Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo VIII
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—¿Más idónea para mis planes, quiere decir, para mi vocación? Vuelvo a insistir en que no es un individuo particular quien formula la petición, ni está dictada por las apetencias sensuales y egoístas de un hombre. Quien quiere casarse no es el hombre, es el misionero.
—Y yo le daré al misionero todas mis energías, todas las que me pida. Pero mi persona no, eso sería como añadir al grano la cáscara. Al misionero no le sirve de nada la cáscara, la desprecia. Yo, en cambio, la quiero conservar.
—No puede conservarla, no debe. ¿Le parece que Dios se conformaría con una ofrenda a medias, que iba a aceptar un sacrificio mutilado? Estoy abogando, Jane, por la causa de Dios, y trato de alistarla bajo su bandera.
Me veo obligado a rechazar, en nombre de Dios, una lealtad dividida. Tiene que ser entera.
—Mi corazón es mío y se lo daré a Dios —dije—, usted no lo quiere para nada.
No puedo negar, lector, que tanto en el tono de aquella frase como en los sentimientos que la hicieron brotar hubo cierto sarcasmo. Hasta aquel momento, aunque sin decir nada, le tenía miedo a St. John porque no lo entendía. Me había tenido en ascuas, inmersa en un mar de dudas. No discernía hasta qué punto era un santo o un simple mortal, pero al cabo de aquella conversación su naturaleza empezó a revelarse ante mis ojos como objeto de análisis. Se me hicieron patentes sus flaquezas y las entendí. Allí sentada en un verde ribazo, con aquella hermosa figura masculina de pie ante mis ojos, me di cuenta de encontrarme a los pies de un hombre tan propenso como yo al error. Se descorrió el velo de su inflexibilidad y su autoritarismo y, al ponerse de manifiesto la existencia de estos atributos, supe que no era perfecto. Eso me envalentonó. Estaba ante alguien a quien podía dirigirme de igual a igual, con quien podía discutir y enfrentarme, si llegaba el caso.
Él se había quedado silencioso después de oír mi última frase, y pasado un rato me atreví a mirarle a la cara. Sus ojos, inclinados hacia mí, expresaban una mezcla de serenidad, asombro y profunda intriga. Era como si se estuviera preguntando: «¿Se ha puesto sarcástica? ¿Es posible que me haya hablado con sarcasmo? ¿Qué significa esto?».
—No debemos olvidar que estamos tratando de un asunto grave —dijo por fin—, del que sería pecado hablar a la ligera. Confío, Jane, en que estará hablando usted sinceramente cuando dice que le va a entregar a Dios su corazón. Yo con eso me conformo, conque arranque su corazón de los hombres y se lo entregue al Creador. A partir de ahí, la expansión del reino espiritual sobre la tierra constituirá la prioridad más deliciosa de su tarea. Tiene que estar dispuesta a hacer todo lo que se encamine a ese fin. Y ya verá, el impulso que dará a esta tarea el que juntemos nuestras energías físicas y mentales por medio de la unión matrimonial, la única unión que imprime carácter de conformidad permanente a los destinos y designios de los seres humanos. Y pasando por encima de nimios caprichos, apuros triviales y quintaesencias del sentimiento (todos esos escrúpulos relacionados con el grado, modalidad, fuerza o ternura de apetencias meramente personales), se apresurará a aceptar enseguida nuestra unión.
—¿Ah, sí? ¿Eso cree? —dije brevemente.
Y seguí contemplando sus rasgos tan armoniosos como extrañamente temibles a causa de su inmutable severidad. Miré su frente, dominante pero no acogedora, sus ojos profundos, relucientes e inquisitivos, pero nunca clementes, su figura alta e impotente, y me imaginé casada con él. ¡Era absurdo, nunca podría ser su esposa! Su ayudante y su camarada sí. En calidad de tal, cruzaría con él el océano, trabajaría como misionera bajo los soles de Oriente y en los desiertos asiáticos, lo seguiría con admiración procurando emular su coraje, su devoción y energía, me sometería sin rechistar a su magisterio, sonreiría impasible ante su irremediable ambición y discriminaría al hombre del cristiano, perdonando al primero y estimando profundamente al segundo. Seguramente me tocaría sufrir muchas veces, echaría de menos vínculos afectivos de otra índole. Mi cuerpo estaría sometido a su opresivo yugo, pero mi alma y mi corazón no tendrían dueño. Me quedaba el recurso de refugiarme en mi propio ser incorrupto y comunicarme en los momentos de mayor soledad con mi libre sentir. Conservaría en mi alma escondrijos solamente míos a los que jamás podría acceder, y allí nacerían a buen recaudo sentimientos espontáneos que su austeridad no sofocaría ni su obsesión evangelizadora alcanzaría a pisotear. Pero sería insoportable convertirme en su esposa, siempre a su lado y refrenada bajo su control, forzada a rebajar continuamente el fuego de mi naturaleza para que ardiese solo internamente sin manifestarse a gritos, a expensas de que la llama cautiva llegara a abrasarme las entrañas.
—¡St. John! —exclamé, al llegar a este punto de mis meditaciones.
—¿Qué hay? —preguntó, con helado acento.
—Digo y repito que accedo a viajar con usted como misionera y ayudante, pero como esposa nunca. Convertirme en una parte de usted, eso no puedo hacerlo.
—Pues tendrá que hacerlo —replicó con firmeza—. Sin convertirse en una parte de mi propio ser, lo demás huelga. ¿Cómo puede un hombre que aún no ha cumplido treinta años llevar con él a una chica de diecinueve sin haberla hecho antes su esposa? ¿Cómo podemos estar siempre juntos, y muchas veces solos, en medio de las tribus salvajes, manteniéndonos solteros?
—Sin ningún inconveniente —respondí cortante—. Tal como están las cosas, será tan fácil como si yo fuera hermana suya o un clérigo de su sexo.
—Todo el mundo sabe que no es mi hermana, y yo no puedo presentarla como tal. Intentarlo acarrearía críticas perniciosas para usted y para mí. Además no sería justo, pues aunque posee usted el cerebro vigoroso de un hombre, su corazón es de mujer.
—Pero no hay de qué preocuparse —afirmé con cierto desdén—, porque aunque tengo un corazón de mujer, usted no me lo despierta. Ante usted solo siento la constancia del camarada, la lealtad, sinceridad y fraternidad del recluta, y si quiere, la sumisión y el respeto del neófito ante su hierofante[99]; pero eso es todo, no se preocupe.
—Y precisamente eso es lo que le pido —dijo como hablando para sí mismo—, no quiero otra cosa. Tenemos que eliminar todos los obstáculos, porque hay obstáculos en el camino, Jane. Pero no se arrepentirá de casarse conmigo, se lo aseguro, y nos tenemos que casar, convénzase. Le repito que no hay otra salida. Y ya verá cómo después de la boda nacerá un poco de amor, suficiente sin duda incluso para satisfacer sus apetencias.
Me levanté y me quedé frente a él con la espalda apoyada en la roca.
—Desprecio su noción del amor —no pude por menos de decirle—. Desprecio el sentimiento adulterado que me ofrece. Y le desprecio a usted por ofrecérmelo.
Se me quedó mirando fijamente, mientras apretaba aquellos labios tan bien dibujados. Si estaba exasperado o sorprendido no era fácil de adivinar, a causa del control que ejercía sobre su semblante.
—No esperaba escuchar esas palabras de sus labios —dijo—; no creo que haya dicho o hecho nada merecedor de ese desprecio.
Me conmovía su tono dolido, pero la altivez y calma de su aspecto me intimidaban.
—Perdóneme, St. John, pero la culpa de mi alteración y de mis palabras incontinentes la tiene usted, por sacar a relucir un tema sobre el que mantenemos opiniones diametralmente opuestas; un tema que debe estar ausente de nuestras discusiones. La simple palabra «amor» es la manzana de la discordia interpuesta entre nosotros, así que ¿qué íbamos a hacer cuando se presentara no solo la palabra? ¿Cómo nos íbamos a sentir? Abandone, pues, sus planes matrimoniales, querido primo, olvídese de ellos.
—No —dijo—, es un plan acariciado a lo largo de mucho tiempo y el único que me garantizaría llegar al gran final. Pero de momento, no voy a insistir más. Mañana salgo para Cambridge. Tengo allí varios amigos de los que me quiero despedir. Estaré fuera quince días, y le doy ese plazo de tiempo para que reconsidere mi proposición. Pero no olvide que, si la rechaza, no es a mí a quien está rechazando, sino a Dios. Por mediación mía, Él le está brindando un camino de perfección, al que solo podrá acceder convirtiéndose en mi esposa. Si se niega a serlo, se verá reducida a caminar para siempre por una senda de cómodo egoísmo e infecunda vulgaridad. Tiemble, en este caso, porque bien podría llegar a engrosar el grupo de quienes renegaron de la fe, una categoría peor que la de infieles.
Miró una vez más el río y la colina, y me volvió la espalda. Ya había acabado.
A partir de ahora debió de considerar que yo no era digna de compartir sus sentimientos, y los confinó en su corazón. Mientras caminábamos juntos de vuelta a casa, supe leer claramente en su férreo silencio la contrariedad que sentía. Se trataba del disgusto de una naturaleza austera y despótica como la suya, cuando encuentra resistencia donde contaba con hallar sumisión, mezclado con la condena de un criterio inflexible y frío al detectar en otro opiniones y sentimientos con los que no logra estar de acuerdo. En una palabra, como hombre hubiera deseado forzarme a la obediencia; solamente como cristiano convencido aguantaba paciente mi rebelión y me concedía un plazo para reflexionar y arrepentirme.
Aquella noche, después de dar el beso habitual a sus hermanas, decidió no despedirse de mí ni siquiera tendiéndome la mano. Cuando abandonó la habitación en silencio, noté la herida de su desvío y se me saltaron las lágrimas, porque aunque no le amaba, le tenía cariño.
—Veo, Jane, que durante el paseo con St. John has reñido con él —dijo Diana—. Anda, sal al pasillo, se ha quedado ahí. Yo creo que te está esperando para hacer las paces.
Mi amor propio brilla por su ausencia en casos así, siempre prefiero quedar a gusto que hacerme la ofendida, así que salí corriendo tras él y me lo encontré al pie de la escalera.
—Buenas noches, St. John —dije.
—Buenas noches, Jane —contestó, como si no hubiera pasado nada.
—¿Nos damos la mano, entonces? —pregunté.
¡Qué apretón de manos tan frío y tan flojo me ofreció como respuesta! Seguía profundamente contrariado por los acontecimientos de aquella tarde, y no había cordialidad ni lágrimas capaces de enternecerlo. Era inútil esperar ningún amago de reconciliación, ninguna sonrisa o palabra de aliento. Pero el cristiano que latía en su interior se mantenía paciente y equilibrado. Así que cuando le pregunté que si me perdonaba, replicó que no tenía por costumbre alimentar el recuerdo de las ofensas, y que no tenía nada que perdonarme puesto que no le había ofendido.
Y se retiró, tras decir aquellas palabras. Hubiera preferido que me tirara al suelo de un puñetazo.