Juramentada
SEGUNDA PARTE » 37. La última vez que marchamos
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—Esta es Canción —dijo Lunamor, acercándose a la mujer con un brazo rodeándole los hombros—. Es mejor mujer de todos los Picos. ¡Ja! Hacíamos fuertes de nieve cuando éramos niños, y el suyo siempre era mejor. ¡Tendría que haber sabido que la encontraría en castillo, aunque esté hecho de sillas viejas!
—¿Nieve? —preguntó Lopen—. ¿Cómo se puede construir un fuerte de nieve? He oído hablar mucho de esa cosa.
Es como escarcha, ¿verdad?
—Llanero majara por el aire. —Lunamor negó con la cabeza y fue hacia los gemelos. Les puso una mano a cada uno en el hombro—. Chico es Don. Chica es Cuerda. ¡Ja! Cuando me marché, Don era bajito como Cikatriz. ¡Ahora está casi tan alto como yo!
Se esforzó por apartar el dolor de su voz. Había transcurrido casi un año. Demasiado tiempo. Su intención original era llevarlos consigo cuanto antes, pero entonces se había torcido todo. Sadeas, las cuadrillas del puente…
—Siguiente hijo es Roca, pero no mismo tipo de Roca que yo. Este es… hum… Roca más pequeño. Tercer hijo es Estrella. Segunda hija es Kuma’tiki, un tipo de caparazón que no tenéis aquí. Última hija es otra Canción. Canción Hermosa.
Se agachó junto a ella, sonriendo. Solo tenía cuatro años y se apartó de él. No recordaba a su padre. Le rompió el corazón.
Canción, Tuaka’li’na’calmi’nor, le puso la mano en la espalda. Cerca de ellos, Kaladin estaba presentándoles al Puente Cuatro, pero solo Don y Cuerda habían aprendido idiomas llaneros, y Cuerda solo hablaba veden. Don consiguió hacer un saludo pasable en alezi.
La pequeña Canción buscó las piernas de su madre. Lunamor parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos, aunque no eran del todo lágrimas tristes. Su familia estaba allí. Había pagado con los ahorros de sus primeros salarios el mensaje, enviado por vinculacaña al puesto de mensajería de los Picos. El puesto ya estaba a una semana de su hogar, y desde allí, descender de las montañas y cruzar Alezkar había costado meses.
A su alrededor, la caravana por fin empezaba a moverse traqueteando. Era la primera oportunidad que había encontrado Lunamor de presentar a su familia, ya que el Puente Cuatro llevaba media hora tratando de atender a los heridos. Después, Renarin había llegado con Adolin y dos compañías de tropas. Y por mucho que Renarin se preocupaba de no ser útil, su curación había salvado varias vidas.
Tuaka frotó la espalda de Lunamor y luego se arrodilló a su lado, acercando a su hija con un brazo y a Lunamor con el otro.
—Ha sido un viaje largo —dijo en unkalaki—, el final lo más largo de todo, cuando esas cosas han descendido del cielo.
—Tendría que haber venido a los campamentos de guerra —repuso Lunamor—, para escoltaros.
—Ya estamos aquí —dijo ella—. Lunamor, ¿qué ha pasado? Tu nota parecía muy tensa. Kef’ha está muerto, pero ¿qué te pasó a ti? ¿Por qué estuviste tanto tiempo sin decir nada?
Lunamor agachó la cabeza. ¿Cómo podía explicarlo todo? Las carreras de puente, las grietas de su alma. ¿Cómo podía explicarle que el hombre que tan fuerte decía ella siempre que era había deseado morir? Que había sido un cobarde, que al final casi se había rendido.
—¿Y qué hay de Tifi y Sinaku’a? —le preguntó ella.
—Muertos —susurró él—. Alzaron sus armas en venganza.
Tuaka se llevó la mano a los labios. Llevaba enguantada la mano segura, en deferencia a las estúpidas tradiciones vorin.
—Entonces, tú…
—Ahora soy cocinero —dijo Lunamor con firmeza.
—Pero…
—Ahora cocino, Tuaka. —Se la acercó más—. Venga, llevemos a los niños a un lugar seguro. Llegaremos a la torre, que seguro que te gustará. Es casi como los Picos. Te contaré historias. Algunas son dolorosas.
—Muy bien. Lunamor, yo también tengo historias. En los picos, nuestro hogar… algo va mal. Muy mal.
Lunamor se apartó y la miró a los ojos. Allí abajo la llamarían una ojos oscuros, aunque él halló una profundidad, una belleza y una luz infinita en aquellos ojos castaños verdosos.
—Te lo explicaré cuando estemos a salvo —prometió ella, levantando a la pequeña Canción Hermosa—. Eres sabio insistiendo en que sigamos adelante. Sabio como siempre.
—No, mi amor —susurró él—. Soy un necio. Echaría la culpa al aire, pero allá arriba también fui un necio, por dejar que Kef’ha emprendiera esta estúpida misión.
Tuaka cruzó el puente con los niños. Él la miró, y se alegró de volver a oír hablar en unkalaki, un idioma como debía ser. Se alegró de que los otros hombres no lo hablaran, porque de hacerlo quizá habrían alcanzado a entender las mentiras que les había contado.
Kaladin se acercó y le dio una palmada en el hombro.
—Voy a asignar mis habitaciones a tu familia, Roca. He sido muy lento en ponerme a buscar alojamientos familiares para los hombres del puente. Esto me espabilará. Conseguiré que nos las concedan, y hasta entonces dormiré con los demás hombres.
Lunamor abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor. Algunos días, lo más honorable era aceptar un regalo sin reservas.
—Gracias —dijo—. Por las habitaciones. Por otras cosas, mi capitán.
—Ve y camina con tu familia, Roca. Hoy podemos ocuparnos del puente sin ti. Tenemos luz tormentosa.
Lunamor apoyó los puños en la suave madera.
—No —dijo—. Será un privilegio cargarlo una última vez, por mi familia.
—¿Una última vez? —preguntó Kaladin.
—Marchamos a los cielos, Bendito por la Tormenta —dijo Lunamor—. No andaremos más en los días que vienen. Esto es el final. —Miró hacia atrás, hacia un apagado grupo del Puente Cuatro que parecía sentir que sus palabras eran certeras—. ¡Ja! No estéis tan tristes. He dejado estofado buenísimo cerca de ciudad. No creo que Hobber lo eche a perder antes de que volvamos. ¡Venga! Levantad nuestro puente. La última vez que marchamos no es hacia la muerte, ¡sino hacia panzas llenas y buenas canciones!
Pese a sus ánimos, fue un grupo solemne y respetuoso el que alzó el puente. Ya no eran esclavos. ¡Tormentas, llevaban fortunas en los bolsillos! Refulgían, como pronto lo hicieron sus pieles.
Kaladin ocupó su lugar en la delantera. Juntos, acarrearon el puente en una última carrera, con reverencia, como si fuese el féretro de un rey que llevaban a la tumba para su reposo eterno.