Juramentada

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QUINTA PARTE » 117. Campeón de nueve sombras

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117. Campeón de nueve sombras

Cuidado con los venidos de otro mundo. Con los traidores. Con los de dulces lenguas pero mentes sanguinarias. No los aceptéis en vuestras casas. No los auxiliéis. Con razón se los llamó Portadores del Vacío, pues portaban consigo el vacío, el pozo hueco que absorbe toda emoción. Un nuevo dios. Su dios.

Del Eila Stele

Dalinar salió a los escombros, sus botas raspando piedra. El aire parecía demasiado quieto allí fuera, cerca de la tormenta roja. Estancado. ¿Cómo podía estar tan inmóvil el aire?

El ejército de Amaram vacilaba fuera del hueco. Algunos hombres ya habían entrado, pero el grueso de las tropas estaba formando para esperar su turno.

Si querías asaltar de ese modo una ciudad, había que ir con cuidado de no empujar demasiado a tus propias fuerzas desde detrás, por si las aplastabas contra el enemigo.

Los soldados mantenían unas filas irregulares, rugiendo, con los ojos rojos. Pero lo más revelador era que estaban haciendo caso omiso a la fortuna que tenían a sus pies. Un campo de esferas y gemas, todas opacas, que había arrojado a la explanada el tronador que había destruido la reserva.

Lo que querían esos hombres era sangre. Dalinar casi podía saborear su ansia por la batalla, por el desafío. ¿Qué los retenía?

Dos tronadores avanzaron pisoteando hacia la muralla. Una neblina roja flotó entre los hombres. Imágenes de guerra y muerte. Una tormenta letal. Dalinar enfrentándose solo a ella. Un hombre. Todo lo que quedaba de un sueño roto.

—A ver —dijo una voz repentina desde su derecha—, ¿cuál es el plan?

Dalinar frunció el ceño y bajó la mirada para encontrar a una chica reshi de pelo largo, vestida con un pantalón y una sencilla camisa.

—¿Lift? —dijo Dalinar en azishiano—. ¿No te habías marchado?

—Claro que sí. ¿Qué le pasa a tu ejército?

—Ahora es de él.

—¿Te olvidaste de darles de comer?

Dalinar miró a los soldados, cuyas filas parecían más manadas que verdaderas formaciones de batalla.

—Quizá no lo intenté lo suficiente.

—¿Estabas… pensando en luchar tú solo contra todos ellos? —preguntó Lift—. ¿Con un libro?

—Sí.

Lift negó con la cabeza.

—Vale, claro. ¿Por qué no? ¿Qué quieres que haga yo?

La chica no encajaba en la imagen convencional de un Caballero Radiante. Con menos de metro y medio de estatura, delgada y nervuda, parecía más una granuja callejera que una Caballera Radiante.

Pero era todo lo que tenía.

—¿Tienes un arma? —preguntó Dalinar.

—Qué va. No sé leer.

—No sabes… —Dalinar bajó la mirada a su libro—. Me refería a un arma de verdad, Lift.

—¡Ah! Sí, de esas tengo una. —Echó la mano a un lado y la bruma se concentró en una pequeña y brillante hoja esquirlada.

O más bien no. Era solo una porra. Una porra plateada con una rudimentaria guarnición.

Lift se encogió de hombros.

—A Wyndle no le gusta hacer daño a la gente.

«¿No le gusta…?» Dalinar parpadeó. ¿En qué clase de mundo vivía, con espadas a las que no les gustaba hacer daño a la gente?

—Hace poco ha escapado un Fusionado de esta ciudad —dijo Dalinar—, llevando un rubí enorme. No sé por qué lo querían, y prefiero no averiguarlo. ¿Puedes robárselo?

—Claro. Fácil.

—Encontrarás a una Fusionada que puede moverse con un poder parecido al tuyo.

—Lo que te he dicho: fácil.

—¿Fácil? Creo que vas a averiguar que…

—Tranquilo, abuelo. Robar la piedra. Puedo hacerlo. —Respiró hondo y estalló en luz tormentosa. Sus ojos se volvieron de un blanco brillante y perlado—. ¿Solo somos nosotros dos, entonces?

—Sí.

—Vale. Buena suerte con el ejército.

Dalinar volvió a mirar hacia los soldados y vio materializarse una figura, vestida de oro, sosteniendo un cetro como si fuera un bastón.

—No es el ejército lo que me preocupa —dijo, pero Lift ya estaba corriendo, muy deprisa y pegada a la muralla para rodear el perímetro enemigo.

Odium se acercó paseando hasta Dalinar, seguido por unos pocos Fusionados, la mujer a la que había arrastrado a sus visiones y un spren sombrío que parecía hecho de humo revuelto. ¿Qué era eso?

Odium no habló a Dalinar al principio, sino a sus Fusionados.

—Decid a Yushah que quiero que se quede aquí y vigile la prisión. Kai-garnis ha hecho un buen trabajo destruyendo la muralla. Que vuelva a la ciudad y suba hacia la Puerta Jurada. Si los Tisark no pueden asegurarla, deberá destruir el aparato y recuperar sus gemas. Podremos reconstruirla mientras no se dañe a los spren.

Se marcharon dos Fusionados, cada uno corriendo hacia uno de los enormes tronadores. Odium apoyó las dos manos sobre su cetro y sonrió a Dalinar.

—Bueno, amigo mío. Aquí estamos y ha llegado el momento. ¿Estás preparado?

—Sí.

—Bien, bien. Pues empecemos.

Los dos Fusionados flotaban cerca de Adolin, fuera de su alcance inmediato, admirando la obra ilusoria de Shallan. Él hizo todo lo posible por encajar, blandiendo su arpón como un loco. No estaba seguro de dónde había ido Syl, pero Patrón parecía estar pasándolo bien, moviendo una rama de cristal a los lados con un agradable canturreo. Un Fusionado dio un codazo a la otra y señaló a Shallan, en quien acababa de fijarse. Ninguno dio señas de preocuparse porque pudiera abrir la Puerta Jurada, lo que era mala señal. ¿Qué sabían sobre el dispositivo que no supiera el equipo de Adolin?

Los Fusionados dejaron de mirar a Shallan y retomaron su conversación en un idioma que Adolin no comprendía. Uno fue señalando las ilusiones y haciendo ademán de atacar con la lanza. La otra negó con la cabeza, y Adolin casi pudo interpretar su respuesta: «Ya hemos intentado apuñalarlos a todos. No paran de mezclarse, así que es difícil llevar la cuenta.»

En vez de eso, la mujer sacó un cuchillo, se cortó la mano y la sacudió hacia las ilusiones. Una sangre anaranjada cayó a través de ellas sin dejar mancha, pero en la mejilla de Adolin salpicó. Adolin sintió que el corazón le daba un vuelco e intentó limpiarse la sangre con disimulo, pero la mujer hizo un gesto hacia él con una sonrisa satisfecha. El varón la saludó llevándose un dedo a la cabeza, bajó su lanza y voló derecho hacia Adolin.

Condenación.

Adolin se apartó, pasando a través de una ilusión del capitán Notum y haciendo que se difuminara. Volvió a componerse y se deshizo por segunda vez cuando el Fusionado la atravesó, con la lanza levantada hacia la espalda de su presa.

Adolin se giró y bloqueó con el arpón, desviando la lanza, pero de todos modos el Fusionado se estrelló contra él y lo envió hacia atrás. Adolin se dio un fuerte cabezazo contra el puente de piedra y vio las estrellitas.

Con la visión borrosa, intentó recuperar el arpón, pero el Fusionado envió el arma resbalando por el suelo con la contera de su lanza. Hecho eso, la criatura se posó con suavidad en el puente y su túnica ondeante se asentó.

Adolin sacó su cuchillo de cinto y se obligó a levantarse, inestable. El Fusionado bajó su lanza en un agarre a dos manos bajo el brazo y esperó.

Cuchillo contra lanza. Adolin respiró, preocupado por la otra Fusionada, que había salido volando hacia Shallan. Trató de recordar las lecciones de Zahel, los días en el patio de prácticas en los que habían entrenado esa combinación exacta. Jakamav había rehusado participar, riéndose de la idea de que un portador de esquirlada tuviera que luchar jamás a cuchillo contra una lanza.

Adolin cambió de agarre y, con la punta del cuchillo hacia abajo, lo alzó por delante para poder desviar los lanzazos. Zahel le susurraba. «Espera a que tu adversario ataque, bloquea o esquiva y entonces agarra su lanza con la mano izquierda. Tira de ella para acercarte lo suficiente y clavarle el cuchillo en el cuello.»

Bien. Eso podía hacerlo.

Había muerto siete veces de cada diez intentándolo contra Zahel, por supuesto.

«Que los vientos te bendigan de todos modos, viejo sabueso-hacha», pensó. Adolin adelantó un paso, tanteando, y esperó el ataque. Cuando llegó, Adolin desvió la punta de la lanza con el cuchillo y echó mano a…

El enemigo flotó hacia atrás con un movimiento antinatural, demasiado rápido. Ningún humano ordinario podría haberse movido así. Adolin trastabilló e intentó reconsiderar la situación. El Fusionado, sin esfuerzo aparente, volvió a nivelar la lanza y con el mismo gesto fluido se la clavó a Adolin en el abdomen.

Adolin se quedó sin aliento por la aguda punzada de dolor y se agachó, sintiendo sangre en las manos. El Fusionado casi parecía aburrido cuando tiró de la lanza para sacar la punta, que brilló roja con la sangre de Adolin, y luego soltó el arma. La criatura aterrizó y desenvainó una espada de aspecto temible. Avanzó, desvió a un lado el débil intento de parada que hizo Adolin y alzó la espada para rematarlo.

Alguien saltó encima del Fusionado desde detrás y empezó a arañarlo.

Era una figura de ropa harapienta, una mujer furiosa con enredaderas verdes en vez de piel y los ojos raspados. Adolin se quedó boquiabierto mientras su ojomuerto rastrillaba la cara del fusionado con sus largas uñas, haciéndolo retroceder a trompicones, y canturreando al mismo tiempo. El Fusionado atravesó con su espada el pecho de la spren, pero no le hizo ni por asomo el daño que esperaba. La mujer se limitó a dar un chillido como de cuando Adolin intentó invocar su hoja y siguió atacando.

Adolin se sacudió. «¡Huye, idiota!»

Con una mano en la herida de la tripa y un intenso dolor a cada paso que daba, cruzó el puente hacia Shallan.

Tus subterfugios no nos embaucarán ni mermarán nuestra resolución, Tejedora de Luz, dijeron los guardianes. Pues ciertamente esto no es cuestión de decidir, sino de nuestra naturaleza. El sendero permanecerá cerrado.

Shallan dejó que la ilusión se fundiera en torno a ella y se dejó caer al suelo, exhausta. Había probado a suplicar, lisonjear, gritar e incluso tejer luz. No servía de nada. Había fracasado. Sus ilusiones del puente empezaban a flaquear y desvanecerse, quedándose sin luz tormentosa.

A través de ellas llegó disparada una Fusionada que dejaba una estela de energía oscura, con su lanza nivelada directamente hacia Shallan. Se arrojó a un lado y la esquivó por los pelos. La criatura salió volando con un silbido de aire, redujo la velocidad y se volvió para dar otra pasada.

Shallan se levantó de un salto antes.

—¡Patrón! —gritó, echando adelante las manos por instinto e intentando invocar la hoja. Una parte de ella se quedó impresionada de haber tenido esa reacción. Adolin estaría orgulloso.

No funcionó, claro. Patrón se disculpó en voz muy alta desde el puente, muy nervioso. Y aun así, en ese momento, enfrentada a una enemiga que se cernía sobre ella, con una lanza apuntándole al corazón, Shallan sintió algo. A Patrón, o algo parecido a él, justo al límite de su alcance mental. En el otro lado, y si tan solo pudiera tirar de ello, alimentarlo…

Chilló mientras la luz tormentosa fluía por todo su cuerpo, encendiéndole las venas, intentando alcanzar algo que llevaba en el bolsillo.

Delante de ella apareció un muro.

Shallan dio un respingo. Un enfermizo sonido de aplastamiento al otro lado del muro le indicó que la Fusionada había hecho colisión contra él.

Un muro. Un tormentoso muro de piedra labrada, rota en ambos lados. Shallan miró hacia abajo y vio que su bolsillo, el de los pantalones blancos de Velo que aún llevaba puestos, estaba conectado con el extraño muro.

¿Qué era aquello? Sacó su pequeño cuchillo y cortó el bolsillo. Al hacerlo, salió tropezando hacia atrás. En el centro del muro había una pequeña cuenta, fundida con la piedra.

«Es la cuenta que he usado para cruzar el mar de abajo», pensó Shallan. Lo que había hecho le daba la misma sensación que el moldeado de almas, y a la vez distinta.

Patrón llegó corriendo hacia ella, zumbando mientras dejaba el puente. ¿Dónde estaban Adolin y Syl?

—He cogido el alma del muro —dijo Shallan— y he hecho que su forma física aparezca en este lado.

—Mmm. Creo que estas cuentas son más mentes que almas, pero sí que la has manifestado aquí. Muy bien hecho. Aunque te falta práctica. Mmm. No permanecerá mucho tiempo.

Los bordes ya empezaban a descomponerse en humo. Un sonido rasposo al otro lado reveló que la Fusionada no estaba vencida, solo aturdida. Shallan le dio la espalda y corrió por el puente, alejándose de los inmensos centinelas. Pasó junto a algunas ilusiones y recuperó un poco de su luz tormentosa. Muy bien, ¿dónde estaba…?

Adolin. ¡Sangrando!

Shallan corrió hacia él y lo cogió por el brazo, intentando mantenerlo en pie mientras él daba tumbos.

—Es solo un cortecito —dijo él. La sangre escapaba de entre sus dedos, que tenía apretados contra la tripa, justo por debajo del ombligo. La parte trasera de su uniforme también estaba ensangrentada.

—¿Solo un cortecito? ¡Adolin! Estás…

—No hay tiempo —dijo él, apoyándose en Shallan. Señaló con el mentón la Fusionada contra la que había luchado Shallan, que se estaba elevando en el aire por encima del muro que había creado—. El otro se ha quedado ahí atrás, en algún sitio. Podría atacarnos en cualquier momento.

—Kaladin —dijo Shallan—. ¿Dónde…?

—Mmm… —dijo Patrón, señalando—. Se le ha terminado la luz tormentosa y ha caído a las cuentas por allí.

Estupendo.

—Coge aliento —dijo Shallan a Adolin.

Tiró de él para sacarlo del puente con ella y saltó a las cuentas.

Lift se volvió maravillosa.

Sus poderes se manifestaban como la capacidad de resbalar sobre objetos sin tocarlos realmente. Podía hacerse muy resbaladiza, lo cual era muy conveniente porque los soldados intentaron agarrarla mientras rodeaba el ejército alezi. Echaron mano a su sobrecamisa desabrochada, a su brazo, a su pelo. No podían retenerla. Se les resbalaba sin más. Era como si intentaran contener una canción.

Salió de entre sus filas y se dejó caer al suelo con las rodillas, que había resbaladizado a base de bien. Gracias a ello siguió avanzando, resbalando sobre las rodillas y alejándose de los hombres de ojos rojos brillantes. Wyndle, de quien Lift ya estaba casi convencida de que no era un Portador del Vacío, iba a su lado como una línea verde pequeña y serpenteante. Tenía la forma de una enredadera que crecía a toda velocidad, salpicada de cristalitos aquí y allá.

—Esto no me gusta —dijo Wyndle.

—A ti no te gusta nada.

—Venga, eso no es verdad, ama. Me gustó aquel pueblo tan bonito por el que pasamos en Azir.

—¿El que estaba desierto?

—Qué tranquilo era.

«Ahí está», pensó Lift, fijándose en una verdadera Portadora del Vacío, de los que parecían parshmenios, pero grandotes e intimidantes. La mujer se desplazaba con suavidad por la roca, como si también fuese maravillosa.

—Siempre me lo he preguntado —dijo Lift—. ¿Tú crees que tienen esas vetas de colores en todas partes?

—¿Ama? ¿Acaso importa?

—Puede que ahora mismo no —reconoció Lift, con una mirada a la tormenta roja.

Tenía las piernas resbaladizas, pero las manos no, y así podía remar y cambiar de dirección. Ir por ahí de rodillas no quedaba tan guajudo como ir de pie, pero cuando intentaba ser maravillosa estando levantada, solía acabar estrellada contra una roca con el culo levantado.

Esa Fusionada parecía llevar algo grande en una mano. Como una gema enorme. Lift se impulsó en su dirección, lo que la acercó demasiado a aquel ejército parshmenio y sus barcos. Pero logró acercarse bastante antes de que la Portadora del Vacío girara la cabeza y la viera.

Lift resbaló hasta detenerse, permitiendo que se le agotara la luz tormentosa. Le rugió el estómago, así que dio un mordisco a un trozo de carne curada que había encontrado en el bolsillo de su guardia.

La Portadora del Vacío dijo algo con voz cantarina, sosteniendo en alto el enorme rubí. No tenía luz tormentosa, y menos mal, porque una piedra tan grande habría brillado pero que mucho. Seguro que estaría más roja y reluciente que la cara que puso Gawx cuando Lift le explicó cómo se hacían los bebés. Esas cosas ya debería saberlas. ¡Había sido un famélico ladrón! ¿No había conocido a putas ni nada por el estilo?

En todo caso, ¿cómo podía hacerse con ese rubí? La Portadora del Vacío volvió a hablar y, aunque Lift no entendía las palabras, no pudo evitar la sensación de que la mujer sonaba divertida. Empujó con un pie y resbaló sobre el otro, con la misma facilidad que si hubiera aceite en el suelo. Se dejó llevar por el impulso un momento, miró atrás y sonrió antes de dar otro empujón con el pie y resbalar a la izquierda, moviéndose como si nada con una gracia que hizo sentir a Lift estúpida que no veas.

—La muy famélica es más maravillosa que yo —dijo Lift.

—¿Hace falta que uses esa palabra? —preguntó Wyndle—. Sí, parece capaz de acceder a la potencia de…

—Calla —dijo Lift—. ¿Puedes seguirla?

—Podría dejarte atrás a ti.

—Te mantendré el ritmo. —«Tal vez»—. Tú síguela a ella y yo te sigo a ti.

Wyndle suspiró pero obedeció, echando a crecer tras la Portadora del Vacío. Lift lo siguió, remando de rodillas, sintiéndose como una cerda que intentara imitar a una bailarina profesional.

—Debes elegir, Szeth-hijo-Neturo —dijo Nin—. Los Rompedores del Cielo jurarán lealtad a los Cantores del Alba y su ley. ¿Qué harás tú? ¿Te unirás a nosotros?

El viento agitaba la ropa de Szeth. Tantos años antes, había tenido razón. Los Portadores del Vacío de verdad habían regresado.

¿Y ahora… tenía que aceptar su dominio y punto?

—No confío en mí mismo, aboshi —susurró Szeth—. Ya no distingo lo que es correcto. Mis propias decisiones no son de fiar.

—Sí —dijo Nin asintiendo, con las manos unidas en la espalda—. Nuestras mentes son falibles. Por eso debemos escoger algo externo que seguir. Solo mediante la estricta adhesión a un código podemos aproximarnos a la justicia.

Szeth inspeccionó el campo de batalla que se extendía por debajo de ellos.

¿Cuándo vamos a luchar contra alguien de verdad?, preguntó la espada que llevaba en la espalda. De verdad que os gusta hablar. Hasta más que a Vasher, y él podía seguir horas y horas y horas

—Aboshi —dijo Szeth—, cuando pronuncie el Tercer Ideal, ¿puedo elegir a una persona como aquello que obedeceré? ¿En vez de la ley?

—Sí. Algunos Rompedores del Cielo han optado por seguirme a mí, y sospecho que eso facilitará su transición a obedecer a los Cantores del Alba. No te lo recomendaría. Siento que.. estoy… estoy empeorando…

Un hombre de azul cortaba el paso a la ciudad de abajo. Se enfrentaba a… otra cosa. A una fuerza que Szeth apenas alcanzaba a sentir. Un fuego oculto.

—Has seguido a hombres antes —prosiguió Nin—. Te provocaron dolor, Szeth-hijo-Neturo. Tu suplicio se debe a que no seguiste algo invariable y puro. Elegiste a los hombres en lugar de un ideal.

—O quizá —dijo Szeth— sea solo que me obligaron a seguir a los hombres equivocados.

Kaladin se revolvió entre las cuentas, asfixiado, tosiendo. No estaba tan profundo, pero ¿hacia dónde… hacia dónde estaba la superficie? ¿Por dónde se salía?

Frenético, intentó nadar hacia arriba, pero las cuentas no se desplazaban como el agua y le impedían impulsarse. Las cuentas se le metieron en la boca, le apretaron la piel. Tiraron de él como una mano invisible, intentando hundirlo más y más hacia las profundidades.

Lejos de la luz. Lejos del viento.

Rozó algo cálido y suave entre las cuentas con las yemas de los dedos. Se retorció, intentando volver a encontrarlo, y una mano le cogió el brazo. Acercó el otro brazo y agarró una fina muñeca. Otra mano lo cogió por el pecho de la casaca, tiró de él para apartarlo de la oscuridad y Kaladin dio un traspié y tocó el fondo del mar con la bota.

Con los pulmones ardiendo, puso un pie tras otro, poco a poco, hasta que salió de las cuentas para encontrar a Syl tirándole de la parte delantera de la casaca. La spren lo llevó orilla arriba, donde Kaladin se derrumbó, escupiendo esferas y resollando. Los Fusionados contra los que había luchado aterrizaron en la plataforma de la Puerta Jurada, cerca de los dos que habían dejado atrás.

Mientras Kaladin recobraba el aliento, las cuentas que había cerca de la orilla se apartaron, revelando a Shallan, Adolin y Patrón, que avanzaban por el fondo marino a través de algún tipo de pasadizo que ella había creado. ¿Un túnel en las profundidades? Shallan estaba mejorando en su capacidad para manipular las cuentas.

Adolin estaba herido. Kaladin apretó los dientes, se obligó a levantarse y fue trastabillando para ayudar a Shallan a subir al príncipe a la orilla. Adolin se quedó tumbado bocarriba, renegando en voz baja, cogiéndose la tripa con manos ensangrentadas.

—Déjame verla —dijo Kaladin, apartando los dedos de Adolin de en medio.

—La sangre… —empezó a decir Shallan.

—La sangre es su menor preocupación —la interrumpió Kaladin, apretando la herida con un dedo—. Tardará mucho en desangrarse por una herida en el abdomen, pero la sepsis es otra historia. Y si tiene cortados los órganos internos…

—Abandonadme —dijo Adolin entre toses.

—¿Abandonarte para ir adónde? —preguntó Kaladin, moviendo los dedos dentro de la herida. Tormentas. Los intestinos estaban cortados—. Me he quedado sin luz tormentosa.

El brillo de Shallan remitió.

—Esa era la última que tenía yo.

Syl apretó el hombro de Kaladin, mirando hacia los Fusionados, que se habían lanzado al aire y volaban hacia ellos enarbolando sus lanzas. Patrón zumbó con suavidad, nervioso.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Shallan.

«No…», pensó Kaladin.

—Dame tu cuchillo —dijo Adolin, intentando incorporarse.

«Esto no puede ser el final.»

—Adolin, no. Descansa. Quizá podamos rendirnos.

«¡No puedo fallarle!»

Kaladin miró por encima del hombro, hacia Syl, que le sujetaba el brazo.

La spren asintió.

—Las Palabras, Kaladin.

Los soldados de Amaram rodearon a Dalinar por los dos lados y siguieron entrando en la ciudad. Hicieron como si no estuviera y, por desgracia, él se vio obligado a darles el mismo trato.

—Bueno, niño. —Odium hizo un gesto con la cabeza hacia la ciudad y cogió a Dalinar por el hombro—. Hiciste algo maravilloso al forjar esa coalición. Deberías estar orgulloso. Desde luego, yo lo estoy.

¿Cómo podía Dalinar luchar contra aquel ser, que preveía toda posibilidad, que planeaba todo resultado? ¿Cómo podía enfrentarse a algo tan inmenso, tan increíble? Al tocarlo, Dalinar podía sentir cómo se extendía hacia el infinito, cómo impregnaba la tierra, la gente, el cielo y la piedra.

Se vendría abajo, se volvería loco, si intentara comprender a aquel ser. ¿Y tenía que ingeniárselas para derrotarlo?

«Convéncelo de que puede perder —había dicho el Todopoderoso en una visión—. Nombra un campeón. Él aprovechará esa oportunidad. Es el mejor consejo que puedo darte.»

Honor había muerto resistiéndose a aquella cosa.

Dalinar se lamió los labios.

—Un combate entre campeones —dijo a Odium—. Exijo que luchemos por este mundo.

—¿Con qué objetivo? —preguntó Odium.

—Matarnos no te liberará, ¿me equivoco? —dijo Dalinar—. Podrías gobernarnos o destruirnos, pero de todos modos seguirías atrapado aquí.

Cerca de ellos, un tronador trepó sobre la muralla y entró en la ciudad. El otro se quedó en la explanada, dando pisotones por la retaguardia del ejército.

—Un desafío —dijo Dalinar a Odium—. Tu libertad si ganas, nuestras vidas si los humanos ganamos.

—Ten cuidado con lo que pides, Dalinar Kholin. Como Forjador de Vínculos, puedes ofrecerme ese acuerdo. Pero ¿es lo que de verdad deseas de mí?

—Eh…

¿Lo era?

Wyndle siguió a la Portadora del Vacío y Lift lo siguió a él. Resbalaron de vuelta entre los hombres del ejército humano. Las filas delanteras iban internándose en la ciudad en tropel, pero la abertura no era lo bastante ancha para que entraran todos a la vez. La mayoría esperaba su turno fuera, maldiciendo y protestando por el retraso.

Trataron de atacar a Lift mientras ella seguía el rastro de enredaderas que dejaba Wyndle. Ser pequeña ayudaba a esquivarlos, por suerte. Le gustaba ser pequeña. La gente pequeña podía colarse en sitios donde otros no, y podía pasar desapercibida. Lift no debía crecer más, o eso le había prometido la Vigilante Nocturna.

La Vigilante Nocturna había mentido, igual que habría hecho un famélico humano. Lift negó con la cabeza y pasó deslizándose entre las piernas de un soldado. Ser pequeña estaba bien, pero era difícil no sentirse como si todo hombre fuese una montaña que se cernía sobre ella. Descargaron sus armas alrededor de ella, profiriendo guturales maldiciones alezi.

«No puedo hacer esto de rodillas —pensó mientras una espada caía cerca de su camisa—. Tengo que ser como ella. Tengo que ser libre.»

Lift resbaló más allá del lateral de un pequeño saliente de roca y logró aterrizar de pie. Corrió un momento, se resbaladizó las plantas de los pies y empezó a deslizarse de nuevo.

La Portadora del Vacío seguía por delante. Ella no perdía pie y caía, sino que llevaba a cabo un extraño movimiento parecido a andar, que le permitía mantener controlado su suave deslizamiento.

Lift intentó hacer lo mismo. Confió en su maravilla, su luz tormentosa, para sustentarla mientras contenía el aliento. Los hombres maldijeron a su alrededor, pero el sonido resbaló sin alcanzar a Lift cuando se cubrió de luz.

Ni el viento podía tocarla. Ya lo había hecho antes. Se había sostenido durante un hermoso momento entre choques, resbalando sobre pies descalzos, moviéndose libre, intocable. Como si se deslizara entre mundos. Podía hacerlo. Podía…

Algo cayó al suelo cerca, aplastando a varios soldados y desequilibrando a Lift, que acabó en el suelo espatarrada. Deslizó hasta detenerse y rodó para mirar hacia arriba, a uno de los enormes monstruos de piedra. Aquella cosa esquelética alzó una mano picuda y la descargó con fuerza hacia abajo.

Lift se quitó de en medio, pero la sacudida del impacto volvió a tirarla como a un pelele. A los soldados más cercanos no parecía preocuparlos que hubieran aplastado a sus compañeros. Con los ojos brillantes, fueron hacia ella, como si hubiera una competición para ver quién la mataba primero.

Su única opción era esquivarlos hacia el monstruo de piedra. A lo mejor, podía llevarlos lo bastante cerca para que…

La criatura golpeó de nuevo y mató a tres soldados, pero también alcanzó a Lift. La mano le aplastó las piernas en un abrir y cerrar de ojos y le machacó la mitad inferior del cuerpo, haciéndola chillar de dolor sin remedio. Con los ojos llorosos, se acurrucó en el suelo.

«Cúrate. Cúrate.»

Solo tenía que resistir el dolor. Solo tenía que…

Las piedras rascaron entre ellas por arriba. Lift parpadeó para mirar a través de las lágrimas y vio a la criatura alzando su mano picuda al cielo, hacia el sol, que empezaba a caer tras las nubes de la mortífera tormenta.

—¡Ama! —exclamó Wyndle. Sus enredaderas treparon sobre ella, como si quisieran acunarla—. Oh, ama. ¡Invócame como espada!

El dolor de sus piernas empezó a desvanecerse. Demasiado lento. Volvía a tener hambre, escasa de luz tormentosa. Invocó a Wyndle como una vara, se retorció de dolor y lo alzó hacia el monstruo, con los ojos llorándole por el esfuerzo.

Arriba hubo una explosión de luz, una bola de Radianza en expansión. Algo cayó de su centro, dejando volutas de humo tanto negro como blanco. Brillante como una estrella.

¡Madre!, gritó Wyndle. ¿Qué es…?

Mientras el monstruo levantaba el puño para golpear a Lift, la línea de luz alcanzó a la criatura en la coronilla y la atravesó cortando. Dividió a aquella enormidad en dos, en medio de una explosión de humo negro. Las mitades del monstruo cayeron a los lados, se precipitaron contra la piedra y entonces se volatilizaron, evaporadas en la negrura.

Los soldados tosieron y se liaron a palabrotas, retrocediendo mientras algo cobraba forma en el centro de la tempestad. Una silueta en el humo, brillando blanca y empuñando una hoja esquirlada negra como un tizón, que parecía alimentarse del humo, absorbiéndolo, y luego dejaba que se derramara hacia abajo en una líquida negrura.

Blanco y negro. Un hombre de cabeza afeitada, cuyos ojos brillaban en gris claro. La luz tormentosa se alzaba de su cuerpo. Enderezó la espalda y cruzó el humo, dejando atrás una imagen espectral. Lift ya había visto a ese hombre. El Asesino de Blanco.

Y por lo visto, su salvador.

Se detuvo al lado de ella.

—¿El Espina Negra te ha encargado alguna tarea?

—Eh… sí —dijo Lift, moviendo los dedos de los pies, que parecían volver a responderle—. Hay una Portadora del Vacío que ha robado un rubí grandote. Se supone que tengo que recuperarlo.

—Pues levanta —dijo el asesino, alzando su extraña hoja esquirlada hacia los soldados enemigos—. Nuestro amo nos ha encomendado una misión. Debemos completarla.

Navani cruzó como pudo el adarve, sola a excepción de los cadáveres aplastados.

«Dalinar, no oses convertirte en un mártir», pensó mientras llegaba a la escalera. Abrió la puerta de arriba y empezó a bajar los oscuros peldaños. ¿En qué estaba pensando Dalinar? ¿Iba a enfrentarse a todo un ejército él solo? ¡Ya no era un joven en su plenitud, equipado con armadura esquirlada!

Buscó a tientas una esfera en su bolsa segura, pero terminó abriendo el cierre del fabrial que llevaba en el brazo y usó su luz para descender y llegar a la sala de la base. ¿Dónde habían ido Fen y…?

Una mano la aferró, tiró de ella a un lado y la estampó contra la pared. Fen y Kmakl estaban allí, amordazados y atados con firmeza. Dos hombres vestidos de verde bosque, con brillantes ojos rojos, sostenían cuchillos contra sus cuellos. Un tercero, que llevaba nudos de capitán, apretó a Navani contra la pared.

—Qué buena recompensa me valdréis —siseó el hombre a Navani—. Dos reinas. Al brillante señor Amaram le encantará mi ofrenda. Eso casi compensa no poder matarte yo en persona, en venganza por lo que tu marido hizo al brillante señor Sadeas.

Ceniza se detuvo de sopetón ante un brasero. Con sus delicados adornos de metal labrado en torno al borde, era una pieza de mucha más calidad de la que cabría esperar en un lugar tan ordinario.

Aquel campamento improvisado era donde las tropas alezi habían vivaqueado mientras reparaban la ciudad. Abarcaba varias calles y plazas del distrito bajo. El brasero apagado que había hecho parar a Ceniza estaba delante de una tienda, y quizá lo hubieran usado para calentarse en las frías noches thayleñas. El cuenco estaba rodeado por diez figuritas. Le picaron los dedos. No podía seguir adelante, por urgente que fuese su cometido, hasta que lo hubiera hecho.

Cogió el brasero y lo hizo rodar hasta que encontró a la mujer que la representaba, reconocible por la iconografía del pincel y la máscara, símbolos de la creatividad. Un absurdo absoluto. Sacó un cuchillo y serró el metal hasta que logró separarle la cara.

«Bastará. Bastará.»

Soltó el brasero. Tenía que seguir adelante. Más valía que fuese cierto lo que le había dicho ese hombre, Mraize. Si le había mentido…

La gran tienda cerca de la muralla estaba sin vigilar, aunque habían pasado soldados por delante hacía poco tiempo, sus ojos resplandeciendo con la luz de la Investidura corrupta. «Odium ha aprendido a poseer a hombres.» Era un día oscuro y peligroso. Odium siempre había podido tentarlos para que lucharan en su nombre, pero ¿enviar spren a que se vincularan con ellos? Terrible.

¿Y cómo había podido crear una tormenta propia?

Bueno, esa tierra por fin estaba condenada. Y Ceniza… no podía hacerse el ánimo de lamentarlo. Se metió en la tienda y se impidió mirar la alfombra, por si en ella había representaciones de los Heraldos.

Allí lo encontró, sentado a solas en la tenue luz, mirando al frente sin ver. Piel oscura, incluso más que la de ella, y una constitución musculosa. Un rey, aunque jamás hubiera llevado corona. Era el único de los diez que jamás debería haber soportado su carga común.

Y era quien más tiempo la había llevado.

—Taln —susurró Ceniza.

Renarin Kholin sabía que en realidad no era un Caballero Radiante. Antes Glys había sido un tipo distinto de spren, pero algo lo había cambiado, lo había corrompido. Glys no lo recordaba muy bien; había ocurrido antes de que fundaran su vínculo.

Ninguno de los dos sabía en qué se habían transformado. Renarin sentía al spren tiritando en su interior, escondido y susurrándole advertencias. Jasnah los había encontrado.

Renarin ya lo había visto venir.

Estaba arrodillado en el antiguo templo de Pailiah, que a sus ojos estaba lleno de colores. Aparecieron mil paneles de cristal tintado en las paredes, que se combinaron y fundieron entre ellos creando un panorama. Se vio a sí mismo llegando a Ciudad Thaylen esa misma mañana. Vio a Dalinar hablando con los monarcas, y entonces vio cómo se volvían contra él.

¡Nos hará daño! ¡Nos hará daño!

—Lo sé, Glys —susurró, volviéndose hacia una parte concreta del cristal tintado. Allí aparecía Renarin arrodillado en el suelo del templo. En la secuencia de paneles de cristal, Jasnah se acercaba a él por detrás, con la espada alzada.

Y entonces… lo mataba.

Renarin no podía controlar lo que veía ni cuándo lo veía. Había aprendido a leer para poder entender los números y las palabras que aparecían bajo algunas imágenes. Le habían revelado cuándo llegaría la tormenta eterna. Le habían mostrado cómo encontrar los compartimentos secretos de Urithiru. Y le estaban mostrando su muerte.

El futuro. Renarin podía ver lo prohibido.

Arrancó su mirada del panel de cristal que los mostraba a Jasnah y a él y pasó a uno incluso peor. En él, su padre estaba arrodillado ante un dios de oro y blanco.

—No, padre —susurró Renarin—. Por favor, eso no. No lo hagas…

No hay resistencia a él, dijo Glys. Mi lamento, Renarin. Te daré mi lamento.

Un par de glorispren descendieron desde los cielos, con forma de esferas doradas. Flotaron y rotaron en torno a Dalinar, brillantes como gotas de luz solar.

—Sí —dijo Dalinar—. Eso es lo que deseo.

—¿Deseas un combate entre campeones? —repitió Odium—. ¿Es tu verdadero deseo, no uno impuesto en ti? ¿No se te ha cautivado ni engañado de ningún modo?

—Un combate de campeones. Por el destino de Roshar.

—Muy bien —dijo Odium, y dio un leve suspiro—. Acepto.

—¿Así de fácil?

—Ah, te aseguro que esto no será fácil. —Odium enarcó las cejas con gesto abierto, acogedor, pero por debajo tenía una expresión preocupada—. Yo ya he escogido a mi campeón. Llevo mucho tiempo preparándolo.

—Amaram.

—¿Él? Es un hombre apasionado, sí, pero difícilmente válido para esta tarea. No, necesito a alguien que domine el campo de batalla como el sol domina el cielo.

De pronto la Emoción regresó a Dalinar. La niebla roja, que había perdido intensidad, rugió viva de nuevo. Su mente se llenó de imágenes, recuerdos de una juventud dedicada a la lucha.

—Necesito a alguien más fuerte que Amaram —susurró Odium.

—No.

—Un hombre dispuesto a ganar cueste lo que cueste.

La Emoción inundó a Dalinar, lo asfixió.

—Un hombre que me ha servido durante toda su vida. Un hombre en quien confío. Creo que ya te advertí que tomarías la decisión correcta. Y ahora, aquí estamos.

—No.

—Respira hondo, amigo mío —susurró Odium—. Me temo que esto va a doler.

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