Juramentada

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QUINTA PARTE » 118. El peso de todo

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118. El peso de todo

Estos Portadores del Vacío no conocen canciones. No pueden oír a Roshar y, allá donde van, llevan el silencio. Parecen blandos, sin caparazón, pero son duros. Tienen solo un corazón, y jamás podrá vivir

Del Eila Stele

No —susurró otra vez Dalinar, con la voz quebrada mientras la Emoción palpitaba en su interior—. No. Te equivocas.

Odium cogió el hombro de Dalinar. —¿Y qué dice ella?

¿Ella?

Oyó a Evi llorar. Chillar. Rogar por su vida mientras las llamas la tomaban.

—No te culpes —dijo Odium mientras Dalinar hacía una mueca—. Yo hice que la mataras, Dalinar. Yo provoqué todo esto. ¿Lo recuerdas? Puedo ayudar. Ten.

Los recuerdos invadieron la mente de Dalinar con un devastador tropel de imágenes. Las vivió todas con detalle, comprimidas de algún modo en un solo instante, mientras la Emoción bullía en su interior.

Se vio a sí mismo apuñalando a un pobre soldado con la espada. Un joven que intentaba arrastrarse a un lugar seguro, llamando a su madre entre sollozos…

—Yo estaba contigo entonces —dijo Odium.

Mató a un hombre mucho mejor que él, un alto señor que contaba con la lealtad de Teleb. Dalinar lo derribó al suelo y le clavó la hoja de una alabarda en el pecho.

—Yo estaba contigo entonces.

Dalinar combatía sobre una extraña formación rocosa, enfrentado a otro hombre que conocía la Emoción. Dalinar lo arrojó al suelo con los ojos ardiendo y lo consideró un acto de piedad.

—Yo estaba contigo entonces.

Avanzó furioso hacia Gavilar, la ira y la lujuria alzándose como sensaciones gemelas. Lisió a un hombre en una taberna, frustrado porque le habían impedido disfrutar de la pelea. Luchó en la frontera de Jah Keved, riendo, llenando el suelo de cadáveres. Recordó cada momento de la carnicería. Sintió cada muerte como una punta clavada en su alma. Empezó a sollozar por tanta destrucción.

—Era lo que debías hacer, Dalinar —dijo Odium—. ¡Creaste un reino mejor!

—Cuánto… dolor.

—Cúlpame a mí, Dalinar. ¡No eras tú! ¡Veías rojo cuando hiciste esas cosas! Fueron culpa mía. Acéptalo. No tienes por qué sufrir.

Dalinar parpadeó y miró a Odium a los ojos.

—Déjame el dolor a mí, Dalinar —dijo Odium—. Entrégamelo y no vuelvas a tener remordimientos jamás.

—No. —Dalinar se abrazó a El camino de los reyes—. No. No puedo.

—Oh, Dalinar. ¿Y qué dice ella?

«No…»

—¿Lo has olvidado? Espera, deja que te ayude.

Y regresó a aquel día. El día en que mató a Evi.

Szeth halló un propósito en blandir la espada.

Le chillaba que destruyera el mal, incluso aunque el mal era a todas luces un concepto que la propia espada no podía entender. Su visión estaba ocluida, como la del propio Szeth. Ahí había una metáfora.

¿Cómo podía un alma retorcida como la suya decidir quién debía morir? Imposible. En consecuencia, había depositado su confianza en otra persona, alguien cuya luz asomaba entre la sombra.

Dalinar Kholin. Caballero Radiante. Él lo sabría.

La elección no era perfecta. Pero… Piedras Desconsagradas, era lo mejor que tenía. Le concedió una pequeña medida de paz mientras se abría paso a través del ejército enemigo.

La espada le chilló. ¡DESTRUYE!

Bastaba con que rozara alguien para deshacerlo en humo negro. Szeth aniquiló a los soldados de ojos rojos, que seguían yendo hacia él sin mostrar ningún miedo. Aullando, como si desearan la muerte.

Era una bebida que a Szeth se le daba demasiado bien servir.

Tenía luz tormentosa acumulada en una mano y lanzaba a cualquier hombre que se acercara demasiado, enviándolos por los aires o hacia atrás para que se estrellaran contra sus compañeros. Con la otra mano daba espadazos a través de sus filas. Se movía sobre pies ágiles, su propio cuerpo enlazado hacia arriba lo justo para aligerarlo. Los Rompedores del Cielo no tenían acceso a todos los lanzamientos, pero los más útiles, los más mortíferos, seguían siendo suyos.

«Recuerda la gema.»

Un sentido etéreo lo llamaba, un deseo de seguir matando, de deleitarse en la brutalidad. Szeth lo rechazó, asqueado. Él nunca había disfrutado de aquello. Nunca podría.

La Portadora del Vacío que llevaba la gema se había alejado resbalando, sobre unos pies demasiado veloces. Szeth niveló hacia ella la espada, con una parte de sí mismo aterrorizada por lo deprisa que el arma estaba consumiéndole la luz tormentosa, y se lanzó para seguirla. Se clavó en las hileras de soldados, haciendo estallar a hombres en humo, interesado en una sola persona.

La Portadora del Vacío viró en el último momento, danzando al alejarse de su espada. Szeth se aplicó un lanzamiento hacia abajo y rodó en un amplio arco, tirando de un humo negro casi líquido tras su espada mientras destruía a hombres en un gran círculo.

¡EL MAL!, gritó la espada.

Szeth saltó hacia la Portadora del Vacío, pero la mujer bajó al suelo y se deslizó por la piedra como si estuviera engrasada. La espada de Szeth pasó por encima de su cabeza, y la mujer regresó hacia él y pasó resbalando junto a sus piernas. Entonces se levantó con elegancia y tiró de la vaina que Szeth llevaba atada a la espalda, para no perderla.

Se liberó. Cuando Szeth se volvió para atacar, la mujer detuvo la espada con su propia vaina. ¿Cómo lo había hecho? ¿Había algo en aquel metal plateado que Szeth no sabía?

La Portadora del Vacío bloqueó sus siguientes ataques y esquivó por debajo sus intentos de lanzarla.

La espada se estaba frustrando cada vez más. ¡DESTRUYE, DESTRUYE, DESTRUYE! Empezaron a crecer venas negras en la mano de Szeth, que se extendieron hacia más allá del codo.

Dio otro tajo, pero la mujer se limitó a apartarse resbalando, moviéndose por el terreno como si las leyes naturales no le hicieran efecto. Llegó otro grupo de soldados y el dolor ascendió por el brazo de Szeth mientras repartía la muerte entre ellos.

Jasnah se detuvo un paso por detrás de Renarin. Ya alcanzaba a oír claros sus susurros.

—Padre. Oh, padre…

El joven giró de golpe la cabeza en una dirección y luego en la otra, viendo cosas que no estaban allí.

—Ve no lo que es, sino lo que es por venir —dijo Marfil—. El poder de Odium, Jasnah.

—Taln —susurró Ceniza, arrodillándose ante él—. Oh, Taln…

El Heraldo tenía los ojos oscuros fijos al frente.

—Soy Talenel’Elin, Heraldo de la Guerra. La época del Retorno, la Desolación, se acerca…

—¿Taln? —Ceniza le cogió la mano—. Soy yo, Ceniza.

—Debemos prepararnos. Habréis olvidado mucho…

—Por favor, Taln.

—Kalak os enseñará a forjar bronce…

Siguió hablando sin tregua, repitiendo las mismas palabras una y otra y otra vez.

Kaladin cayó de rodillas en la fría obsidiana de Shadesmar.

Alrededor del grupo descendieron los Fusionados, seis figuras con vistosa y aleteante ropa.

Solo le quedaba un atisbo de esperanza. Cada Ideal que había pronunciado le había valido una oleada de poder y fuerza. Se lamió los labios y trató de susurrarlo.

—Yo… yo…

Pensó en sus amigos perdidos. Malop. Jaks. Beld y Pedin.

¡Dilo, tormentas!

—Yo…

Rod y Mart. Los hombres del puente a los que había fallado. Y antes que ellos, los esclavos a los que había intentado salvar. Nalma, apresada en una trampa como un animal.

Un vientospren apareció cerca de él, como una línea de luz. Luego otro.

«Una sola esperanza.»

Las Palabras. ¡Pronuncia las Palabras!

—¡Oh, Madre! ¡Oh, Cultivación! —gritó Wyndle mientras miraban al asesino abrirse camino a tajos por el campo de batalla—. ¿Qué hemos hecho?

—Lo hemos enviado lejos de nosotros —dijo Lift, sentada en un peñasco, con los ojos muy abiertos—. ¿Preferirías tenerlo aquí?

Wyndle siguió gimiendo, y Lift más o menos lo entendía. El asesino estaba matando pero que mucho mucho. A hombres de ojos rojos a los que no parecía quedar nada de luz, cierto, pero… tormentas.

Había perdido de vista a la mujer de la gema, pero al menos el ejército parecía estar apartándose de Szeth y dejándole menos gente que matar. El asesino tropezó, perdió fuelle y se quedó arrodillado.

—Oh, oh. —Lift invocó a Wyndle como una vara, por si acaso al asesino se le iba la famélica cabeza, o lo que quedara de ella, y la atacaba. Se dejó caer de la roca y corrió hacia él.

El hombre sostenía aquella extraña hoja esquirlada ante sí. No dejaba de verter un líquido negro que se vaporizaba mientras caía hacia el suelo. La mano de Szeth estaba toda negra.

—He… —dijo Szeth—. He perdido la vaina…

—¡Suelta la espada!

—No… no puedo —dijo Szeth con los dientes rechinando—. Se aferra a mí, devorando mi… mi luz tormentosa. Pronto me consumirá a mí.

Tormentastormentastormentastormentas.

—Vale. Bien. Esto…

Lift miró alrededor. El ejército se internaba en la ciudad. El segundo monstruo de piedra estaba sembrando el caos en el distrito antiguo, dando pisotones a edificios. Dalinar Kholin estaba de pie ante el hueco de la muralla. ¿Quizá él podría ayudar?

—Vamos —dijo Lift.

—Matad al hombre —ordenó el capitán que retenía a Navani. Movió la mano hacia el anciano Kmakl, el consorte de Fen—. A él no lo necesitamos.

Fen chilló contra su mordaza, pero estaba bien atada. Navani sacó los dedos de su mano segura de la manga con cautela, y con ellos tocó su otro brazo y el fabrial que había en él hasta dar con un pestillo y moverlo. Se extendieron unos bultos en la parte delantera del aparato, justo encima de su muñeca.

Kmakl se levantó con esfuerzo. Parecía querer afrontar la muerte con dignidad, pero los otros dos soldados no le concedieron ese honor. Lo tiraron otra vez contra la pared y uno sacó una daga.

Navani cogió el brazo del hombre que la retenía y apretó los salientes de su fabrial contra su piel. El capitán chilló y cayó al suelo, retorciéndose de sufrimiento. Uno de los otros se volvió hacia ella y Navani llevó el fabrial contra su mano levantada. Había probado el aparato en ella misma, por supuesto, así que conocía la sensación. Era como mil agujas clavándose en la piel, bajo las uñas, en los ojos.

El segundo hombre se meó encima mientras caía.

El último logró hacerle un corte en el brazo antes de que Navani lo enviara al suelo entre espasmos. Vaya. Volvió a mover el pestillo del dolorial para que le quitara la sensación del corte. Entonces recogió el cuchillo y se apresuró a cortar las ataduras de Fen. Mientras la reina liberaba a Kmakl, Navani se vendó la herida indolora.

—Se recuperarán pronto —dijo Navani—. Quizá tengamos que despacharlos antes de que suceda.

Kmakl dio un puntapié al soldado que había estado a punto de rajarle la garganta y fue a abrir una rendija en la puerta que daba a la ciudad. Pasó corriendo una escuadra de hombres con los ojos brillantes. Todo el sector estaba saturado de ellos.

—Estos tres son nuestro menor problema, por lo que parece —dijo el anciano, cerrando la puerta.

—De vuelta a las almenas, pues —dijo Fen—. A lo mejor desde ahí alcanzamos a ver tropas amistosas.

Navani asintió y Fen abrió el paso hacia arriba. Al llegar al adarve, atrancaron la puerta. Había barras en los dos lados, porque interesaba poder parar a los enemigos que hubieran tomado la muralla y también a los que hubieran irrumpido por los portones.

Navani consideró sus opciones. Una mirada rápida le reveló que, en efecto, las calles estaban invadidas por las tropas de Amaram. Había grupos de thayleños resistiendo más arriba, pero estaban cayendo deprisa.

—Por Kalak, las tormentas y las Pasiones —dijo Kmakl—. ¿Qué es eso?

Había reparado en la niebla roja que había al norte del campo de batalla, con sus horrorosas imágenes componiéndose y dispersándose. Sombras de soldados muriendo, de figuras esqueléticas, de caballos a la carga. Era una visión grandiosa, aterradora.

Pero Dalinar… Dalinar era quien atraía la mirada de Navani. Solo, rodeado de soldados enemigos y enfrentándose a algo que ella apenas lograba sentir. Algo inmenso. Algo inimaginable.

Algo enfadado.

Dalinar vivía en dos lugares.

Se vio a sí mismo cruzando un territorio oscurecido, arrastrando su hoja esquirlada. Estaba en la explanada de Ciudad Thaylen con Odium, pero también estaba en el pasado, llegando a Rathalas. Azuzado por la hirviente furia roja de la Emoción. Volvió al campamento, para sorpresa de sus hombres, como un spren de muerte. Cubierto de sangre, con los ojos brillando.

Brillando en rojo.

Ordenó que trajeran el aceite. Se volvió hacia una ciudad en la que Evi estaba apresada, en la que dormían niños, en la que personas inocentes se escondían, rezaban, quemaban glifoguardas y sollozaban.

—Por favor… —susurró Dalinar en Ciudad Thaylen—. No me hagas vivirlo otra vez.

—Oh, Dalinar —dijo Odium—. Lo revivirás una y otra vez hasta que te liberes. No puedes llevar esta carga. Por favor, entrégamela. Yo fui quien te llevó a hacer esto. No fue culpa tuya.

Dalinar apretó El camino de los reyes contra su pecho, estrechándolo como a un niño con su manta en la noche. Pero un repentino fogonazo de luz estalló delante de él, acompañado por un chasquido ensordecedor.

Dalinar tropezó hacia atrás. Relámpago. Había sido un relámpago. ¿Le había dado a él?

No. De alguna manera, había alcanzado solo al libro. A su alrededor aleteaban páginas quemadas, chamuscadas y humeando. Le habían fulminado el libro de las manos.

Odium negó con la cabeza.

—Las palabras de un hombre muerto hace mucho, fracasado hace mucho.

En el cielo, el sol por fin cayó detrás de las nubes de la tormenta y todo se sumió en la oscuridad. Poco a poco, las llamas de las páginas ardientes se apagaron.

Teft estaba acurrucado en algún lugar oscuro.

Quizá la oscuridad ocultaría sus pecados. Pero en la lejanía, oyó gritos. Hombres luchando.

El Puente Cuatro muriendo.

Kaladin tartamudeó y las Palabras se atascaron.

Pensó en sus hombres del ejército de Amaram. Dallet y su pelotón, asesinados bien por el hermano de Shallan, bien por Amaram. Unos buenos amigos que habían caído.

Y luego, por supuesto, pensó en Tien.

Dalinar cayó de rodillas. A su alrededor giraban unos pocos glorispren, pero Odium los ahuyentó a manotazos y desaparecieron.

En el fondo de su mente, el Padre Tormenta lloraba.

Se vio a sí mismo acercándose al lugar donde estaba encerrada Evi. A aquel sepulcro de roca. Dalinar intentó apartar la mirada, pero la visión estaba en todas partes. No solo estaba percibiéndola, sino también viviéndola. Ordenó la muerte de Evi y escuchó sus chillidos.

—Por favor…

Odium no había terminado con él. Dalinar tuvo que contemplar cómo ardía la ciudad, oír cómo morían los niños. Apretó los dientes, gimiendo de agonía. En otras ocasiones, el dolor lo había llevado a la bebida. Pero no había bebida. Solo la Emoción.

Siempre la había anhelado. La Emoción lo había hecho vivir. Sin ella, había… estado muerto…

Se hundió, agachando la cabeza, escuchando las lágrimas de una mujer que había creído en él. Dalinar nunca la había merecido. Los sollozos del Padre Tormenta se desvanecieron cuando Odium, de algún modo, apartó al spren, separándolos.

Eso dejó a Dalinar solo.

—Tan solo…

—No estás solo, Dalinar —dijo Odium, hincando una rodilla en el suelo a su lado—. Yo estoy aquí. Siempre he estado aquí.

La Emoción rugía dentro. Y Dalinar lo supo. Supo que siempre había sido un fraude. Era igual que Amaram. Tenía reputación de honesto, pero en el fondo era un asesino. Un destructor. Un aniquilador de niños.

—Libérate —susurró Odium.

Dalinar apretó los párpados, temblando, las manos crispadas mientras se encorvaba y arañaba el suelo. Cuánto dolía. Saber que les había fallado. A Navani, a Adolin, a Elhokar, a Gavilar. No podía vivir con ello.

¡No podía vivir con las lágrimas de Evi!

—Dámelo a mí —suplicó Odium.

Dalinar se arrancó las uñas, pero el dolor corporal no lograba distraerlo. No era nada comparado con el tormento de su alma. Con saber lo que era en realidad.

Szeth intentó caminar hacia Dalinar. La oscuridad había crecido brazo arriba y la espada se bebió sus últimas volutas de luz tormentosa.

Había… una lección que aprender… en eso, ¿verdad? Tenía que haberla. Nin… Nin quería que aprendiera… Cayó al suelo, aún sosteniendo la espada, que chillaba enloquecida.

DESTRUYE EL MAL.

La chiquilla Radiante corrió hacia él. Miró hacia el cielo mientras el sol desaparecía detrás de las nubes. Entonces cogió la cabeza de Szeth entre sus manos.

—No… —intentó graznar él. «Se te llevará a ti también…»

La chica le insufló vida de algún modo, y la espada bebió esa vida con fruición. Los ojos de la chica se abrieron de par en par cuando las venas negras empezaron a extenderse por sus dedos y sus manos.

Renarin no quería morir. Pero se descubrió aceptando con gusto el golpe de Jasnah.

Mejor morir que vivir para ver lo que le estaba sucediendo a su padre. Porque Renarin veía el futuro. Veía a su padre en armadura negra, una plaga desatada sobre la tierra. Vio regresar al Espina Negra, un terrible azote con nueve sombras.

El campeón de Odium.

—Va a caer —susurró Renarin—. Ya ha caído. Ahora pertenece al enemigo. Dalinar Kholin… ya no existe.

Venli se estremeció en el llano, cerca de Odium. Timbre había estado latiendo a Paz, pero quedó en silencio. A unos veinte o treinta metros, una figura en ropa blanca cayó al suelo, con una chica al lado.

Más cerca de ella, Dalinar Kholin, el hombre que había plantado cara, se derrumbó hacia delante, con la cabeza gacha, una mano en el pecho y temblando.

Odium retrocedió un paso, su apariencia la de un parshmenio con caparazón dorado.

—Está hecho —dijo, mirando hacia Venli y el grupo de Fusionados—. Tenéis un líder.

—¿Debemos seguir a uno de ellos? —preguntó Turash—. ¿A un humano?

Venli dejó de respirar. Ese tono había estado desprovisto de respeto.

Odium sonrió.

—Me seguirás a mí, Turash, o reclamaré lo que te concede una vida persistente. No me importa la forma de la herramienta. Solo que corte.

Turash agachó la cabeza.

La piedra crujió mientras un hombre en brillante armadura esquirlada llegaba hasta ellos, con una hoja esquirlada en una mano y —qué raro— una vaina vacía en la otra. El humano tenía abierta la celada, revelando unos ojos rojos. Tiró la funda plateada al suelo.

—Me han dicho que te entregue esto.

—Bien hecho, Meridas —dijo Odium—. Abaray, ¿puedes proporcionar a este humano un alojamiento adecuado para Yelig-nar?

Un Fusionado salió del grupo y ofreció una piedra pequeña y sin tallar al humano, Meridas.

—¿Esto qué es? —preguntó Meridas.

—El cumplimiento de la promesa que te hice —dijo Odium—. Trágatela.

—¿Qué?

—Si deseas el poder prometido, ingiere eso. Y luego intenta controlar a quien vendrá detrás. Pero te lo advierto, en Kholinar la reina lo intentó y el poder terminó consumiéndola.

Meridas alzó la gema, la inspeccionó y lanzó una mirada a Dalinar Kholin.

—Entonces, ¿también estabas hablando con él todo este tiempo?

—Incluso desde antes que contigo.

—¿Puedo matarlo?

—Algún día, suponiendo que no le permita a él matarte a ti. —Odium apoyó la mano en el hombro del encogido Dalinar Kholin—. Está hecho, Dalinar. El dolor ha pasado. Levántate y reclama el puesto que naciste para asumir.

Kaladin pensó, por fin, en Dalinar.

¿Podría hacerlo Kaladin? ¿De verdad podría pronunciar esas Palabras? ¿Podría decirlas con intención?

Los Fusionados seguían acercándose. Adolin sangraba.

—Yo…

Sabes lo que tienes que hacer.

—No puedo —susurró Kaladin, con lágrimas surcándole las mejillas—. No puedo perderlo a él, pero… oh, Todopoderoso… no puedo salvarlo. —Kaladin bajó la cabeza, se meció hacia delante, tembló.

No podía pronunciar esas Palabras.

No era lo bastante fuerte.

Los brazos de Syl lo envolvieron desde detrás y Kaladin sintió la suavidad de su mejilla apretada contra la nuca. Syl lo estrechó mientras él lloraba, sin control, por su fracaso.

Jasnah alzó su hoja esquirlada sobre la cabeza de Renarin. «Hazlo rápido. Hazlo indoloro.»

La mayoría de las amenazas a una dinastía provenían de dentro. Era obvio que Renarin estaba corrompido.

Jasnah había sabido que había un problema desde el momento en que leyó que Renarin había vaticinado la tormenta eterna. Tenía que ser fuerte. Tenía que hacer lo correcto, aunque fuese tan, tan difícil.

Se preparó para descargar la hoja, pero entonces Renarin se volvió y la miró. Con lágrimas cayéndole por la cara, la miró a los ojos y asintió.

De pronto volvían a ser jóvenes. Él era un niño que temblaba, sollozando en el hombro de Jasnah por un padre que parecía incapaz de amar. El pequeño Renarin, siempre tan solemne. Siempre incomprendido, objeto de burla y condenado por gente que decía cosas parecidas de Jasnah a sus espaldas.

Jasnah se quedó inmóvil del todo, como si estuviera al borde de un precipicio. El viento sopló por el templo, llevando consigo un par de spren con forma de esferas doradas que cabeceaban en la corriente.

Jasnah descartó su espada.

—¿Jasnah? —dijo Marfil, reapareciendo como un hombrecillo agarrado al cuello de su vestido.

Jasnah cayó de rodillas y tiró de Renarin para abrazarlo. Él se echó a llorar, como había hecho de niño, enterrando la cabeza en el hombro de Jasnah.

—¿Qué me pasa? —preguntó Renarin—. ¿Por qué veo estas cosas? Creía que estaba haciendo algo bien, con Glys, pero no sé por qué, todo está mal…

—Calla —susurró Jasnah—. Encontraremos la manera de superarlo, Renarin. Sea lo que sea, lo resolveremos. Nos las ingeniaremos para sobrevivir a esto.

Tormentas. Las cosas que había dicho sobre Dalinar…

—Jasnah —dijo Marfil, adoptando su tamaño completo cuando salió del cuello del vestido. Se agachó—. Jasnah, esto es correcto. De algún modo, es. —Parecía perplejo del todo—. No es lo que tiene sentido, y aun así es correcto. ¿Cómo? ¿Cómo es esta cosa?

Renarin se apartó de ella, abriendo mucho sus ojos lacrimosos.

—Te he visto matarme.

—Tranquilo, Renarin. No voy a hacerlo.

—Pero ¿no lo ves? ¿No entiendes lo que significa?

Jasnah negó con la cabeza.

—Jasnah —dijo Renarin—. Mi visión sobre ti se equivocaba. Lo que veo… puede no ocurrir.

«Solo.» Dalinar tenía su puño contra el pecho. «Tan solo.»

Dolía respirar, pensar. Pero algo se removió dentro de su puño. Abrió unos dedos sanguinolentos.

«El paso… el paso más…»

Dentro del puño, encontró sin saber cómo una esfera dorada. Un glorispren solitario.

«El paso más importante que puede dar alguien. No es el primero, ¿verdad?»

«Es el próximo. Siempre el próximo paso, Dalinar.»

Temblando, sangrando, agónico, Dalinar obligó al aire a entrar en sus pulmones y dijo una sola y rasposa frase:

—No puedes tener mi dolor.

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