Juramentada
CUARTA PARTE » 93. Kata
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93. Kata

Taxil menciona a Yelig-nar, el llamado Viento Asolador, en un pasaje citado con gran frecuencia. Aunque es bien sabido que Jasnah Kholin pone en duda la exactitud de dicho pasaje, yo sí creo en lo que afirma.
De Mítica de Hessi, página 26
Cuando Adolin despertó, seguía dentro de la pesadilla.
El cielo oscuro, el suelo de cristal, las criaturas extrañas. Tenía un calambre en el cuello y le dolía la espalda. Nunca había dominado la habilidad de dormir en cualquier parte de la que se vanagloriaba la tropa rasa.
«Mi padre podría haber dormido en el suelo —pensó una parte de él—. Dalinar es un verdadero soldado.»
Adolin pensó otra vez en la sacudida que había sentido al clavar su daga en el cerebro de Sadeas a través del ojo. Satisfacción y vergüenza. Si se arrancaba la nobleza de Adolin Kholin, ¿qué quedaba? ¿Un duelista cuando el mundo necesitaba generales? ¿Un exaltado que no sabía ni encajar un insulto?
¿Un asesino?
Se quitó la capa de encima, se incorporó y dio un brinco y un respingo al encontrar a la mujer de los ojos raspados de pie sobre él.
—¡Por el alma de Ishar! —maldijo—. ¿Tienes que estar tan cerca?
La spren no se movió. Adolin dio un suspiro y empezó a cambiarse el vendaje del corte superficial que tenía en el hombro con vendas que sacó de su bolsillo. Shallan y Celeste estaban haciendo inventario de sus magras posesiones. Kaladin se acercó a ellas con paso torpe. ¿El muchacho del puente había llegado a dormir algo?
Adolin se estiró y, acompañado de su fantasmal spren, descendió la corta pendiente hacia el océano de cuentas de cristal. Cerca de la orilla flotaban unos vidaspren; en ese lado, las brillantes motas verdes tenían mechones de pelo blanco que se ondulaban con sus bailes y oscilaciones. Quizá estuvieran rodeando las plantas de la ribera en el Reino Físico. Esos puntitos de luz que nadaban sobre la roca podrían ser las almas de peces. ¿Cómo funcionaba? En el mundo real, estarían bajo el agua, con lo que ¿allí no deberían estar dentro de la piedra?
Qué poco sabía, y qué superado se sentía. Qué insignificante.
Un miedospren salió arrastrándose del océano de cuentas, señalándolo con sus antenas púrpuras. Correteó hacia él hasta que Adolin cogió unas cuentas y arrojó una al spren, que regresó al océano a toda prisa y se quedó allí acechando, observándolo.
—¿Qué te parece a ti todo esto? —preguntó Adolin a la mujer de los ojos raspados. Ella no respondió, pero Adolin estaba habituado a hablar con su espada sin obtener respuesta.
Lanzó hacia arriba una cuenta y la atrapó en el aire. Shallan sabía lo que representaba cada una, pero lo único que percibía él era una embotada impresión de… ¿algo rojo?
—Estoy portándome como un crío, ¿verdad? —dijo Adolin—. Muy bien, ahora hay fuerzas actuando en el mundo que me hacen parecer intrascendente. No es muy distinto a cuando un niño cree y cae en la cuenta de que su pequeña vida no es el centro del universo, ¿verdad?
El problema era que su pequeña vida sí que había sido el centro del universo, de niño. «Es lo que tiene ser hijo del tormentoso Dalinar Espina Negra.» Arrojó la esfera al mar, donde traqueteó entre sus compañeras.
Adolin suspiró y empezó a hacer una kata matutina. Al no tener espada, volvió por instinto a la primera kata que había aprendido en la vida, una prolongada secuencia de estiramientos, movimientos de combate cuerpo a cuerpo y posturas que ayudaban a aflojar los músculos.
Las formas de la kata lo calmaron. El mundo estaba patas arriba, pero lo acostumbrado seguía siendo acostumbrado. Era raro que le hubiera costado llegar a una revelación como esa.
Más o menos a mitad de kata, reparó en que Celeste lo miraba desde más arriba. La mujer descendió a la orilla, se colocó a su lado y se incorporó a la misma kata. Debía de conocerla de antemano, porque le mantuvo el ritmo a la perfección.
Caminaron adelante y atrás por la roca, combatiendo a sus propias sombras, hasta que Kaladin se acercó y se unió a ellos. No tenía tanta práctica y renegó entre dientes cuando le salió mal una secuencia, pero estaba claro que también había hecho antes esa kata.
«Debió de aprenderla de Zahel», comprendió Adolin.
Los tres se movieron juntos, su respiración controlada, sus botas raspando el cristal. El mar de cuentas que rodaba contra sí mismo empezó a sonar relajante. Rítmico, incluso.
«El mundo es el mismo que ha sido siempre —pensó Adolin—. Esas cosas que estamos encontrando, los monstruos y los Radiantes, no son nuevas. Solo estaban ocultas. El mundo siempre ha sido así, aunque yo no lo supiera.»
Y Adolin… seguía siendo el mismo. Tenía las mismas cosas de las que enorgullecerse, ¿no? ¿Las mismas fortalezas? ¿Los mismos logros?
Y también los mismos defectos.
—¿Qué hacéis los tres, bailar? —dijo de pronto una voz.
Adolin dio media vuelta. Shallan se había sentado en la pendiente, todavía con su traje blanco, su sombrero y un solo guante. Adolin se descubrió sonriendo como un idiota.
—Es una kata de calentamiento —explicó—. Te…
—Ya sé lo que es. Intentaste enseñármela, ¿recuerdas? Es solo que me ha parecido raro veros ahí abajo a los tres haciéndola. —Negó con la cabeza—. ¿No íbamos a planear la forma de salir de aquí?
Remontaron juntos la cuesta y Celeste se puso al paso de Adolin.
—¿Dónde aprendiste esa kata?
—De mi maestro espadachín. ¿Y tú?
—También.
Mientras se acercaban a su campamento en la pequeña depresión del suelo de obsidiana, Adolin sintió que algo no encajaba. ¿Dónde estaba su espada, la mujer de los ojos raspados?
Retrocedió un paso y la vio de pie en la costa, mirándose los pies.
—Muy bien —dijo Shallan, tirando de él hacia arriba—, he hecho una lista del material que tenemos. —Fue señalando con un lápiz los objetos, que tenía extendidos en el suelo, mientras los enumeraba—: Una bolsa de gemas de la reserva de esmeraldas. Usé aproximadamente la mitad de nuestra luz tormentosa entre la transferencia a Shadesmar y la travesía por el mar de cuentas. Tenemos mi cartera, con carboncillo, plumas de junco, pinceles, tinta, barniz, algunos disolventes, tres cuadernos de bocetos, mi navaja de afilar y un frasco de mermelada que llevaba guardado para un tentempié de emergencia.
—Estupendo —dijo Kaladin—. Seguro que un puñado de pinceles nos vendrá de maravilla para rechazar a los vacíospren.
—Mejor que tu lengua, que en los últimos tiempos está bastante roma. Adolin tiene su daga de cinto, pero nuestra única arma verdadera es la hoja esquirlada de Celeste. Kaladin traía el saquito de gemas en su morral, en el que por suerte también estaban sus raciones de viaje: tres comidas de pan ácimo y cerdo curado. También tenemos una jarra de agua y tres cantimploras.
—La mía está medio vacía —matizó Adolin.
—La mía también —dijo Celeste—. Lo que significa que tenemos agua para más o menos un día y tres raciones para cuatro personas. La última vez que recorrí Shadesmar, me costó cuatro semanas.
—Está claro que tenemos que volver a la ciudad por la Puerta Jurada —dijo Kaladin.
Patrón canturreó detrás de Shallan. Parecía una estatua, y no cambiaba el peso de pie ni hacía los pequeños movimientos característicos de los humanos. La spren de Kaladin era distinta. Ella parecía moverse siempre, de un lado para otro, con su vestido infantil aleteando al andar y el pelo meciéndose a su espalda.
—Mal —dijo Patrón—. Los spren de la Puerta Jurada ahora están mal.
—¿Tenemos alguna otra opción? —preguntó Kaladin.
—Recuerdo… algo —dijo Syl—. Mucho más que antes. Nuestra tierra, toda tierra, existe en tres reinos. El más elevado es el Espiritual, donde viven los dioses. Allí todas las cosas, los tiempos, los espacios, se vuelven solo una.
»Ahora estamos en el Reino Cognitivo. Shadesmar, donde viven los spren. Vosotros procedéis del Reino Físico. La única forma que conozco de pasar allí es que tiren de ti las emociones humanas. A vosotros no os sirve, ya que no sois spren.
—Hay otra forma de pasar de un reino a otro —dijo Celeste—. Yo la he usado.
Su pelo había recuperado la coloración oscura, y a Adolin le pareció que tenía las cicatrices más atenuadas. Esa mujer tenía algo pero que muy raro. Parecía casi una spren ella también.
Celeste soportó su escrutinio y apartó de él la mirada hacia Kaladin y luego hacia Shallan. Por último, dio un profundo suspiro.
—¿Es el momento de contar mi historia?
—Sí, por favor —respondió Adolin—. ¿Has viajado antes por este lugar?
—Vengo de una tierra muy lejana, y llegué a Roshar cruzando este sitio, Shadesmar.
—Muy bien —dijo Adolin—, pero ¿por qué?
—Vine persiguiendo a alguien.
—¿Un amigo?
—Un criminal —repuso ella en voz baja.
—Pero eres militar —dijo Kaladin.
—En realidad, no. Estando en Kholinar, solo me presté a hacer un trabajo que no estaba haciendo nadie más. Creía que tal vez la Guardia de la Muralla tuviera información sobre el hombre al que estoy dando caza. Todo salió mal y me quedé atrapada allí.
—Cuando llegaste a nuestra tierra —dijo Shallan—, ¿usaste una Puerta Jurada para salir de Shadesmar al Reino Físico?
—No. —Celeste rio, meneando la cabeza a los lados—. No sabía ni que existían hasta que Kal me habló de ellas. Usé un portal entre reinos. Lo llaman la Perpendicularidad de Cultivación. En vuestro lado, está situado en los Picos Comecuernos.
—Eso está a cientos de kilómetros de aquí —señaló Adolin.
—Se supone que hay otra perpendicularidad —dijo Celeste—. Es impredecible y peligrosa, y se manifiesta al azar en distintos lugares. Mis guías me previnieron en contra de intentar buscarla.
—¿Guías? —preguntó Kaladin—. ¿Quiénes eran esos guías?
—¿Quiénes van a ser? Spren, por supuesto.
Adolin miró hacia la lejana ciudad que habían abandonado, en la que no faltaban los miedospren ni los dolorspren.
—No como esos —dijo Celeste, riendo de nuevo—. Spren que son personas, como estos dos.
—Lo que me lleva a una pregunta —dijo Adolin, y señaló hacia la spren de los ojos extraños, que volvía hacia ellos—. Esa es el alma de mi hoja esquirlada. Syl es la de Kaladin y Patrón la de Shallan. De modo que… —Señaló el arma que llevaba Celeste al cinto—. Dinos la verdad, Celeste. ¿Eres una Caballera Radiante?
—No.
Adolin tragó saliva. «Dilo.»
—Entonces, eres una Heraldo.
Celeste soltó una carcajada.
—No. Pero ¿qué dices? ¿Una Heraldo? Vienen a ser dioses, ¿verdad? No soy ninguna figura mitológica, ni tengo ganas tampoco. Soy solo una mujer que no ha dejado de estar abrumada por los acontecimientos desde que era adolescente. Creedme.
Adolin lanzó una mirada a Kaladin. Él tampoco parecía convencido.
—De verdad —insistió Celeste—, no hay ningún spren aquí para mi hoja porque es defectuosa. No puedo invocarla ni descartarla, como hacéis vosotros con las vuestras. Es un arma útil, pero ni por asomo está a la altura de las que lleváis vosotros. —Le dio una palmadita—. Bueno, lo que iba a deciros es que en mi última travesía por este sitio, compré pasaje en un barco.
—¿Un barco? —se sorprendió Kaladin—. ¿Navegado por quiénes?
—Por spren. Lo contraté en una de sus ciudades.
—¿Ciudades? —Kaladin miró hacia Syl—. ¿Tenéis ciudades?
—¿Dónde creías que vivimos? —dijo Syl, divertida.
—Los lumispren suelen hacer de guías —prosiguió Celeste—. Les gusta viajar y ver lugares nuevos. Recorren todo el Shadesmar de Roshar, vendiendo puerta a puerta y comerciando con otros spren. Esto… Se supone que debéis ir ojo avizor con los crípticos.
Patrón canturreó satisfecho.
—Sí, somos muy famosos.
—¿Podemos usar el moldeado de almas? —Adolin miró a Shallan—. ¿Podrías crear alimento?
—No creo que fuese a funcionar —respondió Shallan—. Cuando practico el moldeado, cambio el alma de un objeto aquí, en este reino, y eso se refleja en el otro mundo. Si cambiara una cuenta de estas, podría convertirse en algo nuevo en el Reino Físico, pero para nosotros seguiría siendo una cuenta.
—No es imposible encontrar comida y agua aquí —dijo Celeste—, si llegas a una ciudad portuaria. A los spren no les hacen falta esas cosas, pero los humanos que viven aquí, que los hay, necesitan un suministro constante. Con esa luz tormentosa que tenéis, podemos comerciar. Quizá hasta comprar el pasaje a los Picos Comecuernos.
—Tardaríamos mucho —objetó Kaladin—. Alezkar está cayendo ahora mismo, y el Espina Negra nos necesita. Es…
Lo interrumpió un chillido aterrador. Recordaba a dos láminas de acero raspándose entre sí. A ese chirrido se unieron otros, como varios ecos llegando al unísono. Adolin se volvió hacia el ruido, conmocionado por su intensidad. Syl se llevó las manos a los labios y Patrón ladeó su extraña cabeza.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Kaladin.
Celeste empezó a meter el material a toda prisa en el morral de Kaladin.
—¿Recordáis que, antes de dormir, os dije que no nos pasaría nada mientras no atrajéramos a los spren que no debíamos?
—Eh… ¿sí?
—Pues tenemos que irnos. Ya.
