Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo VIII
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Capítulo VIII
Se acercaban las Navidades, y cuando llegaron ya estaba arreglado todo. Cerré la escuela de Morton, no sin antes asegurarme de que mis esfuerzos no habían sido estériles. Lo maravilloso de la suerte es que abre la mano si nosotros le abrimos el corazón, y dar un poco cuando hemos recibido en abundancia no es más que un desahogo que concedemos a la ebullición inusitada de nuestras emociones. Ya hacía tiempo que venía dándome cuenta con gran placer de que muchas de mis rústicas alumnas me querían, pero esa impresión quedó confirmada con creces cuando nos despedimos y ellas me expresaron abiertamente su afecto. Saber que ocupaba un lugar en sus sencillos corazones supuso una gratificación intensa, y les prometí que de allí en adelante todas las semanas las iría a ver a la escuela para darles una hora de clase.
El señor Rivers se había quedado vigilando la salida de las chicas en fila delante de mí. Cada aula contaba con sesenta alumnas. Cerré la puerta y, aún con la llave en la mano, me entretuve despidiéndome con especial cariño de las mejores, una media docena. Pocas veces se habrán dado entre las campesinas británicas unas jóvenes tan honradas, discretas e instruidas; y es bastante decir porque el campesinado inglés es uno de los más educados de Europa, digno de todo respeto. Desde entonces acá he conocido a muchas paysannes y Bäuerinnen[96] que me parecieron ignorantes y toscas —incluso las mejores— en comparación con aquellas chicas de Morton.
El señor Rivers se acercó a mí cuando se fueron.
—¿Cree que le han merecido la pena estos meses de esfuerzo? —me preguntó—. ¿No le satisface saber que ha hecho el bien y ha dado un poco de alegría?
—Por supuesto que sí.
—Y eso que han sido solo unos meses. ¿No le parece que consagrar la vida a la tarea de mejorar la raza podría ser maravilloso?
—Sí —dije—. Pero yo no soy capaz de dedicar a eso toda mi vida. Quiero disfrutar de mis propias capacidades, además de cultivar las ajenas, y es ahora cuando me ha llegado el tiempo de ese disfrute. Así que no me recuerde la escuela, porque se acabó, y tanto mi cuerpo como mi alma necesitan vacaciones.
Pareció ensombrecerse.
—¿Gozar ahora de qué? ¿A qué viene ese entusiasmo repentino? ¿A qué piensa dedicarse?
—A desplegar la mayor actividad que me sea posible. Lo primero que quiero pedirle es que me preste a Hannah, y se busque otra criada para usted.
—¿Y para qué necesita a Hannah?
—Para que venga conmigo a Moor House. Dentro de una semana llegan Diana y Mary, y quiero tenerlo todo dispuesto para recibirlas.
—Ya entiendo. Creí que planeaba algún viaje. Mejor así. Puede contar con Hannah.
—Dígale entonces que esté preparada para mañana. Aquí tiene la llave de la escuela. La de casa mañana se la daré a primera hora.
Cogió la llave.
—La veo a usted muy contenta de dejar esto —dijo—. No acabo de entender su júbilo, no se me alcanza qué tareas va a emprender para sustituir la que abandona. ¿Qué meta persigue ahora, en qué consisten sus ambiciosos propósitos?
—Mi primer propósito es llevar a cabo una limpieza general, no sé si conoce el alcance de esta expresión, limpiar Moor House de arriba abajo, desde las alcobas hasta el sótano. El segundo, emplear todas las bayetas que hagan falta para darle cera a los suelos para que reluzcan como nuevos. El tercero, colocar con precisión matemática sillas, mesas, camas y alfombras. Luego haré todo lo que esté en mi mano para arruinarle a usted encargando turba y carbón porque me propongo que en cada habitación arda un fuego hermoso. Y por último, dos días antes de que lleguen sus hermanas, Hannah y yo nos dedicaremos de lleno a batir huevos, rallar especias, escoger frutos secos y picar fruta para hacer pasteles y tartas de Navidad, aparte de celebrar otros variados ritos culinarios, cada uno de los cuales podría describirse con palabras; pero a un profano en la materia como usted no le dirían nada. Mi objetivo, en resumen, es el de tenerlo todo completamente a punto para cuando lleguen Mary y Diana el jueves próximo; lo único que ambiciono es que la bienvenida a su casa les parezca ideal.
St. John sonrió levemente; pero seguía insatisfecho.
—Bueno —dijo—, todo eso está muy bien de momento. Pero espero que una vez pasado el primer embate de euforia, y se lo digo en serio, mire un poco más allá de esos trajines domésticos y ambicione algo más elevado que los goces del hogar.
—Los goces del hogar —interrumpí— son los más dulces del mundo.
—No, Jane, se equivoca. Este mundo no es un escenario para el disfrute, ni intente convertirlo en tal. Tampoco es un lugar de reposo, no se me vuelva indolente, Jane.
—Todo lo contrario, lo que intento es estar todo el día ocupada.
—Está bien, Jane, por ahora pase. Le concedo dos meses para que disfrute a sus anchas de la nueva situación y saboree los encantos de la convivencia con una familia hallada tardíamente. Pero luego espero que sus miras se eleven por encima de Moor House, de Morton y del entorno fraternal, con sus comodidades sensuales y su paz egoísta derivadas de una refinada civilización. Espero que vuelva a sentirse sacudida por las energías de su alma inquieta.
Le miré con asombro.
—St. John —le dije—, es una perversidad que me hable así. Me dispongo a ser feliz como una reina, y usted se empeña sin tregua en echarme abajo la alegría. ¿A santo de qué?
—A santo de que saque partido del talento con que Dios la dotó, y del cual vendrá a pedirle cuentas algún día, no lo dude. La vigilaré de cerca y con todo celo, Jane, se lo aviso, para intentar contrarrestar el desmedido entusiasmo con que se entrega a los vulgares placeres domésticos. No se aferre con tanta contumacia a las ataduras de la carne. Reserve su tenacidad y su fervor para causas más dignas y no los despilfarre en metas triviales y efímeras. ¿Me está oyendo, Jane?
—Sí, como si me hablara en griego. Creo tener motivos suficientes para ser feliz, y me propongo serlo. ¡Hasta la vista!
Fui feliz en Moor House y tanto Hannah como yo pasamos unos días muy atareados. Ella estaba encantada al verme de tan buen humor, en medio de aquel jaleo de casa, con todo patas arriba, cocinando, barriendo, fregando y cepillando. Poco a poco, tras un par de días inmersa en la mayor confusión, empezamos a poner orden paulatinamente en el caos que nosotras mismas habíamos armado, y nos complacía irlo logrando. Yo antes de emprender la tarea había viajado a S. para comprar muebles nuevos, aprovechando que mis primos me habían autorizado a hacer todos los cambios que me diera la gana. Y de hecho, habíamos apartado una suma de dinero destinada a ello. Las salas y los dormitorios los dejé más o menos como estaban, porque me pareció que a Diana y Mary les gustaría más encontrarse con sus camas, mesas y sillas de siempre, que verlas sustituidas por espectaculares innovaciones. Pero hacía falta introducir algún detalle a la moda como ingrediente para conmemorar aquel regreso, así que compré unas cortinas oscuras, unas alfombras preciosas, así como nuevas tapicerías, y elegí cuidadosamente unas cuantas figuras de bronce y porcelana, espejos y un neceser para cada coqueta, lo cual daba a las estancias un aire rejuvenecedor, sin resultar chillón. Cambié enteramente los muebles de un gabinete y un dormitorio de invitados, sustituyéndolos por otros de caoba antigua y tapicería carmesí. Puse una estera en el pasillo, alfombré la escalera y, cuando quedó todo rematado, me pareció Moor House por dentro tal ejemplo de acogedor bienestar como por fuera de desolación invernal y de triste aislamiento.
Por fin llegó el jueves.
Esperábamos a Diana y Mary hacia el anochecer, así que antes de la puesta de sol ya estaban encendidas las chimeneas de arriba y las de abajo, la cocina reluciente, Hannah y yo bien arregladas y todo en orden.
Primero llegó St. John. Le había pedido yo que nos dejara en paz hasta que estuviera todo preparado, y así lo hizo. La sola idea del barullo, sórdido y trivial, que iba a conmocionar la casa fue suficiente para mantenerlo alejado. Me encontró en la cocina, vigilando el horno, donde se estaban haciendo unos pastelillos para el té.
—¿Está contenta, por fin, con su trabajo de criada? —me preguntó acercándose.
Y yo, por toda contestación, le invité a que inspeccionara conmigo todos los trabajos que había llevado a cabo. Tras insistir un poco, conseguí que me acompañara a dar una vuelta por la casa. Se limitó a echar una mirada dentro de las habitaciones, a medida que yo le iba abriendo las puertas. Luego, después de aquel recorrido subiendo y bajando escaleras, dijo que tenía que haberme afanado y fatigado mucho para hacer tantos cambios en tan poco tiempo, pero no pronunció una sola frase que dejara traslucir su complacencia ante la transformación del hogar.
Su silencio me desazonó. Tal vez —pensé— aquellas alteraciones habían atentado contra recuerdos preciosos para él. Le pregunté que si era eso lo que le pasaba, en un tono de evidente decepción.
Dijo que no, que de ninguna manera. Le parecía, por el contrario, que había sido escrupulosamente fiel a los recuerdos. Lo que le preocupaba, en realidad, era que hubiera consagrado a aquel asunto más tiempo y cavilaciones de lo que se merecía. Me preguntó que cuántos minutos me había llevado, por ejemplo, estudiar la distribución del cuarto donde estábamos. Y ya que venía a cuento, ¿podía decirle dónde estaba tal libro?
Le señalé enseguida el tomo que había mencionado, lo sacó de la estantería, se retiró a su rincón de siempre y se puso a leer.
Me desagradó mucho aquello, a decir verdad. Y empecé a pensar, lector, que St. John sería muy bueno, pero que había acertado al describirse a sí mismo como egoísta y frío. Era incapaz de apreciar los pequeños placeres de la vida; ni las relaciones humanas ni las comodidades tenían el menor atractivo para él. No concebía otra aspiración que la de perseguir lo perfecto y lo elevado y a esa persecución dedicaba literalmente su vida. Pero jamás se permitía el descanso ni estaba dispuesto a permitírselo a quienes le rodeaban. Al contemplar su frente altiva, pálida e inmóvil como una piedra blanca, y los bellos rasgos de su rostro absorto en la lectura, comprendí de repente que nunca podría ser un buen marido y me imaginé lo difícil que le resultaría a cualquier mujer aguantar su compañía. Y una especie de inspiración me llevó a entender la naturaleza de su amor por la señorita Oliver; tenía razón él al decir que no pasaba de ser una pasión sensual. Y era comprensible que se despreciara a sí mismo al constatar la excitación febril a que ella lo sometía, y también que luchara por sofocar y destruir tal influjo, y que desconfiara de que pudiera conducirlos, a ella y a él, a una dicha duradera. Me di cuenta de que St. John estaba hecho del material con que la naturaleza esculpe a sus héroes, ya sean cristianos o paganos, a sus legisladores, estadistas y conquistadores, una peana sólida para edificar sobre ella los grandes intereses. Pero fría y agobiante columna, tan triste como anacrónica, colocada junto al fuego hogareño de una chimenea.
«Este cuarto de estar no es su mundo —reflexioné—; le irían mucho mejor la cordillera del Himalaya, las selvas de los cafres o incluso los pantanos insalubres de las costas de Guinea. En el seno de la vida doméstica no se encuentra en su elemento, y por eso lo evita. Sus facultades se empantanan aquí, no pueden desarrollarse ni experimentar mejora. Es en los escenarios de batalla y riesgo, aquellos donde se pone a prueba el valor y se requieren energía y fortaleza, donde necesita moverse y pronunciarse como caudillo. Aquí, en casa, cualquier niño feliz le dejaría sin atributos. Su elección como misionero ha sido acertadísima; acabo de verlo claro».
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen! —gritó Hannah, irrumpiendo en el salón, cuya puerta había abierto de golpe.
En aquel mismo momento, el viejo Carlo se puso a ladrar de alegría. Salí corriendo. Ya era de noche, pero se oía claramente un retumbar de ruedas. Hannah se apresuró a encender una linterna. El vehículo se paró ante la verja, el cochero abrió la portezuela y se apearon, una tras otra, las dos figuras familiares. Al minuto siguiente ya estaba yo acariciando, bajo sus respectivos sombreros, primero las suaves mejillas de Mary y luego los abundantes rizos de Diana. Se reían, nos besaban a mí y a Hannah, le hacían mimos a Carlo, que se agitaba loco de contento, y preguntaban ansiosamente qué tal iba todo. Cuando les dijimos que muy bien, se apresuraron a entrar en la casa.
Venían entumecidas del traqueteo del coche, después de tantas horas de viaje desde Whitcross, y además heladas de frío, pero enseguida volvió el color y la animación a sus dulces rostros al calor del fuego luminoso. Mientras el cochero y Hannah acarreaban el equipaje, me preguntaron por St. John, que en ese mismo momento salía del cuarto de estar y avanzaba hacia ellas. Las dos le echaron los brazos al cuello al mismo tiempo. Él las besó por orden, serenamente, y les dio la bienvenida en voz queda. Se quedó un rato hablando con ellas y luego se volvió al cuarto de estar, como buscando refugio, aunque suponía —dijo— que enseguida nos reuniríamos todos allí.
Yo tenía velas encendidas para acompañarlas a sus respectivos dormitorios, pero antes Diana quiso ofrecer hospitalidad al cochero. Al fin me siguieron al piso de arriba. Se mostraron encantadas con los cambios y celebraron tan expansiva como generosamente mi elección de tapicerías, alfombras y jarrones coloreados de porcelana. Me hicieron sentir el placer de haber acertado exactamente con sus gustos, y eso añadió aún mayor encanto a la alegría que me causaba su regreso.
Fue una velada muy grata. La elocuencia que mis primas, presas de entusiasmo, desplegaron en sus comentarios contrarrestó la actitud taciturna de St. John. No cabía duda de que la llegada de sus hermanas le había alegrado, pero era incapaz de expresarlo con el fervor y arrebato de que ellas hacían gala. El acontecimiento en sí —la llegada de sus hermanas— le bastaba para sentirse bien, pero le apabullaban los comentarios accesorios, aquel alboroto que desataban las lenguas. Comprendí que estaba deseando que llegara el día siguiente para que la vida volviera a encarrilarse. Una hora después de haber tomado el té, un aldabonazo intempestivo en la puerta vino a interrumpir nuestra eclosión de júbilo. Enseguida entró Hannah.
—Ha venido un pobre chico, ya ve usted a qué horas quiere que el señor Rivers vaya a ver a su madre, dice que se está muriendo.
—¿Dónde vive, Hannah?
—Pues en Whitcross Brow nada menos, ya ve. Casi cinco millas. Y pantanos y musgo por todo el camino.
—Dígale que ahora mismo voy.
—Yo no se lo aconsejo, señor —dijo Hannah—, no hay peor camino que ese en cuanto cae la noche, es pura ciénaga, no tiene ni rodadas. Y luego con una noche tan inclemente como la que hace, que pocas veces he visto un viento que corte la cara así. No vaya, señor, que el chico lleve recado de que irá usted mañana.
Pero él ya estaba en el pasillo poniéndose la capa y se marchó sin poner la menor objeción. Eran las nueve y hasta medianoche no volvió. A pesar de llegar helado y cansadísimo, traía un aspecto más feliz que cuando nos dejó. Había cumplido con su deber, se había exigido algo a sí mismo, y se sentía satisfecho de haber ejercitado su capacidad de decir que sí cuando pudo decir que no.
Mucho me temo que toda la semana que siguió a la llegada de sus hermanas exasperó a St. John y puso a prueba su paciencia. Era la semana de la Navidad y ni ellas ni yo nos entregamos a otra cosa que a aquella especie de febril disipación que nos proporcionaba la actividad doméstica. El aire de los páramos, la libertad de estar en casa y el regodeo ante la incipiente prosperidad actuaron como un elixir vivificante sobre el ánimo de mis primas. Estaban alegres de la mañana a la noche, siempre locuaces y dispuestas a pegar la hebra. Para mí su conversación rápida, ingeniosa y siempre original tenía tal atractivo que la prefería sin comparación a cualquier otra cosa. St. John no nos reprochaba aquella animación, pero la rehuía. Paraba poco en casa. Su parroquia era extensa y abarcaba varios lugares dispersos, así que tenía tarea de sobra con sus visitas cotidianas a los feligreses enfermos o menesterosos que requerían su ayuda.
Una mañana, a la hora del desayuno, Diana, tras permanecer unos instantes pensativa, le preguntó si había cambiado de proyectos.
—No, mis proyectos ni han cambiado ni admiten variación —dijo.
Y luego notificó a sus hermanas que su partida de Inglaterra estaba definitivamente fijada para el año siguiente.
—¿Y Rosamond Oliver? —preguntó Mary.
Era como si las palabras se le hubieran escapado de los labios sin querer, y me di cuenta porque hizo un gesto con la mano como si quisiera borrarlas. St. John, que tenía la mala costumbre de leer durante las comidas, cerró el libro que estaba mirando y levantó los ojos.
—Rosamond Oliver —dijo— está a punto de casarse con el señor Granby, uno de los más ilustres y mejor relacionados habitantes de la ciudad de S. Es nieto y heredero directo de sir Frederic Granby. Me lo notificó ayer el señor Oliver.
Sus hermanas intercambiaron una mirada de la que también a mí me hicieron partícipe. Luego las tres le miramos a él. Estaba impasible, como si fuera de cristal.
—Pues será un asunto que haya ido a toda prisa —dijo Diana—. No creo que se conozcan desde hace mucho.
—Dos meses. Se conocieron en octubre, en un baile celebrado en S. Pero cuando un compromiso no encuentra impedimentos, como en este caso, y se trata de una unión apetecible desde todos los puntos de vista, no tiene sentido aplazar la boda. Se casarán en cuanto tengan arreglada la casa de la plaza S. que les regala sir Frederic.
La primera vez que me encontré a solas con St. John después de aquella noticia, sentí la tentación de preguntarle si le había afligido recibirla, pero lo veía tan poco necesitado de compasión que, en vez de atreverme a brindársela, lo que sentí fue vergüenza al recordar mi atrevimiento de otras veces. Además, había ido perdiendo la costumbre de dirigirme a él, porque la escarcha de su reserva había vuelto a hacer acto de presencia y mi franqueza se congelaba a su contacto. No había mantenido la promesa que me hizo de tratarme como a una hermana más. Las constantes diferencias que, por el contrario, hacía entre nosotras me descorazonaban, por nimias que fuesen, y no ayudaban en absoluto a fomentar los intentos de cordialidad. Total, que ahora que vivíamos bajo el mismo techo, conscientes de nuestro parentesco, yo lo notaba a mucha más distancia de mí que cuando me trataba como a una maestra de escuela. Al rememorar la confianza a que en ese tiempo me dio pie, se me hacía duro admitir la frialdad de ahora.
Por eso me sorprendió, y no poco, que de repente levantara la cabeza del escritorio e interrumpiera su trabajo para dirigirme la siguiente frase:
—Ya ve usted, Jane, la batalla se libró y he salido victorioso.
No contesté enseguida, sumida como estaba en el asombro causado por aquella súbita interpelación. Pero, tras unos instantes de duda, reaccioné y dije:
—Me pregunto, sin embargo, si no se hallará en la misma situación de algunos conquistadores que han tenido que pagar demasiado caro su triunfo. ¿Cree que estaría en condiciones de soportar otro semejante?
—Creo que sí —dijo—. Pero de todas maneras, da igual, porque nunca tendré que volver a pelear por una conquista de ese calibre. La resolución del conflicto es definitiva, tengo ahora el camino expedito, y le doy gracias a Dios.
Y una vez dichas estas palabras, volvió a sumirse silenciosamente en sus papeles.
A medida que el gusto mío y de mis primas por estar juntas se iba asentando, reemprendíamos el estudio y se regularizaban nuestras costumbres, también St. John empezó a quedarse más tiempo en casa. A veces pasábamos bastantes horas los cuatro juntos en la misma habitación. Mary solía dibujar, Diana estaba siguiendo —con gran admiración por mi parte— un curso de lecturas enciclopédicas, yo peleaba con el alemán y él se doctoraba por su cuenta en una erudición de tipo místico: el aprendizaje de una lengua oriental, cuyo dominio consideraba imprescindible para sus proyectos.
Se le veía embebido en aquella ocupación, sentado inmóvil y absorto en su rincón de siempre. Y sin embargo, de vez en cuando sus ojos azules solían abandonar aquella extravagante gramática para volar hacia nosotras y quedar fijos en el grupo de colegas que formábamos, con una mirada curiosa, penetrante e intensa, ahuyentada en cuanto la sorprendíamos, pero que no tardaba en volver a revolotear sobre nuestra mesa. Me intrigaba aquello. Y otra cosa que no dejaba de llamarme la atención era el contento que infaliblemente demostraba ante un hecho de escasa relevancia para mí. Me refiero a mis visitas una vez por semana a la escuela de Morton. Lo que más me extrañaba era que, si había amanecido mal día por culpa de la nieve, la lluvia o la ventisca, y sus hermanas trataban de quitarme de la cabeza la idea de salir, él se burlase indefectiblemente de su solicitud y me animase a cumplir con mi tarea, desafiando los elementos.
—Jane no es el alfeñique que os empeñáis en hacer de ella —decía—: aguanta las ráfagas de viento, los chaparrones y los copos de nieve lo mismo que cualquiera de nosotros. Las constituciones firmes y elásticas soportan mejor las inclemencias variables del tiempo que muchas aparentemente más robustas.
Y cuando volvía a casa, por mucho que me hubieran zarandeado los elementos y por cansada que viniera, nunca me atreví a quejarme, consciente de que le hubiera molestado. Le gustaba la fortaleza desplegada ante cualquier situación, y lo contrario le provocaba una irritación especial.
Una tarde, no obstante, me dio permiso para quedarme en casa, porque estaba francamente acatarrada, y sus hermanas fueron a Morton en sustitución mía. Yo estaba sentada leyendo a Schiller y él descifrando unos enrevesados pergaminos orientales. Cuando levanté los ojos de la traducción para hacer un ejercicio, miré casualmente hacia allá y me percaté de que tenía fijos en mí sus ojos azules siempre al acecho. No sé cuánto tiempo llevaría vigilándome, pero era una mirada tan penetrante y fría que me entró una aprensión supersticiosa, como si estuviera sola en la habitación con un ser de otro mundo.
—Jane, ¿qué está haciendo?
—Estoy estudiando alemán.
—Deje usted el alemán, quiero que aprenda indostaní.
—No estará hablando en serio.
—Tan en serio que lo pienso lograr. Y le diré por qué.
Se puso a explicarme que el indostaní era el idioma que estaba aprendiendo él, pero que a medida que iba haciendo progresos tendía a olvidarse de los principios, y que le vendría muy bien tener una alumna para repasar con ella las nociones básicas, y de esa manera fijarlo a conciencia en su mente. Dijo que había estado dudando por algún tiempo entre proponérmelo a mí o a sus hermanas, pero que había acabado inclinándose por la primera opción, porque de las tres era yo quien más constancia y aguante demostraba para dedicar tiempo a una misma tarea. Me pidió que le hiciera ese favor. Al fin y al cabo no duraría mucho el sacrificio, puesto que faltaban solamente tres meses para su partida.
St. John no era un hombre a quien pudiera negársele una cosa así como así. Daba la sensación de que en él se grababan a fuego y para siempre todas las impresiones que recibía, ya fueran de placer o de desagrado.
Así que di mi consentimiento. Cuando volvieron Diana y Mary, y la primera se enteró de que su hermano le había birlado la alumna, se echó a reír. Tanto ella como Mary comentaron que a ninguna de ellas habría logrado persuadirlas St. John para tomar una decisión semejante.
—Ya lo sabía —contestó él en voz baja.
Resultó ser un maestro muy tolerante, pero también muy exigente. Esperaba mucho de mí, y cuando colmaba sus expectativas no dejaba nunca, aunque a su manera, de manifestar su plena aprobación. Paulatinamente fue adquiriendo sobre mí un influjo que alicortaba mi libertad de pensamiento. Sus alabanzas me coaccionaban más que su indiferencia. Cuando lo tenía cerca ya no era capaz de hablar o reírme espontáneamente, porque una traba instintiva e inoportuna venía a recordarme que a él la vivacidad le molestaba, o al menos cuando era yo quien la exhibía. Sabía de sobra que solamente daba el visto bueno a las tareas serias y al humor equilibrado, y que todo esfuerzo por agradarle sosteniendo o siguiendo una dirección contraria era inútil. Me sentía como bajo un hechizo represivo. Cuando me decía «vete», me iba; «ven», venía, o «haz tal cosa», la hacía. Pero era una servidumbre contraria a mi gusto y a mi voluntad. Muchas veces pensaba que ojalá hubiera seguido ignorándome.
Una noche, a la hora de acostarnos, cuando sus hermanas y yo nos acercamos para desearle un buen descanso, las besó a ellas dos, como solía, y a mí me dio la mano, como hacía siempre. Diana, que no se sentía penosamente cohibida por el control de la voluntad fraterna, ya que la suya era también de hierro, le dijo en tono bromista, porque aquel día estaba de muy buen humor:
—¡Vaya, St. John! ¿Y tú eras el que llamabas a Jane «mi tercera hermana»? Pues no veo que la trates como a una hermana. ¿Por qué no le das un beso igual que a nosotras?
Me empujó hacia él, una actitud que encontré provocadora y que me hizo sentirme insegura y a disgusto por considerarlo así y por notar aquella incomodidad. St. John inclinó la cabeza, puso su rostro de rasgos griegos al nivel del mío y me besó, no sin antes haberme traspasado con sus ojos interrogantes. Si existieran besos de mármol o besos de hielo, diría que el saludo de mi sacerdotal primo había sido de esa clase. Pero como no los hay, llamaré a aquel un beso de tanteo, porque ese cariz de experimento tuvo. Después de besarme, se quedó mirándome, como para evaluar el resultado, aunque debió de sacar poco en limpio. Estoy segura de no haberme ruborizado, aunque tal vez palideciera un poco, porque sentía que aquel beso era como un precinto para sellar mis cadenas. A partir de entonces, nunca omitió aquella ceremonia. Y la gravedad y aquiescencia con que yo me sometía a ella parecía proporcionarle una especie de encanto.
En cuanto a mí, la verdad es que cada vez tenía más ganas de agradarle, pero me veía precisada, para conseguirlo, a renegar de la mitad de mi naturaleza, sofocar la mitad de mis facultades y desviar mis gustos de su cauce habitual para verme forzada a emprender actividades a las que no me sentía inclinada por naturaleza. St. John se había propuesto elevarme a unas alturas que rebasaban mi alcance, y continuamente me sentía atormentada por la aspiración de llegar a un nivel señalado por otro. Era un empeño tan absurdo como lo habría sido el intento de moldear mis facciones irregulares con arreglo a un canon de perfección clásica, o teñir mis ojos verdes de aquel azul marino brillante y solemne que tenían los suyos.
De todas maneras, no era solamente su influjo lo que esclavizaba mi alma en aquel tiempo. Últimamente lo que me resultaba más natural era poner cara triste. Un mal corrosivo había anidado en mi corazón e iba desecando mi alegría en sus mismos orígenes: el mal de la incertidumbre.
Puede que supongas, lector, que en el transcurso de tantas mudanzas de lugar y de suerte había desterrado de mi memoria al señor Rochester. Pues no, ni por un momento. Su recuerdo seguía acompañándome, ya que no se trataba de un vaho que el sol dispersa ni de una huella en la arena que las tormentas borran. Era nombre grabado sobre una lápida y condenado a durar tanto como el mármol donde se inscribió. El ardiente anhelo por saber lo que habría sido de Edward Rochester no me abandonaba nunca en ninguna parte. Cuando vivía en Morton, todas las tardes me encerraba en casa para pensar en él, y ahora ocurría en Moor House: me refugiaba en mi dormitorio por las noches otro tanto ansiosa de sumirme en conjeturas sobre su suerte.
A lo largo de la correspondencia que me vi obligada a mantener con el señor Briggs acerca del testamento, le había preguntado por el paradero actual y el estado de salud del señor Rochester, pero mi abogado, como acertadamente había imaginado St. John, no sabía nada referente a tal persona. Luego escribí a la señora Fairfax pidiéndole noticias sobre el particular. Estaba segura de que aquel paso me llevaría a buen puerto, y contaba, por supuesto, con una respuesta inmediata. Por eso me sorprendió mucho que pasaran quince días sin recibir contestación, y a los dos meses, en vista de que el correo seguía viniendo sin traerme nada, una ansiedad aguda se apoderó de todo mi ser.
Volví a escribir, por si acaso la primera carta hubiera podido extraviarse, y aquella nueva tentativa renovó mis esperanzas. Luminosas durante las primeras semanas, acabaron no obstante por languidecer como la vez primera, al no merecer ni una línea de respuesta. De una decepción en otra, la vanidad de mi intento se hizo tan patente como para extinguir toda esperanza. Y me hundí en el pesimismo.
Habíamos tenido una primavera espléndida, que yo me sentía incapaz de saborear, y se estaba acercando el verano. Diana procuraba darme ánimos, decía que me veía mal aspecto y que por qué no nos íbamos algunos días al mar. A este proyecto se opuso St. John, alegando que lo que yo necesitaba eran ocupaciones, no diversiones, que mi vida actual no tenía mucho sentido y que lo que me hacía falta era buscar una meta. Y supongo que fue para suplir tales deficiencias por lo que intensificó sus lecciones de indostaní y se volvió más exigente en pedirme cuentas de la tarea. Y yo, como una tonta, cedí a sus instancias, no era capaz de oponerle resistencia.
Cierto día me puse a estudiar con la moral más baja que de costumbre, con una desgana que tenía sus orígenes en una aguda decepción. Por la mañana, Hannah me había dicho que tenía carta, y, cuando acudí a recogerla, convencida de que al fin me traería las noticias anheladas durante tanto tiempo, encontré simplemente una nota irrelevante sobre asuntos de dinero remitida por el señor Briggs. La amarga desilusión hizo asomar lágrimas a mis ojos, y luego, cuando estaba descifrando los signos enrevesados y las recargadas metáforas de un escriba indio, se me saltaron de nuevo.
St. John me requirió para llevar a cabo una lectura, y al intentarlo se me quebró la voz, ahogada en llanto. Estábamos solos en el cuarto de estar; Diana estaba tocando el piano en el salón y Mary trabajando en el jardín, porque era una mañana espléndida de mayo despejada, radiante de sol y oreada por una dulce brisa. Mi compañero no dejó traslucir sorpresa alguna ante mi emoción, ni me preguntó por sus causas. Se limitó a decir:
—Esperaremos un poco, Jane, hasta que se calme.
Y mientras yo procuraba atajar mi estallido de emoción lo antes posible, él se quedó apoyado en la mesa de trabajo con gesto tranquilo y sin mostrar impaciencia, como un médico que examina con ojo clínico una sintomática crisis sobrevenida en la enfermedad de un paciente. Tras ahogar mis sollozos, enjugar mis lágrimas y susurrar algo acerca de que no me encontraba bien aquella mañana, conseguí reanudar mi trabajo y acabarlo. St. John guardó sus libros y los míos en un cajón que dejó cerrado.
—Ahora, Jane —dijo luego—, tiene que dar un paseo. Conmigo.
—Llamaré a Diana y a Mary.
—No. Prefiero una sola compañía esta mañana, y he elegido la suya. Arréglese, salga por la puerta de la cocina y tome el camino que va a Marsh Glen. Yo la alcanzaré enseguida.
Yo soy incapaz del término medio. En mi trato con la gente de personalidad categórica y firme, de opinión opuesta a la mía, nunca he sabido mantener una postura a medio camino entre la total sumisión y la abierta rebeldía. Me he atenido, por lo general, a la primera opción hasta que las circunstancias me han hecho estallar y desembocar en la segunda, a veces con tumultuosa violencia. Y comoquiera que la situación de aquel día no daba pie a amotinarse ni mi humor me inducía a ello, obedecí estrictamente las instrucciones de St. John, y a los diez minutos ya estábamos caminando uno junto al otro por el tosco camino que las ruedas de carro marcaran en el valle.
Soplaba un ligero viento del oeste que bajaba de las colinas trayendo dulces aromas de brezo y junco, el cielo era de un azul brillante y sin tacha, y el regato que se precipitaba barranco abajo abultado por las recientes lluvias, fluía ancho y transparente, despidiendo los reflejos dorados y destellos de zafiro que le enviaban el sol y el firmamento. Después de caminar un rato, salimos del camino rodado y echamos a andar sobre la suave turba cubierta de musgo color esmeralda, delicadamente esmaltada por pequeñas flores blancas y espolvoreada de capullos amarillos que brotaban como estrellas. Los vericuetos iban adentrándonos hasta el corazón mismo del valle y en un determinado momento nos encontramos rodeados de montañas por todas partes.
—Vamos a descansar un rato aquí —dijo St. John.
Habíamos llegado a las primeras estribaciones de un ejército de rocas, a modo de guardianes de cierto desfiladero, al otro lado del cual se despeñaba una cascada. Un poco más allá la montaña se mostraba desnuda de césped y flores, solo la maleza la vestía y tenía los riscos por único ornamento. Lo bravío había dado paso a lo torvo y la frescura tomaba tintes salvajes en aquel lugar que encerraba una remota esperanza de soledad, último refugio para el silencio.
Me senté, y St. John se quedó de pie a mi lado. Miraba el desfiladero a lo lejos y el valle a sus pies, tan pronto dejaba de vagar la vista sobre el regato como la alzaba al cielo sin nubes que en él se reflejaba. Se quitó el sombrero y dejó que la brisa le alborotase el pelo y le acariciara la frente. Parecía haber entrado en comunión con el espíritu del lugar, estarle diciendo adiós a algo con la mirada.
—Volveré a verlo de nuevo en mis sueños —dijo en voz alta—, cuando esté durmiendo junto al Ganges. Y también más tarde, cuando me llegue el momento de sumirme en un sueño más profundo, a orillas de otro río más oscuro.
¡Qué palabras tan raras y qué extraño amor por su país el que dejaban traslucir en boca de tan austero patriota! Tomó asiento y durante media hora ambos guardamos silencio. Al cabo, dijo él:
—Jane, me voy dentro de seis semanas. He reservado pasaje para un barco de la Compañía de las Indias Orientales que zarpa el veinte de junio.
—Que Dios le proteja —contesté—, ya que se ha consagrado a enaltecer su obra.
—Sí —dijo—, y en eso consiste mi gloria y mi alegría. He entrado al servicio de un amo que no defrauda. No me he alistado a las órdenes de un jefe humano, sujeto a leyes falibles, ni al erróneo control de viles gusanos tan desdichados como yo. Mi rey, mi abogado y mi capitán es Todopoderoso. Me asombra que cuantos me rodean no compartan mi ardiente afán por unirse a tal empresa y enrolarse bajo su bandera.
—No todos tenemos sus capacidades. Sería absurdo exigir a los débiles que marchasen codo con codo con los fuertes.
—No hablo de los débiles, no estaba pensando en ellos. Me refiero a los que están capacitados para esta tarea y son dignos de ella.
—Pocos habrá y no serán tan fáciles de hallar.
—Eso es verdad. Pero por eso mismo, cuando aparecen, hay que exhortarlos para que se esfuercen, inflamar su alma, mostrarles sus propios dones y explicarles para qué los han recibido, verter en su oído el mensaje divino, y ofrecerles, en nombre de Dios, un puesto entre las filas de los elegidos.
—Si están realmente dotados para esa tarea, ¿no cree que será su propio corazón quien se lo notifique?
Empecé a notar que nacía y me iba envolviendo un terrible hechizo, y me sobrecogí a la espera de la frase fatal que formulara el maleficio y me cautivara.
—¿Y qué es lo que le dice a usted su corazón? —preguntó.
—Mi corazón ha enmudecido —contesté temblando—, no dice nada.
—Entonces me toca hablar a mí por él —continuó aquella voz profunda e irreductible—. Jane, véngase conmigo a la India, sírvame de compañera y de colaboradora.
El valle y el cielo empezaron a dar vueltas, estallaron las colinas. Era como si hubiera escuchado un requerimiento del cielo, como si el visionario mensajero llegado de Macedonia[97] me hubiera dicho: «¡Ven en nuestra ayuda!». Pero yo no era un apóstol, no era capaz de mirar a la cara al heraldo ni hacerme cargo de su petición.
—¡Por favor, St. John! —exclamé—. ¡No me atormente!
Pero estaba apelando a una persona que, en lo referente a cuanto consideraba su deber, no conocía ni la compasión ni la misericordia.
—Dios y la Naturaleza —prosiguió— la han creado para esposa de un misionero. No la han adornado con prendas personales sino intelectuales. Está usted hecha para el trabajo, no para el amor. Así tiene que ser la esposa de un misionero, como tiene que ser la mía. Y lo será usted; no se lo reclamo por mi propio placer sino para mejor servir a mi Rey.
—No estoy capacitada para eso. No tengo vocación —dije.
Se ve que había contado con estas primeras objeciones, así que no se irritó. Me di cuenta, al verlo apoyarse contra la roca que tenía a sus espaldas, cruzar los brazos y endurecer su expresión, de que estaba preparado para enfrentarse a una oposición penosa y prolongada, y comprendí que se había armado de paciencia para emprender la lucha hacia una meta cuya consecución suponía, por supuesto, un triunfo personal.
—La humildad, Jane, es el sustento de todas las virtudes cristianas —dijo—. Tiene razón cuando dice que no está capacitada para este trabajo. ¿Pero quién lo está? O dicho con otras palabras, ¿quién se cree digno de recibir esa llamada, aun cuando tenga verdadera vocación? Yo mismo, por ejemplo, no soy más que un puñado de polvo y de ceniza, y me declaro, como hizo san Pablo, el mayor de los pecadores. Y sin embargo no puedo permitir que la conciencia de mi miseria personal me desaliente. Conozco a mi Señor, sé que además de poderoso es justiciero y que, cuando ha elegido un instrumento tan pobre para llevar a cabo tan ingente labor, es porque espera sacar del infinito almacén de su providencia recursos que suplan mi ineficacia y que desemboquen en un buen fin. Imíteme, Jane, piense como yo y tenga confianza. Le estoy pidiendo que se recueste contra la Roca de los Tiempos, que sin duda le servirá de soporte para aguantar el peso de su debilidad humana.
—No concibo la vida de un misionero, nunca he estudiado en qué consisten sus tareas.
—Con respecto a eso, a pesar de mi insignificancia, puedo suministrarle todo el apoyo que necesite, le puedo dirigir el trabajo hora tras hora, sostenerla y ayudarla en todo momento. Me refiero al principio, porque conozco sus capacidades y sé que no tardará mucho en dejar de precisar guía y alcanzar mi nivel de eficacia.
—¿Pero dónde están mis capacidades para esa empresa? Yo no las encuentro. Mientras le estoy oyendo hablar, noto que sus palabras no me emocionan ni me evocan nada, que ninguna luz se enciende en mi interior, ninguna voz me anima ni el pulso se me acelera. Ojalá pudiera hacerle entender hasta qué punto se parece mi mente ahora mismo a una celda oscura y cómo late el miedo encadenado en sus profundidades, miedo a que su obstinación logre persuadirme para emprender algo que no puedo llevar a cabo.
—Escuche, tengo una respuesta para eso. Vengo examinándola desde el primer día en que nos conocimos, diez meses de estudio, la he sometido durante ese periodo a las pruebas más diversas. ¿Y qué es lo que he sacado en consecuencia? En la escuela me di cuenta de que era usted capaz de desempeñar disciplinada y rigurosamente un trabajo reñido con sus costumbres e inclinaciones. Vi que sabía llevar las riendas de él, controlarlo mientras iba ganando terreno. Luego en la serenidad con que recibió la noticia de que se había hecho rica de la noche a la mañana, vislumbré una mente no contaminada por el vicio de Demas[98] y comprendí que la garra del lucro no hacía presa en usted. A través de la rápida decisión con que repartió su fortuna entre cuatro, quedándose solo con una de las partes y renunciando al resto en nombre de una idea abstracta, reconocí un alma que se abrasa en la llama de la abnegación; y en la docilidad con que abandonó, a petición mía, un estudio que le interesaba por otro que me interesaba a mí, en la tenacidad con que ha perseverado en ello, en la infatigable energía que ha puesto en allanar sus dificultades, he reconocido el complemento que busco. Jane, es usted obediente, eficaz, desinteresada, leal, valiente, dulce y con tendencia al heroísmo. Deje de desconfiar de sí misma, yo confío en usted incondicionalmente. Como directora de una escuela india y para ayudarme en los problemas que surjan con las mujeres de allí, su colaboración me será inapreciable.
Se estrechaba en torno a mí una especie de mortaja de hierro a medida que la persuasión se abría camino a paso lento pero seguro. Las últimas palabras de St. John, por mucho que quisiera cerrar los ojos, avanzaban hacia mí, despejando de obstáculos una ruta que antes me parecía infranqueable. Mi tarea en la India, que hasta entonces me había parecido imprecisa e inviable, se iba definiendo, a medida que él hablaba, como si sus manos le fueran dando forma. Estaba allí, esperando mi respuesta. Le pedí que me concediera un cuarto de hora para pensarlo, antes de aventurarme a decir nada.
—Con mucho gusto —dijo.
Se levantó y se alejó unos pasos en dirección al desfiladero. Allí se tumbó sobre un lecho de brezo y se quedó inmóvil.
«Puedo hacer lo que me pide —pensé—, soy capaz, y tengo que reconocerlo. Es decir, si la salud me lo permite. Pero no me parece que tenga tanta como para exponerla prolongadamente bajo el implacable sol de la India. ¿Y entonces qué? A él no le importará mucho. Cuando me llegue la hora de la muerte, me abandonará con toda serenidad y espíritu resignado en brazos del Creador, es como si lo estuviera viendo. Yéndome de Inglaterra, abandonaría un país que amo, pero vacío para mí ya que Rochester queda excluido. Pero aunque él estuviera, nada variaría para mí. Mi sino es vivir sin su compañía a partir de ahora; nada más absurdo ni más ineficaz que arrastrar día tras día la baldía esperanza de un cambio de suerte que me llevara a reunirme de nuevo con él. Por supuesto —y en eso tiene razón St. John— que necesito encontrar un sentido a mi vida para reemplazar el que perdí. Y la tarea que ahora se me ofrece ¿no es la más gloriosa que puede desempeñar un ser humano o asignarle Dios? ¿No es la más apropiada, por sus nobles miras y sublimes consecuencias, para llenar el vacío que dejan los afectos perdidos y las esperanzas rotas? Tengo que reconocer que sí, pero me estremezco. Al unirme a St. John, renuncio, ay, a la mitad de mí misma, y al marchar a la India, me dirijo a una muerte prematura. ¿Y cómo llenar el intervalo entre Inglaterra y la India y luego entre la India y el sepulcro? Lo sé, lo tengo claro, de sobra. Si me esfuerzo en satisfacer a St. John con todo el dolor de mis entrañas, conseguiré satisfacerlo colmadamente hasta el centro mismo de sus expectativas. Si me voy con él, llevando a cabo el sacrificio que requiere de mí, lo haré de forma absoluta, entregando mi corazón y mis vísceras ante el altar, como víctima incondicional. Él no me amará nunca, pero mereceré su aprobación. Le mostraré energías que no sospecha, recursos inesperados. Sí. Puedo trabajar tanto como él. Y sin emitir una queja.
»Me es posible, por lo tanto, atender a su requerimiento menos en un punto, y bastante peliagudo por cierto. Me ha pedido que me case con él, pero siente hacia mí el mismo afecto marital que hacia aquel risco con ceño de gigante por el cual se despeña un arroyo hacia el desfiladero. Me considera un soldado, una herramienta que puede servirle, y nada más. Si no nos casamos, esto no tiene por qué herirme, pero ¿cómo voy a consentir que lleve adelante sus cálculos con toda frialdad, mediando una boda? ¿Cómo voy a aceptar que me ponga un anillo de novia y someterme a unas manifestaciones obligatorias de amor (que cumplirá, no me cabe duda, escrupulosamente), sabiendo que brilla por su ausencia el espíritu del amor, y que cada caricia sería un sacrificio ofrecido en nombre de sus principios? No, no, ese tormento me resultaría monstruoso. Jamás podría resistirlo. Como hermana, si quiere, le puedo acompañar. Como esposa nunca. Y se lo voy a decir».
Miré hacia el cerro donde se había tumbado y seguía cual columna derribada. Volvió la cara para mirarme y sus ojos brillaban intrigados y ansiosos. Se puso en pie y vino hacia mí.
—Estoy dispuesta a ir a la India, si voy libre de vínculos —dije.
—Su respuesta no está clara —dijo—. Explíquese mejor.
—Hasta ahora hemos sido hermanos adoptivos, ¿no? Pues quiero que sigamos igual. Sin casarnos. Es mejor así.
Movió negativamente la cabeza.
—La fraternidad adoptiva no nos sirve para este caso. Si fuera usted mi hermana de verdad, entonces bueno. La llevaría conmigo y no necesitaría buscar esposa. Pero no siéndolo, hace falta una unión santificada y sellada por el matrimonio, cualquier otra opción obstaculizaría mi propósito. ¿Cómo no lo entiende, Jane? Tiene usted sentido común de sobra para verlo, piénselo un momento.
Lo pensé y mi sentido común, fuera grande o pequeño, solo ponía el acento sobre la evidencia de que no nos amábamos como deben amarse un hombre y una mujer. Y que, por consiguiente, la boda no era viable. Y así se lo dije.
—Le considero a usted como a un hermano, St. John, y usted a mí como a una hermana. Así seguiremos.
—No puede ser, no puede ser —repetía con férrea insistencia—, no estaría bien visto. Y además usted ha dicho que vendría conmigo a la India, recuérdelo, lo ha dicho.
—Sí, pero poniendo mis condiciones.
—De acuerdo, de acuerdo. Vamos a ver, a la cuestión primordial, la de salir de Inglaterra en mi compañía y colaborar en mis futuros planes, no ha puesto reparos. Pues con eso hay medio camino andado, y la juzgo demasiado coherente para echarse atrás. Ahora solo tiene que pensar en cuál puede ser la manera más adecuada para llevar a cabo la obra emprendida. Prescinda de las complicaciones que pueden depararle sus sentimientos, deseos, pensamientos y aspiraciones. Funda todas estas consideraciones en un solo propósito: el de rematar, con eficacia y fuerza de voluntad, la misión que el gran Dios le encomienda. Tiene usted aquí a su coadjutor. No le hace falta un hermano, vínculo que carece de fuerza, sino un marido. Tampoco yo quiero una hermana, que otro pudiera arrebatarme el día menos pensado, quiero una esposa, la única compañera sobre la que puedo mantener mi ascendente mientras viva y retener a mi lado hasta la muerte.
Me estremecía oyéndole hablar, hasta tal punto me llegaban su influjo y su dominio, los sentía en la médula, me agarrotaban las extremidades.
—Busque por otro lado, St. John, busque a una persona más idónea.