Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Primera parte » Capítulo XII

Página 17 de 53

Capítulo XII

Las esperanzas de desempeñar fácilmente mi cometido, auspiciadas por la buena acogida que tuve al llegar, no se vieron defraudadas a medida que fui conociendo mejor Thornfield y a sus habitantes. La señora Fairfax resultó ser lo que me había sugerido la primera impresión: una mujer apacible y amable por naturaleza, relativamente culta y de inteligencia normal. Mi alumna era una niña vivaracha, demasiado consentida y acostumbrada a los mimos, por lo cual muchas veces mostraba una vena caprichosa. Pero como me habían dado carta blanca en su educación y ninguna cortapisa interfería o frustraba mis planes para mejorarla, pronto fue deponiendo sus antojos y se volvió más dócil y obediente. No tenía una inteligencia privilegiada, no presentaba rasgos peculiares de carácter ni un desarrollo del gusto o de los sentimientos que la hicieran sobresalir por encima del rasero normal de la infancia, pero tampoco ningún vicio o fallo que la condenaran a estar por debajo. Hizo progresos razonables y a mí me fue cogiendo un cariño tal vez no muy profundo pero expresivo. Yo a cambio le devolvía un afecto fomentado por sus deseos de agradar, su sencillez y su risueño parloteo; y así los lazos que se fueron creando entre ambas alcanzaron la solidez suficiente para hacernos disfrutar de nuestra mutua compañía.

Esta confesión, par parenthèse[19], puede parecer fría a quienes elaboran solemnes teorías sobre la naturaleza angelical de los niños y sobre el deber de idolatrarlos contraído por los responsables de su educación. Pero yo no estoy escribiendo para halagar el egocentrismo de los padres, para entonar salmodias rimbombantes ni para propagar patrañas; estoy diciendo la verdad sin más. La escrupulosa preocupación que sentía por el bienestar de Adèle y sus progresos así como las serenas ataduras que me unían a su personita no se diferenciaban de mi afectuosa gratitud hacia la señora Fairfax por lo bien que me trataba siempre y lo a gusto que me había llegado a encontrar en su compañía, a cambio de la consideración que me mostraba sin alharacas y de la ponderación de su pensamiento y su conducta.

Cualquiera es libre de censurarme si tiene en cuenta además otra cosa: cuando yo salía a pasear por el campo y bajaba hasta las verjas para mirar la carretera a través de sus hierros, o cuando —aprovechando que Adèle jugaba con su niñera o la señora Fairfax se había metido en la despensa a hacer mermelada— subía al tercer piso, levantaba la trampilla del ático y salía al tejado para avizorar los campos parcelados, las colinas y la imprecisa línea del horizonte, en esos momentos ansiaba con ardor tener un poder de visión capaz de superar aquellos límites y llegar más allá, a las regiones y ciudades efervescentes de vida, de las que había oído hablar pero nunca me había sido dado conocer. Y lo que más deseaba entonces era tener más experiencia, más relación con mis semejantes y trato con gente distinta de la que estaba a mi alcance en aquel sitio. Apreciaba las buenas prendas de Adèle y la señora Fairfax, pero creía en la existencia de otra clase de bondad más excitante, y aquello en lo que creía necesitaba contemplarlo.

¿Quién me lo puede reprochar? Muchos, sin duda, me tendrían por ingrata. Pero no lo podía remediar, la inquietud que hacía presa en mí formaba parte de mi modo de ser, y muchas veces me zarandeaba dolorosamente. En esos casos, mi único consuelo lo encontraba paseando de arriba abajo por el pasillo del tercer piso; allí me sentía a salvo inmersa en el silencio y la soledad, y dándole permiso a los ojos de la mente para que se demoraran en cualquier brillante visión que brotara ante ellos… y eran muchas y fulgurantes. Allí permitía a mi corazón henchirse de una euforia que al mismo tiempo lo sumía en la perturbación y lo esponjaba de vida. Y lo mejor de todo era abrir secretamente los oídos a un cuento de nunca acabar creado por mi imaginación, narrado incesantemente, y abonado por incidentes de toda clase, por la vida, el fuego, y tantas sensaciones desconocidas por mí en la realidad que ardía en ansias de experimentar.

No sirve de nada afirmar que para los seres humanos debe suponer satisfacción suficiente el haber alcanzado la tranquilidad. Necesitan acción, y si no consiguen hallarla, la inventan. Existen millones de ellos condenados a una existencia más mortecina que la mía, pero otros tantos millones se rebelan en silencio contra su sino. Nadie puede calcular cuántas rebeliones, dejando aparte las políticas, fermentan entre el amasijo de seres vivos que pueblan la tierra. Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No pueden soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasa a ellos. Y supone una gran estrechez de miras por parte de algún ilustre congénere del sexo masculino opinar que la mujer debe limitarse a hacer repostería, tejer calcetines, tocar el piano y bordar bolsos. Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas que se han declarado impropias de su sexo es fruto de la necedad.

A veces, cuando estaba pensando estas cosas, volvía a oír la risa de Grace Poole, aquella misma carcajada ahogada en lento susurro que me había sobresaltado tanto la primera vez. También percibía cuchicheos extravagantes, más raros todavía que la risa. Había días en que la tal Grace permanecía silenciosa, pero otros en que no había modo de explicarse la razón de sus rumores. Volví a verla en alguna ocasión; solía salir de su cuarto con una palangana, un plato o una bandeja en la mano rumbo a la cocina y al poco rato volvía casi siempre con una botella de cerveza negra. Perdona, lector, si te parece poco romántico, pero la verdad es que sus apariciones suponían siempre un jarro de agua fría para la curiosidad encendida en mí a causa de sus extravagancias. Ni aquel continente grave ni aquellas facciones bastas dejaban el menor resquicio para la intriga. Hice algunos intentos de trabar conversación con ella, pero era de pocas palabras; solía cortar en seco mis tentativas con la réplica de un monosílabo.

En cuanto a los demás habitantes de la casa, John y su mujer, Leah, la doncella, y Sophie, la niñera, eran gente honrada pero no destacaban por ningún detalle digno de especial mención. Con Sophie hablaba casi siempre en francés y a veces le hacía preguntas acerca de su país, pero no tenía dotes narrativas y sus explicaciones eran generalmente tan insípidas y embarulladas que se le quitaban a una las ganas de seguir investigando.

Pasaron octubre, noviembre y diciembre. Una tarde de enero, la señora Fairfax me pidió que le diera vacaciones a Adèle alegando que estaba constipada, y ella apoyó la petición con un ardor que me hizo recordar el regalo que, cuando era niña, había supuesto para mí un día de fiesta. Así que accedí, considerando además que hacía bien en mostrarme flexible.

Hacía un día muy bueno y apacible, aunque frío, y me aburría la idea de pasarme toda la mañana encerrada en la biblioteca. Precisamente la señora Fairfax acababa de escribir una carta que había que echar al correo, así que me puse el sombrero y la capa y me ofrecí para llevarla a Hay. Las dos millas que nos separaban de Hay podían depararme un grato paseo, muy propio para una tarde invernal[20]. Dejé a Adèle sentada tan a gusto en su sillita junto a la chimenea del gabinete de la señora Fairfax, jugando con la muñeca buena de cera que casi siempre dormía en un cajón envuelta en papel de plata. También le había sacado un libro de cuentos por si quería cambiar de entretenimiento.

Revenez bientôt, ma bonne amie, ma chère mademoiselle Jeanette[21] —me dijo como despedida.

Le contesté con un beso, y salí.

El suelo estaba duro, el aire en sosiego y el camino solitario. Al principio andaba deprisa para entrar en calor, pero luego reduje la marcha y empecé a disfrutar y a analizar la índole de placer que la hora y el entorno hacían germinar dentro de mí. Las tres habían sonado en la iglesia cuando pasé por debajo del campanario. El atractivo del instante consistía en la cercanía del crepúsculo, en notar cómo el sol palidecía e iniciaba su descenso. Lo pensé cuando estaba a una milla de Thornfield, en una senda que tenía fama de dar rosas silvestres en verano y nueces y moras en otoño; incluso ahora ofrecía algunos tesoros coralinos como acerolas y frutos de escaramujo, pero su mayor encanto invernal residía en la soledad absoluta y la desnuda quietud. Si soplaba una ráfaga de aire, no hacía ruido al no encontrar acebo ni siemprevivas que sacudir, y en cuanto a los avellanos y los espinos estaban tan inmóviles como las blancas y gastadas piedras que convertían en calzada la parte central del camino. A ambos lados de este y hasta muy lejos no se veía más que una extensión unánime de campos donde no pacía ningún rebaño, y los pajarillos de color castaño que de vez en cuando aleteaban sobre el seto eran como hojas rojizas y solitarias que se hubieran olvidado de caer.

Este camino en cuesta subía hasta Hay. Al llegar a la mitad, me senté a descansar en los escalones de la cerca que daba acceso a una parcela de tierra. Aunque hacía un frío intenso yo no lo notaba, arropada en mi capa y con las manos bien metidas dentro del manguito. Y sin embargo veía la lámina de escarcha que cubría la calzada, a consecuencia de un arroyo desbordado pocos días antes y que, tras aquel efímero deshielo, había vuelto a congelarse. Desde mi asiento, volviendo la vista atrás, distinguía el gran edificio gris y almenado de Thornfield, el punto más destacado del valle, con sus bosques al oeste y sus oscuras bandadas de grajos. Me quedé allí hasta que el sol empezó a descender entre los árboles y luego se ocultó detrás de ellos, dejando un resplandor carmesí. Entonces volví los ojos hacia el este.

Por encima de la colina que tenía enfrente, asomaba en lento ascenso la luna, aún transparente como una nube, pero tomando cada vez mayor fulgor. Parecía vigilar la aldea de Hay, medio perdida entre los árboles, cuyas escasas chimeneas mandaban a lo alto jirones de humo azul. Aún me quedaba una milla de camino, pero ya se distinguían a lo lejos, en medio del solemne silencio, ciertos leves murmullos que daban fe de su vida. También me llegaba al oído un distante rumor de corrientes que sabe Dios por qué valles y desfiladeros fluirían. Había muchas colinas detrás de Hay y muchos serían también sin duda los arroyos que hilvanasen sus puertos. En la calma de la tarde aquel suspiro de ríos resonaba en el fondo del tintineo emitido por los más cercanos.

De pronto un ruido brusco se estrelló contra estos débiles murmullos tan lejanos y nítidos al mismo tiempo. Eran pisadas, no cabía duda, unas pisadas poderosas cuyo metálico retumbar borraba los otros rumores más suaves, de la misma manera que dentro de un cuadro la sólida mole de una roca o el áspero tronco de un añoso roble con sus perfiles oscuros y dominantes en primer plano desvirtúan el azul ingrávido de las colinas, el soleado horizonte y las gaseosas nubes cuyos tintes se confunden y mezclan.

El estruendo resonaba allí mismo, en la calzada, se estaba acercando; era un caballo, aunque todavía oculto a mis ojos tras alguna revuelta del sendero. Pero se acercaba. Estuve a punto de levantarme de mi asiento, pero, como aquello era muy estrecho, pensé que era mejor quedarme quieta para dejarle paso. Por aquel tiempo yo era muy joven y mi cabeza estaba atiborrada de fantasías, unas deslumbrantes y otras siniestras. El recuerdo de los cuentos infantiles yacía allí entremezclado con otros desperdicios, y si alguna vez resucitaba, la edad adulta dotaba a aquellas olvidadas historias de una vida y un brío inconcebibles en la infancia. A medida que el caballo se aproximaba y mientras yo esperaba verlo aparecer a la luz del crepúsculo, me acordé de que en alguno de los cuentos de Bessie se mencionaba a un espíritu del norte de Inglaterra llamado Gytrash, que adoptaba diversas apariencias animales y solía salirle al camino a los viajeros perdidos en forma de mula, caballo o perro enorme. Era lo que me estaba pasando a mí en aquel momento: que iba a presentarse Gytrash.

Ya estaba muy cerca, aunque todavía no podía verlo. Y de pronto, además del retumbar de los cascos del caballo, percibí una embestida bajo el seto y, deslizándose por entre los avellanos, apareció un perro enorme destacando en blanco y negro contra los árboles. Era una copia exacta del Gytrash de Bessie, su abultada cabeza y su larga melena parecían las de un león. No obstante, pasó por delante de mí con notable tranquilidad y sin dedicarme ninguna inquietante mirada más allá de lo canino, como yo estaba medio esperando que hiciera. Tras él venía el caballo, un corcel alto, con su jinete encima. Aquel hombre, como ser humano que era, quebró inmediatamente el hechizo. A lomos de Gytrash no cabalgaba nunca nadie, siempre se presentaba él solo. Y los trasgos, si bien a veces podían habitar en mudos cuerpos de bestias, jamás alcanzaron, según mis noticias, el imposible sueño de tomar forma humana. O sea que este no era Gytrash, sino simplemente un viajero que había tomado un atajo rumbo a Millcote. Pasó por delante de mí y yo seguí mi camino en dirección contraria. Pero apenas había dado unos pasos cuando me vi obligada a volver la cabeza, alertada mi atención por el ruido de alguien que se escurría, el batacazo de una caída y unas palabras airadas.

—¿Qué demonios voy a hacer ahora? —fue la exclamación que oí.

Caballo y caballero habían dado con sus huesos en tierra, tras resbalar sobre la capa de escarcha que cubría la calzada. El perro había vuelto corriendo y al ver a su amo en apuros y escuchar los relinchos del caballo se puso a ladrar con todas las fuerzas que cabía esperar de su tamaño. El eco de aquellos ladridos era devuelto por las colinas lejanas. Olfateó los dos cuerpos caídos y luego corrió hacia mí, porque no podía hacer otra cosa ni había a la vista nadie más a quien acudir en petición de ayuda. Le obedecí, pues, y me acerqué al viajero que estaba luchando por quitarse de encima a su cabalgadura, con esfuerzos, por cierto, tan vigorosos que no hacían temer por su descalabro. A pesar de todo, le pregunté:

—¿Está usted herido, señor?

Creo, aunque no estoy muy segura, que en aquel momento estaba blasfemando. En todo caso murmuraba algún conjuro que le impidió contestarme inmediatamente.

—¿Puedo hacer algo por usted? —insistí.

—Puede quitarse de en medio —contestó, mientras trataba de incorporarse, arrodillándose primero para ponerse luego de pie.

Hice lo que me pedía pero no quise marcharme del todo hasta ver en qué paraba aquello. Se había iniciado un proceso de barullo y fuertes pataleos que, junto con los ladridos y relinchos, me obligó a distanciarme unas yardas. Más lejos no quería ir hasta enterarme de cómo concluía el episodio. Tuvo un final feliz, después de todo. El caballo se reincorporó y el perro, aplacado bajo la tajante orden de: «¡Siéntate, Pilot!», guardó silencio. El viajero ahora se había agachado y estaba palpándose el pie y la pierna, como para comprobar si estaba ileso o no. Parece que debió de notar algún dolor porque llegó cojeando hasta el sitio que acababa yo de dejar y se sentó en los escalones de la cerca.

Me apetecía servir de algo o por lo menos mostrarme solícita, y creo que ese instinto fue el que me hizo acercarme nuevamente a él.

—Si está usted herido, señor, y necesita ayuda puedo ir a buscar a alguien en Thornfield o en Hay.

—Gracias. Me las podré arreglar. Ha sido solo una torcedura, no me he roto ningún hueso.

Volvió a ponerse de pie e hizo la prueba de echar a andar, pero un «¡Ay!» involuntario se le escapó por todo resultado.

Como aún quedaban resplandores de día y el clarear de la luna iba aumentando, pude verlo con bastante claridad. Iba envuelto en una capa de montar con cuello de piel y abrochada por hebillas metálicas. No pude captar todos los detalles, pero sí aprecié que era de mediana altura, ancho de tórax y moreno de cutis. En aquellos momentos, la expresión severa del rostro y el entrecejo fruncido dejaban traslucir su enojo y contrariedad. Ya no era muy joven, pero tampoco de mediana edad, le calculé unos treinta y tantos años. No me inspiraba ningún miedo, acaso simplemente un poco de cortedad. Si hubiera sido un joven y atractivo caballero con pinta de héroe, seguramente no me habría atrevido a seguir haciéndole preguntas contra su voluntad ni a ofrecerle una ayuda que no me había pedido. Yo con un joven guapo no había hablado en mi vida, ni siquiera recordaba haber visto uno. Mi fascinación y reverencia por la belleza, elegancia y galantería eran teóricas, no había encontrado nunca semejantes atributos encarnados en una figura masculina real, pero de haber aparecido ante mis ojos hubiera sabido instintivamente que ni tenían afinidades conmigo ni podían hallar en mí una correspondencia cómplice, así que los habría esquivado como se huye del fuego, del rayo o de cualquier otro fenómeno deslumbrante pero hostil.

Si aquel forastero por lo menos hubiera sonreído o hecho gala de buen humor cuando me dirigí a él y hubiera rechazado mi ayuda con gratitud y amabilidad, yo habría seguido mi camino sin meterme en más indagaciones. Pero su rudeza y desagrado me inspiraron confianza. Cuando vi que hacía un gesto como para que me fuera, no hice caso y seguí sin moverme.

—No pienso dejarlo solo, señor —le advertí—, con lo tarde que es y en este paraje tan aislado, por lo menos hasta que me cerciore de que está usted en condiciones de volver a cabalgar.

Cuando oyó aquellas palabras volvió hacia mí sus ojos. Hasta ese momento no me había mirado.

—A mí me parece que también usted debía de estar en su casa a estas horas —dijo—, si es que vive por aquí cerca. ¿De dónde ha salido?

—De allí abajo. Y no me da ningún miedo estar fuera cuando hay luna. Tendré mucho gusto en ir corriendo a Hay, si quiere. Además, de todas maneras, voy allí a echar una carta…

—Dice que viene usted de allí abajo… ¿Quiere decir de la casa con almenas?

Estaba señalando hacia Thornfield, sobre cuyo edificio derramaba la luna un blanquecino fulgor perfilándolo así, pálido y destacado contra los bosques que parecían ahora un amasijo de sombras en contraste con el cielo de poniente.

—Sí, señor.

—¿De quién es la casa?

—Del señor Rochester.

—¿Y conoce usted al señor Rochester?

—No. No lo he visto nunca.

—¿Y eso? ¿Es que no vive él allí?

—No.

—¿Y no sabe dónde está?

—No lo sé.

—Pero usted no es una criada de la casa, por supuesto… Usted, entonces, será…

Se había detenido y estaba recorriendo con la mirada mi atuendo, sencillo como siempre, una capa negra de lana y un sombrero de castor también negro. Ninguna de las dos prendas eran tan finas como para pertenecer a la doncella de una dama. Parecía confuso y yo le ayudé a aclararse.

—Soy la institutriz.

—¡Ah, ya, la institutriz! —repitió—. Que el demonio me lleve si me acordaba. ¿Conque la institutriz?

Y de nuevo estaba detallando mi atavío. A los pocos minutos se levantó de su asiento, intentó ponerse en movimiento y en su rostro se reprodujo el gesto de dolor.

—No puedo consentir que vaya a buscar ayuda —dijo—, pero usted misma, si hace el favor, puede ayudarme un poco.

—De acuerdo, señor.

—¿No tendrá un paraguas que pueda servirme de bastón?

—No.

—Entonces, trate de coger a mi caballo por la brida y traérmelo hasta aquí. ¿No le dará miedo?

Por mí misma nunca se me habría ocurrido tocar a un caballo, pero, cuando me lo dijo él, me dispuse a obedecer, sin pensarlo. Dejé el manguito sobre la cerca, me aproximé al alto corcel e intenté agarrarle la brida, pero era muy fogoso y no le gustaba verme cerca de su cabeza. Me esforcé por lograrlo una y otra vez, aunque en vano, y muerta de miedo además al pensar que podía cocearme con sus patas delanteras. El viajero se mantuvo a la espera durante un rato, sin perderme de vista. Por fin se echó a reír.

—Ya que la montaña, por lo que veo, no viene a Mahoma —dijo—, lo que puede hacer usted es ayudar a Mahoma para que vaya a la montaña. Acérquese, por favor… Perdone —continuó, cuando llegué a su lado—, pero me veo obligado a usarla de bastón.

Dejó caer su pesada mano sobre uno de mis hombros y, apoyándose en mí un poco cohibido, llegó cojeando hasta el corcel. En cuanto cogió la brida lo dominó y acto seguido trepó al asiento, aunque no pudo evitar una mueca de dolor al hacer aquel esfuerzo que repercutía en la torcedura del pie.

—Ahora —dijo, mientras dejaba de morderse con saña el labio inferior—, alárgueme la fusta, se ha debido de caer allí en el seto.

La busqué y la encontré.

—Gracias. Ahora dese prisa en llevar su carta a Hay y vuelva lo antes que pueda.

El caballo, al sentirse espoleado, empezó encabritándose un poco, pero luego arrancó al galope. El perro echó a correr en pos de sus huellas y desaparecieron de mi vista los tres, «cual brezo que en la espesura es arrancado por el viento salvaje».

Yo recogí mi manguito y seguí camino hacia Hay. El incidente había concluido, había sido insignificante, ni atractivo ni novelesco en el fondo; pero lo que tuvo de cambio marcó aquella hora como un hito en el curso monótono de mi vida. Mi ayuda había sido necesaria y requerida, había podido prestarla y me alegraba haber llevado a cabo algo. Por muy transitoria y trivial que fuera la hazaña, podía considerarse como una muestra de actividad y yo estaba harta de la pasividad de mi existencia. Aquel nuevo rostro, además, era como un nuevo cuadro colgado en la galería de mi memoria, y era distinto de los demás. En primer lugar por ser masculino y luego a causa de la gravedad, oscuridad y fuerza que transmitía. Todavía me parecía seguir teniéndolo ante los ojos al llegar a Hay para echar la carta al correo, y también cuando reemprendí, cuesta abajo, el camino de vuelta a Thornfield. Al pasar por delante de la cerca, me paré unos instantes, y me quedé a la escucha, mirando alrededor. Imaginé que pudieran escucharse de nuevo los cascos de un caballo acercándose por la calzada y presentarse ante mí aquel jinete envuelto en su capa y un perro como el Gytrash de los cuentos de Bessie. Pero solamente vi el seto y un sauce desmochado, quieto y erguido en busca del resplandor lunar. No se oía más que el murmullo apagado de la brisa merodeando a rachas por los bosques que, a una milla de distancia, rodeaban Thornfield. Y al mirar en aquella dirección, divisé una luz encendida en una de las ventanas de la fachada principal. Me acordé de lo tarde que se había hecho y eché a andar a toda prisa.

No me gustó regresar a Thornfield. Cruzar aquel umbral era como volver a la parálisis. Recorrer el callado vestíbulo, subir la oscura escalera, alcanzar mi cuartito solitario y reunirme con la apacible señora Fairfax para consumir el resto de la tarde invernal junto a ella por toda compañía era ahogar por completo la atractiva excitación suscitada por el paseo, volver a aherrojar mis facultades con los grilletes de una existencia demasiado quieta y uniforme, una vida cuyos atributos de seguridad y bienestar estaba empezando a dejar de considerar privilegios. ¡Cómo me hubiera apetecido en aquel momento verme arrojada a los remolinos de una tormentosa e incierta lucha por la vida, aprender, a través de aquella amarga experiencia, a apreciar y añorar el sosiego que ahora me afligía! Sí, me habría sentado tan bien como a un hombre cansado de llevar horas inmóvil acurrucado en un sillón demasiado cómodo dar un paseo largo. El anhelo de inquietud era tan comprensible y natural en mis circunstancias como lo hubiera sido en las suyas.

Me demoré en la verja y aminoré el paso por la pradera; andaba un poco y volvía hacia atrás sobre el camino empedrado. Los postigos de la puerta de cristal estaban cerrados y no podía verse el interior. Tanto mis ojos como mi alma tendían a apartarse de la sombría mansión, que se me antojaba una hondonada gris llena de opacas celdillas, y escapar hacia el firmamento desplegado sobre mí: un mar azul no manchado por nube alguna y transitado por la luna que ascendía solemne hacia lo alto dejando atrás las colinas de donde surgió, cada vez más abajo, rumbo a un cenit tan insondable y negro en su hondura como inconmensurable en su lejanía. En cuanto a las temblorosas estrellas que acompañaban su órbita, mi corazón se estremecía y la sangre se me incendiaba al contemplarlas. Pero las pequeñas cosas nos devuelven a la tierra. Bastó con que sonara una hora en el reloj del vestíbulo para que me apeara de las estrellas y la luna, empujara una puerta lateral y entrara en casa.

El vestíbulo no estaba oscuro ni iluminado únicamente por la lámpara de bronce colgada en lo más alto. Un cálido resplandor lo bañaba, difundiéndose también por el primer tramo de la escalera de roble. Aquella luz rojiza procedía del gran comedor, cuya doble puerta se hallaba abierta de par en par, dejando ver un soberbio fuego encendido sobre la parrilla; reverberaban sus llamas sobre el mármol de la chimenea y los útiles de hierro sobredorado, al tiempo que exhalaban sobre las cortinas púrpura y el barniz de los muebles un grato resplandor que los embellecía. También ponía de relieve a un grupo de personas arrimadas a la chimenea; apenas logré distinguirlas, pero cuando estaba cerrando la puerta en una de aquellas voces reconocí la de Adèle.

Me fui directamente al cuarto de la señora Fairfax, donde también había fuego encendido pero no ninguna vela, y además ella no estaba allí. El que sí estaba, en cambio, sentado sobre la alfombra, completamente solo y embebido muy serio en la contemplación de las llamas era un perrazo blanco y negro de largas melenas, muy parecido al Gytrash que me salió al camino. Tan parecido era que me acerqué.

¡Pilot! —le dije.

Y entonces se levantó y empezó a olisquear mis ropas. Le acaricié y vi que agitaba su enorme cola. De todas maneras me parecía una criatura demasiado fantasmal para quedarme a solas con ella, y me pregunté que de dónde habría salido. Toqué el timbre para pedir una vela y sobre todo explicaciones acerca de la aparición de aquel visitante. Se presentó Leah.

—¿Qué hace aquí este perro?

—Vino con el amo.

—¿Con quién?

—Con el amo. Con el señor Rochester. Ha llegado hace poco.

—¿De verdad? ¿Y la señora Fairfax está con él?

—Sí, y la señorita Adèle. Están abajo en el comedor. John ha salido a buscar al médico, porque el amo ha tenido un accidente. Se cayó del caballo y se ha dislocado un tobillo.

—¿Dónde fue? ¿En el camino de Hay?

—Sí, cuando bajaban la cuesta. El caballo resbaló en la escarcha.

—Ya. Pues nada, Leah; haga el favor de traerme una vela.

Volvió Leah con la vela, seguida por la señora Fairfax, quien me proporcionó una segunda versión de la noticia, con la añadidura de que acababa de llegar el médico y ahora estaba con el señor Rochester. Luego se fue a toda prisa para dar órdenes acerca de los preparativos del té. Y yo subí a mi cuarto a quitarme la ropa.

Ir a la siguiente página

Report Page