Juramentada
Epílogo
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Epílogo

Todo el buen arte es odiado —dijo Sagaz.
Avanzó en la cola, junto con unas doscientas otras personas, un deprimente pasito.
—Es de una dificultad obscena, si no imposible, crear algo que nadie odie —prosiguió Sagaz—. En cambio, es de una facilidad increíble, si no esperado, crear algo que nadie ame.
Semanas después de la caída de Kholinar, la ciudad seguía oliendo a humo. Aunque sus nuevos dirigentes habían sacado a decenas de miles de humanos para trabajar en las granjas, el traslado completo tardaría meses, quizá incluso años.
Sagaz dio un golpecito al hombre que tenía delante en el hombro.
—Y tiene todo el sentido del mundo, si te paras a pensarlo. El arte es emoción, examen e ir a sitios donde nadie ha ido antes para descubrir e investigar cosas nuevas. La única manera de crear algo que no odie nadie es asegurarse de que tampoco pueda amarse. Si quitas la suficiente especia de una sopa, te quedas solo con agua.
El tosco hombre que tenía delante lo miró un momento y volvió a girar la cabeza hacia el frente de la cola.
—Los gustos humanos son tan variados como las huellas dactilares —dijo Sagaz—. A nadie le gusta todo, a todos les desagrada algo, alguien ama algo que tú odias… pero al menos, que te odien es mejor que nada. Por aventurar una metáfora, a menudo un cuadro grandioso lo es por sus contrastes: los brillos más brillantes, las oscuridades más oscuras. No una papilla gris. Que algo se odie no demuestra que sea buen arte, pero sin duda la ausencia de odio demuestra que no lo es.
Dieron otro pasito adelante.
Sagaz volvió a dar un golpecito en el hombro de delante.
—Y es por eso, mi querido señor, que cuando afirmo que eres la mismísima repulsión encarnada, no pretendo más que mejorar mi arte. Eres tan feo que parece que alguien haya intentado, en vano, sacarte los granos de la cara mediante la aplicación agresiva de papel de lija. Eres menos un ser humano que un montón de excrementos con aspiraciones. Si alguien cogiera un palo y te golpeara repetidas veces, solo serviría para embellecerte el semblante.
»Tu rostro desafía toda descripción, pero solo porque provocó náuseas a todas las poetas. Eres lo que los padres usan para asustar a los niños y que obedezcan. Te diría que te pusieras un saco en la cabeza, pero ¡piensa en el pobre saco! Los teólogos te utilizan como prueba de que Dios existe, pues tamaña fealdad solo puede ser intencionada.
El hombre no respondió. Sagaz le dio otro golpecito y él musitó algo en thayleño.
—No hablas alezi, ¿verdad? —preguntó Sagaz—. Pues claro que no. —¿Cómo iba a hacerlo?
Bueno, repetirlo todo en thayleño le resultaría monótono. Así que Sagaz se coló por delante del hombre. Con ello, por fin provocó una reacción. El hombre fornido agarró a Sagaz, le dio la vuelta y le atizó un puñetazo en toda la cara.
Sagaz cayó de espaldas contra el suelo de piedra. La cola siguió con sus movimientos interrumpidos, sus miembros negándose a mirarlo. Con cautela, Sagaz se metió un dedo en la boca. Sí… parecía que…
Le saltó un diente.
—¡Éxito! —exclamó en thayleño, aunque con un leve ceceo—. Gracias, señor mío. Me alegra que aprecies mi arte representativo, que he llevado a cabo pasándote delante en la cola.
Sagaz tiró el diente a un lado, se levantó y empezó a sacudirse el polvo de la ropa. Se obligó a parar. A fin de cuentas, había trabajado duro para colocar ese polvo donde estaba. Metió las manos en los bolsillos de su raído abrigo marrón y recorrió encorvado un callejón. Pasó ante gimoteantes humanos que pedían entre lágrimas la liberación, la piedad. Lo absorbió y permitió que se reflejara en él.
No era una máscara que se puso. Tristeza real. Dolor real. Los sollozos resonaron a su alrededor mientras llegaba a la parte de la ciudad más próxima al palacio. Solo los más desesperados o los más hundidos en la miseria se atrevían a permanecer allí, cerca de los invasores y el núcleo de su creciente poder.
Rodeó el patio que había frente a la escalinata. ¿Era el momento de su gran actuación? Por extraño que pareciera, se descubrió reacio. En el momento en que subiera aquellos peldaños, estaba comprometiéndose a abandonar la ciudad.
Había encontrado un público mucho mejor entre esa pobre gente que el que había tenido entre los ojos claros de Alezkar. Había disfrutado de su estancia allí. Por otra parte, si Rayse se enteraba de que Sagaz estaba en la ciudad, ordenaría a sus fuerzas que la arrasaran, y lo consideraría un precio excelente a cambio incluso de la posibilidad más nimia de acabar con él.
Sagaz remoloneó un poco y luego cruzó el patio, manteniendo conversaciones en voz baja con varias personas que había llegado a conocer a lo largo de las semanas. Terminó acuclillándose junto a Kheni, que seguía meciendo su cuna vacía, mirando con ojos torturados hacia el extremo opuesto de la plaza.
—La cuestión radica —susurró a la mujer— en cuántas personas tienen que amar una obra de arte para que merezca la pena. Si inevitablemente vas a inspirar el odio, ¿cuánto deleite es necesario para equilibrar el riesgo?
Ella no respondió. Su marido, como de costumbre, vagaba por allí cerca.
—¿Cómo tengo el pelo? —preguntó Sagaz a Kheni—. O su ausencia.
De nuevo, no obtuvo respuesta.
—El diente que falta es un añadido nuevo —dijo Sagaz, tocando el agujero—. Creo que le dará ese toque especial.
Tenía unos cuantos días, con su sanación reprimida, hasta que el diente volviera a crecer. El brebaje exacto le había hecho perder el pelo en varias zonas de la cabeza.
—¿Debería sacarme un ojo?
Kheni alzó la mirada hacia él, incrédula.
«Conque sí que escuchas. —Le dio una palmadita en el hombro—. Una más. Una más y me voy.»
—Espera aquí —le dijo, y tomó un callejón hacia el norte.
Recogió unos harapos del suelo, los restos de un disfraz de spren. Ya no se veía tanto por allí a esa gente. Sacó un cordel del bolsillo y rodeó con él los harapos.
Varios edificios próximos habían caído bajo los ataques del tronador. Sintió vida en uno y, cuando se acercó, una carita sucia asomó de entre unos escombros.
Sagaz sonrió a la niña pequeña.
—Hoy tienes los dientes raros —le dijo ella.
—A eso debo plantear objeciones, ya que la parte rara no son los dientes, sino su ausencia. —Extendió los brazos hacia ella, pero la niña se agachó y volvió dentro.
—No puedo dejar a mami —susurró.
—Lo comprendo —dijo Sagaz. Sacó los harapos y el cordel en los que había trabajado antes, dándoles la forma de una muñeca pequeña—. La respuesta a la pregunta lleva un tiempo eludiéndome.
La carita volvió a asomar, mirando la muñeca.
—¿La pregunta?
—La he hecho antes —dijo Sagaz—. No podías oírla. ¿Conoces la respuesta?
—Eres raro.
—Respuesta correcta, pero pregunta errónea. —Hizo caminar a la muñeca por la calle destrozada.
—¿Es para mí? —susurró la niña.
—Debo irme de la ciudad —dijo él—, y no me la puedo llevar. Tiene que cuidarla alguien.
Una mano mugrosa se extendió hacia la muñeca, pero Sagaz la apartó.
—Le da miedo la oscuridad. Tienes que tenerla a la luz.
La mano desapareció en las sombras.
—No puedo dejar a mami.
—Pues es una pena. —Sagaz se llevó la muñeca a los labios y susurró unas palabras selectas.
Cuando la dejó en el suelo, la muñeca echó a andar por sí misma. Entre las sombras sonó un leve respingo. La pequeña muñeca se tambaleó en dirección a la calle, paso a paso a paso…
La niña, que tendría unos cuatro años, por fin salió de entre las sombras y corrió para coger la muñeca. Sagaz se levantó y se quitó el polvo del abrigo, que ahora era gris. La niña abrazó la creación improvisada y Sagaz la levantó del suelo y dio la espalda al edificio derrumbado… y a los huesos de una pierna que salían de los escombros nada más entrar.
Llevó a la niña de vuelta a la plaza, apartó la cuna vacía de delante de Kheni y se arrodilló ante ella.
—En respuesta a mi pregunta, creo… que solo es necesaria una.
Ella parpadeó y fijó la mirada en la niña que Sagaz llevaba en brazos.
—Debo irme de la ciudad —dijo Sagaz—, y tiene que cuidarla alguien.
Esperó hasta que, por fin, Khen adelantó los brazos. Sagaz puso a la niña en ellos y se levantó. El marido de Khen cogió a Sagaz del brazo, sonriendo.
—¿Puedes no quedarte un poquito más?
—Diría que eres el primero que me pregunta eso jamás —repuso Sagaz—. Y en verdad, el sentimiento me asusta. —Vaciló un momento, se inclinó hacia abajo y tocó la muñeca en manos de la niña. Le susurró—: Olvida lo que te he dicho antes. En vez de eso, cuídala a ella.
Se volvió y empezó a subir la escalinata hacia el palacio.
Se metió en el papel mientras caminaba. El tic de locura, los pies arrastrados. Se puso un ojo bizco y se encorvó, hizo su respiración más rasposa con alguna inhalación fuerte entremezclada. Murmuró para sus adentros y enseñó los dientes, pero no el que le faltaba, pues eso sería imposible.
Entró en la sombra del palacio y vio a la centinela flotando en el aire, con el viento agitando sus largas vestiduras. Se llamaba Vatwha. Miles de años antes, había bailado con ella. Como a todos los demás, después la habían entrenado para vigilar por si aparecía él.
Pero no lo bastante bien. Cuando pasó por debajo de ella, le dedicó la más breve de las miradas. Sagaz decidió no tomárselo a malas, ya que era lo que quería. Necesitaba ser una sopa tan desleída que fuese agua. Menudo dilema. En este caso, su arte era mejor si no se apreciaba.
Quizá tendría que revisar su filosofía.
Pasó ante el puesto de guardia y se preguntó si a alguien más le resultaría anómalo que los Fusionados pasaran tanto tiempo cerca de aquella sección derrumbada del palacio. ¿Se preguntaría alguien por qué ponían tanto empeño en despejar cascotes, en derribar paredes?
Era bueno saber que su corazón aún podía emocionarse por una actuación. Se aproximó encorvado a la zona de obras y un par de guardias cantores más mundanos le ordenaron entre maldiciones que siguiera hacia los jardines, con los otros mendigos. Sagaz se inclinó varias veces e intentó venderles unas baratijas que llevaba en el bolsillo.
Uno lo apartó de un empujón, de modo que se fingió temeroso, pasó correteando entre ellos y subió la rampa que llevaba a la zona de obras en sí. Había unos trabajadores partiendo rocas y una mancha de sangre en el suelo. Los dos guardias cantores le gritaron que se marchara. Sagaz adoptó una pose asustada y obedeció a toda prisa, pero tropezó y cayó contra la pared del palacio, una parte que aún seguía en pie.
—Escucha —susurró a la pared—, no te quedan muchas opciones ahora mismo.
Por encima, los Fusionados se volvieron para mirarlo.
—Sé que preferirías a otra persona —dijo Sagaz—, pero no es momento de ponernos quisquillosos. Ahora estoy convencido de que el motivo de que haya venido a la ciudad es encontrarte.
Los dos guardias cantores se acercaron, uno haciendo inclinaciones de disculpa a los Fusionados del aire. Seguían sin comprender que ese tipo de comportamiento no impresionaría a los antiguos cantores.
—O te vienes conmigo ahora —dijo Sagaz a la pared— o esperas hasta que te capturen. La verdad es que ni siquiera sé si tienes mente con la que escucharme. Pero si la tienes, debes saber esto: te daré verdades. Y me sé unas cuantas muy jugosas.
Los guardias llegaron a él. Sagaz los empujó y volvió a dar contra la pared.
Algo salió de una grieta de la pared. Era un Patrón móvil que parecía dar relieve a la piedra. Cruzó a la mano de Sagaz, que este metió en sus harapos mientras los guardias lo cogían por las axilas para sacarlo a los jardines y arrojarlo entre los mendigos que había allí.
Cuando los guardias se hubieron marchado, Sagaz rodó y miró el Patrón que le estaba cubriendo la mano. Parecía tiritar.
—Vida antes que muerte, pequeñín —susurró Sagaz.
FIN
Libro tercero
EL ARCHIVO DE LAS TORMENTAS


