Juramentada

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CUARTA PARTE » 94. Una botellita

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94. Una botellita

SIETE AÑOS ANTES

Del cajón 10-12, zafiro

Dalinar dio un tropezón mientras barría de un manotazo todos los objetos de la cómoda, volcando un plato de sopa caliente. No quería sopa. Arrancó los cajones y llenó de ropa el suelo, humeante por el caldo derramado.

¡Lo habían vuelto a hacer! Le habían quitado las botellas. ¿Cómo se atrevían? ¿Es que no oían los llantos? Rugió, cogió su arcón y lo puso bocabajo. Una petaca cayó rodando junto a la ropa. ¡Por fin! Algo que no habían encontrado.

Apuró los posos que contenía y dio un gemido. Los sollozos resonaban a su alrededor. Niños muriendo. Evi suplicando por su vida.

Necesitaba más.

Pero… un momento, ¿no tenía que estar presentable? ¿La jornada de caza? ¿Era ese día?

«Serás idiota», pensó. La última cacería había sido semanas antes. Había convencido a Gavilar de que lo acompañara a la espesura, y la excursión había ido bien. Dalinar había estado presentable, sobrio, hasta imponente. Una figura salida de las tormentosas canciones. Habían descubierto a esos parshmenios. Qué interesantes eran.

Por un tiempo, apartado de la civilización, Dalinar se había sentido el mismo. Su antiguo yo.

Odiaba a esa persona.

Gruñendo, rebuscó en su enorme guardarropa. Aquel fuerte en el borde oriental de Alezkar era la primera parada civilizada de su regreso a casa. Había devuelto a Dalinar el acceso a las necesidades básicas de la vida. Como el vino.

Casi no oyó que llamaban a la puerta mientras arrojaba hacia atrás las casacas que iba sacando del guardarropa. Al mirar atrás, vio que había dos jóvenes en la puerta. Sus hijos. Bulleron furiaspren a su alrededor. El pelo de ella. Sus ojos críticos. ¿Cuántas mentiras sobre él les habría metido Evi en la cabeza?

—¿Qué pasa? —ladró Dalinar.

Adolin se mantuvo firme. Ya casi tenía diecisiete años, un hombre hecho y derecho. El otro, el inválido, se encogió de miedo. No aparentaba ni siquiera sus… ¿cuántos, doce años? ¿Trece?

—Hemos oído un revuelo, señor —dijo Adolin, sacando mentón—. Pensábamos que quizá necesitaras ayuda.

—No necesito nada. ¡Marchaos! ¡Largo!

Se fueron a toda prisa.

El corazón de Dalinar estaba acelerado. Cerró el guardarropa de un portazo y aporreó la mesita de noche, derribando la lámpara de esferas. Entre resuellos y gimoteos, cayó de rodillas.

Tormentas. Estaba a solo unos días de marcha de las ruinas de Rathalas. ¿Sería por eso que los chillidos sonaban más fuertes ese día?

Una mano se apoyó en su hombro.

—¿Padre?

—Adolin, que no tenga que… —Aún de rodillas, Dalinar se giró y dejó la frase a medias. No era Adolin, sino el otro. Renarin había vuelto, apocado como siempre, con los párpados muy abiertos bajo los anteojos y la mano temblando. Le ofreció algo.

Una botellita.

—Te… —Renarin tragó saliva—. Te la he comprado con las esferas que me dio el rey, porque siempre tardas muy poco en terminarte las que compras tú.

Dalinar se quedó mirando la botella de vino durante un momento interminable.

—Gavilar me esconde el vino —murmuró—. Por eso no queda nada. Es… imposible que… me lo haya bebido todo…

Renarin dio un paso adelante y lo abrazó. Dalinar se crispó, tensándose como para recibir un puñetazo. El chico se aferró a él y no lo soltó.

—Todos hablan de ti —dijo Renarin—, pero se equivocan. Es solo que tienes que descansar después de tanta batalla. Lo sé. Y yo también la echo de menos.

Dalinar se lamió los labios.

—¿Qué os dijo? —preguntó con voz áspera—. ¿Qué decía vuestra madre de mí?

—El único oficial honesto del ejército —dijo Renarin—, el único soldado honorable. Noble, como los mismísimos Heraldos. Nuestro padre, el hombre más grande de toda Alezkar.

Menuda sarta de estupideces. Y aun así, Dalinar se echó a llorar. Renarin lo soltó, pero Dalinar lo agarró y se lo acercó.

«Oh, Todopoderoso. Oh, Dios. Dios, por favor… He empezado a odiar a mis hijos.» ¿Por qué no habían aprendido los chicos a odiarlo a él. Deberían odiarlo. Merecía que lo odiaran.

«Por favor, haré lo que sea. No sé cómo liberarme de esto. Ayúdame. Ayúdame…»

Dalinar, sollozando, se aferró a ese joven, a ese niño, como si fuese lo único auténtico que quedaba en un mundo de sombras.

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