Juramentada

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CUARTA PARTE » 95. Vacío ineludible

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95. Vacío ineludible

Yelig-nar poseía grandes poderes, quizá los de todas las potencias combinadas en una. Podía transformar a cualquier Portador del Vacío en un enemigo peligrosísimo. Curiosamente, he dado con tres leyendas que mencionan el acto de tragarse una gema para iniciar este proceso

De Mítica de Hessi, página 27

Kaladin recorría Shadesmar a paso ligero, tratando con dificultades de controlar la insatisfacción que lo embargaba.

—Mmm… —dijo Patrón mientras sonaba otro chirrido a sus espaldas—. Humanos, debéis detener vuestras emociones. Aquí son sumamente inconvenientes.

El grupo marchaba hacia el sur, por la estrecha franja de tierra que se solapaba con el río en el mundo real. Shallan era la más lenta de todos y le costaba mantener el ritmo, por lo que habían acordado que podía valerse de un poco de luz tormentosa. Era eso o dejar que los spren que chillaban los alcanzaran.

—¿Cómo son? —preguntó Adolin a Celeste, jadeando por el paso vivo—. Dices que ese ruido lo hacen los furiaspren, ¿verdad? ¿Son charcos hirvientes de sangre?

—Eso es lo que se ve en el Reino Físico —dijo Celeste—. Aquí, es solo su saliva, que se acumula cuando babean. Son unos malos bichos.

—Y peligrosos —añadió Syl. Iba correteando por el suelo de obsidiana y no daba signos de cansarse—. Hasta para los spren. Pero ¿cómo los hemos atraído? Nadie estaba enfadado, ¿verdad?

Kaladin intentó de nuevo sofocar su frustración.

—Yo no sentía nada más que cansancio —dijo Shallan.

—Yo estaba abrumado —dijo Adolin—. Todavía lo estoy. Pero no furioso.

—¿Kaladin? —preguntó Syl.

Kaladin miró a los demás y luego a sus propios pies.

—Es que da la sensación… de que estemos dando Kholinar por perdida. Y de que solo me importe a mí. Estabais hablando de cómo conseguir comida, de llegar a los Picos Comecuernos, a una perpendicular y no sé qué más. Pero estamos abandonando a gente en manos de los Portadores del Vacío.

—¡A mí también me importa! —exclamó Adolin—. Muchacho del puente, hablas de mi hogar. Es…

—Lo sé —lo interrumpió Kaladin con brusquedad. Respiró y se obligó a tranquilizarse—. Lo sé, Adolin. Sé que no es racional intentar el regreso por la Puerta Jurada. No sabemos cómo activarla desde este lado, y además es evidente que está corrompida. Mis emociones son irracionales. Intentaré contenerlas, lo prometo.

Se quedaron en silencio.

«No estás enfadado con Adolin —pensó Kaladin con vehemencia—. En realidad, no estás enfadado con nadie. Solo buscas algo a lo que asirte. Algo que sentir.»

Porque la oscuridad estaba llegando.

Se alimentaba del dolor de la derrota, del suplicio de perder a hombres a los que había intentado proteger. Pero podía alimentarse de cualquier otra cosa. ¿La vida iba bien? Pues la oscuridad susurraba que era solo el preludio de una caída más violenta. ¿Shallan miraba a Adolin? Pues debían de haber estado susurrando sobre él. ¿Dalinar lo enviaba a proteger a Elhokar? Pues seguro que el alto príncipe solo quería quitarse a Kaladin de en medio.

En eso había fallado, de todas formas. Cuando Dalinar se enterara de que Kholinar había caído…

«Vete —pensó Kaladin, cerrando los ojos con fuerza—. ¡Vete, vete, vete!»

La penumbra permanecería hasta que la insensibilidad le resultara preferible. Y entonces esa insensibilidad lo reclamaría y le dificultaría ponerse a hacer cualquier cosa. Se convertiría en un vacío ineludible y apagado desde el que todo le parecería desleído. Muerto.

Desde ese lugar oscuro, había querido traicionar sus juramentos. Desde ese lugar oscuro, había entregado el rey a asesinos.

Al cabo de un tiempo, los chillidos se perdieron en la lejanía. Syl supuso que los furiaspren se habrían visto atraídos hacia las cuentas, en dirección a Kholinar y las poderosas emociones que contenía. El grupo siguió adelante. Solo había una dirección en la que caminar: hacia el sur, siguiendo la angosta península de obsidiana que atravesaba el océano de cuentas.

—Cuando viajé en este reino la vez anterior —dijo Celeste—, cruzamos varias penínsulas como esta. Siempre tenían faros en los extremos. A veces parábamos en ellos para abastecernos.

—Sí —convino Syl, asintiendo—. Los recuerdo. Sirven para que los barcos vean los salientes de tierra a las cuentas. Debería haber uno al final de esto… aunque parece largo, pero que muy largo. Tendremos que pasar varios días andando.

—Por lo menos, tenemos un objetivo —dijo Adolin—. Viajamos al sur, llegamos al faro y confiamos en poder coger un barco allí.

Adolin caminaba con un brío insufrible, como si en realidad aquel lugar terrible lo emocionara. Seguro que el muy idiota ni siquiera entendía las consecuencias de…

«Para. ¡Que pares! Ese hombre te ha ayudado.»

Tormentas. Kaladin se odiaba cuando se ponía así. Si intentaba vaciar la mente, derivaba hacia el vacío de la oscuridad. Pero si se permitía pensar, empezaba a recordar lo que había ocurrido en Kholinar. Hombres a los que apreciaba, matándose entre ellos. Una perspectiva horrible, aterradora.

Alcanzaba a comprender a demasiadas facciones. Los parshmenios, iracundos por los años que habían estado esclavizados, intentando derrocar un gobierno corrupto. Los alezi, protegiendo sus hogares de monstruos invasores. Elhokar, tratando de salvar a su hijo. Los guardias de palacio, queriendo cumplir sus juramentos.

Demasiados ojos a través de los que mirar. Demasiadas emociones. ¿Eran sus únicas dos alternativas? ¿Dolor u olvido?

«Combátelo.»

Siguieron caminando y Kaladin intentó desviar la atención a su entorno para alejarla de sus propios pensamientos. La fina península no era terreno baldío, como había creído al principio. En sus bordes crecían unas plantas pequeñas y frágiles, parecidas a helechos. Cuando preguntó, Syl le dijo que crecían allí igual que las plantas en el Reino Físico.

Casi todas eran negras, pero en ocasiones tenían colores vivos, fundidos como en el cristal tintado. Ninguna le pasaba de las rodillas, y la mayoría le llegaban solo a los tobillos. Se sentía fatal cada vez que rozaba una y la planta se desmoronaba.

El sol no parecía cambiar de posición en el suelo, por mucho tiempo que marcharan. Entre los espacios que dejaban las nubes solo vislumbraba negrura. Ni estrellas ni lunas. Eterna, inacabable oscuridad.

Acamparon para pasar lo que debía haber sido la noche y caminaron todo el día siguiente. Kholinar se perdió en la distancia a sus espaldas, pero siguieron adelante: Celeste en primer lugar, luego Patrón, Syl y Kaladin, con Shallan y Adolin al final, seguidos por la spren de Adolin. Kaladin habría preferido ocupar la retaguardia, pero si lo intentaba, Adolin volvía a situarse en último lugar. ¿Qué pensaba el dichoso principito, que Kaladin se quedaría atrás si no lo vigilaba?

Syl andaba junto a él, bastante silenciosa. Haber vuelto a ese lado la afligía. Miraba las cosas, como alguna planta con color que encontraban de vez en cuando, y echaba la cabeza a un lado como intentando recordar. «Es como un sueño del tiempo que pasé muerta», había dicho cuando le preguntó.

Acamparon otra noche y echaron a andar de nuevo. Kaladin no desayunó; sus raciones estaban prácticamente agotadas. Además, prefería que le rugiera el estómago. Le recordaba que estaba vivo. Le daba algo en que pensar que no fuesen los hombres que había perdido.

—¿Dónde vivías? —preguntó a Syl, cargado aún con su morral, sin dejar de poner un pie tras otro en la península de apariencia infinita—. Cuando eras joven, en este lado.

—Muy al oeste —dijo ella—. ¡En una gran ciudad gobernada por honorspren! Pero no me gustaba. Quería viajar, pero mi padre no me dejaba salir de la ciudad, sobre todo después de… ya sabes…

—No estoy nada seguro de saberlo.

—Vinculé a un Caballero Radiante. ¿No te había hablado de él? Recuerdo… —Cerró los ojos mientras andaba, con la cabeza alzada, como si se deleitara con un viento que él no podía sentir—. Lo vinculé poco después de nacer. Era un hombre anciano, amable, pero también luchó. En una batalla. Y murió. —Abrió los ojos de golpe—. Eso fue hace mucho tiempo.

—Lo lamento.

—No pasa nada. No estaba bien preparada para el vínculo. Los spren solemos soportar la muerte de nuestro Radiante, pero yo… me perdí cuando lo perdí a él. Al final resultó ser una casualidad mórbida, porque poco después llegó la Traición. Los hombres renunciaron a sus juramentos, lo que mató a mis hermanos. Yo sobreviví, porque en ese momento no tenía un vínculo.

—¿Y el Padre Tormenta te encerró?

—Mi padre dio por hecho que me habían matado junto a los demás. Me encontró dormida después de lo que debieron ser… caramba, mil años en vuestro lado. Me despertó y me llevó a casa. —Syl se encogió de hombros—. Y me prohibió salir de la ciudad. —Cogió a Kaladin del brazo—. Fue un necio, igual que los otros honorspren nacidos después de la Traición. Sabían que se avecinaba algo, pero no quisieron hacer nada. Y yo te oí llamarme, incluso desde tan lejos…

—¿El Padre Tormenta te dejó salir? —preguntó Kaladin, aturdido por las confesiones. Aquello era más de lo que había averiguado sobre ella desde… bueno, desde siempre.

—Me escabullí —dijo ella con una sonrisa divertida—. Renuncié a mi mente y pasé a tu mundo para esconderme entre los vientospren. Desde este lado apenas los vemos, ¿lo sabías? Algunos spren viven casi por completo en tu reino. Supongo que allí siempre hay viento en algún sitio, así que no se disipan como las pasiones. —Sacudió la cabeza—. ¡Vaya!

—¿Vaya? —dijo Kaladin—. ¿Te has acordado de algo?

—¡No! ¡Vaya! —Señaló, dando saltitos—. ¡Mira!

A lo lejos, una intensa luz amarilla brillaba como una chispa en un paisaje por lo demás apagado.

Era un faro.

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