Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo XI
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—Sí, Jane. Si me hubiera escuchado alguien, me habría tenido por loco. Hasta tal punto puse energía y frenesí en aquella exclamación.
—¿Y eso ocurrió el lunes pasado, alrededor de medianoche?
—Sí. Pero la hora no tiene importancia.
Lo más raro es lo que pasó luego. Si te lo cuento, me vas a tomar por supersticioso, aunque algo supersticioso he sido siempre; pero es verdad, lo que voy a contarte es la pura verdad.
»Cuando dije “¡Jane, Jane, Jane!” oí una voz que no sé de dónde pudo llegarme, pero sí de quién era. Y esa voz me dijo: “¡Voy, espérame!”. Y un momento después, el murmullo del viento me trajo la pregunta: “¿Dónde estás?”.
»Te voy a transmitir, si soy capaz, la idea, la imagen que esas palabras suscitaron en mi mente, aunque no es fácil de expresar. Ferndean está sepultado, como has visto en un tupido bosque, que apaga todos los sonidos, y los hace morir sin eco. Aquel “¿Dónde estás?” parecía venir de lejos por entre las montañas, porque sonaba vibrando como si chocara en las cumbres. En aquel momento también la tibia brisa refrescó mi frente y me puse a imaginar que estaba en un paraje agreste y desierto donde me encontraba con mi Jane. Dentro de mi alma me pareció que nos encontrábamos de verdad. A esas horas tú estarías seguramente sumida en la inconsistencia del sueño; quién sabe si tu alma saldría de la celda donde se encierra para venir a consolarme. Y te lo digo porque aquel acento era el de tu voz; tan verdad es como que estoy vivo.
Había sido el lunes por la noche, querido lector, alrededor de la medianoche, a la misma hora en que yo recibí aquella extraña llamada, y las palabras que Rochester había oído son exactamente las que yo pronuncié como respuesta. Escuché atentamente la narración de mi señor, pero no quise revelarle mi versión. Aquella coincidencia me aturdió de forma tan inexplicable y turbadora que no me sentí capaz de comentar nada acerca de ella. Si le decía algo, mi relato habría impresionado sin remedio y de forma demasiado intensa aquella mente aún tan propensa a la depresión. Con ahondar en los detalles de esta experiencia sobrenatural no iba a beneficiarse el talante ya sombrío de mi interlocutor. Así que me guardé el cuento para mí y lo rumié a solas.
—Por eso no te extrañará —continuó mi señor— que anoche cuando llegaste tan de repente me costase trabajo creer que no eras una mera aparición, una voz sin cuerpo, algo que podría esfumarse desleído en el silencio, igual que el susurro de días atrás resonando como un eco entre montañas se desvaneció también. Lo de ahora, gracias al cielo, veo que es diferente. ¡Alabado sea Dios!
Me apartó de sus rodillas, se levantó, se quitó solemnemente el sombrero, dirigió sus ojos ciegos hacia la tierra y quedó embebido en una muda plegaria. Solamente pude oír las últimas palabras de aquella oración.
—Le doy gracias a mi Creador por haberme regalado la piedad en el curso de su sentencia. Pido humildemente a mi Redentor que me dé fuerzas para llevar de ahora en adelante una vida más cabal.
Alargó la mano para dejarse guiar por mí. Estreché entre las mías aquella mano amada y la mantuve unos instantes contra mis labios antes de pasarla alrededor de mis hombros. Como era mucho más baja que él, le servía al mismo tiempo de guía y de bastón. Nos adentramos en el bosque y emprendimos el camino de vuelta a casa.