Juramentada

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QUINTA PARTE » 120. La lanza que no se rompe

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120. La lanza que no se rompe

Si el viaje en sí es la parte más importante, más que el mismo destino, entonces no viajé para rehuir mi deber, sino para encontrarlo.

De El camino de los reyes, epílogo

Kaladin se alzó al cielo, rebosante de luz tormentosa.

Por debajo, Dalinar caminaba hacia la bruma roja. Aunque había extendido zarcillos entre los soldados del ejército de Amaram, casi toda ella estaba arremolinada más cerca de la costa, a la derecha de la bahía y los muelles destruidos.

Tormentas, qué bien sentaba volver a estar en el mundo real. Incluso con la tormenta eterna oscureciendo el sol, el lugar parecía muchísimo más brillante que Shadesmar. Un grupo de vientospren voló a su alrededor, aunque el aire estaba relativamente calmo. Quizá fuesen los que habían acudido a él en el otro lado, a los que había fallado.

Kaladin, dijo Syl, lo último que necesitas es otro motivo para flagelarte.

Tenía razón. Tormentas, a veces podía ser duro consigo mismo. ¿Sería el defecto que le había impedido pronunciar las Palabras del Cuarto Ideal?

Por algún motivo, Syl suspiró. Oh, Kaladin.

—Luego hablaremos de eso —dijo él.

De momento, se le había concedido una segunda oportunidad de proteger a Dalinar Kholin. Con luz tormentosa bullendo en su interior y el cómodo peso de la lanza-Syl en la mano, se lanzó hacia abajo y aterrizó contra las piedras, cerca de Amaram.

El alto señor, por su parte, cayó de rodillas.

«¿Cómo?», pensó Kaladin. Amaram estaba tosiendo. Echó atrás la cabeza, con la celada alzada, y gimió.

¿Acababa de tragarse algo?

Adolin se tocó el abdomen. Por debajo del corte en su uniforme, solo palpó una piel suave y nueva. No sentía el menor dolor.

Durante un tiempo, había estado seguro de que moriría.

Ya le había pasado antes. Unos meses atrás, lo había sentido cuando Sadeas se había retirado, dejando a las tropas Kholin solas y rodeadas en las Llanuras Quebradas. Pero esto otro había sido distinto. Mirando aquel cielo negro y aquellas nubes antinaturales, sintiendo una repentina y espantosa fragilidad.

Y entonces, la luz. Su padre, el gran hombre al que Adolin jamás podría igualarse, de algún modo había encarnado al mismísimo Todopoderoso. Adolin no podía evitar decirse que no había sido digno de entrar en esa luz.

Pero allí estaba de todos modos.

Los Radiantes se separaron en cumplimiento de las órdenes de Dalinar, aunque Shallan se arrodilló junto a Adolin.

—¿Cómo te encuentras?

—¿Sabes lo mucho que me gustaba esta chaqueta?

—Oh, Adolin.

—En serio, Shallan. Los cirujanos deberían tener más cuidado con la ropa que cortan. Si un hombre va a sobrevivir, querrá su camisa. Y si muere, en fin, por lo menos debería ir bien vestido en su lecho de muerte.

Ella sonrió y volvió la cabeza hacia las tropas de ojos rojos.

—Ve —dijo él—. Yo estaré bien. Salva la ciudad. Sé Radiante, Shallan.

Ella lo besó, se giró y se levantó. Su ropa blanca pareció brillar, en vistoso contraste con el pelo rojo, mientras la luz tormentosa emanaba de ella. Patrón apareció como hoja esquirlada, con una tenue, casi invisible celosía a lo largo del filo. Shallan tejió su poder y todo un ejército salió del suelo a su alrededor.

En Urithiru, había creado una unidad de una veintena de miembros para distraer a la Deshecha. Allí, a su alrededor tomaron forma centenares de ilusiones: soldados, tenderos, lavanderas, escribas, todos ellos procedentes de las páginas de su cuaderno. Brillaron con fuerza, emitiendo luz tormentosa, como si todos ellos fuesen Caballeros Radiantes.

Adolin se levantó y se encontró cara a cara con una ilusión de sí mismo vestida con uniforme Kholin. El Adolin ilusorio brillaba de luz tormentosa y flotaba a unos centímetros del suelo. Shallan lo había convertido en Corredor del Viento.

«Eso… no lo soporto.» Se volvió hacia la ciudad. Su padre se había centrado en los Radiantes y no había dado ninguna tarea específica a Adolin. Así que quizá podría ayudar a los defensores de dentro.

Adolin cruzó entre los escombros y atravesó la muralla rota. Jasnah estaba en el interior, con los brazos en jarras, como si contemplara el estropicio que habían armado unos niños revoltosos. El hueco llevaba a una plaza cualquiera de ciudad, dominada por barracones y almacenes. Los soldados caídos con uniformes de Thaylen o Sadeas indicaban un encontronazo reciente, pero el grueso del enemigo parecía haber seguido adelante. Sonaban gritos y golpes metálicos en las calles próximas.

Adolin bajó el brazo hacia una espada caída, se detuvo y, sintiéndose estúpido, invocó su hoja esquirlada. Se preparó para un chillido, pero no llegó ninguno y la hoja cayó en su mano al cabo de diez latidos.

—Lo siento —dijo, alzando la reluciente arma—. Y gracias.

Corrió hacia uno de los combates cercanos, en el que había hombres pidiendo ayuda a gritos.

Szeth de los Rompedores del Cielo envidiaba a Kaladin, ese que llamaban Bendito por la Tormenta, el honor de proteger a Dalinar Kholin. Pero por supuesto, no iba a protestar. Había escogido su juramento.

Y haría lo que su amo le exigiera.

Aparecieron fantasmas, creados con luz tormentosa por la mujer de pelo rojo. Eran las sombras en la oscuridad, las que oía susurrándole sobre sus asesinatos. No sabía cómo los había devuelto a la vida aquella mujer. Aterrizó cerca de la potenciadora reshi, Lift.

—Bueno —le dijo la chica—, ¿cómo vamos a encontrar ese rubí?

Szeth señaló con su hoja esquirlada enfundada hacia los barcos amarrados en la bahía.

—La criatura que lo llevaba ha huido por ahí.

Aún había parshmenios congregados, bien dentro de la sombra de la tormenta eterna.

—Pues vaya —dijo Lift, y le lanzó una mirada—. No intentarás comerme otra vez, ¿verdad?

No seas tonta, dijo la espada que llevaba Szeth en la mano. Tú no eres malvada. Eres simpática. Y yo no como gente.

—No desenfundaré la espada —dijo Szeth—, a menos que tú ya estés muerta y yo decida aceptar también mi final.

—Eeestupendo —dijo Lift.

Se supone que tienes que llevarme la contraria, Szeth, dijo la espada, cuando digo que no como gente. Vasher lo hacía siempre. Creo que bromeaba. En todo caso, como portador debo decir que no eres muy bueno.

—No —dijo Szeth—. En lo que no soy bueno es en ser persona. Es… un defecto que tengo.

¡No pasa nada! Tú sé feliz. ¡Pero parece que hoy tenemos mucho mal que destruir! Y eso es eeestupendo, ¿verdad?

Entonces la espada empezó a canturrear.

Las marcas de la frente de Kaladin le dolieron mientras se precipitaba hacia el suelo para atacar a Amaram. Pero el alto príncipe se recuperó enseguida de su ataque y bajó la celada de su yelmo. Rechazó la embestida de Kaladin con un antebrazo protegido por armadura.

Aquellos ojos rojos daban un brillo rojizo al visor del yelmo.

—Deberías darme las gracias, chico.

—¿A ti? —replicó Kaladin—. ¿Por qué, por demostrarme que podía haber alguien incluso más detestable que los mezquinos ojos claros que gobernaban mi pueblo?

—Yo te creé, lancero. Yo te forjé.

Amaram apuntó hacia Kaladin su ancha hoja esquirlada terminada en gancho. Entonces extendió la mano izquierda e invocó una segunda hoja. Larga y curvada, su borde romo ondeaba como una sucesión de olas.

Kaladin conocía bien aquella hoja. La había ganado, salvando la vida de Amaram, y luego se había negado a empuñarla. Porque cuando miraba su reflejo en aquel metal plateado, solo podía ver a los amigos que había matado. Cuánta muerte y destrucción había provocado esa sinuosa espada.

Para Kaladin, simbolizaba todo lo que había perdido, sobre todo en la mano del hombre que le había mentido. El hombre que le había arrebatado a Tien.

Amaram adoptó una postura de esgrima, sosteniendo dos hojas. Una adquirida con sangre, al coste de los compañeros de Kaladin. La otra, Juramentada. Una espada entregada en rescate del Puente Cuatro.

¡No te dejes intimidar!, susurró Syl en la mente de Kaladin. Por mucho pasado que tengáis, es solo un hombre. Y tú, un Caballero Radiante.

El brazal de la armadura de Amaram se iluminó de pronto en su antebrazo, como si algo lo estuviera empujando desde abajo. El brillo rojo del yelmo se intensificó, y Kaladin tuvo la nítida sensación de que algo envolvía a Amaram.

Un humo negro. El mismo que Kaladin había visto en torno a la reina Aesudan al final, mientras escapaban de palacio. Otras partes de la armadura de Amaram empezaron a temblar o brillar, y de pronto se abalanzó con brío contra Kaladin, atacando con una hoja esquirlada y luego la otra.

Dalinar aflojó el paso cuando estuvo cerca del núcleo de la Emoción. La niebla roja bullía y giraba allí, casi sólida. Vio rostros conocidos reflejados en ella. Vio al viejo alto príncipe Kalanor cayendo desde la cima de una formación rocosa. Se vio a sí mismo solo en un campo de piedras, después de un alud. Se vio atrapar la pinza de un abismoide en las Llanuras Quebradas.

Podía oír la Emoción, un latido vibrante, insistente, cálido. Casi como un redoble de tambor.

—Hola, vieja amiga —susurró Dalinar, y entró en la niebla roja.

Shallan extendió los brazos a los lados. La luz tormentosa se expandió a partir de ella por el suelo, un estanque de luz líquida, con una neblina radiante arremolinándose por encima. Se convirtió en un portal. De él emergió su colección.

Todas las personas a las que había bosquejado jamás, desde las doncellas de casa de su padre hasta los honorspren que habían apresado a Syl, crecieron a partir de la luz tormentosa. Hombres y mujeres, niños y abuelos. Soldados y escribas. Madres y exploradores, reyes y esclavos.

Mmm, dijo Patrón como una espada en su mano. MMMMMMM.

—Estos los he perdido —dijo Shallan mientras Yalb el marinero salía de la neblina y la saludaba con la mano. Empuñó una lanza esquirlada formada a partir del aire—. ¡Estos dibujos los perdí!

Estás cerca de ellos, dijo Patrón. Cerca del reino del pensamiento… y más allá. Todas las personas con las que has Conectado a lo largo de los años

Emergieron sus hermanos. Había sepultado su preocupación por ellos al fondo de su mente. Retenidos por los Sangre Espectral… Ninguna información de ninguna vinculacaña que hubiera probado…

Su padre salió de la luz. Y su madre.

Las ilusiones empezaron a fallar al instante, volviendo a derretirse en luz. Entonces alguien le cogió la mano izquierda.

Shallan dio un respingo. Quien se formaba de la niebla era… ¿Velo? Con el pelo largo, lacio y negro, ropa blanca, ojos castaños. Más sabia que Shallan, y más centrada. Capaz de trabajar en las partes pequeñas cuando Shallan se veía superada por la magnitud de su trabajo.

Otra mano cogió la derecha de Shallan. Radiante, en brillante armadura esquirlada granate, alta, con el pelo trenzado. Reservada y cauta. Asintió con la cabeza hacia Shallan con una mirada firme, decidida.

Otros bulleron a los pies de Shallan, intentando salir trepando de la luz tormentosa, sus manos resplandecientes tratando de agarrarle las piernas.

—No —susurró Shallan.

Con ellas era suficiente. Había creado a Velo y Radiante para que fuesen fuertes cuando ella era débil. Apretó con fuerza sus manos y dio un lento siseo. Las otras versiones de Shallan se retiraron a la luz tormentosa.

Y más hacia fuera, una tremenda multitud de figuras surgieron del suelo y alzaron sus armas hacia el enemigo.

Adolin, acompañado por unas dos docenas de soldados, cargó por las calles del distrito bajo.

—¡Ahí! —gritó uno de sus hombres con fuerte acento thayleño—. ¡Brillante señor! —Señaló hacia un grupo de soldados enemigos que huía por un callejón de vuelta hacia la muralla.

—Condenación —dijo Adolin, e indicó a sus tropas que lo siguieran para darles caza. Jasnah estaba sola en esa dirección, intentando defender el hueco. Corrió callejón abajo hacia…

Un soldado de ojos rojos voló de repente sobre él. Adolin se agachó, preocupado por tener que enfrentarse a un Fusionado, pero era un soldado normal. El pobre desgraciado cayó con fuerza en un techo. ¿Qué estaba pasando?

Mientras llegaban al final del callejón, otro cuerpo se estrelló contra la muralla, al lado de la abertura. Con su hoja esquirlada en la mano, Adolin asomó un ojo por la esquina, esperando encontrar otro monstruo de piedra como el que había subido al distrito antiguo.

Pero allí solo vio a Jasnah Kholin, con cara de desconcierto absoluto. Se estaba disipando una luminiscencia que tenía alrededor, distinta del humo de su luz tormentosa. Eran como formas geométricas que se ceñían a su forma…

Bien, pues. Jasnah no necesitaba ayuda. Adolin ordenó por señas a sus hombres que fuesen hacia el sonido de batalla a la derecha. Allí encontraron un pequeño grupo de acosados soldados thayleños, acorralados contra la base de la muralla, enfrentándose a una fuerza muy superior de hombres con uniformes verdes.

Bueno, eso sí podía solucionarlo Adolin.

Hizo retroceder a sus soldados y se lanzó a la carga en la postura del humo, blandiendo su hoja esquirlada. El enemigo se había amontonado para cobrarse su pieza, y le costó mucho adaptarse a la tormenta en miniatura que los embistió desde detrás.

Adolin avanzó a través de la secuencia de tajos, sintiendo una satisfacción inmensa por ser capaz de hacer algo por fin. Los thayleños entonaron vítores mientras Adolin derribaba al último grupo de enemigos, sus ojos rojos volviéndose negros al quemarse. La satisfacción le duró hasta que, al mirar los cadáveres, lo sorprendió lo humanos que parecían.

Había pasado años luchando contra los parshendi. No recordaba haber matado a otro alezi desde… bueno, ni se acordaba.

«Sadeas. No te olvides de Sadeas.»

Cincuenta hombres muertos a sus pies, más las tres docenas que habría matado mientras reunía sus otras tropas. Tormentas, después de lo inútil que se había sentido en Shadesmar, aquello. ¿Qué parte de su reputación le pertenecía y cuánta de ella correspondía, siempre había correspondido, a la espada?

—¿Príncipe Adolin? —llamó una voz en alezi—. ¡Alteza!

—¿Kdralk? —dijo Adolin mientras se destacaba alguien de entre los thayleños.

El hijo de la reina había tenido mejores días. Tenía las cejas ensangrentadas por un corte en la frente. Tenía el uniforme hecho trizas y llevaba la parte superior de un brazo vendada.

—Mis padres —dijo Kdralk— están atrapados en la muralla un poco más abajo. Estábamos avanzando hacia ellos, pero nos han arrinconado.

—Bien. Vamos allá, pues.

Jasnah pasó por encima de un cadáver. Su hoja se desvaneció con un estallido de luz tormentosa y Marfil apareció junto a ella, con preocupación en sus negros rasgos aceitosos mientras contemplaba el cielo.

—Este lugar es tres, todavía —dijo—. Casi tres.

—O tres lugares son casi uno —repuso Jasnah. Otra bandada de glorispren pasó flotando, y pudo verlos tal y como eran en el Reino Cognitivo: como extrañas aves de largas alas y una esfera dorada por cabeza. En fin, poder mirar en el Reino Cognitivo sin pretenderlo era de las cosas menos perturbadoras que le habían sucedido en lo que llevaba de día.

Dentro de ella palpitaba una cantidad increíble de luz tormentosa, más de la que había contenido jamás. Otro grupo de soldados atravesó las ilusiones de Shallan y embistió sobre los escombros hacia el agujero de la muralla. Jasnah movió la mano hacia ellos con gesto casi distraído. En otros momentos, sus almas le habrían opuesto una resistencia feroz. El moldeado de almas era difícil de practicar sobre cosas vivas. Solía requerir meticulosidad y concentración, además de los procedimientos y conocimientos correspondientes.

Ese día, los hombres se deshacían en humo a su mero pensamiento. Era tan fácil que una parte de ella estaba horrorizada.

Se sentía invencible, lo cual era un peligro en sí mismo. El cuerpo humano no estaba pensado para contener tantísima luz tormentosa. Se alzaba de ella como el humo de una hoguera. Sin embargo, Dalinar había cerrado su perpendicularidad. Se había convertido en la tormenta y, de algún modo, había recargado las esferas, pero, al igual que una tormenta, su efecto estaba pasando.

—Tres mundos —dijo Marfil—. Separándose otra vez poco a poco, pero de momento los tres reinos están cerca.

—Pues aprovechémoslo antes de que se vaya, ¿no crees?

Se adelantó frente a la parte derrumbada de muralla, un hueco tan amplio como una manzana pequeña de la ciudad.

Entonces alzó las manos.

Szeth de los Rompedores del Cielo encabezó la marcha hacia el ejército parshmenio, seguido por la niña Danzante del Filo.

Szeth no temía el dolor, ya que ningún suplicio físico podía rivalizar con la agonía que ya soportaba. No temía la muerte. Esa dulce recompensa ya se la habían arrebatado. Temía solo haber tomado la decisión errónea.

Szeth purgó ese miedo. Nin tenía razón. No se podía vivir tomando decisiones en cada encrucijada.

Los parshmenios que había en la costa de la bahía no tenían ojos brillantes. Se parecían mucho a los parshendi que lo habían utilizado para asesinar al rey Gavilar. Cuando se acercó, varios de ellos salieron corriendo y subieron a bordo de un barco.

—Esos —dijo Szeth—. Sospecho que van a avisar a la que buscamos.

—Voy a por ella, caraloca —dijo Lift—. Espada, no te comas a nadie si no se te intentan comer a ti primero.

La chica salió resbalando a su manera ridícula, arrodillada y dando manotazos al suelo. Se deslizó entre los parshmenios. Cuando llegó al barco, de alguna manera subió por su costado y se escurrió por un diminuto ventanuco.

Los parshmenios que estaban allí no parecían agresivos. Rehuyeron a Szeth, murmurando entre ellos. Szeth echó una mirada al cielo y distinguió a Nin, como una mota de polvo, que seguía observando. Szeth no podía reprochar al Heraldo su decisión, pues la ley de aquellas criaturas había pasado a ser la ley de la tierra.

Pero… esa ley era producto de los muchos. A Szeth se lo había exiliado por el consenso de los muchos. Había servido a un amo tras otro, la mayoría de los cuales lo utilizó para cumplir objetivos terribles, o egoístas como mínimo. No se podía alcanzar la excelencia promediando a aquella gente. La excelencia era una misión individual, no un esfuerzo de grupo.

Una parshendi voladora —«Fusionados», los había llamado Lift— salió disparada del barco, llevando el enorme rubí opaco que quería Dalinar. Lift siguió a la Fusionada hasta la borda del barco, pero no podía volar. Subió a la proa y soltó una ristra de improperios.

Hala, dijo la espada. Un vocabulario impresionante, para ser una niña. ¿Sabrá siquiera lo que significa eso último?

Szeth se lanzó al aire tras la Fusionada.

Y si lo sabe, añadió la espada, ¿crees que me lo explicaría?

La enemiga voló baja sobre el campo de batalla y Szeth la siguió, a escasos centímetros de las rocas. Pasaron a través de los combatientes ilusorios. Algunos parecían ser soldados enemigos, para incrementar la confusión. Una jugada inteligente. Sería menos probable que el enemigo se retirara si creía que muchos compañeros suyos seguían luchando, y también daba más realismo a la batalla. Solo que cuando la presa de Szeth pasó como una exhalación, su ropa aleteante atravesó y perturbó las ilusiones.

Szeth la siguió de cerca, pasando a través de dos hombres combatiendo que sabía ilusorios. Aquella Fusionada tenía talento, más que los Rompedores del Cielo, aunque Szeth no se había enfrentado a los mejores de ellos.

La persecución lo llevó en un largo bucle, que terminó cerrándose de nuevo cerca de donde Dalinar estaba cruzando el borde de la bruma roja. Las voces susurrantes ganaron intensidad y Szeth se tapó las orejas con las manos mientras volaba.

La Fusionada volaba fluida y elegante, pero le costaba más tiempo acelerar y frenar que a Szeth. Aprovechó esa ventaja y, previendo el movimiento de su enemiga, atajó a un lado mientras giraban. Szeth chocó contra su enemiga y los dos dieron vueltas por los aires. La Fusionada, con la gema en una mano, apuñaló a Szeth con un cuchillo de aspecto temible.

Por suerte, gracias a la luz tormentosa, lo único que logró fue causarle dolor.

Szeth los lanzó a ambos hacia abajo, cogido con fuerza, y los estampó contra la piedra. La gema salió rodando mientras la Fusionada gemía. Szeth se puso en pie con un ágil lanzamiento y flotó erguido hacia la gema. Recogió el rubí con su mano libre, la que no llevaba la espada envainada.

¡Hala!, dijo la espada.

—Gracias, espada-nimi —respondió Szeth. Restauró su luz tormentosa con las esferas y gemas que habían caído cerca.

Me refería a eso otro. A tu derecha.

Otros tres Fusionados descendían hacia él. Al parecer, se había ganado la atención del enemigo.

Adolin y sus hombres llegaron a una escalera cubierta que subía hacia el almenar. Su tía Navani lo saludó desde arriba y le hizo un gesto de apremio. Adolin corrió escalera arriba y, al final, encontró un revoltijo de tropas Sadeas dando hachazos a la puerta.

—Creo que yo lo tendré más fácil para pasar —dijo Adolin desde detrás de ellos.

Al poco tiempo, salió al adarve dejando cinco cadáveres en los escalones. Esos no lo pusieron tan melancólico. Les habían faltado escasos minutos para llegar a su tía.

Navani lo abrazó.

—¿Elhokar? —preguntó, tensa.

Adolin negó con la cabeza.

—Lo siento.

Navani se apretó a él y Adolin descartó su hoja para estrecharla mientras ella temblaba, derramando silenciosas lágrimas. Tormentas, sabía cómo se sentía. Él no había podido tomarse tiempo para pensar desde la muerte de Elhokar. Había sentido la mano opresiva de la responsabilidad, pero ¿había pasado duelo por su primo?

Se abrazó más a su tía, sintiendo su dolor, reflejo del propio Adolin. El monstruo de piedra estaba arrasando la ciudad y los soldados gritaban por todas partes, pero en ese momento Adolin hizo lo que pudo para consolar a una madre que había perdido a su hijo.

Se separaron y Navani se secó los ojos con un pañuelo. Se sobresaltó al ver el costado sanguinolento de Adolin.

—Estoy bien —dijo él—. Renarin me ha curado.

—He visto a tu prometida y al hombre del puente abajo —dijo Navani—. ¿Habéis vuelto todos… menos él?

—Lo siento, tía. Es que… le fallamos. A Elhokar, y también a Kholinar.

Navani se limpió los ojos y se tensó, decidida.

—Vamos. Ahora debemos concentrarnos en impedir que esta ciudad sufra el mismo destino.

Se unieron a la reina Fen, que supervisaba la batalla desde las almenas.

—Estnatil estaba en el muro con nosotros cuando ha atacado esa cosa —estaba diciendo a su hijo—. Lo ha tirado y seguramente haya muerto, pero entre esos cascotes tiene que haber una hoja esquirlada. No he visto a Tshadr. ¿Quizá esté en su mansión? No me sorprendería encontrarlo reuniendo tropas en la parte de arriba.

Contaban portadores de esquirlada. Thaylenah tenía tres juegos de armadura y cinco hojas, un buen número de esquirlas para un reino de ese tamaño. Ocho casas iban dejándolas en herencia, de padre a hijo, y los ocho servían al trono como alta guardia.

Adolin paseó la mirada por la ciudad, evaluando su defensa. Luchar en las calles era difícil: los hombres se separaban y era fácil flanquearlos o rodearlos. Por suerte, las tropas Sadeas parecían haber olvidado su entrenamiento en combate. No defendían bien el terreno; se habían disgregado en pandillas que merodeaban, como manadas de sabuesos-hacha, que recorrían la ciudad buscando pelea.

—Debéis reunir vuestras tropas —dijo Adolin a los thayleños—. Bloquear una calle de abajo y coordinar una resistencia. Luego…

Un sonido repentino de ventolera lo interrumpió.

Retrocedió un paso mientras la muralla temblaba, y entonces el hueco que tenía se reparó. El metal creció cristalino para rellenar el agujero, materializándose a partir de una tempestad de aire embravecido, aullante.

El resultado fue una hermosa sección de bronce pulido, fundida con la mampostería, cerrando el hueco por completo.

—¡Por las palmas de Taln! —exclamó Fen. Su consorte y ella se aproximaron al borde y bajaron la mirada hacia Jasnah, que estaba sacudiéndose las manos y las apoyó en sus caderas, satisfecha.

—Pues… cambio de táctica —dijo Adolin—. Con el hueco rellenado, podéis apostar arqueros para acosar al ejército de fuera y defender la plaza interior. Estableced un puesto de mando aquí, despejad la calle de abajo y luego conservad esta muralla a toda costa.

En la calle, Jasnah se alejó a zancadas de la maravilla que había creado, se arrodilló junto a unos escombros y ladeó la cabeza, escuchando algo. Apretó la mano contra los cascotes y se deshicieron en humo, revelando debajo un cadáver con una brillante hoja esquirlada al lado.

—Kdralk —dijo Adolin—, ¿qué tal dominas las posturas con hoja esquirlada?

—Bueno, las he practicado, como otros oficiales, y… o sea…

—Estupendo. Llévate a diez soldados, ve a coger esa hoja y rescata a ese grupo de tropas de ahí, en la base del distrito antiguo. Luego intenta rescatar a esos otros que luchan en la escalera. Apostad todos los arqueros que podáis aquí arriba, en la muralla, y poned a los demás soldados a vigilar las calles. —Adolin echó una mirada atrás. La distracción de Shallan estaba funcionando, por ahora—. No os extendáis demasiado, pero, a medida que rescatéis más hombres, coordinaos para cubrir todo el distrito bajo.

—Pero príncipe Adolin —dijo Fen—, ¿qué vas a hacer tú?

Adolin invocó su hoja esquirlada y señaló con ella hacia el fondo del distrito antiguo, donde la gigantesca monstruosidad de piedra barrió a un grupo de soldados de un techo. Había otros intentando hacerlo tropezar con cuerdas, sin éxito.

—Parece que a esos hombres les vendría bien un arma diseñada con el objetivo concreto de cortar piedra.

Amaram luchaba con sorprendente furia, con una armonía frenética, en un asalto sin tregua de hojas esquirladas entrecruzándose y hermosas posturas. Kaladin bloqueó una hoja con la lanza-Syl y se quedaron trabados un momento.

Un afilado cristal violeta salió del codo de Amaram a través de la armadura esquirlada, cuyas grietas brillaron con una suave luz interior. ¡Tormentas! Kaladin se echó hacia atrás mientras Amaram atacaba con su otra hoja, a punto de alcanzarlo.

Kaladin danzó para alejarse. No había entrenado mucho tiempo con la espada y nunca había visto a nadie usar dos hojas esquirladas a la vez. Habría dicho que sería poco práctico, pero Amaram lo hacía parecer elegante, hipnótico.

El profundo brillo rojo dentro del yelmo de Amaram se volvió más tenebroso, sangriento, de algún modo incluso más siniestro. Kaladin paró otro golpe, pero su potencia lo envió resbalando hacia atrás en la piedra. Se había vuelto más ligero para el combate, pero hacerlo tenía repercusiones si se enfrentaba a alguien con armadura esquirlada.

Resoplando, Kaladin se lanzó al aire para ganar algo de distancia. Aquella armadura le impedía usar los lanzamientos contra Amaram, y bloqueaba los ataques de la lanza-Syl. En cambio, si Amaram lograba acertarle a él una sola vez, lo inmovilizaría. Era posible sanar la herida de una hoja esquirlada, pero el proceso era lento y lo dejaba horriblemente debilitado.

Todo aquello se complicaba aún más por el hecho de que, mientras Amaram podía centrarse solo en su duelo, Kaladin debía tener un ojo echado a Dalinar por si…

¡Condenación!

Kaladin se lanzó a un lado y surcó el aire para enfrentarse a una Fusionada que había llegado flotando cerca de Dalinar. La mujer atacó a Kaladin con su lanza, pero Syl solo tuvo que transformarse en hoja a medio golpe para cortar la lanza en dos. La mujer canturreó furiosa y retrocedió levitando mientras desenvainaba su espada. Por debajo, Dalinar era una mera sombra en la cambiante nube carmesí. De ella surgían sanguinarios rostros que chillaban de rabia, de furia, como el frente de una tormenta al inflarse.

Estar cerca de la niebla dio náuseas a Kaladin. Por suerte, su enemiga tampoco parecía muy inclinada a entrar en ella. Se quedaron flotando fuera, mirando a Dalinar. Algunos otros ya habían intentado acercarse desde arriba, pero Kaladin había logrado expulsarlos.

Aprovechó la ventaja que tenía sobre su actual adversaria, usando a Syl como lanza. La Fusionada era ágil, pero Kaladin rebosaba de luz tormentosa. En la explanada de abajo seguía habiendo una fortuna en esferas brillantes.

Cuando estuvo a punto de alcanzar a la Fusionada con la lanza, en un golpe que cortó su túnica, la mujer salió volando para unirse a un grupo que perseguía a Szeth. Con un poco de suerte, el asesino podría mantenerles la delantera.

A ver, ¿dónde se había metido Amaram? Kaladin miró hacia atrás, dio un gañido y se lanzó hacia atrás, dejando un rastro de luz tormentosa. Una gruesa flecha negra atravesó esas volutas y dispersó la luz.

Amaram estaba cerca de su caballo, del que había desenganchado un gigantesco arco esquirlado, que arrojaba flechas gruesas como el asta de una pica. Amaram lo alzó para disparar de nuevo y una línea de cristales le salió proyectada de todo el brazo, partiendo su armadura esquirlada. Tormentas, ¿qué le estaba pasando a ese hombre?

Kaladin voló fuera de la trayectoria de la flecha. Podría curarse de un impacto como aquel, pero lo distraería y quizá permitiera que unos cuantos Fusionados lo agarraran. Ni toda la luz tormentosa del mundo lo salvaría si se limitaban a atarlo y darle tajos hasta que dejara de sanar.

Amaram lanzó otra flecha y Kaladin la paró con Syl, que se convirtió en escudo en su mano. Entonces Kaladin se lanzó en picado, invocando a Syl como lanza. Cayó hacia Amaram, que devolvió su arco a la silla del caballo y esquivó a un lado, moviéndose a una velocidad increíble.

Amaram agarró la lanza-Syl mientras Kaladin pasaba junto a él y lo arrojó a un lado. Kaladin se vio obligado a descartar a Syl y perder velocidad, rodando y resbalando sobre el terreno hasta que su lanzamiento se agotó y cayó a tierra.

Con los dientes apretados, Kaladin invocó a Syl como lanza corta y se abalanzó hacia Amaram, decidido a tumbar al alto señor antes de que los Fusionados volvieran para atacar a Dalinar.

La Emoción se alegró de ver a Dalinar.

Él la había imaginado como una fuerza malvada, maliciosa y artera, como Odium o Sadeas. Qué equivocado estaba.

Dalinar anduvo a través de la bruma, y cada pisada fue una batalla que revivió. Las guerras de su juventud, para conquistar Alezkar. Las guerras de sus años intermedios, para preservar su reputación y saciar sus ganas de pelear. Y… vio momentos en los que la Emoción se retiraba. Como cuando Dalinar había cogido a Adolin por primera vez. O cuando había sonreído de oreja a oreja con Elhokar en la punta de una aguja rocosa en las Llanuras Quebradas.

La Emoción contemplaba esos momentos con una triste mezcla de abandono y confusión. La Emoción no odiaba. Aunque algunos spren podían tomar decisiones, otros eran como animales, primitivos, guiados por una sola e irresistible directriz. Vivir. Arder. Reír.

O en este caso, luchar.

Jasnah existía a medias en el Reino Cognitivo, lo que lo convertía todo en un emborronado laberinto de sombras, almas de luz flotante y cuentas de cristal. Cien variedades de spren se arremolinaban y subían unos sobre otros en el océano de Shadesmar. La mayoría no se manifestaban en el mundo físico.

Su voluntad creó unos peldaños mediante el moldeado de almas. Unos ejes individuales de aire se alinearon y se apiñaron, para luego transformarse en piedra. A pesar de la unión entre los reinos, resultaba difícil. El aire era amorfo, incluso en concepto. La gente lo consideraba el cielo, o un aliento, o una ráfaga de viento, o una tormenta, o simplemente «el aire». Le gustaba ser libre, difícil de definir.

Y aun así, con una orden firme y el concepto de lo que quería, Jasnah hizo que aparecieran escalones bajo sus pies. Llegó al adarve de la muralla y encontró allí a su madre con la reina Fen y algunos soldados. Habían establecido un puesto de mando junto a una vieja garita. Había soldados fuera con sus picas apuntadas a dos Fusionados en el cielo.

Qué incordio. Jasnah recorrió la crestería con paso firme, contemplando el batiburrillo de ilusiones y hombres que había en el exterior. Shallan estaba al final, rodeada de esferas ya agotadas en su mayoría. Estaba quemando luz tormentosa a un ritmo terrorífico.

—¿Malo? —preguntó a Marfil.

—Lo es —dijo él desde su cuello—. Lo es.

—Madre —dijo Jasnah, acercándose a la garita junto a la que estaban Fen y Navani—. Tenéis que reunir las tropas de dentro de la ciudad y despejarla de enemigos.

—Estamos en ello —dijo Navani—, pero… ¡Jasnah! En el aire.

Jasnah alzó una mano distraída, sin mirar, y formó un muro de negra brea. Un Fusionado dio contra el muro y lo atravesó, y Jasnah moldeó una pizca de fuego que lo envió chillando y dando manotazos, ardiendo con un humo terrible.

Jasnah transformó el resto de la brea en humo y siguió adelante.

—Debemos aprovechar la distracción de la Radiante Shallan y purgar Ciudad Thaylen. De lo contrario, cuando llegue un nuevo asalto desde fuera, tendremos la atención dividida.

—¿Desde fuera? —preguntó Fen—. Pero tenemos la muralla arreglada y… ¡Tormentas! ¡Brillante!

Jasnah dio un paso a un lado sin mirar mientras un segundo Fusionado caía sobre ella. Las reacciones de los spren en Shadesmar le permitían juzgar su posición. Se volvió y lanzó un manotazo hacia la criatura. Marfil cobró forma a medio golpe y atravesó la cabeza del Fusionado al pasar, haciendo que el enemigo se plegara sobre sí mismo, con los ojos ardiendo, y saliera rebotando por el adarve.

—Al enemigo no va a detenerlo una muralla —dijo Jasnah—, y la brillante Shallan ya ha devorado casi todas las esferas recargadas por el tío Dalinar. A mí ya casi no me queda luz tormentosa. Tenemos que prepararnos para defender esta posición por medios convencionales cuando el poder se agote.

—Pero tampoco hay tantas tropas enemigas como para… —empezó a decir el consorte de Fen, pero calló al ver que Jasnah señalaba con Marfil, que volvió a materializarse para la ocasión, hacia los ejércitos parshmenios que esperaban. Ni la flotante neblina roja ni los relámpagos de la tormenta bastaban para ahogar los brillos rojos que empezaban a aparecer en los ojos de los parshmenios.

—Debemos defender esta muralla el tiempo necesario para que lleguen tropas desde Urithiru —dijo Jasnah—. ¿Dónde está Renarin? ¿No tenía que ocuparse del tronador?

—Un soldado mío informa de haberlo visto —dijo Fen—. Lo han retrasado las multitudes. El príncipe Adolin ha expresado su intención de ir a ayudar.

—Excelente. Confiaré esa tarea a mis primos y yo veré qué puedo hacer para impedir que mi discípula se haga matar.

Szeth esquivó haciendo quiebros entre los ataques de cinco Fusionados enemigos, con el enorme rubí opaco en la mano izquierda y la espada negra enfundada en la derecha. Intentó acercarse a Dalinar en la neblina roja, pero el enemigo cortó su avance y lo obligó a girar al este.

Se alzó sobre la muralla reparada y sobrevoló la ciudad hasta pasar por encima del monstruo de piedra. Lo vio arrojar varios soldados al aire, que durante un momento volaron junto a Szeth.

Se aplicó un lanzamiento hacia abajo y descendió hacia las calles de la ciudad. Por detrás, los Fusionados pasaron a ambos lados del monstruo en su persecución. Szeth cruzó la puerta abierta de una pequeña casa vacía y oyó un golpetazo arriba cuando el cuerpo de un soldado cayó en el techo. Salió a toda velocidad por la puerta trasera y se lanzó hacia arriba, evitando por muy poco el siguiente edificio.

—¿Se supone que debía salvar a esos soldados, espada-nimi? —preguntó Szeth—. Ahora soy un Radiante.

Yo creo que habrían volado como tú en vez de caer, si hubieran querido que los salvaran.

Había un profundo enigma en esas palabras, que Szeth no tenía tiempo de plantearse. Los Fusionados eran diestros, más hábiles que él. Avanzó en zigzag por las calles, pero siguieron tras su pista. Dio media vuelta, salió del distrito antiguo y voló hacia la muralla, intentando regresar a Dalinar. Por desgracia, un enjambre de enemigos se lo impidió. Los demás lo rodearon.

Parece que estamos acorralados, dijo la espada. Es hora de luchar, ¿verdad? ¿Aceptar la muerte y morir matando a tantos como podamos? Por mí, perfecto. Hagámoslo. Seré un noble sacrificio.

No. Szeth no ganaba muriendo.

Arrojó la gema con tanta fuerza como pudo.

Los Fusionados fueron tras ella, dejándole un hueco por el que huir. Cayó hacia el suelo, donde las esferas brillaban como estrellas. Aspiró una profunda bocanada de luz tormentosa y entonces vio a Lift en la explanada, entre las combativas ilusiones y los parshmenios que esperaban.

Szeth se posó con ligereza a su lado.

—He fracasado en llevar esta carga.

—No pasa nada. Esa cara tan rara que tienes ya es bastante carga para un solo hombre.

—Tus palabras son sabias —repuso él, asintiendo.

Lift puso los ojos en blanco.

—Tienes razón, espada. No es muy divertido, ¿verdad?

Yo creo que de todas formas es guajudo.

Szeth no conocía esa palabra, pero hizo que Lift soltara una risotada divertida, que la espada imitó.

—No hemos cumplido las exigencias del Espina Negra —les espetó Szeth a las dos, soltando volutas de luz tormentosa por la boca—. No he podido mantener la ventaja sobre esos Fusionados el tiempo suficiente para entregar la piedra a nuestro amo.

—Sí, ya lo he visto —dijo Lift—. Pero tengo una idea. La gente siempre anda detrás de cosas, pero en realidad no les gustan las cosas, sino tener las cosas.

—Tus palabras son… no tan sabias. ¿A qué te refieres?

—Muy fácil. La mejor manera de robar a alguien es dejarlos pensando que no ha pasado nada…

Shallan se aferró a las manos de Velo y Radiante.

Hacía tiempo que había caído de rodillas, con la mirada al frente mientras sus ojos derramaban lágrimas. Crispada, con los dientes apretados. Había creado miles de ilusiones. Todas… todas eran ella.

Una porción de su mente.

Una porción de su alma.

Odium había cometido un error al imbuir en esos soldados tanta sed de sangre. Les daba igual que Shallan la alimentara con ilusiones: solo querían una batalla. De modo que se la concedió, y de algún modo sus ilusiones resistían cuando el enemigo las golpeaba. Creía que quizá estuviera combinando el moldeado de almas con su tejido de luz.

El enemigo aullaba y cantaba, exultante en la refriega. Shallan pintó el suelo de rojo y salpicó al enemigo con sangre que daba sensación de real. Los arrulló con los sonidos de hombres chillando, muriendo, de espadas entrechocando y huesos partiéndose.

Los absorbió en la realidad falsa y ellos se la tragaron, la bebieron a dos carrillos.

La muerte de cada ilusión le provocaba un pequeño impacto. Una astilla de ella moría.

Iban renaciendo a medida que Shallan volvía a empujarlas al baile. Los Fusionados enemigos gritaban pidiendo orden, tratando de reunir sus tropas, pero Shallan amortiguaba sus voces con el ruido de chillidos y el metal contra el metal.

La ilusión la tenía absorbida por completo, y perdió la pista a todo lo demás. Como cuando dibujaba. A su alrededor afloraron creacionspren a centenares, con la forma de objetos descartados.

Tormentas. Qué hermoso era. Apretó más las manos de Velo y Radiante. Estaban arrodilladas a su lado, con las cabezas gachas en su tapiz pintado de violencia, su…

—Oye —dijo la voz de una chica—. ¿Podrías, esto… dejar de abrazarte a ti misma un momento? Necesito un poco de ayuda.

Kaladin cayó hacia Amaram, descargando su lanza con una mano. Solía ser buena táctica contra un espadachín con armadura. Su lanza dio justo donde pretendía, y se habría clavado en la axila de un adversario ordinario. Pero por desgracia, la lanza resbaló. La armadura esquirlada no tenía los puntos débiles habituales, aparte de la ranura del visor. Había que partirla con impactos repetidos, como el caparazón de un cangrejo.

Amaram rio, con sorprendente y genuino humor.

—¡Tienes una forma excelente, lancero! ¿Recuerdas la primera vez que viniste a mí? Fue en aquel pueblo, cuando me suplicaste que te aceptara. Eras un niño farfullador que quería ser soldado más que nada en el mundo. ¡La gloria de la batalla! Se te veía el anhelo en los ojos, chico.

Kaladin aventuró una mirada a los Fusionados, que daban vueltas a la nube, reacios, buscando a Dalinar.

Amaram soltó una risita. Con aquellos ojos de profundo rojo y los extraños cristales que le crecían del cuerpo, Kaladin no había esperado que sonara tanto como él mismo. Fuese el monstruo híbrido que fuese, aún tenía la mente de Meridas Amaram.

Kaladin retrocedió un paso y, de mala gana, cambió a Syl en hoja, que sería más efectiva para agrietar la armadura esquirlada. Adoptó la posición del viento, que siempre le había parecido apropiada. Amaram volvió a reír y embistió contra él mientras aparecía su segunda hoja esquirlada en su mano abierta. Kaladin esquivó a un lado, se agachó bajo una hoja y llegó a la espalda de Amaram, desde donde logró descargar un buen golpe contra la armadura, que la agrietó. Alzó la hoja para atacar de nuevo.

Amaram dio un pisotón contra el suelo y la bota de su armadura esquirlada se hizo añicos, en una explosión de trocitos de metal fundidos. Por debajo, su calcetín roto reveló un pie sobre el que había crecido caparazón y unos cristales de color violeta oscuro.

Mientras Kaladin se lanzaba contra él, Amaram dio un golpecito con el pie y la piedra de debajo se volvió líquida durante un momento. Kaladin tropezó y se hundió unos centímetros, como si la roca fuese fango de crem. Se endureció al instante, atrapando las botas de Kaladin.

¡Kaladin!, gritó Syl en su mente mientras Amaram descargaba sus dos hojas esquirladas en paralelo. Syl se transformó en alabarda en las manos de Kaladin, que bloqueó los golpes, pero su fuerza lo tiró al suelo y le partió los tobillos.

Con los dientes rechinando, Kaladin sacó los pies doloridos de las botas y se apartó. Las armas de Amaram cortaron en el suelo detrás de él, fallando por poco. Entonces la otra bota de la armadura explotó, partida por cristales desde dentro. El alto señor empujó con un pie y se deslizó por el suelo, a una velocidad increíble, acercándose a Kaladin y lanzando un tajo.

Syl se transformó en un escudo enorme y Kaladin a duras penas bloqueó el ataque. Se aplicó un lanzamiento hacia atrás y salió del alcance de Amaram mientras la luz tormentosa le curaba los tobillos. Tormentas. ¡Tormentas!

¡Esa Fusionada!, exclamó Syl. Se está acercando mucho a Dalinar.

Kaladin maldijo y cogió una piedra grande del suelo. La arrojó por los aires con varios lanzamientos compuestos, lo que la envió como una exhalación a estamparse en la cabeza de la Fusionada. Gritó de dolor y se retiró.

Kaladin cogió otra piedra y le aplicó un lanzamiento hacia el caballo de Amaram.

—¿Pegando al animal porque no puedes vencerme a mí? —preguntó Amaram. No pareció darse cuenta de que el caballo, al huir, se llevó su arco esquirlado.

«Ya maté a un hombre que llevaba esa armadura esquirlada —pensó Kaladin—. Puedo volver a hacerlo.»

El problema era que no se enfrentaba solo a un portador de esquirlada. Los cristales de amatista quebraron la armadura de Amaram por todos los brazos. ¿Cómo podría derrotar Kaladin a… lo que quiera que fuese esa cosa?

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