Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo XI

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Capítulo XI

El caserío de Ferndean, medio enterrado en el seno de un bosque, era un edificio de regular tamaño, sin pretensiones arquitectónicas y cuya antigüedad saltaba a la vista. Ya lo había oído mencionar en alguna ocasión, porque el señor Rochester hablaba de aquel sitio con frecuencia y a veces solía visitarlo. Su padre había comprado la finca para organizar partidas de caza, y luego quiso alquilarla, pero nunca encontró inquilino ya que su emplazamiento insalubre no invitaba a vivir allí. Así que Ferndean se había quedado vacío y casi no tenía muebles, a excepción de una o dos habitaciones preparadas para albergar al propietario, cuando venía en la temporada de caza.

Llegué al anochecer, en una tarde caracterizada por la tristeza del cielo, la frialdad del viento y una llovizna penetrante y pertinaz. Después de despedir al cochero y pagarle el doble, como le había prometido, recorrí a pie el último tramo, una milla. Incluso cuando ya quedaba muy poco para llegar a la casa, seguía sin atisbarse, tan espeso era el oscuro bosque que la rodeaba y escondía. Una verja doble de hierro, entre pilares de granito, me señaló la entrada, y una vez traspasado aquel umbral me vi sumida de repente en la penumbra de una tupida arboleda. Un sendero hollado en la maleza descendía por el bosque a manera de pasillo flanqueado por nudosos troncos y sombreado por las ramas que formaban una bóveda. Seguí aquel camino, con la esperanza de que condujera inmediatamente al edificio, pero se alargaba dando vueltas sin fin, y no se veían atisbos de fachada ni jardín alguno.

Creí que me habría equivocado de camino y me sentí perdida. Las sombras propias del crepúsculo unidas a la silvestre oscuridad me iban envolviendo y, por mucho que la busqué, no encontré otra senda. Todo eran raíces entrelazadas, troncos como columnas y aquel denso follaje veraniego que no abría brecha hacia ninguna parte.

Seguí andando, y por fin el camino se ensanchó, los árboles se despejaron un poco y pude atisbar primero una barandilla y luego la fachada, apenas perceptible entre los árboles a causa del moho que verdeaba sobre sus deteriorados muros. Atravesé una puerta que solo estaba cerrada con pestillo y me encontré en medio de un patio rodeado por un semicírculo de árboles. No había arriates ni flores, simplemente un amplio paseo de grava ciñendo una pradera con el frondoso bosque al fondo. El tejado de la casa tenía dos vertientes rematadas por aleros puntiagudos en la parte frontal, y las ventanas enrejadas eran estrechas, lo mismo que la puerta de entrada, a la que se accedía subiendo un escalón. El conjunto, como ya me advirtió el posadero de Rochester Arms, presentaba un aspecto bastante desolado. Estaba todo tan silencioso como una iglesia en día de diario, no se escuchaba más ruido en torno que el repiqueteo de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles.

«¿Cómo puede haber algo de vida aquí?», me estaba preguntando, cuando oí moverse algo. Pues, sí, cierto tipo de vida parecía haber. La estrecha puerta principal estaba entreabierta y dentro de ella se vislumbró un bulto humano que parecía disponerse a salir.

Se abrió del todo despacito y dio paso a una figura que se dibujó a la luz del crepúsculo. Se detuvo en el escalón. Era un hombre con la cabeza descubierta y extendió la mano, como para cerciorarse de si seguía lloviendo. A pesar de la oscuridad reinante, lo reconocí. No era otro que Edward Fairfax Rochester: tenía ante los ojos a mi señor.

Me detuve paralizada, casi sin aliento, y le escudriñé a conciencia desde donde no podía ser vista, aunque para él —¡qué pena!— siempre sería invisible. Era un encuentro inesperado, pero el entusiasmo de la sorpresa quedaba contrarrestado por el dolor. No me fue difícil contener un grito de júbilo ni frenar mi impulso de avanzar a su encuentro.

Su silueta seguía siendo tan contundente y fornida como siempre, conservaba el pelo negro como el azabache y aún caminaba erguido. Tampoco se apreciaba deterioro ni mudanza en los rasgos de su semblante. Ninguno de sus infortunios a lo largo de un año habían conseguido mitigar su vigor atlético ni marchitar su plenitud. Pero observé un cambio en su expresión. Aquella triste y desoladora mirada que se pintaba en su rostro me recordó la de ciertos animales salvajes o aves de presa, encadenados y acosados, cuyo peligro para quienes se acercan tiene origen en su siniestro destino. Un águila enjaulada cuyos ojos dorados hubieran sido cruelmente privados de luz podría parecerse a aquel Sansón invidente.

Pero me conoces poco, lector, si crees que tuve miedo de su ciega ferocidad. Vino a mezclarse con mi pena un dulce amago de esperanza: la de atreverme a besar aquella frente de roca y aquellos labios herméticamente cerrados. Sin embargo, no era el momento; por ahora mejor no acercarse.

Bajó el escalón y avanzó a tientas, lentamente hacia la pradera. ¿Qué había sido de su paso seguro y provocativo? Se quedó inmóvil, como si no supiera en qué dirección avanzar. Alzó la cabeza y abrió los párpados. Miraba sin ver hacia el cielo y el anfiteatro de árboles, evidentemente desgarrado por el inútil esfuerzo. Se notaba que todo era vacío y tiniebla para él. Extendió la mano derecha, mientras el otro brazo, el mutilado, lo mantenía oculto. Parecía ansioso por palpar y reconocer todo lo que había a su alrededor, pero los árboles quedaban a algunas yardas de distancia y no logró tocarlos. Renunció por fin al intento y se quedó quieto y mudo bajo la lluvia que no dejaba de caer y empapaba su cabeza descubierta.

De pronto, no sé por dónde, apareció John y se acercó a él.

—¿Quiere cogerse de mi brazo, señor? —preguntó—. Va a llover cada vez más. ¿No sería mejor que se metiera en casa?

—Déjame en paz —contestó él.

John se retiró sin haber llegado a verme, y el señor Rochester trató en vano de iniciar un paseo. Sus andares eran demasiado inseguros. Así que acabó dando la vuelta y metiéndose de nuevo en la casa, cuya puerta cerró.

Ahora ya me atreví yo a acercarme. Llamé con los nudillos y abrió la mujer de John.

—Hola, Mary —la saludé—. ¿Cómo está usted?

Se sobresaltó como si acabara de aparecérsele un fantasma.

—¿De verdad es usted, señorita? ¿Qué ha venido a hacer a estas horas aquí, a este yermo?

Traté de tranquilizar su agitación, acaricié sus manos y la seguí a la cocina. John estaba allí, sentado junto al fuego. Les puse al tanto, en pocas palabras, de cómo me había enterado de lo ocurrido a partir de mi ausencia de Thornfield y que había venido con la pretensión de visitar al amo. Le pedí a John que fuera al lugar donde me había dejado la silla de posta para recoger mi equipaje. Luego me quité el sombrero y el chal y le pregunté a Mary si podrían darme albergue por una noche. Era difícil, dijo, pero no imposible preparar una habitación. Decidí, pues, quedarme y se lo hice saber. En aquel momento se oyó la campanilla que llamaba desde el salón.

—Si va usted para allá —le dije— comuníquele al amo que hay una persona que quiere verlo. Pero no le diga quién soy.

—No creo que esté dispuesto a recibirla —contestó—. No tiene ganas de ver a nadie; se niega.

Cuando volvió, indagué cuál había sido su reacción.

—Que diga usted quién es y lo que quiere —contestó Mary, mientras llenaba un vaso de agua, que colocó sobre una bandeja, junto con algunas velas.

—¿Es eso lo que le ha pedido? —pregunté.

—Sí, cuando anochece siempre me pide que le lleve luz, aunque está ciego.

—Deme la bandeja, Mary. Yo se la llevaré.

Se la quité de las manos, y me indicó cuál era la puerta del salón. La bandeja se me tambaleó y el agua del vaso se derramó en parte. El corazón me golpeaba las costillas, acelerado y furioso. Mary me abrió la puerta y la cerró cuando entré.

El salón presentaba un aspecto deprimente. Ardía en la chimenea un fuego mezquino y, un poco agachado hacia él, con la cabeza apoyada contra la anticuada y alta repisa de la chimenea, se veía al ocupante ciego de la habitación. Pilot, su viejo compañero, estaba echado sobre uno de sus lomos, un poco apartado y cohibido, como si tuviera miedo de recibir por descuido algún pisotón. Enderezó las orejas al oírme entrar y se levantó de un salto ladrando. Se me echó encima con tal ímpetu que casi me derriba la bandeja. La puse sobre la mesa, y luego le acaricié y le dije bajito: «¡Siéntate!». El señor Rochester se dio la vuelta para ver lo que estaba pasando pero, como no podía ver nada, se limitó a suspirar.

—Dame el agua, Mary —dijo.

Me acerqué y le alargué el vaso lleno solo a medias, perseguida por Pilot, que seguía dando muestras de agitación.

—¿Qué pasa? —preguntó el señor Rochester.

—¡Siéntate, Pilot! —repetí.

Antes de llevarse el vaso a los labios, comprobó el agua que tenía, mientras hacía ademán de escuchar. Luego bebió y dejó el vaso.

—¿Eres Mary, verdad?

—Mary se ha quedado en la cocina —contesté.

Alargó la mano súbitamente pero, como no podía ver dónde estaba yo, no consiguió rozarme.

—¿Quién es? ¿Quién eres? —preguntó, haciendo un vano y angustioso esfuerzo por mirar con aquellos ojos ciegos—. ¡Contésteme! ¡Vuelva a decir algo! —ordenó en tono enérgico e imperioso.

—¿Quiere un poco más de agua, señor? Se me ha caído la mitad de la que traía el vaso —dije.

—Pero ¿quién es? ¿Qué pasa? ¿Quién me está hablando?

Pilot me conoce y John y Mary saben que he venido. Acabo de llegar esta misma tarde —respondí.

—¡Dios mío! ¿Qué espejismo me invade? ¿Qué dulce locura está haciendo presa en mí?

—No es ningún espejismo, ni ninguna locura. Su mente, señor, está demasiado lúcida para albergar espejismos, y usted demasiado sano para volverse loco.

—Pero ¿dónde está la persona que me habla? ¿Se trata simplemente de una voz? ¡Ay, Dios mío! Aunque no puedo ver, se me parará el corazón y me estallará el cerebro si no siento a esa persona. Quien quiera que sea, ¡déjeme tocarla o no podré vivir!

Me buscaba a tientas, y yo cogí su mano vacilante, que estreché entre las mías.

—¡Son sus dedos, los mismos! —exclamó—. ¡Sus dedos menudos y frágiles! Si estoy en lo cierto, también lo demás tiene que existir.

Su mano musculosa se escapó de las mías y sentí que agarraba mi brazo, mis hombros y mi cuello, hasta que me cogió por la cintura y me estrechó contra él en un apretado abrazo.

—¿Esto es Jane? ¿O qué es esto? Tiene la misma forma, tiene el mismo tamaño…

—Y tiene la misma voz —añadí—. Está entera, señor, incluido el corazón. Dios le bendiga. No sabe cuánto me alegro de volver a tenerle cerca.

—¡Jane Eyre, Jane Eyre! —era lo único que acertaba a decir.

—Sí, mi querido señor, soy Jane Eyre en persona —contesté—. Al fin lo he encontrado y he vuelto junto a usted.

—¿Pero de verdad? ¿En carne y hueso? ¿Una Jane viva?

—Me está usted tocando, señor, me está estrechando entre sus brazos, ¿no? No soy un cadáver ni me evaporo en el aire, ¿o me evaporo?

—¡Mi amor vive! Son estos los miembros de su cuerpo y los rasgos de su cara; pero no puede invadirme esta felicidad al cabo de tanta desgracia. Es un sueño. Muchas noches he soñado que la estrechaba contra mi corazón, como lo estoy haciendo, que la cubría de besos, igual que ahora, he soñado que me quería y estaba seguro de que ya nunca jamás me iba a abandonar.

—Y desde este momento, señor, ya nunca le abandonaré.

—Que nunca me abandonará, eso dice la aparición. Pero después siempre me despierto para comprobar que era una burla inconsistente. Y la desolación y el abandono vuelven a presidir mi vida solitaria y desesperanzada. Me quedo en tinieblas, con un alma sedienta a la que se prohíbe beber y un corazón hambriento que no sabe dónde alimentarse. Tú también te desvanecerás, oh, dulce y gentil quimera que ahora buscas nido entre mis brazos, huirás como huyeron todas tus hermanas. Pero, Jane, antes de irte, vuelve a abrazarme y a besarme.

—¿Así, señor, o así?

Iba posando mis labios sobre sus ojos antaño luminosos y ahora opacos. Luego aparté el mechón de pelo que cubría su frente y se la besé también. De repente pareció despertar, como si estuviera dándose cuenta de que lo que ocurría era verdad.

—¿Eres tú, eres Jane? ¿Quiere decir entonces que has vuelto?

—He vuelto, sí.

—¿Entonces no has caído muerta en alguna zanja o arrastrada por algún arroyo? ¿No eres la sombra lánguida de algún emigrante?

—No, señor. Ahora soy una mujer independiente.

—¿Cómo que independiente? ¿Qué quieres decir, Jane?

—Pues que mi tío de Madeira se murió y me ha dejado una herencia de cinco mil libras.

—Pues eso parece contundente, ¡suena a cosa real! —exclamó—. Nunca hubiera imaginado tal cosa. Y también parece real esa voz tan peculiar tuya, estimulante y provocativa, sin perder su dulzura. Una voz que anima mi corazón moribundo y le inyecta vida. O sea, Jane, que eres una mujer independiente, una mujer rica.

—Pues bastante rica, sí, señor. Si no me deja que me quede a vivir con usted, puedo mandar construir una casa ahí al lado, y de esa manera, si alguna tarde le apetece tener compañía, le dejo que venga a visitarme y a pasar un rato conmigo en el salón.

—Pero, Jane, si eres rica, seguramente tendrás muchos amigos que se ocupen de ti, y no van a consentir que consagres tu vida a un ciego inválido.

—Ya le he dicho, señor, que además de rica soy independiente. No tengo amo a quien obedecer.

—¿Y te vas a quedar aquí conmigo?

—Desde luego, a no ser que le moleste. Seré su vecina, su enfermera, su ama de llaves. Encuentro que está demasiado solo. Yo le serviré de compañía, le leeré libros, pasearemos juntos, haremos tertulia, lo que usted quiera. Estoy dispuesta a ser sus ojos y sus manos. Destierre la melancolía, mi querido señor; mientras yo viva, no quiero volver a verle triste.

No contestó nada. Se quedó serio y abstraído. Se limitó a suspirar y a abrir la boca como si quisiera decir algo, pero la cerró de nuevo. Yo me sentía un poco violenta. Tal vez había hecho demasiada ostentación de solicitud. Y al saltarme de golpe tantos convencionalismos, él acaso juzgase incorrecta mi actitud. A St. John le ocurrió algo parecido. En este caso yo le había hecho aquellas sugerencias al señor Rochester bajo el supuesto de que siguiera pensando en casarse conmigo, animada por la esperanza —no por inexpresada menos firme— de que volviera a pedirme en matrimonio. Pero, como no insinuaba nada al respecto y su semblante se ensombrecía cada vez más, pensé de pronto que pudiera estar totalmente equivocada y haciendo el ridículo. Así que empecé a desasirme suavemente de sus brazos. Pero él me estrechó aún con más ardor.

—No, Jane, por favor, no te vayas. Ya te he palpado, te he oído y me he sentido confortado por tu presencia, por el consuelo que emana tu dulzura. No voy a renunciar a esta dicha. De mí ya puedo esperar poco; te necesito. Aunque se burle de mí el mundo entero y tú me consideres absurdo y egoísta, me da igual. Toda mi alma te reclama y he de satisfacer sus pretensiones o se vengará sin piedad de mi cuerpo.

—Pero, señor, si ya le he dicho que me voy a quedar con usted.

—Sí, pero por quedarte conmigo tú entiendes una cosa y yo otra diferente. Tú seguramente te conformarás con quedarte al alcance de mi mano y ocuparte de mí como enfermera solícita, porque tu corazón es afectuoso y la generosidad de tu alma tiende a sacrificarse por todos los seres dignos de lástima. Ya sé que con eso yo también debería tener bastante. Supongo que los únicos sentimientos que me corresponderían albergar hacia ti son de tipo paternal. ¿No te parece? Anda, dime lo que te parece.

—Me parece lo que usted quiera, señor. Yo me conformo con ser su enfermera, si es lo que considera usted más adecuado.

—Pero, Jane, no te puedes pasar la vida siendo mi enfermera. Eres joven, algún día te casarás.

—No me pienso casar, es algo que no me importa.

—Pues debería importarte, Jane. Si yo fuera el que fui antaño, procuraría hacerte cambiar de opinión. Pero así, ya ves, ¡un pedazo de leño ciego!

Volvió a sumirse en la pesadumbre. Pero yo, en cambio, me sentí más estimulada, como si me hubieran insuflado una bocanada de coraje. Las últimas palabras de Rochester me hicieron comprender dónde residía para él el escollo. Pero, como yo no lo consideraba tal, me vi libre de la timidez que al principio me había cohibido. Así que reanudé la conversación en un tono más animado.

—Ya es hora de que alguien se tome la molestia de adecentarlo a usted —dije, agarrando un mechón de su abundante pelambrera—, porque veo que se está transformando en un león o cosa parecida. Se da usted un aire a Nabucodonosor en el campo de batalla, no me diga que no. Tiene una melena que recuerda al plumaje de las águilas, y a saber si las uñas no las tendrá también crecidas como garras de pájaro. No me he fijado todavía.

—En este brazo no tengo ni mano ni uñas —dijo sacando el izquierdo para enseñarme su muñón—. ¿No te parece, Jane, una mutilación siniestra, horrible de ver?

—Da mucha pena verlo, sí, y también ver sus ojos y esa cicatriz que le cruza la frente. Pero lo peor es el peligro que corro de amarlo demasiado, precisamente por eso, y no querer otra cosa que dedicarle mi vida entera.

—Creí, Jane, que no podrías resistir la repugnante visión de mi muñón y mis cicatrices.

—¿Eso creyó? Pues no me lo repita, o tendré que decirle yo el desprecio que me produce un juicio como ese. Ahora le voy a dejar un momento para que vengan a limpiar un poco la chimenea y a prepararle un fuego mejor. ¿Cuando arde un buen fuego lo nota usted?

—Sí, con el ojo derecho consigo ver un resplandor rojizo, como entre brumas.

—¿Y las velas las ve?

—Muy borrosas, veo como una especie de nube con algo de luz.

—¿Y a mí me puede ver?

—No, mi dulce hada. Pero bastante privilegio es poder oírte y sentirte cerca.

—¿A qué hora cena usted?

—Nunca ceno.

—Pues esta noche va a cenar. Yo tengo hambre y seguro que usted también, aunque no se haya dado cuenta.

Llamé a Mary y al poco rato la habitación había adquirido un aspecto más acogedor. Mientras tanto, yo preparé una cena apetitosa. Me sentía muy exaltada y, tanto a lo largo de la cena como durante la sobremesa, mantuvimos una tertulia fluida y grata. Nada obstaculizaba mi alegría ni reprimía mi espontaneidad, junto a él me encontraba como pez en el agua, porque notaba que le encantaba oírme. ¡Qué complicidad tan deliciosa! Conseguía reavivar y sacar a flote lo mejor de mi naturaleza; cada uno de nosotros vivía intensamente en presencia del otro. Y a pesar de estar ciego, el rostro se le iluminaba al sonreír, se le borraba el ceño y sus rasgos se suavizaban y emitían calor.

Después de cenar, empezó a hacerme varias preguntas sobre lo que había hecho, dónde había estado y cómo me enteré de su paradero. Pero no le aclaré a fondo mi historia, porque ya era tarde para entrar en detalles. Además no quería pulsar sus cuerdas más sensibles ni hurgar en su pozo para que afloraran nuevas emociones. Lo más importante, de momento, era animarlo; y un poco lo estaba consiguiendo, pero la suya era una animación que decaía a ratos. Si la conversación se veía interrumpida por algún tramo de silencio, se le notaba inquieto, alargaba el brazo para tocarme y murmuraba mi nombre.

—Jane, ¿eres humana por completo? ¿Estás segura de que lo eres, Jane?

—Yo lo creo a conciencia, señor Rochester.

—Entonces, ¿cómo has logrado en esta doliente y sombría tarde aparecer aquí, en mi desolada vivienda? Alargué el brazo para tomar de manos de una criada un poco de agua y fuiste tú quien me dio de beber. Hice una pregunta a la mujer de John y fue tu voz la que resonó en mis oídos.

—Claro, porque entré en sustitución de Mary, y traje yo la bandeja.

—Y me sigues hechizando ahora mismo, y durante todo el rato que llevas aquí. Nadie puede hacerse una idea de la vida tan desgraciada, desolada y tenebrosa que llevo aquí desde hace meses. Es horrible no tener nada que hacer, no esperar nada, no sentir más que frío cuando se apaga el fuego y hambre cuando me olvido de comer, traspasado por una pena sorda y continua, solamente interrumpida a veces por el delirante anhelo de volver a ver a mi Jane. Sí, Jane, la añoranza de recuperarte ha sido más fuerte que la de recobrar la vista perdida. ¿Cómo es posible que ahora Jane esté a mi lado, que me hable, que diga que me quiere? ¿No desaparecerá tan bruscamente como llegó a mi lado? Me da miedo no encontrarla ya aquí mañana.

Me di cuenta de que el modo más seguro de atenuar sus temores era iniciar alguna cuestión práctica y banal, en vez de darle coba al hilo desasosegante de su obsesión. Así que le pasé un dedo por las cejas y comenté que las tenía chamuscadas. Algún remedio había que poner para que le crecieran vigorosas y negras como antes.

—¿De qué sirve, oh, espíritu benéfico, que te pongas a mejorar mi aspecto, si en cualquier momento fatal desaparecerás de nuevo, como una sombra, hacia un lugar confuso y lejano que nunca seré capaz de descubrir?

—Vamos a ver, señor, ¿tiene un peine?

—¿Para qué, Jane?

—Para peinarle esa melena hirsuta y negra. Cuando se le mira de cerca, la verdad es que asusta un poco. Dice que yo soy un hada, pero usted parece un trasgo.

—Estoy horrible, ¿verdad, Jane?

—Bueno, siempre ha estado horrible.

—¡Vaya! La vena sarcástica, donde quiera que hayas estado, no te la han conseguido quitar.

—He estado con gente buena, cien veces más buena que usted. Gente cultivada y de altas miras, con unos ideales y criterios que para usted los quisiera.

—¿Qué gente? ¿Con quién diablos has estado viviendo?

—Si se agita de esa manera, va a conseguir que le arranque el pelo. Sería la única manera de que dejara de tener dudas sobre mi sustancia corporal.

—De verdad, Jane, ¿con quién has vivido?

—Esta noche, señor, no me lo va a sonsacar. Tendrá que esperar a mañana. Dejar el cuento a medias es una garantía, y usted lo sabe, de que apareceré mañana a la hora del desayuno para acabarlo.

Por cierto, tengo que acordarme de no traer solo un vaso de agua. Por lo menos un huevo y unas lonchas de jamón frito, de eso no se libra.

—¡Cómo cambia de conversación y se burla de mí el hada a quien los hombres dieron alimento! Me pones, Jane, de un humor que no probaba desde hace un año. Si Saúl te hubiera tenido a su lado en sustitución de David, no habría hecho falta el arpa para exorcizar el mal.

—Bueno, señor, ya le he puesto un poco más decente. Ahora le voy a dejar, porque llevo tres días de viaje y estoy derrengada. Buenas noches.

—Solo una cosa, Jane. En la casa donde has vivido, ¿había solo mujeres o no?

Me eché a reír sin contestarle, y salí de la habitación. Luego, cuando subía corriendo las escaleras, me seguía riendo yo sola. «¡Estupendo! —me dije encantada—. Es una idea excelente para apartar de su horizonte la melancolía durante algún tiempo».

A la mañana siguiente muy temprano le vi dar vueltas por la casa, escaleras abajo y escaleras arriba. En cuanto Mary se levantó, oí las preguntas sucesivas y ansiosas que le dirigía:

—¿Sigue aquí la señorita Eyre? ¿En qué cuarto la habéis puesto? ¿Estaba ventilado? ¿Se ha despertado ya? Sube a preguntarle si necesita algo y que cuánto va a tardar en levantarse.

Bajé cuando calculé que ya estaría dispuesto el desayuno. Entré de puntillas en el salón para poder contemplar a Rochester antes de que él se diera cuenta de que estaba allí. Era muy triste, desde luego, darse cuenta de cómo sus distintas dolencias abatían aquel espíritu vigoroso. Se había sentado en una silla y, aunque estaba quieto, se le veía intranquilo, a la expectativa, y los rasgos del semblante contagiados por el desconsuelo que ahora le era habitual. Su rostro recordaba una lámpara apagada, a la espera de que alguien volviera a encenderla. Porque por desgracia hacer brotar la chispa de la animación no estaba en su mano, necesitaba que otro le prestara ese servicio. A pesar de que yo me había propuesto mostrarme alegre y despreocupada, la impotencia de aquel hombre tan fuerte me encogió el corazón. Me acerqué a él, sin embargo, sacando fuerzas de flaqueza.

—Hace una mañana preciosa de sol, señor —le dije con la mayor vivacidad que pude—. Ya no llueve, ¡y se ha quedado una luz tan suave! Debería salir a dar un paseo cuanto antes.

Había conseguido prender la chispa; se le iluminó el rostro.

—¡Ah, vuelves a estar ahí de verdad, alondra de la mañana! Acércate para que compruebe que no has levantado el vuelo ni te has desvanecido. Hace un rato oí cantar en el bosque a uno de tus congéneres, pero su canción no me resultó musical, y tampoco el sol emitía rayos. Toda la melodía del mundo se concentra en la lengua de mi Jane, y esa es la que recogen mis oídos, menos mal que no nació muda, y solamente junto a ella se me meten en el alma los rayos del sol.

Se me saltaron las lágrimas ante aquella confesión de la propia dependencia, como si un águila real encadenada a su pértiga se viera obligada a recibir su sustento de un gorrión. Pero, como no quería caer en la compasión lacrimosa, me enjugué las lágrimas y me entregué a la tarea de preparar un buen desayuno.

Pasamos casi todo el día al aire libre. Lo saqué del bosque tupido y húmedo para conducirle hacia pasajes más alegres cuyo brillante verdor le iba descubriendo; le hablaba del frescor de las flores y los setos, del limpio azul del cielo. Le busqué asiento sobre un tocón de árbol, en un lugar recóndito y, cuando me lo pidió, no me negué a sentarme en sus rodillas. ¿Por qué iba a rechazar hacerlo, si tanto él como yo nos encontrábamos más a gusto cuanto más cerca estábamos el uno del otro? Pilot se había tendido a nuestros pies, todo era quietud. Al poco rato de tenerme abrazada, de repente saltó:

—¡Oh, Jane, cruel desertora! No te imaginas lo mal que lo pasé cuando me di cuenta de que te habías escapado de Thornfield y no te pude encontrar por ninguna parte. Revolví en tu habitación y comprobé que no te habías llevado nada, ni dinero ni un solo objeto de valor. Allí estaba, intacto en su estuche, el collar de perlas que te regalé, allí estaban tus baúles cerrados y atados tal como los habías preparado para nuestro viaje de novios. «¿Qué va a ser de mi dulce Jane (pensaba) sin dinero y abandonada a sus fuerzas? ¿Cómo se las va a arreglar?». Así que cuéntamelo ahora, cuéntame lo que hiciste.

Ante su insistencia, empecé la narración de mis peripecias. Suavicé mucho los tramos relativos a mi vagabundeo de los tres días primeros, al hambre y extenuación que padecí, porque sería añadir un dolor inútil a los que ya sentía. Lo poco que le dije, sin embargo, le hirió más de lo que yo esperaba.

No debí abandonarlo de aquella manera (adujo) sin contar con algún medio para emprender mi nueva andadura. Debí aclararle mis intenciones, haber confiado en él, que jamás me hubiera obligado a ser su amante si yo no quería. Por muy violento que se hubiera mostrado a causa del despecho, me amaba demasiado para someterme a tiranía, estaba lejos de sospechar yo la ternura de sus sentimientos. Me habría dado la mitad de su fortuna sin pedir ni un beso a cambio, con tal de no permitir que me arrojara sin recurso alguno en brazos del despiadado mundo. Estaba seguro de que había pasado por muchas más pruebas de las que confesaba.

—Bueno, mis sufrimientos (fueran como fueran) la verdad es que duraron poco —le dije.

Y acto seguido pasé a relatarle lo bien recibida que había sido en Moor House, cómo había conseguido el puesto de maestra y todo lo demás. Luego llegaron uno por uno los episodios de la herencia y de cómo descubrí que los habitantes de Moor House eran primos míos por parte de padre. A lo largo del relato el nombre de St. John salió a relucir con frecuencia, como es natural, y, en cuanto hice una pausa, Edward Rochester se apresuró a preguntarme cosas sobre él.

—Ese St. John, entonces, ¿es tu primo?

—Mi primo, sí.

—Hablas mucho de él. ¿Te gustaba?

—Es muy bueno, señor, un hombre cabal. ¿Cómo no iba a gustarme?

—¿Un hombre cabal? Supongo que quieres decir respetable, ¿no?, decente, de unos cincuenta años. ¿Es eso lo que quieres decir?

—Cincuenta años no. Solo tiene veintinueve, señor.

Jeune encore[103], como dicen en Francia. ¿Es de baja estatura, flemático, insignificante? ¿Consiste su bondad más bien en la carencia de vicios que en la abundancia de virtudes?

—Despliega una actividad infatigable. Y dedica su vida a la consecución de exaltadas y admirables proezas.

—Pero ¿y su inteligencia? ¿No será un poco ñoña? Sus intenciones serán excelsas, pero ¿a que te aburre oírle perorar?

—No habla mucho, señor. Pero lo que dice da siempre en la diana. Tiene una inteligencia privilegiada, no sentimental sino vigorosa.

—O sea que es un hombre de una pieza.

—Exactamente.

—¿Y de educación cómo anda?

—Tiene mucho talento y no para de estudiar.

—Pero dijiste, me parece, que sus modales te gustaban poco. ¿No será un pedante, pagado de sí mismo?

—No dije nada de sus modales. Pero si no los aprobara estaría dando pruebas de mal gusto. Es elegante, tranquilo y caballeroso.

—Lo que no recuerdo, Jane, es la descripción que me hiciste de su aspecto. Yo me lo figuro como una especie de vicario sin cuajar, medio sofocado por el alzacuello, y aupado en unas botas de suela gruesa.

—Pues no. St. John viste muy bien. Es un hombre guapo, alto, rubio, con ojos azules. Y un perfil griego.

—¡Maldito sea! —farfulló el señor Rochester en un aparte.

Y luego, dirigiéndose a mí, preguntó:

—¿A ti te gustaba, Jane?

—Sí, señor Rochester. Pero eso ya me lo ha preguntado antes.

Había percibido, por supuesto, la dirección que estaba tomando la pesquisa de mi interlocutor. Los celos habían hecho presa en él y era víctima de sus mordiscos. Pero aquella picadura de los celos era salutífera, porque suponía una escapatoria del colmillo retorcido de la melancolía. Así que me propuse no espantar enseguida a esta otra serpiente.

—Quizá no tenga ganas, señorita Eyre, de seguir sentada en mis rodillas —fue su siguiente observación, que me pilló de improviso.

—¿Por qué no, señor Rochester?

—El cuadro que acaba de describirme aporta un contraste demasiado agobiante. Sus palabras han dibujado certeramente a un bellísimo Apolo, que no es capaz de desterrar de su memoria, alto, rubio, de ojos azules y perfil griego. Y ahora está usted contemplando a un Vulcano, un auténtico herrero ancho de hombros, de tez oscura, tosco y, por más señas, tullido y ciego.

—Pues nunca se me había ocurrido, señor, pero es verdad que se parece usted a Vulcano, el dios del fuego.

—Muy bien, señora, pues ya puede usted marcharse. —Pero me estrechó con más fuerza, y añadió—: Quiero, sin embargo, que tenga la bondad, antes de irse, de contestarme a un par de preguntas.

Hizo una pausa.

—¿Qué preguntas, señor Rochester?

Y el interrogatorio continuó en estos términos:

—¿Te ofreció el puesto de maestra ese St. John antes de saber que erais primos?

—Sí.

—¿Y le veías con frecuencia? ¿Solía visitar la escuela?

—A diario.

—¿Les daba el visto bueno a tus tareas, Jane? Seguro que lo harías todo con acierto, porque tienes mucho talento.

—Le parecía bien lo que hacía, sí.

—¿Descubrió en ti muchas cosas que le sorprendieron? Algunas de tus ideas se salen de lo corriente.

—A eso no sé qué contestar.

—Dices que vivías en una casita junto a la escuela. ¿Iba él a visitarte?

—De vez en cuando.

—¿De noche?

—Sí, vino una o dos veces por la noche.

Se hizo una pausa.

—¿Cuánto tiempo viviste con él y sus hermanas después de descubrir el parentesco que os unía?

—Cinco meses.

—¿Dedicaba Rivers mucho tiempo a estar con las mujeres de la familia?

—Sí. El salón de atrás nos servía de despacho a los cuatro. Él solía sentarse cerca de la ventana, y nosotras a la mesa.

—¿Estudiaba mucho él?

—Sin parar.

—¿Y qué estudiaba?

—Indostaní.

—¿Y tú qué hacías mientras tanto?

—Al principio me puse a aprender alemán.

—¿Te daba clase él?

—No. Él no sabe alemán.

—¿Entonces, no te enseñó nada?

—Sí, unas nociones de indostaní.

—¿Rivers te enseñaba indostaní?

—Sí, señor.

—¿Y a sus hermanas también?

—A ellas no.

—O sea que solo a ti.

—Solo a mí.

—¿Le pediste tú que te lo enseñara?

—No.

—Entonces es que él tenía ganas de darte clase.

—Pues sí.

Hubo otra pausa.

—¿Y cómo se le ocurrió eso? ¿De qué puede servirte a ti aprender indostaní?

—Bueno, es que pretendía llevarme con él a la India.

—¡Acabáramos! Ya apareció el quid de la cuestión. ¿Pensaba casarse contigo?

—Me pidió que nos casáramos, sí.

—¿No lo estarás inventando con el mayor descaro para hacerme rabiar?

—Lo siento, pero es la pura verdad. Me lo pidió varias veces y con tanta insistencia y terquedad como usted lo hiciera antaño.

—Le repito, señorita Eyre, que se vaya y me deje en paz. ¿Cuántas veces tendré que decírselo? ¿Por qué ese empeño de seguir sentada en mis rodillas, cuando le he dicho que se levante?

—Porque me encuentro muy a gusto así.

—No, Jane, no puedes sentirte a gusto. Tu corazón no está conmigo, sino con tu primo, con ese St. John. Hasta hace unos instantes, ¡ay de mí!, creía que mi Janet era solo mía. Pensaba que incluso cuando me abandonó me seguía amando, y eso era echar un poco de azúcar sobre tanta amargura. Todo el tiempo que ha durado nuestra separación, y a despecho de las ardientes lágrimas que he vertido, nunca pensé que ella, mientras yo la echaba continuamente de menos, se estaba enamorando de otro. Pero quejarse no sirve de nada, Jane. Vete, por favor, y cásate con Rivers.

—Me tendría que echar de su lado a golpes y a empujones, señor, porque yo por mi propia voluntad no me pienso mover de aquí.

—Me sigue encantando tu tono de voz, Jane, tan sincero que enciende la esperanza. Oírte me hace retroceder al año pasado. Me haces olvidar que ahora estás atada por otro compromiso; pero no he perdido la razón, así que vete.

—¿Que me vaya adónde, señor?

—A seguir tu propio camino, junto al hombre que has elegido por esposo.

—¿Y quién es?

—Lo sabes de sobra, ese señor Rivers.

—Ni es mi esposo ni lo será nunca. No me ama. Ni yo a él. Está enamorado de una señorita muy guapa que se llama Rosamond, en fin, si puede llamarse amor a eso, no es del tipo que usted concibe. Ha querido casarse conmigo solo porque se le ha metido en la cabeza que doy la talla como esposa de un misionero, y la otra señorita no. Tiene buenos sentimientos y es un gran hombre, pero demasiado rígido. Y en lo que respecta a su relación conmigo, frío como el hielo. No se parece en nada a usted, señor. No soy feliz a su lado, ni me gusta tenerlo cerca. No es indulgente ni cariñoso conmigo, no me encuentra atractivo alguno, ni siquiera el de mi juventud. Solamente aprecia alguna de mis aptitudes intelectuales que pueden servirle. ¿Y le voy a dejar a usted, señor, por una persona como esa?

Me había estremecido sin querer, e instintivamente me abracé más estrechamente a mi ciego y querido señor. Él sonrió.

—¿Es verdad eso, Jane? ¿Es así como han quedado las relaciones entre tu primo y tú?

—Exactamente así, señor. No tiene motivo alguno para estar celoso. He querido bromear un poco sobre este asunto para distraerle de sus penas, porque creo que la ira le sienta mejor que el dolor. Pero, si lo que pretende es que le quiera, no puede imaginarse hasta qué punto le quiero, si lo supiera estaría contento y orgulloso. Mi corazón le pertenece por entero, y puede quedarse con él, aunque dispusiera el destino que el resto de mi ser hubiera de exiliarse para siempre.

Cuando volvió a besarme, noté que su rostro se ensombrecía, víctima de penosos pensamientos.

—¡Mi vista perdida! ¡Mi fortaleza desmantelada! —murmuró con voz doliente.

Procuré serenar su ánimo con mis caricias, porque sabía lo que estaba sintiendo. Hubiera querido hablar por él, pero no me atrevía. Volvió un momento el rostro y vi cómo una lágrima escapaba de su párpado cerrado y se deslizaba mejilla abajo. Se me partía el corazón.

—No valgo más que aquel viejo castaño fulminado por el rayo en el huerto de Thornfield —dijo al cabo de un rato—. ¿Y con qué derecho va a solicitar esta ruina que una fresca y primorosa enredadera venga a cubrir su decrepitud?

—No es usted ninguna ruina, señor, ni ningún árbol partido por el rayo; conserva su vigor y su lozanía. Aunque usted no quiera, múltiples plantas vendrán a crecer en torno a sus raíces, buscando la delicia de su abundante sombra, y a medida que vayan creciendo se abrazarán a su tronco y le darán su aliento, porque considerarán su fuerza como el sostén más seguro.

Sonrió de nuevo. Había logrado confortarlo.

—¿Te refieres a nuestra amistad, verdad, Jane? —preguntó.

—Claro, de eso estoy hablando.

Lo dije con cierta vacilación, porque me daba cuenta de que mis palabras encerraban algo más que amistad. Pero no sabía cómo expresarme. Menos mal que él vino en mi ayuda.

—Pero yo, Jane, necesito una esposa.

—¿De verdad, señor?

—Sí, ¿te extraña?

—Un poco. Nunca me había dicho nada de eso.

—¿Y cómo recibes una noticia de este tipo?

—Depende de las circunstancias, señor, según la elección que haga.

—Pues elige por mí, Jane. Lo que tú decidas, bien decidido estará.

—Mi consejo, entonces, es que elija a la mujer que más le quiera.

—Mira, voy a elegir, por lo menos, a la que yo más quiero. ¿Aceptas casarte conmigo, Jane?

—Sí, señor.

—¿Con un pobre ciego al que tendrás que llevar de la mano?

—Sí, señor.

—¿Con un hombre mutilado, veinte años más viejo que tú, y al que tendrás que cuidar?

—Sí, señor.

—¿De verdad, Jane?

—Completamente de verdad.

—Que Dios te bendiga y te recompense, amor mío.

—Si alguna vez en mi vida, señor Rochester, llevé a cabo una buena acción, si tuve algún buen pensamiento o recé de corazón y sin insidia, si deseé algo justo, ahora recibo mi recompensa. Casarme con usted es la felicidad mayor a que puedo aspirar en este mundo.

—Porque te encantan los sacrificios.

—¡Sacrificio! ¿Dónde está el sacrificio? ¿En cambiar el hambre por la comida y la incertidumbre por la satisfacción? Si el privilegio de tener entre mis brazos al ser que prefiero, besar a quien amo y apoyarme en quien me inspira confianza lo considera un sacrificio, entonces, desde luego, me encantan los sacrificios.

—Y además aguantar mis enfermedades y pasar por alto mis defectos.

—Que para mí no existen, señor. Le quiero más ahora que puedo serle útil que cuando se mostraba orgulloso de su independencia y odiaba desempeñar cualquier papel que no fuera el de dadivoso protector.

—Hasta ahora odiaba que nadie me ayudase o me sirviera de guía, pero a partir de tu retorno me parece que eso va a cambiar. No me gustaba poner mi mano en la de un servidor a sueldo, pero sentirla rodeada por los pequeños dedos de mi Jane es algo delicioso. Preferiría la más completa soledad a las incesantes atenciones de los criados, pero la dulce ayuda de Jane será fuente perenne de alegría. Jane me sienta bien. ¿Y yo a ella?

—Hasta la más delicada fibra de mi cuerpo, señor.

—Si están así las cosas, no hay motivo alguno de demora. Tenemos que casarnos enseguida.

Lo había dicho con la misma vehemencia que se traslucía en su aspecto. Estaba recuperando su ímpetu de antaño.

—Tenemos que hacer uno de nuestros dos cuerpos, Jane, y además sin tardanza. El tiempo que lleve arreglar los papeles.

—Acabo de darme cuenta, señor Rochester, de que el sol ya va bajando y de que Pilot se ha ido a casa a cenar. ¿Me deja ver su reloj?

—Ponlo en tu cintura, Jane, y a partir de ahora llévalo, porque a mí no me sirve de nada.

—Son cerca de las cuatro de la tarde, señor. ¿No tiene hambre?

—Dentro de tres días nos casamos, Jane. Nada de ajuar ni de joyas esta vez. Todo eso es hojarasca.

—El sol ha secado las gotas de lluvia, señor. No sopla nada de brisa y hace bochorno.

—¿Sabes, Jane, que llevo tu collar de perlas anudado a mi cetrino cuello por debajo de la corbata? Desde el día en que perdí a mi tesoro, lo llevo siempre en memoria suya.

—Volveremos cruzando el bosque. Es el camino más fresco.

Él, sin hacerme caso, continuó dando rienda suelta a sus pensamientos.

—Seguro, Jane, que me consideras más ateo que un perro. Pero en este momento mi corazón estalla de gratitud por la merced de Dios. Él no ve como ven los hombres, sino mucho más claro, ni juzga como los hombres, sino con mayor sabiduría. Me equivoqué: pensaba mancillar una flor inocente y cubrir de culpa su pureza. Y el Omnipotente me la arrancó. Yo, empecinado en mi rebeldía, casi maldije su designio; en lugar de postergarme ante su decreto, lo desafié. La justicia divina siguió su curso, y los desastres llovieron sobre mí. Me vi obligado a bordear el valle sombrío de la muerte. Los castigos divinos son severos y a mí me tocó uno que me ha humillado para siempre. Sabes lo jactancioso que era de mis capacidades físicas, y ya ves a lo que he quedado reducido, tengo que depender de la colaboración ajena, como un niño vulnerable. Hasta hace poco, Jane, muy poco, no he empezado a reconocer la mano de Dios en mi desventura. He empezado a sentir remordimientos y propósito de enmienda: un deseo de reconciliarme con mi Creador. Y a veces he rezado; aunque se tratara de plegarias breves, me salían del corazón.

»Hace unos días, no sé cuántos, sí, cuatro, porque fue el lunes por la noche, me entró un humor muy raro, el dolor dio paso al frenesí y la pena a la irritación. Llevaba ya mucho tiempo creyendo que jamás volvería a encontrarte y que probablemente habrías muerto. Esa noche, ya tarde, serían entre las once y las doce, antes de retirarme para iniciar mi temido descanso, supliqué a Dios que, si lo tenía a bien, abreviara cuanto antes mi vida y me permitiera acceder al reino donde aún me quedaban esperanzas de reunirme con mi Jane.

»Estaba en mi cuarto, sentado junto a la ventana abierta. Me serenó sentir el aire balsámico de la noche, a pesar de que no puedo ver las estrellas y de la luna solo percibo un vago vislumbre luminoso. ¡Con qué intensidad te echaba de menos, Jane! Añoraba tu cuerpo y tu alma al mismo tiempo. Le pregunté a Dios, con una mezcla de angustia y humildad, que si no juzgaba ya suficientes mis tormentos, aflicción y desesperanza, y si nunca me dejaría volver a probar el bienaventurado sabor de la paz, al menos por una vez. Reconocía merecer todo lo que estaba padeciendo, pero me iba a ser difícil aguantar por mucho más tiempo. Intercedí por mi caso, y el alfa y omega de mis anhelos ocultos de mi corazón brotaron sin querer de mis labios materializados en las palabras “¡Jane! ¡Jane! ¡Jane!”.

—¿Pronunció en voz alta esas palabras?

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