Juramentada
QUINTA PARTE » 119. Unidad
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119. Unidad

Al principio de mi peregrinación, me vi obligado a defender mi decisión de viajar. Lo llamaron irresponsabilidad. Una renuncia al deber y la obligación.
Quienes así hablaban cometían el grave error de sacar conclusiones precipitadas.
De El camino de los reyes, epílogo
Odium retrocedió un paso.
—¿Dalinar? ¿Qué es esto?
—No puedes tener mi dolor.
—Dalinar…
Dalinar se forzó a levantarse.
—No. Puedes. Tener. Mi. Dolor.
—Sé razonable.
—Yo maté a esos niños —dijo Dalinar.
—No, fue…
—Yo quemé a los habitantes de Rathalas.
—Yo estaba allí, influyendo en ti, y…
—¡NO PUEDES TENER MI DOLOR! —bramó Dalinar, dando un paso hacia Odium.
El dios frunció el ceño. Sus acompañantes Fusionados retrocedieron y Amaram se hizo visera con la mano y entornó los ojos.
¿Eran glorispren eso que daba vueltas alrededor de Dalinar?
—¡Fui yo quien mató a los habitantes de Rathalas! —gritó Dalinar—. Quizá tú estuvieras presente, pero yo di la orden. ¡Yo decidí! —Se calmó—. Yo la maté. Duele como nada en el mundo, pero lo hice yo. Lo acepto. No puedes tenerla. No puedes volvérmela a quitar.
—Dalinar —dijo Odium—, ¿qué esperas ganar quedándote con esa carga?
Dalinar hizo una mueca burlona al dios.
—Si finjo… Si finjo que no hice esas cosas, significa que no puedo haber crecido para convertirme en otra persona.
—Un fracaso.
Algo despertó dentro de Dalinar. Una calidez que había conocido en otra ocasión. Una luz tibia y tranquilizadora.
—Viaje antes que destino —dijo Dalinar—. No puede haber viaje si no tiene un principio.
En su mente sonó un trueno. De pronto, una consciencia volvió a su interior. El Padre Tormenta, lejano, asustado… pero también sorprendido.
¿Dalinar?
—Aceptaré la responsabilidad por lo que he hecho —susurró Dalinar—. Si debo caer, cada vez me alzaré como un hombre mejor.
Renarin corrió detrás de Jasnah por los distritos altos de la ciudad. La gente atestaba las calles, pero Jasnah no avanzaba por ellas. Saltaba de los edificios y caía a los techos de los niveles inferiores. Corría por cada uno de ellos y luego saltaba hacia la siguiente calle inferior.
Renarin la seguía como podía, asustado de su debilidad, confundido por las cosas que había visto. Se dejó caer a una casa y sintió un repentino dolor por el impacto, aunque la luz tormentosa lo curó. Cojeó tras Jasnah hasta que desapareció el dolor.
—¡Jasnah! —llamó—. ¡Jasnah, no puedo mantenerte el ritmo!
Ella se detuvo en el borde de un techo. Renarin la alcanzó y ella le cogió el brazo.
—Sí que puedes, Renarin. Eres un Caballero Radiante.
—No creo que sea un Radiante, Jasnah. No sé qué soy.
Toda una oleada de glorispren pasó volando sobre ellos, centenares de spren en una formación que se curvó hacia la base de la ciudad. Allá abajo brillaba algo, un faro en la penumbra de una ciudad nublada.
—Yo sé lo que eres —dijo Jasnah—. Eres mi primo. Familia, Renarin. Cógeme la mano. Corre conmigo.
Él asintió y ella saltó del techo tirando de él, sin hacer caso a la monstruosa criatura que escalaba hacia arriba cerca de ellos. Jasnah parecía concentrada solo en una cosa.
Aquella luz.
¡Únelos!
Los glorispren se congregaron en torno a Dalinar. Cientos de esferas doradas, más spren de los que había visto jamás juntos. Giraron a su alrededor formando una columna de luz dorada.
Fuera de ella, Odium retrocedió trastabillando.
«Qué pequeño —pensó Dalinar—. ¿Siempre ha parecido tan pequeño?»
Syl miró hacia arriba.
Kaladin se volvió para ver qué le había llamado la atención. Syl miraba más allá de los Fusionados, que habían aterrizado para atacar. Tenía los ojos fijos en el océano de cuentas y las palpitantes luces de las almas sobre él.
—¿Syl?
Ella se abrazó más a él.
—A lo mejor no tienes que salvar a nadie, Kaladin. A lo mejor es el momento de que alguien te salve a ti.
¡ÚNELOS!
Dalinar lanzó la mano izquierda a un lado, hundiéndola entre reinos, y aferró el tejido mismo de la existencia. El mundo de las mentes, el reino del pensamiento.
Lanzó la mano derecha al otro lado y tocó algo vasto, algo que no era un lugar, sino todos los lugares en uno. Lo había visto antes, en el momento en que Odium le había permitido vislumbrar el Reino Espiritual.
Ante Ciudad Thaylen, lo sostuvo en la mano.
Los Fusionados salieron en desbandada. Amaram se bajó la celada, pero no fue suficiente. Retrocedió con el brazo levantado. Solo permaneció sin moverse una persona, una joven parshmenia, la que Dalinar había visitado en las visiones.
—¿Qué eres? —susurró ella mientras Dalinar mantenía extendidos los brazos, asiendo las tierras de la mente y el espíritu.
Dalinar cerró los ojos y soltó el aire de los pulmones, escuchando la repentina quietud. Y dentro de ella, una sola voz, hablando bajito. La voz de una mujer, tan conocida para él.
Te perdono.
Dalinar abrió los ojos y supo lo que la parshmenia veía en él. Nubes arremolinadas, luz cegadora, trueno y relámpago.
—Soy Unidad.
Dio una fuerte palmada.
Y combinó tres reinos en uno.
En Shadesmar explotó la luz.
Los Fusionados chillaron mientras un viento se los llevaba lejos, aunque Kaladin no sintió nada. Las cuentas traquetearon y rugieron.
Kaladin se hizo visera con la mano. La luz remitió, dejando solo una brillante, resplandeciente columna en medio del mar. Por debajo de ella, las cuentas se adhirieron unas a otras, convirtiéndose en una pasarela de cristal.
Kaladin parpadeó y cogió la mano que le ofrecía Shallan para ayudarlo a levantarse. Adolin se había incorporado por pura fuerza de voluntad, con una mano en el ensangrentado vientre.
—¿Qué… qué es eso?
—La Perpendicularidad de Honor —susurró Syl—. Un pozo de poder que perfora los tres reinos. —Miró a Kaladin—. Un camino a casa.
Taln cogió la mano de Ceniza.
Ceniza le miró los dedos, gruesos y encallecidos. Podían llegar y transcurrir miles de años, y ella podía entregar vidas enteras al sueño, pero esas manos… esas manos nunca las olvidaría.
—Ceniza —dijo él.
Ella alzó la mirada hacia él, dio un respingo y se llevó los dedos a los labios.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él.
—Taln. —Ceniza le cogió la mano entre sus dos—. Lo siento. Lo siento muchísimo, de verdad.
—¿Cuánto tiempo?
—Dicen que han sido cuatro milenios. No siempre… soy consciente del paso del tiempo…
—¿Cuatro mil años?
Ella le apretó más la mano.
—Lo siento. Lo siento mucho.
Taln sacó la mano de entre las de ella, se levantó y recorrió la tienda. Ella lo siguió, disculpándose de nuevo, pero ¿de qué servían las palabras? Todos lo habían traicionado.
Taln apartó la lona delantera y salió. Miró la ciudad que se extendía sobre ellos, el cielo, la muralla. Soldados con petos y mallas que pasaban corriendo para unirse a la lucha.
—¿Cuatro mil años? —volvió a preguntar Taln—. Ceniza…
—No podíamos continuar. Pensé… pensamos…
—Ceniza. —Taln volvió a cogerle la mano—. Qué cosa tan maravillosa.
¿Maravillosa?
—Te abandonamos, Taln.
—¡Qué regalo les hicisteis! Tiempo para recuperarse, por una vez, entre Desolaciones. Tiempo para progresar. Antes nunca habían tenido la menor oportunidad. Pero esta vez… sí, tal vez la tengan.
—No, Taln. No puedes ser así.
—En efecto, algo maravilloso, Ceniza.
—No puedes ser así, Taln. ¡Tienes que odiarme! Ódiame, por favor.
Taln le dio la espalda pero sin soltarle la mano, tirando de ella.
—Ven. Nos está esperando.
—¿Quién?
—No lo sé.
Teft ahogó un grito en la oscuridad.
—¿Puedes verlo, Teft? —susurró la spren—. ¿Puedes sentir las Palabras?
—Estoy roto.
—¿Y quién no? La vida nos rompe, Teft. Y entonces rellenamos las grietas con algo más fuerte.
—Me doy ganas de vomitar.
—Teft —dijo ella, una resplandeciente aparición en la oscuridad—, justo a eso se refieren las Palabras.
Oh, Kelek. Los gritos. La lucha. Sus amigos.
—Yo…
¡Tormentas, sé un hombre por una vez en la vida!
Teft se lamió los labios y habló.
—Protegeré a quienes odie. Incluso… si a quien más odio… soy yo mismo.
Renarin se dejó caer al último nivel de la ciudad, el distrito bajo. Se detuvo tambaleándose y su mano resbaló de la de Jasnah. Marchaban soldados por aquellas calles, con los ojos como ascuas.
—¡Jasnah! —llamó—. Los soldados de Amaram han cambiado de bando. ¡Ahora sirven a Odium! ¡Lo vi en la visión!
Jasnah corrió hacia ellos.
—¡Jasnah!
El primer soldado le lanzó un espadazo. Jasnah se agachó por debajo del arma y le dio un empujón con una sola mano que lo arrojó hacia atrás. El hombre cristalizó en el aire y dio contra el siguiente, que se contagió de la transformación como de una enfermedad. Este se estrelló contra un tercero y lo derribó, como si le hubiera transferido el impulso completo del empujón de Jasnah. Cristalizó al momento siguiente.
Jasnah rodó mientras tomaba forma una hoja esquirlada en su mano segura enguantada, y su falda ondeó mientras cortaba a seis hombres en arco. La espada se esfumó mientras ella daba una palmada en la pared del edificio que tenía detrás, y esa pared se deshizo en humo e hizo que se derrumbara el techo, bloqueando el callejón entre casas por donde se estaban acercando más soldados.
Echó la mano arriba y el aire cuajó en piedra, formando unos peldaños cuyo ascenso Jasnah emprendió sin apenas perder el ritmo, hasta llegar al techo del siguiente edificio.
Renarin se quedó boquiabierto. Era… ¿Cómo…?
Será… grandioso… vasto… ¡excelente!, dijo Glys desde dentro del corazón de Renarin. ¡Será bello, Renarin! ¡Mira!
Un pozo se abrió en su interior. Poder como no había sentido nunca, una fuerza increíble, abrumadora. Luz tormentosa sin fin. Una fuente tan inmensa que lo dejó aturdido.
—¿Jasnah? —gritó, y echó a correr por los escalones que había creado su prima, sintiéndose tan vivo que quería bailar. ¡Eso sí que sería toda una visión! Renarin Kholin bailando en un tejado mientras…
Redujo el paso y volvió a quedarse boquiabierto al mirar por un hueco en la muralla y ver una columna de luz. Se alzaba más y más alta, extendiéndose hacia las nubes.
Fen y su consorte retrocedieron para alejarse de la tormenta de luz.
Navani se regocijó en ella. Se inclinó más sobre la muralla, riendo como una idiota. A su alrededor pasaba un flujo de glorispren que le rozaban el pelo, para unirse a la cantidad ya increíble que daba vueltas alrededor de Dalinar, formando una columna que se extendía decenas de metros en el aire.
Entonces las luces chisporrotearon vivas en una oleada que cruzó la explanada, las almenas del muro, la calle de abajo. Las gemas opacas a las que nadie había hecho caso, desperdigadas con la destrucción del banco, bebieron de la luz tormentosa de Dalinar. Iluminaron el suelo con un millar de puntitos de color.
—¡No! —chilló Odium. Dio un paso adelante—. No, te matamos. ¡TE MATAMOS!
Dalinar estaba de pie en el centro de una columna de luz y glorispren que volaban en círculo, con una mano a cada lado, aferrando los reinos que componían la realidad.
Perdonado. El dolor que hacía tan poco se había empeñado en conservar empezó a desvanecerse por sí mismo.
Esas Palabras… son aceptadas, dijo el Padre Tormenta, con voz anonadada. ¿Cómo es posible? ¿Qué has hecho?
Odium retrocedió con pasos débiles.
—¡Matadlo! ¡Atacad!
La parshmenia no se movió, pero Amaram bajó la mano de la cara con gesto letárgico y avanzó, invocando su hoja esquirlada.
Dalinar apartó una mano de la brillante columna y la extendió hacia allí.
—Puedes cambiar —dijo—. Puedes volverte mejor persona. Yo lo hice. Viaje antes que destino.
—No —dijo Amaram—. No, él nunca me perdonará.
—¿El hombre del puente?
—Él no. —Amaram se dio un golpe en el pecho—. Este. Lo siento, Dalinar.
Alzó una familiar hoja esquirlada. La hoja de Dalinar, Juramentada. Transmitida de tirano en tirano en tirano.
Una porción de luz se separó de la columna de Dalinar.
Amaram descargó Juramentada con un grito, pero la luz detuvo la hoja esquirlada con una explosión de chispas que lanzó hacia atrás a Amaram, como si la fuerza de la armadura esquirlada no fuese más que la de un niño. La luz se concretó en un hombre con el pelo ondulado hasta el hombro, uniforme azul y una lanza plateada en la mano.
Una segunda forma refulgente se separó y compuso a Shallan Davar, su brillante cabello rojo alzándose tras ella, una larga y fina hoja esquirlada con una leve curva cobrando forma en sus manos.
Y entonces, para gran alivio de Dalinar, apareció Adolin.
—¡Ama! —exclamó Wyndle—. ¡Oh, ama!
Por una vez, Lift no encontró fuerzas para decirle que callara. Las tenía todas dedicadas a los zarcillos que ascendían poco a poco por sus brazos, como profundas y oscuras enredaderas.
El asesino estaba tendido en el suelo, mirando hacia arriba, casi cubierto del todo por aquellas enredaderas. Lift las estaba manteniendo a raya, con los dientes rechinando. Su voluntad contra la oscuridad, hasta que…
Luz.
Como una súbita detonación, una fuerza de luz se extendió por todo el campo. Las gemas del suelo fulguraron, capturando luz tormentosa, y el asesino chilló y absorbió luz en forma de neblina brillante.
Las enredaderas se marchitaron y la sed de la espada se sació de luz tormentosa. Lift cayó a la piedra de espaldas y separó las manos de la cabeza de Szeth.
Sabía que me gustabas, dijo una voz en la mente de Lift.
La espada. Entonces, ¿era un spren?
—Casi te lo has comido —dijo Lift—. ¡Casi te me has comido a mí!
Ah, eso nunca lo haría, dijo la voz. Parecía desconcertada del todo, cada vez más lenta, como somnolienta. Pero… a lo mejor es que tenía mucha hambre…
Bueno, Lift supuso que eso no podía reprochárselo a nadie.
El asesino se levantó con movimientos torpes. Su cara estaba surcada de líneas donde habían estado las enredaderas. Su piel tenía franjas grises, del color de la piedra. También estaban en los brazos de Lift. Qué cosas.
Szeth echó a andar hacia la brillante columna de luz, dejando una imagen fantasmal a su espalda.
—Vamos —dijo.
«¿Y Elhokar?», pensó Dalinar. Pero no llegó nadie más a través de la columna de luz. Y lo supo. Supo, de alguna manera, que el rey no iba a venir.
Cerró los ojos y aceptó esa pena. Había fallado al rey en muchas cosas.
«Levántate —pensó—, y hazlo mejor.»
Abrió los ojos y, poco a poco, su columna de glorispren se oscureció. El poder se retiró de su interior, dejándolo agotado. Por suerte, el campo de batalla estaba cubierto de resplandecientes gemas. Toda la luz tormentosa que quisiera.
Un conducto directo hacia el Reino Espiritual, dijo el Padre Tormenta. ¿Renuevas esferas, Dalinar?
—Estamos Conectados.
He estado vinculado a otros hombres. Esto no había ocurrido nunca.
Kaladin Bendito por la Tormenta llegó junto a Dalinar ante los cascotes de la muralla, y Shallan Davar se situó a su otro lado. Jasnah salió de la ciudad y contempló la escena con aire crítico, y tras ella apareció Renarin, que dio un grito y corrió hacia Adolin. Abrazó a su hermano mayor y dio un respingo. ¿Adolin estaba herido?
«Así me gusta», pensó Dalinar mientras Renarin empezaba de inmediato a sanar a su hermano.
Otras dos personas cruzaron el campo de batalla. A Lift se la esperaba. Pero ¿el asesino? Szeth recogió su vaina plateada del suelo y metió su hoja esquirlada negra en ella antes de acercarse a Dalinar.
«Rompedor del Cielo —pensó Dalinar, componiendo una lista mental—. Danzante del Filo.» Con ellos, hacían siete.
Había esperado a otros tres.
Ahí, dijo el Padre Tormenta. Detrás de tu sobrina.
Dos personas más aparecieron en la sombra de la muralla. Un hombre grande y poderoso, con un físico impresionante, y una mujer de cabello largo y negro. Sus pieles oscuras los hacían makabaki, tal vez azishianos, pero sus ojos estaban mal.
Los conozco, dijo el Padre Tormenta, sonando sorprendido. Los conozco de hace mucho, mucho tiempo. Recuerdos de los días en los que no vivía del todo.
Dalinar, te hallas en presencia de divinidades.
—Ya me voy acostumbrando —dijo Dalinar, volviéndose de nuevo hacia el campo de batalla.
Odium se había retirado a la nada, pero sus Fusionados seguían allí, igual que la mayoría de sus tropas y un extraño spren, el que parecía de humo negro. Más allá, por supuesto, la Emoción aún cubría la cara norte de la explanada, cerca del agua.
Amaram tenía diez mil hombres, y quizá la mitad de ellos había entrado ya en la ciudad. Se habían encogido ante la exhibición de Dalinar, pero después…
Un momento.
«Con esos dos llegamos solo a nueve», pensó dirigiéndose al Padre Tormenta. Algo le decía que debería haber uno más.
No lo sé. Quizá todavía no se haya encontrado. En todo caso, incluso con el vínculo, tú eres solo un hombre. Los Radiantes no sois inmortales. ¿Cómo te enfrentarás a ese ejército?
—¿Dalinar? —dijo Kaladin—. ¿Órdenes, señor?
Las filas enemigas estaban recomponiéndose. Los soldados alzaron sus armas, con los ojos brillando en un rojo profundo. Amaram se removió también, a unos seis metros de distancia. Pero lo que más preocupaba a Dalinar era la Emoción. Sabía de lo que era capaz.
Bajó la mirada hacia su propio brazo y reparó en algo. El relámpago que lo había alcanzado antes, el que había destrozado El camino de los reyes, también le había roto el fabrial. La hebilla estaba abierta y Dalinar veía las diminutas gemas que Navani había puesto para alimentarlo.
—¿Señor? —insistió Kaladin.
—El enemigo intenta aplastar esta ciudad, capitán —dijo Dalinar, bajando el brazo—. Vamos a defenderla contra sus fuerzas.
—¿Siete Radiantes? —dijo Jasnah, escéptica—. Tío, parece una misión difícil, aunque uno de nosotros sea, por lo visto, el tormentoso Asesino de Blanco.
—Sirvo a Dalinar Kholin —susurró Szeth-hijo-hijo-Vallano. Por algún motivo, su rostro tenía franjas grises—. No puedo conocer la verdad, de modo que sirvo a uno que la conoce.
—Hagamos lo que hagamos —dijo Shallan—, mejor que sea rápido. Antes de que esos soldados…
—¡Renarin! —ladró Dalinar.
—¡Señor! —dijo Renarin, adelantándose.
—Tenemos que resistir hasta que lleguen tropas de Urithiru. Fen no tiene suficientes tropas para luchar en solitario. Ve a la Puerta Jurada, impide que ese tronador de ahí arriba la destruya y abre el portal.
—¡Señor! —Renarin saludó.
—Shallan, todavía no tenemos un ejército —dijo Dalinar—. Téjenos uno con luz y mantén entretenidos a esos soldados. Los consume un ansia de sangre que sospecho que los hará más fáciles de distraer. Jasnah, la ciudad que defendemos parece tener un tormentoso agujero enorme en la muralla. ¿Puedes defender ese acceso e impedir que pase nadie?
Ella asintió, pensativa.
—¿Y yo? —preguntó Kaladin.
Dalinar señaló a Amaram, que estaba levantándose en su armadura esquirlada.
—Intentará matarme por lo que voy a hacer ahora, y me vendría bien un guardaespaldas. Si no recuerdo mal, tenías cuentas pendientes con el alto señor.
—Podría decirse así.
—Lift, creo que ya te di una orden. Llévate al asesino y tráeme ese rubí. Juntos, defenderemos esta ciudad hasta que Renarin regrese con tropas. ¿Alguna pregunta?
—Esto… —dijo Lift—. ¿Podrías decirme… donde hay algo de comer?
Dalinar la miró. ¿Algo de comer, en serio?
—Debería haber una pila de suministros justo dentro de la muralla.
—¡Gracias!
Dalinar suspiró y echó a andar hacia el agua.
—¡Señor! —lo llamó Kaladin—. ¿Dónde vas?
—El enemigo ha traído un palo muy grande a esta batalla, capitán. Voy a quitárselo.