Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo X

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Capítulo X

Amaneció el día siguiente. Yo me levanté con el alba y dediqué un par de horas a la tarea de poner en orden mis cosas, arreglar el armario y los cajones, para dejar el cuarto como es debido durante el breve lapso de mi ausencia. Mientras me afanaba en aquello, oí que St. John salía de su cuarto. Se paró delante de mi puerta y temí que se le ocurriera llamar. Pero no; se limitó a deslizar un papel por debajo de la puerta. Me agaché a recogerlo. Decía:

Me dejó usted anoche de un modo demasiado brusco. Con un poco más que se hubiera quedado hubiera empuñado la cruz cristiana y habría sido coronada por los ángeles. Cuando regrese dentro de quince días espero que haya madurado definitivamente su decisión. Mientras tanto no deje de velar y rezar para resistir a la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca. Yo me pasaré las horas rezando por usted. Suyo,

ST. JOHN

«Mi espíritu —respondí mentalmente— está pronto para no desviarse del bien; y mi carne espero que sea lo bastante fuerte para obedecer la voluntad del cielo, cuando se me haga evidente. De todas maneras, tendrá la fortaleza suficiente para indagar e inquirir a tientas una salida de esta maraña de indecisiones, y encontrar la luz radiante de la certidumbre».

Era el primero de junio, pero la mañana estaba nublada y fría, y la lluvia azotaba mi ventana. Oí que se abría la puerta de abajo y que St. John se marchaba. Desde la ventana le vi cruzar el jardín e internarse por los brumosos páramos en dirección a Whitcross, donde paraba el coche.

«Dentro de unas horas —pensé— seguiré sus pasos, primo. Yo también tengo que tomar un coche en Whitcross. Yo también tengo que buscar a una persona en Inglaterra y despedirme de ella antes de abandonar el país para siempre».

Faltaban todavía dos horas para el desayuno. Me las pasé dando vueltas en silencio por mi cuarto, pensando en el aviso del cielo que había dado un giro tan imprevisto a mis planes. Rememoré la sensación que me había sobresaltado por dentro, porque me acordaba perfectamente de ella, a pesar de ser tan rara y difícil de explicar. Evoqué la voz que había escuchado y volví a preguntarme en vano de dónde pudo llegar; me pareció que había sonado dentro de mí, que no vino del mundo exterior. Me preguntaba si no habría sido un espejismo, una impresión nerviosa, pero no acababa de creérmelo, lo sentí más bien como una inspiración. La asombrosa sacudida que sublevó mis sentidos llegó como aquel terremoto que hiciera tambalearse los cimientos de la cárcel donde estaban Pablo y Silas[101]; había abierto las puertas de mi alma y soltado sus ligaduras, despertándola de un sueño del que salió temblando, asustada y alerta; luego aquel grito resonó por tres veces en mis oídos asustados, atravesando mi corazón estremecido. Pero mi espíritu no se estremeció ni tuvo miedo, sino que vibró de alegría, exultante ante el privilegio de haber logrado triunfar sobre el agobiante cuerpo, independizándose de él.

«Dentro de unos días —me dije al cabo de mi reflexión— sabré algo de aquel cuya voz parecía llamarme anoche. Ha quedado patente que las cartas no sirvieron para nada; las sustituiré por una pesquisa personal».

Durante el desayuno les comuniqué a Mary y a Diana mi intención de emprender un viaje que me obligaría a estar fuera por lo menos cuatro días.

—¿Vas sola, Jane? —me preguntaron.

—Sola, sí. Necesito tener noticias de un amigo que me tiene preocupada hace mucho tiempo. O verlo, si puede ser.

Habrían podido replicar —y tal vez se les pasara por la cabeza— que, según mis reiterados informes, yo no tenía en el mundo más amigos que ellos tres. Pero su discreción natural les impidió hacer ningún comentario. Lo único que me preguntó Diana fue si estaba segura de encontrarme con salud suficiente para viajar, ella me veía muy pálida, dijo. Yo le contesté que estaba inquieta de tanto pensar, que eso es lo que me pasaba, pero que esperaba ponerle remedio pronto.

Me resultó muy fácil continuar con mis preparativos, porque ellas no me volvieron a molestar con más preguntas ni conjeturas. En cuanto les dije que no me era posible, de momento, ser más explícita sobre mis planes, hicieron gala de bondad e inteligencia al aceptar mi reserva, y me concedieron el mismo margen de confianza y libertad que yo les habría dado a ellas, si se hallaran en mi caso.

Salí de Moor House a las tres de la tarde y poco después de las cuatro ya estaba parada junto al poste indicador de Whitcross, esperando la aparición del coche que me habría de conducir a un Thornfield remoto. En medio del silencio de aquellos caminos solitarios rodeados de desiertas colinas, lo oí aproximarse desde muy lejos. Era el mismo vehículo del que me había bajado una tarde de verano, desesperada, sin saber dónde ir, en aquel mismo sitio, un año atrás. Le hice una seña, se paró y subí. Pero esta vez no me fue preciso quedarme sin dinero para pagar mi asiento. Volvía a poner rumbo a Thornfield, y me sentía como una paloma mensajera volando hacia su palomar.

El viaje duró treinta y seis horas. Había salido de Whitcross un martes por la tarde y el jueves a primera hora de la mañana el coche se detuvo para que abrevaran los caballos en una posada al borde de la carretera. Estaba situada en medio de un paisaje cuyos verdes setos, extensas praderas y bajas colinas de pastoreo me saltaron a los ojos como los rasgos de un rostro antaño familiar. ¡Qué suaves perfiles en comparación con los austeros páramos al norte de Morton! Sí, reconocía el rostro y el carácter de aquel panorama. Estaba llegando a mi destino.

—¿A qué distancia queda Thornfield de aquí? —le pregunté al posadero.

—A dos millas, señora, a campo través.

«Aquí concluye mi travesía», me dije. Una vez fuera del coche, le dejé mi maleta al posadero con el encargo de que me la guardase hasta que mandara por ella, pagué al cochero con buena propina y me puse en camino. El día iba madurando y a su luz creciente brillaba el rótulo dorado de la posada, que decía: «Rochester Arms». Se me aceleró el corazón, ya estaba pisando las tierras de mi señor. Pero enseguida me invadió el desánimo.

«Quién sabe si tu señor —me susurró el pensamiento— no estará al otro lado del Canal de la Mancha, y sabes bien que puede ser así. Además, caso de que esté en Thornfield Hall, ¿quién más vive allí? Su esposa, la loca, y tú no tienes nada que ver con él, ¿cómo vas a osar dirigirle la palabra, ni siquiera a presentarte ante sus ojos? Es un paseo en balde. Lo mejor que puedes hacer es desistir —continuaba mi consejero interior—. Pide información al personal de la posada; ellos tienen que saber todo lo que indagas y disiparán tus dudas inmediatamente. Dirígete al posadero y pregúntale que si el señor Rochester vive o no en la casa».

La sugerencia era sensata, y sin embargo no logré hacer el esfuerzo necesario para obedecerla, hasta tal punto temía una respuesta que aplastara mis expectativas. Prolongar la incertidumbre era prolongar la esperanza. Necesitaba ver una vez más la mansión bajo el haz luminoso de su estrella. Vi ante mí la valla y los mismos campos que recorriera desolada, ciega, sorda y enajenada la mañana en que escapé de Thornfield, acosada por una furia vengativa que me pisaba los talones. Antes de haber aclarado la resolución que iba a tomar, ya estaba en medio de ellos, caminando a toda prisa, casi corriendo. En algunos tramos, ¡cómo ansiaba volver a mirar aquellos bosques conocidos! ¡Qué emoción me embargaba al saludar uno por uno aquellos árboles y pasar fugazmente la vista por las praderas y colinas que se veían entre ellos!

Por fin surgía el bosque ante mí, con aquella bandada de grajos arracimados, cuyo graznido estridente rompía el silencio de la mañana. Apresuré el paso, imbuida de un extraño deleite. Atravesé otro campo, dejé atrás otro camino, y allí estaban los muros del patio y las dependencias de la parte trasera, pero la casa y los nidos de los grajos aún no se veían.

«Lo primero que quiero ver es la fachada principal —decidí—, con sus nobles almenas que saltan a la vista inmediatamente, desde algún punto donde pueda divisar la ventana del cuarto de mi señor. Puede que esté paseando por el huerto o sobre las losas de la entrada. Ojalá pudiera verlo aunque solo fuera durante unos instantes. Pero en tal caso, ¿estoy segura de poder conservar la serenidad y no salir corriendo a su encuentro? No lo sé, no respondo de ello. Y si lo hiciera, ¿qué sucedería, Dios mío? ¿Luego qué? Tampoco iba a hacer daño a nadie por probar una vez más la vida que me inyectaba una mirada suya. Pero estoy delirando. Quizá en este mismo momento esté mirando salir el sol sobre los Pirineos o contemplando el manso mar de alguna playa del Sur».

Había bordeado el muro bajo del huerto y doblado la esquina, hasta la portezuela que daba al prado entre dos columnas rematadas por bolas de piedra. Escondida detrás de una de las columnas, podría mirar furtivamente y tranquilamente la fachada principal de la casa. Asomé la cabeza con cuidado, deseosa de comprobar si estaba ya levantada la persiana de algún dormitorio.

Desde aquel escondite se abarcaba todo: almenas, ventanas y fachada.

Mientras me preparaba para aquella pesquisa es muy posible que me estuvieran contemplando los grajos que volaban sobre mi cabeza, y me pregunto lo que pensarían. Se debieron de dar cuenta de que mi cautela y timidez del principio fueron dando paso gradualmente a una actitud más audaz y temeraria. Me asomé, eché una larga mirada al conjunto, y de repente salí de mi escondite, me adentré en la pradera, y me quedé allí quieta ante la gran mansión, dedicándole una mirada intensa y demorada. «¿Por qué mostraba tanta cautela al principio —se debieron de preguntar los grajos—, y ahora parece que le da lo mismo?».

Te voy a poner un ejemplo, lector, para que lo entiendas.

Imagínate que un amante encuentra a su amada dormida en el césped y quiere contemplar de cerca su hermoso rostro sin despertarla. Avanza cauteloso sobre la hierba cuidando de no hacer ruido y, como le parece que ella se mueve, se retira porque no desea ser visto. Pero todo sigue inmóvil y avanza de nuevo. Entonces se inclina sobre su rostro, que conserva una luz velada. Lo incorpora y se inclina aún más. Ahora sus ojos gozan de antemano de la belleza de tal visión, cálida, fresca, embellecida por el sueño. Su primera inspección ha sido demasiado rápida, pero al fijarse mejor se estremece. De repente toma entre sus brazos con vehemencia aquel cuerpo que hace un momento no se atrevía a rozar ni con un dedo. Dice su nombre a gritos, deja caer aquel peso y lo contempla enajenado. Llora, agarrándose a su amada, y la mira sin temer ya despertarla, porque ningún ruido ni movimiento que haga pueden despertarla. ¡Había imaginado que estaba dulcemente dormida, pero está yerta e inmóvil como una piedra!

Yo había buscado con cautelosa alegría una majestuosa casa, y lo que veía ante mis ojos era una ruina calcinada.

No necesitaba ocultarme tras una columna ni lanzar furtivas miradas a las persianas, con el temor de que alguien se moviese detrás de ellas. Tampoco hacía falta aguzar el oído por si alguna puerta se abría ni imaginar pasos en la explanada o en los caminos de gravilla. Porque el césped y todo el suelo de delante de la casa estaban pisoteados y arrasados, y el vestíbulo desierto. La fachada presentaba un aspecto parecido al que una vez vi en sueños[102], una pared alta y frágil a modo de cáscara, agujereada por ventanas sin cristales, sin tejado, sin chimeneas ni almenas, y detrás nada; una pura destrucción.

Todo estaba envuelto en mortal silencio y reinaba la desolación más absoluta. No me extrañaba que mis cartas no hubieran obtenido respuesta, era como haberlas mandado a un panteón. El torvo ennegrecimiento de las piedras desvelaba la causa de aquel derrumbamiento: un incendio. Pero ¿cómo se produjo? ¿Cuál era la historia que se ocultaba tras aquel desastre? ¿Qué pérdidas pudo causar además de las relativas al mármol, el cemento y la madera? ¿Habría muerto alguien, igual que sucumbió la casa? ¿Y en ese caso, quién? Tremenda pregunta, y no había nadie allí que pudiera contestarla, ni una señal por muda que fuera.

Tras deambular ante los muros destrozados y el interior en ruinas, llegué a la conclusión de que no se trataba de un desastre reciente. Me di cuenta de que aquel arco vacío había sido azotado por las nieves invernales y de que las frías lluvias habían zarandeado los huecos de las ventanas. Porque la primavera, entre el húmedo amontonamiento de chatarra, había estimulado la vegetación silvestre, de tal manera que los brotes de hierba y musgo crecían acá y allá entre las piedras y vigas derrumbadas. Pero ¿dónde, ay de mí, estaría a todas estas el desventurado dueño de tanta ruina? ¿A qué tierras habría ido a parar y condicionado por qué designios? Mis ojos volaron sin querer hacia la torre gris de la iglesia, más allá de la verja, y me pregunté si no estaría compartiendo escondite con Damer de Rochester en su angosto habitáculo de mármol.

Tenía que existir alguna respuesta a todas aquellas preguntas y no podía encontrarla más que acudiendo a la posada. Así que desanduve lo andado y volví allí.

El posadero en persona me trajo el desayuno a la sala de abajo, y le pedí que hiciera el favor de cerrar la puerta y de sentarse conmigo porque tenía que hacerle algunas preguntas. Pero cuando accedió a ello, no sabía por dónde empezar, tal era el horror que me inspiraba imaginar sus posibles revelaciones. Y, sin embargo, el espectáculo catastrófico que acababa de contemplar me daba pie en gran medida para disponerme a escuchar una historia desgraciada. El posadero era un hombre de mediana edad y con aspecto de persona decente.

—Me figuro, naturalmente, que conoce usted Thornfield Hall —acerté por fin a decir.

—Sí, señora. En tiempos viví allí.

—¿De verdad?

«No en mis tiempos —pensaba mientras tanto—, porque yo no te conozco de nada».

—Sí, claro, fui mayordomo del difunto señor Rochester.

La palabra «difunto» me asestó el golpe contundente que estaba tratando de esquivar.

—¿Difunto? —jadeé—. ¿Se ha muerto?

—Me refiero —aclaró— al padre de Edward Rochester, el actual señor.

Noté que podía volver a respirar normalmente y que la sangre reanudaba su curso interrumpido. Enterada por aquellas venturosas palabras de que Edward, el actual señor, mi señor, seguía con vida, estaba preparada para oír el resto, por tremendo que fuera, con relativa tranquilidad. Que Dios lo bendijera donde quisiera que se hallase. Sabiendo que no estaba sepultado bajo tierra, creí que podría soportar cualquier noticia acerca de su paradero, aunque estuviera en las Antípodas. Y sin embargo necesitaba dar largas a la pregunta directa sobre tal paradero.

—¿El señor Rochester reside ahora en Thornfield? —pregunté, pues, aun a sabiendas de cuál sería la respuesta.

—¿En Thornfield? ¡No, señora! Allí no vive nadie. Se nota que debe de venir usted de lejos porque, de lo contrario, estaría al tanto del desastre ocurrido allí el otoño pasado. Thornfield Hall es una pura ruina. Se quemó la casa por completo en la época de la cosecha. ¡Con todas las cosas de valor que había allí, qué pena, Dios mío! Apenas si pudieron salvarse unos cuantos muebles. Estalló el incendio ya bien entrada la noche, y antes de que les diera tiempo de llegar a los bomberos de Millcote, ya estaba toda la mansión ardiendo como una tea. ¡Fue un espectáculo terrorífico! Lo vi con mis propios ojos.

«¡Ya bien entrada la noche! —musité—. Sí, claro, justamente la hora que siempre resultaba fatídica para Thornfield».

—¿Y se sabe —pregunté— cuál fue el origen del incendio?

—Se sospecha, señora, aunque las suposiciones alcanzaron luego una comprobación que no deja lugar a dudas. —Acercó un poco más su asiento a la mesa y continuó en voz más baja—: No sé si usted sabe que había una señora encerrada en la casa, una señora que tenía perdido el juicio.

—Sí, he oído contar algo de eso.

—Pues bien, la tenían encerrada allí, en el ático. Durante mucho tiempo, la gente no sabía con certeza si existía realmente o no. Nadie la había visto nunca, pero corrían rumores de que vivía allí semejante persona. Decían que el señor Edward la trajo cuando vino del extranjero, y algunos supusieron que había sido su amante. Pero en fin, hace un año tuvo lugar un suceso muy raro, rarísimo.

Temí que estuviera a punto de desviarse para contarme mi propia historia, así que traté de enderezar el relato hacia el tramo principal.

—¿Y qué pasó con esa señora?

—Pues esa señora resultó que era la esposa de Edward Rochester. Y se descubrió de una manera francamente curiosa. Había en Thornfield Hall una joven institutriz de la cual el señor Rochester…

—¿Pero y el incendio?

—Ahora llegaremos a eso, señora. Le iba a decir que el señor Rochester se enamoró de aquella joven institutriz. Los criados dicen que nunca han visto a un hombre tan enamorado, loco por ella; la perseguía constantemente. Ellos lo acechaban, ya sabe usted, señora, cómo son los criados, y había reservado para ella lo mejor de su pasado, a pesar de que nadie más que él le encontrara particulares encantos. Dicen que era insignificante, que parecía una niña, yo nunca la llegué a ver. Leah la quería mucho. El señor Rochester andaba por los cuarenta años y la institutriz no tenía ni veinte. Ya sabe usted que, cuando los hombres de esa edad se encaprichan de una jovencita, es como si les dieran un bebedizo. Total, que se le metió en la cabeza casarse con ella.

—Puede contarme esa parte de la historia otro día, si no le importa —le interrumpí—, porque lo que ahora me interesa conocer, por razones muy particulares, es todo lo relativo al incendio. ¿Se sospechó tal vez que la demente señora Rochester pudiera haberlo provocado?

—Ha dado usted en la diana, señora. Existe la certeza casi absoluta de que ella y solamente ella fue quien lo provocó. Habían contratado para cuidarla a la señora Poole, una mujer muy capacitada para este servicio y de toda confianza. Su único defecto, bastante frecuente entre las matronas y las enfermeras, es que siempre tenía a mano una botella de ginebra; y de vez en cuando bebía más de la cuenta. Se puede encontrar disculpa pensando en la dureza de su cometido, pero indudablemente entrañaba peligro. Porque cuando la señora Poole caía amodorrada, a causa de los tragos de ginebra, la enloquecida señora, que era astuta como una bruja, le robaba las llaves del bolsillo, se escapaba de su encierro y se ponía a deambular por la casa, llevando a cabo todos los despropósitos que se le ocurrían. Dicen que una vez estuvo a punto de abrasar vivo a su marido mientras dormía, pero yo eso no lo sé. Lo que sé es que esa noche del otoño pasado parece que primero prendió fuego a los cortinajes del cuarto que lindaba con el suyo y luego se deslizó al piso de abajo y entró en el dormitorio que había ocupado la institutriz, como si supiera algo de lo que había pasado, una especie de venganza, y también prendió fuego a la cama. Menos mal que ya no dormía nadie allí. La institutriz había desaparecido dos meses antes y, por mucho que el señor Rochester la había buscado, como si se tratara del más preciado tesoro del mundo, no logró volver a saber ni palabra de ella. Se puso como loco, del disgusto, nunca se había caracterizado por su mansedumbre, pero desde que ella se fue, su furia se volvió peligrosa. Además quiso quedarse solo. A la señora Fairfax, el ama de llaves, la mandó a vivir lejos, con unos parientes que ella tenía, aunque tuvo la consideración de asignarle una pensión vitalicia. Era una mujer muy buena. En cuanto a la señorita Adèle, una pupila del señor Rochester, fue internada en un colegio. Rompió relaciones con todos los amigos de su clase social, no volvió a hablar con nadie y se encerró en Thornfield Hall como un ermitaño.

—¿Cómo? ¿No abandonó Inglaterra?

—¿Abandonar Inglaterra? ¡No, por Dios! No volvió a traspasar los umbrales de su casa. Solamente de noche, algunas veces, salía a pasear por el huerto o por la explanada, como un fantasma, como si hubiera perdido la cabeza. Que yo creo que realmente la había perdido, porque no puede usted imaginarse, señora, lo que era Edward Rochester antes de que se cruzara en su camino la sabandija de la institutriz, un caballero más ingenioso, intrépido y despierto pocas veces se ha visto. No era jugador ni borracho ni aficionado a las carreras de caballos, como tantos de su clase. No era muy guapo, pero valor, amor propio y fuerza de voluntad le sobraban. Yo le conozco desde que era niño, fíjese, y muchas veces he pensado que ojalá la tal señorita Eyre se hubiera ahogado en el mar antes de aparecer en Thornfield.

—¿Y el señor Rochester estaba en casa cuando se declaró el incendio?

—Claro que estaba. Y subió al ático cuando todo por arriba y por abajo era una pura llama. Y sacó a los criados de la cama y los puso a salvo él mismo. Y luego entró en la celda de su enloquecida esposa, con el propósito de sacarla también a ella de allí. Pero le gritaron que ella se había encaramado al tejado. Y estaba efectivamente allí, agitando los brazos sobre las almenas y chillando en un tono tan agudo que se la oía desde varias millas a la redonda. Yo la oí y la vi con mis propios ojos. Era muy corpulenta, con el pelo negro, larguísimo, ondulando contra el resplandor de las llamas. Yo fui testigo, y más gente. La vimos, y vimos salir por la claraboya al señor Rochester, gritando «¡Bertha!» y acercarse a ella por el tejado. Pero ella de repente pegó un salto desde el alero y se precipitó al vacío sin dejar de chillar. Un minuto más tarde estaba aplastada contra el suelo.

—¿Muerta?

—Y tan muerta. Como las piedras salpicadas de su sangre y su masa encefálica.

—¡Dios mío, qué horror!

—Y que lo diga, señora. Fue algo espantoso —concluyó estremecido.

—¿Y luego? —le apremié.

—Luego nada, señora. La casa ardió hasta sus cimientos. Ya no quedan más que unos fragmentos de pared.

—Quiero decir que si se perdieron más vidas.

—No. Aunque tal vez hubiera sido preferible.

—¿Qué quiere usted decir?

—¡Pobre señor Edward! —exclamó—. Nunca pensé que pudiera quedarse como se ha quedado. Algunos dicen que fue un castigo de Dios por haber mantenido en secreto su primer matrimonio y querer casarse con otra, teniendo ya mujer, como tenía. Pero a mí me da mucha pena de él.

—Pero ha dicho usted que vive —exclamé.

—Sí, sí, vive. Aunque muchos opinan que lo mejor que le pudo pasar era haberse muerto.

—¿Pero por qué? —pregunté, notando que se me volvía a helar la sangre—. ¿Cómo está? ¿Y dónde? ¿Sigue en Inglaterra?

—Aquí sigue, sí, clavado para siempre en Inglaterra, de donde temo, ay, que ya no pueda moverse nunca. —Aquello era una agonía, y el posadero parecía decidido a prolongarla—. Está ciego como ventana tapiada —dijo al fin—, totalmente ciego, sí, el pobre señor Rochester.

Había temido algo todavía peor. Por ejemplo, que se hubiera vuelto loco. Saqué fuerzas de flaqueza para indagar la causa de aquella desgracia.

—La causa la tuvo su valentía, señora, y también en cierto modo su bondad, no creo que nadie pueda discutir eso.

Se negó a abandonar la casa hasta asegurarse de que todos estaban a salvo. Al bajar, finalmente, por la gran escalera, después de que la loca se hubiera arrojado al vacío desde el tejado, se produjo un inmenso chasquido y se vino abajo todo. Al señor Rochester lo sacaron de entre los escombros, vivo aún, pero muy mal herido. Había caído sobre él una viga que le sirvió, en parte, de dique protector, pero había perdido un ojo y tenía la mano derecha tan destrozada que el señor Carter, el médico, no tuvo más remedio que amputársela cuanto antes. El otro ojo se le infectó también y acabó perdiendo la visión. Ahora está ciego y mutilado, se ha convertido en un ser indefenso.

—¿Pero dónde está ahora? ¿Dónde vive?

—En Ferndean, un caserío con granja de su propiedad. Es un lugar bastante desolado, queda a unas treinta millas de aquí.

—¿Y quién vive con él?

—El viejo John, un criado, y su mujer. No ha querido junto a él a nadie más. Dicen que está muy deprimido.

—¿Tiene usted algún tipo de vehículo para llegar allí?

—Tenemos una silla de posta, señora. Es bastante buena, muy buena.

—Pues que me la preparen inmediatamente. Y si su cochero me puede llevar hoy hasta Ferndean antes de que el sol se ponga, les pagaré el doble de lo que cobren habitualmente por este viaje.

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