Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo XII
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Capítulo XII
Conclusión
Me casé con él, lector. Celebramos una boda sencilla, a la cual aparte de nosotros solo acudieron el párroco y el sacristán. Cuando volvimos de la iglesia, me dirigí a la cocina, donde Mary estaba preparando la comida y John abrillantando los cuchillos, y dije:
—Mary, me he casado esta mañana con el señor Rochester.
Tanto el ama de llaves como su marido pertenecían a ese tipo de personas flemáticas a las que puedes comunicar la noticia más llamativa con toda tranquilidad y sin miedo de que te aturdan los oídos con comentarios estridentes ni una lluvia de palabrería admirativa. Mary levantó la vista y se me quedó mirando; el cucharón con el que estaba sazonando un par de pollos que asaba en la lumbre quedó suspendido en el aire durante unos minutos, el mismo tiempo que John interrumpió su tarea de abrillantar los cuchillos. Luego Mary, inclinándose nuevamente hacia el asado, se limitó a decir:
—¿De verdad, señorita? Pues qué bien.
Y al poco rato dijo:
—La vi salir con el señor, pero no sabía que fueran a la iglesia para casarse.
Y siguió dándole vueltas al asado. De pronto miré a John, que se reía de oreja a oreja.
—Ya le decía yo a Mary que eso acabaría por pasar —dijo—. Conozco bien al señor Edward.
John, por ser criado antiguo, trataba al amo desde pequeño, y por eso se permitía llamarle por su nombre de pila.
—Sabía bien —continuó— lo que el señor Edward se proponía, y estaba seguro de que no tardaría en llevarlo a cabo. Y ha hecho muy bien, ya lo creo. ¡Le deseo toda clase de felicidades, señorita! —concluyó, quitándose cortésmente la gorra.
—Gracias, John. El señor Rochester me ha dado esto para ustedes.
Le entregué un billete de cinco libras y salí de la cocina. Al poco rato, cuando volví a cruzar ante la puerta de aquel recinto, pesqué al vuelo estas palabras:
—Mejor le irá que con ninguna de esas señoritingas.
Y luego:
—Podría haber encontrado otra más guapa, pero no más honrada ni de mejor carácter. Y además que, por lo que se ve, a él le parece guapísima.
Escribí enseguida a Moor House y a Cambridge para notificar a mis primos lo ocurrido. Y también para explicarles las razones de mi decisión. Mary y Diana la aprobaron incondicionalmente. Diana me anunció que, en cuanto pasara nuestra luna de miel, haría un viaje a Ferndean para visitarnos.
—No debe esperar tanto para venir —dijo Edward cuando le leí la carta de Diana—. Se expone a no venir nunca, porque nuestra luna de miel va a durar la vida entera, y solo tu muerte o la mía podrán ponerle fin.
No tengo ni idea, en cambio, de cómo reaccionaría St. John ante aquella noticia, porque nunca contestó a la carta donde se la comunicaba. Seis meses más tarde, no obstante, me escribió una carta serena y amable, aunque seria, en la cual no se mencionaba para nada al señor Rochester ni mi boda con él. Desde entonces mantenemos una correspondencia regular, aunque esporádica, y siempre expresa en sus misivas la esperanza de que sea feliz y la confianza en que no me cuente entre los seres que pasan por este mundo olvidados de Dios y exclusivamente inmersos en asuntos terrenales.
Supongo, lector, que no te habrás olvidado de la pequeña Adèle. Yo, que tampoco la había olvidado, un día le pedí permiso a mi marido para ir a verla al internado donde se estaba educando. Mi visita le produjo una alegría tan desenfrenada que me conmovió. Estaba pálida y desmejorada y me dijo que no era feliz. Las normas de aquella escuela me parecieron demasiado rígidas, como desproporcionada la exigencia en el estudio para una niña de tan corta edad. Así que la saqué de allí y me la llevé a casa, con la pretensión de volver a servirle de institutriz. Pero resultó imposible porque ahora había otra persona que reclamaba todo mi tiempo y mis cuidados, aquella a quien me había unido en matrimonio. Así que busqué para Adèle un colegio menos intransigente y que estuviera lo bastante cerca de nosotros para poder ir a verla a menudo y traerla a casa algunas veces. Me preocupé de que no le faltase nada que pudiera contribuir a su bienestar y no tardó en adaptarse a su nueva vida, sentirse más feliz y hacer progresos en sus estudios. A medida que iba creciendo, la sólida educación inglesa corrigió en gran medida sus defectos de origen. Y cuando abandonó la escuela, se había convertido, para mí, en una compañera dócil, bien educada y de dulce carácter. Con sus atenciones para conmigo y mi familia, hace tiempo que me viene recompensando con creces cualquier bondad que en el pasado yo pudiera tener para con ella.
Mi historia va tocando a su fin. Solamente para rematarla querría añadir un breve comentario sobre mi experiencia matrimonial y sobre la suerte corrida por aquellos personajes cuyos nombres han salido a relucir a lo largo de esta narración.
Llevo casada diez años y he aprendido a fondo lo que significa vivir entregada en cuerpo y alma al ser que más se ama. Me considero más privilegiada de cuanto mis palabras pudieran expresar, porque Edward es la vida para mí, igual que yo soy su vida. Ninguna mujer se habrá sentido con respecto a su marido tan carne de su carne como yo, tan alma de su alma. No nos aburrimos nunca ni él de mí ni yo de él, igual que no nos cansamos de que siga latiendo el corazón de cada uno en el pecho del otro. Estar juntos contiene al mismo tiempo la independencia de la soledad y el gozo de la compañía. Podría decir que nos pasábamos el día entero hablando, porque para nosotros hablar es simplemente una modalidad de pensamiento más estimulante y a veces audible. Tengo una completa confianza en él y él me corresponde, compenetración que da como resultado una concordia excelente.
El señor Rochester siguió ciego durante dos años, y eso contribuyó a unirnos tanto, porque yo me había convertido en sus ojos, como sigo siendo su mano izquierda. Era literalmente la niña de sus ojos, porque a través de los míos veía la naturaleza y leía los libros que yo incansablemente le leía. Tampoco me cansaba de llevarle a donde le apeteciera ni de prestarle cualquier servicio que requiriera de mí. Me los pedía sin sentirse avergonzado y eso convertía mi ayuda en placer exquisito. Mediaba tanto amor por ambas partes que ni él dudaba en pedir ni yo en dar.
Al cabo de dos años de nuestra boda, cuando estaba escribiendo una carta dictada por él, lo vi inclinarse hacia mí.
—Jane —preguntó—, ¿llevas algo brillante en el cuello?
Llevaba, en efecto, una cadena de oro de la que colgaba un reloj. Se lo dije.
—¿Y el vestido que llevas es azul celeste?
Lo era. Me confesó que desde hacía algún tiempo tenía la impresión de que la nube que cubría uno de sus ojos se hacía menos tupida. Pero que no se atrevía a asegurarlo.
Viajamos a Londres para que lo reconociera allí un especialista muy afamado, y acabó por recuperar la vista de ese ojo, aunque no de forma total. No puede leer ni escribir durante mucho rato, pero ha logrado moverse de acá para allá sin que nadie tenga que llevarlo de la mano. El cielo ha dejado de ser para él una página en blanco y la tierra un yermo. Cuando le pusieron entre los brazos a su hijo primogénito, pudo apreciar que había heredado el tamaño y la forma de sus ojos, tan negros y brillantes como los tuvo él una vez. También aquel día volvió a dar las gracias más conmovidas a Dios por haber suavizado piadosamente su castigo.
La felicidad mía y la de Edward se ve acrecentada al saber que también disfrutan de ella mis primas, a quienes queremos tanto. Diana y Mary se casaron y no pasa año sin que vengan a visitarnos o nosotros a ellas, según el turno que toque. El marido de Diana es capitán del ejército, distinguido por sus méritos y una bellísima persona. Mary se casó con un clérigo compañero de estudios de su hermano, de arraigadas virtudes y digno de ella. Tanto el capitán Fitzjames como el reverendo Wharton son esposos modelo y ellas los aman tiernamente.
En cuanto a St. John Rivers, dejó Inglaterra y se marchó a la India, de acuerdo con el plan preconcebido. Allí sigue y pocas veces se habrá dado un misionero más resuelto a luchar incansable contra todo tipo de obstáculos. Tenaz, leal y devoto, se desvive por sus semejantes haciendo alarde de energía y celo, roturando el estrecho sendero que lleva a la perfección, y erradicando con titánico esfuerzo todos los perjuicios y supersticiones que proliferan como la mala yerba. Puede que siga siendo ambicioso, intransigente y demasiado austero. Pero su austeridad es la del guerrero Greatheart, que protege a sus peregrinos del ataque de Apollyon[104]. Su exigencia es la del apóstol que habla en nombre de Cristo cuando exclama: «Quien quiera venir en pos mío, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Su ambición es la del espíritu puro que ansía ocupar un puesto en la primera fila de los elegidos por el Redentor y que se han presentado ante su trono libres de todo pecado, aquellos que comparten las últimas excelsas victorias del Cordero, de los llamados a su presencia por haber conseguido mantenerse fieles.
St. John no se ha casado ni se casará nunca. Hasta ahora él se ha bastado solo para la lucha, pero el combate se acerca a su fin y su glorioso astro se precipita hacia el ocaso. La última carta que recibí de él hizo afluir las lágrimas a mis ojos mortales, aunque por otra parte me colmó de celestial júbilo. Sugiere que ya está a la espera de su recompensa, de su corona incorruptible. Y sé que la próxima carta puede venir escrita por una caligrafía desconocida para comunicarme que el excelente y fiel siervo del Señor ha sido llamado por fin a disfrutar de su presencia. ¿Y hay motivos para llorar? La última hora de St. John no se verá oscurecida por el miedo, ni su muerte ofuscada. Su corazón se mantendrá impasible, firme su esperanza e inmutable su fe. Las propias palabras escritas por él así lo indican.
«Mi Señor me ha cursado un aviso. Cada día me anuncia su llegada con mayor claridad. “Estate seguro, que no tardaré”. Y yo siempre le contesto con la misma ansiosa presteza: “Así sea, ¡ven enseguida, pues, mi Señor!”».
Es lo que dice su última carta.
FIN