Juramentada

Juramentada


QUINTA PARTE » 122. Una deuda saldada

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«Arrebatamos las hojas esquirladas a las mujeres —pensó Dalinar, con una mirada a la que tenía en la pared delante del escritorio—, y ellas nos quitaron la lectura y la escritura. Me pregunto quién salió mejor parado.»

—¿Has pensado en cómo reaccionarán Kadash y los fervorosos a que hayas aprendido a leer? —preguntó Navani.

—Ya me han excomulgado. Mucho más no pueden hacerme.

—Podrían marcharse.

—No —dijo Dalinar—. No creo que lo hagan. En realidad, creo… que estoy haciéndome entender por Kadash. ¿Lo has visto en la boda? Ha estado leyendo lo que escribieron los antiguos teólogos, buscando justificación al vorinismo moderno. No quiere creerme, pero pronto dejará de poder evitarlo.

Navani parecía escéptica.

—Otra cosa —dijo Dalinar—. ¿Cómo se enfatiza una palabra?

—Con estas marcas de aquí, por encima y por debajo de la palabra que quieres resaltar.

Dalinar asintió en agradecimiento, mojó la pluma y reescribió lo que había enseñado a Navani, haciéndole los cambios pertinentes.

Las palabras más importantes que puede pronunciar un hombre son: «Lo haré mejor.» No son las palabras más importantes que pueda pronunciar cualquier hombre. Yo soy hombre, y son ellas las que necesitaba decir.

El antiguo código de los Caballeros Radiantes reza: «Viaje antes que destino.» Algunos lo consideran un simple lugar común, pero es mucho más. Un viaje incluirá dolor y fracaso. No son solo los pasos adelante los que debemos aceptar, sino también los traspiés. Las dificultades. El conocimiento de que fracasaremos. De que haremos daño a quienes nos rodean.

Pero si nos detenemos, si aceptamos la persona que somos al caer, el viaje concluye. Ese fracaso pasa a ser nuestro destino.

Amar el viaje implica no aceptar ese final. He descubierto, por medio de dolorosas experiencias, que el paso más importante que puede dar alguien es siempre el siguiente.

Sin duda, habrá quien se sienta amenazado por esta narración. Quizá unos pocos se sientan liberados. La mayoría, simplemente, sentirá que no debería existir.

Debo escribirla de todos modos.

Se reclinó, complacido. Parecía que al abrir ese portal, había accedido a un nuevo mundo. Podría leer El camino de los reyes. Podría leer la biografía de Gavilar que había escrito su sobrina. Podría escribir sus propias órdenes para que las cumplieran los hombres.

Y lo más importante de todo, podría escribir aquello. Sus pensamientos. Sus dolores. Su vida. Miró hacia un lado, donde Navani había dejado el puñado de páginas en blanco que Dalinar le había pedido que trajera. Eran muy pocas. Poquísimas.

Volvió a mojar la pluma.

—¿Querrías cerrar otra vez las puertas de la terraza, gema corazón? —pidió a Navani—. La luz del sol me distrae de la otra luz.

—¿Otra luz?

Dalinar asintió, pensativo. ¿Qué venía ahora? Volvió a alzar la mirada hacia la conocida hoja esquirlada. Era amplia como él —y a veces espesa, también como él— y tenía forma de gancho en la punta. Aquella arma era el mejor símbolo tanto de su honor como de su desgracia. Debería pertenecer a Roca, el hombre del puente comecuernos. La había ganado al matar a Amaram, junto con otras dos esquirlas.

Pero Roca había insistido en que Dalinar recuperara a Juramentada. Una deuda saldada, le había explicado el Corredor del Viento. Dalinar, reacio, había aceptado la hoja esquirlada, que manipulaba solo a través de una tela.

Mientras Navani cerraba las puertas de la terraza, Dalinar cerró los ojos y sintió la calidez de una luz distante, inadvertida. Sonrió y, con mano insegura, como las piernecitas de un niño al dar sus primeros pasos, cogió otra página y escribió un título para el libro:

Juramentada, mi gloria y mi vergüenza

Escrito por la mano de Dalinar Kholin

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