Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo IX

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Capítulo IX

No salió para Cambridge al día siguiente, como había dicho. Aplazó su partida una semana entera, a lo largo de la cual me demostró hasta qué punto puede un hombre bueno pero rígido e implacable castigar severamente a quien le ofende. Sin una manifestación de hostilidad ni una palabra de reproche, logró comunicarme certeramente lo mucho que yo había bajado en su opinión.

Y no es que latiera en él un espíritu de rencor, tan reñido con sus convicciones cristianas, ni que le juzgara capaz de tocarme un pelo de la ropa, aunque hubiera tenido la posibilidad de hacerlo. Tanto por inclinación como por principios, estaba por encima de la mezquina gratificación que depara la venganza. Me había perdonado que me mostrara despectiva ante el amor que me ofreció; lo que pasa es que no había olvidado las palabras con que se lo manifesté, ni podría olvidarlas mientras ambos viviéramos. Su mirada, cada vez que se dirigía a mí, me estaba indicando que aquellas palabras seguían escritas en el aire que nos separaba. Cada vez que yo le decía algo, mi voz se las estaba recordando y el eco que dejaban repercutía indefectiblemente en sus respuestas.

No interrumpió la costumbre de charlar conmigo; me llamaba, como siempre, para que acudiera a su escritorio. Pero me daba la impresión de que la parte miserable de su ser se regodeaba (con un placer no compartido por su mitad de buen cristiano) en erradicar de cada acto y cada frase con redomada habilidad el espíritu de interés y concordia que antes dotaba a sus modales y palabras de un sobrio encanto. Aunque, eso sí, se esforzaba por aparentar que nada había cambiado. Para mí había dejado de ser de carne y hueso. Era de mármol. Sus ojos brillaban azules y fríos como gemas, y su lengua se había convertido en un instrumento para emitir palabras. Nada más.

Aquello me servía de continua y refinada tortura, a cuyo fuego lento se incubaban la ira, la pena y un estremecimiento de malestar, sentimientos que me hostigaban y me hundían al mismo tiempo. Me daba cuenta de que, si llegara a convertirme en su esposa, este individuo recto, puro como las aguas de un manantial hondo y sombrío, iba a ser capaz de acabar pronto con mi vida. Eso sí, me mataría sin extraer de mis venas una sola gota de sangre ni salpicar su conciencia cristalina con la más ligera mancha de culpa. Lo sentía así especialmente cuando intentaba mostrarme contemporizadora con él. Era como sonreír a la pared. A él no le dolía nuestro distanciamiento ni ansiaba la reconciliación. Algunas lágrimas mías que más de una vez cayeron sobre la página que examinábamos juntos no le impresionaron más que si su corazón hubiera sido realmente de piedra o bronce. En cambio, para acentuar el contraste, se mostraba más amable que nunca con sus hermanas. Era como si temiese que su simple frialdad no bastara para persuadirme de hasta qué punto me había condenado al destierro de los proscritos. Eran sus principios los que le empujaban a obrar así; no lo hacía por maldad, estoy segura.

La noche anterior a su partida, quiso la casualidad que lo viera paseando por el jardín al atardecer. Y recordando, al mirarlo, que aquel hombre, por distante que se mostrase ahora, en una ocasión me salvó la vida y además era mi primo, sentí el impulso de hacer una última tentativa por recuperar su amistad. Salí de casa, me acerqué a él —que se apoyaba en la pequeña verja de entrada— y entré en materia sin rodeos:

—St. John —le dije—, estoy muy disgustada porque veo que sigue enfadado conmigo. Quiero que seamos amigos.

—Yo creo que ya somos amigos —dijo impasible, mientras seguía espiando la salida de la luna, igual que antes de llegar yo.

—No, St. John, no somos amigos como lo éramos antes. Y usted lo sabe de sobra.

—¿Cómo que no? Está equivocada. Yo por mi parte no le deseo mal alguno, sino todo lo mejor.

—Lo sé, St. John, porque usted no es capaz de desearle mal a nadie. Pero como prima suya que soy, me gustaría recibir un poco de cariño de otra especie, algo más que esa genérica filantropía que dedica usted a los extraños.

—Es un deseo legítimo, por supuesto —dijo—. Pero nada más lejos de mi ánimo que considerarla como una extraña.

El tono mesurado y frío con que afirmaba aquello me desconcertó y me pareció humillante. De haber obrado según lo que me sugería el amor propio, le habría dejado plantado allí con la palabra en la boca. Pero me corroía por dentro algo más fuerte: la admiración por su talento y su criterio. Tenía en alta consideración la amistad de mi primo, la idea de perderla se me hacía insoportable. ¿Iba a darme por vencida tan pronto en mis afanes por reconquistarla?

—¿Pero nos vamos a despedir así, St. John? ¿Es que cuando se vaya a la India me va a dejar así, sin una palabra más dulce de las que me dice ahora?

Dio la espalda a la luna, y se volvió para mirarme.

—Cuando me vaya a la India, Jane, ¿cree que voy a dejarla aquí? ¿O qué pasa? ¿Qué ya no quiere venir a la India?

—Como dijo usted que si no nos casábamos no me podía llevar…

—¡Ah! ¿Y no se va a casar conmigo? ¿Se mantiene en lo mismo?

Yo no sé si conoces, lector, el terror que las personas frías pueden provocar cuando infiltran el hielo en sus preguntas. Su contrariedad recuerda el despeñarse de un alud de nieve, y su disgusto se parece a un mar helado.

—Sí, St. John, me mantengo en lo mismo. No me pienso casar con usted.

El alud de nieve se estremeció y se deslizó un poco hacia adelante, pero aún no se despeñaba.

—¿Por qué sigue tan firme en su rechazo?

—La otra vez le dije que porque usted no me ama —contesté—. Pero ahora añado que porque casi me odia. Si nos casáramos, usted me mataría. Ya me está matando.

Sus labios y su rostro se volvieron blancos como el papel.

—¿Que la mataría? ¿Que la estoy matando? Sus palabras son absolutamente impertinentes. Por violentas, falsas y poco femeninas delatan un estado mental calamitoso. Merecen la más severa censura y debiera considerarlas imperdonables. Pero un hombre tiene la obligación de perdonar a su prójimo hasta setenta veces siete.

¡Ahora sí que la había hecho buena! En mi intento de borrar la huella de una ofensa anterior, había grabado a fuego en la superficie tenaz de su alma una impresión mucho más profunda.

—Ahora sí que me va a odiar de verdad —dije—. Es inútil que intente hacer las paces. Ya veo que lo he convertido a usted para siempre en enemigo mortal.

Aquellas palabras le infligieron una nueva herida. Y esta vez más dolorosa, porque rozaba la verdad. Sus labios exangües acusaron un momentáneo espasmo de temblor. Me di cuenta de la acerada exasperación que había ocasionado y el corazón se me rompía de pena.

—Ha interpretado torcidamente mis palabras —dije, cogiéndole la mano en un impulso repentino—. Nunca he querido hacerle daño, nunca, se lo aseguro.

Retiró la mano, mientras una sonrisa amarga se dibujaba en su rostro.

—Supongo —dijo, tras una larga pausa— que ahora habrá dado por rota su promesa, y ya no pensará venir a la India.

—Como ayudante suya —contesté—, le he dicho que sí.

El silencio que siguió fue muy largo. No sé qué combate se estaría librando en su interior entre la Naturaleza y la Gracia en aquel lapso de tiempo. Solamente ráfagas de un resplandor singular centelleaban en sus ojos, mientras que por su rostro cruzaban extrañas sombras. Por fin habló:

—Le demostraré, Jane, lo absurdo que sería para una muchacha soltera viajar al extranjero sola con un hombre de mi edad, soltero también. Creí que lo había entendido, porque lo expuse en unos términos que excluían la posibilidad de volver a aludir a ese plan. Pero me temo que está insistiendo en ello, y lo siento por usted.

Le interrumpí, porque en aquel momento cualquier cosa que rozase el reproche me enardecía sin más.

—Lo que usted dice, St. John, sí que raya con el absurdo, apele al sentido común. Finge escandalizarse ante mis argumentos, pero no está realmente escandalizado. Porque, teniendo en cuenta su inteligencia superior, no puedo imaginar que sea tan torpe o tan pagado de sí mismo como para malinterpretar lo que le he dicho y le repito: que estoy dispuesta a ayudarle pero que no quiero ser su esposa.

Otra vez palideció, pero también de nuevo volvió a controlar sus emociones.

—Un vicario femenino que no fuera mi esposa —reanudó con una mezcla de énfasis y calma— no me serviría para nada. Como por lo visto, no puede venir conmigo a la India, si su ofrecimiento es sincero, le hablaré de usted a un misionero casado, cuya esposa necesita una ayudante. Será una suerte, porque no tendrá usted que depender de la ayuda de la Sociedad; y de esa manera, por lo menos, evitará el deshonor de romper su promesa y abandonar el batallón al que pretendió alistarse.

Yo nunca había hecho una promesa formal ni me había comprometido a nada, como bien sabe el lector, y aquel tono me pareció tan inadecuado como brusco y despótico.

—No existe en mi caso —repliqué— deshonra, deserción ni ruptura de promesa alguna. No tengo la menor obligación de ir a la India, y menos con extraños. En compañía de usted, me hubiera arriesgado a ir, por la admiración que le profeso, porque confío en usted y porque le quiero como a un hermano. Pero de todas maneras, estoy convencida de que, fuese con quien fuese, mi salud no resistiría por mucho tiempo aquel clima.

—¡Ah! ¡Está usted pensando en su salud, en sí misma, y eso la acobarda!

—Claro que me acobarda. Dios no me ha otorgado la vida para que la tire por la ventana. Y hacer lo que usted me pide empiezo a creer que equivaldría casi a un suicidio. Además hay otra cosa. Antes de decidirme a dejar para siempre Inglaterra tengo que estar segura de si no haría más falta aquí que en otro sitio.

—¿Qué quiere decir?

—Sería inútil intentar explicárselo. Pero hay un asunto sobre el que llevo mucho tiempo abrigando inquietantes dudas, y hasta que logre disiparlas como sea, no puedo marcharme.

—Ya, ya sé hacia dónde se inclina su corazón y a qué se aferra. La ilusión que acaricia es ilegal y pecaminosa, y hace mucho que debiera haberla descastado de su alma. Y no sé cómo no le da vergüenza aludir a eso. ¿Sigue pensando en el señor Rochester?

Como era verdad, mi silencio confirmó sus sospechas.

—¿Y piensa ir a buscarlo?

—Lo que necesito es averiguar qué ha sido de él.

—Entonces —dijo—, no puedo hacer por usted otra cosa que tenerla presente en mis oraciones, y pedirle a Dios con todo fervor que la libre de irse a pique. Me pareció haber reconocido en usted a uno de sus elegidos, pero Él ve las cosas desde otro punto de vista que el de los hombres. Hágase, pues, su voluntad.

Dichas estas palabras, abrió la cancela y se alejó paseando por el valle. No tardé en perderlo de vista.

Al entrar de nuevo en el cuarto de estar, encontré a Diana junto a la ventana, de pie, con aire de preocupación. Puso la mano en mi hombro y se inclinó para escudriñar mi rostro, porque era mucho más alta que yo.

—Últimamente, Jane, te veo más pálida y estás siempre nerviosa —me dijo—. No me digas que no te pasa algo, algo que os traéis entre manos St. John y tú. Llevo media hora mirando por la ventana cómo hablabas con él. Perdóname por espiaros, pero hace tiempo que vengo imaginándome cosas raras. St. John es tan difícil de entender.

Hizo una pausa. Yo no dije nada.

—Este hermano mío no sé qué extrañas miras tiene con respecto a ti. Te trata de una manera y te dedica un interés que nunca he visto que le despierte nadie, te lo aseguro. ¿Pero cuál es su propósito? Ojalá se hubiera enamorado de ti, Jane. Dime, ¿es eso lo que pasa?

Puse su mano fría sobre mi frente ardorosa.

—No, Die —le dije—, no se ha enamorado de mí en absoluto.

—Entonces, ¿por qué te sigue continuamente con la mirada, se queda tantos ratos a solas contigo y te requiere a su lado sin cesar? Mary y yo hemos llegado a sacar en consecuencia que lo que quiere es casarse contigo.

—Sí, eso es lo que quiere. Me ha pedido en matrimonio.

Diana se puso a aplaudir.

—¡Eso es exactamente lo que pensábamos nosotras, y nos encanta la idea! ¿Verdad, Jane, que te casarás con él? Será la manera de que se quede en Inglaterra.

—Todo lo contrario, Diana, te equivocas. Lo único que persigue, al pedirme que nos casemos, es asegurarse una colaboradora para llevar a cabo su misión en la India.

—¿Cómo? ¿Pretende que te vayas con él a la India?

—Sí.

—¡Pero es un disparate! —exclamó ella—. No aguantarías ni tres meses allí sin caer enferma, estoy segura. No vayas. No le habrás dicho que sí, ¿verdad, Jane?

—Lo que le he dicho es que no me pienso casar con él.

—Pues eso le habrá sentado mal —insinuó.

—Le ha sentado fatal. Me temo que jamás va a perdonármelo. A pesar de todo, me he brindado a acompañarle, como si fuera una hermana suya.

—Estás loca de remate, Jane. Piensa en las duras e incesantes tareas que comporta ese compromiso, faenas a destajo capaces de acabar con la salud incluso de gente muy robusta, y tú eres débil. Ya conoces a St. John y sabes que te pediría imposibles, no te daría tregua ni en las horas de más calor, y he venido observando que, por desgracia, te desvives por cumplir todo lo que él te exige. Me asombra que hayas tenido el valor de negarte a su propuesta de matrimonio. ¿Es que no le quieres?

—Como marido desde luego no.

—¿No? Pues es un hombre muy guapo.

—Ya lo sé, y yo soy fea. Tú misma puedes comprender, Die, que no haríamos buena pareja.

—¿Fea? Tú no eres fea. Al contrario, vales demasiado y eres demasiado buena para asarte viva en Calcuta. Te lo digo en serio, olvídate de la idea de seguir a mi hermano allí.

—Creo que es lo que voy a hacer, en efecto —dije—, porque cuando hace un momento he reiterado mi propósito de acompañarle como simple diácono, se ha mostrado escandalizado por mi falta de pudor. Le parece una incorrección que se me ocurra siquiera viajar con él sin que medie una boda. Pero yo le he mirado como a un hermano desde el primer momento y no puede esperar que de pronto le mire de otro modo.

—¿En qué te basas, Jane, para asegurar que no te ama?

—Si le hubieras oído hablar sobre el asunto, no me lo preguntarías. No para de repetir que no me pide en matrimonio por deseo propio sino en nombre de servir mejor a su ministerio. Dice que estoy hecha para el trabajo, no para el amor. Y tal vez tenga razón. Pero yo creo que, si no he nacido para amar, tampoco debo casarme. ¿No sería absurdo, Die, encadenarme para toda la vida a un hombre que no es capaz de considerarme más que como una herramienta eficaz?

—¡Sería algo insoportable, contrario a la naturaleza, inconcebible!

—Por si fuera poco —continué—, aunque de momento St. John solamente me despierte un afecto fraternal, quién te dice que, una vez casados, no pudiera llegar a enamorarme de él, incluso en contra de mi voluntad, porque tiene talento y a veces hay algo en su aspecto, su manera de ser y su voz que le hacen adquirir una grandeza heroica. Y si llegara el caso, sería para mí un tormento, una desgracia indescriptible. Él rechazaría mi amor, y si no pudiera por menos de mostrárselo, me haría ver la inconsistencia de un sentimiento que él no me había pedido ni a mí me cuadraba. Sé que sería capaz.

—Y es una pena —dijo Diana—, porque en el fondo es bueno.

—Bueno y de miras elevadas, sí, pero a fuerza de mirar tan alto se olvida despiadadamente de los sentimientos y los anhelos de la gente corriente. Por lo tanto, lo mejor que podemos hacer los seres insignificantes es apartarnos de su camino para que no nos atropelle al pasar. En fin, Diana, te dejo, porque allí llega —añadí al darme cuenta de que entraba del jardín.

Y subí a toda prisa las escaleras que llevaban al piso de arriba.

No tuve más remedio, sin embargo, que volver a verlo durante la cena. Como se mostró tan correcto y tranquilo como de costumbre, y yo había esperado que ni me dirigiera la palabra, me figuré que lo del matrimonio ya se le habría quitado de la cabeza. Pero me equivocaba en ambas conjeturas, como pronto se vio. Habló normalmente conmigo, es decir con la cortesía escrupulosa con que se dirigía últimamente a mí. Seguramente habría invocado al Espíritu Santo para que le ayudase a dominar la ira que pude desatar en él. Y pensé una vez más que me había perdonado.

Como lectura vespertina de oración eligió el capítulo veintiuno del Apocalipsis. Oír las palabras bíblicas emitidas por sus labios siempre me había gustado, nunca se dulcificaba tanto su voz ni su figura se volvía tan impresionante, noble y sencilla como recitando los divinos oráculos; y aquella noche, rodeado de su familia, su tono me pareció más solemne y sus ademanes más emocionantes que nunca, con la luna de mayo colándose por la ventana sin cortinas, tan brillante que ni vela necesitábamos. Sentado allí, inclinado sobre su vieja Biblia, nos iba describiendo la visión del nuevo cielo y de la nueva tierra, diciendo cómo Dios vendría a habitar entre los hombres para enjugarles las lágrimas, prometiendo que se acabarían la muerte, las tribulaciones, el llanto y el dolor, porque todo lo anterior quedaba atrás.

Las palabras que siguieron me conmovieron de forma muy especial cuando se las oí pronunciar, sobre todo porque me pareció notar, a través de un quiebro leve e indescriptible en el tono, que me las estaba dedicando a mí.

—El que salga vencedor recogerá la herencia de todo esto: será mi hijo y yo seré su Dios. Sin embargo —prosiguió, leyendo claro y despacio—, los cobardes y los incrédulos tendrán lo que les corresponde en el lago ardiente de fuego y azufre donde está la segunda muerte.

A partir de esa frase, me di cuenta de que ese era el destino que St. John temía para mí.

Los últimos versículos gloriosos del capítulo fueron recitados en un tono donde se mezclaban el manso triunfo y una ansiosa vehemencia. El lector veía ya su nombre escrito en el libro del Cordero, marcando su destino, y ansiaba el momento de ser admitido en la ciudad hacia donde ponen proa la gloria y el honor de los reyes terrenales, una ciudad que no necesita de sol ni de la luna para ser iluminada, porque los resplandores divinos del Cordero la alumbran.

En la plegaria que cerró aquel capítulo se concentró toda su energía y afloró lo más profundo de su celo. Estaba luchando en serio en el bando de Dios y resuelto a ganar. Pedía fortaleza para los débiles de corazón, guía para los descarriados del redil, conversión —aunque fuese a última hora— para aquellos a quienes las tentaciones del mundo y de la carne hubieran extraviado del recto camino. Imploraba, clamaba por el don de una ascua redimida del incendio. El ardor siempre resulta solemne, y el suyo al iniciar la plegaria me asombró. Un asombro que se fue acentuando, a medida que avanzaba, y llegó a convertirse en emoción. La inmensidad y excelsitud de su misión estaban expresadas con fervor tan sincero que los que le escuchábamos no podíamos hacer otra cosa que compartir su sentimiento.

Tras las oraciones, nos despedimos de él, ya que emprendía viaje al día siguiente muy temprano. Diana y Mary le dieron sendos besos y salieron del cuarto de estar, obedeciendo, según me pareció, una indicación susurrada por él. Al quedarnos solos, le tendí la mano y le deseé feliz viaje.

—Gracias, Jane. Volveré de Cambridge dentro de quince días, como ya he dicho, así que le queda ese plazo de tiempo para reflexionar. Si me dejara llevar por el amor propio, no volvería a proponerle que se case conmigo, pero tengo que dar oídos al deber y no perder de vista mi meta, que consiste en hacer todo lo que haga a mayor gloria de Dios. Mi Señor aguantó el sufrimiento, yo también lo aguantaré. No puedo dejarla, Jane, abandonada a la perdición como un buque a punto de naufragio. Arrepiéntase y decida, que aún está a tiempo. Recuerde que se nos manda trabajar mientras luce el día, y se nos avisa de que al llegar la noche ya no se puede. Recuerde el destino de Dives[100], que de tantos bienes y tantas riquezas disfrutó en vida. Y que el señor le dé fuerzas para elegir la parte mejor, que esa, Jane, no se la arrebatará nadie.

Al pronunciar las últimas palabras posó la mano sobre mi cabeza. Había hablado con una mezcla de convicción y mansedumbre. No parecía un enamorado que se mira en los ojos de su amada, sino un pastor que llama a una oveja descarriada, o mejor todavía un ángel de la guarda vigilando al alma encomendada a su cuidado. Todos los hombres de talento, sean sensibles o no, fanáticos, ambiciosos o tiranos, con tal de que lo sean con convicción, tienen algún momento sublime: aquel en que subyugan y dominan. Me sentí fascinada por St. John, tanto que la fuerza de esa fascinación me arrastraba hacia el punto que más había intentado esquivar. Me asaltó la tentación de dejar de oponer resistencia a mi primo y abandonarme al torrente de su voluntad para desembocar en el golfo de su existencia, a costa de perder la mía. Me sentí tan sitiada por él como de otro modo lo fui por otro hombre tiempo atrás. En ambas ocasiones me comporté como una tonta. Haber cedido en la primera hubiera significado un error de principios, en la segunda, un error de criterio. Así lo considero ahora, volviendo la vista hacia aquella situación crítica, a través del tranquilo puente del tiempo. En aquel momento no creía estar a punto de cometer una locura.

Me quedé inmóvil bajo el contacto de mi hierofante. Olvidé mis rechazos, superé mis miedos, hice un alto en mi lucha. Lo imposible —o sea mi boda con St. John— empezaba a entrar rápidamente en la órbita de lo posible. Todo estaba cambiando radicalmente y en un santiamén. La religión me reclamaba, los ángeles me requerían, Dios me cursaba una orden. La vida se enrollaba como un pergamino, las puertas de la muerte se abrían para mostrarme la eternidad al otro lado. Me pareció que, a cambio de lograr la salvación y el éxtasis del más allá, todo valía la pena de ser sacrificado en unos segundos. El cuarto oscurecido se llenó de visiones.

—¿Podría darme la respuesta ahora? —preguntó el misionero.

Había hecho la pregunta en un tono dulce, y también dulcemente me atrajo hacia sí. ¡Oh, qué poderosa ventaja le sacaba la ternura a la fuerza! A la cólera de St. John era capar de oponerle resistencia; ante su amabilidad, en cambio, me plegaba como un junco. Y sin embargo, mi conciencia no dejaba de percibir que, si cedía ahora, algún día él acabaría por echarme en cara mi rebeldía anterior. Una naturaleza como la suya no iba a cambiar por una hora de plegarias solemnes; simplemente se había exaltado.

—Le daría una contestación, si estuviera convencida —contesté—; si no dudara de que nuestro matrimonio es una orden emanada de la voluntad divina, me prometería a usted ahora mismo, aquí; y luego Dios diría.

—¡Mis plegarias han sido escuchadas! —exclamó St. John.

La presión de su mano sobre mi cabeza se hizo más firme, como si me reclamara para sí, y me rodeó con sus brazos casi como si me amara.

Digo «como si» ya que conocía la diferencia, por haber probado lo que era ser amada de verdad. Pero ya había descartado, como él, la noción de amor, y solamente pensaba en el deber. Luché contra el ofuscamiento de mi visión interior, antes de que las nubes lo ensombrecieran más. Ansiaba con sincera y ferviente intensidad hacer lo que estuviera mandado, y solo eso. «¡Muéstrame el camino, muéstramelo!», imploré al cielo. Nunca en mi vida me había sentido tan exaltada. Y dejo al arbitrio del lector dilucidar si lo que ocurrió a continuación fue o no consecuencia de tal exaltación.

La casa estaba sumida en total silencio, porque todos sus ocupantes, excepto St. John y yo, se habían retirado a dormir. La única vela encendida se estaba consumiendo y la luz de la luna alumbraba la habitación. Mi corazón latía tan aprisa que podía escuchar su golpeteo. De repente se detuvo, embargado por una emoción inefable que me estremeció de pies a cabeza. No era exactamente una descarga eléctrica, pero algo parecido: una sensación aguda, extraña y sobrecogedora que activó y alertó al máximo todas mis potencias, hasta ese momento aletargadas. Ahora se despertaban, se incorporaban bruscamente, a la expectativa. Mis ojos y mis oídos montaban guardia y notaba un temblor que recorría mi carne hasta la médula.

—¿Qué es lo que ha oído, Jane? —preguntó St. John—. ¿Qué está viendo?

Yo no había visto nada, pero había percibido claramente una voz que gritaba desde algún sitio:

—¡Jane! ¡Jane! ¡Jane!

Y eso era todo.

—¡Oh, Dios mío! —balbuceé—. ¿Qué pasa, qué es eso?

Debía haber preguntado «¿dónde?» en lugar de «¿qué?», porque la verdad es que aquella voz no sonaba en el cuarto, ni dentro de la casa, ni en el jardín. Tampoco venía por el aire, ni surgía de las profundidades de la tierra, ni bajaba del cielo. La había oído, pero de dónde procedía jamás llegaría a saberlo. Era la voz de un ser humano, una voz conocida y amada que recordaba bien, la voz de Edward Rochester. Y me llamaba, rota, urgente, penetrada de un dolor salvaje y pavoroso.

—¡Voy! —grité—. ¡Espérame, que ya voy!

Corrí a la puerta y escudriñé el pasillo, pero estaba totalmente a oscuras. Corrí al jardín, pero estaba vacío.

—¿Dónde estás? —exclamé.

Desde las colinas del otro lado de Marsh Glen el eco me respondió tenuemente: «¿Dónde estás?», y escuché el ligero suspiro del viento entre los abetos. Aparte de eso, todo era silencio y soledad sobre los páramos en el seno de la medianoche.

—¡Aléjate de mí, superstición! —grité para conjurar su espectro negro alzándose entre los arbustos negros de la entrada—. Esto no ha sido un espejismo ni un hechizo de los tuyos, sino un fenómeno de la naturaleza. La naturaleza se ha despertado no para hacer un milagro sino para llevar a cabo su tarea lo mejor que sabe.

Le corté el paso a St. John, que me había seguido y trataba de detenerme. Ahora me tocaba a mí tomar las riendas, mis poderes estaban en juego con toda pujanza. Le dije que se abstuviera de cualquier pregunta o comentario y le pedí que me dejara en paz, que quería y necesitaba estar sola. Obedeció inmediatamente. Cuando se tiene energía suficiente para mandar, nunca se es desobedecido.

Subí a mi habitación, me hinqué de rodillas y me puse a rezar a mi manera, una manera que no tenía nada que ver con los estilos de St. John, pero igual de eficaz. Me pareció adivinar muy cerca el aliento de un Espíritu Poderoso, y mi alma desplegó su gratitud para ponerla a sus pies. Me levanté tras aquella acción de gracias, tomé una decisión y me tumbé en la cama. No tenía miedo, me sentía muy lúcida y estaba deseando que amaneciera el día siguiente.

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