Juramentada
SEGUNDA PARTE » 38. Personas rotas
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38. Personas rotas
Tus habilidades son admirables, pero no eres más que un hombre. Tuviste tu oportunidad de ser más y la rechazaste
Dalinar entró en la siguiente visión en pleno combate.
Había aprendido la lección y no iba a dejar enredada a ninguna otra persona en una batalla imprevista. Esa vez pretendía encontrar un punto seguro y entonces llevar allí a más personas.
Eso suponía aparecer del mismo modo que lo había hecho muchos meses antes, sosteniendo una lanza con manos sudorosas, en una desolada y rota superficie de piedra, rodeado de hombres vestidos con ropa primitiva. Iban cubiertos con basta fibra de lavis, llevaban sandalias de piel de cerdo y empuñaban lanzas con puyones de bronce. Solo su oficial llevaba armadura, un simple jubón de cuero que no estaba ni bien endurecido. Lo habían curado y luego habían hecho una especie de chaleco con él. Demostró no servir de nada contra un hachazo en la cara.
Dalinar rugió, recordando vagamente su primera vez en aquella visión. Había sido de las primeras, cuando todavía las menospreciaba considerándolas simples pesadillas. Ese día, pretendía descubrir sus secretos.
Cargó contra el enemigo, un grupo de hombres con ropa más o menos igual de mala. Los compañeros de Dalinar estaban atrapados al borde de un precipicio. Si no luchaban ya, acabarían empujados a una pronunciada pendiente que terminaba en una caída a plomo de quince o veinte metros hasta el fondo de un valle.
Dalinar embistió contra el grupo enemigo que intentaba empujar a sus hombres al precipicio. Llevaba la misma ropa y armamento que los demás, pero había traído consigo una rareza: una bolsa de gemas que llevaba atada al cinturón.
Destripó a un enemigo con su lanza y lo empujó hacia los demás, que serían unos treinta hombres con barbas desaliñadas y ojos crueles. Dos tropezaron con su amigo moribundo, lo que dejó protegido un momento el flanco de Dalinar. Cogió el hacha del caído y atacó a su izquierda.
El enemigo se resistió, aullando. Aquellos hombres no estaban bien entrenados, pero cualquier imbécil con una hoja afilada podía ser peligroso. Dalinar cortó, desgarró y rodó con el hacha, que estaba bien equilibrada. Era una buena arma. Confiaba en poder derrotar a aquel grupo.
Dos cosas salieron mal. La primera fue que los demás lanceros no lo apoyaron. Nadie entró por detrás de él para impedir que lo rodearan.
La segunda fue que los hombres salvajes no se amedrentaron.
Dalinar había llegado a confiar en que los soldados se apartaran al verlo luchar. Dependía de que rompieran su disciplina: incluso antes de ser portador de esquirlada, había contado con su ferocidad, su puro ímpetu, para ganar las peleas.
Resultó que el ímpetu de un hombre, por muy habilidoso o decidido que fuera, servía de poco si atacaba un muro de piedra. Los hombres que tenía delante no se doblegaron, no montaron en pánico, ni siquiera se estremecieron mientras mataba a cuatro de ellos. Atacaron a Dalinar con bravura renovada. Uno hasta rio.
En un instante, un hacha que ni siquiera vio le amputó el brazo, y luego perdió el equilibrio, empujado por los atacantes. Dalinar cayó al suelo, aturdido, mirando incrédulo el muñón de su brazo izquierdo. El dolor le pareció una sensación desconectada, lejana. Solo un dolorspren, como una mano hecha de tendones, apareció al lado de sus rodillas.
Dalinar tuvo una desoladora y humillante sensación de su propia mortalidad. ¿Era eso lo que sentían todos los veteranos, cuando por fin caían en el campo de batalla? ¿Aquella estrambótica y surrealista combinación de incredulidad y resignación enterrada mucho tiempo atrás?
Dalinar cuadró la mandíbula y usó la mano que le quedaba para quitarse la cinta de cuero que usaba como cinturón. Sosteniendo un extremo con los dientes, envolvió con ella el muñón de su brazo derecho por encima del codo. El corte aún no sangraba demasiado. Las heridas como aquella tardaban un poco en sangrar, porque al principio el cuerpo constreñía el flujo.
Tormentas. El hacha le había atravesado el antebrazo de lado a lado. Se recordó que no era su carne de verdad la que había quedado expuesta al aire. Que no era su propio hueso el que veía, como el anillo central de una cortada de cerdo.
¿Por qué no te curas como hiciste en la visión con Fen?, preguntó el Padre Tormenta. Tienes luz tormentosa.
—Sería hacer trampa —dijo Dalinar con un gruñido.
¿Trampa?, se sorprendió el Padre Tormenta. Condenación, ¿por qué iba a ser trampa? No has hecho ningún juramento.
Dalinar sonrió al oír a un fragmento de Dios maldecir. Se preguntó si al Padre Tormenta se le estaban contagiando sus malas costumbres. Haciendo todo el poco caso que pudo al dolor, Dalinar empuñó su hacha con una mano y se levantó con esfuerzo. Por delante de él, su brigada de doce soldados luchaba desesperada (y mal) contra el frenético asalto enemigo. Los habían acorralado contra el mismo borde del precipicio. Rodeado de altas formaciones de roca en todas las direcciones, aquel lugar casi se parecía a un abismo, aunque era mucho más abierto.
Dalinar flaqueó y estuvo a punto de derrumbase de nuevo. ¡Tormentas!
Cúrate, insistió el Padre Tormenta.
—Antes las cosas como esta me parecían rasguños. —Dalinar miró el brazo que le faltaba. Bueno, quizá nunca le hubiera pasado nada tan grave como aquello.
Eres viejo, dijo el Padre Tormenta.
—Puede —replicó Dalinar, recomponiéndose mientras se le aclaraba la visión—. Pero ellos han cometido un error.
¿Qué error?
—Darme la espalda.
Dalinar cargó de nuevo, blandiendo el hacha con una mano. Derribó a dos enemigos, abriéndose paso hacia sus hombres.
—¡Bajad! —les gritó—. No podemos combatirlos aquí arriba. ¡Resbalad por la cuesta hasta ese saliente de abajo! ¡Luego ya buscaremos la forma de bajar al valle!
Saltó por el precipicio y cayó sobre la pendiente ya moviéndose. Era una maniobra temeraria, pero tormentas, arriba era imposible que sobrevivieran. Se deslizó por la piedra, preocupándose de no caer mientras se aproximaba a la caída en vertical hacia el valle. Una última y pequeña cornisa de piedra le permitió trastabillar hasta detenerse.
Otros hombres descendían resbalando a su alrededor. Soltó el hacha y asió a uno, impidiendo que rebasara el saliente y cayera a su muerte. Se le escaparon otros dos.
En total, siete hombres lograron detenerse junto a él. Dalinar resolló, mareado de nuevo, y miró hacia abajo por el lado de la cornisa. Como mínimo, había quince metros hasta el fondo del cañón.
Sus compañeros eran un grupo herido y desarrapado, ensangrentado y temeroso. Brotaron agotaspren cerca, como chorros de polvo. Por encima, los salvajes se aglomeraron cerca del borde y los miraron anhelantes, como sabuesos-hacha que no perdían de vista la comida en la mesa de su amo.
—¡Tormentas! —El hombre al que Dalinar había salvado se dejó caer sentado—. ¡Tormentas! Están muertos. Están todos muertos. —Se envolvió el cuerpo con los brazos.
Mirando a su alrededor, Dalinar vio a un solo otro hombre aparte de él que hubiera conservado su arma. El torniquete que se había hecho dejaba escapar sangre.
—Esta guerra la ganamos —dijo Dalinar en voz baja.
Varios otros lo miraron.
—Ganamos. Lo he visto. Nuestro pelotón es de los últimos que siguen luchando. Aunque nosotros aún podamos caer, la guerra está ganada.
Arriba en la planicie, una figura se unió a los salvajes. Era una criatura que les sacaba una buena cabeza, con una temible armadura de caparazón rojo y negro. Sus ojos tenían un brillo carmesí.
Sí, Dalinar recordaba a esa criatura. La vez anterior en aquella visión, lo habían dejado arriba, dándolo por muerto. Aquella cosa había pasado a su lado, un monstruo de pesadilla, había supuesto, dragado de su subconsciente, parecido a los seres contra los que luchaba en las Llanuras Quebradas. Pero ahora sabía la verdad. Era un Portador del Vacío.
Pero en el pasado no había habido tormenta eterna, se lo había confirmado el Padre Tormenta. Así que ¿de dónde habían salido las criaturas, en aquella época?
—Formad —ordenó Dalinar—. ¡Preparaos!
Dos de los hombres obedecieron y se acercaron a él. La verdad era que dos de siete eran más de los que había esperado.
La pared del acantilado se sacudió como si algo enorme hubiera impactado contra ella. Y entonces las piedras que había cerca titilaron. Dalinar parpadeó. ¿La pérdida de sangre le estaba empañando la visión? La pared de piedra pareció relucir y ondularse, como la superficie de un estanque después de arrojarle una piedra.
Alguien agarró el borde de su cornisa desde abajo. Una figura resplandeciente en su armadura esquirlada, con los bordes de cada pieza brillando en ámbar de forma visible a pesar de la luz del día, se aupó al saliente. Era un hombre imponente, incluso más grande que otros hombres con armadura esquirlada.
—Huid —ordenó el portador de esquirlada—. Lleva a tus hombres a los sanadores.
—¿Cómo? —preguntó Dalinar—. El acantilado…
Dalinar dio un respingo. Al precipicio le habían salido asideros.
El portador de esquirlada apretó la mano contra la cuesta que ascendía hacia el Portador del Vacío y de nuevo la piedra pareció retorcerse. Se formaron peldaños en la roca, como si estuviera hecha de una cera que pudiera fluir y asumir formas. El portador extendió a un lado su mano y en ella apareció un gigantesco y brillante martillo.
Se lanzó hacia el Portador del Vacío.
Dalinar palpó la roca y la notó firme al tacto. Meneó la cabeza e indicó a su hombres que iniciaran el descenso.
El último le miró el muñón del brazo.
—¿Cómo vas a seguirnos, Malad?
—Me las apañaré —dijo Dalinar—. Ve.
El hombre se marchó. Dalinar tenía la cabeza cada vez más embotada. Al final, se rindió y absorbió un poco de luz tormentosa.
Le volvió a crecer el brazo. Primero sanó el corte y después la carne se extendió hacia fuera como el brote de una planta. A los pocos momentos, movió los dedos asombrado. Un brazo cortado tenía para él la misma importancia que un golpe en un dedo del pie. La luz tormentosa le aclaró la cabeza y dio una profunda y refrescante bocanada de aire.
Desde arriba llegaba el sonido de la lucha, pero ni siquiera estirando el cuello alcanzaba a ver gran cosa. Eso sí, un cuerpo cayó rodando por la pendiente y se precipitó al valle.
—Son humanos —dijo Dalinar.
Salta a la vista.
—Antes no había atado cabos —explicó Dalinar—. ¿Había hombres luchando en el bando de los Portadores del Vacío?
Algunos.
—¿Y el portador de esquirlada que he visto? ¿Era un Heraldo?
No, un mero Custodio de la Piedra. Esa Potenciación que ha modificado la roca es la otra que puedes aprender, aunque es posible que a ti te sirva de otra manera.
Cuánto contraste. Los soldados normales parecían de lo más primitivos, pero aquel potenciador…
Dalinar sacudió la cabeza y descendió, utilizando los asideros de la pared de roca. Vio a sus compañeros uniéndose a un grupo numeroso de soldados un poco más allá, en el valle. Resonaron contra la pared gritos y vítores gozosos desde esa dirección. Era tal y como lo recordaba, más o menos: la guerra estaba ganada. Solo resistían unos pocos reductos enemigos. El grueso del ejército estaba empezando a celebrarlo.
—Muy bien, trae a Navani y a Jasnah —dijo Dalinar. En algún momento pretendía mostrar esa visión al joven emperador de Azir, pero antes quería prepararse—. Sitúalas en algún lugar cercano a mí, por favor, y deja que conserven su ropa.
Cerca, dos hombres se detuvieron de sopetón. Una neblina de brillante luz tormentosa cubrió sus formas y, al desvanecerse, su lugar lo ocupaban Navani y Jasnah, vestidas con havahs.
Dalinar trotó hacia ellas.
—Bienvenidas a mi locura, señoras.
Navani se dio la vuelta, estirando el cuello para mirar las cimas de las formaciones de roca, parecidas a castillos. Echó una mirada a un grupo de soldados que pasaron renqueando, uno de ellos ayudando a su compañero herido y pidiendo Regeneración a viva voz.
—¡Tormentas! —susurró Navani—. Qué real parece.
—Ya te lo había advertido —dijo Dalinar—. Espero que no estés demasiado ridícula allá en las habitaciones.
Aunque él se había acostumbrado a las visiones lo suficiente para que su cuerpo ya no representara lo que estaba haciendo en ellas, no les ocurriría lo mismo a Jasnah, a Navani ni a ninguno de los monarcas a los que hiciera entrar.
—¿Qué está haciendo esa mujer? —preguntó Jasnah, curiosa.
Una joven se dirigió a los hombres que cojeaban. ¿Sería una Radiante? Tenía aire de serlo, aunque no llevaba armadura. Era más la confianza que proyectaba, la forma en que los hizo sentarse y sacó algo brillante de una bolsa que llevaba al cinto.
—Esto lo recuerdo —dijo Dalinar—. Es uno de esos artilugios que os había mencionado de otra visión. Los que proporcionan Regeneración, como ellos lo llaman. Sanación.
Los ojos de Navani se ensancharon, y sonrió como una niña a la que hubieran regalado una bandeja llena de dulces para la Fiesta Media. Dio a Dalinar un abrazo rápido y corrió hacia allí para mirar. Se detuvo justo al lado del grupo e hizo gestos impacientes a la Radiante para que continuara.
Jasnah se volvió para mirar el cañón a su alrededor.
—No conozco ningún lugar con esta descripción en nuestra época, tío. Parecen las tierras de tormentas, por esas formaciones rocosas.
—¿Podría ser algún lugar de las Montañas Irreclamadas?
—O eso o hace tanto tiempo que las formaciones rocosas han desaparecido presa de la erosión.
Jasnah miró con ojos entornados un grupo de personas que recorrían el cañón, llevando agua a los soldados. La vez anterior, Dalinar había llegado al valle justo a tiempo para encontrarlos y beber un poco.
«Se te necesita arriba», le había dicho uno de ellos, señalando la estrecha cuesta que remontaba el cañón por el lado opuesto al que había ocupado luchando.
—Esa ropa —dijo Jasnah casi para sí misma—, esas armas…
—Hemos retrocedido a la antigüedad.
—Sí, tío —convino Jasnah—. Pero ¿no me dijiste que esta visión transcurre al final de las Desolaciones?
—Por lo que recuerdo de ella, sí.
—En consecuencia, la visión de la Esencia de Medianoche es anterior a esta, cronológicamente. Y aun así, en aquella viste acero, o hierro como mínimo. ¿Recuerdas el atizador?
—No creo que vaya a olvidarlo nunca. —Dalinar se frotó el mentón—. Hierro y acero entonces, pero ahora hombres blandiendo armas bastas, de cobre y bronce. Como si no supieran crear hierro mediante el moldeado de almas, o por lo menos como si no supieran forjarlo bien, a pesar de estar en una fecha posterior. Vaya, sí que es extraño.
—Es la confirmación de lo que se nos dijo, aunque antes no terminara de creérmelo. Las Desolaciones fueron tan terribles que destruyeron la cultura y el progreso, dejando atrás un pueblo herido.
—Se suponía que las órdenes de Radiante debían impedirlo —dijo Dalinar—. Eso lo descubrí en otra visión.
—Sí, esa la leí. Las he leído todas, en realidad. —Jasnah lo miró y sonrió.
La gente siempre se sorprendía al ver emociones en Jasnah, pero a Dalinar le parecía injusto. Jasnah era muy capaz de sonreír, aunque se reservara la expresión para sus momentos más genuinos.
—Gracias, tío —le dijo—. Has hecho al mundo un regalo grandioso. Un hombre puede ser valiente enfrentándose a cien enemigos, pero entrar en estas visiones y registrarlas en vez de ocultarlas… eso es valentía a un nivel distinto del todo.
—Fue simple terquedad. Me negué a creer que estaba loco.
—Pues bendita sea tu terquedad, tío. —Jasnah frunció los labios, pensativa, y siguió en tono más suave—. Me tienes preocupada, tío. Por lo que dice la gente.
—¿Te refieres a mi herejía? —preguntó Dalinar.
—Me preocupa menos la herejía en sí que la forma en que estás afrontando las reacciones a ella.
Por delante de ellos, Navani se las había ingeniado para convencer a la Radiante de que le dejara ver el fabrial. La tarde ya estaba avanzada y las sombras invadían el valle. Pero aquella visión era de las largas, así que no le importó esperar a Navani. Se sentó en una roca.
—No niego a Dios, Jasnah —dijo—. Es solo que creo que el ser al que llamamos el Todopoderoso nunca fue Dios, en realidad.
—Lo cual es una conclusión razonable, a la vista de los relatos de tus visiones. —Jasnah se sentó a su lado.
—Debes de alegrarte de oírme decirlo —aventuró él.
—Me alegro de tener a alguien con quien hablar, y desde luego me alegro de que hayas emprendido un viaje de descubrimiento. En cambio, ¿me alegro de verte sufrir? ¿Me alegro de verte obligado a abandonar algo que te era muy valioso? —Negó con la cabeza—. Me da igual que la gente crea lo que le convenga, tío. Es algo que nadie parece entender, que yo en sus creencias ni entro ni salgo. No necesito compañía para estar confiada.
—¿Cómo lo soportas, Jasnah? —preguntó Dalinar—. Las cosas que la gente dice cuando estás cerca. Yo veo las mentiras en sus ojos incluso antes de que hablen. O quizá me repitan, con absoluta sinceridad, cosas que en teoría dije yo antes, aunque las niegue. ¡Rechazan mi propia palabra en favor de los rumores que corren sobre mí!
Jasnah dejó que su mirada se perdiera al fondo del cañón. En el extremo opuesto estaban congregándose más hombres, un grupo débil y vapuleado que estaba enterándose en esos momentos de que habían ganado la batalla. Una gran columna de humo se alzó en la lejanía, aunque Dalinar no alcanzó a ver de dónde salía.
—Ojalá tuviera las respuestas, tío —dijo Jasnah en voz baja—. Luchar te hace fuerte, pero también insensible. Me preocupa haber aprendido demasiado de lo segundo y poco de lo primero. Pero sí que puedo hacerte una advertencia.
Dalinar la miró, enarcando las cejas.
—Intentarán definirte por medio de algo que no eres —dijo Jasnah—. No lo permitas. Yo puedo ser erudita, mujer, historiadora, Radiante. La gente seguirá intentando clasificarme por lo que me vuelve ajena a ellos. La ironía es que pretenden que lo que no soy, o aquello en lo que no creo, sea mi principal seña de identidad. Siempre lo he rechazado, y voy a seguir haciéndolo.
Extendió el brazo y le puso la mano libre en el brazo.
—No eres un hereje, Dalinar Kholin. Eres un rey, un Radiante y un padre. Eres un hombre de creencias complicadas, que no acepta todo lo que le dicen. Eres tú quien decide cómo se te define. No concedas eso a los demás, porque aprovecharán de mil amores la oportunidad de definirte, si les dejas.
Dalinar asintió despacio.
—De todas formas —añadió Jasnah, levantándose—, supongo que no es el mejor momento para tener esta conversación. Soy consciente de que podemos repetir esta visión a voluntad, pero la cantidad de tormentas en las que podamos hacerlo será limitada. Debería estar explorando.
—La última vez, fui por ahí —dijo Dalinar, señalando cuesta arriba—. Me gustaría volver a ver lo que vi.
—Excelente. Cubriremos más terreno si nos separamos. Yo iré en dirección contraria, y luego podemos reunirnos y comparar notas.
Jasnah se marchó cuesta abajo, hacia la mayor concentración de hombres.
Dalinar se levantó y estiró los músculos, sintiéndose agotado aún por el esfuerzo anterior. Al poco tiempo, regresó Navani, musitando explicaciones de lo que había visto entre dientes. Teshav estaba sentada junto a ella en el mundo de la vigilia, y Kalami con Jasnah, registrando lo que decían. Era la única forma de tomar notas en aquellas visiones.
Navani entrelazó el brazo con el suyo y miró hacia Jasnah con una sonrisa de afecto en los labios. No, nadie habría considerado fría a Jasnah si hubiera presenciado el lloroso reencuentro entre madre e hija.
—¿Cómo pudiste criarla? —preguntó Dalinar.
—Sobre todo, impidiendo que se diera cuenta de que la estaba criando —dijo Navani. Se apretó contra él—. Ese fabrial es maravilloso, Dalinar. Es como un moldeador de almas.
—¿En qué sentido?
—¡En el de que no tengo ni idea de cómo funciona! Creo… creo que hay algo erróneo en la forma en que estamos pensando en los fabriales antiguos. —Dalinar la miró, y ella negó con la cabeza—. Aún no puedo explicarlo.
—Navani… —empezó a insistir él.
—No —dijo ella, tozuda—. Tengo que presentar mis ideas a los eruditos, ver si lo que pienso tiene sentido siquiera y luego preparar un informe. Las cosas funcionan así, Dalinar Kholin, así que ten paciencia.
—Seguro que no entenderé ni la mitad de lo que digas, en todo caso —gruñó él.
No partió de inmediato en la dirección que había seguido la vez anterior. En su anterior visita, alguien lo había animado a hacerlo. Pero en esa ocasión, había actuado de forma distinta. ¿Lo dirigirían hacia allí de todos modos?
No tuvo que esperar mucho antes de que llegara un oficial corriendo hacia ellos.
—Eh, tú —dijo el hombre—. ¿Te llamas Malad-hijo-Zent? Quedas ascendido a sargento. Dirígete al campamento base tres. —Señaló cuesta arriba—. Sube hasta ahí y baja por el otro lado. ¡Andando!
Torció el gesto mirando a Navani, ya que a sus ojos no deberían estar cogidos con tanta familiaridad, pero se marchó deprisa sin decir nada más.
Dalinar sonrió.
—¿Qué pasa? —preguntó Navani.
—Estas visiones son experiencias fijas que Honor quería que tuviera. Aunque en ellas hay libertad, sospecho que se impartirá la misma información haga lo que haga.
—Entonces, ¿quieres desobedecer?
Dalinar negó con la cabeza.
—Hay cosas que necesito ver otra vez. Ahora que sé que esta visión es fidedigna, tengo mejores preguntas que hacer.
Emprendieron el ascenso por la lisa roca, caminando cogidos del brazo. Dalinar sintió que empezaban a revolverse en él unas emociones inesperadas, en parte debidas a las palabras de Jasnah. Pero era algo más profundo, una acumulación de gratitud, alivio, incluso amor.
—Dalinar, ¿estás bien? —preguntó Navani.
—Solo estoy… pensando —dijo, intentando mantener la voz firme—. Por la sangre de mis padres, ha pasado ya casi medio año, ¿verdad? ¿Desde que empezó todo esto? Y en todo ese tiempo, he tenido las visiones en solitario. Es solo que me alegro de compartir la carga, Navani. Me alegro de poder enseñarte esto y de saber de una vez, absolutamente y con certeza, que lo que veo no está solo en mi mente.
Ella se apretó de nuevo contra él y anduvo con la cabeza apoyada en su hombro. Mostraban mucho más afecto en público que el que tolerarían las costumbres alezi, pero ¿acaso no las habían tirado por la ventana hacia mucho tiempo? Además, no podía verlos nadie. Nadie real, por lo menos.
Coronaron la cuesta y pasaron entre varias zonas de suelo ennegrecido. ¿Qué podía quemar la roca de ese modo? Otras zonas parecían aplastadas por un peso imposible, mientras otras tenían unos agujeros de formas extrañas tallados en ellas. Navani hizo que pararan al lado de una formación particular, que les llegaba solo a las rodillas, en la que la roca se ondulaba en un patrón extraño y simétrico. Parecía líquido, congelado a medio fluir.
Resonaron gritos de dolor por los cañones y a lo largo de la abierta llanura de roca. Mirando por el borde, Dalinar encontró el principal campo de batalla. Los cadáveres se extendían en la distancia. Había millares, algunos amontonados, otros masacrados a montones contra paredes de piedra.
—¿Padre Tormenta? —dijo Dalinar al spren—. Esto es lo que he dicho a Jasnah que es, ¿verdad? Aharietiam, la Última Desolación.
Así es como la llamaron.
—Incluye a Navani en tus respuestas —pidió Dalinar.
DE NUEVO ME PLANTEAS EXIGENCIAS. NO DEBERÍAS HACERLO. La voz atronó en el aire y Navani casi dio un salto.
—Aharietiam —repitió Dalinar—. No es así como las canciones y los cuadros representan la derrota final de los Portadores del Vacío. En ellos, siempre hay algún tipo de enorme enfrentamiento, con unos monstruos aterradores cargando contra líneas de valientes soldados.
EL HOMBRE MIENTE EN SU POESÍA. SIN DUDA, YA LO SABES.
—Es solo que… que parece un campo de batalla normal y corriente.
¿Y ESA ROCA QUE TIENES DETRÁS?
Dalinar dio media vuelta hacia ella y ahogó un grito al comprender que lo que había confundido con un peñasco era en realidad un gigantesco rostro esquelético. Un montón de escombros junto al que habían pasado era en realidad una de aquellas cosas que había visto en otra visión. Un monstruo de piedra que salía a zarpazos del suelo.
Navani se acercó a la cara.
—¿Dónde están los parshmenios?
—Antes he combatido contra humanos —dijo Dalinar.
RECLUTADOS POR EL OTRO BANDO, añadió el Padre Tormenta. CREO.
—¿Crees? —preguntó Dalinar.
EN ESTOS TIEMPOS, HONOR AÚN VIVÍA. YO NO ERA DEL TODO YO MISMO. TENÍA MÁS DE TORMENTA. MENOS INTERÉS EN LOS HOMBRES. SU MUERTE ME CAMBIÓ. MI RECUERDO DE ESA ÉPOCA ES DIFÍCIL DE EXPLICAR. PERO SI QUERÉIS VER PARSHMENIOS, SOLO TENÉIS QUE MIRAR HACIA EL OTRO LADO DEL CAMPO.
Navani fue con Dalinar a la cresta y contemplaron la llanura de cadáveres que se extendía ante ellos.
—¿Cuáles son? —preguntó Navani.
¿NO LOS DISTINGUES?
—No a esta distancia.
LA MITAD DE TODOS ESOS SON LO QUE LLAMARÍAIS PARSHMENIOS.
Dalinar forzó la vista, pero siguió sin poder distinguir qué cadáveres eran humanos y cuáles no. Llevó a Navani cuesta abajo y luego por una llanura. Allí los cuerpos estaban entremezclados: hombres de ropa primitiva y cadáveres parshmenios de sangre anaranjada. Era una advertencia que debería haber captado, pero cuyo sentido no había podido colegir en su primer paso por la visión. Había creído estar presenciando una pesadilla de sus batallas en las Llanuras Quebradas.
Sabía el camino que debía seguir, el que los llevó a Navani y a él por entre el campo de cadáveres y luego a un hueco sombrío tras una alta aguja de piedra. La luz caía sobre las piedras de forma intrigante. La vez anterior, creía haber llegado a aquel lugar por casualidad, pero en realidad la visión entera lo había dirigido a ese momento.
Encontraron nueve hojas esquirladas clavadas en la piedra. Abandonadas. Navani se llevó a la boca su mano segura enguantada al verlas. ¿Nueve preciosidades de hojas, cada una un tesoro, abandonadas allí sin más? ¿Por qué? ¿Cómo?
Dalinar cruzó las sombras rodeando las nueve hojas. Se trataba de otra imagen que había malinterpretado al tener la visión por primera vez. No eran meras hojas esquirladas.
—Ojos de Ceniza —dijo Navani, señalando—. Esa la reconozco, Dalinar. Es la que…
—La que mató a Gavilar —dijo Dalinar, deteniéndose junto a la hoja menos ornamentada, larga y fina—. El arma del Asesino de Blanco. Es una hoja de Honor. Las nueve lo son.
—¡Este es el día en que los Heraldos hicieron su ascenso final a los Salones Tranquilos! —exclamó Navani—. Para encabezar allí la batalla.
Dalinar se volvió a un lado, hacia el lugar donde atisbaba un centelleo en el aire. El Padre Tormenta.
—Solo que… —prosiguió Navani—. Esto no fue el auténtico final. Porque el enemigo regresó. —Rodeó el anillo de piedras y se detuvo junto a un hueco en el círculo—. ¿Dónde está la décima hoja?
—Las historias son incorrectas, ¿verdad? —preguntó Dalinar al Padre Tormenta—. No derrotamos al enemigo para siempre, como afirmaban los Heraldos. Mintieron.
La cabeza de Navani se alzó de golpe y sus ojos se enfocaron en Dalinar.
DURANTE MUCHO TIEMPO LES REPROCHÉ SU CARENCIA DE HONOR, dijo el Padre Tormenta. ES… DIFÍCIL PARA MÍ VER MÁS ALLÁ DE UN JURAMENTO ROTO. LOS ODIABA. AHORA, CUANTO MÁS CONOZCO A LOS HOMBRES, MÁS HONOR VEO EN ESAS POBRES CRIATURAS QUE LLAMÁIS HERALDOS.
—Cuéntame lo que ocurrió —pidió Dalinar—. Lo que ocurrió de veras.
¿ESTÁS PREPARADO PARA ESTA HISTORIA? HAY PARTES QUE NO TE GUSTARÁN.
—Si he aceptado que Dios está muerto, puedo aceptar la caída de sus Heraldos.
Navani se sentó en una piedra cercana, con la cara pálida.
EMPEZÓ CON LAS CRIATURAS A LAS QUE LLAMÁIS PORTADORES DEL VACÍO, dijo el Padre Tormenta con voz grave y atronadora. ¿Introspectiva? COMO DECÍA, MI VISIÓN DE ESOS ACONTECIMIENTOS ESTÁ DISTORSIONADA. PERO SÍ RECUERDO QUE UNA VEZ, MUCHO ANTES DEL DÍA QUE PRESENCIÁIS AHORA, HABÍA MUCHAS ALMAS DE CRIATURAS QUE HABÍAN SIDO DESTRUIDAS, FURIOSAS Y TERRIBLES. LES HABÍA CONCEDIDO UN GRAN PODER EL ENEMIGO, EL LLAMADO ODIUM. ESO FUE EL PRINCIPIO, EL INICIO DE LAS DESOLACIONES.
PUES CUANDO MURIERON, SE NEGARON A MARCHARSE.
—Eso es lo que está pasando ahora —dijo Dalinar—. A los parshmenios los están transformando esas cosas de la tormenta eterna. ¿Esas cosas son…? —Tragó saliva—. ¿Son las almas de sus difuntos?
SON LOS SPREN DE PARSHMENIOS MUERTOS HACE MUCHO. SON SUS REYES, SUS OJOS CLAROS, SUS VALEROSOS SOLDADOS DE MUCHO, MUCHÍSIMO TIEMPO ATRÁS. EL PROCESO NO LES RESULTA SUAVE. ALGUNOS DE ESOS SPREN HAN PASADO A SER MERAS FUERZAS, BESTIALES, FRAGMENTOS DE MENTES A LOS QUE ODIUM CONFIRIÓ PODER. OTROS ESTÁN MÁS… DESPIERTOS. CADA RENACIMIENTO DAÑA MÁS SUS MENTES.
RENACEN EMPLEANDO CUERPOS DE PARSHMENIOS PARA CONVERTIRSE EN LOS FUSIONADOS. E INCLUSO ANTES DE QUE LOS FUSIONADOS APRENDIERAN A DOMINAR LAS POTENCIAS, LA HUMANIDAD NO PODÍA COMBATIRLOS. LOS HUMANOS JAMÁS PODRÍAN DERROTARLOS SI LAS CRIATURAS A LAS QUE MATABAN RENACÍAN DESPUÉS DE CADA MUERTE. Y EN CONSECUENCIA, EL JURAMENTO.
—Diez personas —dijo Dalinar—. Cinco hombres, cinco mujeres. —Miró las espadas—. ¿Ellos terminaron con esto?
SE SACRIFICARON. DEL MISMO MODO EN QUE ODIUM ESTÁ SELLADO POR LOS PODERES DE HONOR Y CULTIVACIÓN, VUESTROS HERALDOS ENCERRARON A LOS SPREN DE LOS MUERTOS EN EL LUGAR QUE LLAMÁIS CONDENACIÓN. LOS HERALDOS ACUDIERON A HONOR, QUE LES CONCEDIÓ ESE DERECHO, ESE JURAMENTO. CREYERON QUE TERMINARÍA CON LA GUERRA PARA SIEMPRE. PERO SE EQUIVOCABAN. HONOR SE EQUIVOCABA.
—Él mismo era como un spren —dijo Dalinar—. Me lo dijiste una vez. Y Odium también.
HONOR PERMITIÓ QUE EL PODER LO CEGARA A LA VERDAD: QUE AUNQUE LOS SPREN Y LOS DIOSES NO PUEDEN ROMPER SUS JURAMENTOS, LOS HUMANOS SÍ PUEDEN Y LO HARÁN. LOS DIEZ HERALDOS QUEDARON ENCERRADOS EN CONDENACIÓN, ATRAPANDO ALLÍ A LOS PORTADORES DEL VACÍO. SIN EMBARGO, SI CUALQUIERA DE LOS DIEZ ACEPTABA DOBLEGAR SU JURAMENTO Y DEJAR PASAR A PORTADORES DEL VACÍO, DESATABA LA INUNDACIÓN. PODRÍAN REGRESAR TODOS ELLOS.
—Y eso iniciaba una Desolación —dijo Dalinar.
Y ESO INICIABA UNA DESOLACIÓN, confirmó el Padre Tormenta.
Un juramento que podía doblegarse, un pacto que podía socavarse. Dalinar comprendió lo que había ocurrido. Le resultó muy evidente.
—Fueron torturados, ¿verdad?
DE FORMA HORRIBLE, POR LOS ESPÍRITUS QUE HABÍAN ATRAPADO. PODÍAN COMPARTIR EL DOLOR POR MEDIO DE SU VÍNCULO, PERO AL FINAL SIEMPRE HABÍA ALGUIEN QUE FLAQUEABA.
CUANDO UNO SE VENÍA ABAJO, LOS DIEZ HERALDOS REGRESABAN A ROSHAR. BATALLABAN. DIRIGÍAN A LOS HOMBRES. SU JURAMENTO DEMORABA A LOS FUSIONADOS, LES IMPEDÍA REGRESAR DE INMEDIATO, PERO DESPUÉS DE CADA DESOLACIÓN LOS HERALDOS REGRESABAN A CONDENACIÓN PARA SELLAR AL ENEMIGO DE NUEVO. PARA OCULTARSE, LUCHAR Y POR FIN RESISTIR JUNTOS.
EL CICLO SE REPITIÓ. AL PRINCIPIO, LOS DESCANSOS ENTRE DESOLACIONES FUERON LARGOS, DE SIGLOS. HACIA EL FINAL, LAS DESOLACIONES LLEGABAN SEPARADAS POR MENOS DE DIEZ AÑOS. PASÓ MENOS DE UN AÑO ENTRE LAS DOS ÚLTIMAS. LAS ALMAS DE LOS HERALDOS SE HABÍAN DESGASTADO. CEDÍAN CASI EN EL MISMO INSTANTE EN QUE QUEDABAN ATRAPADOS Y SUFRÍAN LAS TORTURAS EN CONDENACIÓN.
—Lo que explica por qué la situación parece tan mala esta vez —susurró Navani desde su asiento—. La sociedad había sufrido Desolación tras Desolación, separadas por intervalos breves. La cultura, la tecnología… todo destrozado.
Dalinar se arrodilló y le frotó el hombro.
—No es tan malo como me temía —dijo ella—. Los Heraldos eran personas honorables. Quizá no tan divinos, pero es posible que incluso me caigan mejor, ahora que sé que eran solo hombres y mujeres normales.
ERAN PERSONAS ROTAS, dijo el Padre Tormenta. PERO PUEDO EMPEZAR A PERDONARLOS, A ELLOS Y SUS JURAMENTOS QUEBRADOS. AHORA TIENE UN… SENTIDO PARA MÍ QUE NUNCA TUVO. Sus palabras sonaron sorprendidas.
—Los Portadores del Vacío que hicieron esto son los que están regresando ahora —dijo Navani—. Otra vez.
LOS FUSIONADOS, LAS ALMAS DE LOS FALLECIDOS DE TIEMPOS REMOTOS, OS ABORRECEN. NO SON RACIONALES. HAN QUEDADO IMPREGNADOS DE SU ESENCIA, LA ESENCIA DEL ODIO PURO. DESTRUIRÁN ESTE MUNDO SI ES LO QUE HACE FALTA PARA DESTRUIR A LA HUMANIDAD. Y SÍ, HAN REGRESADO.
—Aharietiam no fue el auténtico final —dijo Dalinar—. Fue solo una Desolación más. Solo que algo cambió para los Heraldos. ¿Abandonaron sus espadas?
DESPUÉS DE CADA DESOLACIÓN, LOS HERALDOS REGRESABAN A CONDENACIÓN, dijo el Padre Tormenta. SI MORÍAN EN LA LUCHA, SE TRASLADABAN ALLÍ DE FORMA AUTOMÁTICA. Y LOS SUPERVIVIENTES ACUDÍAN POR VOLUNTAD PROPIA AL FINAL. SE LES HABÍA ADVERTIDO QUE SI ALGUNO POSPONÍA EL REGRESO, PODÍA LLEVAR AL DESASTRE. ADEMÁS, DEBÍAN ESTAR JUNTOS EN CONDENACIÓN PARA COMPARTIR LA CARGA DE LA TORTURA SI CAPTURABAN A ALGUNO DE ELLOS. PERO EN ESTA OCASIÓN, SUCEDIÓ ALGO EXTRAÑO. YA FUESE POR COBARDÍA O POR PURA SUERTE, EVITARON LA MUERTE. NINGUNO CAYÓ EN BATALLA… SALVO UNO.
Dalinar miró el hueco en el anillo de hojas.
LOS NUEVE CAYERON EN LA CUENTA DE QUE UNO DE ELLOS NO HABÍA FLAQUEADO NUNCA, prosiguió el Padre Tormenta. TODOS LOS DEMÁS, EN ALGÚN MOMENTO, SE HABÍAN RENDIDO, HABÍAN DADO INICIO A UNA DESOLACIÓN PARA ESCAPAR DEL DOLOR. CONCLUYERON QUE TAL VEZ NO ERA NECESARIO QUE VOLVIERAN TODOS.
DECIDIERON QUEDARSE AQUÍ, ARRIESGÁNDOSE A UNA DESOLACIÓN ETERNA PERO CONFIANDO EN QUE EL QUE HABÍAN DEJADO EN CONDENACIÓN SE BASTARÍA PARA CONTENERLO TODO. EL QUE NO DEBÍA HABERSE UNIDO A ELLOS EN UN PRINCIPIO, EL QUE NO ERA UN REY, UN ERUDITO NI UN GENERAL.
—Talenelat —dijo Dalinar.
EL PORTADOR DE TODAS LAS AGONÍAS. EL ABANDONADO EN CONDENACIÓN, PARA SOPORTAR ALLÍ LA TORTURA EN SOLITARIO.
—Por el Todopoderoso —susurró Navani—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Son más de mil años, ¿verdad?
CUATRO MIL QUINIENTOS AÑOS, dijo el Padre Tormenta. CUATRO MILENIOS Y MEDIO DE TORTURA.
El silencio cayó sobre el pequeño nicho, adornado con hojas plateadas y sombras que se alargaban. Dalinar, sintiéndose débil, se sentó en el suelo al lado de la roca de Navani. Se quedó mirando aquellas hojas y sintió un repentino e irracional odio por los Heraldos.
Era una estupidez. Como había dicho Navani, en realidad eran héroes. Habían evitado a la humanidad los asaltos durante una cantidad ingente de tiempo, pagándolo con su propia cordura. Pero aun así, los odió. Por el hombre al que habían dejado atrás.
El hombre…
Dalinar se levantó de un salto.
—¡Es él! —gritó—. El loco. ¡De verdad es un Heraldo!
TERMINÓ CEDIENDO, dijo el Padre Tormenta. SE HA UNIDO A LOS NUEVE, QUE SIGUEN CON VIDA. EN ESTOS MILENIOS NINGUNO DE ELLOS HA MUERTO Y REGRESADO A CONDENACIÓN, PERO ESO YA NO TIENE LA IMPORTANCIA QUE TUVO UNA VEZ. EL JURAMENTO SE HA DEBILITADO HASTA CASI LA EXTINCIÓN, Y ODIUM HA CREADO SU PROPIA TORMENTA. LOS FUSIONADOS NO REGRESAN A CONDENACIÓN CUANDO SE LOS MATA. RENACEN EN LA SIGUIENTE TORMENTA ETERNA.
Tormentas. ¿Cómo podían derrotar a algo así? Dalinar volvió a mirar aquel hueco vacío entre las espadas.
—El loco, el Heraldo, vino a Kholinar con una hoja esquirlada. ¿No debería haber sido su hoja de Honor?
SÍ. PERO LA QUE SE TE ENTREGÓ A TI NO ES ESA. NO SÉ LO QUE OCURRIÓ.
—Necesito hablar con él. Estaba… en el monasterio, cuando marchamos, ¿verdad? —Dalinar tenía que preguntar a los fervorosos para averiguar quién había evacuado al loco.
—¿Es lo que provocó la rebelión de los Radiantes? —preguntó Navani—. ¿Son estos secretos los que motivaron la Traición?
NO. ESO ES UN SECRETO MÁS PROFUNDO, QUE NO REVELARÉ.
—¿Por qué? —exigió saber Dalinar.
PORQUE SI LO CONOCIERAS, ABANDONARÍAS TUS JURAMENTOS COMO HICIERON LOS ANTIGUOS RADIANTES.
—No lo haría.
¿NO LO HARÍAS?, preguntó imperioso el Padre Tormenta, en voz más alta. ¿SERÍAS CAPAZ DE JURARLO? ¿JURARÍAS SOBRE ALGO DESCONOCIDO? ESTOS HERALDOS JURARON QUE CONTENDRÍAN A LOS PORTADORES DEL VACÍO, Y MIRA LO QUE LES PASÓ.
NO EXISTE HOMBRE VIVO QUE NO HAYA ROTO UN JURAMENTO, DALINAR KHOLIN. TUS NUEVOS RADIANTES SOSTIENEN EN SUS MANOS LAS ALMAS Y LAS VIDAS DE MIS HIJOS. NO. NO PERMITIRÉ QUE HAGAS LO MISMO QUE TUS PREDECESORES. CONOCES LAS PARTES IMPORTANTES. EL RESTO ES IRRELEVANTE.
Dalinar respiró hondo y contuvo su furia. En cierto modo, el Padre Tormenta tenía razón. No tenía forma de saber cómo podría afectarlos ese secreto a él y a sus Radiantes.
Pero aun así, preferiría saberlo. Se sentía como si anduviera por ahí seguido de un verdugo que planeara acabar con su vida en cualquier momento.
Suspiró mientras Navani se levantaba para ir hacia él y cogerle el brazo.
—Tendré que intentar bosquejar de memoria todas estas hojas de Honor. O mejor aún, enviemos a Shallan para que lo haga. Quizá podamos utilizar sus dibujos para localizar las demás.
Una sombra se movió en la entrada del pequeño hueco, y al momento entró un joven con paso inseguro. Tenía la piel blanquecina, con extraños y anchos ojos shin y el cabello castaño un poco rizado. Podría ser cualquiera de los hombres shin que Dalinar había visto a lo largo de su vida. Seguían perteneciendo a una etnia distinta, pese al transcurrir de los milenios.
El hombre cayó arrodillado ante la maravilla de las hojas de Honor abandonadas. Pero al momento, miró a Dalinar y habló con la voz del Todopoderoso.
—Únelos.
—¿No había nada que pudieras hacer por los Heraldos? —le preguntó Dalinar—. ¿No hubo nada que su Dios pudiera hacer para impedir esto?
El Todopoderoso, por supuesto, no podía responder. Había muerto combatiendo aquello a lo que se enfrentaban, la fuerza conocida como Odium. En cierto modo, había sacrificado su propia vida por la misma causa que los Heraldos.
La visión se desvaneció.