Juramentada

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SEGUNDA PARTE » 39. Notas

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39. Notas

No puede terminar bien que dos Esquirlas se alojen en un mismo lugar. Se acordó que no interferiríamos entre nosotros, y me decepciona que tan pocas de las Esquirlas hayan respetado ese acuerdo original

Shallan puede tomar notas de la reunión —dijo Jasnah.

Shallan alzó la mirada de su cuaderno. Se había sentado en el suelo con su havah azul, la espalda apoyada contra el mosaico de la pared y la intención de pasar la reunión haciendo bocetos.

Había pasado una semana desde su recuperación y posterior reencuentro con Jasnah en la columna de cristal. Shallan se sentía cada vez mejor y, al mismo tiempo, cada vez menos y menos ella misma. Era una experiencia surrealista seguir a Jasnah de un lado a otro como si no hubiera cambiado nada.

Ese día, Dalinar había convocado una reunión de sus Radiantes, y Jasnah había sugerido celebrarla en las salas subterráneas de la torre por lo bien protegidas que estaban. La inquietaba mucho que alguien pudiera espiarlos.

Habían quitado todo el polvo del suelo de las bibliotecas y la bandada de eruditas de Navani había catalogado hasta la última astilla con meticulosidad. El vacío solo conseguía subrayar la ausencia de la información que habían esperado hallar.

Todos las estaban mirando.

—¿Notas? —preguntó Shallan. Apenas había estado siguiendo la conversación—. Podríamos llamar a la brillante Teshav.

De momento, era un grupo reducido. El Espina Negra, Navani y sus principales potenciadores: Jasnah, Renarin, Shallan y Kaladin Bendito por la Tormenta, el hombre del puente volador. Adolin y Elhokar estaban fuera, visitando Vedenar para inspeccionar la capacidad militar del ejército de Taravangian. Malata los había acompañado para activar la Puerta Juramentada.

—No hace falta llamar a otra escriba —dijo Jasnah—. Cubrimos la estenografía durante tu formación, Shallan. Querría ver lo bien que has retenido la habilidad. Sé meticulosa. Tendremos que informar a mi hermano de lo que determinemos aquí.

Los demás se habían sentado en sillas, exceptuando a Kaladin, que estaba de pie apoyado en la pared. Amenazador como una nube de tormenta. Había matado a Helaran, su hermano. Shallan tuvo una punzada de emoción al pensarlo, pero la sofocó y la embutió al fondo de su mente. No se podía culpar a Kaladin por ello: solo había defendido a su brillante señor.

Shallan se levantó, sintiéndose como una niña regañada. El peso de las miradas de todos la empujó a ir hacia Jasnah y sentarse en una silla junto a ella, con el cuaderno y el lápiz preparados.

—A ver si lo entiendo bien —dijo Kaladin—. Según el Padre Tormenta, el Todopoderoso no solo está muerto, sino que también condenó a diez personas a una eternidad de tortura. Los llamamos Heraldos, y no solo traicionaron sus juramentos, sino que con toda probabilidad están locos. Teníamos a uno de ellos retenido, posiblemente el más loco de todos, pero lo perdimos en el revuelo de traer a todo el mundo a Urithiru. En breve, todo el que podría habernos ayudado está loco, muerto, es un traidor o una combinación de los tres. —Se cruzó de brazos—. Qué cosas.

Jasnah lanzó una mirada a Shallan, que suspiró y apuntó un resumen de lo que había dicho Kaladin. Aunque sus palabras ya fueran un resumen.

—¿Y qué hacemos con esa información? —preguntó Renarin, inclinándose adelante con las manos agarradas.

—Debemos contener el asalto de los Portadores del Vacío —dijo Jasnah—. No podemos permitir que afiancen una posición demasiado amplia.

—Los parshmenios no son nuestros enemigos —dijo Kaladin con suavidad.

Shallan lo miró. Había algo en aquel pelo negro ondulado, en aquella expresión adusta. Siempre serio, siempre solemne… y siempre tenso. Como si tuviera que ser estricto consigo mismo para contener su pasión.

—Pues claro que son nuestros enemigos —objetó Jasnah—. Están en pleno proceso de conquistar el mundo. Aunque tu informe indique que no son tan destructivos ahora mismo como temíamos, siguen siendo una amenaza grave.

—Solo quieren tener vidas mejores —dijo Kaladin.

—Puedo llegar a creer que los parshmenios en general tengan unos motivos tan simples —dijo Jasnah—. Pero ¿sus líderes? Sus líderes sí que pretenden nuestra extinción.

—Cierto —convino Navani—. Nacieron de un ansia retorcida por destruir a la humanidad.

—Los parshmenios son la clave —dijo Jasnah, pasando páginas de sus notas—. Repasando lo que descubriste, parece que todos los parshmenios pueden vincularse con spren ordinarios como parte de su ciclo vital natural. Lo que venimos llamando «Portadores del Vacío» son, en cambio, la combinación de un parshmenio con algún tipo de spren o espíritu hostil.

—Los Fusionados —dijo Dalinar.

—Estupendo —repuso Kaladin—. De acuerdo. Pues combatámoslos a ellos. ¿Por qué tiene que terminar aplastada en el proceso la gente normal?

—Quizá deberías visitar la visión de mi tío y ver con tus propios ojos las consecuencias de mostrarnos compasivos. Presenciar una Desolación podría cambiarte la perspectiva.

—He visto la guerra, brillante. Soy soldado. El problema es que los Ideales me han ampliado el enfoque. No puedo evitar ver al hombre corriente entre las filas del enemigo. No son monstruos.

Dalinar alzó una mano para impedir que Jasnah replicara.

—Tu preocupación te honra, capitán —dijo Dalinar—, y tus informes han llegado en el momento ideal. ¿De verdad crees posible una reconciliación?

—No lo… no lo sé, señor. Incluso los parshmenios comunes están furiosos por lo que se les hizo.

—No puedo permitirme renunciar a la guerra —dijo Dalinar—. Todo lo que dices es cierto, pero tampoco es nada nuevo. Jamás he entrado en batalla sin que en ambos bandos hubiera pobres desgraciados, hombres que ni siquiera deseaban estar allí y luego salieran los peor parados de todos.

—Tal vez —respondió Kaladin— eso debería hacerte reconsiderar las demás guerras, en vez de emplearlas como justificación para esta.

Shallan contuvo el aliento. No parecía la clase de comentario que se pudiera hacer al Espina Negra.

—Ojalá fuese tan sencillo, capitán. —Dalinar dejó escapar un fuerte suspiro, y a Shallan le dio impresión de… avejentado—. Permíteme decir una cosa. Si de algo podemos estar seguros, es de la moralidad de defender nuestra tierra. No te pediré que vayas a la guerra por capricho, pero sí te pediré que actúes como protector. Alezkar está asediada. Tal vez el asedio lo llevan a cabo inocentes, pero quienes los controlan son seres malvados.

Kaladin asintió despacio.

—El rey me ha pedido ayuda para abrir la Puerta Jurada. He aceptado.

—Cuando hayamos asegurado nuestro hogar —dijo Dalinar—, prometo hacer una cosa que jamás me había planteado antes de escuchar tus informes. Intentaré negociar. Veré si existe alguna forma de que esto no termine estrellando nuestros ejércitos.

—¿Negociar? —preguntó Jasnah—. Tío, esas criaturas son arteras, antiguas e iracundas. Han dedicado milenios enteros a torturar a los Heraldos para poder volver e intentar destruirnos.

—Ya veremos —dijo Dalinar—. Por desgracia, no he podido establecer contacto con nadie de la ciudad mediante las visiones. Según el Padre Tormenta, Kholinar es un «punto negro» para él.

Navani asintió.

—Por desgracia, parece coherente con nuestros intentos fallidos de contactar con la ciudad por vinculacaña. El informe del capitán Kaladin confirma lo que decían las últimas notas recibidas de la ciudad: el enemigo está movilizándose para un asalto a la capital. No tenemos forma de saber en qué estado se hallará la ciudad cuando llegue nuestro equipo. Quizá tengas que infiltrarte en una ciudad ocupada, capitán.

—Por favor, que no sea así —susurró Renarin, con la mirada gacha—. ¿Cuántos habrían muerto en esos muros, combatiendo pesadillas?

—Necesitamos más información —dijo Jasnah—. Capitán Kaladin, ¿cuántas personas puedes llevar contigo a Alezkar?

—Pretendo ir volando al frente de una tormenta —respondió Kaladin—, igual que hice para regresar a Urithiru. Es un viaje accidentado, pero quizá pueda volar por encima de los vientos. Tengo que comprobarlo. En todo caso, creo que podré llevar un grupo pequeño.

—No te hará falta una gran cantidad de tropas —dijo Dalinar—. Tú y unos pocos de tus mejores escuderos. Enviaré a Adolin con vosotros, para que tengáis a otro portador de esquirlada en caso de emergencia. ¿Seis personas, tal vez? Tú, tres hombres tuyos, el rey y Adolin. Rebasaréis al enemigo, os colaréis en palacio y activaréis la Puerta Jurada.

—Perdón si me estoy excediendo —dijo Kaladin—, pero el propio Elhokar es quien no me encaja. ¿Por qué no enviarnos solo a Adolin y a mí? Creo que el rey solo nos retrasaría.

—El rey debe ir por motivos personales. ¿Habrá algún problema entre vosotros?

—Haré lo que es correcto sean cuales sean mis sentimientos, señor. Y… es posible que esos sentimientos ya estén superados.

—Esto es demasiado pequeño —musitó Jasnah.

Shallan se sorprendió y la miró.

—¿Demasiado pequeño?

—No es lo bastante ambicioso —dijo Jasnah con más firmeza—. Según la explicación del Padre Tormenta, los Fusionados son inmortales. Tras el fracaso de los Heraldos, no hay nada que impida su renacimiento. Ese es nuestro auténtico problema. El enemigo cuenta con un suministro casi ilimitado de cuerpos de parshmenios que habitar, y a juzgar por lo que confirma la experiencia de nuestro buen capitán, esos Fusionados tienen acceso a algún tipo de Potenciación. ¿Cómo podemos combatir contra eso?

Shallan alzó la mirada de su cuaderno y miró a los demás que había en la sala. Renarin seguía inclinado hacia delante, manos juntas, ojos en el suelo. Navani y Dalinar se estaban mirando. Kaladin seguía apoyado en la pared, cruzado de brazos, pero cambió de postura, incómodo.

—Bueno —dijo Dalinar al cabo de un momento—. Tendremos que ir cumpliendo un objetivo tras otro. Lo primero es Kholinar.

—Perdona, tío —insistió Jasnah—. Aunque no me opongo a ese primer paso, no es momento de estar pensando solo en el futuro inmediato. Si queremos impedir una Desolación que destruya la sociedad, debemos emplear el pasado como nuestra guía y urdir un plan.

—Tiene razón —susurró Renarin—. Nos enfrentamos a algo que mató al mismísimo Todopoderoso. Luchamos contra unos terrores que quiebran la mente de los hombres y destrozan sus almas. No podemos quedarnos en los detalles. —Se pasó la mano por el pelo, que tenía menos amarillo que el de su hermano—. Todopoderoso, tenemos que pensar a lo grande, pero ¿podemos asimilarlo todo sin enloquecer nosotros también?

Dalinar respiró hondo.

—Jasnah, ¿tienes alguna sugerencia sobre cómo iniciar ese plan?

—Sí. La respuesta es obvia. Tenemos que encontrar a los Heraldos.

Kaladin asintió, de acuerdo con ella.

—Y entonces —añadió Jasnah—, tenemos que matarlos.

—¿Qué? —saltó Kaladin—. Mujer, ¿te has vuelto loca?

—Lo explicó el Padre Tormenta —dijo Jasnah, impasible—. Los Heraldos hicieron un pacto. Cuando murieran, sus almas viajarían a Condenación y atraparían los espíritus de los Portadores del Vacío, para impedir su regreso.

—Sí. Y entonces los Heraldos sufrirían torturas hasta que cedieran.

—El Padre Tormenta dijo que su pacto estaba debilitado, pero no que se hubiera destruido —dijo Jasnah—. Sugiero que, como mínimo, comprobemos si al menos uno de ellos está dispuesto a volver a Condenación. Quizá todavía puedan impedir que los espíritus del enemigo renazcan. La otra opción sería exterminar por completo a los parshmenios para que el enemigo se quede sin anfitriones. —Sostuvo la mirada a Kaladin—. Frente a tal atrocidad, el sacrificio de uno o más Heraldos me parecería un precio razonable.

—¡Tormentas! —exclamó Kaladin, enderezándose—. ¿Es que no tienes compasión?

—La tengo a espuertas, hombre del puente. Por suerte, la atempero mediante la lógica. Quizá debas plantearte adquirir un poco de la segunda en algún momento futuro.

—Escucha, brillante —empezó a replicar Kaladin—, yo…

—Basta, capitán —lo interrumpió Dalinar. Lanzó una mirada a Jasnah. Los dos guardaron silencio, Jasnah sin siquiera un ademán de rebeldía. Shallan nunca había visto que reaccionara a nadie con el respeto que tenía a Dalinar—. Jasnah, incluso si el pacto de los Heraldos sigue vigente, no podemos estar seguros de que vayan a permanecer en Condenación, ni de la mecánica para encerrar allí a los Portadores del Vacío. Dicho eso, localizarlos me parece un excelente primer paso, aunque solo sea porque deben de saber mucho que quizá nos sea de gran ayuda. Te dejo encargada a ti, Jasnah, de establecer los pasos para lograrlo.

—¿Y qué hay… qué hay de los Deshechos? —preguntó Renarin—. Habrá otros como la criatura que encontramos aquí abajo.

—Navani los ha estado investigando —dijo Dalinar.

—No podemos limitarnos a eso, tío —dijo Jasnah—. Tenemos que vigilar los movimientos de los Portadores del Vacío. Nuestra única esperanza es derrotar tan por completo a sus ejércitos que, incluso si sus líderes renacen una y otra vez, carezcan de las tropas para abrumarnos.

—Proteger Alezkar —dijo Kaladin— no tiene por qué implicar la destrucción completa de los parshmenios y…

—Si lo deseas, capitán —espetó Jasnah—, puedo traerte unos cachorritos de visón para que los acaricies mientras los adultos hacemos planes. Ninguno de nosotros quiere hablar de este tema, pero eso no lo vuelve menos inevitable.

—Me encantaría —replicó Kaladin—. A cambio, yo te traeré unas anguilas para que las acaricies. Te sentirás como en casa.

Jasnah, curiosamente, sonrió.

—Déjame hacerte una pregunta, capitán. ¿Crees que sería sabio ignorar los movimientos de tropas de los Portadores del Vacío?

—Supongo que no —reconoció él.

—¿Y crees que tal vez podrías entrenar a tus escuderos Corredores del Viento para que vuelen alto y exploren? Si ya no podemos confiar en las vinculacañas, necesitaremos alguna otra forma de mantener vigilado al enemigo. Yo estaré encantada de acariciar las anguilas que me ofreces si, a cambio, tu equipo está dispuesto a dedicar un tiempo a imitarlas.

Kaladin miró a Dalinar, que asintió con aprobación.

—Excelente —dijo Jasnah—. Tío, tu coalición de monarcas es una idea soberbia. Tenemos que contener al enemigo y evitar que invada todo Roshar. Si…

Dejó la frase en el aire. Shallan levantó el lápiz y miró el garabato que había estado haciendo. En realidad, era un poco más complejo que un garabato. Era… más bien un bosquejo completo del rostro de Kaladin, con sus ojos apasionados y su expresión decidida. Jasnah había reparado en un creacionspren con forma de pequeña gema que había aparecido encima de la página y Shallan, ruborizándose, lo espantó.

—Quizá —dijo Jasnah, con una mirada al cuaderno de bocetos de Shallan— convendría tomarnos un breve descanso, tío.

—Como desees —respondió él—. Me vendrá bien beber algo.

Se levantaron, y Dalinar y Navani salieron al pasillo hablando en voz baja, para pasar revista a los guardias y sirvientes del pasillo principal. Shallan los vio marcharse con una sensación de anhelo, mientras sentía a Jasnah cernirse sobre ella.

—Charlemos —dijo Jasnah, señalando con el mentón el extremo de la sala alargada y rectangular.

Shallan suspiró, cerró el cuaderno y siguió a Jasnah hacia el fondo, cerca de un mosaico de la pared. Tan lejos de las esferas que habían llevado para la reunión, había poca luz.

—¿Me permites? —dijo Jasnah, extendiendo el brazo hacia el cuaderno de Shallan, que se lo entregó a regañadientes—. Una muy buena semblanza del joven capitán. Veo… ¿tres líneas de anotaciones, después de que se te encomendara a las claras llevar el acta de la reunión?

—Deberíamos haber traído a una escriba.

—Teníamos a una escriba. Tomar notas no es una tarea insignificante, Shallan. Es un servicio que puedes proveer.

—Si no es una tarea insignificante —replicó Shallan—, quizá deberías haberla hecho tú.

Jasnah cerró el cuaderno de bocetos y dedicó a Shallan una mirada tranquila y firme. De las que la hacían retorcerse.

—Aún recuerdo a una joven nerviosa y desesperada —dijo Jasnah—. Ansiosa por ganarse mi aprobación.

Shallan no respondió.

—Comprendo que hayas disfrutado de la independencia —prosiguió Jasnah—. Lo que has logrado es impresionante, Shallan. Incluso pareces haberte ganado la confianza de mi tío, que no es tarea fácil.

—Entonces, tal vez deberíamos considerar terminado el aprendizaje, ¿no? —dijo Shallan—. En fin, ahora soy una Radiante completa.

—Radiante, sí —dijo Jasnah—. Pero ¿completa? ¿Dónde está tu armadura?

—Eh… ¿Armadura?

Jasnah dio un suave suspiro y volvió a abrir el cuaderno.

—Shallan —dijo con un extraño tono… reconfortante—. Estoy impresionada. De verdad que estoy impresionada. Pero lo que estoy oyendo de ti estos días me resulta preocupante. Te has congraciado con mi familia y has cumplido bien con el compromiso causal con Adolin. Y sin embargo, aquí estás, distraída, como demuestra este boceto.

—Yo…

—Faltas a reuniones que convoca Dalinar —siguió diciendo Jasnah, despacio pero imparable—. Y cuando acudes, te sientas al fondo y apenas prestas atención. Por lo que me ha contado, la mitad de las veces buscas una excusa para marcharte antes de que terminen.

»Investigaste la presencia de una Deshecha en la torre, y en esencia te las ingeniaste para espantarla tú sola. Pero nunca has explicado cómo pudiste encontrarla cuando los soldados de Dalinar fracasaron en el intento. —Miró a Shallan a los ojos—. Siempre me has ocultado cosas. Algunos de esos secretos fueron muy dañinos, y me resisto a creer que no sigas guardando otros.

Shallan se mordió el labio, pero asintió.

—Eso era una invitación a que hables conmigo —dijo Jasnah.

Shallan volvió a asentir. Ella no estaba trabajando con los Sangre Espectral. La que lo hacía era Velo. Y Jasnah no tenía por qué saber de la existencia de Velo. Jasnah no debía saber de la existencia de Velo.

—Muy bien —dijo Jasnah con un suspiro—. Tu aprendizaje no ha finalizado, ni lo hará hasta que me convenzas de que reúnes los requisitos mínimos de erudición, como tomar notas estenográficas durante una conferencia importante. Tu camino como Radiante es otro asunto distinto. No sé si voy a poder guiarte, porque cada orden lo enfocaba de un modo distinto. Pero al igual que a un joven no se lo excusa de sus lecciones de geografía solo porque haya demostrado pericia con la espada, yo no te liberaré de tus deberes conmigo solo porque hayas descubierto tus poderes como Radiante.

Jasnah le devolvió el cuaderno y regresó al círculo de sillas. Se sentó al lado de Renarin y lo convenció con suavidad de que hablara con ella. El joven alzó la mirada por primera vez desde el inicio de la reunión, asintió y dijo algo que Shallan no alcanzó a oír.

—Mmm… —dijo Patrón—. Es sabia.

—Quizá sea su rasgo más crispante —repuso Shallan—. Tormentas, me hace sentir como una niña.

—Mmm.

—Lo peor de todo es que seguro que tiene razón —dijo Shallan—. Cuando está ella, sí que me comporto más como una niña. Es como si una parte de mí quisiera dejar que ella se ocupe de todo. Y eso es algo que odio, odio, odio de mí misma.

—¿Existe una solución?

—No lo sé.

—¿Quizá… comportarte como una adulta?

Shallan se tapó la cara con las manos, dio un suave gemido y se frotó los párpados con los dedos. Se lo había ganado a pulso, ¿verdad?

—Vamos —dijo—. A ver cómo termina la reunión. Por mucho que quiera buscar una excusa para salir de aquí.

—Mmm —dijo Patrón—. Hay algo en esta sala…

—¿Qué? —preguntó Shallan.

—Algo… —dijo Patrón con su voz de zumbido—. Tiene recuerdos, Shallan.

«Recuerdos.» ¿En Shadesmar, quería decir? Shallan había evitado viajar allí; por lo menos en algo sí que había hecho caso a Jasnah.

Regresó a su asiento y, después de pensárselo un momento, pasó una nota rápida a Jasnah. «Patrón dice que esta sala tiene recuerdos. ¿Merece la pena investigarlo en Shadesmar?»

Jasnah leyó la nota y le escribió una respuesta.

«He aprendido que no deberíamos hacer caso omiso a los comentarios casuales de nuestros spren. Investigaré este lugar. Gracias por la sugerencia.»

Retomaron la reunión y pasaron a hablar de reinos concretos a lo largo de Roshar. Jasnah consideraba que debían intentar con más insistencia que los shin se unieran a ellos. En las Llanuras Quebradas se hallaba la Puerta Jurada más oriental de todas, ya bajo control alezi. Si lograban acceder a la más lejana hacia el oeste, podrían recorrer todo Roshar, desde el punto de entrada de las altas tormentas hasta el de las tormentas eternas, en un suspiro.

No trataron tácticas demasiado específicas. Se trataba de un arte masculino, y Dalinar querría tener a sus altos príncipes y sus generales para tratar los campos de batalla. Aun así, Shallan reparó en los vocablos tácticos que empleaba Jasnah de vez en cuando.

En aspectos como aquel, a Shallan le costaba entender a la mujer. Había ocasiones en las que Jasnah parecía hacer gala de una masculinidad feroz. Estudiaba cualquier cosa que le apeteciera, y podía hablar de táctica con la misma facilidad que de poesía. Era capaz de mostrarse agresiva, incluso gélida: Shallan la había visto ejecutar sin miramientos a los ladrones que habían intentado robarle. Más allá de eso… bueno, seguro que lo mejor sería no especular sobre cosas sin significado, pero lo cierto era que la gente hablaba. Jasnah había rechazado a todos sus pretendientes, incluyendo a varios hombres muy atractivos e influyentes. La gente se hacía preguntas. ¿Quizá solo fuera que no estaba interesada?

Todo ello debería haber resultado en una persona muy poco femenina. Pero Jasnah llevaba el mejor maquillaje y lo llevaba bien, con sombra de ojos y unos labios pintados de rojo brillante. Llevaba cubierta la mano segura, y tenía predilección por las trenzas intricadas y atractivas que le hacía su peluquera. Sus escritos y su mente la convertían en todo un modelo de la feminidad vorin.

Al lado de Jasnah, Shallan se sentía blanquecina, estúpida y carente por completo de curvas. ¿Qué sensación daría ser tan confiada? Tan hermosa y a la vez tan libre, todo a la vez. Seguro que Jasnah Kholin tenía muchos menos problemas en la vida que Shallan. O como mínimo, se había creado muchos menos que ella.

Más o menos en ese momento, Shallan reparó en que se había perdido más de quince minutos de reunión y de nuevo había un lapso en sus notas. Sonrojándose a más no poder, se encorvó en su silla y se esforzó por mantenerse concentrada lo que quedaba de reunión. Al final, entregó una página de estenografía formal a Jasnah.

La mujer le echó un vistazo y luego enarcó una ceja de forma perfecta a la línea del centro, donde Shallan se había distraído. La línea rezaba: «Dalinar ha dicho unas cosas aquí. Eran muy importantes y relevantes, así que seguro que nadie necesita que se las recuerden.»

Shallan puso una sonrisa arrepentida y levantó los hombros.

—Pásalo a escritura completa, por favor —dijo Jasnah, devolviéndole la hoja—. Que envíen una copia a mi madre y otra a la jefa de las escribas de mi hermano.

Shallan se lo tomó como señal de que podía retirarse y lo hizo a toda prisa. Se sentía como una alumna a la que acabaran de liberar de sus lecciones, cosa que la enfurecía. Pero al mismo tiempo, quería ir corriendo a hacer de inmediato lo que Jasnah le había pedido, para renovar la fe de su maestra en ella, lo cual la enfurecía incluso más.

Subió a la carrera los peldaños que salían del sótano de la torre, utilizando luz tormentosa para no fatigarse. Los dos lados de su mente se enfrentaron, lanzándose mutuas dentelladas. Imaginó lo que sería pasar meses bajo la vigilante tutela de Jasnah, entrenando para convertirse en la apocada escriba que su padre siempre había deseado que fuese.

Recordó sus días en Kharbranth, la época en que había sido tan insegura, tan tímida. No podía volver a aquello. No lo haría. Pero entonces, ¿qué iba a hacer?

Cuando por fin llegó a su habitación, Patrón le estaba zumbando. Tiró a un lado su cuaderno de bocetos y su cartera y sacó el abrigo y el sombrero de Velo. Velo sabría qué hacer.

Sin embargo, clavado con un alfiler al interior del abrigo de velo, había un papel. Shallan se quedó petrificada y miró a su alrededor en la habitación, repentinamente ansiosa. Reticente, cogió el papel y lo desdobló.

El principio rezaba:

Has cumplido la tarea que te encomendamos. Investigaste a la Deshecha, y no solo descubriste algo sobre ella, sino que también la pusiste a la fuga. Como te prometimos, aquí tienes tu recompensa.

La siguiente carta explica la verdad sobre tu difunto hermano, Nan Helaran, acólito de la orden Radiante de los Rompedores del Cielo.

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