Jane Eyre (ed. Alba)
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Capítulo XIII
Parece ser que aquella noche, por prescripción facultativa, el señor Rochester se acostó temprano, y tampoco madrugó a la mañana siguiente. Cuando bajó tuvo que atender a varios asuntos: su administrador y algunos aparceros le estaban aguardando para hablar con él.
Desde entonces Adèle y yo nos vimos obligadas a desalojar la biblioteca, que era requerida a diario como sala para recibir a las visitas. En una de las habitaciones de arriba se encendió la chimenea y allí trasladé nuestros libros; aquel sitio quedaba habilitado como aula eventual. A lo largo de la mañana, estuve considerando que ahora Thornfield parecía otra cosa distinta; ya no reinaba aquel silencio como de iglesia. A cada hora o dos las llamadas a la puerta o el ruido de una campanilla rompían con su resonancia la calma de antes, y también se oían pasos por el vestíbulo y timbres de voz desconocidos al servicio de conversaciones nuevas. Era como si la corriente de un arroyo, irrumpiendo desde el mundo exterior, fluyera, a través del vestíbulo, por una casa que ahora tenía dueño. A mí, desde luego, me gustaba más así.
Aquella mañana no fue fácil darle clase a Adèle. Le costaba concentrarse, no hacía más que levantarse y correr a la puerta, desde la cual se asomaba a la barandilla de la escalera esperando divisar al señor Rochester; inventaba pretextos para bajar, pero a mi perspicacia no se le escapaba que lo que quería era entrar en la biblioteca y, como sabía también que allí iba a molestar, acabé enfadándome y obligándola a quedarse sentada y quietecita. Entonces ella se desahogó hablando sin parar de su «ami, monsieur Édouard Fairfax de Rochester», y así vine a enterarme por primera vez del nombre de pila del amo. Adèle hacía conjeturas sobre los regalos que le habría podido traer, porque la noche anterior, según parece, él insinuó que, cuando llegase su equipaje desde Millcote, tal vez dentro de una cajita se encontrase algo que a la niña podía interesarle.
—Et cela doit signifier —me dijo ella— qu’il y aura là dedans un cadeau pour moi, et peut-être pour vous aussi, mademoiselle. Monsieur a parlé de vous: il m’a demandé le nom de ma gouvernante, et si elle n’était pas une petite personne, assez mince et un peu pâle. J’ai dit qu’oui, car c’est vrai, n’est-ce pas, mademoiselle?[22]
Mi alumna y yo comimos en el cuarto de la señora Fairfax, como siempre. La tarde se quedó desapacible y con rachas de nieve, así que no salimos del aula. Cuando empezaba a oscurecer, le di permiso a Adèle para que recogiera sus libros y cuadernos y echara a correr escaleras abajo; ahora, a juzgar por el relativo silencio y el cese de llamadas a la puerta, me imaginaba que el señor Rochester ya estaría disponible. Al quedarme sola, me acerqué a la ventana, pero no se veía nada desde allí. Los copos de nieve, unidos a la oscuridad del crepúsculo, espesaban el aire, y hasta los arbustos de la pradera se habían borrado. Corrí las cortinas y me senté junto al fuego.
Estaba dibujando en las claras brasas un paisaje ideal inspirado en un cuadro que recordaba haber visto del Rin a su paso por el castillo de Heidelberg, cuando entró la señora Fairfax. Su irrupción quebró el ardiente mosaico cuyas piezas trataba de juntar y aventó al mismo tiempo algunos pensamientos ingratos y opresivos que empezaban a poblar tumultuosamente mi soledad.
—Al señor Rochester le gustaría que usted y su alumna bajaran al salón a tomar el té con él —dijo—. Ha estado demasiado ocupado durante todo el día y hasta ahora no ha tenido tiempo para expresar su deseo de conocerla.
—¿A qué hora tomaremos el té? —pregunté yo.
—A las seis. Cuando viene al campo adelanta sus horarios. Debía usted cambiarse de vestido; si quiere, la acompaño y la ayudo a abrochárselo. Aquí tiene una vela.
—¿Tengo que cambiarme de vestido?
—Sí. Mejor será. Yo, cuando el señor Rochester está aquí, siempre me visto para bajar por las noches.
Esta ceremonia añadida se me antojó un tanto convencional. Pero no obstante fui a mi cuarto y, ayudada por la señora Fairfax, reemplacé mi traje negro de paño por otro de seda también negro. Era el mejor que tenía y el único adecuado, porque otro gris claro me pareció, según las nociones de moda adquiridas en Lowood, demasiado elegante y digno de reservarse para ocasiones más solemnes.
—Necesita un broche —dijo la señora Fairfax.
No tenía más que uno pequeñito, de perlas, que me había dejado la señorita Temple como recuerdo cuando se marchó. Me lo puse y bajamos juntas la escalera. Tenía tan poca costumbre de tratar con extraños, que el hecho de ser convocada a la presencia del señor Rochester de aquella manera tan formal suponía para mí una prueba. Dejé que la señora Fairfax me precediera en la entrada al comedor e iba tras ella como una sombra cuando lo cruzamos y traspusimos luego (retirando la cortina que lo cubría) el arco que daba acceso al otro elegante aposento.
Sobre la mesa había dos velas de cera encendidas y otras dos sobre la repisa de la chimenea. Al arrimo del chisporroteo y el calor de un fuego magnífico se veía acostado a Pilot y a Adèle de rodillas a su lado. Tendido a medias en una otomana y con el pie apoyado en un almohadón, el señor Rochester observaba a la niña y al perro. El fuego le daba de lleno en la cara y reconocí a mi viajero de anchas y pobladas cejas. Limitada por la línea horizontal de su pelo negro, la frente cuadrada parecía más cuadrada aún. Reconocí su tajante nariz, más característica que hermosa, cuyas amplias aletas me parecieron índice de cólera, la boca, barbilla y mandíbula inflexibles (¡qué inflexibles las tres!). En cuanto a su cuerpo, ahora despojado de la capa, me pareció acorde con la solidez de toda su fisonomía. Supongo que de un cuerpo masculino como aquel, ancho de pecho y estrecho de caderas, podría decirse que era hermoso, y desde un punto de vista atlético lo sería, pero no era un tipo alto ni elegante.
El señor Rochester debió de darse perfecta cuenta de que la señora Fairfax y yo acabábamos de entrar, pero no le dio la gana de demostrarlo, y ni siquiera levantó los ojos cuando nos aproximamos a él.
—Aquí tiene usted a la señorita Eyre, señor —dijo la señora Fairfax en los términos rutinarios que le eran habituales.
Él hizo una pequeña inclinación, pero sin apartar los ojos del grupo formado por la niña y el perro.
—La señorita Eyre puede tomar asiento —dijo.
Y tras el tono al mismo tiempo impaciente y formal de aquel rígido saludo se adivinaba algo que iba más allá de lo expresado, como si quisiera decir: «¿Y a mí qué diablos me importa que haya entrado o dejado de entrar la señorita Eyre? No me apetece entablar conversación con ella en este momento».
Me senté sin la menor violencia. Una acogida refinadamente cortés seguramente me habría cohibido, por no considerarme preparada para corresponder a ella en idénticos términos, pero ante la arbitraria rudeza del señor Rochester no me sentía obligada a nada, sino todo lo contrario, invadida por la grata quietud de saberme en ventaja con relación a la anomalía de aquellos modales. Esto sin contar con que una conducta tan excéntrica picaba mi curiosidad. Tenía interés en ver por dónde iba a salir el señor Rochester.
No salió por ningún sitio, se quedó allí como se habría quedado una estatua, o sea sin decir una palabra ni moverse. A la señora Fairfax debió de parecerle imprescindible que alguien se mostrara expresivo, así que rompió a hablar y, dirigiéndose al señor Rochester con su mezcla habitual de benevolencia y trivialidad, se puso a compadecerlo por el día tan ajetreado que había tenido y lo molesto que le habría resultado atender a sus asuntos con el pie dolorido por el esguince, al tiempo que ensalzaba su tesón y paciencia para soportarlo.
—Quiero tomar el té, señora mía —cortó él por toda respuesta.
Ella se apresuró a tocar la campanilla, y en cuanto llegó la bandeja se dedicó con toda diligencia a repartir tazas y cucharillas. Adèle y yo nos acercamos a la mesa, pero el señor Rochester no se movió de su postura.
—¿Quiere pasarle usted la taza al señor Rochester? —me preguntó la señora Fairfax—. Adèle podría derramarla.
Hice lo que me pedía. Cuando él estaba cogiendo la taza que le tendía, Adèle debió de considerar que había llegado el momento de romper una lanza a mi favor, porque dijo de repente:
—N’est-ce pas, monsieur, qu’il y a un cadeau pour mademoiselle Eyre dans votre petit coffre?[23]
—¿Quién ha hablado de cadeaux? —dijo él malhumorado—. ¿Esperaba usted que le regalara algo, señorita Eyre? ¿Le gustan los regalos?
Y me miró a la cara con unos ojos negros airados y penetrantes.
—Mal lo puedo saber, señor, porque no tengo costumbre de recibirlos. He oído decir que suelen considerarse agradables.
—¡Ha oído decir! ¿Pero usted qué dice?
—Tendría que tomarme tiempo para pensar una respuesta que mereciera su aprobación. Un regalo puede verse bajo múltiples aspectos, ¿no? Y antes de opinar acerca de su naturaleza hay que examinarlos todos.
—Veo, señorita Eyre, que no es usted tan espontánea como Adèle. Ella en cuanto me ve me pide un cadeau a voz en cuello, y usted en cambio se anda con rodeos.
—Claro, porque yo confío menos que ella en mis merecimientos. Adèle puede apelar a la antigua amistad que los une y al derecho que da la costumbre, si es verdad, como dice, de que usted siempre le ha comprado juguetes. Pero si yo tuviera que defender mi causa, me vería en un aprieto, porque soy una extraña para usted y no he hecho nada digno de recompensa.
—Bueno, tampoco caiga usted en la falsa modestia. He estado hablando con Adèle y he visto que se está usted tomando muy en serio la labor de educarla. No es brillante ni tiene muchas dotes, y sin embargo ha hecho notables progresos en poco tiempo.
—Ya me ha regalado usted mi cadeau, señor, y le quedo agradecida. Es el premio más apreciado por todos los profesores: que alguien alabe el progreso de sus alumnos.
El señor Rochester emitió una especie de gruñido y siguió tomando su té en silencio. Luego, cuando se llevaron la bandeja y la señora Fairfax se acomodó en un rincón con su labor de punto, Adèle me cogió de la mano y me llevó de acá para allá por el salón, enseñándome los valiosos libros y adornos diseminados por consolas y estanterías.
—Venga aquí, cerca del fuego —dijo el amo.
Y le obedecimos, como era nuestra obligación. Adèle quería sentarse en mis rodillas, pero él la mandó a jugar con Pilot.
—¿Lleva usted viviendo en mi casa tres meses? —me preguntó.
—Exactamente, señor.
—¿Y de dónde venía?
—De un colegio que hay en Lowood, en el condado de…
—Ya. Un establecimiento de carácter benéfico. ¿Y cuánto tiempo pasó allí?
—Ocho años.
—¿Ocho años? Bien puede decirse que le tiene usted apego a la vida. Un sitio como ese habría acabado con la salud de cualquiera en la mitad de tiempo. No me extraña que tenga usted ese aire como de otro mundo. Me preguntaba con asombro que de dónde habría sacado un rostro como el que tiene. Cuando me salió al encuentro ayer en el camino de Hay, me vinieron a la memoria no sé por qué los cuentos de hadas y estuve a punto de preguntarle si había embrujado usted a mi caballo. Y todavía lo estoy dudando, no crea. ¿Quiénes son sus padres?
—No tengo.
—¿Y a que nunca los ha tenido? ¿Se acuerda de ellos?
—No.
—Claro, ya decía yo. Entonces, lo que hacía sentada en aquella cerca era esperar a su gente, ¿verdad?
—¿A qué gente, señor?
—A los hombrecillos de verde[24]. Les gustan las noches de luna llena. ¿Fue por culpa de haber interrumpido una de sus reuniones por lo que usted me echó sobre la calzada aquella escarcha maldita?
Yo negué con la cabeza.
—Los hombrecillos de verde, señor, abandonaron en masa Inglaterra hace cien años —dije, imitando la seriedad con que él me había hablado—. Ni siquiera en el camino de Hay ni en los bosques que lo rodean puede encontrarse rastro de ellos. Me temo que ninguna luna de verano, otoño ni invierno volverá a resplandecer sobre sus jolgorios.
La señora Fairfax había dejado caer su labor y con las cejas levantadas parecía estarse preguntando con estupor por la índole de una conversación como aquella.
—Bueno —resumió el señor Rochester—. Si carece de padres, tendrá algún otro familiar. ¿Algún tío, quizá, o alguna tía?
—Pues no, no conozco a ninguno.
—¿Y casa?
—No tengo casa.
—¿Dónde viven sus hermanos o sus hermanas?
—No tengo hermanos ni hermanas.
—¿Y quién le aconsejó venir aquí?
—Nadie. Puse un anuncio y recibí contestación de la señora Fairfax.
—Es verdad —aseguró la buena señora, que al fin parecía vernos pisar por terreno conocido—. Y yo todos los días le doy gracias a la Providencia por el acierto que tuve al elegirla. La señorita Eyre ha supuesto para mí una compañía inapreciable y para Adèle una profesora tan exigente como cariñosa.
—No se moleste en describírmela —contestó el señor Rochester— ni en influirme con sus elogios. Ya la juzgaré yo por mi propia cuenta. Para empezar, hizo resbalar a mi caballo.
—¿Cómo, señor? —preguntó la señora Fairfax.
—Sí, mi esguince tengo que agradecérselo a ella.
La señora Fairfax parecía perturbada.
—Señorita Eyre —continuó él—, ¿ha vivido alguna vez en una ciudad?
—No, señor.
—¿Se ha relacionado con mucha gente?
—Solo con las alumnas y las profesoras de Lowood. Bueno, y ahora con los habitantes de esta casa.
—¿Ha leído mucho?
—Simplemente los libros que han caído en mis manos, pero no han sido muchos ni demasiado profundos.
—Ha llevado usted una vida de monja, así que por lo menos será una experta en cuestiones religiosas. El señor Brocklehurst, que es quien dirige Lowood según tengo entendido, es un clérigo, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Y ustedes, las chicas, lo adorarían, supongo, como adoran las monjas de un convento a su padre espiritual.
—De ninguna manera.
—¡Qué fría es usted! ¡De ninguna manera, dice! ¿Y eso? ¿Dónde se ha visto que una novicia no venere a su padre espiritual? Suena a blasfemia.
—No me gustaba nada el señor Brocklehurst, y no era la única en sentir ese rechazo. Es un hombre duro, ampuloso, entrometido. Nos hizo pelar al cero a todas las chicas, y nos compraba unas agujas y un hilo tan malos que casi no podíamos coser, y todo porque decía que era más barato.
—Es un concepto muy equivocado de la economía —intervino la señora Fairfax, capaz al fin de seguir nuevamente el hilo de nuestro diálogo.
—¿Y esos son los cargos fundamentales que le hacen reo de culpabilidad? —preguntó el señor Rochester.
—Nos mataba de hambre, durante el tiempo en que llevó él solo la administración, antes de que nombraran un comité. Y nos agobiaba una vez a la semana con insoportables sermones, y por la noche con lecturas horribles que elegía, de muertes fulminantes y del Juicio Final, nos acostábamos muertas de miedo.
—¿Qué edad tenía usted cuando llegó a Lowood?
—Unos diez años.
—Y dice que se pasó allí ocho; o sea que tiene usted dieciocho años.
Asentí.
—Ya ve usted lo útil que resulta la aritmética —prosiguió—. Sin su ayuda, a mí me habría sido difícil calcular su edad. Es un asunto arduo cuando los rasgos y la expresión del semblante están tan atenidos a mudanza como en su caso. Y dígame, ¿qué le enseñaron en Lowood? ¿Aprendió a tocar?
—Un poco.
—Me lo esperaba, es la respuesta tópica. Vaya a la biblioteca… Bueno, he querido decir «por favor», perdone mi tono ordenancista, estoy acostumbrado a mandar que se hagan las cosas y verlas hechas inmediatamente. No voy a alterar mis costumbres de siempre por consideración a un nuevo huésped… En fin, le pido que vaya a la biblioteca y se siente al piano a tocar algo. Llévese una vela y deje la puerta abierta.
Me dirigí hacia allá y cumplí sin rechistar todas sus órdenes.
—¡Basta! —gritó al cabo de unos minutos—. Toca usted «un poco», sí, ya lo veo. Como cualquier otra chica de cualquier otro colegio inglés, tal vez algo mejor que algunas. Pero no bien.
Cerré el piano y volví sobre mis pasos.
—Adèle me enseñó esta mañana unos dibujos hechos por usted —continuó el señor Rochester—. Bueno, es lo que ella dice, pero yo no estoy seguro de que los haya hecho usted sola. Supongo que la ayudaría un profesor, ¿no?
—¡De ninguna manera! —exclamé.
—Vaya, ahí le asoma el orgullo. Pues tráigame la carpeta, pero solo si me garantiza que son originales, y no se moleste en mentirme porque reconozco las chapuzas.
—Entonces, mejor que no diga nada, señor, y que los juzgue por sí mismo.
Fui a buscar la carpeta a la biblioteca y se la traje.
—Acérquenme la mesa —dijo.
Yo se la arrimé al sofá, y tanto Adèle como la señora Fairfax acudieron para ver mis pinturas.
—¡No se aglomeren! —dijo el señor Rochester—. Vayan cogiendo los dibujos cuando yo los acabe de mirar. Pero no quiero ver sus caras pegadas a la mía.
Examinó cada uno de mis trabajos con deliberada atención. Se quedó con tres. Los otros los apartó, después de haberlos mirado.
—Llévenselos a la otra mesa, señora Fairfax —dijo—. Y allí los puede ver tranquilamente con Adèle. Y en cuanto a usted —añadió mirándome—, vuelva a sentarse y conteste a mis preguntas. Me he dado perfecta cuenta de que estas pinturas han salido de una sola mano y la misma. ¿Esa mano es la suya?
—Sí.
—¿Y de dónde sacó el tiempo para llevarlos a cabo? Son de los que llevan mucho tiempo y no poca cavilación.
—Los hice durante las dos últimas vacaciones que pasé en Lowood, cuando no tenía nada mejor que hacer.
—¿Y de dónde los copió?
—De ningún sitio, los saqué de mi cabeza.
—¿De esa cabeza que miro ahora sobre sus hombros?
—La misma, señor.
—¿Y le quedan dentro todavía otros muebles por el estilo?
—Espero que sí, y me atrevería a decir que mejores.
Volvió a desplegar los dibujos ante sus ojos y los contemplaba uno por uno.
Mientras él se queda embebido en esa ocupación, yo te describiré, lector, de qué tratan. Lo primero que quiero dejar sentado es que no son ninguna maravilla. Los temas, eso sí, se presentaron fulgurantes a mi alma: y tal como los contemplé con los ojos del alma antes de intentar darles cuerpo eran asombrosos. Pero mi mano no fue capaz de seguir a mi imaginación, y en ninguno he logrado obtener más que un pálido retrato de aquello que concebí.
Los tres que prefirió el señor Rochester eran acuarelas. La primera representaba un grupo de nubes bajas y amoratadas rodando sobre un mar borrascoso; la lejanía estaba eclipsada, y también un poco el primer plano, o mejor dicho las grandes olas cercanas, porque tierra no había. Un tenue resplandor ponía de relieve los perfiles de un navío medio hundido, sobre el cual se había posado un gran cuervo negro con las alas salpicadas de espuma. En el pico llevaba una pulsera adornada con piedras preciosas, dibujadas con el mayor detalle de que era capaz mi lápiz y teñidas con los colores más brillantes de mi paleta. Flotando bajo el pájaro y el navío, se vislumbraba el cadáver de un ahogado a través del agua verdosa; el único miembro bien visible era un delicado brazo del cual había sido arrancada la pulsera o barrida por los embates del mar.
La segunda acuarela no mostraba en primer plano más que el pico desolado de una colina con algunas hierbas y ramas inclinándose hacia ella como a impulsos de la brisa. Más allá y alrededor se esparcía inabarcable un cielo azul oscuro como de crepúsculo, y surgiendo de su seno destacaba el busto de una mujer en tonos difuminados, los más sutiles que conseguí someter a la mezcla. La nebulosa frente estaba coronada por una estrella, y los rasgos del rostro, donde brillaban unos ojos oscuros y bravíos, se veían como a través de un baño de vapor. El cabello brotaba sombrío a modo de opaca nube desgarrada por la tormenta o herida por el rayo. Por su cuello resbalaba un pálido reflejo lunar, y aquel mismo apagado fulgor alcanzaba a la hilera de nubes delgadas de entre las cuales e inclinada sobre ellas surgía esta visión de la Estrella Vespertina.
La tercera acuarela representaba la punta de un iceberg agujereando un cielo de invierno en el círculo polar. Un grupo de luces norteñas levantaban sus borrosas lanzas aglomeradas a lo largo del horizonte. En primer plano, eclipsándolas, aparecía una cabeza de colosal tamaño apoyada contra el iceberg. Unas manos delgadas se enlazaban sujetando la frente y mantenían desplegado ante el rostro un negro velo. Lo único visible era la frente anémica de color hueso y un ojo hundido y fijo vacío de expresión si se exceptúa cierta desesperación vidriosa. Por encima de la frente, entre los repliegues de un turbante negro a modo de guirnalda que parecía tener consistencia de nube, brillaba una aureola de llamas blancas, esmaltadas por un estallido de luz de un tinte cárdena. Aquella media luna era «la imagen de una corona real», y lo que quedaba ceñido por ella era «la forma sin forma»[25].
—¿Era usted feliz cuando pintaba? —me preguntó de pronto el señor Rochester.
—Estaba absorta, embebida, señor. Y sí, me sentía feliz. Pintar, en una palabra, me ha deparado uno de los más intensos placeres que me ha sido dado conocer en la vida.
—Eso no es decir mucho. Sus placeres, por lo que ha contado antes, han sido más bien escasos. Pero sí creo que debió de vivir en una especie de paraíso soñado, cuando mezcló y combinó estos insólitos matices. ¿Trabajaba muchas horas al día?
—Es que no tenía nada mejor que hacer, porque era época de vacaciones. Me ponía a ello muy temprano, sí, y no lo dejaba hasta la noche. En verano se alargan los días y eso favorecía la intensidad de mi dedicación.
—¿Y se sentía luego satisfecha del resultado de sus ardientes esfuerzos?
—Ni mucho menos. Me atormentaba comprobar el contraste entre lo que había imaginado y lo que mi mano plasmaba. Siempre se me ocurren cosas que sobrepasan mis capacidades de expresión.
—No estoy de acuerdo. Ha captado la sombra de su sueño. Tal vez solo eso, pero aunque aún no haya llegado a desarrollar plenamente sus dotes artísticas, estos trabajos son insólitos para estar hechos por una joven aficionada. En cuanto a las visiones que revelan, pertenecen al mundo de la magia. Los ojos de esa Estrella de la Tarde tiene que haberlos visto usted en sueños. ¿Cómo podrían parecer tan claros, cuando apenas brillan, si no fuera porque el planeta que los domina reprime su fulgor? ¿Y qué significado se adivina bajo su solemne oscuridad? ¿Y quién le enseñó a pintar el viento? Porque mire, está soplando un viento huracanado en este cielo, contra el pico de esta cumbre desolada. ¿Ha estado alguna vez en Latmos? Porque esto es Latmos… En fin, ¡llévese sus dibujos! —Apenas había tenido tiempo de atar las cintas de mi carpeta, cuando él miró el reloj y dijo bruscamente—: Son las nueve, señorita Eyre. No sé en qué está usted pensando para permitir que Adèle siga levantada. Llévela inmediatamente a la cama.
Adèle, antes de dejar la habitación, se acercó a darle un beso, cuya caricia él soportó, aunque sin dar más muestras de complacencia de las que habría dado Pilot; incluso menos.
—Les deseo a todas muy buenas noches —dijo, al tiempo que señalaba la puerta con un ademán bastante significativo de que nos estaba despidiendo porque se había aburrido de vernos allí.
La señora Fairfax recogió su labor, yo mi carpeta, le saludamos con una pequeña inclinación, a la que correspondió con gesto glacial, y nos retiramos.
—Dijo usted que el señor Rochester no llamaba la atención por nada en particular —le comenté a la señora Fairfax cuando me reuní con ella en su cuarto, después de haber acostado a Adèle.
—¿Y usted le ve algo de particular?
—Ya lo creo. Es variable y rudo.
—Sí, seguramente causará esa impresión en un extraño; pero yo estoy tan habituada a su manera de ser que ni lo noto. Además, si tiene alguna rareza, hay que perdonársela.
—¿Y eso por qué?
—En primer lugar porque son cosas de su carácter y nadie tiene la culpa del carácter que le ha tocado en suerte, y luego porque sufre y son sus pensamientos los que le atormentan y provocan esos altibajos de humor.
—¿Por qué sufre?
—Problemas de familia sobre todo.
—Pero si no tiene familia.
—Ahora no, pero la tuvo. Por lo menos parientes. A su hermano mayor lo perdió hace algunos años.
—¿Tenía un hermano mayor?
—Sí. El actual señor Rochester no lleva tanto siendo el dueño de esta heredad, solo unos nueve años.
—Nueve años es un periodo bastante considerable de tiempo. ¿Tanto quería a su hermano como para seguir atormentado por su muerte?
—Bueno, no sé. Quizá no. Tengo entendido que se llevaban mal. El señor Rowland Rochester creo que no se portó como es debido con el señor Edward y que hasta pudo encizañar a su padre contra él. El viejo Rochester era bastante agarrado y estaba obsesionado por mantener unidas las propiedades familiares. No quería dividirlas, pero quería al mismo tiempo que el señor Rowland dispusiese de dinero para dar lustre a su apellido. Así que cuando cumplió la mayoría de edad se emprendieron ciertas diligencias bastante injustas, de donde vino la disensión. El padre y el hijo mayor se aliaron contra el señor Edward y le pusieron en el doloroso brete de tener que buscarse la vida y hacer fortuna por su cuenta. No sé exactamente lo que pasó, pero sí que dio pie a una situación humillante y una grave crisis. No es hombre que perdone fácilmente, rompió con su familia y durante muchos años padeció las estrecheces y carencias de una vida inestable. Cuando luego su hermano murió sin testamento y él se convirtió en el dueño absoluto de Thornfield, ya no le tenía apego a esto. No aguanta aquí ni quince días seguidos. Y yo comprendo que se le caiga encima, que esté deseando escapar.
—¿Por qué?
—Puede que lo encuentre lúgubre.
Era una respuesta evasiva, y a mí me habría gustado recibir otra más clara. Pero la señora Fairfax o no podía o no quería proporcionarme informes más explícitos sobre las desgracias del señor Rochester, su origen y su índole. Afirmó que para ella también eran un misterio y que todo lo que sabía se apoyaba en conjeturas. Desde luego era evidente que quería cambiar de conversación, así que no le hice más preguntas.