercano, enredado en cuerdas. Se quedó colgando y sus largas cejas rozaron el suelo. Adolin pasó junto a él y arriesgó una mirada entre dos edificios hacia una calle más grande.
Allí luchaba un puñado de thayleños, intentando abatir al tronador. Las cuerdas habían sido muy buena idea, pero saltaba a la vista que el monstruo era demasiado fuerte para hacerlo tropezar así. En la calle que Adolin tenía delante, un soldado logró acercarse y trató de golpear la pierna del tronador con un martillo. El arma salió despedida. Aquello era piedracrem vieja y endurecida. El valiente soldado acabó aplastado de un pisotón.
Adolin apretó los dientes e invocó su hoja esquirlada. Sin armadura, sería igual de blandito que todo el mundo. Tenía que ser cuidadoso, táctico.
—Esto es para lo que te diseñaron, ¿verdad? —preguntó Adolin en voz baja mientras la hoja caía en su mano—. Fue para combatir contra cosas como esa. Las hojas esquirladas sois muy poco prácticas en un duelo por la longitud, y la armadura es demasiado incluso en el campo de batalla. Pero contra un monstruo de piedra…
Sintió algo. Una alteración en el aire.
—Quieres luchar contra él, ¿verdad? —preguntó Adolin—. Te recuerda a cuando estabas viva.
Algo le hizo cosquillas en la mente, algo leve como un suspiro. Una sola palabra: «Mayalaran.» ¿Sería un… nombre?
—Muy bien, Maya —dijo Adolin—. Vamos a tumbar a esa cosa.
Esperó a que se volviera hacia el grupito de soldados defensores y salió disparado por la calle en ruinas, derecho hacia el tronador. Apenas le llegaba a la pantorrilla.
Adolin no adoptó ninguna postura de esgrima: se limitó a dar un tajo como si atacara una muralla, cortando justo por encima del tobillo del monstruo.
Arriba sonó un fuerte estrépito, como de dos piedras chocando, cuando la criatura gritó. Adolin notó una oleada de aire cuando el monstruo se giró y lanzó la mano hacia abajo en su dirección. Esquivó a un lado, pero la palma del monstruo dio contra el suelo con tanta fuerza que levantó en el aire las botas de Adolin un momento. Descartó a Maya mientras caía y rodó.
Se levantó resoplando sobre una rodilla con la mano extendida, invocando de nuevo a Maya. Tormentas, era como una rata dando mordisquitos en los dedos de las patas de un chull.
La bestia lo contempló con unos ojos que parecían tener roca fundida bajo la superficie. Había oído las descripciones de aquellas cosas en las visiones de su padre, pero mirándolo en persona, lo sorprendió la forma de su cara y su cabeza.
«Un abismoide —pensó—. Se parece a un abismoide.» La cabeza, al menos. El cuerpo venía a ser como un grueso esqueleto humano.
—¡El príncipe Adolin! —gritó uno de los pocos soldados que quedaban vivos—. ¡Es el hijo del Espina Negra! ¡Proteged al príncipe! ¡Desviad la atención del monstruo del portador de esquirlada! ¡Es nuestra única oportunidad de…!
Adolin se perdió el final mientras el monstruo barría el suelo con su mano. Lo esquivó por los pelos y se arrojó por el umbral de un edificio bajo. Dentro, saltó unos cuantos camastros, irrumpió en la siguiente habitación y atacó la pared de ladrillo con Maya, dando cuatro cortes rápidos. Embistió con el hombro contra la pared y salió por el agujero.
Al hacerlo, oyó un gimoteo detrás.
Adolin apretó los dientes. «Qué bien me vendría ahora uno de esos tormentosos Radiantes.»
Volvió a entrar en la casa, derribó una mesa y encontró a un niño pequeño que se había acurrucado debajo. Era la única persona que Adolin veía en el edificio. Sacó al chico en el mismo instante en que el tronador descargaba un puñetazo a través del techo. Con una nube de polvo saliendo tras él, Adolin puso al niño en brazos de un soldado y los envió a los dos hacia la calle que había al sur. Él echó a correr hacia el este, rodeando el edificio. Quizá pudiera escalar al siguiente nivel de los distritos altos y rodear a la criatura.
Pero por mucho que las tropas quisieran distraer al monstruo, estaba claro que sabía en quién fijarse. Pisó la casa rota y lanzó un puño hacia Adolin, que saltó por la ventana de otra casa, apartó una mesa y salió por otra ventana abierta al fondo.
¡Pum!
El edificio se derribó a su espalda. El monstruo se estaba haciendo daño en las manos al atacar, con raspaduras blancas en las muñecas y los dedos. No parecía importarle, pero ¿por qué debería? Se había arrancado a sí mismo del suelo para crear aquel cuerpo.
La única ventaja de Adolin, aparte de su hoja, era su capacidad de reaccionar más deprisa que la criatura. El tronador dio un puñetazo al siguiente edificio que Adolin tenía delante para derribarlo antes de que pudiera entrar, pero Adolin ya había dado media vuelta. Se metió corriendo bajo el brazo que estaba sacando el monstruo y resbaló en las esquirlas y el polvo del suelo mientras el puño pasaba casi rozándolo.
Eso lo dejó en posición de correr entre las piernas del tronador. Lanzó un tajo al tobillo que ya había cortado y hundió su hoja en la piedra, para luego sacarla por el otro lado. «Igual que con un abismoide —pensó—. Las patas primero.»
Cuando la criatura volvió a pisar, el tobillo se partió con un sonido nítido y el pie quedó separado.
Adolin estaba preparado para el trueno de dolor que llegó desde arriba, pero aun así hizo una mueca por la onda de choque. Por desgracia, el monstruo se equilibró sin problemas sobre el muñón de su pierna. Estaba un poco más torpe que antes, pero no corría peligro real de caer. Los soldados thayleños se habían reagrupado y reunido sus cuerdas, sin embargo, así que tal vez…
Una mano cubierta en armadura esquirlada salió de un edificio cercano, cogió a Adolin y tiró de él al interior.
Dalinar extendió las manos a los lados, envuelto por la Emoción. Le devolvió los recuerdos de todo lo que odiaba de sí mismo. Guerra y conflicto. Las veces que había sometido a Evi a base de gritos. La ira que lo había llevado al borde de la locura. Su vergüenza.
Aunque una vez se había arrastrado ante la Vigilante Nocturna para suplicarle una liberación, ya no deseaba olvidar.
—Te recibo con gusto —dijo—. Acepto lo que fui.
La Emoción le tiñó la vista de rojo, le infligió un profundo anhelo por la lucha, el conflicto, el desafío. Si los rechazaba, expulsaría la Emoción.
—Gracias —dijo Dalinar— por concederme fuerza cuando la necesité.
La Emoción tamborileó, complacida. Se acercó más a él, los rostros de la neblina roja sonrientes de entusiasmo y gozo. Los caballos a la carga chillaban y morían. Los hombres reían mientras les daban muerte.
Dalinar caminaba de nuevo sobre piedra hacia la Grieta, con intención de asesinar a todo el que hubiera dentro. Sintió el calor de la furia. Un ansia tan poderosa que dolía.
—Yo fui ese hombre —dijo Dalinar—. Yo te comprendo.
Venli se alejó a hurtadillas del campo de batalla. Dejó a los humanos enzarzándose contra las sombras en un batiburrillo de ira y deseo. Se internó más en la oscuridad bajo la tormenta de Odium, sintiendo una extraña náusea.
Los ritmos estaban enloqueciendo en su interior, fundiéndose y peleando. Un fragmento de Ansia se convirtió en Furia y luego en Escarnio.
Dejó atrás a Fusionados que discutían sobre qué hacer ahora que Odium se había retirado. ¿Enviarían a los parshmenios a luchar? No podían controlar a los humanos, consumidos por uno de los Deshechos como estaban.
Los ritmos se amontonaron unos sobre otros.
Agonía. Arrogancia. Destrucción. Lo Perdido…
«¡Ese! —pensó Venli—. ¡Quédate con ese!»
Armonizó al Ritmo de lo Perdido. Se aferró desesperada a la cadencia solemne, al ritmo que se armonizaba para recordar a quienes se añoraba. A quienes ya habían desaparecido.
Timbre vibró al mismo ritmo. ¿Por qué lo sentía distinto a las veces anteriores? Timbre estaba vibrando a través de toda la esencia de Venli.
Lo Perdido. ¿Qué había perdido Venli?
Echaba de menos ser alguien a quien preocupaba otra cosa aparte del poder. Conocimiento, favoritismo, formas, riquezas… para ella era todo lo mismo. ¿Cuándo se había descarriado?
Timbre latió. Venli cayó de rodillas. La fría piedra reflejó el relámpago de arriba, rojo y chillón.
Pero sus propios ojos… podía ver sus propios ojos en la roca húmeda y pulida.
No había ni el menor rastro de rojo en ellos.
—Vida… —susurró.
El rey de los alezi se había dirigido a ella. Dalinar Kholin, el hombre a cuyo hermano habían matado. Pero de todos modos él había extendido la mano desde su columna de glorispren y le había hablado.
«Puedes cambiar.»
—Vida antes que muerte.
«Puedes volverte mejor persona.»
—Fuerza antes… antes que debilidad…
«Yo lo hice.»
—Via…
Alguien agarró a Venli con brusquedad, le dio la vuelta y la tiró al suelo. Era un Fusionado con caparazón como la esquirlada. Miró a Venli de arriba abajo y, durante un instante de pánico, ella estuvo segura de que la mataría.
El Fusionado cogió su bolsa, en la que se ocultaba Timbre. Venli chilló y le arañó las manos, pero él le dio un empujón y desgarró la bolsa.
Luego la volvió del revés.
—Habría jurado… —dijo en su idioma. Tiró la bolsa a un lado—. No has obedecido la Palabra de Pasión. No has atacado al enemigo cuando se te ha ordenado.
—Eh… estaba asustada —respondió Venli—. Y débil.
—No puedes ser débil estando a su servicio. Debes elegir a quién servirás.
—Y elijo —dijo ella, y gritó—: ¡Elijo!
El Fusionado asintió, sin duda impresionado por la Pasión de Venli, antes de regresar al campo de batalla.
Venli se puso de pie y llegó hasta un barco. Subió por la pasarela a trompicones, aunque se sentía más fresca, más despierta, que en mucho tiempo.
En su mente sonaba el Ritmo de la Alegría. Uno de los viejos ritmos que su pueblo había aprendido hacía mucho, después de expulsar a sus dioses.
Timbre palpitó desde el interior de Venli. Estaba dentro de su gema corazón.
—Aún llevo una de sus formas —dijo Venli—. Había un vacíospren en mi gema corazón. ¿Cómo puede ser?
Timbre latió a Resolución.
—¿Que has hecho qué? —siseó Venli, llegando a la cubierta.
Resolución de nuevo.
—Pero ¿cómo puedes…? —Calló un momento, se agachó y habló en voz más baja—. ¿Cómo puedes mantener a un vacíospren cautivo?
Timbre latió a Victoria en su interior. Venli corrió hacia la cabina del barco. Un parshmenio intentó impedírselo, pero Venli lo sometió con una mirada furibunda y cogió la esfera de rubí de la lámpara que llevaba antes de entrar, dar un portazo y echar el cerrojo.
Sostuvo en alto la esfera y, con el corazón agitado, se la bebió. Su piel empezó a brillar con una tenue luz blanca.
—Viaje antes que destino.
Adolin se vio ante un hombre con una reluciente armadura esquirlada negra y un enorme martillo sujeto a la espalda. El yelmo tenía unas cejas estilizadas como cuchillos hacia atrás, y la falda de la loriga tenía un patrón triangular de escamas entrelazadas. «Cvaderln», pensó Adolin, recordando la lista de esquirlas thayleñas. Significaba, más o menos, «caparazón de Cva».
—¿Eres Tshadr? —preguntó Adolin.
—No. Hrdalm —dijo el portador de esquirlada con marcado acento thayleño—. Tshadr defiende plaza Tribunal. Yo vengo parar monstruo.
Adolin asintió. Fuera, el monstruo profirió su iracundo alarido, enfrentándose a las restantes tropas thayleñas.
—Tenemos que salir a ayudar a esos hombres —dijo Adolin—. ¿Puedes distraer al monstruo? Mi hoja puede cortar y tú puedes encajar golpes.
—Sí —convino Hrdalm—. Sí, bien.
Adolin ayudó a Hrdalm a desatar deprisa el martillo. Hrdalm lo sopesó y señaló hacia la ventana.
—Ve ahí.
Adolin asintió y esperó junto a la ventana mientras Hrdalm salía a la carga por la puerta y corría recto hacia el tronador, vociferando un grito de batalla thayleño. Cuando la criatura se volvió hacia Hrdalm, Adolin saltó por la ventana y lo rodeó a la carrera por el otro lado.
Dos Fusionados llegaron volando por detrás de Hrdalm, lo embistieron con sus lanzas en la espalda y lo enviaron hacia delante. La armadura raspó contra la piedra cuando cayó bocabajo. Adolin corrió hacia la pierna del tronador, pero el monstruo se desentendió de Hrdalm y se centró en Adolin. Dio una palmada contra el suelo cerca de él, obligándolo a retroceder.
Hrdalm se levantó, pero un Fusionado bajó en picado y volvió a derribarlo de una patada. La otra cayó en su pecho y empezó a aporrear su yelmo con un martillo hasta que lo agrietó. Mientras Hrdalm intentaba asirla y quitársela de encima, el otro descendió y usó su lanza para sujetarle la mano contra el suelo. ¡Condenación!
—Muy bien, Maya —dijo Adolin—, esto lo hemos practicado.
Echó atrás el brazo y arrojó la hoja esquirlada, que rodó en un brillante arco antes de clavarse en la Fusionada del pecho de Hrdalm y atravesarla de lado a lado. Sus ojos soltaron un humo oscuro al quemarse.
Hrdalm se incorporó y envió por los aires al otro fusionado de un puñetazo mejorado por la esquirla. Se volvió hacia la muerta y giró la cabeza hacia Adolin con una postura que, de algún modo, expresaba asombro.
El tronador gritó, enviando una oleada de sonido por la calle que agitó lascas de piedra. Adolin tragó saliva y empezó a contar latidos mientras se apartaba corriendo. El monstruo avanzaba con estrépito por la calle detrás de él, pero Adolin tuvo que detenerse ante una enorme acumulación de escombros que le impedía el paso. Tormentas, había corrido hacia donde no debía.
Gritó mientras daba media vuelta. La cuenta llegó a diez y Maya volvió a él.
El tronador se alzaba sobre Adolin. Dio otro manotazo y Adolin logró hacer estimaciones a partir de su sombra y esquivar entre dos dedos. Mientras la palma caía contra el suelo, Adolin saltó, intentando evitar que lo derribara. Agarró un dedo gigantesco con la mano izquierda, manteniendo a Maya a un lado con la derecha, desesperado.
Igual que antes, el tronador empezó a raspar el suelo con la palma de la mano, intentando triturar a Adolin contra las piedras. Él se quedó cogido al dedo, con los pies levantados unos centímetros del suelo. El sonido era pavoroso, como si Adolin estuviese atrapado en un alud.
En el instante en que el tronador acabó su barrido con la mano, Adolin se dejó caer, alzó a Maya con las dos manos y atravesó con ella el dedo. La bestia liberó un trueno de furia y retiró la mano. La punta de un dedo que no había partido alcanzó a Adolin y lo lanzó hacia atrás.
Dolor.
Lo embargó como el fogonazo de un relámpago. Adolin dio contra el suelo y rodó, pero la agonía era tan intensa que apenas se dio cuenta. Se detuvo tosiendo y temblando, con el cuerpo agarrotado.
Tormentas. Tormentastormentastormentas… Cerró los ojos con fuerza ante el dolor. Estaba… Se había acostumbrado demasiado a la invencibilidad de la armadura esquirlada. Pero su juego estaba aún en Urithiru, o con un poco de suerte de camino con Gaval, su sustituto con la armadura.
Adolin logró levantarse, aunque cada movimiento era una tortura en el pecho. ¿Costilla rota? Bueno, al menos los brazos y las piernas le funcionaban.
«Muévete.» Esa cosa seguía tras él.
Uno.
La calle que tenía delante estaba llena de los restos de un edificio derribado.
Dos.
Renqueó hacia la derecha, hacia el saliente sobre la siguiente hilera de casas.
Tres. Cuatro.
El tronador lo siguió dando unas pisadas que sacudieron el suelo.
Cinco. Seis.
Oyó el raspar de piedra justo detrás de él.
Cayó de rodillas.
Siete.
«¡Maya! —pensó, desesperado del todo—. ¡Por favor!»
Por fortuna, cuando levantó las manos, la hoja se materializó. La hincó en la pared de piedra con la punta al lado, no hacia abajo, y rodó por el borde sin soltar la empuñadura. El puño del tronador cayó de nuevo, estrellándose contra la roca. Adolin pendía del puño de Maya más allá del borde, con una caída de unos tres metros hasta el tejado de abajo.
Adolin apretó los dientes. El codo le dolía como para hacerle llorar los ojos. Pero cuando el tronador hubo arrastrado la mano por la piedra, Adolin se agarró al borde del precipicio con una mano y movió a Maya de lado, liberándola de la roca. Bajó el brazo y la clavó en la piedra más abajo, soltó la otra mano y se balanceó un momento en su nuevo asidero antes de descartar la hoja y caer el resto de la distancia hasta el techo.
Su pierna chilló de dolor. Se derrumbó en el tejado, con los ojos llorosos. Mientras yacía allí atormentado, sintió algo, un tenue pánico en el viento. Se obligó a rodar a un lado y un Fusionado pasó volando y falló por poco con su lanza.
«Necesito… un arma…»
Empezó a contar otra vez y, tiritando, se puso de rodillas. Pero el tronador se alzó en la hilera superior y clavó el muñón de su pierna en el centro del techo donde estaba Adolin.
Adolin cayó en un revoltijo de piedra rota y polvo y dio fuerte contra el suelo de piedra en el interior, con el traqueteo de los trozos de roca a su alrededor.
Todo se volvió negro. Adolin intentó coger aire, pero sus músculos eran incapaces de hacer los movimientos. Solo pudo quedarse allí tirado, gimiendo con suavidad. Una parte de él fue consciente de los sonidos del tronador al sacar su muñón de la casa destrozada. Esperó a que lo aplastara, pero al ir recobrando poco a poco la vista, lo vio bajar de aquella hilera superior a la calle de fuera.
Al menos… no seguía avanzando hacia la Puerta Jurada.
Adolin se movió. Cayeron de él lascas del techo destruido. Su cara y sus manos sangraban por una docena de rasguños. Recuperó el aliento entre respingos de dolor e intentó moverse, pero su pierna… Condenación, cómo dolía.
Maya rozó su mente.
—Ya intento levantarme —dijo entre dientes rechinantes—. Dame un segundo. Tormentosa espada.
Tuvo otro ataque de tos y por fin salió rodando de entre los cascotes. Se arrastró hasta la calle, medio esperando que Cikatriz y Drehy estuvieran allí para ponerlo en pie. Tormentas, echaba de menos a esos hombres del puente.
La calle estaba vacía a su alrededor, aunque a unos seis metros de distancia había un embotellamiento de gente que intentaba ponerse a salvo más arriba. Daban voces y gritos de miedo y apremio. Si Adolin corría hacia allí, el tronador lo seguiría. Había demostrado que estaba decidido a acabar con él.
Hizo una mueca burlona al inmenso monstruo y, apoyado en la pared de la pequeña casa en la que había caído, logró ponerse en pie. Maya cayó en su mano. Aunque él estaba cubierto de polvo, ella resplandecía.
Se equilibró, empuñó a Maya con sus dos manos ensangrentadas y adoptó la posición de la piedra. La postura inamovible.
—Ven a por mí, hijo de puta —susurró.
—¿Adolin? —dijo una voz conocida desde detrás—. ¡Tormentas, Adolin! ¿Qué estás haciendo?
Adolin se sobresaltó y miró hacia atrás. Una figura brillante se abrió paso entre el gentío de la calle. Renarin llevaba una hoja esquirlada, y su uniforme del Puente Cuatro estaba inmaculado.
«Ya era hora.»
Al acercarse Renarin, el tronador dio un paso atrás, como si le tuviera miedo. Bueno, eso ayudaría. Adolin apretó los dientes, intentando contener su suplicio.
Se tambaleó y logró equilibrarse.
—Muy bien, vamos a…
—¡Adolin, no seas temerario! —Renarin le cogió el brazo. Una oleada de sanación cruzó el cuerpo de Adolin como agua fría en sus venas, haciendo retroceder el dolor.
—Pero…
—Vete de aquí —dijo Renarin—. No llevas armadura. ¡Vas a matarte luchando contra esa cosa!
—Pero…
—Puedo ocuparme, Adolin. ¡Tú vete! Por favor.
Adolin retrocedió a trompicones. Nunca había oído hablar con tanta energía a Renarin, y eso era casi más asombroso que el monstruo. Para mayor sorpresa de Adolin, Renarin se lanzó a la carga contra él.
Un repiqueteo anunció la llegada de Hrdalm, que descendía desde el nivel superior con el yelmo de su armadura agrietado, pero en buen estado por lo demás. Había perdido su martillo, pero llevaba una lanza de los Fusionados y el puño de su armadura esquirlada estaba cubierto de sangre.
¡Renarin! Él no llevaba armadura. ¿Cómo iba a…?
La mano abierta del tronador cayó sobre Renarin y lo aplastó. Adolin dio un chillido, pero la hoja esquirlada de su hermano cortó a través de la palma y luego separó la mano de la muñeca.
El tronador barritó de rabia mientras Renarin salía de los escombros de la mano. Parecía sanar más deprisa que Kaladin y Shallan, como si que lo machacaran no fuera ni una simple molestia.
—¡Excelente! —exclamó Hrdalm, y rio dentro de su yelmo—. Tú descansa. ¿Bien?
Adolin asintió, conteniendo un gemido de dolor. La curación de Renarin le había quitado el dolor de las entrañas y ya podía apoyar peso en la pierna, pero aún tenía los brazos doloridos y algunos cortes no se habían cerrado.
Cuando Hrdalm dio un paso hacia el combate, Adolin lo cogió por el brazo y alzó a Maya.
«Ve con él por ahora, Maya», pensó Adolin.
Casi deseó que la espada objetara, pero la vaga sensación que recibió fue de resignada aceptación.
Hrdalm soltó su lanza y cogió la espada con reverencia.
—Gran Honor en ti, príncipe Adolin —dijo—. Gran Pasión en mí por esta ayuda.
—Ve —dijo Adolin—. Yo veré si puedo ayudar a defender las calles.
Hrdalm se lanzó a la carga. Adolin eligió una lanza de infantería de entre los escombros y fue hacia la calle de detrás.
Szeth de los Rompedores del Cielo, por suerte, había entrenado con las diez potencias.
Los Fusionados entregaron el enorme rubí a una de ellos capaz de manipular la Abrasión, una mujer que se deslizaba por el terreno como Lift. La mujer infundió el rubí, haciéndolo brillar con su versión de un lanzamiento. Eso lo volvería increíblemente resbaladizo e imposible de llevar para todos salvo la propia Fusionada.
La mujer parecía pensar que sus enemigos no tendrían experiencia en ello. Por desgracia para ella, Szeth no solo había llevado una hoja de Honor que concedía ese poder, sino que también había practicado con patines sobre hielo, un ejercicio de entrenamiento que imitaba en cierta medida los movimientos de un Danzante del Filo.
Y por ello, mientras corría en pos de la gema, Szeth dio a la Fusionada multitud de ocasiones de subestimarlo. Le permitió esquivar y tardó en volver a orientarse, y se hizo el sorprendido cuando ella resbalaba a un lado y a otro.
Cuando la Fusionada estaba segura de tener controlada aquella carrera, Szeth atacó. La mujer saltó de un saliente de piedra, alzándose un momento por los aires, y Szeth la embistió con una repentina sucesión de lanzamientos. Colisionó contra ella justo cuando llegaba al suelo. Cuando la cara de Szeth tocó su caparazón, le aplicó un lanzamiento ascendente.
La Fusionada salió volando por los aires con un chillido. Szeth puso los pies en el suelo y se dispuso a seguirla, pero renegó al ver que a la Fusionada se le escapaba la gema de la mano. Szeth se quitó la chaqueta de un tirón mientras la piedra empezaba a caer. Aunque un Fusionado volador dio una pasada para agarrarla, el rubí le resbaló de entre los dedos.
Szeth lo atrapó con la chaqueta, que tenía cogida como un saco. Había sido un golpe de suerte: había supuesto que tendría que atacar otra vez a la Fusionada para quitarle la gema de las manos.
Y ahora, la verdadera prueba. Se lanzó hacia el este, en dirección a la ciudad. Allí había una caótica mezcolanza de soldados combatiendo en un campo de batalla pintado. La Tejedora de Luz era buena. Hasta los cadáveres parecían auténticos.
Un Fusionado había empezado a congregar soldados de ojos brillantes que eran reales y a ponerlos de espaldas a la muralla de la ciudad. Habían formado filas con las lanzas erizadas hacia fuera y gritaban a los soldados que se unieran a ellos, pero tocaban a todo el que se acercaba. Las ilusiones que intentaban colarse quedaban distorsionadas. El enemigo tardaría poco en sobreponerse a aquella distracción, reagruparse y concentrar sus esfuerzos en atravesar la muralla.
«Haz lo que te ha dicho Dalinar. Llévale esta gema.»
El rubí por fin había dejado de brillar y ya no resbalaba. Desde el cielo, muchos Fusionados volaban para interceptar a Szeth. Parecían satisfechos de jugar a su juego, pues mientras la gema fuese cambiando de manos, no acababa en la de Dalinar.
Cuando el primer Fusionado se abalanzó sobre él, Szeth bajó al suelo, rodó y anuló su lanzamiento ascendente. Chocó contra una roca y se hizo el aturdido. Entonces sacudió la cabeza, recogió su saco con el rubí y se lanzó de nuevo al aire.
Le dieron caza ocho Fusionados y, aunque Szeth esquivó entre ellos, al final uno pudo acercarse lo suficiente para asir el saco y arrancárselo de los dedos. Se marcharon volando en bandada y Szeth descendió flotando poco a poco y aterrizó junto a Lift, que salió de la roca ilusoria. Tenía un fardo envuelto en ropa, la verdadera gema, que había sacado de la chaqueta de Szeth durante su colisión fingida. Los Fusionados tenían un rubí falso, una piedra tallada con hoja esquirlada para darle su forma aproximada y cubierta por una ilusión.
—Ven —dijo Szeth. Cogió a la chica, le aplicó un lanzamiento hacia arriba y tiró de ella para volar hacia el lado norte de la explanada. La zona más cercana a la bruma roja había quedado a oscuras, ya que el Corredor del Viento había consumido toda la luz tormentosa de las gemas del suelo. Luchaba contra varios enemigos cerca de allí.
Oscuridad sombría. Palabras susurradas. Szeth redujo el paso hasta detenerse.
—¿Qué pasa? —preguntó Lift—. ¿Caraloca?
—Yo… —Szeth tembló y unos miedospren bulleron en el suelo—. Yo no puedo entrar en esa niebla. Debo alejarme de este lugar.
Los susurros.
—Yo me ocupo —dijo ella—. Tú vuelve y ayuda a la pelirroja.
Szeth dejó a Lift en el suelo y se apartó. Aquella arremolinada neblina roja, aquellas caras descomponiéndose y volviéndose a formar y chillando. ¿Y Dalinar seguía allí dentro, en algún lugar?
La chica del pelo largo paró un momento al borde de la niebla y luego se adentró en ella.
Amaram chillaba de dolor.
Kaladin combatía contra el Fusionado que tenía el extraño y enorme caparazón, y no pudo permitirse ni una mirada. Estimó a partir del chillido que estaba lo bastante lejos de Amaram para no recibir un ataque inmediato.
Pero tormentas, lo desconcentraba.
Kaladin dio un tajo con la hoja-Syl y atravesó los antebrazos del Fusionado. Al hacerlo, separó los pinchos del todo y le inhabilitó las manos. La criatura retrocedió, gruñendo con un ritmo suave pero furioso.
Los chillidos de Amaram se aproximaron. Syl se convirtió en escudo, anticipándose a la necesidad de Kaladin mientras este la alzaba a un lado para bloquear una serie de amplios espadazos del vociferante alto señor.
«Padre Tormenta.» El yelmo de Amaram estaba partido por las feroces y afiladas amatistas que le salían de los lados de la cara. Sus ojos seguían emitiendo un fuerte brillo, y de algún modo el suelo de piedra ardía bajo sus pies cubiertos de cristal, que dejaban huellas llameantes.
El alto príncipe aporreó el escudo-Syl con dos hojas esquirladas. Ella, por su parte, creó una celosía en la parte exterior, con partes que sobresalían como las púas de un tridente.
—¿Qué haces? —preguntó Kaladin.
Improvisar.
Amaram atacó de nuevo y la espada de Helaran se quedó atrapada en las púas. Kaladin giró el escudo y arrancó la espada de la mano de Amaram. Se deshizo en humo.
Y ahora, a aprovechar la ventaja.
¡Kaladin!
El corpulento Fusionado cargó contra él. Los brazos cortados de la criatura habían vuelto a crecer e, incluso mientras descargaba su ataque, en ellas se formó un enorme garrote de caparazón. Kaladin situó a Syl para pararlo justo a tiempo.
No le valió de mucho.
La fuerza del golpe lateral del garrote envió a Kaladin contra los restos de una pared. Gruñó y se aplicó un lanzamiento hacia el cielo, mientras la luz tormentosa lo sanaba. Condenación. La zona en la que estaban luchando se había vuelto oscura y sombría, sus gemas agotadas. ¿Tanta luz había usado?
Oh, oh, dijo Syl, volando a su alrededor como una cinta de luz. ¡Dalinar!
La niebla roja se infló, funesta en la penumbra. Rojo sobre negro. En su interior, Dalinar era una sombra asediada por dos Fusionados voladores.
Kaladin gruñó otra vez. Amaram estaba caminando hacia su arco, que había caído de la silla del caballo a cierta distancia. Condenación. Kaladin no podía derrotarlos a todos.
Bajó disparado al suelo. El inmenso Fusionado fue a por él y, en vez de esquivar, Kaladin permitió que la criatura le atravesara el estómago con una espuela parecida a un cuchillo.
Gruñó al saborear la sangre, pero no se encogió. Cogió la mano de la criatura y la lanzó hacia arriba y en dirección a la niebla. El Fusionado pasó frente a sus compañeros en el aire, gritando algo que sonaba como una petición de ayuda. Los demás salieron volando tras él.
Kaladin cojeó hacia Amaram, pero sus pasos fueron ganando firmeza mientras sanaba. Absorbió un poco más de luz tormentosa de unas gemas que no había visto antes y se lanzó al cielo. Syl se convirtió en lanza y Kaladin voló hacia abajo, haciendo que Amaram diera la espalda al arco, al que aún no había llegado, para seguir su trayectoria. Los cristales habían atravesado su armadura por todos los brazos y la espalda.
Kaladin hizo una pasada a la carga. Pero no estaba acostumbrado a volar con lanza y Amaram apartó la lanza-Syl con una hoja esquirlada. Kaladin se elevó por el otro lado y pensó qué hacer a continuación.
Amaram saltó al aire.
Se alzó con un brinco increíble, mucho más alto y recorriendo mucha más distancia de lo que le habría permitido incluso una armadura esquirlada. Y se quedó en el aire un momento, llegando cerca de Kaladin, que esquivó hacia atrás.
—Syl —susurró mientras Amaram caía—. Syl, eso era un lanzamiento. ¿En qué se ha convertido?
No lo sé. Pero no tenemos mucho tiempo antes de que vuelvan los Fusionados.
Kaladin descendió y tocó tierra, acortando a Syl como alabarda. Amaram giró hacia él, y los ojos dentro del yelmo dejaron una estela de luz roja.
—¿Puedes sentirla? —preguntó a Kaladin—. ¿La belleza de la lucha?
Kaladin se agachó por dentro del ataque y descargó a Syl hacia el agrietado peto de Amaram.
—Qué glorioso podría haber sido —dijo Amaram mientras desviaba el ataque—. Tú, yo, Dalinar. Juntos en el mismo bando.
—El bando equivocado.
—¿Es equivocado querer ayudar a los auténticos dueños de esta tierra? ¿Acaso no es honorable?
—Ya no estoy hablando con Amaram, ¿verdad? ¿Quién, o qué, eres tú?
—No, no, soy yo —dijo Amaram. Descartó una espada y se cogió el yelmo. Con un tirón de la mano, por fin se hizo añicos, que salieron despedidos con un estallido y revelaron el rostro de Meridas Amaram… rodeado de cristales de amatista, que brillaban con una luz suave y, si tal cosa era posible, oscura. Amaram sonrió—. Odium me prometió algo grandioso, y ha cumplido esa promesa. Con honor.
—¿Todavía te atreves a hablar de honor?
—Todo lo que hago es por honor. —Amaram trazó un arco con una sola hoja, obligando a Kaladin a esquivar—. Fue el honor lo que me llevó a trabajar por el retorno de los Heraldos, de los poderes y de nuestro dios.
—¿Para así poderte unir al otro bando?
Un relámpago iluminó el cielo detrás de Amaram, una luz roja que proyectó largas sombras mientras él invocaba su segunda hoja.
—Odium me mostró en qué se han convertido los Heraldos. Dedicamos años a intentar que volvieran. Pero estaban aquí desde el principio. Nos abandonaron, lancero.
Amaram, cauto, trazó un círculo en torno a Kaladin con sus dos hojas esquirladas.
«Espera a que los Fusionados vengan a ayudar —pensó Kaladin—. Por eso ahora va con tanto cuidado.»
—Me dolió, una vez —dijo Amaram—. ¿Lo sabías? Después de verme obligado a matar a su escuadra, me… dolió. Hasta que lo comprendí. No era culpa mía. —El color de sus ojos brillantes se intensificó a un bullente carmesí—. Nada de esto es culpa mía.
Kaladin atacó, pero por desgracia apenas sabía a qué se enfrentaba. El suelo titiló y se hizo líquido, casi atrapándolo otra vez. Los brazos de Amaram dejaron una estela de fuego mientras descargaba las dos hojas esquirladas. De algún modo, por unos instantes encendió el mismo aire.
Kaladin bloqueó una hoja y luego la otra, pero no tuvo ocasión de atacar. Amaram era rápido y brutal, y Kaladin no osaba tocar el suelo por si le atrapaba los pies en la piedra licuada. Tras unos intercambios más, Kaladin se vio obligado a retroceder.
—Estás superado, lancero —dijo Amaram—. Ríndete y convence a la ciudad de que capitule. Será para bien. No hay necesidad de que hoy haya más muertes. Permíteme ser piadoso.
—¿Igual que fuiste piadoso con mis amigos? ¿Igual que lo fuiste conmigo, cuando me pusiste estas marcas?
—Te dejé vivir. Te perdoné la vida.
—En un intento de aplacar tu conciencia. —Kaladin se lanzó contra el alto príncipe—. Un intento fallido.
—¡Yo te creé, Kaladin! —Los ojos rojos de Amaram iluminaron los cristales que le bordeaban la cara—. Yo te di esa voluntad de granito, esa pose de guerrero. ¡Esto, la persona en la que te has convertido, fue mi regalo!
—¿Un regalo hecho a expensas de todos mis seres queridos?
—¿Y qué más te da? ¡Te hizo fuerte! Tus hombres murieron en nombre de la batalla, para que el más fuerte se quedara con el arma. Cualquiera habría hecho lo mismo que yo, incluso el propio Dalinar.
—¿No decías que habías renunciado a ese dolor?
—¡Sí! ¡Soy inmune a la culpa!
—Entonces, ¿por qué te sigue doliendo?
Amaram se encogió.
—Asesino —dijo Kaladin—. Has cambiado de bando para hallar la paz, Amaram. Pero no la tendrás jamás. Él nunca te la concederá.
Amaram rugió y se lanzó a la carga con sus hojas esquirladas. Kaladin se lanzó hacia arriba y, mientras Amaram pasaba bajo sus pies, se retorció y descendió de nuevo, lanzando un poderoso mandoble a dos manos. En respuesta a una orden tácita, Syl se convirtió en un martillo que impactó contra la espalda de la armadura de Amaram.
El peto de coraza, que era todo de una sola pieza, explotó con una fuerza inesperada que empujó a Kaladin hacia atrás por la piedra. Encima de ellos, el relámpago rugió. Estaban del todo bajo la sombra de la tormenta eterna, que volvió incluso más horroroso lo que había sucedido a Amaram.
Todo el pecho del alto príncipe se había hundido hacia dentro. No había ni rastro de costillas u órganos internos. En su lugar, un gran cristal violeta palpitaba en su cavidad torácica, recubierto de venas oscuras. Si había llevado uniforme o ropa acolchada bajo la armadura, había sido consumida.
Se volvió hacia Kaladin, con el corazón y los pulmones reemplazados por una gema que brillaba con la luz oscura de Odium.
—Todo lo que he hecho —dijo Amaram, parpadeando con sus ojos rojos—, lo he hecho por Alezkar. ¡Soy un patriota!
—Si eso es verdad —susurró Kaladin—, ¿por qué te sigue doliendo?
Amaram chilló y cargó contra él.
Kaladin alzó a Syl, que se convirtió en hoja esquirlada.
—Lo que voy a hacer hoy es por los hombres que mataste. Soy el hombre en el que me he convertido por ellos.
—¡Yo te creé! ¡Yo te forjé! —Amaram saltó hacia Kaladin, impulsándose desde el terreno y luego manteniéndose en el aire.
Y al hacerlo, entró en los dominios de Kaladin.
Kaladin se abalanzó hacia Amaram. El alto príncipe dio un espadazo, pero los mismos vientos se enroscaron en torno a Kaladin, que anticipó el ataque. Se lanzó hacia un lado, esquivando por muy poco una hoja. Unos vientospren pasaron volando junto a él mientras evitaba la otra por un pelo.
Syl se convirtió en lanza en su mano, adaptándose a sus movimientos a la perfección. Kaladin rodó y alcanzó con ella la gema que era el corazón de Amaram. La amatista se agrietó y Amaram flaqueó en el aire… y cayó.
Dos hojas esquirladas se deshicieron en niebla mientras el alto príncipe caía más de cinco metros hasta el suelo.
Kaladin descendió flotando hacia él.
—Si diez lanzas van a la batalla —susurró— y nueve se parten, ¿ha sido la guerra la que ha forjado la que queda? No, Amaram. Lo único que ha hecho la guerra es identificar la lanza que no se rompe.
Amaram logró ponerse de rodillas, aulló con un sonido bestial y asió la parpadeante gema de su pecho, que se apagó del todo, sumiendo la zona en la oscuridad.
¡Kaladin!, gritó Syl en su mente.
Logró esquivar en el último momento mientras dos Fusionados pasaban volando y sus lanzas fallaban por poco a su pecho. Llegaron dos más por la izquierda y otro por la derecha. Un sexto cargaba con el Fusionado corpulento, rescatado del lanzamiento de Kaladin.
Habían ido a buscar amigos. Parecía que los Fusionados habían comprendido que la mejor manera de detener a Dalinar era retirar antes a Kaladin del campo de batalla.
Renarin resopló mientras el tronador se derrumbaba, aplastando casas en su caída pero partiéndose el brazo también. Echó hacia arriba el brazo que le quedaba, balando un grito lastimero. Renarin y su compañero, el portador de esquirlada thayleño, le habían cortado ambas piernas por las rodillas.
El thayleño se acercó con paso pesado y dio a Renarin una cuidadosa palmada en la espalda con la mano cubierta por armadura.
—Muy bien peleado.
—Yo solo lo he distraído mientras tú le cortabas trozos de las piernas.
—Has hecho bien —dijo el thayleño. Hizo un gesto con la cabeza hacia el tronador, que se puso de rodillas pero resbaló—. ¿Cómo terminar?
¡Te temerá!, exclamó Glys desde dentro de Renarin. Se irá. Haz que se vaya.
—Veré qué puedo hacer —dijo Renarin al thayleño, y recorrió la calle con cuidado hasta el nivel superior para tener mejor vista de la cabeza del tronador—. Bueno, Glys, ¿qué hago?
Luz. Harás que se vaya con luz.
El monstruo se levantó entre los escombros de un edificio destruido. La piedra raspó contra piedra mientras su gigantesca cabeza con forma de cuña giraba hacia Renarin. Sus ojos fundidos palpitaron en sus cuencas como un fuego chisporroteante.
Estaba dolorido. Podía sentir dolor.
¡Se irá!, prometió Glys, emocionado como siempre.
Renarin alzó el puño y convocó luz tormentosa. Brilló como una poderosa antorcha. Y…
Los ojos rojos fundidos perdieron intensidad ante esa luz, y la criatura se vino abajo con un último y extinguido suspiro.
Su compañero thayleño se acercó con el suave tintineo de la armadura esquirlada.
—Bien. ¡Excelente!
—Ve a ayudar en la lucha —dijo Renarin—. Yo tengo que abrir la Puerta Jurada en persona.
El hombre obedeció sin hacer preguntas y echó a correr hacia la avenida principal que bajaba al distrito antiguo.
Renarin se quedó un momento con aquel cadáver de piedra, atribulado. «Tendría que haber muerto. Me he visto a mí mismo morir…»
Negó con la cabeza y emprendió el camino hacia la parte alta de la ciudad.
Shallan, Velo y Radiante tenían las manos cogidas en círculo. Las tres fluían, sus caras cambiando, sus identidades fundiéndose. Juntas, habían alzado un ejército.
Que ahora estaba muriendo.
Un Fusionado de los corpulentos había organizado al enemigo. Sus filas no se dejaban distraer. Aunque Velo, Shallan y Radiante habían creado copias de sí mismas para evitar que atacaran a las reales, esas copias murieron también.
Flaqueaba. Su luz tormentosa se agotaba.
«Nos hemos exigido demasiado», pensaron.
Se acercaban tres Fusionados, cruzando las ilusiones moribundas, marchando a través de luz tormentosa que se evaporaba. La gente caía arrodillada y desaparecía con una voluta de humo.
—Mmm… —dijo Patrón.
—Cansada —dijo Shallan con ojos somnolientos.