Juramentada

Juramentada


QUINTA PARTE » 120. La lanza que no se rompe

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—Satisfecha —dijo Radiante, orgullosa.

—Preocupada —dijo Velo, mirando hacia los Fusionados.

Querían moverse. Necesitaban moverse. Pero dolía ver a su ejército morir y desintegrarse en la nada.

Una figura no se fundió como las demás. Era una mujer de pelo muy negro que había escapado de sus habituales trenzas. Volaba libre mientras ella pasaba entre el enemigo y Shallan, Radiante y Velo. El suelo se hizo brillante, la superficie de la piedra transformada en aceite por moldeado de almas. Velo, Shallan y Radiante lograron echarle un vistazo en el Reino Cognitivo. Con qué facilidad cambiaba. ¿Cómo podía lograrlo Jasnah?

Jasnah moldeó una chispa a partir del aire, que encendió el aceite y creó un campo de llamas. Los Fusionados se protegieron las caras con las manos y retrocedieron.

—Eso debería ganarnos unos momentos. —Jasnah se volvió hacia Radiante, Velo y Shallan. Cogió a Shallan del brazo, pero Shallan se distorsionó y desapareció. Jasnah se quedó muy quieta y luego se volvió hacia Velo.

—Aquí —dijo Radiante, cansada, levantándose a duras penas. Era la que Jasnah podría sentir. Parpadeó para quitarse las lágrimas—. ¿Eres… real?

—Sí, Shallan. Lo has hecho bien aquí fuera. —Tocó el brazo de Radiante y echó una mirada a los Fusionados, que empezaban a aventurarse en el fuego pese al calor—. Condenación. A lo mejor, debería haber abierto un pozo bajo sus pies.

Shallan torció el gesto mientras los últimos restos de su ejército se desvanecían, como la luz hecha jirones de un sol poniente. Jasnah le ofreció una gema, que Radiante se bebió con fruición.

Las tropas de Amaram habían empezado a formar de nuevo.

—Ven —dijo Jasnah tirando de Velo hacia la muralla, donde crecieron peldaños de la misma piedra.

—¿Moldeado de almas?

—Sí. —Jasnah subió al primer escalón, pero Shallan no la siguió.

—No deberíamos haberlo ignorado —dijo Radiante—. Deberíamos haber practicado con esto. —Por un instante, alcanzó a ver Shadesmar sin pretenderlo. Las cuentas rodaban y creaban olas por debajo de ella.

—No te internes demasiado —le advirtió Jasnah—. No puedes llevar tu cuerpo físico al reino, como una vez creí que podrías, pero allí hay cosas que pueden devorarte la mente.

—Si quiero moldear el aire… ¿cómo?

—Deja estar el aire hasta que tengas más práctica —dijo Jasnah—. Es muy conveniente, pero difícil de controlar. ¿Por qué no intentas convertir piedra en aceite, como he hecho yo? Podemos encenderlo mientras vamos subiendo, y así retrasamos más al enemigo.

—Es… —Cuántas cuentas, cuántos spren, revolviéndose en el lago que era el reflejo de Ciudad Thaylen. Era demasiado.

—Esos escombros que hay cerca de la muralla serán más fáciles que el mismo suelo —dijo Jasnah—, ya que podrás tratarlos como unidades diferenciadas, mientras que el suelo se ve a sí mismo como un todo.

—Es demasiado —dijo Shallan, con agotaspren rodando a su alrededor—. No puedo, Jasnah. Lo siento.

—Está bien, Shallan —respondió Jasnah—. Solo quería verlo porque parecía que usabas el moldeado de almas para dar peso a tus ilusiones. Pero claro, la luz tormentosa concentrada tiene una mínima masa. En cualquier caso, tira para arriba, niña.

Radiante empezó a subir los peldaños de piedra. Detrás de ella, Jasnah movió una mano hacia los Fusionados que se acercaban y se formó piedra a partir del aire, encerrándolos por completo.

Fue brillante. Cualquiera que lo hubiera visto solo en el Reino Físico ya estaría impresionado, pero Radiante alcanzaba a ver mucho más. Veía a Jasnah absolutamente al mando y confiada. Veía la luz tormentosa apresurándose a cumplir su voluntad. El mismo aire respondía como a la voz del propio Dios.

Shallan se quedó boquiabierta, maravillada.

—Te ha obedecido. El aire ha cumplido tu orden de transformarse. Cuando yo intenté hacer que cambiara un solo palito, se negó.

—El moldeado de almas es un arte que requiere práctica —dijo Jasnah—. Arriba, arriba. Sigue andando. —Fue cortando los escalones a medida que los superaban—. Recuerda, no debes dar órdenes a las piedras, porque son más tozudas que los hombres. Usa la coacción. Háblales de libertad y movimiento. Pero para solidificar un gas, debes imponerle disciplina y voluntad. Cada Esencia es diferente, y cada cual tiene sus ventajas y sus inconvenientes cuando se emplea como sustrato en el moldeado de almas. —Jasnah miró atrás, hacia el ejército que se congregaba.

»Y tal vez… Este es un momento en el que no es aconsejable una lección. Con todo lo que me quejo por no querer discípulas, debería ser capaz de resistirme a instruir a la gente en momentos inoportunos. Sigue adelante.

Sintiéndose agotadas, Velo, Shallan y Radiante remontaron los últimos peldaños y por fin llegaron a las almenas de la muralla.

Después de lo mucho que había costado a Renarin el ascenso para luchar contra el tronador, después de la eternidad que había pasado atrapado entre la multitud, había esperado tener que esforzarse para recorrer la última distancia que lo separaba de la Puerta Jurada. Sin embargo, la gente ya avanzaba más deprisa. Los de arriba debían de haber despejado las calles, ocultándose en los muchos templos y edificios del distrito real.

Renarin pudo desplazarse con el flujo de personas. Cerca de la hilera superior, se metió en una casa y fue hacia la parte de atrás, pasando junto a unos mercaderes apiñados. Casi todos los edificios de allí tenían una sola planta, por lo que utilizó a Glys para cortar un agujero en el techo. Luego vació unos asideros en la pared de piedra y subió encima.

Desde el techo logró llegar a la calle que llevaba a la plataforma de la Puerta Jurada. No estaba acostumbrado a poder hacer cosas como aquella. No solo a usar la hoja esquirlada, sino al trabajo físico. Siempre le habían dado miedo los ataques que tenía, siempre lo preocupaba que un momento de fuerza pudiera volverse al instante en uno de invalidez.

Viviendo así, se aprendía a quedarse atrás. Solo por si acaso. Llevaba un tiempo sin padecer ataques. No sabía si era coincidencia, pues podían ser irregulares, o si estaba curado, igual que de su mala vista. Y en efecto, veía el mundo distinto a todos los demás. Seguía inquietándolo hablar con gente, y no le gustaba que lo tocaran. Todos los demás veían en el resto cosas que él jamás podría comprender. Tanto ruido y destrucción y gente hablando y gritos pidiendo ayuda y narices sorbidas y murmullos y susurros todos como zumbidos, zumbidos.

Al menos allí, en aquella calle cercana a la Puerta Jurada, la multitud no era tan densa. ¿Por qué sería? ¿No deberían hacer más presión allí, esperando escapar? ¿Por qué…?

«Ah.»

Una docena de Fusionados flotaban en el cielo sobre la Puerta Jurada, sosteniendo las lanzas ante ellos en posturas formales, su ropa cayendo por debajo de ellos y ondeando.

Doce. Doce.

Esto, dijo Glys, sería malo.

Un movimiento le llamó la atención. Una chica joven que estaba de pie en una puerta abierta y le hacía gestos. Renarin fue hacia ella, preocupado por si los Fusionados se lanzaban en su ataque. Con un poco de suerte, su luz tormentosa, la mayoría de la cual había gastado luchando contra el tronador, no brillaría lo suficiente para atraer su ira.

Entró en el edificio, otra estructura de una sola planta con una gran sala abierta al principio. Estaba ocupada por decenas de escribas y fervorosos, muchos de ellos agrupados en torno a una vinculacaña. Unos niños que Renarin no podía ver llenaban las habitaciones traseras, pero sí alcanzaba a oír sus gemidos. Y oía el raspar, raspar, raspar de las plumas sobre el papel.

—Oh, bendito sea el Todopoderoso —dijo la brillante Teshav, apareciendo entre la masa de gente. Tiró de Renarin hacia el interior de la sala—. ¿Traes alguna noticia?

—Mi padre me envía aquí arriba a ayudar —respondió Renarin—. Brillante, ¿dónde están el general Khal y tu hijo?

—En Urithiru —dijo ella—. Se han trasladado de vuelta para reunir fuerzas, pero entonces… Brillante señor, ha habido un ataque contra Urithiru. Hemos intentado obtener información por medio de la vinculacaña. Parece que alguna clase de grupo de asalto ha llegado con el advenimiento de la tormenta eterna.

—¡Brillante! —llamó Kadash—. La vinculacaña conectada con las escribas de Sebarial está escribiendo otra vez. Se disculpan por el largo retraso. Sebarial se ha replegado, cumpliendo órdenes de Aladar, hacia los niveles superiores. Confirma que los atacantes son parshmenios.

—¿Y las Puertas Juradas? —preguntó Renarin, esperanzado—. ¿Pueden llegar a ellas y abrir el camino hacia aquí?

—Improbable. El enemigo ha tomado la plataforma.

—Nuestros ejércitos tienen la ventaja en Urithiru, príncipe Renarin —dijo Teshav—. Los informes coinciden en que la fuerza del enemigo no es ni por asomo suficiente para derrotarnos allí. Salta a la vista que es una táctica de demora para impedir que activemos la Puerta Jurada y traigamos ayuda a Ciudad Thaylen.

Kadash asintió.

—Esos Fusionados de encima de la Puerta Jurada se han quedado ahí incluso mientras el monstruo de piedra caía. Saben qué órdenes tienen: evitar que se active ese dispositivo.

—La Radiante Malata es la única forma de que nuestros ejércitos lleguen a nosotros por la Puerta Jurada —dijo Teshav—. Pero no logramos contactar con ella, ni con nadie del contingente de Kharbranth. El enemigo los ha debido de atacar primero. Sabían exactamente lo que tenían que hacer para dañarnos.

Renarin respiró hondo, absorbiendo la luz tormentosa que llevaba Teshav. Su brillo iluminó la estancia y todos los ojos se alzaron de las vinculacañas y se volvieron hacia él.

—El portal debe abrirse —dijo Renarin.

—Alteza —dijo Teshav—, no puedes enfrentarte a todos.

—No hay nadie más. —Se volvió para irse.

Para su sorpresa, nadie trató de impedírselo.

Lo habían hecho toda su vida. No, Renarin. Eso no es cosa tuya. No puedes hacer eso. No estás bien, Renarin. Sé razonable, Renarin.

Siempre había sido razonable. Siempre había hecho caso. Fue una sensación maravillosa y aterradora a la vez que nadie le planteara objeciones. Las vinculacañas siguieron raspando, moviéndose por sí mismas, incapaces de apreciar el momento.

Renarin salió al exterior.

Atemorizado, marchó calle abajo, invocando a Glys como hoja esquirlada. Mientras se acercaba a la rampa que llevaba a la Puerta Jurada, los Fusionados descendieron. Cuatro aterrizaron en la rampa delante de él y le dedicaron un gesto no muy distinto a un saludo, canturreando una melodía frenética que Renarin no conocía.

Renarin estaba tan asustado que temía mearse encima. No sería muy noble ni valiente, ¿verdad?

Ah… ¿Qué vendrá ahora?, dijo Glys, su voz vibrando a través de Renarin. ¿Qué emerge?

Le dio un ataque.

No fue como sus viejos ataques, que lo debilitaban. Tenía otros nuevos, que ni él ni Glys podían controlar. A sus ojos, creció cristal por todo el suelo. Se extendió, formando entramados, imágenes, significados y sendas. Pinturas de cristal tintado, un panel tras otro.

Siempre habían estado en lo cierto. Hasta ese mismo día, hasta que habían proclamado que el amor de Jasnah Kholin saldría derrotado.

Leyó aquel último conjunto de imágenes en cristal tintado y notó que su miedo se esfumaba. Sonrió. Su expresión pareció confundir a los Fusionados mientras bajaban las manos con las que habían saludado.

—Os preguntáis por qué sonrío —dijo Renarin.

No le respondieron.

—Tranquilos —prosiguió él—. No es que se os haya escapado nada divertido. Es… Bueno, dudo mucho que le veáis la gracia.

La luz estalló en oleada desde la plataforma de la Puerta Jurada. Los Fusionados gritaron en un idioma extraño y se lanzaron por los aires. Una muralla luminosa se expandió desde la plataforma en un anillo, que dejaba atrás una brillante imagen residual.

Se disipó dejando a la vista una división entera de tropas alezi en azul Kholin sobre la plataforma de la Puerta Jurada.

Entonces, como un Heraldo salido de las leyendas, un hombre se elevó en el aire sobre ellos. Brillando en blanco de luz tormentosa, el hombre barbudo llevaba una larga y plateada lanza esquirlada con un extraño saliente en forma de guarnición cerca de la punta.

Teft.

Caballero Radiante.

Shallan se sentó con la espalda apoyada en una almena, escuchando a los soldados gritar órdenes. Navani le había dado luz tormentosa y agua, pero en ese momento estaba entretenida con los informes que llegaban de Urithiru.

Patrón zumbaba desde un lado del abrigo de Velo.

—¿Shallan? Lo has hecho bien, Shallan. Muy bien.

—Una resistencia honorable —convino Radiante—. Una contra muchos y no hemos cedido terreno.

—Hemos aguantado más de lo que deberíamos —dijo Velo—. Ya estábamos agotadas.

—Seguimos pasando por alto demasiado —dijo Shallan—. Se nos está dando demasiado bien fingir.

Al principio, había decidido quedarse con Jasnah para aprender. Pero cuando la mujer regresó de entre los muertos, en lugar de aceptar el entrenamiento, Shallan había huido de inmediato. ¿En qué estaba pensando?

En nada. Estaba intentando esconder las cosas que no quería afrontar. Como siempre.

—Mmm… —dijo Patrón, preocupado.

—Estoy cansada —susurró Shallan—. No tienes que preocuparte. Cuando descanse, me recuperaré y volveré a ser solo una. De hecho… no creo que esté tan perdida como antes.

Jasnah, Navani y la reina Fen susurraban en corrillo un poco más allá, en el adarve. Los generales thayleños se unieron a ellas y los miedospren se congregaron a su alrededor. La defensa, en su opinión, iba fatal. A regañadientes, Velo se puso de pie y observó el campo de batalla. Las fuerzas de Amaram estaban reuniéndose fuera del alcance de los arcos.

—Hemos retrasado al enemigo —dijo Radiante—, pero no lo hemos derrotado. Seguimos teniendo un ejército apabullante al que enfrentarnos.

—Mmm… —dijo Patrón, agudo, inquieto—. Shallan, mira. Más allá.

Cerca de la bahía, miles y miles de tropas parshmenias frescas habían empezado a descargar escaleras de sus barcos para usarlas en un asalto total.

—Di a los hombres que no den caza a esos Fusionados —dijo Renarin a Lopen—. Debemos defender la Puerta Jurada, antes que nada.

—Ya me va bien —dijo Lopen, lanzándose al cielo en dirección a Teft para transmitirle la orden.

Los Fusionados se enfrentaron al Puente Cuatro en el aire sobre la ciudad. Aquel grupo de enemigos parecía más diestro que los que Renarin había visto abajo, pero más que pelear, estaban defendiéndose. Iban apartando más y más el combate de la ciudad, y Renarin temía que estuvieran apartando al Puente Cuatro de la Puerta Jurada a propósito.

La división alezi marchó al interior de la ciudad entre voces de alabanza y júbilo de la gente que los rodeaba. Dos mil no iban a suponer una gran diferencia si aquellos parshmenios de fuera se unían a la batalla, pero era un principio. Y además, el general Khal había traído no uno, sino tres portadores de esquirlada. Renarin explicó la situación de la ciudad tan bien como pudo, pero se avergonzó al tener que decir a los Khal que no conocía el estado de su padre.

Mientras se reunían con Teshav y convertían el puesto de escribas en uno de mando, Roca y Lyn aterrizaron al lado de Renarin.

—¡Ja! —exclamó Roca—. ¿Qué ha pasado a uniforme? Necesita mi aguja.

Renarin se miró la ropa destrozada.

—Me ha dado una piedra enorme. Veinte veces. De todas formas, mira quién habla. ¿La sangre de tu uniforme es tuya?

—¡Es nada!

—Hemos tenido que cargar con él desde el barracón hasta la Puerta Jurada —dijo Lyn—. Intentábamos traértelo a ti, pero ha empezado a absorber luz tormentosa nada más hemos llegado.

—Kaladin está cerca —dijo Roca—. ¡Ja! Yo doy de comer a él. Pero aquí, hoy, él da de comer a mí. ¡Luz!

Lyn miró a Roca.

—El tormentoso comecuernos pesa como un chull. —Negó con la cabeza—. Kara luchará con los demás. No se lo digas a nadie, pero lleva practicando con la lanza desde niña, la muy tramposa. Pero Roca se niega a luchar, y yo solo manejo la lanza desde hace unas semanas. ¿Sabes dónde nos quieres?

—Yo… hum… no estoy al mando ni nada así…

—¿En serio? —dijo Lyn—. ¿Esa es tu mejor voz de Caballero Radiante?

—¡Ja! —exclamó Roca.

—Creo que ya he irradiado todo lo que tenía que irradiar hoy —dijo Renarin—. Esto… Operaré la Puerta Jurada y traeré más tropas. Vosotros dos podríais ir abajo y ayudar en la muralla. ¿Quizá sacar heridos del frente?

—Es buena idea —dijo Roca.

Lyn asintió y salió volando, pero Roca se quedó y atrajo a Renarin a un cálido, sofocante e inesperado abrazo.

Renarin hizo lo que pudo para no revolverse. No era el primer abrazo de Roca que soportaba, pero tormentas, se suponía que la gente no te cogía así, sin más.

—¿Por qué? —preguntó Renarin cuando el comecuernos lo soltó.

—Parecías persona que necesitaba abrazo.

—Te aseguro que eso nunca lo parezco. Pero, hum… me alegro de hayáis venido. Me alegro muchísimo.

—Puente Cuatro —dijo Roca, y se lanzó al aire.

Renarin se sentó en unos escalones, temblando por todo lo ocurrido pero sonriendo de todos modos.

Dalinar se dejó llevar por el abrazo de la Emoción.

Una vez creyó haber sido cuatro hombres en su vida, pero en esos instantes comprendió que se había quedado muy corto. No había vivido como dos, cuatro ni seis hombres, sino como millares, pues cada día se convertía en alguien un poco diferente.

No había cambiado en un salto gigantesco, sino en un millón de pequeños pasitos.

«Y el más importante es siempre el próximo», pensó mientras iba a la deriva en la neblina roja. La Emoción amenazaba con llevárselo, controlarlo, desgarrarlo y triturarle el alma con sus ganas de complacerlo. Amenazaba con entregarle algo que la emoción jamás comprendería que era peligroso.

Una mano pequeña cogió la de Dalinar.

Se sobresaltó y miró abajo.

—¿Lift? No deberías haber entrado aquí.

—Pero soy la mejor yendo a sitios donde no debería. —La chica le puso algo en la mano.

El enorme rubí.

«Muchísimas gracias.»

—¿Qué es? —preguntó ella—. ¿Para qué quieres ese pedrusco?

Dalinar buscó entre la niebla con los ojos entornados. «¿Sabes cómo capturamos los spren, Dalinar? —le había dicho Taravangian—. Hay que atraer al spren con algo que adore. Tienes que proporcionarle algo familiar que lo haga acercarse, algo que conozca íntimamente.»

—Shallan vio a una de los Deshechos en la torre —susurró Dalinar—. Al acercarse, la spren se asustó, pero no creo que la Emoción sea capaz de comprender como hacía ella. Verás, solo puede derrotarla alguien que la entienda en profundidad, sinceramente.

Alzó la gema sobre su cabeza y, por última vez, abrazó la Emoción.

Guerra.

Victoria.

La competición.

La vida entera de Dalinar había sido una competición, un forcejeo de una conquista a la siguiente. Aceptaba lo que había hecho. Siempre formaría parte de él. Y aunque estaba decidido a resistirse, no apartaría a un lado lo que había aprendido. Era ese mismo anhelo por el combate, la lucha, la victoria, lo que también lo había preparado para rechazar a Odium.

—Gracias —susurró de nuevo a la Emoción— por concederme fuerza cuando la necesité.

La Emoción se arremolinó más cerca de él, arrullada y exultante por su alabanza.

—Y ahora, vieja amiga, es hora de descansar.

«Sigue moviéndote.»

Kaladin esquivó e hizo quiebros, evitando algunos ataques y curándose de otros.

«Mantenlos distraídos.»

Intentó elevarse hacia el cielo, pero los ocho Fusionados lo rodearon y lo devolvieron hacia abajo a golpes. Cayó contra el suelo de piedra y se lanzó en lateral para alejarse de las lanzas que intentaban clavarle y los garrotes con los que trataban de aplastarlo.

«En realidad, no puedo escapar.»

Tenía que conservar su atención. Si lograba escabullirse, los ocho se volverían contra Dalinar.

«No tienes que derrotarlos. Solo tienes que aguantar el tiempo suficiente.»

Esquivó a la derecha, volando a escasos centímetros del suelo. Pero una Fusionada de los cuatro corpulentos contra los que estaba luchando lo agarró por un pie. Lo estampó contra el suelo y creció por sus brazos un caparazón que amenazaba con retener a Kaladin contra la piedra.

Se la quitó de encima con una patada, pero otro lo cogió por el brazo y lo arrojó a un lado. Los voladores descendieron y, aunque se protegió de sus lanzas con el escudo-Syl, su costado palpitó de dolor. Estaba sanando más despacio que antes.

Otros dos Fusionados pasaron volando, recogiendo las gemas cercanas y dejando a Kaladin en un círculo de oscuridad en expansión.

«Tú gana tiempo. Dalinar necesita tiempo.»

Syl cantó en su mente mientras Kaladin giraba, se transformó en lanza y se clavó en el pecho de una de los Fusionados grandotes. Esos podían curarse a menos que se los apuñalara en un punto exacto del esternón, y Kaladin había fallado. De modo que convirtió a Syl en espada y, con el arma aún insertada en el pecho de la mujer, la sacó hacia arriba a través de la cabeza, haciendo que sus ojos ardieran. Otro Fusionado corpulento le lanzó un golpe, pero mientras el garrote (que formaba parte de su cuerpo) conectaba, Kaladin usó buena parte de su luz tormentosa restante para lanzar al hombre hacia arriba y estrellarlo contra un Fusionado volador.

Otro embistió desde un lado y envió rodando a Kaladin. Al caer con la espalda contra el suelo, vio un relámpago rojo. Invocó a Syl como lanza de inmediato, apuntando directa hacia arriba. Al hacerlo, empaló al Fusionado que descendía para atacarlo, partiéndole el esternón y haciendo que sus ojos ardieran.

Otro lo agarró por el pie y lo levantó para empotrarle la cara en el suelo. Kaladin se quedó sin aliento. El monstruoso Fusionado le dio un tremendo pisotón en la espalda con su pie rodeado de caparazón y le destrozó las costillas. Kaladin chilló y, aunque la luz tormentosa sanó todo lo que pudo, la última que tenía vaciló en su interior.

Y se desvaneció.

Detrás de Kaladin se alzó un repentino sonido, como de ventolera pero acompañada de gemidos de dolor. El Fusionado retrocedió a trompicones, murmurando a un ritmo rápido y preocupado.

Entonces sorprendió a Kaladin al dar media vuelta y correr.

Kaladin se retorció para mirar atrás. Ya no distinguía a Dalinar, pero la misma bruma había empezado a revolverse. Inflándose y palpitando, se movía de golpe a un lado y a otro como presa de un poderoso viento.

Huyeron más Fusionados. El gemido ganó intensidad y la niebla pareció rugir mientras mil caras se extendían tirando de ella, con las bocas abiertas en agonía. Volvieron a absorberse juntas, como ratas de cuyas colas hubieran tirado.

La neblina roja hizo implosión y desapareció. Todo quedó a oscuras y la tormenta de encima amainó.

Kaladin estaba tendido en el suelo, destrozado. La luz tormentosa le había sanado las funciones vitales. Seguro que tenía los órganos intactos, pero sus huesos fisurados lo obligaron a ahogar gritos de dolor cuando intentó incorporarse. Las esferas de alrededor estaban opacas y la oscuridad le impedía comprobar si Dalinar seguía con vida.

La niebla había desaparecido del todo. Eso parecía buena señal. Y en la oscuridad, Kaladin distinguió algo que salía de la ciudad. Brillantes luces blancas volando por los aires.

Le llegó un sonido rasposo desde cerca, y entonces una luz violeta se encendió en la penumbra. Una sombra se puso en pie con dificultades, la oscura luz latiendo viva en su cavidad pectoral, vacía salvo por aquella gema.

Los ojos rojos brillantes de Amaram iluminaron una cara deformada: se había roto la mandíbula al caer y los cristales le habían empujado los lados de la cara en ángulos extraños, haciendo que la barbilla colgara laxa de su boca y cayera baba por un lado. Trastabilló hacia Kaladin, su corazón de gema palpitando de luz. Una hoja esquirlada cobró forma en su mano. Era la misma que había matado a los amigos de Kaladin hacía tanto tiempo.

—Amaram —susurró Kaladin—. Puedo ver lo que eres. Lo que has sido siempre.

Amaram intentó hablar, pero de su mandíbula colgante salían solo saliva y gruñidos. A Kaladin lo asaltó el recuerdo de la primera vez que había visto al alto señor en Piedralar. Tan alto y valeroso. Tan perfecto en apariencia.

—Lo vi en tus ojos, Amaram —susurró Kaladin mientras aquella carcasa de hombre seguía avanzando con torpeza hacia él—. Cuando mataste a Coreb, a Hab y a mis otros amigos. Vi la culpabilidad que sentías. —Se lamió los labios—. Intentaste que me derrumbara siendo esclavo. Pero fracasaste. Ellos me rescataron.

«A lo mejor es el momento de que alguien te salve a ti», le había dicho Syl en Shadesmar. Pero ya lo había hecho alguien.

Amaram alzó la hoja esquirlada.

—Puente Cuatro —susurró Kaladin.

Una flecha se clavó en la cabeza de Amaram desde detrás, le atravesó el cráneo y asomó por su boca inhumana. Amaram tropezó hacia delante y soltó la hoja esquirlada, con la flecha todavía en la cabeza. Hizo un sonido de ahogamiento y se volvió justo a tiempo para encajar otra flecha en el pecho, que atravesó su vacilante corazón de gema.

La amatista explotó y Amaram cayó hecho una piltrafa desmoronada al lado de Kaladin.

Había una silueta brillante sobre unos cascotes, más allá de Amaram, sosteniendo su enorme arco esquirlado. El arma parecía encajar con Roca, alto y refulgente, un faro en la oscuridad.

Los ojos rojos de Amaram se apagaron mientras moría, y Kaladin tuvo la nítida sensación de que un humo oscuro escapaba de su cadáver. Junto a él se materializaron dos hojas esquirladas que cayeron contra la piedra con sendos tintineos.

Los soldados dejaron espacio a Radiante sobre la muralla mientras se preparaban para el asalto enemigo. El ejército de Amaram formó filas de asalto mientras los parshmenios transportaban escaleras, dispuestos a lanzarse a la carga.

Era difícil caminar por el adarve sin pisar algún miedospren. Los thayleños susurraban sobre la pericia bélica alezi, recordando historias como la de cuando Hamadin y sus cincuenta habían resistido ante diez mil veden. La de su capital era la primera batalla que los thayleños habían visto en una generación, pero las tropas de Amaram estaban curtidas por la guerra constante en las Llanuras Quebradas.

Miraban a Shallan como si ella pudiera salvarlos. Los Caballeros Radiantes eran la única ventaja con la que contaba la ciudad. Su mejor esperanza de sobrevivir.

Y eso la aterrorizaba.

El ejército enemigo se lanzó a la carga contra la muralla. Sin pausa, sin un solo respiro. Odium seguiría arrojando fuerzas contra aquel muro el tiempo que hiciera falta hasta abrirse paso en Ciudad Thaylen. Hombres sanguinarios, controlados por…

Las luces de sus ojos empezaron a apagarse.

El cielo encapotado lo hacía inconfundible. Por toda la explanada, el rojo desapareció de los ojos de los soldados de Amaram. Muchos cayeron de rodillas al instante y vomitaron en el suelo. Otros trastabillaron, conservando un precario equilibrio gracias a lanzas que flaqueaban. Era como si les hubieran absorbido la misma vida, y fue algo tan súbito e inesperado que Shallan tuvo que parpadear varias veces antes de que su mente aceptara que, en efecto, estaba ocurriendo.

Estallaron vítores por toda la muralla mientras los Fusionados, inexplicablemente, se retiraban hacia sus barcos. Los parshmenios se apresuraron a seguirlos, igual que muchas de las tropas de Amaram, aunque algunos se quedaron allí, tirados en la piedra rota.

Letárgica, la tormenta negra se disipó hasta reducirse a una mera mancha nubosa, titilando con perezosos relámpagos rotos. Por último, cruzó la isla impotente, desprovista de viento, y desapareció hacia el este.

Kaladin absorbió luz tormentosa de las gemas de Lopen.

—Menuda suerte que el comecuernos estuviera buscándote, gon —dijo Lopen—. Los demás habíamos pensado en luchar y ya está, ¿sabes?

Kaladin lanzó una mirada a Roca, que estaba de pie sobre el cuerpo de Amaram, mirando hacia abajo, su enorme arco sostenido sin fuerza en una mano. ¿Cómo había podido tirar de la cuerda? La luz tormentosa proporcionaba una resistencia asombrosa, pero no mejoraba en mucho la fuerza.

—Hala —dijo Lopen—. ¡Gancho, mira!

Las nubes se habían diluido y la luz solar asomaba por ellas, iluminando el campo de piedra. Dalinar Kholin estaba arrodillado a poca distancia, sosteniendo entre las dos manos un rubí que brillaba con la misma luz fantasmagórica que los Fusionados. La chica Reshi estaba de pie con la mano apoyada en su hombro.

El Espina Negra sollozaba, acunando la gema.

—¿Dalinar? —dijo Kaladin preocupado, trotando hacia él—. ¿Qué ha pasado?

—Se acabó, capitán —respondió Dalinar. Entonces sonrió. ¿Eran lágrimas de alegría, pues? ¿Por qué había parecido tan apenado?—. Se acabó.

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